Los caballeros de Bois-Doré
Novela
Jorge Sand
Los Caballeros de Bois-Doré

Entre los numerosos protegidos del favorito Concini, uno de los que menos llamaron la atención, a pesar de ser de los más notables, por su ingenio, su cultura y la distinción de sus maneras, fue don Antonio de Alvimar, un español de origen italiano, que se firmaba Sciarra de Alvimar. Era realmente un lindo caballero, que por su rostro no representaba más de veinte años, aunque en aquella época declarase tener treinta. Más bien bajo que alto, robusto sin parecerlo, ágil en todos los ejercicios, tenía que interesar a las mujeres por el brillo de sus ojos vivos y penetrantes y por el encanto de su conversación, tan frívola y amena con las bellas damas, como nutrida y llena de enjundia con los hombres serios; hablaba, casi sin acento, los principales idiomas europeos, y no estaba menos enterado de las lenguas antiguas.
A pesar de todos estos aparentes méritos, Sciarra de Alvimar no tramó, entre las numerosas intrigas de la corte de la regente, ninguna intriga personal; al menos, las que pudo soñar no se realizaron. Más tarde, y en confidencia íntima, declaró que hubiera deseado conquistar nada menos que a María de Médicis y reemplazar en los favores de esta reina a su propio señor y protector, el mariscal de Ancre.
Pero la balorda -como la llamaba Leonora Galigai- no prestó la menor atención al joven español, y no vio en él más que un insignificante oficial de fortuna, un subalterno sin porvenir. ¿Diose cuenta, al menos, de la pasión real o fingida del señor de Alvimar? La historia no lo dice, y el mismo Alvimar no lo supo nunca.
No es aventurado suponer que aquel hombre hubiera podido gustar, por su gracia y por los encantos de su persona, en el caso de que Concini no hubiera ocupado los pensamientos de la regente. Concini había partido de más bajo y no poseía la mitad de su inteligencia. Pero Alvimar llevaba en sí un obstáculo para alcanzar la elevada fortuna de los cortesanos, un obstáculo que su ambición no lograba vencer.
Era un católico exaltado y tenía todos los defectos de los malos católicos de la España de Felipe II. Era desconfiado, inquieto, vengativo, implacable; sin embargo, poseía la fe; pero era una fe sin amor y sin luz, una creencia falseada por los odios y las pasiones de una política que se identificaba con la religión, «para disgusto de un Dios bueno e indulgente, cuyo reino es menos de este mundo que del otro». Si comprendemos bien el pensamiento de un autor contemporáneo de esta historia, al cual consultamos de vez en cuando, esto se refiere al Dios cuyas conquistas deben hacerse en el mundo moral, por la caridad, y no en el mundo físico, por la violencia.
No sabemos si Francia no hubiera sufrido un poco el régimen de la Inquisición en el caso de que el señor de Alvimar se hubiera apoderado del corazón y del espíritu de la regente; pero no ocurrió tal cosa, y Concini, cuyo crimen fue el no haber nacido bastante gran señor para tener derecho a robar y a saquear tanto como un verdadero gran señor de aquellos tiempos, siguió siendo hasta su trágica muerte el árbitro de la política indecisa y venal de la regente.
Después del asesinato del mariscal de Ancre, Alvimar, que se había comprometido gravemente sirviéndole en el asunto del Sargento de París, se vio obligado a desaparecer, para no verse envuelto en el proceso de la Leonora.
Bien hubiera querido introducirse poco a poco en el servicio del nuevo favorito, el favorito del rey, monsieur De Luynes; pero no supo arreglárselas para ello. Aunque no era más escrupuloso «que cualquier cortesano de su tiempo», comprendió que no se podría doblegar a los usos de la política regia, que quería y debía hacer grandes concesiones a los calvinistas, siempre que pudiera esperarse con ello comprar la sumisión de los príncipes que explotaban la religión de los reformados para la conveniencia de su ambición.
Cuando la reina María cayó en desgracia, Sciarra de Alvimar creyó conveniente mostrarse fiel a su causa. Pensaba que los partidos no quedan nunca sin recursos y que a todos les llega su día. Además, la reina, aun desterrada, podía hacer la fortuna de sus fieles. Todo es relativo, y tal era la pobreza de Alvimar, que los dones de una persona real, por muy arruinada que estuviera, hubieran sido una gran ventura para él.
Por lo tanto, se decidió a desempeñar un cargo en la evasión del castillo de Blois, así como unos años antes se había encargado de misiones secundarias en las diversas comedias políticas suscitadas, unas veces por la diplomacia de Felipe II y otras por la de María, con objeto del dar cima al asunto de los casamientos.
Aquel señor de Alvimar era generalmente bastante hábil cuando trabajaba para los demás; era discreto y apto en el trabajo; pero censurábasele la manía de dar su parecer, «cuando hubiera debido atenerse a seguir el de los demás», y de ostentar una capacidad cuyo mérito debe uno resignarse a dejar a «sus superiores, cuando no se es aún más que un sujeto de escasa importancia».
No consiguió, pues, a pesar de su celo, llamar la atención de la reina madre, y cuando María se retiró a Angers, quedó confundido entre los oficiales subalternos, más bien tolerado que aceptado.
Alvimar se dolió de sus numerosos fracasos. Nada le valía, ni su linda cara, ni sus maneras distinguidas, ni su estirpe bastante noble, ni su cultura, ni su penetración, ni su valentía, ni su conversación amena o instructiva. «No le querían.» Al principio agradaba; pero la gente se cansaba pronto del fondo de amargura que se transparentaba en su carácter, o desconfiaba del fondo de ambición que descubría inoportunamente. No era ni bastante español, ni bastante italiano, o acaso era demasiado lo uno y lo otro. Un día era comunicativo, persuasivo o flexible, como un joven veneciano; otro día era altivo, testarudo y sombrío, como un viejo castellano.
A todos sus desengaños se añadía cierto remordimiento secreto, que no reveló hasta su última hora, y que los acontecimientos de esta historia se encargarán -como veremos- de sacar del olvido en que él lo quería sepultar.
A pesar de nuestras investigaciones, le perdemos de vista más de una vez en los años que pasaron entre la muerte de Concini y el último año de la vida de Luynes. A no ser algunas palabras que contiene nuestro manuscrito acerca de su presencia en Blois y en Angers, no encontramos en su historia obscura y torturada ningún hecho digno de mención hasta el año 1621; entonces, mientras que el rey hacía tan defectuosamente el sitio de Montauban, el joven Alvimar estaba en París en el séquito de la reina madre, reconciliada con su hijo después del asunto de los «Ponts-de-Cé».
Alvimar había renunciado ya a la esperanza de agradarle, y acaso en el fondo de su corazón, «lleno de hiel», la trataba de palurda. Y, sin embargo, por primera vez en su vida, María había dado prueba de buen sentido al otorgar su confianza y, según dicen, su corazón a Armando Duplessis; era éste un rival al que Alvimar no podía tener mucha esperanza de suplantar. Además, la reina, aconsejada por Richelieu, dirigía su política en el mismo sentido que Enrique IV y Sully. En aquel momento combatía la influencia española en Alemania, y Alvimar se veía ya casi en desgracia cuando, para colmo de desdichas, le ocurrió una mala aventura.
Tuvo una disputa con otro Sciarra, un Sciarra Martinengo, a quien María de Médicis prefería y que se negaba a reconocerle como pariente. Se batieron; el Sciarra Martinengo fue gravemente herido. Llegó a oídos de María que el señor Sciarra de Alvimar no había observado estrictamente las leyes del duelo que regían en Francia.
Le mandó llamar y le reprendió con mucha brutalidad; Alvimar contestó con la acritud que desde hacía tiempo se acumulaba en él. Consiguió marcharse de París antes de que pudiesen detenerle, y en los primeros días de noviembre llegó al castillo de Ars, en el Berry, en el ducado de Chatearoux.
Debemos exponer las razones que le hicieron escoger aquel refugio con preferencia a ningún otro.
Unas seis semanas antes de su desgraciado duelo, el señor Sciarra de Alvimar habla entablado relaciones de cortesía con Guillermo de Ars, un joven simpático y rico, descendiente en línea directa del bravo Luis de Ars, que hizo la hermosa retirada Venouze en 1504 y fue muerto en la batalla de Pavia.
Monsieur de Ars se había dejado seducir por el ingenio de Alvimar y por la gran amabilidad de que éste era capaz «en sus buenos ratos». No había tenido tiempo de conocerle lo bastante para experimentar esa especie de antipatía que el desdichado personaje inspiraba casi fatalmente, al cabo de algunas semanas, a los que le trataban.
Además, monsieur de Ars era un joven sin gran experiencia de la vida, y es de suponer que tampoco tenía mucha perspicacia. Había sido educado en provincias; se lanzaba por primera vez a la vida de sociedad, en París, cuando encontró a Alvimar y se entusiasmó con él por sus conocimientos en equitación, en montería y en el juego de pelota. Generoso hasta la prodigalidad, Guillermo puso su brazo y su bolsa a la disposición del español, y le invitó calurosamente a que fuese a visitarle a su castillo del Berry, adonde le llamaban algunas ocupaciones.
Alvimar se portó discretamente con su nuevo amigo. Tenía muchos defectos; pero nadie podía reprocharle el haber faltado a la dignidad aceptando ofertas de dinero; y, sin embargo, Dios sabe que no era rico y que los cuidados de su vestir y de sus caballos absorbían por completo sus modestas rentas. No se permitía dispendios, y «por gran sabiduría de ahorro lograba parecer tan bien equipado y montado como otros que estaban mucho mejor provistos de dinero».
Pero cuando se vio amenazado por un proceso criminal recordó las ofertas y las invitaciones que le había hecho el hidalgo del Berry, y tomó la prudente resolución de ir a solicitar su hospitalidad.
Según lo que Guillermo le había contado de su país, era, en aquella época, la provincia más tranquila de Francia.
El señor príncipe de Condé la gobernaba, y, muy satisfecho del fortunón que había ganado vendiéndose al rey, «vivía unas veces en su castillo de Montrond, en Saint-Amand, y otras en su buena sociedad de Bourges, donde se había dedicado con gran celo al servicio del rey, y más todavía al de los jesuitas».
Esa tranquilidad del Berry la consideraríamos hoy como un estado de guerra civil, pues ocurrían allí muchas cosas que ya contaremos a su tiempo y lugar; pero, al fin y al cabo, era un estado de paz y de orden si lo comparamos con lo que sucedía en otras partes y, sobre todo, con lo que había ocurrido allí mismo en el siglo anterior.
Por lo tanto, Sciarra de Alvimar podía abrigar la esperanza de no ser molestado en el interior de uno de aquellos castillos del bajo Berry, contra los cuales, desde hacía algunos años, los calvinistas no intentaban ya ataques, y donde los señores partidarios del rey, antiguos ligueros, antiguos políticos y demás, no tenían ya la ocasión o el pretexto de ir a alimentar a sus soldados a expensas de los vecinos, amigos o enemigos.
Alvimar llegó al castillo de Ars un día de otoño, hacia las ocho de la mañana, acompañado por un solo criado, un viejo español que también se decía noble, pero a quien la miseria había reducido a la servidumbre. Su carácter no parecía propicio para descubrir los secretos de su amo, pues a veces no pronunciaba ni tres palabras en una semana.
Los dos iban montados, y aunque sus caballos llevaban pesadas maletas, habían llegado de París en menos de seis días.
La primera persona a quien vieron «en el patio del castillo» fue a Guillermo, el joven señor, con el pie en el estribo, dispuesto para marchar; tratábase, sin duda, de algo más que un paseo, pues iba escoltado por algunos servidores, preparados para partir con él; es decir, cargados con maletas de viaje.
-¡Ah! ¡Llegáis oportunamente! -exclamó precipitándose para abrazar a Alvimar-. Me marcho a ver los festejos que el príncipe da en Bourges con motivo del nacimiento del señor duque de Enghien, su hijo. Habrá bailes y comedias, tiro de arcabuz, fuegos artificiales y mil otras diversiones. Ya que habéis venido, retrasaré mi marcha unas horas para que me podáis acompañar. Venid a mi casa a descansar y a tomar alimento. Me ocuparé de proporcionaros un caballo fresco, porque el que montáis, a pesar de su buen aspecto, no debe estar muy dispuesto a andar diez y ocho leguas más.
Cuando Alvimar se vio a solas con su huésped, le confió que, lejos de conducirle a ninguna diversión ni tratar de festejos, era necesario ocultarle en su castillo por algunas semanas. Este breve tiempo bastaba en aquella época para que se olvidase un asunto tan sencillo y tan frecuente como la muerte o las heridas ocasionadas a un enemigo en duelo o de otra manera. Sólo hacía falta encontrar un protector en la corte, y Alvimar contaba con la próxima llegada a París del duque de Lerma, de quien se creía o pretendía ser pariente. Era aquél un personaje bastante considerable para obtener su perdón y hasta para hacer que su fortuna tomase mejor rumbo que antes.
Guillermo de Ars no examinó muy detenidamente la manera cómo nuestro español le refirió su duelo con Sciarra Martinengo y las explicaciones que le dio por no haber seguido las reglas del duelo en su ataque; dijo que había sido calumniado sobre este particular tanto cerca de la reina madre como de monsieur de Luynes. Como de Ars era un hidalgo leal, no desconfió de Alvimar, que le había fascinado. Tenía más deseos de irse que de quedarse, y se hallaba en mala disposición para discutir un asunto cualquiera.
Por lo tanto, trató ligeramente el fondo del asunto y sólo se preocupó de la posibilidad de verse detenido un día más lejos de las fiestas de la capital del Berry. Sin duda, tenía algún amorío oculto.
Viendo su perplejidad, Alvimar le suplicó que no cambiara nada en sus proyectos y que sólo le indicase algún pueblo o alguna granja de sus dominios donde pudiese permanecer en seguridad.
-No os quiero alojar y ocultar en un pueblo ni en una granja, sino en mi propio castillo -contestó Guillermo-. Pero temo que os pese una reclusión semejante y, reflexionándolo bien, encuentro un recurso mejor. Comed y bebed; luego os conduciré yo mismo a casa de un amigo y pariente mío, que vive a una hora de camino de aquí, a lo sumo, y en cuya casa os encontraréis tan seguro y tan a gusto como es posible en nuestro país del bajo Berry. Dentro de cuatro o cinco días iré a recogeros allí.
Alvimar hubiera preferido quedarse solo; pero Guillermo insistía, y la cortesía le obligó a aceptar. Se negó a comer o beber, tornó a montar a caballo y siguió a Guillermo de Ars, que se llevó consigo a su gente, equipada para el viaje, puesto que aquella diligencia no le apartaba mucho del camino de Bourges.
Salieron del castillo por el conejar, y por el atajo llegaron a la carretera de Bourges, que dejaron inmediatamente a su izquierda, volviendo a encaminarse por senderos para llegar a la carretera de Château Meillant; quedó a su derecha la ciudad baronal de La Châtre, y al final abandonaron este camino para descender a campo traviesa al castillo y aldea de Briantes, que era el término de su viaje.
Como el país era realmente apacible, los dos hidalgos se habían adelantado a su pequeña escolta a fin de poder conversar con libertad. He aquí los informes que el joven Guillermo de Ars dio a Alvimar:
-El amigo a cuya casa os llevo -dijo- es el personaje más singular de la cristiandad. Junto a él os veréis en el caso de contener la risa muy a menudo; pero la tolerancia que tengáis con los defectos de su carácter os será bien recompensada por la gran bondad de alma que os demostrará en todas las ocasiones. Ésta es tan notoria, que si, olvidando su nombre, preguntáis al primer transeunte que pase, noble o campesino, por la casa del «buen señor», os la designará, sin confundirla con ninguna otra. Pero esto requiere una explicación, y como vuestro caballo no tiene muchas ganas de correr y son las nueve, a lo sumo, os voy a obsequiar con la historia de vuestro huésped. Empiezo. Escuchad:
-Historia del buen señor de Bois-Doré. Como sois extranjero, y sólo hace unos diez años que llegasteis a Francia, no le habéis podido conocer, porque él vive en sus tierras desde ese tiempo aproximadamente. De no ser así, en cualquier lugar que lo hubieseis visto os hubierais fijado en el viejo, en el bravo, en el loco, en el noble marqués de Bois-Doré, hoy señor de Briantes, de Guinard, de Validé y demás lugares, e incluso abad fiduciario de Verennes, etc., etc.
A pesar de todos estos títulos, Bois-Doré no pertenece a la alta nobleza del país, y nuestro parentesco con él es sólo por alianza. Es un simple gentil hombre, a quien el difunto rey Enrique IV hizo marqués por pura amistad, y que se ha enriquecido en las guerras del Bearnés, no se sabe de qué manera. Es de suponer que habrá habido algo de exacción en sus negocios, según costumbre del tiempo y usando el derecho de la guerra de partidos.
No os contaré ahora las campañas de Bois-Doré; tardaría demasiado. Sabed solamente su historia familiar. Su padre, monsieur de...
-Un momento -interrumpió Alvimar-. El tal monsieur de Bois-Doré, ¿es hereje?
-¡Ah, diablo! -exclamó su compañero riendo-. Se me había olvidado que sois un celoso, un verdadero español. Nosotros, los de aquí, no tomamos tan a pecho las disputas religiosas. Por causa de ellas, esta provincia ha sufrido demasiado, y ansiamos que la Francia no sufra más. Tenemos la esperanza de que el rey acabará en Montauban con todos los fanáticos del Mediodía; les deseamos una buena paliza, pero no como hacían nuestros padres, el dogal ni la hoguera. En nuestros días, toda vehemencia se emplea en partidos políticos. Pero advierto que mi discurso os molesta, y me apresuro a participaros que monsieur de Bois-Doré es hoy tan buen católico como otros muchos que no han dejado nunca de serlo. El día en que el Bearnés reconoció que París bien valía una misa, Bois-Doré pensó que el rey no podía equivocarse, y abjuró sin ostentación, pero creo que con sinceridad, de las doctrinas de Ginebra.
-Volved a la historia de la familia de monsieur Bois-Doré -dijo Alvimar, que no quiso dejar ver la desdeñosa desconfianza que sentía hacia los nuevos convertidos.
-Muy bien -dijo el joven-. El padre de nuestro marqués fue el más rudo liguero de estos contornos. Fue el ciego instrumento de Claudio de la Châtre y de las Brabanzones; con esto está dicho todo. Había en su castillo principal un arsenal delicado de instrumentos de tortura, destinado a los hugonotes que lograba atrapar, y no tenía inconveniente en poner a sus propios vasallos sobre el potro cuando no le podían pagar sus diezmos.
Era tan temido y detestado por todo el mundo, que se le llamaba, y con razón, «El mal señor».
Su hijo Silvio, el hoy marqués de Bois-Doré, sufrió tanto con aquel carácter perverso, que desde muy joven se dio a proceder en la vida en un sentido opuesto al de su padre, tratando a los prisioneros y a los vasallos con una dulzura y una condescendencia acaso excesivas por parte de un hombre de guerra hacia rebeldes y por parte de un noble hacia sus inferiores; sus maneras, que hubieran debido granjearle afecto, hicieron que se le despreciase, y los campesinos, que son gente ingrata y desconfiada, decían de él y de su padre: «El uno pesa más de lo debido, y el otro no pesa nada.»
Consideraban al padre como hombre duro, pero inteligente, bravo y, después de haberlos estrujado y atormentado, capaz de protegerlos debidamente contra las exacciones del fisco y los saqueos de los guerrilleros; en cambio, pensaban que el joven Silvio los dejaría atropellar y devorar por falta de valor y de cabeza.
No sé qué idea le pasaría por las mientes a Silvio un buen día en que estaba excesivamente aburrido; el caso es que se escapó del castillo de Briantes, donde su señor padre se avergonzaba de él, y, considerándole como un imbécil, no le hubiera consentido nunca pasar de paje, y fue a reunirse con los católicos moderados, a quienes llamaban entonces el «tercer partido». Bien sabéis que este tercer partido dio bastantes veces la mano a los calvinistas; tanto es así, que, de concesión en concesión, Silvio se encontró otro buen día siendo hugonote y servidor predilecto del rey de Navarra. Su padre, al enterarse, le maldijo, y para hacerle una mala partida ideó, a pesar de su edad madura, volverse a casar y darle un hermano.
Así reducía a la mitad la herencia, ya bastante menguada, de Silvio, el cual, como hugonote, podía perder el derecho del mayorazgo. «El mal señor» no tenía gran fortuna, y sus tierras habían sido devastadas repetidas veces por los calvinistas.
¡Pero juzgad del buen fondo del joven! Lejos de enfadarse o, al menos, de dolerse por el casamiento de su padre y el nacimiento del niño que le acortaba la mitad de sus futuros escudos, se enorgulleció al saber la noticia.
¡Mirad, señores! -dijo hablando a sus compañeros-. Mi señor padre ha pasado de los sesenta, y vedle engendrando un hermoso chico. Es una buena raza, y espero ser digno de ella.
Era tan bonachón, que llegó aún más lejos; cuando, siete años más tarde, su padre se ausentó del Berry para marchar contra monsieur de Alençon, en unión del Balafré, nuestro amable Silvio, habiendo oído que su madrastra había muerto, dejando al niño casi sin protección en el castillo de Briantes, volvió secretamente al país para defender a su hermano, en caso de necesidad, y también, según decían, por el gusto de verle y besarle.
Pasó un invierno entero con el chiquillo, jugando con él y llevándole en brazos, como lo hubiera podido hacer una nodriza o un aya. Esto hizo reír mucho a las gentes de los alrededores, y les hizo pensar que era demasiado simple y casi un «inocente», según dicen para hablar de un hombre privado de razón.
Cuando el mal padre volvió, después de la «Paz de Monsieur», disgustado, como supondréis, por ver a los rebeldes mejor recompensados que a los aliados, se enfureció contra todo el mundo y contra Dios mismo, que había permitido que su joven esposa muriese de la peste en su ausencia. Luego, no sabiendo en quién vengarse, inventó que su hijo mayor había vuelto a su casa con el solo objeto de causar, valiéndose de brujerías, la muerte del hijo de su vejez.
Aquello era una gran maldad del viejo pirata, pues nunca estuvo el niño en mejor estado de salud ni mejor cuidado, y el pobre Silvio era tan incapaz de un mal designio como lo fuera un niño recién nacido...
Guillermo de Ars se hallaba en este punto de su relato en el momento que daban vista a Briantes, cuando observó que una especie de damisela burguesa, vestida de negro, de rojo y de gris, con la falda recogida y el alzacuello levantado, se dirigía a su encuentro y, acercándose a su estribo, después de hacerle un sin fin de reverencias, le dijo:
-¡Ay, señor! ¿Veníais, sin duda, a almorzar con mi noble amo, el marqués de Bois-Doré? No le encontraréis. Ha ido a pasar el día a la Motte Seuilly y nos ha dado permiso hasta la noche.
Esta noticia contrarió profundamente al joven Guillermo; pero tenía demasiada educación para dejarlo entrever, y, resignándose en el acto, se descubrió cortésmente y contestó:
-Está bien, dama Belinda; iremos hasta la Motte Seuilly. Buenos días.
Luego, para disimular su contrariedad, dijo a Alvimar, invitándole a volver riendas con él:
-¿Verdad que esta ama de llaves es muy apetitosa, y que su buen aspecto da sabrosa idea de la casa de mi amigo Bois-Doré?
Belinda, que oyó esta reflexión, hecha en voz alta y con tono jovial, se pavoneó, sonrió y, sacando de sus amplias mangas dos perritos blancos, llamó a un lacayito que la escoltaba a modo de paje y le mandó que los colocase suavemente sobre el césped, como para pasearlos, pero, en realidad, para permanecer vuelta hacia los caballeros y hacerlos apreciar por mayor tiempo su vestido de rica sarga y su talle redondito.
Era una mujer de treinta y cinco años, de tez coloreada, y cuyos cabellos tiraban al rojo; esto no era desagradable a la vista, porque los tenía abundantes y los llevaba rizados bajo su toquita, con gran disgusto de las damas del país, que le reprochaban el querer sobrepasar su condición. Pero tenía un aire de maldad, aun cuando quería mostrarse amable.
-¿Por qué la llamáis Belinda? -preguntó Alvimar a Guillermo-. ¿Es un nombre en este país?
-¡Oh, no! Su nombre es Guillette Carcat; pero monsieur de Bois-Doré la ha bautizado, según su costumbre. Es una manía que os explicaré luego. Primero tengo que acabar de contaros su historia.
-Es inútil -dijo Alvimar, deteniendo su caballo-. A pesar de vuestra amabilidad y cortesía, ya veo que soy para vos un estorbo considerable. Lleguemos hasta ese castillo de Briantes, y allí me escribiréis una carta de recomendación para monsieur de Bois-Doré. Puesto que debe volver esta noche, le esperaré descansando.
-¡No! ¡No! -exclamó Guillermo-. Preferiría renunciar a los festejos de Bourges, y ya lo hubiera hecho de no haber dado mi palabra a unos amigos de que estaría allí esta noche. Pero ciertamente no os abandonaré sin haberos recomendado yo mismo a un amigo amable y fiel. La Motte Seuilly no dista una legua de aquí, y no hay necesidad de cansar nuestros caballos. Tenemos el tiempo necesario, y aunque llegue a Bourges una o dos horas más tarde, en esta época de festejos encontraré las puertas todavía abiertas.
Y prosiguió la historia de Bois-Doré, que Alvimar escuchó apenas.
Su seguridad le preocupaba, y el país que estaba recorriendo no le parecía propicio a su designio de permanecer oculto.
Era un país llano y descubierto, en el que, en caso de un mal encuentro, era imposible resguardarse al amparo de un bosque ni aun de un bosquecillo. La tierra laborable es allí demasiado buena para que jamás se haya tolerado sombra de árboles sobre ella. Fina y roja, se extiende al sol sobre las anchas ondulaciones de una inmensa llanura, de aspecto triste, aunque esté limitada por hermosas colinas y sembrada de elegantes castillos.
Sin embargo, Briantes, del que nuestros viajeros se hallaban ya próximos, ofrecía a Alvimar un aspecto más tranquilizador.
A diez minutos del castillo, la llanura desciende bruscamente, y conduce, por pendientes suaves, hacia un vallecito estrecho y convenientemente sombreado.
El castillo no se ve hasta que «se está encima» -como dicen en el país-, y la palabra es justa, porque el campanil apizarrado de su torre principal apenas se eleva sobre la meseta, y cuando, desde la llanura, se le ve brillar bajo los rayos del sol poniente, parece un fino farol dorado, colocado al borde de la torrentera.
Ocurre casi otro tanto con el castillo de la Motte Seuilly, situado más bajo que la llanura del Chaumois; pero menos agradablemente que Briantes, pues, en vez de estar en un vallecito encantador, está tristemente situado en una región llana y sin extensión.
Antes de llegar al atajo que conduce a este castillo, Guillermo había contado sucintamente a su compañero las demás vicisitudes de la vida de Silvio, de Bois-Doré; de cómo su padre había querido encerrarle en una torre para impedirle que volviese con los hugonotes; de cómo el joven se había escapado saltando los muros y había ido a reunirse con su amado Enrique de Navarra, con el cual había guerreado nueve años después de la muerte del rey Enrique III, y, en fin, de cómo después de contribuir lo mejor que pudo a colocarlo en el trono, había vuelto a vivir en sus tierras, donde su tirano padre había dejado de existir y de hacer rabiar a todo el mundo.
-¿Y qué fue de su hermano? -preguntó Alvimar, que se esforzaba en interesarse por esta historia.
-Su hermano ha muerto -contestó Ars-. Bois-Doré le conoció poco, porque su padre le había alistado, cuando aun era muy joven, al servicio del duque de Saboya, y murió de una manera...
Aquí Guillermo fue interrumpido por un accidente que pareció contrariar mucho a Alvimar, fuese porque empezasen a interesarle los informes de su compañero o porque, en calidad de español, sintiese repugnancia por los que causaban la interrupción.
Era una partida de gitanos tumbados en una zanja, y que se levantaron como una bandada de gorriones al acercarse los jinetes, haciendo dar una huida al caballo del señor de Alvimar.
Pero eran gorriones demasiado bien domesticados, y en lugar de volar a lo lejos, se arrojaron casi entre las patas de los caballos, saltando, gritando y pordioseando de una manera lastimosa y gestera.
Guillermo se contentó con reírse de aquellas maneras extrañas y les dio limosna con generosidad; pero Alvimar les gritó con singular brusquedad y amenazándoles con su látigo:
-¡Largo, largo, largo de aquí, chusma!
Llegó hasta querer pegar a un muchacho que se agarraba a su bota con el aire burlón y suplicante a la vez de los niños acostumbrados al oficio de pordioseros en las carreteras. El niño esquivó el látigo, y Guillermo, que se hallaba un poco atrás, le vio coger una piedra, que habría lanzado a Alvimar si otro mozalbete de la banda no le hubiera sujetado, regañándole y amenazándole.
Pero el incidente no quedó en esto. Una mujercita bastante hermosa, aunque marchita y mal vestida, cogió al niño, le habló como si hubiera sido su madre y le empujó hacia Guillermo; luego, a su vez, empezó a correr tras Alvimar: tendiéndole la mano, pero mirándole como si hubiera querido no olvidar nunca su cara. Alvimar, cada vez más irritado, lanzó su caballo contra la mujer, y la habría arrojado al suelo si ella no se hubiera apartado rápidamente; incluso llevó la mano a la culata de una de sus pistolas de arzón, como dispuesto a disparar sobre aquellas malas bestias idólatras.
Los gitanos se miraron entre sí y se juntaron como para consultarse.
-Avanti! Avanti! -gritó Guillermo a Alvimar.
Gustaba de pronunciar palabras italianas, para hacer ver que había estado en la corte de la reina madre; acaso se imaginaba que una i añadida al final de las palabras bastaba para que aquellos egipcios no las comprendiesen.
-¿Por qué avanti? -preguntó Alvimar, sin querer apresurar la marcha de su caballo.
-Porque habéis enojado a esos pajarracos. Mirad: se reunen como grullas apuradas. ¡Diablo! Ellos son unos veinte y nosotros no somos más que siete.
-¡Cómo! Mi querido Guillermo, ¿teméis algo de esos débiles y cobardes animales?
-No tengo mucha costumbre de temer -contestó el joven, algo picado-; pero me sería muy desagradable tener que disparar contra esos pobres harapientos, y me sorprende que os hayan puesto de tan mal humor, puesto que os era fácil deshaceros de ellos con algunas monedas.
-No doy jamás a estas gentes -dijo Scierra de Alvimar con un tono breve y seco, que sorprendió al benévolo Guillermo.
Comprendió que su amigo estaba nervioso, como diríamos hoy, y se abstuvo de censurarle. Pero insistió en acelerar el paso, porque la banda de gitanos, andando más de prisa que los caballos, los seguía y se aproximaba a ellos, repartida en dos bandas, que bordeaban los lados del camino.
Y, sin embargo, la actitud de aquellas gentes no era hostil, y era difícil adivinar cuál era su intención al escoltar de tal guisa a nuestros jinetes.
Se hablaban entre ellos en un idioma ininteligible y aparentaban no preocuparse más que de la mujer que iba a su vanguardia.
El niño al que el señor Alvimar había querido golpear con su látigo iba al lado de monsieur de Ars, como si se hubiera puesto bajo su protección, y parecía tener mucho interés en aquella extraordinaria expedición. Guillermo advirtió que aquel niño era menos sucio y menos negro que los demás, y que el tipo de sus facciones, finas y agraciadas, no ofrecía ninguna semejanza con el de los gitanos.
Si hubiera prestado la misma atención a la mujer a quien Alvimar había ofendido y amenazado, hubiera notado que, sin parecerse en nada al niño, tampoco se parecía a sus demás compañeros de miseria. Tenía un aire más noble y más dulce. Y tampoco era de raza europea, a pesar de llevar el traje montañés de los Pirineos.
Lo sorprendente era que, a pesar de haber comprendido perfectamente el gesto que había hecho Sciarra para coger su pistola, y a pesar de la naturaleza temerosa de los mendigos y saltimbanquis de aquella especie, marchaba resueltamente junto a él, sin intentar molestarle, sin aparentar amenazarle, pero mirándole siempre con un excesivo cuidado.
Aquello le pareció a Alvimar un verdadero descaro, y de buena gana habría obedecido a las sugestiones de su genio antojadizo y violento.
Guillermo lo advirtió, y temiendo algún desaguisado y verse forzado a tomar el partido del hidalgo altivo en contra de la chusma inofensiva, colocó su caballo entre Sciarra y la mujercita, hizo seña a ésta de que se detuviese y, medio en serio, medio en broma, le habló en la forma siguiente:
-¿Haríais la merced de decirnos, reina de las retamas y de los brezos, si nos seguís para hacernos burla u honor y si debemos tomar en agrado o en disgusto la ceremonia que nos hacéis?
La egipcia -entonces se trataba indistintamente de egipcios o de gitanos a los que componían aquellas hordas errantes de origen desconocido- movió la cabeza e hizo una seña al mozalbete que había arrebatado la piedra de las manos del niño.
Éste se acercó, y con un tono dulzón y un gesto insolente, dijo, hablando el francés sin acento alguno y designando a la mujer, que estaba silenciosa:
-Mercedes no entiende el idioma de vuestras señorías. Yo soy quien habla por aquellos de los nuestros que no saben expresarse.
-Bien -dijo Guillermo-; eres el orador de la cuadrilla-. ¿Cómo te llamas, señor descarado?
-La Fleche, para serviros. Tengo el honor de haber nacido francés, en la ciudad cuyo nombre llevo.
-El honor lo tiene Francia, indudablemente. Pues bien, maese La Fleche, di a tus compañeros que nos dejen tranquilos. Para ir, como voy, de camino, ya os he dado bastante, y no sería agradecérmelo cual es debido hacernos tragar vuestro polvo. Adiós, y, dejadnos, o, si tenéis alguna nueva petición que presentarme, hacedla pronto, porque tenemos prisa.
La Fleche tradujo rápidamente las palabras de Guillermo a la que él llamaba Mercedes, y que parecía ser, por su parte y por parte de los demás, objeto de una deferencia especial.
Ella le contestó algunas palabras en español, y La Fleche dijo, dirigiéndose a Ars:
-Esta buena muchacha pide humildemente los nombres de vuestras señorías, a fin de rezar por ellas.
Guillermo se echó a reír.
-¡Vaya una petición graciosa! -dijo-. Amigo La Fleche, aconseja a esta buena muchacha que rece por nosotros sin nombrarnos. Dios nos conoce perfectamente, y no podríamos decirle nada de nosotros que no supiese mejor que nosotros mismos.
La Fleche saludó humildemente con su gorro mugriento, y nuestros viajeros, espoleando sus monturas, no tardaron en dejar atrás a los gitanos.
-¡Ah! -dijo Alvimar a Guillermo al ver que apuntaban en el horizonte, bajo y cercano, las torrecillas de la Motte Seuilly-. No me habéis dicho adónde vamos. ¿Pertenece este castillo a otro amigo vuestro, a quien acaso mi presencia sea inoportuna?
-Este castillo es el de una dama joven y bella, que vive en él con su padre, y ambos os recibirán cortésmente. Os detendrán hasta la noche, no sólo por no verse privados de la compañía de monsieur de Bois-Doré, a quien aprecian mucho, sino también para probaros que en estos pobres campos no somos unos salvajes y que sabemos practicar la hospitalidad a la antigua usanza francesa.
Alvimar contestó que no lo dudaba, y supo decir a su compañero frases llenas de amabilidad, pues no había hombre que le ganase en cuanto a buena educación. Pero su espíritu amargado tomó pronto otra dirección:
-A juzgar por lo que me habéis contado de ese Bois-Doré, mi futuro huésped, ¿es un viejo fantoche, del cual los vasallos se mofan a su antojo?
-¡Ah, no! -contestó monsieur de Ars-. Los gitanos no me han dejado terminar. Iba a deciros que cuando regresó a su país, enriquecido y enmarquesado, la gente se sorprendió al ver que, a pesar de su aire benigno, era bravo como un león y que, si bien tenía maneras ridículas, tenía también virtudes cristianas que podían beneficiarle grandemente.
-¿Consideráis entre las virtudes cristianas la templanza y la castidad?
-¿Por qué no?
-Porque aquella ama de llaves de ardiente cabellera, a quien hemos visto a la entrada de sus dominios, me ha parecido fruta algo verde para un hombre tan maduro.
-Honni soit qui mal y pense! -dijo Guillermo sonriendo-. No juraría que nuestro marqués haya permanecido insensible a los encantos de las damas de honor de la reina Catalina; pero ya hace tiempo de eso. Creo que podríais cortejar a la tal Belinda sin causar a monsieur de Bois-Doré ni pena ni perjuicio. Pero ya hemos llegado. No necesito deciros que semejantes conversaciones estarían aquí fuera de lugar. Nuestra hermosa viuda madame de Beuvre no es una gazmoña; pero a su edad y en su posición...
Nuestros caballeros atravesaron el puente levadizo, que, en razón de la tranquilidad del país, permanecía bajado todo el día; el rastrillo estaba levantado.
Llegaron, pues, sin obstáculo y sin cumplidos al patio del castillo, donde echaron pie a tierra.
-¡Un momento! -dijo Sciarra de Alvimar a Guillermo en el instante de entrar-. Os ruego que, a causa de los criados, no deis mi nombre aquí.
-Ni aquí ni en otra parte -contestó monsieur de Ars-. No tenéis acento extranjero; de modo que no hay necesidad siquiera de decir que sois español. ¿Por cuál de mis amigos de París deseáis que os haga pasar?
-Me violentaría mucho representar el papel de un personaje distinto a mí; prefiero ser yo, poco más o menos, y limitarme a tomar uno de los apellidos de mi familia. Seré, si os parece bien, un Villarreal, y tomaré como pretexto para mi huida de París...
-Vos mismo hablaréis confidencialmente al marqués y arreglaréis las cosas según os plazca. Yo no tengo que hacer más que decirle lo muy amigo mío que sois, que andáis perseguido y que le ruego os cuide como a mí mismo.
El castillo de la Motte Seuilly -éste es el nombre que ha prevalecido -está aún hoy día en pie y casi intacto; es una mansión de reducidas proporciones, compuesta de una torre hexagonal y completamente feudal, y de un cuerpo de edificio liso, con ventanas muy espaciadas y con dos cuerpos más, enfrente de los cuales, uno está flanqueado por un torreón. En el pabellón de la izquierda están las caballerizas, abovedadas, con gruesas nervaduras; las cocinas y las habitaciones de la servidumbre. En el de la derecha, la capilla, con ventana ojival, y que data del tiempo de Luis XII, está situada encima de una galería corta y descubierta, sostenida por dos pilares rechonchos, rodeados de nervaduras en relieve, cual gruesos troncos estrechados por enredaderas.
Esta galería conduce al torreón, que data, como la torre de la entrada, del siglo XII. Hay en él habitaciones redondas, sobrias, pero elegantemente adornadas, con columnas incrustadas en zócalos con garras. En una torrecilla adosada al torreón, una escalera de caracol termina en una de esas antiguas armazones, de construcción sabia y atrevida, que son verdaderas obras de arte.
En el centro de esta armazón hay un caballo de madera o potro, instrumento de tortura, cuya aplicación hasta fue fríamente reglamentada por un decreto del año 1670. Este horrible aparato data desde la construcción del edificio, puesto que hace cuerpo con la armazón.
En este pobre y triste castillo, la bella Carlota de Albret, esposa del siniestro César Borgia, pasó quince años, y murió en plena juventud, tras de una vida de dolor y de santidad.
Sabido es que el infame cardenal, el bastardo del Papa, el incestuoso, el depravado, el sanguinario, el amante de su propia hermana Lucrecia y el asesino de su propio hermano y rival, abandonó un día las dignidades de la Iglesia para ir a Francia en busca de mujer y fortuna.
Luis XII quería romper su enlace con Juana, la hija de Luis XI, para casarse con Ana de Bretaña. Necesitaba el consentimiento del Papa, y lo consiguió a cambio de ceder el Valentinois y la mano de una princesa al bastardo, al cardenal condottiere.
Carlota de Albret, bella, erudita y pura, fue sacrificada; algunos meses después fue abandonada y considerada como viuda.
Compró este triste castillo, y vino a educar a su hija en él. Su única distracción era el ir a Bourges a visitar a su mística compañera de infortunio, Juana de Francia, la reina repudiada, convertida en «la buena duquesa de Berry», fundadora de la Orden religiosa de la Anunciata.
Pero Juana murió, y Carlota, que tenía entonces veinticuatro años, vistió de luto para siempre, y no volvió a salir de la Motte Seuilly hasta su muerte, que tuvo lugar nueve años más tarde, en 1514.
Su cuerpo fue transportado a Bourges y enterrado junto al de Juana; medio siglo más tarde, los calvinistas lo desenterraron, lo profanaron y lo quemaron, como el de la otra pobre santa. Su hija había hecho edificar en la rústica capilla de la Motte Seuilly un lindo monumento, en el que su corazón pudo, por largo tiempo, descansar en paz.
Pero ningún vestigio terrestre de aquel triste destino había de ser respetado. En 1793 los aldeanos, transmitiendo a aquella tumba el odio que sentían hacia su señor, rompieron el mausoleo, y sus restos elegantes yacen hoy todavía esparcidos sobre las losas. La estatua de Carlota, en pie contra el muro, está partida en tres pedazos. La iglesia, abandonada, se hunde. El corazón de la víctima estaba, sin duda, encerrado en alguna valiosa arqueta de oro o de plata. ¿Qué habrá sido de él? Acaso la arqueta fue vendida a vil precio, o acaso fue, sencillamente, escondida y enterrada por miedo o por piedad, y aquel pobre corazón yace tal vez en alguna cabaña de pueblo, sin que lo sepa su nuevo dueño, bajo la piedra del hogar o las zarzas del vallado.
Hoy, el castillo, restaurado, tiene cierta alegría bajo el sol que la desaparición de un gran trozo de muro permite entrar hasta su patio enarenado. El agua de los antiguos fosos, alimentada, según parece, por un manantial cercano, discurre, formando un riachuelo encantador, por el jardín inglés, recientemente dibujado.
El gigantesco árbol, que data del tiempo de Carlota de Albret, descansa sus venerables ramas sobre soportes de roca piadosamente colocados para sostener su monumental decrepitud. Algunas flores y un cisne solitario ponen como una sonrisa melancólica en la tristeza del castillo.
El horizonte es continuamente sombrío; el paisaje, desolador, y la torre, siniestra; pero nuestro siglo artista gusta de estas moradas sombrías, de estas viejos nidos tristes, que son construcciones de un pasado duro y amargo, que el pueblo de hoy no conoce y que ya en el año 1793 no comprendía, puesto que destruía la tumba de la humilde Carlota y dejaba en pie el triunfante potro de la Motte Seuilly.
En la época en que acontece nuestra historia, este castillo, cerrado por todos los lados, era a la vez más lúgubre y más confortable que hoy. Si la gente vivía en la sombra glacial, de estas pequeñas fortalezas, es que sabía disponerlas para vivir cómodamente.
Las grandes chimeneas, completamente revestidas de hierro en el interior del hogar, esparcían un calor fuerte en las vastas habitaciones. El entapizado se reemplazaba ya en las paredes por unos papeles de fieltro, notablemente gruesos y hermosos; en lugar de nuestras lindas cortinas de tela persa, que oscilan ante el aire colado de la ventana, se usaban los damascos de pesados pliegues o, en las habitaciones más modestas, las aducas, que duraban cincuenta años. Alfombras de nueva fabricación, que eran mezclas de lana, de algodón, de lino y de cáñamo, cubrían los ladrillos de gres de los pasillos y de los salones.
Se hacían hermosísimos entarimados de marquetería, y en nuestras provincias del centro se comía en la hermosa loza de Nevers, mientras que los trincheros ostentaban los singulares cubiletes de cristal de color, que no servían más que para los días de gala, y que representaban monumentos, plantas, buques o bichos fantásticas. De suerte que, a pesar del aspecto mediocre de la pared del edificio habilitada para las habitaciones de los dueños -porque ya los señores no vivían en las alturas de sus viejos torreones feudales-, el señor de Alvimar halló un hogar agradable, limpio y en cierto modo elegante, y que revelaba, si no la riqueza, al menos un verdadero bienestar.
-Cuando el casamiento de Luis Borgia, la Motte Seuilly pasó a ser propiedad de la familia de La Tremouille, a la cual monsieur de Beuvre estaba aliado por su madre.
Era un hidalgo rudo y bravo, que manifestaba con mucha franqueza sus opiniones y creencias. Su hija única, Lauriana , se había casado a los doce años con su primo Helyon de Beuvre, que tenía diez y seis.
Se tuvo separados a los dos niños, y esto había sido fácil porque la provincia sufría el rechazo de una agitación en la que los caballeros de Beuvre no podían dejar de tomar parte. Partieron de la Motte el mismo día de la boda para acudir al auxilio de la duquesa de Nevers, que se había declarado partidaria del príncipe de Condé y se hallaba situada en su buena ciudad por monsieur de Montigny (Francisco de la Grange).
El joven Helyon fue muerto al intentar osadamente penetrar en Nevers a la vista de los católicos. Al regresar de aquella campaña, monsieur de Beuvre tuvo el dolor de anunciar a su amada hija que pasaba sin transición del estado de virgen al de viuda.
Lauriana lloró mucho a su primo; pero ¿puede el llanto ser eterno a los doce años? Además, ¡su padre le había regalado una muñeca tan hermosa! ¡Una muñeca que tenía una falda de tisú de plata y zapatos de terciopelo rojo, en forma de cola de cangrejo! ¡Y al cumplir los catorce años le trajo de Bourges un caballo tan gracioso, que provenía de las caballerizas del señor príncipe! En fin, Lauriana, niña pálida y fina al casarse, se tornó a los quince años una rubita fresca, tan elegante y tan amable, que no corría mucho riesgo de permanecer viuda.
Se hallaba tan tranquila junto a su padre y tan completamente dueña de todo en el castillo que monsieur de Beuvre le había dado en dote, que no tenía la menor prisa de contraer segundas nupcias. ¿No se llamaba señora? ¿Y no es el deseo pueril de ser llamadas de esta manera una de las mayores razones que impulsan a las jóvenes al matrimonio? ¿Y no había tenido también los regalos y el atavío de la boda?
Lauriana decía ingenuamente:
-He tenido ya todos los placeres y todas las penas del matrimonio.
Monsieur de Beuvre tenía una fortuna bastante considerable, que administraba con prudencia, y que su vida retirada le permitía ir redondeando; pero, a pesar de esto, no le era fácil realizar para su hija nuevas proyectos de casamiento.
Había tomado el partido de la Reforma en el momento en que ésta, agotada de hombres y de dinero, no tenía más recurso en nuestras provincias que permanecer tranquila y conseguir ser tolerada.
En torno suyo todo era católico o fingía serlo, porque en Berry el calvinismo no tuvo más que un momento de poderío y una sola plaza fuerte verdadera. Pero «El año mil quinientos sesenta y dos», cuando «Bourges no tenía ni curas ni mendigos», había pasado, y Sancerre, la enojosa montaña, tenía ya sus murallas arrasadas hasta el nivel del suelo.
Los habitantes del Berry no son fanáticos; durante algún tiempo, las pasiones exteriores habían embriagado al pueblo y a la burguesía; pero después de pasado este momento de sorpresa y de excitación, la provincia había vuelto a caer bajo el imperio del miedo a la nobleza, que constituye el fondo de su política habitual.
Los nobles, por su parte, sigudendo su invariable costumbre, habían vendido su sumisión. Condé se había tornado un católico celoso; monsieur de Beuvre, que había servido al padre y luego había perdido a su yerno sirviendo la causa del hijo, estaba, naturalmente, en completa desgracia y no parecía ya por Bourges.El príncipe le había enviado unos jesuitas con el fin de incitarle a abjurar con toda solemnidad.
Monsieur de Beuvre no era un exaltado en materia religiosa. Al adoptar la fe de Lutero había cedido a pasiones políticas, y ahora se daba perfecta cuenta de que aquello había sido una equivocación en cuanto se relacionaba con sus intereses. Se había convertido demasiado tarde para que tuviesen ya necesidad de comprar su abjuración, y se limitaban a intimidarle, dándole hábilmente a entender que no podría casar a su hija en el país si persistía en la herejía. Después de haber fieramente levantado la cabeza ante las amenazas, el temor de que Lauriana no pudiese casarse y de que su patrimonio cayese en manos femeninas, le había conmovido.
Pero Lauriana no le había dejado ceder. Educada bastante fríamente por su padre en la religión protestante, en la que tenía una mediocre instrucción, solía mezclar en su corazón las prácticas y los rezos de ambos cultos.
Su celo protestante no era tan grande que la hiciese recorrer los interminables y malos caminos de Issoudun o de Linières para ir al sermón, y cuando pasaba junto a una iglesia, el sonido de la campana no le producía indignación. Pero a veces su dulzura sonriente y pueril dejaba traslucir los gérmenes de una gran fiereza; y cuando vio que la humillante idea de una abjuración pública hacía sufrir a su padre, acudió en su ayuda con una energía sorprendente, diciendo a los jesuitas de Bourges:
-Perdéis vuestro tiempo queriéndome convertir con tal idea; he jurado en el fondo de mi corazón que antes pertenecería a un mal marido de mi comunión que a un católico perfecto.
Pocas semanas después de la visita de los jesuitas a la Motte Seuilly llegó la del señor Sciarra de Alvimar, presentado por Guillermo de Ars.
Fueron recibidos por el padre y la hija; monsieur de Bois-Doré había ido a correr una liebre con el guarda de monsieur de Beuvre.
Esta circunstancia contrarió vivamente a Guillermo, que veía su viaje retrasarse de hora en hora y comenzaba a perder la esperanza de ir aquel día a Bourges.
Sciarra de Alvimar se prestó con galantería, y monsieur de Beuvre, que era muy entendido en la materia, no porque hubiera estado mucho en París, sino porque había frecuentado las cortes de provincias, en las que reinaba tanta hidalguía como en la del rey, comprendió desde las primeras palabras que tenía ante él a un hombre de la mejor sociedad.
El encanto y la juventud de Lauriana sorprendieron a Alvimar, quien seguía esperando que le presentasen a la viuda, de quien le había hablado monsieur de Ars.
Al cabo de un cuarto de hora comprendió que la hermosa niña era la señora de la casa.
En aquella época se comía a las diez de la mañana, y Guillermo, que había recorrido el prado en busca del marqués, volvió a despedirse.
-Ya he avisado al marqués -dijo a Sciarra-; ahora vendrá. Me ha jurado que será vuestro huésped y amigo hasta mi regreso. Os dejo bien acompañado, y yo voy a procurar ganar el tiempo perdido.
Insistieron en vano para que se quedase a comer. Partió, después de besar la mano de la bella Lauriana, de estrechar la de su buen vecino monsieur de Beuvre y de abrazar a Alvimar, a quien juró que, antes de que terminase la semana, iría a buscarle a Briantes para conducirle a su castillo de Ars, donde le retendría el mayor tiempo posible.
-Ahora -dijo monsieur de Beuvre a Alvimar-, ofreced vuestra mano a la castellana y sentémonos a la mesa. No os sorprenda el que no aguardemos a nuestro amigo Bois-Doré. Después de una cacería, aunque sea de unos minutos, suele hacerse un tocado de una hora, y por nada en el mundo consentiría en presentarse ante una dama, ni aun ante ésta, que es para él como una hija, puesto que la ha visto nacer, sin haberse aseado, perfumado y mudado de pies a cabeza.
Encuentra gusto en ello, y, después de todo, la manía es inocente. No gastamos cumplidos con él, y le hubiéramos causado verdadera violencia al retrasar nuestra comida para esperarle.
-¿Acaso -dijo Alvimar, a quien habían hecho sentarse en el sitio de honor- hubiera yo debido ir a ofrecer mis respetos a monsieur de Bois-Doré en su habitación antes de empezar el almuerzo?
-¡No! -exclamó Lauriana riendo-; le hubierais apenado sorprendiéndole en su tocado. No nos preguntéis por qué; ya lo comprenderéis vos mismo al verle.
-¡Además -añadió monsieur de Beuvre-, no le debéis más atenciones que las debidas a un viejo por un joven. En su cualidad de huésped fiduciario, es él quien os debe toda suerte de deferencias. Y monsieur de Ars me ha confiado el encargo de presentaros a él.
Al hablar de la juventud de Alvimar, monsieur de Beuvre participaba del error que producía al verle por primera vez.
Aunque tenía cerca de cuarenta años, Alvimar no aparentaba tener treinta, y acaso, en su fuero interno, monsieur de Beuvre comparaba el hermoso rostro de su huésped temporal con el de su querida hija Lauriana. Su preocupación constante era el deseo de encontrar para su hija, fuera del país, un marido que no exigiese la abjuración solemne.
El buen hidalgo ignoraba que los jesuitas reinaban ya en todas partes, y que el Berry era precisamente una de las provincias en las que su propaganda era menos activa.
También ignoraba que Alvimar era, en cuerpo y alma, un perfecto caballero de la Santa Inquisición.
Guillermo, queriendo proporcionar a su amigo una acogida cordial, se había guardado mucho de pintarle como un ortodoxo excesivamente puntilloso. Él también era católico; pero como era tolerante y hasta poco creyente, ni al presentar a Alvimar al dueño de la casa, ni al recomendarle a monsieur de Bois-Doré había hablado de la cuestión religiosa, a la cual estas personas no daban tampoco mucha importancia en sus relaciones. Pero hablando aparte con monsieur de Beuvre, le había asegurado, en pocas palabras, que el señor Villarreal -tal era al nombre convenido por Alvimar- era de buena familia y se hallaba en camino de hacer fortuna. Guillermo lo creía así, porque Alvimar ocultaba su pobreza con todo el orgullo de que es capaz un español sobre este particular.
El primer servicio se efectuó con toda la calma peculiar de los criados del Berry, y fue saboreado con la lentitud metódica de las personas bien educadas que no quieren aparentar glotonería.
El lento comer, las pausas prolongadas entre bocado y bocado, los relatos del anfitrión entre plato y plato, son aún artículos del código de la buena educación para los ancianos del Berry.
Los aldeanos modernos extreman este principio de urbanidad, y quien come con ellos puede tener la seguridad de que permanecerá tres horas seguidas en la mesa, aunque no sea más que delante de un pedazo de queso y una botella de aguapié.
Alvimar, cuyo espíritu inquieto y activo no se adormecía en los placeres de la comida, se aprovechó de la majestuosa masticación de monsieur de Beuvre para hablar con su hija, que comía poco y de prisa, y se ocupaba más de su huésped y de su padre que de ella misma.
Sorprendiole encontrar ingenio en una muchacha que vivía en el campo y que, salvo una o dos escapadas a Bourges o a Nevers, no había salido de las tierras de sus dominios.
Lauriana no tenía gran cultura, y acaso hubiera sido incapaz de escribir una carta de extensión sin hacer alguna falta gramatical. Pero su conversación era agradable, y a fuerza de oír a su padre y a sus vecinos hablar de la política de la época, conocía y juzgaba sanamente la Historia desde el reinado de Luis XII y las primeras guerras de religión.
Sin embargo, como veneraba el recuerdo de Carlota de Albret y se enorgullecía de descender de ella, no tuvo ocasión de dejar ver a Alvimar que era hereje. Además, la cortesía de aquel tiempo prohibía hablar inútilmente de las propias creencias, aun entre personas de la misma comunión, porque había muchos matices religiosos y la controversia surgía en cualquier parte.
Lauriana, además de poseer una gran delicadeza y muy buen juicio, tenía una mezcla de sinceridad y de malicia peculiar del carácter del Berry, y esta alianza de dos cosas opuestas produce una manera de ver y de hablar bastante original. Era del país en el que se sabe decir las verdades riendo y sin necesidad de reñir.
Alvimar, que era más déspota que irónico y más rencoroso que sincero, se sintió, sin saber por qué, algo cohibido ante aquella niña.
A ratos le parecía que Lauriana adivinaba su carácter, su vida o su reciente aventura, y que le daba a entender:
«A pesar de todo, no por eso dejamos de ser unas buenas gentes, dispuestas a ayudarle.»
Cuando llegó el momento de servir el asado, monsieur de Bois-Doré hizo su aparición, en medio de un gran ruido de puertas y de platos, precedido por un criadito lujosamente ataviado, al que ocultamente daba el nombre de paje, como para justificar este verso, que más tarde señaló análogas ridiculeces:
Todo marqués quiere tener pajes.
y obedeciendo a los edictos, que ya no permitían tener pajes más que a los príncipes y a los hidalgos de alto rango.
Ante la aparición de su huésped, Alvimar tuvo que contener la risa, a pesar de su melancolía habitual y de su malestar presente.
Silvio de Bois-Doré había sido uno de los hombres más hermosos de su tiempo: alto, bien formado, de cuerpo robusto y ágil, con cabellos negros, piel blanca, ojos magníficos y facciones perfectas; había gustado a muchas mujeres, pero, a causa de su ligereza y de su frialdad estudiada, no había inspirado nunca una pasión violenta o duradera.
Para encarnar el tipo de héroe apasionado que gustaba en los tiempos de la juventud de Bois-Doré no bastaba con una bondad sin límites, ni con una lealtad extraordinaria, dada su época y su ambiente, ni con una esplendidez regia en los momentos de suerte y de fortuna o una filosofía perfecta en las horas de desgracia; en una palabra, no bastaba con las cualidades fáciles y simpáticas de los aventureros campeones del Bearnés.
En aquella época, exaltada y sanguinaria, la galantería necesitaba un poco de ferocidad para llegar a la pasión romántica, y, fuera de los combates, en los que se portaba con valentía, Bois-Doré tenía una mansedumbre irritante. No había asesinado a ningún marido ni a ningún hermano; no había degollado a ningún rival entre los brazos de una amante infiel; se consolaba fácilmente con Javotte o con Nanette de las traiciones de Diana o de Blanca. Por aquel entonces Bois-Doré, a pesar de su afición a las novelas pastorales y de caballería, pasaba por tener un espíritu mezquino y un corazón poca ardiente.
Pero se consolaba de que las mujeres le engañasen o se riesen de él, tanto más cuanto que nunca se había dado cuenta de ello. Era hermoso, liberal y valiente, y lo sabía; sus aventuras eran breves, pero numerosas; su corazón necesitaba más amistad que pasión, y, por su discreción y la dulzura de sus costumbres, había merecido el afecto de todo el mundo. Por lo tanto, se había encontrado feliz sin preocuparse de despertar pasiones, y, en realidad, había amado un poco a todas las mujeres sin adorar a ninguna.
Se le hubiera acusado de egoísmo si este reproche se hubiera podido conciliar con el de ser demasiado bueno y humano. Era, en cierto modo, la caricatura del buen Enrique, a quien muchos llamaban ingrato y traidor, pero a quien, sin embargo, todos amaban después de haberle tratado.
Pero el tiempo había pasado, lo que tampoco se había dignado notar monsieur de Bois-Doré. Su cuerpo flexible se había tornado rígido y duro; sus hermosas piernas se habían secado; su frente noble se había desguarnecido, y las arrugas rodeaban sus ojos como los rayos rodean al sol. Lo único que había conservado de su juventud perdida eran los dientes algo largos, pero blancos y bien alineados; en los postres cascaba avellanas con afectación para que todo el mundo se fijase. Sus vecinos afirmaban que se molestaba si se olvidaban de ponerle avellanas en la mesa.
Al decir que monsieur de Bois-Doré no había notado los ultrajes del tiempo, queremos expresar la satisfacción que seguía causándose así mismo; pero indudablemente se dio cuenta de que envejecía, y combatió los estragos con un valor obstinado. Creo que empleó en esta batalla la mayor energía de que era capaz.
Cuando vio que sus cabellos empezaban a blanquear y caer, hizo un viaje a París sólo para encargarse una peluca en la mejor casa. La peluquería era ya un arte; los historiadores detallistas dicen que las pelucas con las rayas de seda blanca y los cabellos minuciosamente colocados costaban, por lo menos, sesenta pistolas.
Pero monsieur de Bois-Doré, que ya era rico y no tenía inconveniente en gastar mil doscientos a mil quinientos francos de nuestra moneda en una indumentaria corriente y cinco o seis mil en un traje de gala, no se detuvo ante aquella pequeñez. Corrió a probarse pelucas; al principio se encaprichó de una guedeja rubia que, según opinión del peluquero, le sentaba maravillosamente.
Bois-Doré empezaba a creerlo, a pesar de que en su vida se había visto de rubio; pero se probó una color castaño que -siempre según la opinión del vendedor- le sentaba tan bien como la otra. Las dos costaban lo mismo; pero Bois-Doré se probó una tercera que costaba diez escudos más y que llevó a su colmo el entusiasmo del peluquero; aquélla era verdaderamente la única que ponía de relieve los atractivos del señor marqués.
-Este peluquero debe de tener razón -pensó Bois-Doré, recordando el tiempo en que las señoras se maravillaban por ver una cabellera tan negra como la suya con una piel tan blanca.
Sin embargo, permaneció unos momentos ante el espejo, sorprendiéndose de que aquella guedeja sombría le diese un aire duro y violento.
-Es extraordinario cómo me cambia la expresión -pensó-. Y sin embargo, éste es mi color natural-. Tenía en mi juventud el aire tan dulce como lo tengo ahora. Mi abundante cabellera negra no me daba este aspecto de maldad.
No se le ocurrió pensar que las operaciones de la Naturaleza se efectúan siempre con perfecta armonía, lo mismo al hacernos como al deshacernos, y que sus cabellos grises le daban el aire que le correspondía.
Pero tantas veces le repitió el peluquero que con la hermosa peluca no aparentaba más de treinta años, que la compró, y en el acto se encargó otra por economía -dijo él-, para que la primera durase más tiempo.
Sin embargo, al día siguiente volvió sobre su acuerdo; encontraba que su cabeza tan joven le hacía parecer más viejo que antes, y todas las personas a quienes consultó fueron del mismo parecer.
El peluquero le explicó que las cejas y la barba tenían que hacer juego con la cabellera, y le vendió un tinte. Pero Bois-Doré se encontró entonces tan pálido en medio de tantas manchas de tinta, que el peluquero hubo de explicarle también la necesidad del colorete. Bois-Doré le preguntó:
-¿Dicen que cuando se empieza a usar artificios ya no es posible detenerse?
-Tal es la costumbre -contestó el rejuvenecedor-; escoged entre ser o parecer.
-¿Pero es que yo soy viejo?
-No, puesto que con la ayuda de mis recetas podéis todavía parecer joven.
Desde aquel día Bois-Doré gastó peluca; llevó las cejas, la barba y los bigotes pintados y llenos de cosmético; el hocico, embadurnado; colorete en las mejillas; polvos olorosos en todas las arrugas de la cara; además, esencia y saquitos de perfume sobre su persona; tanto es así, que cuando salía de su cuarto se le olía desde el corral, y bastaba con que pasase por delante de la perrera para que sus galgos corredores se quedasen estornudando y haciendo muecas durante una hora.
Cuando hubo conseguido transformarse de un hermoso anciano que era en un viejo muñeco grotesco, pensó en estropear también su parte que tenía la dignidad correspondiente a sus años: hizo forrar sus calzones y sus justillos con dobles hojas de acero, y tomó la costumbre de andar tan derecho, que todas las noches se metía en la cama con agujetas.
Afortunadamente para él, la moda cambió, sin lo cual se hubiera muerto.
Los justillos rígidos y apretados de Enrique IV se ensancharon sobre el pecho de los favoritos de Luis XIII, formando ligeras casacas. Los calzones amplios y flotantes, obedientes a todas las inflexiones del cuerpo, reemplazaron a las bragas con armadura.
A Bois-Doré le costó trabajo admitir estas innovaciones y separarse de sus inflexibles gorgueras afolladas para disfrutar de mayor comodidad con las ligeras rotondas. Lamentó hondamente la desaparición de los pasamanos; pero poco a poco las cintas y los encajes le sedujeron, y después de un breve viaje que hizo a París volvio vestido a la moda de los jóvenes de buen tono, afectando su desenvoltura indolente y fatigada, tumbándose en los butacones con posturas cansadas y levantándose en tres tiempos cuando estaba sentado; en una palabra: con su alta estatura y sus rasgos acentuados reproducía el tipo de marquesito ñoño que treinta años más tarde Molière encontró completamente transformado en su ridiculez y a punto para la sátira.
Con este disfraz, que hacía de él una especie de cómico fantasmón, Bois-Doré tenía más facilidad para ocultar el peso real de sus años.
A primera vista, Alvimar le encontró espantoso. La profusión de bucles de ébano sobre aquella faz arrugada; las cejas tupidas y terribles sobre aquellos ojos tan dulces; el colorete resplandeciente, que parecía una careta disparatadamente colocada sobre una cara respetable y bondadosa, le desconcertaban.
La indumentaria, exageradamente esmerada, con su abundancia de galones, de bordados, de lazos y de penachos, resultaba de lo más ridículo que puede darse de día y para el campo; añadiéndose a ello que los matices pálidos y desmayados que nuestro marqués prefería contrastaban mucho más con el aspecto leonino de su bigote erizado y de su guedeja postiza.
Pero la acogida que le hizo el viejo hidalgo destruyó agradablemente en Alvimar el efecto repulsivo de su disfraz carnavalesco.
Monsieur de Beuvre se había levantado para presentar al marqués el amigo de Guillermo y recordarle que estaba a su cargo por varios días.
-Si me encontrase en mi propia casa -dijo monsieur de Beuvre-, reclamaría para mí mismo este placer y este honor; pero no debo olvidar que estoy en casa de mi hija. Además, mi querido Silvio, esta morada es menos rica y menos lujosa que la vuestra, y no queremos privar a monsieur de Villarreal de los agrados que en ella le esperan.
-Acepto esta hipérbole -dijo Bois-Doré-, si tiene la facultad de deslumbrar a monsieur de Villarreal hasta el punto de hacerle permanecer largo tiempo bajo mi techo.
Y abriendo sus grandes brazos, cubiertos de encajes hasta los codos, abrazó al supuesto Villarreal, diciéndole con una risa llena de bondad que mostraba sus grandes dientes blancos:
-Aunque fueseis el diablo, señor, del momento que me habéis sido confiado, sois para mí un hermano.
Se guardó mucho de decir «como un hijo»; porque hubiera temido revelar el número de sus años, que creía misterioso para los demás, desde que él mismo lo había olvidado.
Villarreal de Alvimar hubiera fácilmente prescindido del abrazo de un católico tan reciente; tanto más, cuanto que los perfumes de que el marqués estaba impregnado le quitaron el ya escaso apetito que tenía, y que, después de abrazarle, Bois-Doré le oprimió vigorosamente las manos entre sus dedos secos y cubiertos por enormes sortijas. Pero Alvimar debía pensar, ante todo, en su propia seguridad, y sintió, por el acento cordial y decidido del marqués, que se hallaba en manos fieles y leales.
Por lo tanto, se resignó a agradecer la doble hospitalidad de la que era objeto, mostrándose bajo su más amable aspecto, y cuando se levantó de la mesa, los dos ancianos hidalgos estaban encantados con él.
Sin embargo, hubiera deseado descanso; pero el castellano le desafió para un partido de ajedrez y luego para uno de billar, con Bois-Doré, quien se dejó vencer.
A Alvimar le gustaba el juego, y la ganancia de algunos escudos de oro no le era indiferente.
Las horas pasaban en una intimidad en cierto modo malgastada, puesto que aquellas diversiones no provocaron ninguna conversación bastante seguida para facilitar el conocimiento de los tres personajes.
Madame de Beuvre se había retirado después de la comida; reapareció hacia las cuatro, al ver que se hacía en el patio los preparativos para la marcha de sus huéspedes.
Les propuso tomar el aire en los jardines antes de separarse.
Era hacia fines de octubre. El veranillo de San Martín se había prolongado y los días más cortos eran todavía claros y templados. Los árboles, desnudos, dibujaban su hermosa silueta sobre el sol rojo, que se ponía detrás de las negras zarzas que resaltaban sobre el fondo del horizonte.
Una capa de hojas secas cubría los paseos, de bojs y de tejos cuajados, que daban a los jardines de aquella época una seriedad limpia y digna.
En los fosos, hermosas y viejas carpas, acostumbradas a recibir las migas de pan que les echaba Lauriana, seguían a los paseantes.
Un lobito domesticado acompañaba a Lauriana como un perro; estaba dominado y maltratado por el gran podenco predilecto de monsieur de Beuvre; este podenco, joven y retozón, no manifestaba aversión alguna hacia su compañero y le arrollaba y le mordisqueaba con la brusquedad llena de soberbia de un niño noble dignándose jugar con un villano.
En el momento en que Alvimar se disponía a ofrecer su brazo a la bella Lauriana, se detuvo al ver que monsieur de Bois-Doré se acercaba a ella con la misma intención.
Pero el cortés hidalgo retrocedió a su vez.
-Este derecho os pertenece -dijo-; un huésped como vos debe estar antes que todos los amigos; pero sabed el valor del sacrificio que os hago.
-Aprecio todo el mérito que tiene -contestó Alvimar, en cuyo brazo Lauriana apoyó ligaramente su manita-, y de cuantas bondades tenéis para conmigo, estimo que ésta es la mayor.
-Veo con placer -dijo Bois-Doré, caminando a la izquierda de madame de Beuvre- que entendéis la galantería francesa a la manera del difunto rey, nuestro Enrique, de grata memoria.
-Espero entenderla mejor.
-¡Oh!, eso sería prometer ya demasiado.
-Al menos nosotros, los españoles, la entendemos de distinta manera. Pensamos que la fidelidad en el cariño hacia una sola mujer es preferible a la galantería hacia todas.
-¡Oh! Entonces, mi querido conde... ¿Sois conde, verdad, o duque?... Dispensad; pero sois grande de España; lo sé, lo veo... ¿Caéis en la perfecta fidelidad de la novela? Nada más hermoso, mi querido huésped, nada más hermoso. ¡A fe mía!
Monsieur de Beuvre llamó a Bois-Doré a poca distancia para enseñarle no sé qué árbol recién plantado, y Alvimar aprovechó la interrupción para preguntar a Lauriana si monsieur de Bois-Doré se había querido burlar de él.
-De ninguna manera -contestó ella-; debéis saber que la novela de monsieur de Orfé es la lectura favorita de nuestro querido marqués, y que se la sabe casi de memoria.
-¿Cómo pueden conciliarse estos gustos de gran pasión con los de la antigua corte?
-Es muy sencillo. Cuando nuestro amigo era joven, dícese que se enamoraba de todas las damas. Al envejecer, su corazón se ha enfriado; pero pretende ocultarlo, como cree ocultar sus arrugas fingiendo haber sido convertido a la virtud de los grandes sentimientos por el ejemplo de los héroes de Astrée. Tanto es así, que para disculparse de no cortejar a ninguna bella se jacta de permanecer fiel a una, a quien no nombra y que nadie ha visto nunca ni verá jamás, por el excelente motivo de que sólo existe en su imaginación.
-¿Es posible que a sus años se crea obligado a fingir amor?
-Es natural, puesto que quiere pasar por joven; si confesase que las mujeres le tienen ya sin cuidado las unas como las otras, ¿por qué había de tomarse el trabajo de embadurnarse la cara y de gastar peluca?
-¿Entonces creéis que no es posible ser joven sin estar enamorado de alguna mujer?
-Eso no lo sé -contestó alegremente madame de Beuvre-; no tengo experiencia y no conozco el corazón de los hombres; pero lo he oído decir, y, según parece, monsieur de Bois-Doré debe estar convencido de ello. Y vos, ¿qué opináis?
Yo creo -dijo Alvimar, que sentía curiosidad por conocer las ideas de la dama- que se puede vivir largo tiempo con el recuerdo de un amor pasado, en espera de un amor futuro.
Lauriana no contestó, y sus hermosos ojos azules miraron al cielo.
-¿En qué pensáis? -le preguntó él, con una familiaridad acaso demasiado tierna.
La indiscreta pregunta pareció sorprender a Lauriana.
Le miró con un aire que parecía decir: «¿Qué os importa?» Pero desechó de sus palabras toda dureza inútil, y contestó sonriendo:
-No pensaba en nada.
-Es imposible -prosiguió Alvimar-; se piensa siempre en algo o en alguien.
-Se piensa vagamente, tan vagamente, que al minuto siguiente ya no se recuerda.
Lauriana no decía la verdad. Había pensado en Carlota de Albret, y vamos a traducir lo que había pasado en su breve meditación.
Aquella pobre princesa se le había como aparecido para inspirarle la contestación que Alvimar solicitaba; esta contestación era: «A veces una joven que no ha amado nunca y que siente impaciencia por amar acepta ligeramente el cariño que se le ofrece, y a veces cae entre los brazos de un malvado, que la martiriza, la deshonra y la abandona.»
Alvimar estaba lejos de suponer la extraña advertencia que esta alma virgen acababa de recibir; creyó que se trataba de un poco de coquetería, y aunque su alma era como el mármol, el juego le agradó.
Insistió:
-Apuesto -dijo- que habéis pensado en un amor más real que la pasión de la cual monsieur de Bois-Doré os da la parodia; en un amor que pudierais, si no sentir, al menos inspirar a un perfecto caballero.
Tan pronto como hubo pronunciado estas palabras de provocación trivial, pero que supo matizar con una emoción que se le figuró persuasiva, sintió que el brazo de Lauriana se estremecía y se separaba del suyo, y al mismo tiempo la vio palidecer y retroceder.
-¿Qué os sucede? -exclamó intentando recuperar el brazo.
-Nada, nada -contestó Lauriana esforzándose en sonreír-. He visto una culebra ahí, entre los juncos, y he sentido miedo; voy a llamar a mi padre para que la mate.
Y echó a correr hacia monsieur de Beuvre, mientras que Alvimar, buscando al maldito bicho, batía con su bastón los juncos de la escarpa.
Pero no apareció ningún bicho, ni bonito ni feo, y cuando los ojos de Alvimar buscaron a madame de Beuvre, la vieron abandonar el jardín y entrar en el patio.
«Es una sensitiva -pensó viéndola alejarse-; sea porque haya tenido miedo de la serpiente, sea porque mis palabras hayan causado su repentina turbación... ¡Ah! ¿Por qué no tendrán las reinas y las princesas, que llevan en sus manos los altos destinos, el amoroso candor de las damitas campesinas?»
Mientras que su vanidad explicaba de esta manera la emoción de Lauriana, la joven había subido a la capilla de Carlota Albret, no para rezar, pues no solía frecuentar este oratorio católico, ordinariamente cerrado como santuario de una memoria respetable, sino para cerciorarse de un hecho que acababa de trastornarla.
Había en la capillita un retrato, ya muy ennegrecido y ahumado por el tiempo, que no se enseñaba nunca a nadie, pero que se conservaba en el sitio en que se había hallado, por respeto hacia la disposición de las cosas que fueron del uso de la santa familia.
Lauriana no había visto este retrato más que dos veces en su vida. La primera, por casualidad, porque una viejecita encargada del aseo de la capilla había abierto, para limpiarlo, una especie de armario que lo encerraba.
Lauriana era entonces una niña. Sin que supiese por qué, el retrato la había asustado.
La segunda vez era bastante reciente; su padre, al contarle con ciertos detalles de tradición la historia de la pobre duquesa, le había dicho:
-Y, sin embargo, nuestra santa abuela no aborrecía aquel monstruo. Acaso porque le hubiese amado antes de conocer los crímenes que le mancillaban; acaso únicamente impulsada por la caridad cristiana, se impuso como un deber el rezar por él, y guardaba su retrato en la capilla.
Lauriana había comprendido de quién era la espantosa imagen del viejo cuadro y había deseado volverle a ver. Lo había mirado con atención y sangre fría, y se había jurado a sí misma no casarse nunca con un hombre que tuviese el menor parecido con aquel terrible rostro.
A pesar de la serenidad de su examen, el espectro había permanecido por algún tiempo ante sus ojos, y cada vez que se le presentaba una fisonomía siniestra la comparaba instintivamente con el tipo aborrecido. Pero como era por temperarnento alegre, tranquila, y tan valiente como la mayoría de las jóvenes castellanas de aquel tiempo de disturbios y de peligros recientes, había acabado por olvidar su preocupación.
Por lo tanto, al ver a Alvimar no se le había ocurrido establecer la menor aproximación, y aun en el jardín, al darle el brazo, al conversar alegremente con él, al mirarle frente a frente, tampoco había sentido temor alguno. Sin embargo, ¿por qué había pensado en Carlota de Albret mientras que él hablaba? No lo sabía, y al principio no le concedió mucha importancia.
Pero Alvimar había insistido para conocer sus pensamientos; casi le había hablado de amor; al menos, él, a quien veía por primera vez, le había dicho más en dos palabras que lo que nunca se atrevió a decirle ninguno de los amigos, jóvenes o viejos, que la rodeaban.
Sorprendida por tanta audacia, había vuelto a mirarle; pero esta vez le había mirado a hurtadillas, y, sobre el rostro encantador, había sorprendido una sonrisa pérfida; al mismo tiempo, el perfil, que se dibujaba sobre el fondo rojizo del cielo bajo, le había arrancado un gesto de terror.
¡El hermoso joven que parecía provocar los primeros latidos de su corazón se parecía a César Borgia!
Fuese realidad o ilusión, le había sido imposible permanecer un insitante más junto a él.
Había inventado un pretexto a su terror, había huido y venía a mirar el retrato, para borrar o confirmar sus dudas.
Como anochecía rápidamente, y la parte del patio estaba ya sombría, Lauriana volvió sobre sus pasos, para buscar una luz en su alcoba, situada en el pabellón que daba a la galería de la capilla.
El armario que contenía el retrato era una de esas arcas incrustadas en la pared, en las que, en las iglesias de aldea, se guardan los estandartes de las procesiones. Le abrió con rapidez, y, colocando convenientemente la bujía, contempló la imagen del infame.
La pintura era hermosa; César y Lucrecia Borgia fueron contemporáneos de Rafael y de Miguel Ángel, y aquel retrato, algo secamente pintado, tenía el estilo primero de Rafael. Pertenecía a la misma escuela.
El rostro del duque de Valentinois no ostentaba las manchas lívidas ni las horrendas pústulas que los historiadores han descrito, ni los ojos bizcos, «que brillaban con tal fulgor infernal, que ni aun sus compañeros ni sus íntimos podían soportar». Fuese porque el artista le hubiese favorecido, fuese porque le hubiese pintado en una época de su vida en que el vicio y el crimen no «sudaban» todavía en su rostro, el caso es que no resultaba feo. El pintor había presentado al cardenal-bandido de perfil, y el ojo que había copiado miraba recto ante él.
La faz era pálida, atrozmente pálida y delgada; la nariz, estrecha y afilada; la boca parecía no tener labios -tan incoloros y finos eran-; el mentón era anguloso; el tipo, distinguido; las facciones, bastante puras; el bigote y la barba, rojos y delicadamente colocados. Pero visto de esta manera, bajo su aspecto más favorable, aquella cabeza de malvado resultaba acaso aún más repelente que si hubiese estado roída por la lepra.
Estaba serena y pensativa, y la frente no recordaba en nada a la cabeza aplastada de la víbora. No, no; era mucho peor; era una cabeza bien conformada, con todas las facultades de la inteligencia admirablemente desarrolladas para el mal. El ojo, alargado y apenas entreabierto, parecía estar absorto en la meditación placentera de una maldad, y la imperceptible sonrisa de la boca tenía la somnolienta dulzura de la ferocidad saciada.
No se sabía exactamente en qué consistía el horror de la expresión; estaba en todo. Contemplar aquella fisonomía imprudente y cruel producía frío en el cuerpo y en el alma.
«He soñado -pensó Lauriana al detallar las facciones-. No es ni la frente, ni la boca, ni el ojo de ese español. Por mucho que mire, no encuentro aquí ningún parecido como él.»
Cerró los ojos, para recordarle sin ver el rostro. Le imaginó de frente; estaba encantador, con una sonrisa de melancolía resignada y orgullosa. Le imaginó de perfil: sonreía. Pero tan pronto como hubo recordado aquella sonrisa volvió a ver el perfil del infame César, y como si las dos huellas se hubiesen unido, le fue ya imposible separarlas.
Cerró el armario y miro al púlpito de madera tallada, al reducido altar y al cojín de terciopelo, negro, blanqueado y usado por las rodillas de Carlota. Dobló las suyas y rezó sin pensar en si estaba en una iglesia o en un templo, si era protestante o católica.
Invocó al Dios de los débiles y de los afligidos, al Dios de Carlota de Albret y de Juana de Francia.
Luego, sintiéndose ya tranquilizada y viendo los caballos dispuestos para la marcha de sus huéspedes, bajó a la sala para recibir su despedida.
Halló a su padre muy animado.
-Venid acá, señora, mi querida hija -le dijo cogiéndole una mano, para que se sentara en la butaca que Bois-Doré y Alvimar se apresuraban a acercarle-; nos traes la concordia. Cuando las mujeres dejan a los hombres solos, se tornan adustos y hablan de política o de religión, que son puntos acerca de los cuales nadie se puede poner de acuerdo. Sed la bienvenida vos, que tenéis la dulzura de las palomas, y habladnos de las vuestras, que sin duda acabáis de acostar.
Lauriana confesó que se había odvidado de sus tórtolas. Sentía sobre ella la mirada clara y penetrante de Alvimar. Se atrevió a mirarle. Decididamente, se parecía al Borgia tanto como pudiera parecerse el buen monsieur Silvain mismo.
-¿Es que otra vez habéis disputado con vuestro vecino? -preguntó a su padre abrazándole, mientras que alargaba la mano al viejo marqués-. ¿Pero qué importa, puesto que confesáis que un poco de controversia os es necesaria para la digestión?
-No. ¡Pardiez! -contestó monsieur de Beuvre-. Si hubiese sido con él, no tendría por qué lamentarme; el pecado hubiese sido el de costumbre. Pero me he dejado arrastrar por mi humor contradictorio contra monsieur de Villarreal, y eso está contra todas las reglas de la hospitalidad y de la cortesía. Poned la paz, mi querida hija, y decidle, vos que me conocéis, que soy un viejo hugonote testarudo y disputador, pero leal como el oro, y que estoy, a pesar de todo, a su entera disposición.
Monsieur de Beuvre se alababa. No era un hugonote muy feroz, y las ideas religiosas estaban confusas en su cerebro. Pero tenía odios y rencores políticos bastante vivos, y no podía oír hablar de ciertos adversarios sin dar rienda suelta a su ruda franqueza.
Alvimar le había ofendido al tomar la defensa del ex gobernador del Berry, el señor duque de La Châtre, cuyo nombre había surgido en el azar de la conversación.
Lauriana, enterada del tema de la discusión, pronunció dulcemente su fallo:
-Os absuelvo a los dos -dijo-; a vos, mi señor padre, por haber reconocido en monsieur de La Châtre el valor y el ingenio; a vos, monsieur de Villarreal, por haber abogado en pro de un hombre que ya no puede defenderse.
-¡Bien juzgado! -exclamó Bois-Doré-, y hablemos de otra cosa.
-Eso es; no hablemos más de aquel tirano -repuso el viejo hidalgo-; no hablemos más de aquel fanático.
-Vos podréis tratarle de fanático -prosiguió Alvimar, que no sabía ceder-; en cuanto a mí, habiéndole conocido mucho en la corte, el único reproche que me hubiera podido atrever a dirigirle hubiera sido el de no amar bastante la verdadera religión y no considerarla más que como un medio de dominar la rebelión.
-Es verdad, es verdad -dijo Bois-Doré, que detestaba las discusiones y deseaba concluir, mientras que monsieur de Beuvre, agitándose en su silla, demostraba claramente que la cosa no había terminado para él.
-Después de todo -concluyó Alvimar, esperando acabar-, ¿no ha servido con todo celo y fidelidad la causa del rey Enrique, a cuya memoria me parecéis todos completamente adictos aquí?
-¡Y con razón, señor! -exclamó monsieur de Beuvre-. ¡Con razón, pardiez! ¿Dónde hallaréis rey mas sabio y más humano? ¿Pero cuánto tiempo le ha estado combatiendo vuestro fanático liguero La Châtre? ¿Y cuántas veces le han hecho traición? ¿Y cuántos escudos ha habido que darle para que se estuviese quieto? Vos sois joven y sois un hombre de mundo; no conocisteis más que al cortesano y al hombre de bellas palabras; pero nosotros, los viejos provincianos, conocemos muy bien a nuestros tiranuelos de provincia. Quisiera que monsieur de Bois-Doré os contase de qué modo aquel gran guerrero hizo, con embustes y traiciones, la gloriosa conquista de Sancerre.
- ¡Pobre de mí! -exclamó Bois-Doré algo malhumorado-.¿Cómo queréis que recuerde semejante cosa?
-¿Y por qué no habéis de poderla recordar? -repuso Beuvre, sin prestar atención al despecho del marqués-. ¡No supongo que estuvierais en mantillas!
-Al menos, era tan joven que no me acuerdo de nada -dijo Bois-Doré.
-Pues yo sí me acuerdo -exclamó Beuvre impacientado por la defección de su amigo-, y, sin embargo, tenía diez años menos que vos, y no estaba presente; era paje del valiente Condé, el abuelo del actual, y que os juro que valía bastante más que éste.
-Vamos -dijo Lauriana, que aventuró una malicia para sosegar a su padre y desviar la disputa de su motivo principal-, nuestro marqués tiene que confesar que asistió al sitio de Sancerre y que se portó valientemente en él, porque eso lo sabe todo el mundo; es por modestia por lo que no quiere acordarse.
-Bien sabéis que no estaba -prosiguió Bois-Doré-, puesto que me hallaba aquí con vos.
-¡Oh!, no hablo del último sitio, el del mes de mayo último, el que no duró más que veinticuatro horas y no fue más que el golpe de gracia; hablo del grande, del famoso sitio del año 1572.
Bois-Doré aborrecía las fechas; tosió, se agitó, arregló en la chimenea el fuego, que no estaba desarreglado; pero Lauriana se hallaba resuelta a inmolarle bajo las flores de la lisonja.
-Ya sé -dijo- que erais muy joven, pero ya os batíais como un león.
-La verdad -prosiguió Bois-Doré es que mis amigos realizaron proezas maravillosas y que el asunto fue rudo; pero, a pesar de mi buena voluntad, no pude hacer gran cosa a la edad que tenía.
-¡Pardiez! ¡Vos mismo hicisteis dos prisioneros! -exclamó Beuvre golpeando el suelo con el pie-. En verdad que siento rabia cuando veo un hombre de guerra y de corazón, como vos, negar sus buenas proezas antes de confesar su edad.
Bois-Doré se sintió hondamente herido y su cara se entristeció; era su única manera de manifestar enojo a sus amigos.
Lauriana vio que había ido demasiado lejos; quería sinceramente a su viejo vecino, y cuando él dejaba de reírse de sus malicias, se le quitaban a ella también las ganas de reír.
-No, señor -dijo a su padre-; permitid que vuestra hija os diga que bromeáis. El marqués estaba lejos de los veinte años y su acto fue, por lo tanto, más hermoso.
-¡Cómo! ¿No tenía veinte años? -tornó a exclamar monsieur de Beuvre-. ¿Es que yo me he vuelto de pronto el más viejo?
-No se tiene más edad que la que se representa -repuso Lauriana-, y basta con mirar al marqués...
Se detuvo, sintiéndose sin valor para pronunciar tal mentira a guisa de consuelo; pero la intención bastó, pues Bois-Doré se contentaba con poco.
Le dio las gracias con una mirada, y su frente se esclareció; Beuvre se echó a reír; Alvimar admiró la gentileza de Lauriana, y la borrasca quedó desviada.
Hablaron sosegadamente unos instantes más.
Monsieur de Beuvre rogó a Alvimar que no tomase en cuenta sus salidas y que volviese a los dos días, con Bois-Doré, que solía almorzar todos los domingos en la Motte; luego vinieron a anunciar que la carroza del señor marqués estaba dispuesta.
La carroza de monsieur de Bois-Doré era una enorme y pesada berlina, valientemente arrastrada por cuatro percherones fuertes y hermosos, acaso demasiado gordos, porque en casa del buen monsieur Silvain todo estaba bien nutrido, bichos y gentes.
Este respetable vehículo, destinado a afrontar las carreteras transitables, y aun las no transitables tenía una solidez a toda prueba, y si la flexibilidad de su marcha dejaba algo que desear, al menos el enorme mullido del interior ofrecía a los viajeros la seguridad de no partirse excesivamente los huesos, aun en caso de vuelco.
Debajo del forro de damasco había un espesor de seis pulgadas de lana y estopa; de suerte que se gozaba en el vehículo, si no de toda clase de comodidades, al menos de una especie de seguridad.
Era un hermoso coche, completamente forrado de cuero adornado con clavos, que formaban cenefas ornamentales alrededor de los tableros. Para subir y bajar había una escalerita, que se retiraba y se colocaba en el interior cuando el coche se ponía en marcha.
En esta ciudadela ambulante se veía un arsenal, compuesto de pistolas y espadas, sin olvidar la pólvora y las balas; de suerte que, llegado el caso, podía sostenerse un sitio en regla.
Dos criados a caballo abrían la marcha llevando antorchas; otros dos portaantorchas iban detrás del coche con el criado de Alvimar, que llevaba el caballo de éste sujetándole por la rienda. El pajecito del marqués subió al pescante al lado del cochero.
Todo esto se efectuó con un gran estrépito, al que se unió el ruido del puente levadizo al levantarse tras la cabalgata, y los ladridos alegres de los perros sueltos por el patio, produciendo tal algarabía, que se oyó hasta en la aldea de Champillé, situada a un cuarto de legua de distancia.
Alvimar creyó deber dirigir a Bois-Doré algunas alabanzas sobre su hermosa carroza, que era un objeto de lujo y confort poco corriente en provincias y que, particularmente en el país, pasaba por ser una maravilla. -No esperaba -dijo- encontrar en el interior del Berry las comodidades de las grandes ciudades, y veo, señor marqués, que lleváis aquí la vida de un perfecto noble.
Nada podía ser más halagador para el marqués que esta última expresión. Era un simple gentilhombre, y, a pesar de su título, no era, no podía ser, un noble.
Su marquesado consistía en un modesto cortijo del Bauvoisis, que ni siquiera le pertenecía.
Un día de fatiga y de peligro, Enrique IV había llegado con él y con una reducidísima escolta a aquel cortijo, donde el azar de la guerra civil les había obligado a detenerse. El cortijo estaba desierto y abandonado, y el rey corría gran riesgo de no almorzar, cuando monsieur Silvain, que era hombre de recursos en esta clase de aventuras, descubrió en un matorral algunas aves abandonadas y ya salvajes. El Bearnés se había proporcionado el placer de una caza improvisada y monsieur Silvain se había encargado de guisar las piezas cobradas.
El inesperado festín puso al rey de Navarra de buen humor y «regaló» el cortijo a su buen compañero, elevándole al rango de marqués por su propia voluntad y, según dijo, para recompensarle por haber impedido que un rey se muriese de hambre.
La posesión se había limitado a aquella estancia de unas horas en el pequeño feudo, conquistado sin batalla. Al día siguiente había sido recuperado por el partido contrario, y después de la paz había vuelto a sus propietarios legítimos.
Esto no le importaba a Bois-Doré, que no tenía ningún interés por la barraca, sino por su título; más tarde, el rey de Francia confirmó riendo la promesa hecha por el rey de Navarra. Ningún pergamino certificó aquella dignidad al gentilhombre del Berry; pero bajo la protección del monarca, ya todopoderoso, el título fue admitido, y el obscuro campesino se vio acogido en la intimidad del rey como marqués de Bois-Doré.
Como nadie protestó, la broma y la tolerancia del rey crearon, si no un derecho, al menos un precedente, y por mucho que se mofaron del Marquesado de monsieur Silvain Bouron du Neyer -este era su verdadero nombre-, él, a pesar de los burlones, se tuvo por noble. Después de todo, merecía aquel título y lo llevaba más dignamente que muchos otros partidarios.
Alvimar ignoraba estas circunstancias. Había prestado poca atención a lo que Guillermo de Ars le había indicado rápidamente. No pensó en burlarse de la nobleza de su huésped, y nuestro marqués, habituado a que le molestasen sobre este delicado punto, le agradeció infinitamente su cortesía.
Pero creyó debérselas dar de robusto para borrar la enojosa fecha del sitio de Sancerre.
-Tengo esta carroza -dijo- con el único objeto de poder ofrecerla a las damas de mi vecindad cuando se presenta el caso; en cuanto a mí, prefiero el caballo. Se va más de prisa y con menos aparato.
-Entonces -repuso Alvimar-, al mandar venir hoy la carroza, ¿me habéis tratado como a una dama? Esto me confunde, y si hubiera pensado que no temíais el fresco de la noche os hubiera suplicado que no cambiarais nada en vuestras costumbres.
-He pensado que, después del viaje que acabáis de hacer, habíais cabalgado bastante por hoy, y en lo que atañe al frío, para decir la verdad, confieso que soy un gran holgazán, y me proporciono dulzuras que mi salud no necesita para nada.
Bois-Doré quería conciliar la indolencia de los jóvenes de la corte con el vigor de los jóvenes campesinos, y a veces se encontraba muy apurado para armonizar estas cosas.
En realidad, estaba todavía fuerte, a pesar de algunos dolores de reuma, que no confesó nunca, y de una leve sordera, que negaba, poniendo las equivocaciones de su oído a la cuenta de su distracción.
Añadió:
-Debo pediros que disculpéis la descortesía de mi amigo Beuvre. Nada hay más inoportuno que las disputas religiosas, que están ya completamente pasadas de moda. Perdonad la testarudez de un anciano. En el fondo, Beuvre se preocupa tanto como yo de estas sutilezas. Su amor al pasado le da de vez en cuando la manía de censurar a los muertos, molestando así grandemente a los vivos. No comprende por qué la vejez tiene la pedantería de sus recuerdos, ¡como si en todas las edades no se vieran bastantes cosas y bastantes gentes para adquirir toda la filosofía que se necesita! ¡Ah, mi querido huésped! ¡No hay como las gentes de París para saber conversar con delicadeza y moderación acerca de todos los asuntos de controversia! Nada, por ejemplo, como el hotel de Rambouillet. ¿Habréis frecuentado seguramente el «salón azul de Artemisa»?
Alvimar pudo, sin faltar a la verdad, contestar que había sido recibido en casa de la marquesa. Su ingenio y su cultura le habían abierto las puertas del Parnaso a la moda; pero había sido ave de paso, porque su intolerancia se había revelado demasiado pronto en aquel santuario de la urbanidad francesa.
Además, era poco aficionado a la pastoral literaria. La ambición del mundo le devoraba, y la pastoral, que es un ideal de reposo y de ocios modestos, no convenía a su carácter. Y se sintió poseído por la fatiga y el sueño cuando Bois-Doré, encantado por tener alguien con quien hablar, se puso a recitar páginas enteras de la Astrée.
-¿Existe nada más hermoso -exclamaba el buen marqués- que esta carta de la pastora a su amante?
«Soy recelosa, soy celosa, soy difícil de conseguir y fácil de perder y muy susceptible de ofenderme y muy difícil de apaciguar.
Mis voluntades han de ser fatalidades; mis opiniones, razones, y mis mandamientos, leyes inviolables.»
¡Eso es estilo! ¡Qué hermosa pintura de un carácter!... Y lo demás, señor, ¿no contiene toda la sabiduría, toda la filosofía y toda la moralidad que un hombre puede necesitar? Oid esto que Silvia contesta a Galatea:
«No puede dudarse de que este pastor está enamorado siendo tan cortés.»
¿Comprendéis bien, señor, la profundidad de este pensamiento? Además, Silvia lo explica:
«El amante no desea nada tanto como ser amado; para ser amado debe hacerse amable, y lo que hace amables a los hombres es precisamente lo que les hace corteses.»
-¿Qué? ¿Qué pasa? -exclamó Alvimar, despertando de pronto por el discurso de la docta pastora, que Bois-Doré le gritaba al oído, para dominar el ruido que la carroza hacía sobre el rudo empedrado de la antigua vía romana de La Chautre a Chateau Meillant.
-Sí, señor, sí; lo mantendré a despecho del mundo entero -prosiguió Bois-Doré, sin notar el sobresalto de su huésped-; y me mato en repetírselo a ese viejo chiflado, a ese viejo hereje en materia de sentimientos.
-¿Quién? -preguntó Alvimar asustado.
-Hablo de mi vecino Beuvre, un hombre excelente, os lo juro, pero empeñado en la idea de que la virtud está en los libros de teología, que no lee por la razón de que no los entendería; y yo porfío que está en las obras poéticas, en los pensamientos agradables y decorosos, de los que cualquier mortal, por muy simple que sea, puede sacar provecho. Por ejemplo, cuando el joven Lycidas cede a los amores apasionados de Olimpia...
Esta vez, Alvimar se volvió resueltamente a dormir. Y monsieur de Bois-Doré seguía declamando cuando la carroza y la escolta hicieron resonar el puente levadizo de Briantes con un ruido semejante al que había producido sobre el de La Motte.
-Había obscurecido mucho; Alvimar no vio más que el interior del castillo, que le pareció muy pequeño, y que lo era, efectivamente, en relación con las grandes dimensiones de las moradas de aquella época.
Hoy en día, las salas de este castillo parecían muy vastas; pero entonces eran de lo más exiguas.
La parte habitada por el marqués, y arruinada por las bandas de aventureros en 1594, era de construcción reciente. Consistía en un pabellón cuadrado, adosado a una torre muy antigua y a otra construcción más antigua todavía; el conjunto constituía un solo macizo de arquitectura heterogénea, de una estrechez esbelta y de un aspecto elegante y pintoresco.
-No os asustéis demasiado por el pobre aspecto de mi casita -dijo el marqués a su huésped, precediéndole en la escalera, mientras que su paje y su ama de gobierno, Belinda, les alumbraban-; es tan sólo un pabellón de caza y una morada de soltero. Si alguna vez se me antojase la fantasía del matrimonio, tendría que hacer edificar. Pero hasta ahora no he pensado en ello, y como vos sois soltero también, espero que no encontraréis esta casuca demasiado inconfortable.
Efectivamente, la casa estaba arreglada, tapizada y adornada con un lujo que no dejaba suponer la puertecita adornada de flores ni el estrecho vestíbulo, del que arrancaba bruscamente la espiral de la escalera.
En los suelos embaldosados había buenas alfombras del Berry, y sobre los pisos de madera otras alfombras más ricas, de las manufacturas de Aubusson; en fin, en la sala y en la alcoba del dueño había alfombras de Persia, de alto precio.
Los cristales de las ventanas eran anchos y claros; formaban losanges de dos pulgadas cuadradas sin pintar, sobre los que se destacaban medallones armoriados en color. Las tapicerías representaban unas damas gráciles y encantadoras y unos señores muy lindos, cuyos zurrones y cayadas denunciaban su condición de pastorcillas y pastores.
Además, los nombres de los principales héroes de la Astrée estaban bordados en la hierba bajo los pies de los personajes, y hermosas palabras les salían de la boca, cruzándose con las respuestas no menos hermosas de los que les hacían pendant.
Sobre un panel del salón de recepción se veía al desventurado Celadón precipitándose con una gracia amanerada en la onda azul del Liñón, que con antelación se rizaba, formando redondeles en previsión de la caída. Detrás de él, la incomparable Astrée, dando rienda suelta a su llanto, acudía demasiado tarde para detenerle, a pesar de tener él un pie levantado hasta la mano de la pastora. Encima de este grupo poético, un árbol, más semejante a un cordero que los mismos corderos de aquellas fantásticas praderas, elevaba hasta el techo sus rizadas ramas de algodón.
Mas para no desgarrar el alma con el lamentable espectáculo de la muerte de Celadón, el artista le había vuelto a representar en el mismo panel, sobre el otro ribazo del Liñón, fuera del agua, extendido entre los matorrales, entre la vida y la muerte, y cuidado por «tres bellas ninfas, cuyos cabellos sueltos ondeaban sobre los hombros, cubiertos con una guirnalda de perlas variadas. Estas ninfas tenían las mangas del vestido remangadas hasta el codo, del que partía un colgante fruncido, que terminaba cerca de la mano, sujeto por dos gruesas pulseras de perlas. Cada una llevaba a un lado el carcaj, lleno de flechas, y tenía en la mano un arco de marfil; el vestido, arremangado, dejaba ver hasta media pierna sus coturnas doradas».
Junto a estas bellas se veía a Meril, custodiando su carro de forma de concha, terminado en quitasol y arrastrado por dos caballos que hubieran podido tomarse por ovejas; tan benigna era su mirada y acarnerada su cabeza.
El panel siguiente representaba al pastor auxiliado y sostenido por las amables ninfas y ocupado en lanzar por la boca toda el agua del Liñón que había tragado, lo cual no le impedía decir estas palabras, escritas sobre la vomitona «Aunque viva, ¿cómo es posible que la crueldad de Astrée no me mate?»
Durante este monólogo, Silvia decía a Galatea: «Hay en sus ademanes y en sus discursos más nobleza que la que corresponde a un pastor.»
Y encima del grupo, Cupido lanzando una fecha más gruesa que él al corazón de Galatea, a pesar de apuntar a su hombro por culpa de un árbol, que le impedía colocarse convenientemente. ¡Pero los dardos del amor son tan sutiles!
¿Qué diré del tercer panel, que representaba el espantoso combate del rubio Filandro con el terrible moro, teniendo éste el rostro ensartado de partea parte, mientras que el valiente pastor, sin desconcertarse, hundía con destreza la punta férrea de su cayado entre los dos ojos del monstruo?
¡Y el cuarto, en el que se veía a la bella Melandra con la armadura del caballero Triste, conducida a la presencia del cruel Lypandas!
Pero ¿quién no conoce las maravillas de ese hermoso país de tapicería, como le llama uno de nuestros poetas, loca y risueña comarca, en la que nuestras imaginaciones infantiles han visto y soñado tantos prodigios?
Las tapicerías de monsieur Bois-Doré estaban maravillosamente combinadas en el sentido de que, por medio de grupos lejanos, sembrados en el paisaje, se había logrado reunir varias aventuras en una sola, con lo que el buen señor tenía el placer de contemplar las principales escenas de su poema favorito al dar la vuelta por su habitación. Pero eran los colores más absurdos y los dibujos más inverosímiles que puede imaginarse, y nada podía caracterizar mejor el mal gusto, falso y soso, que en aquella época imperaba, junto al gusto espléndido de Rubens y al estilo valiente y real de Callot.
Así cada época resume los extremos, por lo que no se deba nunca desesperar de la época en que se vive.
Sin embargo, hay que reconocer que ciertas fases de la historia del arte están más favorecidas que otras, y que hay algunas en las que el gusto es tan puro y tan fecundo, que el sentimiento de lo bello penetra en todos los detalles de la vida corriente y en todas las capas de la sociedad.
En el momento del pleno conocimiento, todo adquiere un carácter de invención elegante, y hasta en el menor vestigio se siente que las agitaciones de la vida social han favorecido maravillosamente el vuelo de la imaginación. El instinto de lo bello desciende, en este caso, de la región de las altas inteligencias hasta el pobre artesano; desde el palacio a la cabaña no existe ya nada que pueda habituar los ojos y el espíritu a la vista de lo feo o de lo trivial.
Esto no ocurría ya bajo el reinado de Luis XIII, y los provincianos del lugar preferían las tapicerías de monsieur de Bois-Doré a los valiosos ejemplares del siglo anterior, que en el castillo de su padre la soldadesca había saqueado o destrozado hacía cincuenta años.
En cuanto a él, como se creía artista, no lamentaba la pérdida de aquellas antiguallas, y cuando podía echar la mano sobre algún pintamonas trashumante, le hacía dibujar bajo su dirección lo que él se permitía cándidamente llamar «sus ideas» en muebles y decoraciones, haciéndolas luego ejecutar a altos precios, pues no retrocedía ante ningún gasto para satisfacer sus gustos de lujo pueril y extravagante.
Por esto, su castillo estaba lleno de credencias con secreto y de bargueños con sorpresa; esos bargueños maravillosos, que son como grandes armarios con cajones, en medio de los cuales un resorte hace aparecer un palacio encantado en miniatura, sostenido por columnas torcidas, con incrustaciones de gruesas pedrerías falsas y adornado con diminutos personajes de lapislázuli, de marfil o de jaspe.
Otros bargueños, completamente chapeados de concha transparente, sobre fondo rojo recamado por cobres relucientes, con incrustaciones de marfil historiado, contenían algunas obras maestras de tornería, cuya disposición ingeniosa y llena de misterios servía para encerrar los billetes amorosos, los retratos, cabellos, sortijas, flores y demás reliquias de amor, al uso de los conquistadores de la época. Bois-Doré daba a entender que sus arcones de ebanistería rebosaban esta clase de tesoros; algunos maldicientes pretendían que estaban vacíos.
A pesar de todas las aberraciones de su munificencia, Bois-Doré había transformado su pequeño castillo en un nido lujoso, tibio y brillante, que le había costado más de lo que valía, pero que nos encantaría encontrar intacto en el fondo de alguno de esos castillos del país, hoy abandonados, descalabrados, cayendo en ruinas o convertidos en alquerías.
Serían necesarios tres días para examinar todas aquellas chucherías curiosas, que hoy se designan con el nombre nuevo de bibelots, y que debían llamarse más justamente bribelots.
No detallaremos aquí el interesante mobiliario de Briantes, porque sería demasiado extenso, y solamente diremos que el señor de Alvimar hubiera podido creerse en la tienda de un chamarilero, por el contraste que ofrecía la profusión de chucherías amontonadas sobre aparadores, chimeneas o elevándose en pirámides sobre las mesas, con la austera desnudez de los palacios españoles, en los que había pasado sus primeros años.
En medio de todas estas lozas y cristalerías, frascos, candelabros, jarrones, lámparas, búcaros, sin contar los aguamaniles, copas o bomboneras de oro, de plata, de ámbar o de ágata; los sillones claveteados, lampasados y con franjas de todas las formas y de todos los tamaños; los bancos y los armarios de encina tallada, con grandes cerraduras de hierro, recortado sobre un fondo de paño escarlata; las cortinas de raso, brochadas en oro con ramilletes grandes y pequeños, adornadas con lambrequines, cubiertas de galones de oro fino, etc., etc., había indudablemente hermosas obras de arte y encantadores objetos de la industria contemporánea, mezclados entre muchos perifollos pueriles y afectaciones incómodas. En suma, el efecto general era brillante y agradable, a pesar de que todo estuviese demasiado amontonado y del peligro que se corría de romper algo al menor movimiento.
Cuando Alvimar hubo manifestado su sorpresa por hallar aquel palacio del hada Fruslería en el fondo de los humildes valles del Berry, y cuando Bois-Doré le hubo enseñado amablemente las principales riquezas de su domicilio, el ama de gobierno Belinda, que iba y venía dando órdenes con una voz clara y resonante, anunció en voz baja a su amo que la cena estaba dispuesta, mientras el paje abría las puertas en par en par, gritando la fórmula de costumbre, y el reloj del castillo daba las siete, con carillón de música, a la moda de Flandes.
Alvimar, que no había podido acostumbrarse a la abundancia de platos de las comidas francesas, quedó sorprendido al ver la mesa cubierta, no sólo por piezas de orfebrería y candelabros, cargados de flores de cristal de todos los colores, sino por una cantidad de fuentes, como si se hubiese tratado de regalar a una docena de personas de buen apetito.
-¡Bah! Esto no es una cena -dijo Bois-Doré al oír que Alvimar le reprochaba el haberle tratado en goloso-; es tan sólo un piscolabis. Poned un poco de voluntad, y ya veréis que mi cocinero, a no ser que el galopín haya aprovechado mi ausencia para emborracharse, sabe despertar el apetito perezoso.
Alvimar se dejó convencer y reconoció que el apetito se le abría, a pesar suyo.
Jamás en la mesa de los grandes señores de su país había probado una comida tan exquisita, y en las más ricas fondas de París no la había hallado mejor. Todo era platitos finos, convenientemente condimentados y muy sabiamente combinados a la moda de la época; gruesas codornices rellenas, sopas de cangrejos, reposterías sutiles, natillas diversamente perfumadas y servidas en cortezas de mazapán, bizcochos especiados con azafrán o clavo, vinos finos de Francia, entre los cuales el vino añejo de Isseudun podía rivalizar con los mejores de Borgoña, y para el postre, los más cálidos vinos de Grecia y de España.
Necesitó unas dos horas para probar un poco de todo aquello, mientras que monsieur de Bois-Doré hablaba de bodega y de cocina en maestro consumado y mademoiselle Bedinda dirigía a los criados, con una ciencia y una habilidad incomparables.
Durante los dos primeros servicios, el pajecito tocó muy agradablemente la tiorba; pero, al parecer el tercero, se presentó un nuevo personaje, que causó en Alvimar cierto malestar, sin que pudiese explicarse la causa.
Era un hombre de unos cuarenta años, a quien el marqués saludó con el nombre de Jovelin, y que, sin decir una palabra, se sentó en una silla de cuero dorado, en un ángulo de la sala, para no entorpecer el servicio de los criados. Llevaba un saquito de sarga encarnada, que dejó sobre sus rodillas, y se puso a mirar a los comensales con un aire dulce y sonriente.
Su cara era hermosa, aunque de facciones vulgares. Tenía la nariz gruesa y la boca grande, el mentón huído y la frente baja.
A pesar de estos defectos, no era posible mirarte sin interés, y por poco que contemplase su hermosa cabellera negra, muy descuidada, pero fina y naturalmente rizada; sus magníficos dientes blancos, ostentados por una sonrisa triste, pero franca, y sus ojos negros, de una inteligencia tan viva y de una bondad tan simpática que iluminaban su cara amarillenta, todo hombre leal había de sentirse como obligado a quererle y respetarle.
Estaba vestido de paño gris azulado, como un burgués modesto, pero con mucha pulcritud; llevaba medias de lana, una casaca larga y abotonada, un gran cuello vuelto, liso y cortado en cuadro sobre el pecho; mangas abiertas, al estilo flamenco, y un chambergo de gran tamaño, sin plumas.
Monsieur de Bois-Doré le preguntó muy cortésmente cómo se encontraba y dio orden de que se le sirviese un vaso de vino de Chipre, que él rechazó con un gesto de la mano; luego no volvió a hablarle, ocupándose exclusivamente de su huésped.
La urbanidad de la época exigía que un noble no demostrase demasiadas consideraciones a un inferior, so pena de ofender a sus iguales.
Pero Alvimar se dio perfecta cuenta de que las miradas de los dos hombres se cruzaban a menudo y de que a cada palabra pronunciada por el marqués cambiaban una sonrisa de buen acuerdo, como si monsieur de Bois-Doré hubiese querido asociar al desconocido a todos sus pensamientos, bien fuese para lograr su aprobación o para distraerle de algún secreto sufrimiento.
Ciertamente, no había en todo esto nada que pudiese alarmar al señor Sciarra. Pero acaso no tenía la conciencia muy tranquila, pues la hermosa y honrada fisonomía de aquel testigo, lejos de serle agradable, le produjo una gran turbación y desconfianza repentina.
Sin embargo, el marqués no dijo una palabra ni hizo la menor pregunta que se relacionase con los motivos de la huída del español al fondo del Berry. No habló más que de sí mismo, dando así prueba de urbanidad, pues Alvimar no parecía todavía dispuesto a hacer ninguna confidencia, y su huésped se las arreglaba para darle conversación sin interrogarle nunca.
-Encontráis que estoy bien alojado, bien amueblado y bien servido -le decía-; todo esto es verdad. Ya hace varios años -no decía cuántos- que me he retirado del mundo para descansar un poco y para reponerme de las fatigas de la guerra, en espera de los acontecimientos. Os confieso que, desde la muerte del gran rey Enrique, ya no me gusta ni la corte ni la ciudad. No soy un llorón, y tomo las cosas según vienen; sin embargo, he tenido tres grandes dolores en mi vida: el primero, cuando perdí a mi madre; el segundo, cuando perdí a mi hermano; el tercero, cuando perdí a mi noble y buen rey. Mi historia tiene esto de particular: que aquellos tres seres queridos murieron de muerte violenta. Mi rey, asesinado; mi madre, de una caída de caballo, y mi hermano... Pero son historias demasiado tristes, y, por la primer noche que pasáis bajo mi techo, no quiero contaros cosas desagradables en la velada. Sólo os diré lo que me ha hecho perezoso y casero. Después de haber visto expirar a mi rey Enrique, me dije así: «Has perdido todo lo que amabas; ya no te queda por perder más que a ti mísmo; y si quieres que tu vez no llegue pronto, te conviene huir de estos lugares de disturbios y de intrigas y marchar a tu país a cuidar de tu persona afligida y cansada.» Por lo tanto, teníais razón al creer que poseo toda la felicidad que cabe, puesto que he podido tomar el partido que me convenía y preservarme de toda contrariedad; sin embargo, os equivocaríais al creer que no me falta nada, porque si bien no deseo nada, en cambio no puedo decir que no añoro a nadie. Pero ya he hablado bastante de mis penas, y no soy de los que se alimentan con ellas, sin querer consuelo ni distracción. ¿Os gustaría oír, a la vez que probáis estas jaleas de cidra, un músico más hábil que el pajecito de antes? Escuchad vos también, mi bello amigo- añadió, dirigiéndose al paje-, que no os vendrá mal.
Al hablar a Alvimar, había lanzado al hambre, a quien llamaba maese Jovelin, una de aquellas miradas cariñosas que más parecían súplicas que órdenes.
El hombre del traje gris desabrochó su ancha manga, que cubría una manga más estrecha de color de herrumbre, y se la echó al hombro; luego sacó de su bolso una de esas pequeñas cornamusas, de caña corta e historiada, que se llamaban entonces sordinas, y que se utilizaban en la música de cámara.
Este instrumento, tan suave y velado como ruidosas y chillonas son las gaitas de nuestros músicos ambulantes, estaba muy de moda, y apenas maese Jovelin hubo preludiado, se apoderó, no sólo de la atención, sino del alma de sus auditores, porque tocaba admirablemente y hacía cantar la sordina como una voz humana.
Alvimar era entendido, y la buena música ejercía sobre él la influencia de llevar su ánimo a una tristeza menos amarga que de costumbre. Se entregó a esta especie de alivio con tanto más agrado cuanto que se sintió tranquilizado al comprender que el personaje silencioso y atento, que en un principio había tomado por una especie de espia dulzón, era un artista hábil e inofensivo.
En cuanto al marqués, amaba el arte y al artista, y siempre escuchaba a su músico con una emoción religiosa.
Alvimar expresó graciosamente su admiración. Luego, habiendo terminado la cena, pidió permiso para retirarse.
El marqués se levantó al momento, hizo seña a maese Jovelin de que le esperase, al paje de que tomase una antorcha, y quiso conducir él mismo a su huésped a la habitación que tenía preparada; luego volvió a sentarse a la mesa, se quitó el sombrero, lo que en aquella época, y contrariamente a la costumbre posteriormente establecida, era señal de que se ponía uno a gusto con toda confianza; se hizo servir una especie de ponche, mezcla de vino blanco, de miel, de almizcle, de azafrán y de clavo, que llamaban entonces clarete, e invitó a maese Jovelin a que se sentase enfrente de él, en el sitio que Alvimar acababa de dejar.
-Bueno, maese Clindor -dijo el marqués, sonriendo con bondad al muchacho, a quien, según costumbre, había dado un nombre sacado de la Astrée-; ya podéis ir a cenar con la Belinda. Decidle que os atienda y dejadnos. Esperad -añadió, en el momento en que el paje se disponía a retirarse-; tenéis un modo de andar que he resuelto corregir hoy mismo. He advertido, mi lindo amigo, que tomáis unas maneras que sin duda creéis marciales, pero que sólo son villanas. No olvidéis que, si no sois noble, estáis en camino de serlo, y que un gentil burgués al servicio de un noble está abocado a adquirir un pequeño castillo y tomar su nombre. Pero ¿de qué os servirá el que os ayude a pulir vuestro natural si os esforzáis en envilecer vuestras maneras? Pensad, señor, en dárosla de hidalgo y no de patán. Por lo tanto, tener soltura, esforzaros en pisar con el pie y no en empezar el paso por el tacón y terminarlo por los dedos, con lo que vuestros andares y el ruido de vuestros zapatos se asemejan a la ambladura de un caballo de molinero. Y ahora, id en paz, comed bien y dormid mejor, y si no, ojo con las disciplinas.
Clindor, cuyo verdadero nombre era Juan Fachot -su padre era boticario en Saint-Amand-, recibió la filípica de su amo y señor con el mayor respeto, saludó y salió de puntillas como un bailarín, a fin de probar que no pisaba con los tacones ni aa principio ni al final de sus pasos.
El viejo criado, que solía quedarse el último, se había ido también a cenar, y el marqués dijo a su músico:
-Y bien, mi gran amigo, quitaos también ese enorme chambergo y comed, sin temor a los criados, un buen trozo de este pastel y otro de este jamón, como hacéis todas las noches cuando nos quedamos solos.
Maese Jovelin lanzó unos sonidos inarticulados, en señal de agradecimiento, y se puso a comer mientras que el marqués beborroteaba su clarete, más que por golosina, por cortesía, para acompañarle, porque debemos decir que si aquel anciano tenía muchas ridiculeces, no tenía un solo vicio.
Luego, mientras que el pobre mudo comía, el buen castellano le dio conversación, lo cual era para el músico una gran dulzura, pues nadie se tomaba el trabajo de hablar con un hombre que no podía responder; se habían acostumbrado a tratarle como a un sordomudo, en el sentido de que, sabiendo que era incapaz de repetir lo que oía, no se privaban de mentir o maldecir delante de él.
El marqués era el único que le hablaba con deferencia por su noble carácter, sus grandes conocimientos y sus desgracias, de las que he aquí el breve relato:
Lucilio Giovellino, natural de Florencia, era amigo y discípulo del ilustre y desdichado Giordano Bruno. Educado en las altas ciencias y las vastas ideas de su maestro, tenía además una gran aptitud para las bellas artes, la poesía y los idiomas. Era amable, elocuente y persuasivo y había propagado con éxito las atrevidas doctrinas de la pluralidad de los mundos.
El día en que Giordano murió entre las llamas con la tranquilidad de un mártir, Giovellino había sido desterrado para siempre de Italia.
Aquello había ocurrido en Roma dos años antes de nuestra historia.
Bajo las manos de los atormentadores, Giovellino no había querido aceptar la solidaridad con todos los principios de Giordano. A pesar de su cariño por su maestro, había desechado algunos de sus errores, y como no habían podido convencerle más que de la mitad de su herejía, no le habían aplicado más que la mitad del suplicio: le habían cortado la lengua.
Arruinado, desterrado, destrozado por las torturas, Giovellino había venido a Francia, donde, por un pedazo de pan, tocaba su dulce cornamusa de puerta en puerta; la Providencia le condujo ante el marqués, que le recogió, le cuidó, le curó, le alimentó y, lo que valía aún más, le trató con cariño y consideración. El mudo le contó por escrito sus desventuras.
Bois-Doré no era ni sabio ni filósofo; al principio se había interesado por un hombre perseguido por la intolerancia católica, como él mismo lo había sido largo tiempo. Sin embargo, no hubiera simpatizado con un sectario fantástico y violento, como lo eran no pocos hugonotes de entonces, tan feroces como sus adversarios. Conocía vagamente las blasfemias imputadas a Giordano Bruno; se hizo explicar sus dogmas. Giovellino escribía con rapidez y con aquella claridad elegante que los grandes espíritus empezaban a apreciar, queriendo iniciar al vulgo mismo en las altas cuestiones que Galileo perseguía ya en el reino de la ciencia pura.
El marqués gustó de aquella conversación por escrito, que resumía con sobriedad y sin las digresiones de la palabra los puntos esenciales. Poco a poco se entusiasmó y se apasionó por las nuevas definiciones, que eran para él un descanso, suprimiendo las insoportables controversias. Quiso leer la exposición de las ideas de Giordano y también las de su predecesor, Vanini. Lucilio supo ponerlas a su alcance, señalándole los puntos débiles o falsos, para conducirle con él a las únicas conclusiones que la inteligencia humana proclama hoy con certeza: la creación, infinita como el Creador; los astros infinitos poblando el espacio infinito, no para servir de luminaria y de distracción a nuestro pequeño planeta, sino de fuego vivificador para la vida universal.
Esto era fácil de comprender, y los hombres lo habían comprendido desde el primer fulgor de genio que se manifestó en la humanidad. Pero las doctrinas de la Iglesia de la Edad Media habían achicado a Dios y al cielo a la medida de nuestro pequeño mundo, y el marqués creyó sonar al enterarse de que la existencia de un verdadero universo, «cosa -decía- que siempre había supuesto» no era una quimera de poeta.
No paró hasta que se hubo proporcionado un telescopio, y el buen hombre tenía la imaginación tan exaltada, que esperaba distinguir los habitantes de la luna. Fue necesario aminorar las teorías; pero empleaba todas las veladas en hacerse explicar los movimientos de los astros y el admirable mecanismo celeste, del que unos años más tarde Galileo había de ser condenado a abjurar la herejía, torturado, de rodillas y con la antorcha en la mano.
-¡Y bien! -exclamó el marqués, mientras que su amigo comía apresuradamente por discreción, a pesar de que el huésped, amable y cortés, le invitase a la tranquilidad-. ¿Qué habéis hecho hoy, mi temible sabio? Sí, ya comprendo; habéis escrito hermosas páginas. ¡No perdáis ni una linea! Es oro molido que pasará a la posteridad, porque estos tiempos de obscurantismo caerán en los abismos del pasado; pero os recomiendo que, cuando no escribáis en mi alcoba, ocultéis siempre cuidadosamente vuestras páginas en el bargueño con secreto que he mandado poner en la vuestra.
El mudo hizo señas de que había escrito en el gabinete del marqués, y que sus páginas estaban en cierto cofre de ébano, en el que el marqués las solía reunir. Se hacía entender de su huésped por señas con mucha facilidad.
Mejor todavía -repuso Bois-Doré-; están aún más seguras, porque ninguna mujer entra jamás. No es que desconfíe de Belinda; pero la encuentro demasiado beata desde la llegada del nuevo rector que nos ha enviado monseñor de Bourges, y que me temo no valga lo que nuestro viejo amigo el antiguo abate, que tuvimos por mediación del arzobispo Juan de Beaume. ¡Ah! ¿Por qué no habremos conservado aquel buen prelado, con su enorme barba, su estatura de gigante, su corpulencia de tonel, su apetito de Gargantúa, su hermosa cabeza, su gran ingenio y su mucha sabiduría? ¡Uno de los hombres más listos y mejores del reino, a pesar de que a primera vista se le hubiese tomado nada más que por un alegre compañero!
¡Ah! Mi buen amigo, si hubieseis venido en su tiempo no hubierais tenido necesidad de permanecer oculto en el fondo de este pequeño feudo, ni os hubierais visto obligado a traducir vuestro nombre al francés, ocultar vuestra ciencia, pasar por un pobre gaitero y hacer creer a las gentes de aquí que habéis sido mutilado por los hugonotes; nuestro excelente primado os hubiera puesto bajo su protección, y habríais impreso vuestros hermosos pensamientos en Bourges, con gran honor para vuestro nombre y el de nuestra provincia; pero ahora no tenemos más arzobispos que los demasiados celosos de Condé.
¡Sí, sí; de bonitas cosas me he enterado hoy mismo, en casa de Beuvre, acerca del príncipe renegado de la fe de sus padres y de las amistades de su juventud! Nos inunda de jesuitas, y si el pobre Enrique tornase a la vida vería divertidas mascaradas; monsieur de Sully está cada vez más en desgracia. Condé le compra con amenazas todas las fincas del Berry. Escuchad esto: Ha conseguido que le den la gran bailía y la comandancia de la fortaleza. Ya es el rey de nuestra provincia, y dícese que piensa en ser el rey de Francia. Por lo tanto, las cosas van mal y no hay seguridad más que en el interior de nuestras pequeñas fortalezas, y esto con la condición de ser prudentes y esperar con paciencia que termine este estado de cosas.
Giovellino cogió la mano que le tendía el marqués por encima de la mesa y la besó con aquella efusión elocuente que suplía en él a la palabra. Al mismo tiempo le dio a entender con sus miradas y su pantomima que se hallaba muy feliz junto a él, que no añoraba la gloria ni el ruido del mundo y que estaba dispuesto a ser prudente por miedo a comprometer a su protector.
-En cuanto al joven hidalgo que me habéis visto introducir aquí y festejar lo mejor que he podido -prosiguió Bois-Doré-, debo deciros que yo no sé nada de él, sino que es amigo de Guillermo de Ars, que está en peligro y que se trata de ocultarle y defenderle en caso necesario. ¿Pero no encontráis sorprendente que en todo el día este extranjero no me haya llamado aparte ni una sola vez para confiarme su caso, o que no lo haya hecho cuando naturalmente nos hemos encontrado solos al llegar aquí?
Lucilio, que tenía siempre un lápiz y un cuaderno sobre la mesa, junto a él, escribió a Bois-Doré: «Orgullo español.»
-¡Sí! -repuso el marqués leyendo, si así puede decirse, antes de que el mudo hubiera escrito, por la costumbre que en dos años había adquirido de adivinar sus palabras desde las primeras letras-. «Altivez castellana» es lo que yo he pensado también. He conocido a muchos hidalgos de éstos y sé que no se creen descorteses al no manifestar confianza. Por lo tanto, debo practicar la hospitalidad a la antigua usanza, respetar los secretos de mi huésped y ponerle buena cara, como a un viejo amigo del que se cree que en él todo es de lo más honorable del mundo. Pero esto me permite no otorgarle la confianza que él me niega y por eso habréis visto que en su presencia os he dejado en un rincón como un pobre músico alquilado. Y ahora, mi buen amigo, os ruego que me perdonéis todas las faltas de afecto y de cortesía a las que me obliga el cuidado de vuestra seguridad, así como esos trajes sin lujo ni elegancia que hago usar.
El pobre Giovellino, que en su vida había estado tan bien vestido, ni tan tiernamente mimado, interrumpió al marqués estrechándole las dos manos, y Bois-Doré se sintió conmovido al ver resbalar gruesas lágrimas de agradecimiento sobre el rudo bigote negro de su amigo.
-Vamos -dijo-, me pagáis demasiado, puesto que me queréis tanto... Os tengo que recompensar a mi vez hablandoos de la amable Lauriana. ¿Pero debo repetiros lo que me ha dicho para vos? ¿No os pondréis demasiado ufano?... ¿No? Entonces, adelante. Primero:
«¿Qué tal sigue vuestro druida?» Yo le contesté que mi druida es mucho más suyo que mío y que se recordara que en la Astrée Climante no era más que un falso druida, tan enamorado como cualquier otro amante de esta admirable historia.
«Sí, sí -ha contestado ella-; me estáis engañando. Si este Climante me quisiese tanto como queréis hacerme creer, hubiera venido hoy con vos, mientras que ya llevamos dos semanas sin verle. ¿Me diréis que, como ocurre en la Astrée, tiene sobresaltos al oír mi nombre y suspiros que parece que le desgarran el estómago? No lo creo, y más bien lo considero como un inconstante Hylas.»
-Ya veis que la amable Lauriana sigue burlándose de la Astrée, de vos y de mí. Sin embargo, cuando al anochecer me despedía de ella, me dijo:
-Quiero que pasado mañana traigáis al druida y su sordina, y si no, os pondré mala cara.
El pobre druida escuchó sonriendo el relato de Bois-Doré; sabría bromear cuando la ocasión se presentaba, es decir, tomar a bien las bromas de los demás. No consideraba a Lauriana más que como una niña encantadora de quien él hubiera podido ser el padre; pero era todavía bastante joven para acordarse de haber amado, y en el fondo de su alma el sentimiento de su aislamiento en la vida le causaba una gran amargura.
Al pensar en el pasado ahogó un suspiro de añoranza y espontáneamente se puso a tocar un aire italiano, que el marqués prefería a todos los demás.
Tocó con tal encanto y pasión, que Bois-Doré le dijo, utilizando su voto favorito, sacado de monsieur de Urfé:
-¡Numes celestes!, mi buen amigo; no necesitáis lengua para hablar de amor, y si el objeto de vuestros afanes estuviera aquí, tenía que ser sordo para no comprender que toda vuestra alma se confiesa a la suya. Pero vamos a ver: ¿no me dejaréis leer vuestras páginas sublimes de ciencia?...
Lucilio hizo seña de que tenía la cabeza algo cansada, y Bois-Doré se apresuró a mandarle a la cama después de haberle abrazado fraternalmente.
Lo cierto es que Giovellino se sentía a menudo más artista y más sentimentalista que sabio y filósofo. Su naturaleza era a la vez entusiasta y reflexiva.
Monsieur de Bois-Doré se retiró a su «habitación de noche», situada encima del salón.
No había mentido al decir a Lucilio que ninguna mujer penetraba en aquel santuario de su descanso, ni en los gabinetes que de él dependían; había hecho en este sentido las más severas prohibiciones hasta para la misma Belinda.
Sólo el viejo Matías (apodado Adamas por la misma razón que Guillette Carca se veía obligada a dejarse llamar Belinda, y Juan Fachot, Clindor) tenía derecho a asistir a los misterios del tocado del marqués; tan convencido estaba éste de que su colorete y su tinte no podían ser denunciados más que por el arsenal de cajas, frascos y tarros instalados sobre sus mesas.
Por lo tanto, halló, como de costumbre, a Adamas solo, preparando los rizadores, los polvos y las grasas perfumadas, destinados a mantener la belleza del marqués durante su sueño.
Adamas era un gascón de pura cepa: buen corazón, mucho ingenio, lengua incansable. Bois-Doré, con una ostentación llena de ingenuidad, le trataba de viejo servidor, a pesar de llevarle diez años lo menos.
Este Adamas, que le había seguido en sus últimas campañas, era su ciego instrumento y le hacía saborear el incienso de una admiración perpetua, tanto más funesta para su razón cuanto que era el resultado de un entusiasmo sincero. Era él quien le persuadía de que todavía era joven, de que no podía volverse viejo, y de que al salir de sus manos, reluciente y pintarrajeado como una estampa de misal, tenía que anular a todos los mequetrefes e ilusionar a todas las bellas damas.
No hay gran hombre para su criado; ejemplo: Sancho Panza, que decía verdades tan duras a su amo. Pero Bois-Doré, que no pasaba de ser un hombre excelente, gozaba el privilegio de ser un semidiós para su lacayo, y, mientras que ha habido héroes que han sido la irrisión de sus gentes, este anciano tan grotesco era tomado en serio por la mayoría de las suyas.
Así van las cosas en este mundo; todos habrán podido notar, como yo, que a veces van en contra de la lógica y del sentido común.
Sin embargo, este caso se explicaba por la inmensa bondad del viejo hidalgo. Los grandes caracteres provocan demasiada exigencia. Su menor debilidad sorprende; su menor impaciencia escandaliza. El que no tiene carácter no irrita nunca a nadie y recoge las ventajas de su continua amabilidad.
-Señor marqués -dijo el viejo Adamas poniendo una rodilla en tierra para descalzar a su viejo ídolo-, debo contaros una muy extraña aventura que acaba de ocurrir en vuestra castellanía.
-Habla, amigo mío, puesto que tienes ganas de hablar -contestó Bois-Doré, que permitía que su acicalador charlase familiarmente con él; además, cuando estaba adormilado gustaba de que le meciesen con algún inocente comadreo.
-Sabréis, pues, mi amo querido y bien amado -prosiguió Adamas con su acento gascón-, que a eso de las cinco de la tarde ha venido aquí una mujer sorprendente, una de esas pobres mujeres como hemos visto tantas veces en las costas del Mediterráneo y en las provincias del Mediodía; ya sabéis, señor, esas mujeres bastante blancas, con labios gruesos, ojos hermosos y cabello negro.... ¡como el vuestro!
Al mismo tiempo que hacía esta comparación, sin la menor malicia, Adamas traía respetuosamente, sobre un sostén de marfil, la peluca de su amo.
-¿Quieres hablar -dijo Bois-Doré sin inmutarse por el objeto de la comparación- de esas gitanas que hacen de todo?
-No, señor, no; esta es española, y me parece que cuando está sola jura por Mahoma.
-Entonces, ¿quieres decir que es mora?
-Justamente, señor marqués, es una mora y no sabe una palabra de francés.
-¿Pero tú sabes algo de español?
-Un poco, sí, señor. Y como no he olvidado lo que sabía me he puesto a hablar con esa mujer con tanta facilidad como a vos hablo.
-Bueno, ¿eso es toda la historia?
-¡Oh! No; pero dadme tiempo. Según parece, esta mora pertenecía a la gran partida de los ciento cincuenta mil que perecieron casi todos hace unos diez años, los unos por el hambre y el homicidio, en las galeras que les transportaban a África, y los otros, por miseria y enfermedad en las costas del Languedoc y de la Provenza.
-Pobre gente -dijo Bois-Doré-. Ha sido verdaderamente el acto más aborrecible del mundo.
-¿Es verdad, señor, que España ha expulsado a un millón de moriscos y que apenas un centenar ha llegado en Túnez?
-No te sabría decir el número; pero sí te diré que fue una carnicería, y que jamás ha habido bestias de carga tratadas como esos desgraciados seres humanos. Ya sabes que nuestro Enrique había querido hacerles calvinistas, lo cual les hubiera salvado volviéndoles franceses.
-Me acuerdo muy bien, señor, de que los católicos del Mediodía no querían oír hablar de ello y decían que los degollarían a todos antes de ir a misa con tales demonios. Los calvinistas no se mostraron más razonables; de suerte que, en espera de poder hacer algo con esos desdichados, nuestro buen rey Enrique les dejó tranquilamente en los Pirineos. Pero después de su muerte la reina regente ha querido librar a España de ellos, y por eso ha sido el arrojarles al mar, con o sin navío. Algunos, para evitar tan mala suerte, han aceptado el dejarse bautizar, y la mujer en cuestión es de los que tomaron este buen partido, aunque sospecho que su conversión no es muy sincera.
-¿Qué importa, Adamas? ¿Crees que el gran autor del cielo, de la tierra y de la vía láctea?...
-¿Qué decís, señor? -preguntó Adamas, poco aficionado a los nuevos conocimientos de su amo, que más bien le preocupaban un poco-. No me parece que vía láctea es una palabra francesa.
-Te explicaré en otra ocasión -contestó bostezando el marqués, que se adormecía ante la lumbre que chisporroteaba en el hogar-. Acaba tu historia.
-Pues bien, señor -prosiguió Adamas-; esta mora ha permanecido hasta el año pasado en los montes de los Pirineos, donde guardaba los rebaños de unos pobres granjeros; por esto ha seguido hablando su dialecto catalán, que comprenden bastante bien al otro lado de las montañas.
-Esto me explica cómo con tu dialecto gascón, que no se diferencia mucho del montañés, has podido hablar español con esa mujer.
-Como quiera el señor; tanto es así, que le he dicho muchas palabras españolas que ha comprendido muy bien. Además debo deciros que trae con ella un niño que no es su hijo, pero a quien quiere como una cabra quiere a su cabrito, y esta preciosa criatura, que tiene más inteligencia que pesa, habla el francés tan bien como vos y como yo. Y esta mora, señor, que en francés se llama Mercedes...
-Mercedes es un nombre español -dijo el marqués subiendo a su vasto lecho con la ayuda de Adamas.
-Quiero decir que es un nombre cristiano -prosiguió el servidor-. Mercedes, digo, se metió en la cabeza hace seis meses ir a ver a monsieur de Rosny, de quien le habían dicho que era el brazo derecho del difunto rey, y que, aun estando en desgracia, tenía mucho poder por su riqueza y su virtud. Se puso en camino hacia el Poitou, donde le dijeron que residía monsieur de Sully. ¿No os sorprende, señor, el que una mujer tan pobre e inculta se decida a atravesar la mitad de Francia a pie, sola, con un niño que no pasa de los diez años, para ir a ver a un personaje de tanta importancia?
-Pero no me dices qué razón tenía esa mujer para hacerlo.
-He aquí, señor, lo maravilloso de la historia. ¿Qué creéis que pueda ser?
-¡Por mucho que busque!... Dilo en seguida, que ya va siendo tarde.
-Ya os lo diría si lo supiera; pero no lo sé, y por mucho que he hecho no he logrado que me lo diga.
-Entonces, buenas noches.
-Señor, esperad a que cubra la lumbre.
Y mientras cubría la lumbre, Adamas prosiguió, elevando la voz:
-Esta mujer es completamente misteriosa, señor marqués, y quisiera que la vierais.
-¿Ahora? -exclamó el marqués despertándose sobresaltado-. Tú bromeas; es hora de dormir.
-Sin duda; ¿Pero mañana por la mañana?
-¿Pero está aquí?
-¡Claro, señor! Pedía un rincón para pasar la noche a cubierto; le di de cenar, porque ya sé que el señor no quiere que se niegue el pan a los desdichados, y después de hablar con ella le mandé que se acostase sobre la paja.
-Habéis hecho mal, mi amigo; una mujer es siempre una mujer, y... ¿espero que no estará con otros mendigos? No quiero libertinaje en mi casa.
-¡Ni yo tampoco, señor! La he puesto sola, con su niño, en la bodega pequeña, donde os aseguro que están bien. ¡Esos desgraciados no tienen costumbre de estar tan cómodos! Sin embargo, esta Mercedes está tan limpia como es posible en semejante miseria, y hasta no es nada fea.
-¿Espero, Adamas, que no abusaréis de su pobreza?... ¡La hospitalidad es cosa sagrada!
-El señor se burla de un pobre anciano. Bien está que el señor marqués tenga principios de virtud; en cuanto a mí, os aseguro que ya no me hacen mucha falta, porque el diablo ya no me tienta. Además, esa mujer parece ser muy honrada y no da un paso sin llevar al niño agarrado a sus faldas. Ha debido correr mayores peligros que el de gustarme a mí, porque viajó con unos gitanos que han cruzado hoy el país. Era una partida bastante numerosa, en parte compuesta por egipcios, en parte por gentes de distinta nacionalidad, según es costumbre. Dice que estos vagabundos no han sido malos para ella; lo cual demuestra que es verdad que los miserables se protegen entre sí. Los seguía porque ella no conoce los caminos y decían que iban a Poitou; pero esta tarde los ha dejado diciendo que ya no les necesitaba y que tenía que hacer en esta región. Y esto es, señor, lo que más me sorprende, porque no ha querido decirme sus razones para obrar de este modo. ¿Qué opina el señor?
Bois-Doré no contestó; dormía profundamente, a pesar del ruido que hacía Adamas hablando, algo intencionadamente, para obligarle a escuchar su historia.
Cuando el viejo servidor vio que el marqués se hallaba realmente encaminado hacia el país de los sueños, le arregló cuidadosamente las mantas, introdujo en la escarcela de marroquín, que colgaba a la cabecera de la cama, un hermoso par de pistolas de campaña; colocó a la derecha, sobre una mesa, la tizona desenvainada y el cuchillo de caza; el infolio de la Astrée, soberbia edición con grabados; una gran copa llena de hipocrás, un timbre con su martinete y un pañuelo de hilo fino de Holanda impregnado con perfume de almizcle. Luego encendió la lamparilla de noche, apagó las velas jaspeadas de varios colores, y dispuso, al pie de la cama, las zapatillas de terciopelo encarnado y la bata de sarga verde con brochados del mismo tono.
Entonces, al momento de retirarse, el fiel Adamas contempló a su amo, a su amigo, a su semidiós.
El marqués, limpio de todos sus coloretes, era un hermoso anciano, y la paz de su tranquila conciencia extendía sobre su faz dormida un algo respetable. Mientras que su peluca descansaba sobre la mesa, y sus vestidos, rellenos para disimular los huecos que la edad había cavado en sus hombros y sus piernas, yacían esparcidos sobre las butacas, su cuerpo, adelgazado en la mitad, dibujaba sus contornos angulosos bajo una colcha de raso blanco con escudos de armas bordados en canutillo de plata sobre las cuatro esquinas.
El respaldo de la cama, subiendo en panel recto de diez pies de altura, así como el cielo de lambrequín, que se unía formando un dosel a este gran respaldo, eran también de raso blanco, pespunteado sobre el denso relleno de algodón y realzado por anchos dibujos de plata en relieve; el interior de las cortinas era igual; la parte externa era de damasco rosa.
En este lecho lujoso y mullido, aquel viejo rostro, de rasgos acentuados y siempre marcial en su dulzura, con su bigote erizado de papelitos rizadores y su gorro de seda acolchado en forma de medio mortero, adornado con un valioso encaje levantado hacia arriba a modo de corona, ofrecía, bajo la luz de una lámpara azulada, la mezcla más singular de grotesco y de austeridad.
«El señor duerme bien -pensó Adamas-; pero se ha olvidado de hacer sus oraciones, y yo tengo la culpa; las haré por él.»
Se arrodilló y oró con mucha devoción; luego se retiró a su alcoba, a la que solamente un tabique separaba de la de su amo.
El arsenal que Adamas había dispuesto alrededor de la cama del marqués no era más que un acto de costumbre o de lujo.
Todo estaba tranquilo en torno del pequeño castillo; en el interior todo dormía profundamente.
El primero en despertarse fue Sciarra de Alvimar, que también había sido el primero en dormirse, rendido por el cansancio.
No le gustaba quedarse en la cama, y como estaba acostumbrado a una gran penuria, hábilmente disimulada, no necesitaba de los cuidados de su ayuda de cámara. Esto parecía tanto más natural cuanto que el viejo español que le acompañaba no hubiese consentido fácilmente en cumplir otras obligaciones que las de escudero.
Y, sin embargo, este hombre le era tan fiel como Adamas a Bois-Doré; pero había tanta diferencia en sus relaciones como en sus caracteres y en sus situaciones respectivas.
Se hablaban poco, fuese porque no les agradase o porque se entendiesen a medias palabras. Además, el criado se consideraba, hasta cierto punto, como igual a su amo, puesto que sus familias eran tan antiguas la una como la otra, y tan puras -al menos tal era su pretensión- de mezcla en las razas mora o judía, tan terriblemente despreciadas y tan atrozmente perseguidas en España.
Sancho de Córdoba -este era el nombre del viejo escudero- había visto nacer al joven Alvimar en el castillo de su pueblo, donde él, a fuerza de miseria, estaba reducido al oficio de porquero. El joven hidalgo, apenas más rico que él, le había tomado a su servicio el día que decidió marchar al extranjero en busca de fortuna.
Decíase en aquel pueblo castellano que Sancho había amado a doña Isabel, la madre de Alvimar, y que ésta no se había mostrado muy esquiva. Explicaban de este modo el afecto de aquel hombre taciturno y sombrío por el joven altivo y frío, que le trataba, no precisamente como a un criado, sino como a un subalterno sin inteligencia.
Sancho empleaba su vida, soñadora o embrutecida, en cuidar los caballos y en afilar y limpiar las armas de su amo. El resto del tiempo oraba, dormía o soñaba, evitando las familiaridades con los demás criados, que consideraba como inferiores, y no tratándose con nadie, porque desconfiaba de todo el mundo; comía poco, no bebía nunca y nunca miraba a la cara.
Alvimar, pues, se vistió solo y salió, aunque apenas era de día, para darse cuenta de aquellos lugares.
El castillo tenía vistas a un pequeño estanque, del que partía un ancho foso que daba la vuelta a los edificios; éstos consistían, según ya hemos dicho, en un conjunto de arquitectura de varias épocas:
Primero. Un pabellón nuevo, blanco, esbelto, cubierto de pizarra -lo que constituía un gran lujo en un país en el que por aquel entonces se utilizaba a lo sumo la teja- y coronado por dos guardillas con tímpanos festoneados y adornados con bolas.
Segundo. Otro pabellón, ya muy antiguo, pero bien restaurado, con techo de mairán y parecido en su forma a ciertos chalets suizos. Esta morada, donde estaban las cocinas, los comedores de la servidumbre y los cuartos destinados a los amigos, ofrecía la disposición salvaje de los antiguos tiempos de alarma. No tenía puerta exterior y se entraba solamente pasando por los demás edificios; sus ventanas daban al patio, y su fachada, que daba al campo, no tenía más aberturas que dos agujeros cuadrados, colocados en el frontispicio como dos ojillos desconfiados en una faz muda.
Tercero. Una torre prismática, igualmente pentagonal, con una puerta ojival, delicadamente labrada, y un techo de pizarra; tenía sobrepuesta una torrecilla con una espadaña y una veleta esbelta. Esta torre contenía la única escalera del castillo y unía el edificio viejo con el nuevo.
Otras construcciones bajas, dedicadas a la servidumbre del interior, estaban situadas al borde del foso y adosadas a los demás edificios.
El patio, con un pozo en medio, estaba circunscrito por el castillo, el estanque, otro edificio de un solo piso -también adornado con guardillas con bolas de piedra y destinado a las caballerizas, al séquito y los carruajes de caza- y, en fin, por la torre de entrada, menos hermosa y menos grande que la de Motte Seuilly, pero sostenida por un muro de defensa lleno de troneras con halconetes, enfilados contra los alrededores del puente.
Esta endeble fortificación era suficiente por el doble cerco de los fosos; el primero, que rodeaba el patio, era ancho, profundo y con agua corriente; el segundo, que rodeaba el corral, era pantanoso, pero guarnecido de buenas murallas.
Entre los dos cercos, a la derecha del puente, se extendía el jardín, bastante amplio, cerrado por muros elevadas y fosos bien cuidados; a la izquierda se hallaba el paseo, la perrera, el vergel y la pradera, con el palomar señorial y la halconera, vasto dominio que se extendía hasta las casas del pueblo, casi todas propiedad del marqués.
La aldea estaba fortificada, y en algunas partes la base maciza de sus murallitas databa, según decían, del tiempo de César.
Al comparar la exigüidad del castillo con la extensión de la finca, con el rico mobiliario amontonado en las habitaciones y con las lujosas costumbres del señor, Alvimar se preguntó la causa de tal contraste, y, como no era dado a la benevolencia, sacó la conclusión de que acaso el marqués ocultaba su fortuna, no por avaricia, sino porque la fuente de dicha fortuna no debía de ser muy clara.
No se equivocaba del todo.
El marqués tenía, como muchos hidalgos de su tiempo, la semejanza de haberse enriquecido sin gran escrúpulo en los disturbios civiles, a expensas de las ricas abadías y por medio de impuestos de guerra, de derechos de conquista y del contrabando de la sal.
El saqueo era, en aquella época, una especie de derecho de gentes; prueba de ello es la reclamación de monsieur de Arquian quejándose legalmente porque monsieur de La Châtre le había incendiado su castillo «contrariamente a todos los usos de guerra, pues no hubiera en este caso ni mentado siquiera el destrozo y saqueo de sus muebles».
En cuanto al contrabando de sal, a principios del siglo XVII hubiera sido difícil hallar un noble de nuestras provincias que considerase como una injuria el calificativo de hidalgo salinero.
Por lo tanto, la opulencia, de la que monsieur de Bois-Doré hacía buen uso, por su generosidad y su caridad inagotable, no era ningún misterio en el reducido país de La Châtre; pero el marqués prescindía de una casa de grandes dimensiones y de un servicio demasiado espléndido, evitando así, razonablemente, llamar la atención del gobierno de la provincia.
Bien sabía que los tiranuelos que se repartían los dineros de Francia no hubiesen carecido de pretextos, aparentemente legales, para hacerle restituir todo lo cogido.
Alvimar recorrió los jardines, creación cómica de su huésped, para quien ciertamente constituía un orgullo mayor que el de sus más hermosos hechos de armas.
Sobre una mediocre extensión de terreno había pretendido realizar los jardines de «Isaura», tal como están descritos en la Astrée. «Aquel lugar encantado, con fuentes y parterres o con paseos y umbrías.» El inmenso bosque, que formaba en la novela un dédalo tan gracioso, estaba representado por un bosquecillo laberíntico, en el que no habían sido olvidadas ni la plantación de avellanos ni la fuente de la «verdad de amor», ni la «caverna de Dumon y Fortuna», ni el «antro de la vieja Mandraga».
Todas estas cosas le parecían a Alvimar excesivamente pueriles; pero, sin embargo, menos absurdas que lo que nos parecían hoy.
La monomanía de monsieur de Bois-Doré era lo bastante corriente en su tiempo para no ser una excentricidad; Enrique IV y su corte habían devorado la Astrée, y en las pequeñas cortes alemanas, los príncipes y las princesas seguían tomando los nombres; relumbrantes que el marqués sólo imponía a sus gentes y a sus bichos. La boga apasionada de la novela de monsieur de Urfé ha durado dos siglos y ha conmovido y encantado hasta al mismo Juan Jacobo Rousseau; en fin, no debemos olvidar que en vísperas del terror, el hábil grabador Moreau ponía todavía en sus composiciones damas que se llamaban Chloris y señores que se llamaban Hylas o Cidamant. Pero en los grabados y en las romanzas estos nombres ilustres eran llevados por marqueses de fantasía, mientras que los nuevos pastores se llamaban ya Colín o Colás. Se había dado un pasito hacia lo real; no por esto valía más la égloga; de heroica se había tornado picaresca.
Queriendo formarse una idea de los arrabales, Alvimar cruzó la aldea, que se componía de un centenar de casas y estaba situada en una hondonada. Hay muchas localidades así en nuestro país. Cuando no son bastante fuertes para encaramarse, fieras y amenazadoras, sobre las alturas escarpadas, parecen ocultarse a propósito en el hueco de los valles, como si tuvieran el designio de escapar a la vista de las partidas de merodeadores.
Este lugar es uno de los más bonitos del bajo Berry. Los caminos de grava que a él conducen son transitables y limpios en cualquier época del año. Tienen una defensa natural, constituida por dos riachuelos encantadores y que acaso fueron antiguamente utilizados por las tropas de César.
Uno de estos riachuelos proveía los fosos del castillo; el otro, situado más bajo que el pueblo, cruzaba los dos pequeños estanques.
El Indre, que se desliza a tres pasos de allí, recibe estas aguas corrientes y las transporta a lo largo de un valle estrecho, cortado por caminos hundidos, sombreados y llenos de yermos incultos, de aspecto salvaje.
En este reducido desierto, cercado por hermosos terrenos incultos, matorrales, hierbajos, retamas, brezos y castaños, no se encontrará grandeza, pero sí gracia.
Sobre los ribazos del Indre, que se convierte en riachuelo a medida que se aproxima a su nacimiento, las flores silvestres crecen con una abundancia regocijante.
El riachuelo apacible y claro ha destruído todos los terrenos que estorbaban su marcha y ha formado islotes de verdura, donde los árboles crecen con vigor -demasiado unidos para ser imponentes- y extienden sobre el agua una bóveda de follaje.
Alrededor de la aldea, la tierra es fértil: nogales magníficos y una cantidad de altos árboles frutales forman un nido de verdura.
La mayor parte de las tierras pertenecían a monsieur de Bois-Doré; arrendaba las buenas; las malas constituían su terreno de caza.
Después de haber explorado esta pequeña región, que, por su aislamiento y la ausencia de comunicaciones, hacía esperar también la ausencia de malos encuentros, Alvimar volvió a la aldea y pensó que acaso le convendría hacer una visita al rector.
Delante de él se le había escapado a monsieur de Beuvre decir a monsieur de Bois-Doré:
-¿Y vuestro nuevo párroco? ¿Sigue haciendo sermones al estilo de la Liga?
Estas palabras habían despertado la atención del español.
«Si este eclesiástico es un celoso de la buena causa -pensó-, su trato puede ser útil para mí, porque Beuvre es un hugonote y Bois-Doré, con su tolerancia, vale tanto como él. ¿Quién sabe si será posible vivir en buena armonía con tales gentes?»
Empezó por visitar la iglesia, y se escandalizó ante su abandono y su desnudez, que probaban la incuria del antiguo párroco, la indiferencia del castellano y la tibieza de culto de los feligreses.
Bois-Doré, cuya abjuración real o pretendida no había tenido resonancia, no pensó en celebrar su vuelta a la ortodoxia con donaciones a la iglesia del pueblo y liberalidades al capellán. Sus vasallos aborrecían a los hugonotes, y los festejos con que en 1610 habían saludado su conversión definitiva carecían de sinceridad; pero estas suspicacias fueron reemplazadas por un inmenso cariño cuando se encontraron con un señor bondadoso y bienhechor, en lugar del antiguo administrador, que les oprimía.
Por lo tanto, había poca devoción en la aldea de Briantes, y como los campesinos se habían negado a pagar no sé qué diezma a no sé qué convento, el arzobispo les había enviado un hombre muy a propósito para hacer que aquellas malas gentes volvieran a los buenos principios y al mismo tiempo vigilar las opiniones del castellano.
El piadoso Sciarra se arrodilló en la iglesia y murmuró algunas oraciones; pero no se sentía en disposición de rezar con fervor y no tardó en salir para ir a casa del rector.
No tuvo necesidad de ir hasta su casa; le vio en la plaza hablando con Belinda y pudo examinarle a su placer.
Era un hombre joven todavía, con una cara biliosa, dulzona y llena de disimulo. Probablemente las preocupaciones del mundo temporal eran tan vivas en él como en Alvimar, pues tan pronto como hubo percibido aquel grave y elegante forastero que salía de la iglesia no pensó más que en enterarse de quién era.
Como no tenía más ocupación que la de informarse de todo lo concerniente al marqués, sabía ya perfectamente que un nuevo huésped había llegado la víspera al castillo. Pero ¿cómo un hombre tan piadoso, según lo indicaba la visita matinal de Alvimar a la iglesia, podía tratarse con un convertido tan dudoso como era Bois-Doré?
Mientras intentaba informarse sobre este particular, interrogando al ama de gobierno del castillo, advirtió que no podía volver una sola vez la cabeza sin encontrar la mirada del forastero fija en él.
Dio unos pasos con la Belinda, para ponerse fuera de su vista, porque no quería arriesgar un saludo sin saber de quién se trataba.
Alvimar comprendió o adivinó la preocupación del sacerdote; pero quería esperarle y permaneció en el pequeño cementerio que rodeaba la iglesia; la inspección de su fisonomía le había hecho tomar la resolución de dirigirle la palabra y trabar conocimiento con él.
Mientras esperaba, pensaba en su destino; era éste un problema que le obsesionaba constantemente y que la vista de las tumbas esparcidas parecía hacer más irritante todavía.
Alvimar creía en la Iglesia, pero no creía en el verdadero Dios. Para él la Iglesia era la Constitución de disciplina y de terror por excelencia; el instrumento de tortura, del que un Dios implacable y feroz se servía para establecer su autoridad. Si hubiese reflexionado bien, se hubiera persuadido fácilmente de que el misericordioso Jesús estaba manchado por la herejía.
La idea de la muerte le era odiosa. Temía el infierno y, por una consecuencia natural de las malas creencias, no podía conformar su vida a la rigidez de sus principios.
No tenía fervor más que para la discusión; cuando estaba solo consigo mismo, encontraba su corazón seco y su espíritu turbado por la ambición del mundo. En vano se le reprochaba. La idea de la condenación por sí solo no puede ser provechosa, y los terrores no son remordimientos.
-¡Habrá que morir! -pensaba, mirando los salientes de césped que cubrían, semejando los surcos de un campo, las tumbas de aquellos sencillos aldeanos-. ¡Morir acaso sin fortuna y sin poderío, como estos miserables siervos que no han dejado siquiera un nombre que escribir sobre estas crucecillas de madera podrida! ¡Ni crédito ni fama en este mundo! Iras, decepciones, trabajos inútiles, inútiles esfuerzos.... ¡crímenes acaso!... Todo para llegar al umbral de la eternidad sin haber podido servir a la gloria de la Iglesia en esta vida y sin haber merecido el perdón en la otra.
Al pensar en el destino, acabó por persuadirse de que la influencia del diablo había estropeado el suyo.
Un instante pensó en confesarse con aquel cura, cuya mirada le había parecido tan inteligente; luego tuvo miedo de confiar los secretos que perturbaban su vida y su descanso.
En medio de sus negras reflexiones, vio por fin llegar a monsieur Poulain, que se acercó, saludándole con deferencia.
El conocimiento fue pronto hecho.
Los dos hombres sintieron desde las primeras palabras que eran tan ambiciosos el uno como el otro.
El rector llevó a Alvimar a su casa y le invitó a almorzar.
-No podré ofreceros- le dijo- más que una comida muy pobre. Mi cocina no se parece a la del castillo. No tengo ni criados ni vasallos a mis órdenes para proveer mis festines. La frugalidad de mi mesa os permitirá conservar bastante apetito para hacer honor a la del marqués, cuya campana no sonará hasta dentro de tres horas.
Había en este preámbulo un sentimiento de amargura envidiosa contra el castillo que no escapó al español. Se apresuró a aceptar el almuerzo del rector con la seguridad de enterarse de todo lo que debía esperar o temer de la hospitalidad del marqués.
Monsieur Poulain empezó hablando bien del castellano.
Era un hombre excelente; tenía muy buenas intenciones; no podía negarse que daba mucho a los pobres; desgraciadamente, tenía poco discernimiento y distribuía sus limosnas al azar, sin consultar al intermediario natural entre el castillo y la cabaña, o sea el párroco. Era algo chiflado, inofensivo personalmente, pero peligroso por su posición, por su fortuna y por los ejemplos de sensualidad refinada, de ligereza y de indiferencia religiosa que daba a los que le rodeaban.
Además, había en su casa un personaje bastante sospechoso: ese gaitero, que podía no ser tan mudo como fingía serlo; algún hereje o falso sabio que se ocupaba de astronomía, acaso de astrología.
El viejo Adamas no valía mucho más; era un vil adulador y un hipócrita, y el paje, tan ridículamente ataviado como un gentilhombre, ¡él, que, como burgués, no tenía derecho a gastar raso, y que los domingos iba a misa con una especie de sobrevesta adamascada!
Toda aquella chusma no valía nada. Apenas eran corteses con monsieur Poulain; no le manifeistaban ninguna consideración señalada; todavía no le habían invitado a comer de un modo particular e insistente. Se habían limitado a decirle una vez que tenía su cubierto puesto. Eso era portarse con muy pocos cumplidos, y era sorprendente por parte de un hombre que había vivido mucho tiempo en la corte. Bien es verdad que la corte del Bearnés no brillaba por su urbanidad, y allí se mimaba escandalosamente a gentes de poco más o menos; en fin, en el castillo la única persona que tenía buen sentido era Belinda.
Alvimar comprendió que monsieur Poulain era hombre de juicio. Volvió a pensar que el gaitero, sobre todo, era sospechoso.
Sin embargo, no se interesó mucho tiempo por tales menudencias.
Tan pronto como se hubo cerciorado de que no debía demostrar confianza al marqués, ascendió en sus preocupaciones y quiso saber lo que debía pensar de los personajes de la provincia.
Monsieur Poulain estaba al corriente de todos los secretos del Gobierno de Bourges. Entendía la política a la manera de Alvimar: apoderarse de la vida privada de cada persona para llegar a tener ascendiente sobre los asuntos generales.
Este mal sacerdote comprendió que podía hablar; confesó que se encontraba muy a disgusto en aquella pequeña aldea, pero que tenía paciencia con la esperanza de que un día u otro monsieur de Bois-Doré o su vecino monsieur de Beuvre provocasen alguna persecución que él prefería sufrir a ejercer.
-Comprendedme bien; más vale estar en el terreno de la defensiva que en la brecha de la agresión. En la brecha no se está nunca seguro; si estos calvinistas del bajo Berry llegasen a amenazarme hasta hacerme algún pequeño daño, yo metería bastante ruido y saldría de estas funciones ínfimas y de este país desierto. No vayáis a suponerme ambicioso; no tengo más ambición que la de servir a la Iglesia, y, para ser útil, hay que admitir la necesidad de estar en candelero.
«Este curilla es más listo que yo -pensó Alvimar-; sabe esperar y colocarse convenientemente para disparar sobre el enemigo; yo he sido siempre agresivo, y es lo que me ha perdido. Pero nunca es tarde para aprovechar los buenos consejos; vendré a menudo a pedírselos a este hombre.»
Efectivamente; aquel hombre, que parecía no ocuparse más que de comadreos de pueblo y que en el fondo no se preocupaba de ellos más que por el partido que les podía sacar, era más listo que Alvimar; tanto es así, que en una hora le adivinó ¡a él, tan desconfiado!, y se enteró, si no de los secretos de su vida, al menos de los de su carácter, de sus decepciones, sus desdichas, sus deseos y sus necesidades.
Cuando le hubo sonsacado cuanto quiso, pareciendo ser él el que hacía confidencias, fue derecho al grano y le habló en la forma siguiente:
-Tenéis más probabilidades que yo para triunfar, dado que la fortuna es la mayor condición para el poderío. Un sacerdote no puede hacer fortuna tan fácilmente como un seglar. Tiene que caminar lentamente, sin más fuerzas que las de su espíritu y su celo. No debe olvidar que la riqueza no es su finalidad, y no la puede desear más que como un medio. Pero vos estáis en disposición de hacer fortuna de la noche a la mañana. Basta con que os caséis.
-No lo creo -dijo Alvimar-. Las mujeres de nuestra época corrompida hacen la fortuna de sus amantes con más gusto que la de sus maridos.
-Lo he oído decir -contestó monsieur de Poulain-; pero conozco el remedio.
-¿Ah, sí? ¡Pues poseéis un gran secreto!
-Muy sencillo y muy fácil. No hay que apuntar tan alto como puede que lo hayáis hecho. No es necesario casarse con una mujer del gran mundo. Hay que buscar una buena dote y una mujer sencilla en el fondo de una provincia. ¿Me comprendéis bien? Hay que gastar el dinero en la corte sin llevar allí a la mujer.
-¡Cómo! ¿Casarse con una burguesa?
-Hay damiselas nobles que son más ricas que las burguesas y no menos modestas.
-No conozco a ninguna.
-La hay en este país, sin ir más lejos... ¿Y la viudita de la Motte Seuilly?
-No tiene gran fortuna.
-Juzgáis por las apariencias. Aquí no hay costumbres de lujo. Exceptuando a ese loco marqués, la nobleza sedentaria vive sin ostentación; pero hay dinero. El contrabando de sal y los saqueos de los conventos han enriquecido a los hidalgos. Cuando queráis, yo os probaré que con las rentas de madame de Beuvre llevaréis en París una vida de las más holgadas. Además, está emparentada con las primeras familias de Francia y no todas verían con gusto la alianza con un español.
-¿Pero no es calvinista como su padre?
-¡La convertiríais!... Al menos que su calvinismo os sirviese de pretexto fácil paxa dejarla vivir en su castillo.
-¡Veis muy lejos, señor rector! Pero si un día u otro declaráis la guerra a esa familia...
-Con tal que no haga que la despojen de sus bienes, esta guerra puede, en ciertos casos, seros útil. Fijaos bien en que no os aconsejo que maltratéis o abandonéis a vuestra esposa, sino que tengáis la libertad de alejaros de ella por las necesidades de vuestra condición. Si su carácter se agriase o si se rebelase, se la podría dominar por su herejía. La libertad de conciencia concedida a estas gentes está sujeta a restricciones que ellos quebrantan a menudo. Por lo tanto, están siempre bajo nuestra dependencia, y la prueba es que esa viudita no encuentra con quien volverse a casar. Los jóvenes del país están hartos de la guerra de castillos y temen casarse con la guerra. En estos momentos me tendríais más rival que acaso monsieur de Ars, que es un moderado y un asiduo de la Motte. Pero ya se le sabría retener en Bourges con otros lazos. Es un mozo fácil de distraer. Además, con el tipo que tenéis, y tratándose de una viuda que debe de aburrirse en la soledad, tendríais que ser muy poco hábil para fracasar. Veo en vuestra sonrisa que no dudáis mucho del éxito.
-Pues bien; confieso que no estáis equivocado -contestó Alvimar, que recordó de pronto la emoción que la damita no había logrado ocultarle y acerca de la que él se había podido equivocar fácilmente.- Creo que si yo quisiera...
-Hay que querer... Pensad en ello... -respondió monsieur de Poulain, levantándose-. Si estáis decidido, escribiré confidencialmente a gentes que pueden mucho.
Se refería a los jesuitas, que ya habían empezado a conmover la firmeza de monsieur de Beuvre, amenazándole con impedir que su hija se volviese a casar. Podían devolver al hidalgo su tranquilidad al precio de este enlace. Alvimar comprendió a medias palabras, y prometió al rector que lo pensaría seriamente y que le daría la contestación a los dos días, puesto que precisamente tenía que pasar el día siguiente en casa de monsieur de Beuvre.
La campana del castillo anunciaba la comida; Alvimar se despidió del curilla, que le auguraba tan risueños destinos, y emprendió de nuevo el camino hacia el castillo.
Se sentía más fuerte y más alegre que lo había estado desde hacía muchos días, porque se sentía en comunicación con un espíritu activo, capaz de ayudarle llegado el caso. El valor le volvía. Su fuga al Berry, su refugio inquietante en casa del enemigo de sus creencias y de sus opiniones, y la especie de aislamiento, que dos horas antes se presentaban a su pensamiento con un tinte sombrío, le sonreía ahora como una aventura feliz.
«Sí, sí; este hombre tiene razón -pensaba-. Este casamiento me salvará. No tengo más que querer. Cuando haya enamorado a esta provincianita, podré confesarle mi desgracia en la corte. Será para ella una cuestión de honor el ofrecerme compensaciones. Además, si es menester dármelas de moderado durante unos días... ¡pues lo intentaré! ¡Vaya, valor! Mi horizonte se aclara y acaso brille el fin la estrella de mi fortuna.»
Al hacer estas reflexiones levantó la cabeza y vio ante él, sobre el puente levadizo del patio, al niño de la marisca montando valientemente uno de los caballos de la carroza del marqués.
Mercedes había pedido permiso a Adamas para pasar el día en el castillo, y el buen hombre se lo había concedido en nombre de su amo, a quien la quería presentar en cuanto éste estuviese visible.
Al jugar en el patio, el niño le había hecho gracia al cochero, que había consentido en mantarle sobre Squilindre, mientras que él, montando Pimante -el otro caballo de la carroza-, tenía la brida y conducía los caballos al río para que tomasen su baño cotidiano.
La figura de aquel niño llamó la atención de Alvimar; la víspera le había visto abalanzarse pordioseando entre las patas de su caballo y huir ante su látigo, y ahora el mismo niño, encaramado sobre el monumental corcel Squilindre, le miraba de arriba abajo con aire de triunfo benévolo.
Era imposible ver una cara más interesante y más conmovedora que la del pequeño vagabundo; su belleza no era vistosa: era pálido, quemado por el sol y parecía endeblucho; acaso sus facciones no eran irreprochables; pero en la expresión de sus ojos, de un negro dulcemente aterciopelado, y en la sonrisa bondadosa y fina de su boca delicada, había algo irresistible para todo el que no tuviera el corazón cerrado al encanto divino de la infancia.
Instintivamente Adamas había sentido su dulce poderío y hasta los criados más groseros del corral los sentían también. ¡Estas naturalezas rudas son a veces tan buenas! ¿No ha dicho de ellas madame de Sevigné que se encuentran «almas de campesinos completamente rectas que aman la virtud con la misma naturalidad con que los caballos galopan»?
Pero Alvimar no amaba el candor, no amaba a los niños, y éste en particular le causó un desagrado que no logró explicarse.
Tuvo una sensación de vértigo y de frío, como si en el momento en que volvía más sosegado y menos triste al castillo de Briantes, el rastrillo le hubiese caído sobre la cabeza.
Desde hacía algunos años sufría vértigos repentinos, y solía atribuir a las personas que en aquellos momentos le llamaban la atención el fenómeno que le ocurría. Creía en influencias misteriosas, y para desviarlas se apresuraba, por si acaso, a renegar y a maldecir interiormente de los seres que le parecían revestidos de este poder oculto.
-¡Así te rompa la cabeza ese caballo! -murmuró, mientras que debajo de su capa levantaba los dedos de la mano izquierda para conjurar el mal de ojo.
Al ver que la morisca venía hacia él por el patio, repitió el gesto cabalístico. La mujer se detuvo un momento y, como la víspera, le miró con una atención que le irritó.
-¿Qué me queréis? -le preguntó bruscamente, adelantándose hacia ella.
La morisca no contestó; le saludó y corrió a reunirse con su hijo, preocupada por verle a caballo.
El marqués venía con Lucilio Giovellino al encuentro de su huésped.
-¡Venid a comer! -le dijo. ¡Debéis de estar muerto de hambre! La Belinda se desespera porque, como no os ha visto salir esta mañana, no ha podido impedir que os marchéis en ayunas.
Alvimar no creyó deber hablar de su visita y de su comida en casa del cura. Habló de la belleza agreste de los arrabales y del tiempo dulce y risueño de la mañana otoñal.
-Sí -dijo Bois-Doré-; durará todavía unos días, porque el sol...
Un grito estridente le interrumpió, y, corriendo con toda la velocidad que le fue posible, para enterarse de lo que ocurría, llegó al puente con Alvimar y Lucilio; uno le había precedido y el otro le seguía maquinalmente.
Vieron entonces que la morisca, desde el borde del foso, extendía con angustia los brazos hacia el niño, que era arrastrado río adentro por el caballo que montaba; la mujer parecía dispuesta a arrojarse al agua desde el escarpado sitio en que se encontraba.
He aquí lo que había ocurrido.
El gitanito, radiante y orgulloso por montar un caballo tan grande, había persuadido graciosamente al cochero de que le dejase guiar. El buen Squilindre, sintiéndose entregado a aquellas manecitas y excitado además por los alegres taconazos que tamborileaban sobre sus flancos, se había aventurado demasiado hacia la derecha, había perdido el vado y había pasado nadando por debajo del puente. El cochero intentaba acudir en su auxilio; pero Pimante, más desconfiado que su compañero, se negaba a perder pie. El niño, asido a las crines, estaba encantado con la aventura.
Sin embargo, los gritos de su madre le volvieron a la realidad, y gritó en un idioma que sólo Lucilio pudo comprender:
-No tengas miedo, madre; estoy bien agarrado.
Pero había entrado en la corriente del río que alimentaba el foso. El pesado y flemático Squilindre estaba ya cansado, y las ventanas de su nariz, abiertas y tirantes, denotaban su malestar y su inquietud.
No se le ocurría volver atrás; iba derecho al estanque, donde la imposibilidad de franquear el dique podía agotar las fuerzas que le quedaban para nadar.
Pero todavía el peligro no era inminente, y Lucilio se esforzaba en hacer comprender por gestos a la morisca que no debía arrojarse al agua. Ella no hacía caso, y ya descendía por el musgoso talud, cuando el marqués, al ver el peligro que corrían aquellos dos infelices, empezó a desabrocharse el abrigo.
Se hubiera arrojado; se disponía a hacerlo sin consultar a nadie y sin que Alvimar comprendiese su designio, cuando Lucilio lo advirtió, y como a él nada le estorbaba, se arrojó al foso desde el puente y empezó a nadar vigorosamente hacia el niño.
-¡Ah, mi bueno y bravo Giovellino! -exclamó el marqués, olvidando en su emoción la traducción francesa, que desnaturalizaba el nombre de su amigo.
Alvimar registró el nombre en los pequeños archivos de su memoria, que era muy fiel, y mientras que el marqués se acercaba al talud para calmar y contener a la morisca, él permaneció sobre el puente, contemplando con un interés singular el giro que tomaba la aventura.
Este interés no era el que cualquiera persona de buen corazón hubiera sentido en semejante circunstancia, y, sin embargo, el español experimentaba una gran ansiedad.
No deseaba que el mudo se ahogase, lo que no era probable; pero deseaba que el niño pereciese, lo que era muy posible. No pedía al cielo que abandonase a la pobre criatura, y tampoco razonaba su instinto; pero éste le dominaba, a pesar suyo, como un mal extraño e invencible. El niño le inspiraba un terror supersticioso que iba en aumento.
«Si lo que siento es una revelación de mi destino -pensó-, en este momento se debate y se decide mi suerte. Si el niño muere, estoy salvado; si se salva, estoy perdido.»
El niño fue salvado.
Lucilio alcanzó al caballo, agarró al pequeño jinete por el cuello de su chamarreta y le dejó sobre el talud, entre los brazos de su madre, que había seguido, corriendo y gritando, las peripecias del drama.
Después volvió tranquilamente en busca de Squilindre, que se obstinaba estúpidamente contra el dique del estanque; le obligó a retroceder y le entregó sano y salvo al cochero, que estaba apuradísimo.
Todo el mundo había acudido al oír los gritos de la morisca y todos sintieron un verdadero enternecimiento viéndola besar, sollozando, las rodillas de Lucilio y hablarle efusivamente en árabe, sorprendida de que no la contestase nada, aunque parecía entender perfectamente el idioma.
El marqués abrazó a Lucilio y le dijo en voz baja:
-¡Eh, mi pobre amigo! ¡A pesar de ser un hombre atormentado hasta los huesos por la mano del verdugo, sois todavía un vigoroso nadador! Dios, que sabe que no vivís más que para el bien, ha querido hacer milagros en vos. Ahora id a mudaros por completo; y vos, Adamas, haced que sequen y calienten a este pobre diablillo, que no parece estar más asustado que si saliese de su cama. Deseo que, después de mi almuerzo, me lo traigáis con su madre; por lo tanto, ponedlos lo más limpios que podáis. ¿Pero dónde está monsieur de Villarreal?
El supuesto Villarreal había vuelto al castillo, y solo, en su cuarto, rogaba al Dios vengador, en que creía, para que no le castigase demasiado por la aspereza con que había deseado, sin causa, la muerte del gitanito.
Llamamos así al niño para imitar a las personas que en aquel momento le rodeaban. Pero después del almuerzo, cuando monsieur de Bois-Doré se trasladó a su antigua sala de su castillo a la que Adamas daba el pomposo título de sala de audiencias, y a veces de sala de justicia, y cuando el viejo servidor le presentó la morisca y su hijo, la primera palabra del marqués, tras un silencio imponente, fue esta exclamación:
-Cuanto más considero este chiquillo, más me convenzo de que no es ni egipcio, ni morisco, sino, antes bien, español de pura raza y acaso de sangre francesa.
No era necesario ser adivino para hacer tal descubrimiento; sin embargo, fue escuchado con todo respeto por Adamas, que, en calidad de introductor, se hallaba presente a la conferencia. Alvimar y Lucilio habían sido invitados al acto por el marqués.
-Mirad -prosiguió Bois-Doré ingenuamente satisfecho por su penetración, desabrochando la gruesa camisa blanca del niño-: su cara está tostada por el sol; pero no más que la de nuestros aldeanos en tiempo de siega; su cuello es blanco como la nieve, y jamás siervo ni villano tuvo las manos y los pies tan menudos como éstos. Vamos, diablillo, no avergonzaros, y ya que, según dicen, entendéis el francés, contestadnos: ¿Cómo os llamáis?
-Mario -contestó el niño sin vacilar.
-¿Mario? ¡Eso es un nombre italiano!
-Yo no sé.
-¿De qué país sois?
-Creo que soy francés.
-¿Dónde habéis nacido?
-No me acuerdo.
-¡No me extraña! -dijo el marqués riendo-. Pero preguntádselo a vuestra madre.
Mario se volvió hacia la morisca y abrió la boca para hablarle.
Una expresión de felicidad irradiaba de su rostro por sentirse acogido paternalmente por el hermoso caballero, que le tenía entre las rodillas, y de quien tocaba con la punta de sus deditos el precioso traje de raso y el lindo perrito emperifollado.
Pero tan pronto como su mirada se cruzó con la de su madre, pareció comprender un aviso de gran importancia; se alejó dulcemente de monsieur de Bois-Doré, y acercándose a la morisca, bajó los ojos sin hablar.
El marqués le dirigió otras preguntas, a las que no contestó tampoco; pero su mirada, tierna y dulce, parecía pedirle furtivamente perdón por su descortesía.
-Amigo Adamas -dijo el marqués-; creo que has exagerado un poco tu historia al pretender que este mozalbete habla vulgarmente nuestro idioma. Es verdad que lo pronuncia bastante bien y que ha dicho varias palabras casi sin acento extranjero; pero creo que a eso se reduce su conocimiento del francés. Ya que tú sabes tan bien el español -yo confieso que sé muy poco-, hazle que se explique.
-Es inútil, señor marqués -dijo Adamas sin desconcertarse-; os juro que este bribonzuelo habla el francés como un letrado. Pero está cohibido ante vos, sencillamente.
-¡Quia! -dijo el marqués-. Es un valiente que no teme a nada. Ha salido del agua tan risueño como había entrado, y ya ve que somos buenas gentes.
Mario pareció haber comprendido, porque sus amables ojos aprobaban, mientras que la mirada inteligente y temerosa de la morisca se detenía sobre Alvimar como para decir que no, que aquél, al menos, no merecía el último calificativo del marqués.
-Vaya, vaya -prosiguió el buen Silvain, cogiendo de nuevo a Mario entre sus piernas-; quiero que seamos buenos amigos. Quiero a los niños, y éste me gusta. ¿Verdad, maese Jovelin, que esta cara no está hecha para engañar, y que esta mirada de niño va derecha al corazón? Aquí hay un misterio, y le quiero conocer. Escucha, amigo Mario: si me contestas la verdad te daré... ¿Qué quieres que te dé?
El niño, obedeciendo a la ingenua impetuosidad de sus pocos años, se precipitó hacia Fleurial, el lindo perrito blanco, que no abandonaba el regazo de su amo en cuanto éste se hallaba sentado.
Mario parecía resuelto a todo por conseguirle; pero una segunda mirada de Mercedes le advirtió que debía contenerse, y volvió a dejar el perrito sobre las rodillas de su amo, con gran satisfacción del marqués, que temía haber ido demasiado lejos.
El niño movió tristemente la cabeza e hizo señas de que no deseaba nada.
Hasta entonces, Alvimar no había hablado; mientras hacía su oración, después de la escena del estanque, había, rápida pero seguramente, repasado en su memoria todas las circunstancias de su vida. No había encontrado en ellas nada que pudiese relacionarse, aun indirectamente, con una mujer y un niño en el caso en que éstos se encontraban.
Por lo tanto, su emoción había sido sencillamente una alucinación; se arrepintió de no haberla sabido vencer en el acto y recuperó toda su serenidad.
Durante la comida, el marqués no había dicho una palabra del relato de Adamas acerca del viaje misterioso de Mercedes. El mismo Bois-Doré no le había escuchado más que a medias, la víspera, al dormirse. Por eso, desde hacía unos minutos, Alvimar consideraba con una tranquilidad despreciativa aquellos dos mendigos, y le parecía haber encontrado por fin la causa vulgar de la repugnancia que sentía hacia ellos.
Tomó la palabra:
-Señor marqués -dijo-: si me permitís retirarme, me parece que mediante algún dinero haréis hablar a este bribonzuelo cuando gustéis. Puede que sea un cristiano robado por esta morisca, porque no me cabe duda acerca de la raza de la mujer. Sin embargo, si creéis que el color de la piel es una indicación segura, estáis en un error. Hay muchos de estos miserables que son tan blancos como nosotros, y si queréis tener una seguridad, haréis bien en levantar los cabellos que cubren la frente de este rapaz; acaso hallaréis la señal del hierro candente.
-¡Cómo! -dijo el marqués sonriendo-. ¿Tanto miedo tienen al agua del bautismo que borran su huella con fuego?
-Esa marca es de la esclavitud -prosiguió Alvimar-. Se la inflige la ley española. Se les imprimen en la frente la marca de una S y la de una cabeza de clavo, lo cual significa en español, y en sentido figurado, esclavo.
-Sí -dijo el marqués-, ya comprendo; es un jeroglífico. Pues lo encuentro muy feo, y si este pobre niño está señalado y es esclavo en vuestro país, yo le compro y le hago libre en el buen país de Francia.
Mercedes no había comprendido nada de lo que decían en torno suyo. Veía con angustia que Alvimar se acercaba a Mario como para tocarle; pero el español no hubiese, por nada del mundo, mancillado sus guantes con el contacto de un morisco, y esperaba que el marqués levantase los cabellos del niño; Bois-Doré no lo hacía por un sentimiento delicado de conmiseración hacia la pobre madre, de quien creía comprender la humillación y la inquietud.
Mario comprendía lo que decían; pero, dominado y como fascinado por la mirada de Mercedes, se encerraba en un silencio impasible.
-Ya veis -dijo Alvimar al marqués- cómo baja la cabeza, ocultando su vergüenza. Vamos, estoy suficientemente enterado de lo que son, y os dejo en su honrada compañía. No hay peligro de que abran la boca ante un español, y, por lo visto, saben que lo soy. Entre esa raza abyecta y la nuestra existe un instinto de aversión que nos hace olfatearnos, como el ave salvaje olfatea al cazador. Ayer he encontrado a esta mujer en la carretera, y estoy seguro de que ha intentado alguna brujería sobre mi caballo porque esta mañana cojeaba. ¡Si yo fuese el dueño de esta casa, semejante peste no permanecería en ella ni un minuto más!
-Sois mi huésped -contestó Bois-Doré cortésmente, pero con un acento de dignidad y de energía del que Alvimar no le hubiera creído capaz-, y como tal, tenéis derecho a no hallar en mi casa contradicción a vuestras ideas, sean o no sean las mías. Como no quiero que bajo mi techo seáis molestado en nada, si la presencia de estos infieles os desagrada, nos las arreglaremos para que no vuelvan a herir vuestra vista; pero no podéis exigir que eche brutalmente a un niño y a una mujer.
-Ciertamente que no, señor -dijo Alvimar recobrando el dominio de sí mismo-; sería desconocer vuestras bondades, y os pido perdón por mi violencia. Vos sabéis el horror que existe en mi país contra los infieles, y yo sé que hubiera debido refrenarlo aquí.
-¿Qué queréis decir? -preguntó Bois-Doré algo impacientado-. ¿Es que nos tomáis por musulmanes?
-¡No lo quiera Dios, señor marqués! Me refería a la tolerancia francesa, en general, y como la urbanidad nos impone como ley el conformarnos a los usos del país que nos da la hospitalidad, os prometo que me dominaré y que veré sin repugnancia en vuestra casa a quien os plazca recibir.
¡Perfectamente! -contestó el buen marqués, dándole la mano-. ¿Queréis que dentro de un rato, cuando haya terminado aquí, os lleve a matar un par de liebres?
-Es demasiada bondad -dijo Alvimar al salir pero no os molestéis por mí; hasta que llegue la hora de la comida iré, con vuestro permiso, a escribir algunas cartas.
El marqués se levantó para saludarle; luego se volvió a sentar con una gracia indolente y dijo, dirigiéndose a Lucilio:
-Nuestro huésped es un caballero bien educado, pero tiene el genio algo vivo, y, después de todo, su desgracia, consiste en ser demasiado español; estos seres sublimes desprecian todo lo que no es como ellos mismos; pero creo que se han perjudicado al martirizar y exterminar a los pobres moriscas. Un día u otro lo lamentarán. Los moriscos eran trabajadores y limpios en el país de la pereza y de la mugre. Antes de ser tan duramente provocados, eran dulces y humanos. Vaya, vaya; si tenemos ante nosotros un pobre despojo de esa raza que fue grande en otros tiempos, no le pisoteemos. ¡Tengamos piedad! ¡Dios para todos!
Lucilio había escuchado al marqués con una atención religiosa y se puso a escribir mientras oía las últimas palabras.
-¿Qué hacéis? -le dijo Bois-Doré.
Lucilio le enseñó el papel, que al marqués le pareció que era un verdadero jeroglífico.
-Son -contestó el mudo con un lápiz- las excelentes palabras que acabáis de pronunciar traducidas al árabe. Ved si el niño sabe leer y si comprende este idioma.
Mario miró el papel que le presentaran y corrió a leerlo a su madre; la morisca escuchó con gran emoción, besó lo escrito y fue a arrodillarse ante el marqués.
Luego se volvió hacia Giovellino y le dijo en árabe:
-Hombre de corazón y de virtud, di a este hombre de bien lo que te voy a decir. No he querido hablar mi idioma delante del español. No he querido que el niño dijese una palabra delante de él. El español nos odia, y donde nos encuentra nos daña. Sin embargo, el niño es cristiano no es esclavo. Puedes ver sobre mi frente la señal de la Inquisición; se ve todavía, aunque yo era muy pequeña cuando me quemaron.
Al hablar así desató el pañuelo de harpillera abigarrada que sujetaba su larga cabellera negra, y enseñó su frente, que no presentaba ninguna marca.
Pero se golpeó con la palma de la mano, y al momento, el horrible jeroglífico se dibujó en blanco sobre la piel enrojecida.
Levantó la suave y abundante cabellera de Mario, y prosiguió:
-Pero puedes mirar la frente del niño. Si la hubieran señalado como la mía, la huella no podría disimularse todavía. Es una frente bautizada por un cura de su religión; el niño está instruído en la fe y en el idioma de sus antepasados.
Mientras que la morisca hablaba, Lucilio escribía, traduciendo, y el marqués leía.
-Preguntadle su historia -dijo al mudo-; hacedle saber que nos interesamos por sus desgracias y que la tomamos bajo nuestra protección.
Lucilio no necesitó escribir las palabras de Bois-Doré; Mario, que hablaba el árabe con la misma facilidad que el francés y el catalán, las traducía a su madre adoptiva con una facilidad notable.
Transcribiremos la conversación de estas cuatro personas, como si las cuatro hubieran hablado el mismo idioma, y como si Lucilio, rápido en escribir, no se hallase en la imposibilidad de hablar ninguno.
La morisca habló así:
-Mario, mi bien amado, di a este bondadoso señor que yo hablo poco el español, y menos todavía el francés; contaré mi historia a su escribiente y él la leerá:
Soy hija de un pobre granjero de Cataluña, donde los pocos moriscos perdonados por la Inquisición vivían aún tranquilos, con la esperanza de que les dejarían ganar su vida trabajando, puesto que no habían tomado parte alguna en las guerras de los últimos tiempos, tan desdichadas para nuestros hermanos de las demás provincias de España.
Mi padre se llamaba Yesid en árabe y Juan en español; yo, bautizada por aspersión como los demás, era la cristiana Mercedes, pero la morisca Ssobyha.
Ahora tengo treinta años; tenía trece cuando nos avisaron secretamente que íbamos a ser, a nuestra vez, despojados y echados.
Antes de mi nacimiento, el terrible rey Felipe II había ordenado «que en un plazo de tres años todos los moriscos tenían que saber la lengua castellana y no hablar, ni leer, ni escribir en árabe pública o seeretamente; que todos los contratos en árabe serían nulos; que todos nuestros libros serían quemados; que abandonaríamos nuestros trajes y llevaríamos los de los cristianos; que las moriscas saldrían sin velo, con la cara descubierta; que no tendríamos ni fiestas, ni danzas, ni cantos nacionales; que perderíamos nuestros apellidos y nuestros nombres para tomar nombres cristianos; que ya ni moriscos ni moriscas podrían bañarse nunca, y que nuestros baños serían destruídos en nuestras casas».
Y así nos insultaron hasta en el pudor de nuestras costumbres y en la salud de nuestros cuerpos. Mis padres se habían sometido. Cuando vieron que la sumisión no les servía para nada, y que en realidad los perseguían para apoderarse de su dinero, no se ocuparon más que en reunir y esconder todo lo que pudieron para huir cuando volviese a presentarse el peligro de la muerte.
A fuerza de trabajos y de paciencia reunieron un pequeño tesoro. Decían que era para evitarme el tener que pordiosear como tantos otros que se habían dejado sorprender. Pero estaba escrito que yo pediría limosna como los demás.
A pesar de las humillaciones con las que nos agobiaban, nos considerábamos bastante felices. Nuestros señores, los españoles, no nos querían; pero como veían que éramos los únicos en España que sabían y querían cultivar sus tierras, pedían al rey que nos perdonase.
Tenía yo diez y siete años cuando el rey Felipe II dictó de pronto un nuevo decreto contra todos los moriscos catalanes. Nos expulsaba del reino con todos los bienes nobiliarios que pudiésemos llevar con nosotros. So pena de muerte, teníamos que abandonar en tres días nuestras casas e ir escoltados hasta el lugar del embarque. Todo cristiano que ocultase un moro, sería castigado con seis años de galeras.
Estábamos arruinados. Sin embargo, mi padre y yo cogimos todo el oro que nos era posible llevar, y nos marchamos sin proferir una queja. Nos prometían conducirnos a África, país de nuestros antepasados.
Entonces pedimos al Dios de nuestros padres que nos aceptase de nuevo como hijos fieles.
Durante el viaje nos dejaron vestir nuestros antiguos trajes, que desde hacía un siglo se conservaban en las famillas, y cantar nuestras oraciones en nuestro idioma, que no habíamos olvidado, porque, a despecho de los edictos, lo hablábamos siempre entre nosotros.
Nos amontonaron como bestias en las galeras del Estado; pero apenas nos habíamos embarcado, nos pidieron el precio de la travesía. La mayor parte no tenían nada. Se exigió que los ricos pagasen por los pobres.
Mi padre, viendo que arrojaban al mar a los que no encontraban fianza, pagó sin sentimiento por todos los que estaban en nuestra embarcación; pero cuando vieron que no le quedaba nada, le arrojaron al mar como a los otros.
La morisca se paró. No lloraba, pero tenía el pecho oprimido.
-¡Detestables granujas españoles! ¡Pobres moriscos! -murmuró el marqués.
Luego, como advertido por una triste mirada de Lucilio, añadió:
-Francia, ¡ay!, no se ha portado mejor, y la regente los ha tratado absolutamente igual.
Mercedes prosiguió:
-Al verme sola en el mundo, sin un céntimo y privada de todo lo que amaba, quise seguir a mi pobre padre; no me dejaron. Era bonita. El patrón de la galera me quería por esclava. Pero Dios desencadenó una tempestad y fue menester luchar contra ella. Varias embarcaciones naufragaron y miles de moriscos perecieron con sus verdugos.
La galera que nos conducía fue lanzada por una tempestad contra las costas de Francia y se estrelló en un lugar cuyo nombre no he sabido nunca.
Fui arrojada sobre la playa entre los muertos y los moribundos; estaba salvada. Me arrastré entre las rocas, y, no teniendo fuerzas para ir más lejos, me escondí cuidadosamente, y, empapada y rendida, dormí por primera vez desde hacía muchos días y muchas noches.
Cuando me desperté, la tempestad había cesado. Hacía calor; estaba sola. El buque, destrozado, se hallaba sobre la costa; los muertos, sobre la playa. Tenía hambre, pero me quedaban bastantes fuerzas para andar.
Me alejé lo más de prisa que pude del ribazo, donde temía encontrar españoles, y me encaminé por las montañas, mendigando el pan, el agua y el albergue. Me recibían muy mal; mi traje me hacía sospechosa a los aldeanos.
Por fin encontré algunas mujeres de mi raza que estaban establecidas en un pueblo y que me dieron un vestido; me aconsejaron que ocultase mi religión y mi origen, porque los hombres del país no querían a los extranjeros y aborrecían especialmente a los moriscos. Por lo visto ¡ay! los aborrecen en todas partes, pues más tarde me han dicho que, en lugar de acoger como hermanos a los que habían logrado llegar a África, los bereberes los han degollado o reducido a una esclavitud peor que la de España.
¿Cómo podía yo seguir el consejo de ocultar mi origen? No sabía bastante bien el idioma catalán para ello. A lo primero me dieron alguna limosna; pero cuando pasaba un español decía a la gente del país:
-Tenéis entre vosotros una morisca.
Y me echaban de todas partes. Iba de valle en valle.
Un día en que me hallaba en una carretera, que según he sabido más tarde era la de Pau, el cielo hizo que encontrara a una mujer todavía más desdichada que yo. Era la madre del niño que veis, y que he adoptado como hijo mío...
-Seguid -dijo el marqués.
Pero Mercedes volvió a detenerse; pareció reflexionar y dijo a Lucilio:
-No puedo contar la historia de los padres del niño más que a vos solo..., que le habéis salvado la vida y me parecéis un ángel en la tierra. Si consienten en tenernos aquí unos días y veo que no hay para Mario peligro alguno, juro decirlo todo; pero temo al español, y he visto a este noble señor poner su mano en la de él después de haberle reprendido por su dureza hacia nosotros. Lo he sorprendido todo con mis ojos; los señores son los señores, y los pobres esclavos no deben esperar que ni aun los mejores se pongan de su parte en contra de sus iguales.
-¡No hay iguales que valgan! -exclamó el marqués cuando Lucilio le hubo traducido por escrito la contestación de Mercedes. Juro por mi fe de cristiano y mi honor de caballero proteger al débil contra todos.
La morisca contestó que diría la verdad, aunque ocultando ciertos detalles inútiles.
Luego prosiguió en la forma siguiente:
-Me hallaba en la carretera de Pau; pero en medio de las montañas, en un lugar muy desierto. Mientras descansaba, ocultándome por miedo a las malas gentes que se encuentran en todas partes, vi pasar a un hombre que viajaba con su mujer.
La mujer iba un poco delante; unos bandidos llegaron por detrás y mataron y robaron al viajero con tal rapidez, que su mujer no lo notó, y al retroceder le vio ya muerto a través del camino.
Ante tal espectáculo, cayó moribunda; vi que estaba embarazada.
No sabía cómo aliviarla y consolarla. Arrodillada junto a ella, oraba y lloraba, cuando apareció un hombre de barba gris, vestido de negro, que iba a caballo y se acercó a preguntarme por qué lloraba. Le mostré la mujer echada sobre el cuerpo de su marido. Le habló en varios idiomas, porque era un sabio; pero no tardó en darse cuenta de que ella no estaba en estado de contestar.
La sacudida que acababa de sufrir precipitaba su alumbramiento.
Pasaban unos pastores con sus rebaños; los llamó, y como vieron que aquel hombre era un sacerdote de su religión cristiana, le obedecieron y llevaron a la mujer a su casa, donde murió una hora más tarde, después de haber dado a luz a Mario y de haber entregado al cura el anillo de matrimonio que llevaba en el dedo, sin poder explicar nada, pero designando al niño y al cielo.
El cura se detuvo en casa de los pastores para dar sepultura a los pobres muertos, y como creyó que yo era la esclava de la señora, me confió el niño y me dijo que le siguiera. Pero yo, al ver que era sabio y humano, no le quise engañar. Le conté mi historia y le dije cómo había presenciado por casualidad el asesinato del buhonero.
-¿Era un buhonero? -preguntó el marqués.
-O un hidalgo disfrazado -contestó Mercedes-; porque su mujer llevaba debajo de su pobre capa vestidos de señora, y cuando a él le desnudaron para enterrarle, vieron que tenía una camisa fina y calzas de seda debajo de su traje grosero. Sus manos eran blancas, y también le encontraron un sello con armas.
-¡Enseñadme el sello! -exclamó Bois-Doré, hondamente conmovido.
La morisca movió la cabeza y dijo:
-No le tengo.
-Esta mujer desconfía de nosotros -prosiguió el marqués, dirigiéndose a Lucilio-; sin embargo, esta historia me interesa más de lo que se figura. ¿Quién sabe si...? Vamos, mi buen amigo, intentad al menos hacerle decir la época precisa en que ocurrió la aventura que nos relata.
Lucilio hizo seña al marqués de que interrogase al niño, quien contestó sin vacilar:
-He nacido una hora después de la muerte de mi padre, una hora antes de la muerte del buen rey de Francia Enrique IV. Me lo ha dicho el señor cura Anjorrant, recomendándome que no lo olvidase nunca, y mi madre Mercedes no me prohíbe que os lo diga con la condición de que el español no se entere.
-¿Por qué? -preguntó Adamas.
-No sé -contestó Mario.
-Entonces ruega a tu madre que continúe su historia -dijo monsieur de Bois-Doré-, y tened la seguridad de que os guardaré el secreto, según os lo hemos prometido.
La morisca prosiguió su relato en esta forma:
-El buen cura pidió que le diesen una cabra para amamantar al niño, y nos llamó, diciéndome:
«Más tarde hablaremos de religión. Sois desgraciados, y debo tener piedad de vosotros.»
Vivía bastante lejos de allí, en plena montaña. Nos alojó en una cabañita, hecha con piedras de mármol y revestida con otras piedras grandes, negras y aplastadas; dentro no había más que hierba seca. Aquel santo no podía ofrecernos más que un albergue y la palabra de Dios. La casa donde vivía no era mejor que la casita donde nos encontrábamos.
Pero a los ocho días de estar allí, el niño estaba aseado y cuidado, y la casa bien cerrada. Los pastores y los aldeanos no me rechazaban, porque su sacerdote les había enseñado la dulzura y la caridad. Yo les enseñé, para el cuidado de sus rebaños y para el cultivo de sus tierras, cosas que ignoraban y que saben todos los labradores moriscos. Me escucharon y, considerándome útil, ya no me dejaron carecer de nada.
Hubiera sido muy dichosa junto a aquel hombre de paz, en aquel país de perdón, si hubiera podido olvidar a mi pobre padre, la casa donde habían nacido mis parientes y mis amigos, a los que ya no volvería a ver. Pero tomé tanto cariño al pobre huérfano, que poco a poco me consoló de todo.
El cura le educó y le enseñó el francés y el español, mientras que yo le enseñaba mi idioma para tener a alguien en el mundo con quien hablarlo. Y, sin embargo, no creáis que al enseñarle oraciones árabes le haya desviado de la religión que le enseñaba el sacerdote.
No creáis que rechazo vuestro Dios. ¡No! ¡No! Cuando vi que aquel hombre tan sincero, tan misericordioso, tan sabio y tan casto, me hablaba bien de su profeta Issa y de los hermosos preceptos del Engil, que no mandan hacer lo que el Corán nos prohíbe, pensé que la religión más hermosa debía de ser la que practicaba; y como a pesar de la aspersión de los curas españoles no había recibido el bautizo -me había protegido con las manos para que ni una gota de agua cristiana cayese sobre mi cabeza-, consentí en ser bautizada de nuevo por aquel hombre virtuoso y juré a Alá que no negaría jamás el culto de Issa y de Paracleto.
Esta ingenua declaración causó vivo placer al marqués, quien, a pesar de sus nuevas nociones de Filosofía, era tan poco partidario, como Adamas, de la idolatría pagana atribuida a los moriscos de España.
-Entonces -dijo acariciando la morena cabeza de Mario- no tenemos que habérnoslas con demonios, sino con seres de nuestra especie. ¡Numes celestes! Me alegro mucho, porque esta pobre mujer me interesa y este huérfano me conmueve el corazón. ¿De modo, mi bello amiguito, que has sido educado por un cura de los Pirineos, sabio y bueno? ¡Y tú también eres un pequeño sabio! No podré hablarte en árabe; pero si tu madre te quiere dejar conmigo, juro hacer que te eduquen como a un noble.
Mario no sabía lo que era la nobleza.
Indudablemente tenía una cultura prodigiosa en relación con su edad y con la época y el ambiente en que había sido educado; mas, para todo lo que no era religión, moral e idiomas, era un verdadero salvaje y no tenía la menor idea de la sociedad en la que el marqués le invitaba a entrar.
No vio en la oferta más que cintas, bombones, perritos y lindas habitaciones llenas de aquellos bibelots que a él le parecían juguetes. Sus ojos brillaron de codicia ingenua, y Bois-Doré, que era, en su género, tan ingenuo como él, exclamó:
-¡Vive Dios! Maese Jovelin, este niño es de buena estirpe. ¿Habéis visto cómo le han brillado los ojos al oír la palabra noble? Vamos, Mario, pide a Mercedes que te deje con nosotros.
-¡Los dos! -exclamó el niño.
-Los dos -contestó Bois-Doré-; ya sé que el separaros sería una crueldad.
Mario, loco de alegría, se apresuró a decir a la morisca en árabe, cubriéndola de caricias:
-¡Madre! ¡Ya no andaremos por los caminos! Este buen señor nos tendrá aquí, en su hermosa casa.
Mercedes dio las gracias suspirando:
-El niño no es mío -dijo-; es de Dios, que me lo ha confiado; tengo que buscar y encontrar a su familia. Si no existen ya o no le quieren, volveré aquí y os diré de rodillas: «Guardadle y echadme a mí, si queréis. Yo prefiero llorar sola a la puerta de la casa donde él sea feliz, que verle pordiosear otra vez por los caminos.»
-Esta mujer tiene un alma grande -dijo el marqués-. Pues bien: la ayudaremos con nuestro dinero y nuestra influencia a encontrar lo que busca. ¿Pero por qué no nos dice lo que sabe? Acaso conociendo el nombre de la familia del niño la podríamos ayudar en seguida.
-Ese nombre no lo sé -contestó la morisca.
-Entonces, ¿por qué abandonasteis vuestras montañas?
-Diles lo que quieren saber -dijo Mercedes a Mario en árabe-; pero no les digas nada de lo que todavía deben ignorar.
Mario tomó la palabra, encantado de tener que hablar; pero sin descaro ni remilgos, con todo el candor de su gracia natural y su noble mirada.
-Éramos muy felices allí -dijo-; había grutas, cascadas, montañas muy altas y grandes árboles; todo era mucho mayor que aquí, y el agua hacía más ruido. Mi madre guardaba unas vacas muy buenas y teñía e hilaba la lana para hacer tela. ¡Mirad mi gorro blanco y su capa encarnada! Yo también trabajaba: hacía cestas. ¡Oh! Sé hacerlas muy bien. Si vuelvo a vuestro castillo para ser noble, ya lo veréis. Haré todas las cestas de la casa.
Todos los días, durante dos horas, aprendía a hablar y escribir el francés y el español con el señor cura Anjorrant. No me reñía nunca; estaba siempre contento conmigo. ¡Era un hombre tan bueno! Me quería tanto, que a veces mi madre tenía celos y me decía:
-Apuesto que quieres más al señor cura que a mí.
Pero yo le contestaba:
-¡Oh, no! Os quiero lo mismo a uno y a otro. Os quiero todo lo que puedo. Os quiero tanto como desde aquí hasta el pico de la montaña. ¡Más todavía! ¡Como desde aquí al cielo!
Pero al cumplir yo diez años todo cambió para nosotros. De pronto, monsieur Anjorrant se puso muy enfermo por haber caminado mucho por la nieve para salvar unos niños que se habían perdido, y que él encontró; porque en nuestro pueblo hay nieve en invierno, y a veces tan alta como vuestra casa. Y, de pronto, monsieur Anjorrant se murió.
Mi madre y yo lloramos tanto, que no sé cómo nos quedan ojos para ver.
Entonces mi madre me dijo:
-Hay que cumplir la voluntad de nuestro profeta, de nuestro amigo. Nos ha dejado los papeles y las alhajas que pueden servirnos para que tu familia te reconozca. Ha escrito por ti muchas veces al ministro de Francia; no se ha recibido nunca contestación; acaso se han perdido las cartas. Iremos a ver al rey o a alguien que pueda hablarle por nosotros, y si, tienes abuelos, o tías, o primos, impedirán que sigas siendo un vasallo, porque has nacido libre y la libertad es lo mejor en este mundo.
Nos marchamos con muy poco dinero. El buen monsieur Anjorrant no había dejado nada a nadie. Tan pronto como tenía una moneda la daba a los que la necesitaban. Hemos andado, andado mucho. ¡Francia es tan grande! Llevamos tres meses así. Mi madre, al ver el camino tan largo, temía no llegar nunca, y pedíamos de puerta en puerta que nos diesen albergue y pan. Nos daban siempre, porque mi madre tiene un aire muy dulce y a mí me encontraban gracioso. Pero no conocíamos los caminos y dábamos muchas vueltas, que nos retrasaban en vez de hacernos adelantar.
Entonces fue cuando nos encontramos con unas gentes muy extrañas, que se llamaban egipcios, y que nos dijeron que, si sabíamos hacer algo, nos fuésemos con ellos al Poitou. Mi madre sabe muy bien cantar en árabe, y yo sé tocar algo el tímpano y la guitarra de los Pirineos. Los tocaré cuando queráis. A aquella gente le pareció que sabíamos bastantes cosas. No eran malos con nosotros, y había entre ellos una niña morisca, llamada Pilar, a quien yo quería mucho, y un muchacho mayor, llamado La Flecha, que era francés, y que me hacía reír con sus muecas y sus cuentos. Pero casi todos eran ladrones, y mi madre sufría al verlos tan tragones y tan holgazanes.
Y por esto, me decía todos los días:
Debemos separarnos de estas gentes porque no son buenas.
Y ayer los dejamos porque...
-¿Porqué? -dijo el marqués.
-Acaso os lo diga mi madre Mercedes más tarde, después de pedir a Dios que le dé a conocer la verdad. Así me lo ha dicho, y yo no sé más.
-Decididamente -dijo el marqués levantándose estas personas me interesan mucho y quiero que se les trate y cuide bien en mi casa hasta que les plazca; decirme en qué forma les puedo ayudar. ¿Pero no me habías dicho, mi fiel Adamas, que esta Mercedes tiene una carta para monsieur de Seuilly?
-¡Sí ,sí! -exclamó Mario-. Es el nombre que hay escrito en la carta de monsieur Anjorrant.
-Pues es muy sencillo. Le conozco mucho, y me encargo de que lleguéis hasta él sin cansancio ni miseria. Por lo tanto, descansad aquí y pedid cuanto queráis. Mira, Adamas, la madre y el niño están muy limpios y sus trajes montañeses no son feos del todo. ¿Pero llevan encima todo lo que poseen?
-Sí, señor; salvo los trajes peores que llevaban ayer y esta mañana, cada uno tiene dos camisas y la demás ropa en proporción. Pero esta mujer emplea todo el tiempo que le queda libre en lavar, zurcir y peinar al niño. Ved qué bien cuidada está su cabellera. Sabe muchos secretos árabes para la limpieza. Sabe hacer unos polvos de alheña y unos elixires que quiero que me enseñe a fabricar.
-Es una buena idea; pero ocupaos en darle ropas y telas para que está mejor provista. Ya que es mañosa, sabrá sacar buen partido. Me voy a dar un paseo. Luego, si no la disgusta, cantará alguna canción de su país con la guitarra del niño; me alegraría oír esa música extranjera. ¡Adiós, maese Mario! Como habéis hablado muy bien, quiero daros luego una cosa; tened la seguridad de que no lo olvidaré.
El gentil Mario besó la mano del marqués y echó una mirada muy expresiva al perrito Fleurial, que hubiera preferido a todas las riquezas de la casa.
Bien es verdad que Fleurial era una maravilla; era el preferido entre los tres perritos mimados del marqués, y no se separaba nunca de su amo dentro de la casa. Era blanco como la nieve, enmarañado como un manguito y al contrario de lo que suelen ser los perritos mimados, era dulce como un cordero.
El marqués dio su paseo habitual; habló bondadosamente a los vasallos que encontró y pidió noticias de los que estaban enfermos para enviarles los alivios necesarios; luego volvió a casa y mandó llamar a Adamas.
-¿Qué regalaré al lindo Mario? -le preguntó-. Sería necesario encontrar un juguete propio de su edad, y aquí no hay ninguno. ¡Ay, amigo mío! Somos tres solterones que nos vamos haciendo viejos: maese Jovelin, yo y tú.
-Ya he pensado en ello, señor -dijo Adamas.
-¿En qué, mi viejo servidor? ¿En el matrimonio?
-No, señor; puesto que a vos no os agrada, tampoco a mí. Pero he encontrado un juguete para el niño.
-Ve a buscarle en seguida.
-Aquí está, señor -dijo Adamas, cogiendo un objeto que había dejado en el alféizar de la ventana-. Como he advertido que el niño tenía muchas ganas de que se le regalase Fleurial, lo que no es posible, me he acordado de haber visto en las guardillas varios juguetes olvidados desde hace mucho tiempo, y entre otros, este perro de estopa, que no está muy carcomido por la polilla y que se parece a Fleurial, salvo en que es de piel de cordero negro y que no le queda mucho rabo.
-¡Y salvo mil otras diferencias que hacen que no se le parezca en nada! ¿Pero de dónde viene ese juguete, Adamas?
-De la guardilla, señor.
-Muy bien; pero... ¿dices que hay otros?
-Sí, señor; un caballito que no tiene más que tres patas, un tambor roto, unas armas, un resto de castillo con almenas...
Adamas se calló de pronto al ver que el marqués estaba profundamente absorto ante el perro de estopa, mientras que una gruesa lágrima trazaba un surco en el colorete de su mejilla.
-¡He hecho alguna tontería! -exclamó el viejo criado-. ¡Por Dios! Mi buen amo, ¿por qué lloráis?
-No sé... un desfallecimiento -dijo el marqués, limpiándose con su pañuelo perfumado, en el que quedó buena parte de las rosas de su cutis-; he creído reconocer este juguete y, de no equivocarme, es una reliquia que no debe regalarse, Adamas... ¡Viene de mi pobre hermano!
-¿De veras, señor? ¡Ah, qué tonto soy! Debí pensarlo. Lo que creí es que era un juguete vuestro de cuando erais niño.
-No; cuando yo era niño no habla juguetes. Era aquella una época de guerra y de tristeza en el país; mi padre era un hombre terrible, y, como distracción, me enseñaba argollas, cadenas, aldeanos sobre el potro y prisioneros ahorcados en los olmos del parque... Más tarde, mucho más tarde, se casó en segundas nupcias y tuvo un segundo hijo.
-Ya lo sé, señor; el joven Florimond, que tanto amabais; ¡la flor de los hidalgos, ciertamente! ¡Desaparecido de tan extraña manera!
-No sabría decir cuánto le amaba, Adamas. No tanto por nuestras relaciones de cuando él era hombre, puesto que entonces seguíamos partidos diferentes y no nos veíamos más que el espacio de tiempo necesario para abrazarnos y decirnos que éramos amigos y hermanos, a pesar de todo, sino por las monadas de su infancia. Según ya te he contado, tuve ocasión de custodiar y cuidar al niño durante una ausencia de mi padre, que duró aproximadamente un año. La segunda mujer de mi padre había muerto, y el país estaba muy intranquilo. Sabía que los calvinistas odiaban a mi padre, y juzgué que era mi deber venir a proteger al pobre niño, al que aun no conocía, y que empezó a quererme, como si se hubiera dado cuenta de la injusticia de nuestro padre para conmigo. Era dulce y hermoso como este pequeño Mario. No tenía en torno suyo ni parientes ni amigos. En aquel tiempo, la peste azotaba el país, y las que no morían por la enfermedad, morían por el miedo. Él hubiera muerto también por falta de cuidados y de alegría si yo no le hubiese tomado tal cariño, que me pasaba días enteros jugando con él. Yo fui quien le trajo estos juguetes, y ahora que lo pienso, tengo motivos para recordarlo, porque estuvieron a punto de costarme caro.
-Contadme eso, señor; os distraerá.
-Te lo contaré, Adamas. Era en 1500... ¡no importa la fecha!
-Claro, claro, señor; la fecha no importa.
-Mi querido hermanito Florimond se aburría en casa, y yo no me atrevía a dejarle salir por no exponerle a las balas de todos los partidos que mataban a todo el mundo y no conocían amistades. Se me ocurrió una diversión que había codiciado en mi infancia.
Había visto en el castillo de Sarzay muchos bichos de estopa y otras fruslerías, que servían de juguete a los niños Barbanzones. Los señores que poseían el castillo de Sarzay, de padres a hijos desde hacía muchos años, eran de lo más fanáticos contra los pobres calvinistas, y en aquella época se hallaban en Issoudun haciendo ahorcar y quemar a cuantos podían. En ausencia de los dueños, el castillo de Sarzay no estaba bien guardado. Los habitantes de los alrededores se habían entregado en cuerpo y alma a los católicos y a monsieur de La Châtre; de mí no desconfiaban porque estaba completamente solo y era demasiado pobre para intentar nada.
Ideé penetrar en el castillo con algún pretexto y apoderarme de los juguetes, a no ser que algún criado quisiese vendármelos, porque era inútil buscar otros en parte alguna. Era una mercancía de lujo que no se vendía en los pueblos.
Me presenté audazmente, como enviado de mi padre y pedí la entrada al castillo como para hablar con el aya de los jóvenes, que por aquel entonces ya montaban a caballo, como yo, y recorrían el país. Entro, me explico, y el aya me recibe mal.
Sabía que yo había guerreado ya con los calvinistas y que mi padre no me quería; pero el dinero la amansó: subió a una habitación del piso alto y me trajo lo que los niños, ya muy mozos, habían dejado menos destrozado.
Me marché con un caballo, un perro, una fortaleza, seis cañones, una carretera y muchos cacharritos de hierro; todo ello iba en una casta cubierta con una tela, que yo até detrás de mí, sobre el caballo. Me llegaba hasta los hombros, y al salir del patio de Sarzay oí a los criados que se reían desde las ventanas y se decían unos a otros: «Es un simple, y si no tenemos que habérnoslas con más protestantes que éste, no nos costará trabajo la victoria.»
Algunos tenían buenas ganas de disparar sobre mí sus arcabuces; pero no tuve que lamentar más que el susto.
Piqué espuelas a mi caballo, llevando tras de mí el cesto, que sonaba tanto como el cajón de un calderero del Limousin.
Sin embargo, todo marchaba bien, y yo volvía tranquilamente por el atajo para no pasar con tal bagaje por la ciudad de La Châtre; pero tuve que pasar la Couarde por el puente del camino de Aigurande, y entonces me encontró frente a una patrulla de diez o doce soldados alemanes, que se dirigían hacia la ciudad.
Eran merodeadores; pero iba con ellos uno de los peores partidarios de la época, un bribón, cuyo padre o tío tenía el mando de la fortaleza de Bourges, y se hacía llamar el capitán Macabro.
Aquel joven, que tenía poco más o menos mi edad, pero era ya viejo en malicias, servía de guía, a modo de aprendizaje, a todos los bandidos que le admitían en su compañía. Yo me había encontrado otras veces frente a él, y él sabía bien que, puesto que yo me había batido por los calvinistas, no debía ser tratado como enemigo por los alemanes. Pero al ver mi cargamento pensó que debía de ser una buena presa, y, dándoselas de capitán, me mandó que pusiese pie en tierra y que entregase mi caballo y mi bagaje a sus gentes, que por aquel entonces se daban el nombre de caballeros del duque de Alençon.
Como no sabían una palabra de francés y el Macabro les servía de trujamán, hubiera sido inútil que yo intentase parlamentar. Como sabía con quién me las tenía que ver, y que después de haberme sometido y haberme dejado desmontar sería golpeado y acaso tiroteado a modo de pasatiempo, según la costumbre de los merodeadores, arriesgué el todo por el todo.
El Macabro había echado ya pie a tierra para desmontarse; entonces le di un puntapié en el estómago y le tumbé patas arriba, blasfemando como cuarenta demonios.
-¡Y bien hicisteis, señor! -exclamó Adamas entusiasmado.
-Los otros -prosiguió Bois-Doré- estaban tan lejos de suponer que un mocoso como era yo hiciese semejante hazaña en medio de ellos, hombres duchos y armados hasta los dientes, que se echaron a reír; lo que yo aproveché para huir. Pero en cuanto pasó su sorpresa me lanzaron una granizada de balas alemanas, que se llamaban entonces peladillas de Monsieur, porque aquellos alemanes servían a las órdenes de Monsieur, el hermano del rey, contra las tropas de la reina madre.
Quiso la suerte que no me alcanzase ninguna bala y, gracias a mi buena yegua Brandina, que me llevó al galope por los caminos hondos y tortuosos de la Couarde, regresé sano y salvo a casa. Al verme sacar de la cesta los juguetes, mi hermanito tuvo una gran alegría.
Monín -le dije al darle la fortaleza-, bien me ha servido el estar tan admirablemente fortificado, porque sin estas buenas murallas que llevaba a la espalda creo que no me hubieses visto volver. Lo cierto es, buen Adamas, que si descosiésemos ese perro yo creo que encontraríamos algún plomo en sus tripas, y si la fortaleza no sirvió para protegerme al menos los animales debieron servir para proteger la fortaleza.
-Entonces, señor, quiero guardar cuidadosamente todos estos juguetes y hacer con ellos un trofeo de honor en alguna sala del castillo.
-No, Adamas; se burlarían de nosotros. Y ya que hacía aquí viene ese hermoso niño, hay que regalarle el perro de estopa y los demás juguetes, porque lo que viene de un ángel debe destinarse a otro ángel, y yo veo en los ojos de este Mario la inocencia y la simpatía que había en los ojos de mi hermano... Sí; es cierto -prosiguió el marqués al ver entrar a Mario y Mercedes conducidos por el paje Clindor-; si Florimond hubiera tenido un hijo, hubiera sido igual a este niño, y si quieres que te diga por qué me ha gustado a primera vista es porque su aire, su dulce voz y sus maneras acariciadoras, más aún que sus facciones, me recuerdan a mi hermano tal como era a la edad de este huérfano.
-Vuestro señor hermano no se casó nunca -dijo Adamas, que era todavía más novelero que su amo-; pero puede haber tenido bastardos y quién sabe si...
-No, no, amigo mío; ¡no soñemos! He tenido yo otro sueño mientras que la morisca nos contaba la historia del hidalgo asesinado. ¿Pues no he llegado a imaginar que pudiese haber sido mi pobre hermano?
-Lo cierto es, señor, que no veo la imposibilidad de que lo fuera, puesto que nadie sabe cómo ha muerto.
-No lo era -contestó el marqués-, y la prueba es que el padre de Mario fue asesinado cuatro días antes de la muerte de nuestro buen rey Enrique, mientras que yo tuve una última carta de mi hermano fechada en Génova el día décimosexto de junio, es decir, poco más o menos un mes más tarde. Por lo tanto, no se puede establecer ninguna relación.
Mientras que el marqués y Adamas cambiaban estas reflexiones, la morisca se había preparado para cantar y Lucilio había acudido a oírla.
Las canciones gustaron tanto al marqués, que rogó a Lucilio que anotase los aires; Lucilio las apreció más todavía diciendo que eran «cosas raras y antiguas de una perfecta belleza».
Estimulada por las alabanzas, Mercedes cantaba cada vez mejor y Mario la acompañaba muy bien.
Estaba tan lindo con su gran guitarra, su aire modoso, su boca entreabierta y sus hermosos cabellos ondulados sobre los hombros, que no se hartaba uno de mirarle. Su traje, compuesto por una ruda camisa blanca, cortas bragas de lana obscura, una cintura roja y calzas grises con bridas de lana encarnada enrolladas alrededor de la pierna, favorecía la gracia de su cuerpo y la elegancia de sus formas delicadas.
El regalo de aquellos juguetes que habían traído de la guardilla le deslumbró, y el marqués vio con gusto que, después de admirar aquellas maravillas, las ordenó en un rincón con una especie de respeto.
El caso es que todo aquello no le entusiasmaba y, cuando la sorpresa se hubo disipado, tornó a pensar en Fleurial, que estaba vivo y que era juguetón y hubiera podido seguirle en su vida errante, mientras que la posesión de los caballos y ciudadelas era tan sólo el sueño de un instante en su existencia de miseria y de tránsito.
El resto del día pasó sin otro disgusto para Alvimar.
Volvió a ver a monsieur Poulain y le dijo que estaba resuelto a entablar el sitio de la gentil Lauriana.
Durante la cena puso todo su cuidado en no enemistarse con el marqués, para que éste no le malquistara con la viudita, y consiguió hasta aparecer amable. No volvió a encontrar en la casa ni a la morisca ni al niño, ni oyó hablar de ellos y se recogió temprano para soñar con sus proyectos.
Toda la servidumbre del marqués se alegró de que Mario permaneciese algunos días en el castillo, según dijo Adamas. Éste le hizo comer con su madre en la segunda mesa, en la que comía él también, en calidad de ayuda de cámara, con el ama de gobierno Belinda, el paje Clindor y maese Jovelin, a quien Bois-Doré hacía con toda intención pasar por un subalterno.
El cochero y los demás criados comían a otras horas y en otro lado; era la tercer mesa.
Había una cuarta mesa para las gentes del cortijo, los transeuntes, los viajeros pobres y los frailes alforjeros; de suerte que, desde el alba hasta la noche cerrada, o sea las ocho o las nueve, se comía en el castillo de Briantes y había incesantemente alguna chimenea que humeaba con olor a guisado, atrayendo de lejos bandadas de golfillos y de mendigos. Estos recibían siempre en la puerta principal buena pitanza con las sobras, e instalaban la quinta mesa sobre el césped de la avenida o sobre el borde de los fosos.
Las rentas del marqués hacían frente a aquella amplia hospitalidad y a aquel numeroso personal, muy poco en relación con lo exiguo del castillo, y aun le sobraba dinero para satisfacer sus inocentes caprichos.
Aunque no se ocupaba de contabilidad alguna, no le robaban; como Adamas y Belinda se aborrecían, se vigilaban mutuamente, y si Belinda no era mujer que se privase de sisar un poco, el temor de dar motivo a las sospechas de su enemigo la hacía ser prudente y forzosamente moderada en cuestión de provechos. Estaba liberalmente pagada y siempre magníficamente vestida a costa del castellano, que no quería ver «ni pingos ni mugre» en torno suyo, y no tenía pretexto alguno para malversar; lo lamentaba, sin embargo, porque era de esas personas que adoran un céntimo robado y desprecian un luis bien adquirido.
En cuanto a Adamas, no era en todas sus relaciones la probidad personificada -había hecho la guerra y usado las costumbres de los guerrilleros-; pero amaba tanto a su amo que, si desde el puesto eminente de hombre de confianza al que había llegado se hubiera atrevido a saquear y a poner rescate a las gentes de fuera, lo hubiera hecho únicamente en provecho del castillo de Briantes.
Clindor hacía causa con él contra la Belinda, que le odiaba y le trataba de perro disfrazado.
Era un buen muchacho, medio listo y medio tonto, indeciso entre ser un burgués, título que iba adquiriendo cada día mayor importancia, o dárselas de futuro hidalgo, según la vanidad común a toda la burguesía, y que había de mantenerla por mucho tiempo en una actitud equívoca, haciéndola ser, a pesar de su superioridad intelectual, el juguete de los partidos.
Se guardó el secreto sobre el origen de la morisca, para no exponerla a la intolerancia recelosa de la Belinda, que hacía grandes aspavientos de devoción; Adamas la hizo pasar por española.
No se traslució una sola palabra de su historia ni de la de Mario.
-Señor marqués -dijo Adamas al desnudar a su amo-, estamos en la infancia en cuanto se refiere a los artificios del tocado. La morisca, con quien durante la velada he hablado de cosas serias, me ha enseñado más en una hora que lo que saben todos vuestros engalanadores de París. Posee secretos admirables acerca de todo, y sabe extraer de las plantas jugos maravillosos.
-¡Está bien, está bien, Adamas! Háblame de otra cosa. Recítame algún poema mientras me arreglas la barba, porque me siento triste y estoy por decir, como monsieur de Urfé, hablando de Astrée, que el «recuerdo de mis pesares enturbia el reposo de mi pecho y el respirar de mi vida».
-¡Numes celestes!, señor -exclamó el fiel Adamas, que gustaba de usar las fórmulas de su amo-, ¿siempre el recuerdo de vuestro hermano?
-¡Ay!, me ha vuelto hoy a dominar, no sé por qué. Hay días así, amigo mío, en los que un dolor adormecido se despierta. Es como las heridas hechas en la guerra. ¿Sabes lo que me ha recordado hace un momento la gracia de este huérfano? ¡Que me voy haciendo viejo, mi pobre Adamas!
-¡El señor bromea!
-No; nos hacemos viejos, amigo mío, y mi nombre se extinguirá conmigo. Tengo algunos primos lejanos que no me interesan y que perpetuarán si pueden, el nombre de mi padre; pero yo seré el primero y el último Bois-Doré, y nadie heredará mi marquesado, puesto que es honorífico y proviene de un capricho regio.
-Lo he pensado a menudo, y lamento que el señor no haya querido poner fin a su vida de soltero, casándose con alguna bella ninfa de estos contornos.
-Indudablemente he hecho mal en no pensar en ella. He corrido demasiado de bella en bella, y aunque no haya conocido a monsieur de Urfé, apuesto que él ha oído hablar de mí en algún lugar, y que me ha querido representar en el personaje del pastor Hylas.
-¿Y aunque eso fuera, señor? Ese pastor es un hombre muy amable, infinitamente ingenioso y el más gracioso, para mí, de todos los héroes del libro.
-Sí, pero es joven, y te repito que empiezo a dejar de serlo y a lamentar amargamente el no tener familia. ¿Sabes que mil veces he tenido la idea o el deseo de adoptar algún niño?
-Ya lo sé, señor; cada vez que veis un nene, bonito y gracioso, volvéis a la misma idea. Y bien: ¿quién os lo impide?
-La dificultad de encontrar uno que tenga una fisonomía hermosa y un buen natural y no tenga padres dispuestos a quitármelo después de que yo le haya educado; porque eso de encariñarse con un niño para que se lo lleven a la edad de veinte o veinticinco años...
-Hasta entonces, señor...
-¡Oh! El tiempo camina tan de prisa! No se le siente pasar. Ya sabes que había pensado traer a mi casa a algún pariente pobre; pero en mi familia son todos unos viejos ligueros y, además, sus niños son feos, traviesos o sucios.
-Cierto es, señor, que los segundones de Bouron no tienen nada de hermosos. Os habéis llevado la estatura, todo el atractivo y toda la valentía de la familia, y vos solamente sois capaz de daros un heredero digno de vos.
-¡Yo! -dijo Bois-Doré, algo asombrado por tal aserción.
-Sí, señor; hablo en serio. Puesto que vuestra libertad os pesa, puesto que por décima vez os oigo decir que queréis ordenaros...
-¡Pero, Adamas, hablas de mí como de un perdido! Me parece que desde la triste muerte de Enrique he vivido según conviene a un hombre agobiado por el dolor, y a un hidalgo sedentario, obligado a dar buen ejemplo.
-Cierto, cierto, señor; podéis decirme sobre este particular todo lo que gustéis. Mi deber es no contradeciros. No tenéis la obligación de contarme todas las aventuras que os acontecen en los castillos o en los bosquecillos de los alrededores, ¿verdad, señor? Eso no importa más que a vos. Un fiel servidor no debe espiar a su amo, y no creo haber hecho nunca al señor preguntas indiscretas.
-Hago justicia a tu delicadeza, mi querido Adamas -contestó Bois-Doré confuso, preocupado y halagado a la vez por las suposiciones quiméricas de su idólatra criado-. Hablemos de otra cosa -prosiguió sin atreverse a insistir sobre un asunto tan delicado y queriendo figurarse que Adamas sabía de él aventuras que él mismo ignoraba.
El marqués no era abiertamente ni fanfarrón ni jactancioso. Tenía demasiado mundo para contar las conquistas que había hecho y para inventar las que ya no hacía. Pero le encantaba el que se las siguieran suponiendo, y con tal de no comprometer a ninguna mujer en particular, dejaba decir que podía pretender a todas. Sus amigos se prestaban a su modesta fatuidad, y la gran diversión de los jóvenes, especialmente de Guillermo de Ars, era el embromarle sobre este punto, sabiendo cuán agradable le era tal género de broma.
Pero Adamas no andaba con tantos rodeos; aunque no era excesivamente meridional por su propia cuenta, lo era para las cosas de su amo, porque había confundido su personalidad en el resplandor de la de Bois-Doré.
Por lo tanto, prosiguió hablando con aplomo sobre el mismo tema y declaró que el señor hacía bien en pensar en el matrimonio.
Esta conversación volvía a menudo entre ellos, y ni el uno ni el otro se cansaba de ella, a pesar de que, desde hacía treinta años, no tuviera nunca más resultado que esta reflexión de Bois-Doré:
-Sin duda, sin duda; ¡pero estoy tan tranquilo así! No corre prisa; ya volveremos a hablar de ello.
Sin embargo, esta vez pareció escuchar con más interés que de costumbre las habladurías de Adamas a su propósito.
-Si no creyera casarme con una mujer estéril -dijo a su confidente-, ¡en verdad que lo haría! Acaso me conviniera una viuda con hijos.
-¡Quitad allá, señor! -exclamó Adamas-. Tomad a una damisela joven y hermosa, que os dará una descendencia que perpetúe vuestra imagen.
-Adamas -dijo el marqués después de haber vacilado un rato-, tengo alguna duda de que el cielo me conceda tal dicha. Pero me sugieres una idea agradable: la de casarme con una joven a quien poder considerar como una hija y querer como si fuera un padre. ¿Qué te parece?
-Me parece que tomándola muy joven, muy joven, acaso el señor se pudiera imaginar que había adoptado un niño. Entonces, si el señor quisiera, no habría necesidad de ir muy lejos. La damita de la Motte Seuilly es precisamente la que conviene al señor. Es hermosa, buena, honesta y risueña; es lo que hace falta para alegrar nuestro castillo, y estoy seguro de que su padre lo ha pensado más de una vez.
-¿Tú crees, Adamas?
-¡Claro! ¡Y ella también! ¿Creéis que cuando vienen aquí ella no hace comparaciones entre su viejo castillo y el vuestro, que es una mansión de hadas? ¿Creéis que, aun siendo tan jovencita y tan inocente como es, no habrá pensado en lo que sois comparándoos con todos los demás pretendientes que pueda tener?
Bois-Doré se durmió pensando, precisamente, en la ausencia de pretendientes alrededor de la bella Lauriana, en los rencores de los vecinos contra el sincero y rudo Beuvre y en el dolor que le causaba a este último tal estado de cosas, pasajero sin duda, pero del que él exageraba la posible duración.
El marqués se persuadió de que su proposición sería aceptada como una gran merced de la Fortuna.
La cuestión religiosa era sencilla entre ellos, y en caso de que Lauriana le reprochase el haber abjurado el calvinismo, no tendría gran inconveniente en volver a él por segunda vez.
La fatuidad no le permitía detener su pensamiento en la objeción que le pudieran hacer respecto a su edad. Adamas tenía el don de alejar cada noche, con sus lisonjas, un recuerdo tan desagradable.
Aquella noche el buen Silvio se durmió más ridículo que nunca; pero quien hubiera podido leer en su corazón el sentimiento verdaderamente paternal que le guiaba, la gran tolerancia filosófica de que estaba dotado, «en previsión de infidelidades» y los proyectos de mimos, de sumisión y de cariño que formaba para su esposa, le hubiera seguramente perdonado, aun burlándose de él.
Cuando Adamas pasó a su cuarto le pareció oír en la escalera excusada un roce de vestido.
Se precipitó todo lo de prisa que pudo; pero no alcanzó a Belinda, quien tuvo tiempo de huir después de haber oído, según ocurría a menudo, toda la conversación de los solterones.
Adamas sabía que era capaz de aquel espionaje. Sin embargo, creyó haberse equivocado y atrancó todas las puertas cuando ya no quedaba más secreto por sorprender que los ronquidos del marqués y los ladridos ahogados de Fleurial, echado al pie de la cama y soñando con cierta gata negra, que era para él lo que Belinda era para Adamas.
Al día siguiente fueron a la Motte Seuilly; llegaron a eso de las nueve.
El lector no habrá olvidado que en aquella época la comida se servía a las diez de la mañana y la cena a las seis de la tarde.
El marqués, firmemente resuelto a declarar sus proyectos matrimoniales, pensó que esta vez debía emplear un medio de locomoción más ligero que su magnífica y enorme carroza.
Montó, sin esfuerzos excesivos, sobre su lindo caballo andaluz, llamado Floridor -también un nombre de la Astrée-, un excelente animal, de ademanes dulces y carácter tranquilo, pero algo aparatoso, a propósito para que el jinete se luciese; es decir, que al menor aviso de la pierna o de la mano sabía poner ojos feroces, encabritarse, dilatar las narices como un mal demonio, hasta hacer corvetas bastante altas; en fin, dárselas de malo.
«En realidad, era de lo más inocente del mundo.»
Al poner pie en tierra, el marqués ordenó a Clindor que pasease su caballo durante un cuarto de hora alrededor del patio, so pretexto de que estaba demasiado sudoroso para entrar en seguida en la cuadra; pero en realidad con la idea de que todos se enterasen a fondo de que seguía cabalgando su brillante corcel.
Pero antes de aparecer delante de Lauriana, el buen monsieur Silvain entró en la habitacíón que le estaba reservada en la casa de su vecino, para componerse, perfumarse y ataviarse lo más airosa y elegantemente posible.
Por su parte, Sciarra de Alvimar, vestido completamente de terciopelo y de raso negro, a la moda española, con los cabellos cortas y la gola de ricos encajes, no necesitó más que cambiar sus botas por calzas de seda y zapatos cubiertos de cintas para ofrecer su aspecto más ventajoso.
A pesar de que su traje severo, y ya anticuado en Francia, fuese más adecuado a la edad de Bois-Doré que a la suya, le daba cierto aire de diplomático y de sacerdote, que hacía resaltar doblemente su juventud, extraordinariamente conservada, y la elegancia fácil de su persona.
Monsieur de Beuvre parecía haber presentido un día de petición de mano, pues estaba menos hugonote, es decir, menos austero que de costumbre en su indumentaria, y encontrando a su hija demasiado sencilla, la había persuadido para que se pusiese un vestido más hermoso.
Lauriana se vistió con toda la elegancia que le permitía el luto de viuda, que debía llevar hasta que se volviese a casar. Los usos de entonces no transigían.
Se puso un vestido de seda blanca, con la sobrefalda recogida sobre un fondo de un tono blanco grisáceo, que se llamaba entonces color bazo.
Se puso una chorrera y puños de encaje, y como su caperucita de viuda -el gorrito de María Estuardo- la dispensaba de someterse a la moda de la horrible peluca empolvada, que reinaba todavía, pudo lucir sus hermosos cabellos rubios, ondulados y enrollados en forma que descubrían su linda frente y encuadraban sus sienes, en las que las venas se transparentaban delicadamente.
Para no parecer demasiado provinciana, se echó sobre el pelo una nube de polvos de Chipre, que le hacían parecer de un rubio aún más aniñado.
Aunque los dos pretendientes estaban resueltos a mostrarse amables entre sí, hubo, sin embargo, durante el almuerzo alguna tirantez, como si les hubiese ocurrido la sospecha de que se hacían mutuamente competencia.
El hecho es que Belinda había contado al ama de monsieur de Poulain la conversación que había sorprendido la víspera entre Adamas y el marqués. El ama se lo había participado al rector, quien había avisado a Alvimar por medio del siguiente billete:
«Tenéis en la persona de vuestro huésped un rival que os puede servir de contraste cómico; sacad partido de la circunstancia.»
Alvimar se rió interiormente de tal rivalidad; su plan consistía en atacar antes que nada el corazón de la dama.
No le importaba que el padre estuviese o no de su parte; pensaba que, una vez dueño de los sentimientos de Lauriana, lo demás le sería fácil.
Bois-Doré razonaba de otra manera.
No podía poner en duda la estimación y el afecto que tenían por él. No esperaba ni deslumbrar ni enloquecer a Lauriana. Hubiera deseado encontrarse solo con el padre y la hija para exponer con toda sencillez las ventajas de su rango y de su fortuna; luego esperaba, por medio de humildes galanterías, darse ingeniosa y honradamente a comprender.
En fin, quería portarse como hombre bien educado, mientras que su rival hubiera preferido conquistar la plaza en héroe de aventuras.
Beuvre, al ver que Alvimar se ponía tierno, dio un disgusto a su viejo amigo, llevándole aparte a lo largo del riachuelo, para hacerle infinidad de preguntas acerca de la fortuna y del rango de su huésped; lo único que Bois-Doré podía contestar era que monsieur de Ars, se lo había recomendado como un noble por quien tenía singular aprecio.
-Guillermo es joven -decía monsieur de Beuvre-, pero nos tiene demasiada consideración para presentarnos un hombre indigno de nuestra buena acogida. Sin embargo, me sorprende el que no os haya dicho nada más; pero monsieur de Villarreal ha debido exponeros los motivos de su venida. ¿Cómo es que no ha ido con Guillermo a los festejos de Bourges?
Bois-Doré no podía contestar a estas preguntas. Pero en el fondo de sus pensamientos, Beuvre se persuadía de que aquel misterio no ocultaba más designio que el de agradar a su hija.
-La habrá visto en algún sitio -pensaba-, sin que Lauriana haya reparado en él, y aunque me parece ser muy católico, también me parece estar muy enamorado de ella.
Y pensaba también que, dado el estado actual de las cosas, un yerno español y católico levantaría la fortuna de su casa y borraría el perjuicio que había causado a su hija al convertirse a la religión reformada.
Aunque sólo hubiera sido por llevar la contraria a los jesuitas, que le habían amenazado, deseaba que el español, aun siendo medianamente rico, tuviera un abolengo bastante alto para pretender a la mano de Lauriana.
Monsieur de Beuvre razonaba en escéptico.
Aunque no hiciera con los Ensayos, de Montaigne, los mismos aspavientos que hacía Bois-Doré con la Astrée, los leía con asiduidad, y hasta no leía más libro que aquél.
Bois-Doré era más honrado en política que su vecino y, de ser padre, no hubiera razonado como él. No era más religioso que Beuvre; pero de las creencias de otros tiempos había guardado la de la patria, y el espíritu de la Liga no le hubiera hecho transigir.
Estaba tan absorto con sus propias preocupaciones, que no adivinó las de su amigo, y durante un cuarto de hora hablaron con frases sueltas, sin comprenderse, de la urgencia de un buen matrimonio para Lauriana.
Al fin, la cuestión se aclaró.
-¡Vos! -exclamó Beuvre estupefacto de sorpresa cuando el marqués se hubo declarado-. ¡Él! ¿Quién diablos podía esperar una cosa así? Yo me imaginaba que me hablabais a medias palabras de vuestro español, ¿y ahora resulta que se trata de vos mismo? ¡Vamos! ¡Mi vecino! ¿Habláis cuerdamente o es que os tomáis por vuestro nieto?
Bois-Doré se mordió el bigote; pero como estaba acostumbrado a las bromas de su amigo, se repuso en seguida y se esforzó en persuadirle de que la gente se equivocaba acerca de su edad y añadió que su padre se había vuelto a casar con buen éxito a dos, sesenta años, o sea siendo más viejo que lo era él actualmente.
Mientras así perdía el tiempo, Alvimar se esforzaba en aprovecharlo.
Había sabido detener a madame de Beuvre bajo el enorme árbol, cuyas ramas, colgando hasta el suelo, formaban como un recinto de verdura sombría, en el que se hallaban aislados en medio del jardín.
Empezó torpemente con piropos exagerados.
Lauriana no estaba prevenida contra el veneno de la linsonja; estaba poco enterada de las bellas maneras de las jóvenes nobles y no hubiera sabido distinguir la mentira de la verdad; pero, afortunadamente para ella, su corazón no había sentido todavía el hastío de la soledad y era mucho más niña de lo que parecía. El lenguaje hiperbólico de Alvimar le hizo mucha gracia y se echó a reír de su galanteo con una animación que le desconcertó.
Él comprendió que sus frases no surtían efecto yse esforzó en hablar de amor con más naturalidad.
Acaso hubiera logrado su propósito, llevando alguna turbación a aquella alma virginal; pero de pronto Lucilio, como si hubiera sido enviado por la Providencia, llegó a interrumpir el peligroso coloquio con las dulces notas de su sordina.
No había querido ir con Bois-Doré, porque sabía que le harían comer con los criados y que no vería a Lauriana hasta las doce.
Ni Lauriana ni su padre ignorabanla trágica historia del discípulo de Bruno, y, siguiendo el ejemplo del marqués, los de la Motte Seuilly afectaban tratarle como simple artista para no comprometerle; pero le guardaban la consideración que se merecía.
Lucilio era el único que no había pensado en acicalarse en aquella ocasión. No tenía esperanza alguna de llamar la atención, ni siquiera tenía el menor deseo de que se fijasen en su persona, porque sabía que sólo podía pretender a la unión misteriosa de las almas.
Por lo tanto, se acercó al árbol sin vana timidez ni falsa discreción y, contando con la verdad y la belleza de lo que iba a decir con su música, se puso a tocar, con gran desagrado y despecho de Alvimar.
Por un momento, Lauriana también se sintió contrariada por la interrupción; pero se lo reprochó al ver sobre el hermoso rostro del músico la intención ingenua de serle agradable.
«No sé por qué -pensó la joven- hay sobre este rostro como un resplandor de afecto sincero y de confianza sana que no se encuentra sobre el del otro.»
Y volviendo a mirar a Alvimar, que estaba contrariado, adusto y altivo, sintió como un escalofrío de terror, acaso por él, acaso por ella misma.
Quizá también porque fuese muy sensible a la música, o porque su espíritu estuviese dispuesto a cierta exaltación, se imaginó oír las palabras de los hermosos aires que tocaba Lucilio, y aquellas palabras imaginarias le decían:
«¡Mira el claro Sol que brilla en el dulce cielo y las aguas vivas que reciben sus rayos sobre sus facetas tornadizas!
¡Mira los hermosos árboles inclinados, formando negras cunas, sobre el fondo de oro pálido, de las praderas, y las praderas mismas, ya risueñas como en la primavera, bajo el bordado de las rosadas flores del otoño, y el cisne gracioso, parece navegar con ritmo a tus pies, y las aves viajeras que cruzan allá lejos las nubes diapreadas!
¡Todo eso es lo que te digo con mi música: ¡es la juventud, la pureza, la fe, la amistad, la dicha!
No escuches la voz extranjera que no comprendes. Es dulce, pero engañadora. Apagaría el Sol sobre tu cabeza, secaría la tierra bajo tus pies, marchitaría las flores en los prados y troncharía las alas de los pájaros; haría descender en torno tuyo la sombra, el frío, el miedo, la muerte, y agotaría para siempre el manantial de las armonías divinas que te canto.»
Lauriana ya no veía a Alvimar; sumida en un dulce ensueño, tampoco veía a Lucilio. Estaba transportada al pasado y, pensando en Carlota de Albret, se decía:
«¡No, no! ¡Jamás escucharé la voz del demonio!»
-Amigo -dijo levantándose cuando el músico hubo terminado, me has hecho mucho bien y te doy las gracias; no te puedo ofrecer nada digno de pagar los bellos pensamientos que sabes hacer comprender; por eso te ruego que aceptes estas dulces violetas, que son el emblema de tu modestia.
Había negado aquellas flores a Alvimar y afectaba dárselas al pobre músico delante de él.
Alvimar tuvo una sonrisa de triunfo, creyéndose provocado por una coquetería más incitadora que una confesión de amor; pero tal no era el pensamiento de Lauriana; fingiéndose atar el ramillete al sombrero del músico, le dijo en voz baja:
-Maese Giovellino: os pido que seáis para mí como un padre y no os separéis ni un paso hasta que yo os lo diga.
Merced a la agudeza de su penetración italiana, Lucilio comprendió.
-Sí, sí; ya comprendo -contestó con una mirada expresiva-; contad conmigo.
Y se sentó sobre las raíces del antiguo árbol, a distancia respetuosa, como un criado que esperase las órdenes que le quisieran dar; pero lo bastante cerca para que Alvimar no pudiese decir una palabra sin que él la oyese.
Alvimar lo adivinó todo. Le tenía miedo; tanto mejor. Sentía un desdén tan profundo hacia el tocador de cornamusa, que se puso de nuevo a hacer su corte delante de él, como si hubiera estado delante de un madero.
Pero su poderoso magnetismo perdió todo su poder.
Lauriana tenía la sensación de que la apacible presencia de un hombre de bien como Lucilio era una defensa. Se hubiera avergonzado de ser coqueta delante de él. Se sentía bajo su mirada, y aquella era una protección. Vio al español picarse e irritarse poco a poco. Ensayó sus fuerzas haciéndole frente.
Alvimar quería que despidiese al importuno, y se lo decía con la intención de que el otro lo oyese.
Lauriana se negó rotundamente, declarando que deseaba oír más música.
Entonces Lucilio preparó su gaita.
Alvimar llevó la mano a su jubón, sacó un cuchillo español bien afilado y, después de desenvainarlo, se puso a jugar con él como por distracción; a ratos fingía querer escribir con el cuchillo sobre el árbol, y a ratos parecía querer lanzarlo, como haciendo alardes de habilidad.
Lauriana no comprendió la amenaza.
Lucilio permanecía impasible; sin embargo, era muy italiano para no conocer la ira fría de un español y para no saber hasta dónde puede ir la punta de un estilete lanzado como al azar.
En otra ocasión se hubiera preocupado por un instrumento que la mirada de Alvimar parecía acechar, como para atravesarlo. Pero obedecía a Lauriana y combatía por la inocencia, como Orfeo por el amor, con su lira victoriosa; atacó violentamente uno de los aires moriscos que había oído y anotado la víspera.
Alvimar se sintió desafiado y el fuego que ardía en él comenzó a abrasarlo.
Tenía la habilidad de un chino para lanzar el cuchillo y, resuelto a asustar al impertinente músico, comenzó a lanzar en torno suyo la hoja brillante, que trazaba relámpagos más cercanos a medida que Lucilio proseguía su canto lastimero y tierno. Lauriana se había alejado unos pasos, y en aquel momento volvía la espalda a la horrible escena.
«He desafiado las torturas y la suerte -pensaba Giovellino-; desafiémoslas de nuevo sin dar al español la alegría de verme palidecer.»
Volvió los ojos hacia otro lado y tocó con el mismo recogimiento y la misma perfección que si hubiera estado en la mesa de Bois-Doré.
Entretanto, Alvimar, yendo y viniendo, se divertía colocándose delante de él y apuntándole, como si hubiera sentido la tentación de tomarle por blanco; y por una de esas extrañas fascinaciones que son el castigo de las malas bromas, empezaba a sentir realmente aquella monstruosa tentación.
Tenía sudores, frío y vértigos.
Lucilio lo sentía más que lo veía; pero prefería arriesgarlo todo a dejar ver un instante de temor al enemigo de su patria y al insultador de su dignidad.
Mientras a dos pasos de Lauriana, que estaba distraída, se desarrollaba aquel terrible juego, un extraño testigo vigilaba: era el lobezno criado en la perrera, y que había tomado las costumbres y las maneras de un perro, pero no los instintos y el carácter. Acariciaba a cualquiera, pero no se encariñaba con nadie.
Echado a los pies de Lucilio, había mirado con inquietud el juego cruel del español, y como el puñal había caído dos o tres veces cerca de él, se había levantado y resguardado detrás del árbol, sin más preocupación que la de su propia seguridad.
Pero el juego no cesaba, y el animal, al que empezaban a nacerle los dientes, los enseñó repetidas veces en silencio y, creyéndose atacado, exteriorizó por primera vez en su vida el instinto del odio al hombre.
Con la mirada ardiente, las patas tiesas, el espinazo erizado y tembloroso, estaba oculto a la vista de Alvimar por el tronco colosal del árbol, desde donde acechaba el momento favorable y desde donde se abalanzó de pronto sobre él.
Le hubiera estrangulado, o al menos herido, si un vigoroso puntapié de Lucilio no le hubiera rechazado, haciéndole rodar a distancia.
La brusca interrupción del canto, y el sonido lastimero que lanzó la gaita, abandonada por el artista, hicieron volver rápidamente a Lauriana.
No comprendiendo lo que ocurría, acudió en el momento en que Alvimar, ciego de ira, hundía el cuchillo en el cuello del animal.
Realizó aquel acto con todo el ardor de la venganza, y era visible en su pálido rostro y en sus ojos inyectados la alegría misteriosa y profunda que experimentaba por tener algo que degollar.
Hundió tres veces el acero en las entrañas palpitantes y, a la vista de la sangre, su boca se contrajo de un modo tan voluptuoso, que Lauriana, temblorosa, oprimió con sus dos manos el brazo de Lucilio, diciéndole en voz baja:
-¡Mirad! ¡Mirad! ¡César Borgia! ¡Es él en persona!
Lucilio, que había visto muchas veces en Roma el retrato pintado por Rafael, podía, aún más fácilmente que ella, distinguir el parecido, y con un gesto indicó lo mucho que le había impresionado.
-¿Qué es esto, señor? -dijo la dama, llena de emoción, al español triunfante-. ¿Os creéis aquí en medio de una selva y pensáis serme agradable presentándome la cabeza o las patas de un animal que he criado con mis propias manos y que hace un rato he acariciado ante vos? ¡Ah! Sois poco cortés, y con ese cuchillo ensangrentado más parecéis un carnicero que un hidalgo.
Lauriana estaba enojada y no sentía más que aversión por el extranjero.
Él, como despertando de un sueño, se disculpó diciendo que el lobo había querido devorarlo; que era una mala compañía en una casa, y que se alegraba de haber salvado a la señora de un accidente que, lo mismo que a él, hubiera podido ocurrirle a ella.
-¿Os ha atacado? -prosiguió Lauriana mirando a Lucilio, que hizo una seña afirmativa-. ¿Entonces os ha mordido? ¿Dónde está la herida?
Y cuando vio que Alvimar no había sido herido se indignó por el miedo que había tenido a un animal tan pequeño y tan poco peligroso.
-La palabra miedo no es muy exacta -contestó él con una especie de rabia; no creía que se la pudiera aplicar quien todavía tiene en la mano el arma de muerte.
-¡Muy ufano estáis por haber matado a ese lobezno! Un niño hubiera hecho otro tanto, y en él sería disculpable; pero no lo era en un hombre, a quien hubiera bastado con un latigazo para rechazarle. Lo repito, señor, habéis tenido mucho miedo y esa es la enfermedad de los que gustan de verter sangre.
-Ya veo -dijo el español repentinamente abatido- que he incurrido en vuestra desgracia, y en esto, como en todo, hallo el efecto de mi mala suerte. Tiene tal ensañamiento contra mí, que en muchos momentos he tenido la idea de ceder el campo en esta lucha, en la que no encuentro más que desventajas y sinsabores.
Había mucha verdad en lo que Alvimar acababa de decir, y como después de haber maquinalmente limpiado el puñal parecía dudar en envainarle, Lauriana, sugestionada por la impresión siniestra de su mirada, le creyó algo loco a consecuencia de alguna gran desgracia y dispuesto a quitarse la vida.
-Para perdonaros -le dijo-, exijo que me entreguéis el arma que tan malamente habéis empleado. No me agrada esta hoja traidora, que los hidalgos de Francia no usan ya, como no sea en la caza. A un caballero le basta su espada, y para desenvainarla delante de una dama necesita el tiempo de la reflexión. Tendría siempre miedo a un hombre que lleva oculta un arma tan rápida y tan fácil de manejar, y como no me parece que ésta tenga mucho precio os pido que me la sacrifiquéis en reparación del disgusto que me habéis causado.
Alvimar creyó que quería desarmarlo por zalamería. Sin embargo, le dolía separarse de un arma tan fiel, y dudó.
-Ya veo -le dijo Lauriana- que es el regalo de alguna bella, a quien no tenéis libertad para desobedecer.
-Si tenéis semejante idea -contestó él-, quiero que la desechéis enseguida.
Y, poniendo una rodilla en tierra, le presentó el puñal.
-Está bien -dijo Lauriana retirando la mano, que él quería besar-. Os perdono como a huésped a quien no se quiere mortificar; pero nada más. En cuanto a esa arma traidora, no la guardo por amor a vos, sino para impedir el daño que pudiera causar.
Se hallaban en aquel momento al pie del torreón, donde encontraron al marqués y a monsieur de Beuvre discutiendo apasionadamente.
Lauriana se disponía a contarle lo que acababa de suceder; pero su padre no le dio tiempo para ello.
-Escuchad, mi muy amada hija -le dijo cogiéndole una mano y colocándola en el brazo del marqués-; nuestro amigo quiere deciros un secreto, y mientras os lo cuenta me esmeraré en hacer compañía a monsieur de Villarreal. Ya lo veis -añadió dirigiéndose al marqués-, os confío mi oveja sin temor a vuestros terribles dientes, y no le digo nada que pueda considerarse ante ella. Habladle como gustéis. Si luego os pesa, yo me lavo las manos; vos lo habréis querido.
-Ya veo -dijo madame de Beuvre al marqués- que me vais a hacer alguna petición.
Y creyendo que se trataba, como de costumbre, de hacer con él alguna excursión de caza, añadió que, fuese lo que fuese, lo concedía de antemano.
-¡Tened cuidado, hija mía! -exclamó monsieur de Beuvre, riendo-. ¡No sabéis a lo que os comprometéis!
-No me asustéis -contestó ella-; puede hablar inmediatamente.
-¡Oh! ¡Eso creéis! Pero os equivocáis en mucho -repuso monsieur de Beuvre-. Apuesto que su discurso durará más de una hora. Id los dos a alguna sala donde no seáis molestados y, cuando terminéis, venid a reuniros con nosotros.
El marqués no se inmutó por aquellas broma... Para resolverse a hacer su petición había tenido ya que ahogar en sí vivos temores acerca del estado matrimonial, que venía aplazando desde hacía unos cuarenta años.
Si al fin se había decidido era porque quería hacer la fortuna y la felicidad de alguien, y, después de haber admitido esta idea, consideraba como un deber el persistir en su resolución.
Por lo tanto, en cuanto se encontraron en la sala, ofreció su corazón, su nombre y su dinero, con el estilo de la Astrée, con aquella pasión descabellada que no habla de nada menos que de tormentos horrendos, de suspiros que parten el alma, de terrores que causan mil muertes, de esperanzas que hacen perder la razón, etc...; todo con un convencionalismo tan casto y tan frío, que la virtud más austera no se puede asustar.
Cuando Lauriana hubo comprendido que se trataba de casamiento, no se sorprendió tanto como su padre.
Sabía que el marqués era capaz de todo y, en lugar de reírse de él, se apiadó. Le tenía afecto, y hasta respeto, por su bondad y su lealtad. Comprendió que por poco que ella diese el ejemplo expondría al pobre anciano a burlas interminables y que las chanzas amistosas y moderadas de las que era objeto se tornarían mortificantes y crueles.
«No -pensó la prudente joven-; eso no será y no sufriré que mi viejo amigo sea el hazmerreír de los criados.»
-Mi querido marqués -le dijo esforzándose por hablarle en su estilo-: he pensado en la posibilidad y en la conveniencia del proyecto que me comunicáis. Había adivinado vuestra hermosa y honrada pasión, y si no la he compartido es porque soy todavía demasiado joven para que el malicioso Cupido me haya prestado atención. Dejadme, pues, retozar un poco más en la isla encantada de la Ignorancia de Amor; no tengo prisa en abandonarla, puesto que soy feliz con vuestra amistad. De todos los hombres que conozco sois el mejor y el más amable, y si mi corazón me habla bien pudiera ser que me hablase de vos. Pero eso está escrito en el libro de los destinos y debéis darme el tiempo de interrogar el mío. Si por alguna fatalidad me mostrase ingrata hacia vos os lo confesaría con candor y arrepentimiento, porque no sacaría de ello más que perjuicio y vergüenza. Pero tenéis el alma tan grande y tan buena, que, a pesar de mi tontería, seguiríais siendo para mí un amigo y un hermano.
-¡Ciertamente! ¡Os lo juro! -exclamó Bois-Doré con ingenuo entusiasmo.
-Pues bien, mi leal amigo -prosiguió Lauriana-, esperemos. Os pido siete años de prueba, según la antigua usanza de los perfectos caballeros, y hacedme la merced de que este convenio quede secreto entre nosotros. Dentro de siete años, si mi alma ha permanecido insensible al amor, renunciaréis a mí, y si yo comparto vuestra pasión, no os lo ocultaré. También os juro que si antes de llegar al término de nuestro convenio las atenciones de otro hombre logran convencerme a pesar mío, os lo confesaré humilde y sinceramente. Esto es, al parecer, poco probable; sin embargo, quiero preverlo todo, por el deseo que tengo de conservar vuestra amistad si pierdo vuestro amor.
-A todo me someto -respondió el marqués-, y juro guardaros, adorable Lauriana, la fe de un hidalgo y la fidelidad de un amante perfecto.
-Cuento con ello -dijo dándole la mano-; sé que sois un hombre de corazón y un pastor incomparable. Ahora volvamos con mi padre y dejadme decirle lo que ha sido convenido entre nosotros, a fin de que nuestro secreto no tenga más confidente que él.
-Está bien -contestó el marqués-. ¿Pero no cambiaremos alguna prenda?
-¿Cuál? Hablad, lo consiento; pero que no sea un anillo. Pensad que soy viuda y que no puedo llevar más anillo que el de un segundo enlace.
-Pues bien; permitid que mañana os envíe un presente digno de vos.
-¡Eso, no! Sería dar a conocer nuestro secreto a todo el mundo... Dadme cualquier fruslería que llevéis... ¡Mirad! Esa bombonera de marfil esmaltada que tenéis en la mano.
-¡Sea! Pero, y vos, ¿qué me daréis? Porque ya veo que entendéis lo que debe ser este cambio. Ha de ser un objeto que se lleve encima en el momento en que se da la palabra.
Lauriana buscó en sus bolsillos y no encontró más que su pañuelo, sus guantes y su bolsa y el puñal de Alvimar.
Como la bolsa era un recuerdo de su madre, le dio el puñal.
-Ocultadle bien -dijo-, y mientras os lo deje esperad en mí; si os lo volviese a pedir...
-¡Me atravesaría el corazón! -exclamó el viejo Celadón.
-¡No! Es cosa que no haréis -dijo Lauriana con mucha seriedad-, porque yo me moriría de pena y además sería faltar a la promesa que me hacéis de seguir siendo mi amigo a pesar de todo.
-Es justo- dijo Bois-Doré arrodillándose y recibiendo la prenda-; os juro no morir por eso, así como os juro no amar ni aun mirar a ninguna otra bella mientras no me hayáis arrebatado la esperanza de agradaros.
Volvieron al jardín, siendo acogidos con aire burlón por monsieur de Beuvre.
La actitud seria y tranquila que adoptó Lauriana, y el aire enternecido y resplandeciente que el marqués no podía disimular, le causaron tal sorpresa, que no pudo menos de interrogarles delante de Alvimar, con términos velados, pero bastante transparentes.
Lauriana contestó que estaba perfectamente de acuerdo con el marqués, y Alvimar, no pudiendo creer lo que oía, tomó esta declaración como una nueva coquetería hacia él.
Entonces la inquietud de monsieur de Beuvre se aguzó, y llevándose a su hija aparte le preguntó si hablaba en serio y si era tan loca o ambiciosa para aceptar un galán nacido en el reinado de Enrique II.
Lauriana le contó de qué modo había evitado su respuesta aplazando toda explicación hasta dentro de siete años.
Después que Beuvre se hubo reído hasta hacer estallar su cinturón, Lauriana lo recomendó el secreto; pero le costó trabajo hacerle comprender su delicada bondad.
Beuvre se hubiera divertido mucho con la decepción del marqués, y le parecía que el reírse de él en sus barbas hubiera sido darle una buena lección.
-No, padre -contestó Lauriana-; sería causarle una gran pena, y nada más. No está en edad para corregirse de sus defectos, y no veo lo que ganaríamos con ultrajar a un hombre tan bueno, cuando nos es tan fácil adormecerle en sus ensueños. Creed que la coquetería de las mujeres con tales ancianos es inocente, y no deja de ser una buena acción el dejarles con sus ilusiones. Tened la seguridad de que el día que le diga que siento inclinación hacia alguien se alegrará, mientras que si le hubiera desengañado puede que a estas horas estuviese enfermo, no tanto por mi crueldad como por la de su vejez, que yo le habría hecho sentir sin miramiento ni piedad.
Lauriana ejercía algún ascendente sobre su padre. Consiguió que se abstuviera de burlar al marqués sobre sus bellos amores con ella, y Alvimar, a pesar de su penetración, no adivinó lo que pasaba.
Lauriana acababa de hacer realmente una buena acción, y como hay una cuenta abierta entre nosotros y la Providencia, fue recompensada en el acto, recibiendo el invisible auxilio, que es la remuneración, a veces inmediata, de todo acto generoso de nuestras almas.
Era muy niña; pero tenía el espíritu de una mujer fuerte, y si era capaz, como toda hija de Eva, de sufrir una fascinación peligrosa, también lo era de reaccionar y encontrar en su conciencia una sólida defensa.
El resto del día pasó sin que las insinuaciones galantes de Alvimar la conmoviesen, y hasta le pareció que al dar aquel puñal al marqués en prenda de generosa amistad, se había deshecho de algo que la turbaba y la abrasaba. Además tuvo mucho cuidado en no volver a encontrarse a solas con el español y en no alentar ninguno de los esfuerzos que él hacía para volver a llevar la conversación hacia las delicadas banalidades del amor.
Por último, un incidente vino a impedir toda conversación particular y distraer a la reunión.
Un joven gitano se presentó solicitando regocijar a la ilustre concurrencia con sus ejercicios y su talento; hasta creo que el granuja decía «su genio».
Apenas le introdujeron, Alvimar reconoció al vagabundo que había servido de intérprete entre monsieur de Ars y la morisca, en los brazos de Champillé, y que había declarado ser francés y llamarse La Fleche.
Era un mozo de unos veinte años, bastante guapo, aunque ya marchito por el libertinaje; su mirada era penetrante y descarada; su boca aplastada y pérfida; sus discursos eran insulsos, imprudentes y burlones. Era de pequeña estatura, pero bien formado, con la agilidad corporal de un mono y la agilidad manual de un ratero; inteligente para todas las cosas que sirven para el mal y cretino para todo trabajo útil o todo buen razonamiento.
Este personaje, como todos los de su oficio, poseía algunos harapos, con los que se componía un traje fantástico para realizar sus ejercicios.
Se presentó con una especie de capa genovesa forrada de rojo y con uno de esos sombreros extravagantes, erizados de pluma de gallo, sin nombre, sin forma, sin razón de ser; ruinas arrogantes de las que Callot ha inmortalizado en sus grotescos italianos la espléndida inverisimilitud.
Botas hasta media pierna, dentadas, la una demasiado larga, la otra demasiado corta, dejaban ver las calzas de un rojo avinado. Un enorme escapulario cubría su pecho impío, como cartel de salvaguardia contra la acusación, constantemente suspendida sobre su cabeza, de paganismo y de magia negra. Una cabellera intensamente larga y de un rubio soso caía lacia sobre su faz delgada, pintada con ocre rojo; y un bigote naciente iba a reunirse a dos mechones de pelo blancuzco que surgía bajo el mentón liso y reluciente.
Comenzó con una voz de trompeta cascada:
-Que la ilustrísima compañía se digne excusar el descaro con que me atrevo a precipitarme a sus pies pidiendo indulgencia. En efecto, ¿le cuadra a un pícaro de mi condición, con su cabellera erizada, las cicatrices de su justillo y su sombrero que desde ha tiempo hace oposiciones a espantajo, comparecer ante una dama cuyos ojos avergüenzan la luz del sol, para venir a recitar una sarta de sandeces? Acaso se me diga, para darme valor, que no soy un mal bastero, ni un bandido, ni un lacayo molido a palos, pues se dice de los lacayos que son como los nogales que «cuanto más se apalean más producen»; también puede que se me diga que no soy ni un pillo, ni un ratero, ni un mequetrefe, ni un fierabrás, ni un sabihondo, ni un pisaverde, ni un rajabroqueles, ni un bárbaro, y que tengo bastante buen semblante, a posar de mi fisonomía algo subalterna; pero ante un mérito como el de la dama que veo -no se ofende a una diosa porque se la mire- y ante una reunión de señores que más parece una reunión de monarcas que una carretada de terrenos de feria, el hombre más valiente del mundo pierde la chaveta y queda reducido a un pozo de ignorancia, una sentina de estupideces y la fuente de todas las impertinencias...
Maese La Fleche hubiera podido hablar durante dos horas en este tono y con una volubilidad insoportable, si no le hubieran interrumpido para preguntarle qué sabía hacer.
-¡Todo! -exclamó el pillo-. Puedo bailar con los pies, con las manos, con la cabeza y con la espalda; sobre una cuerda, sobre una escoba, sobre la punta de un campanario y sobre la de una lanza; sobre huevos, sobre botellas, sobre un caballo al galope, sobre un aro, sobre un tonel, hasta sobre agua corriente; pero esto con la condición de que una persona de la sociedad consienta en servirme de pareja. Puedo cantar y rimar en treinta y siete idiomas y medio, con tal de que una persona de la sociedad me quiera contestar sin hacer una falta en los mismos treinta y siete idiomas y medio. Puedo comer ratas, cáñamo, espadas, lumbre...
-¡Basta!, ¡basta! -dijo Beuvre impacientado-; ya conocemos tu letanía; es la misma que emplean los charlatanes como tú. Pretendéis saberlo todo y no sabéis más que una cosa: decir la buenaventura.
-Para decir la verdad -contestó La Fleche-, en eso es en lo que sobresalgo, y si Vuestras resplandecientes Altezas lo desean, echaré a suertes para saber por quién debo empezar; porque el Destino es un espíritu adusto, que no conoce ni el sexo ni el rango de las personas.
-Anda, echa a suertes; ahí va mi prenda -dijo monsieur de Beuvre arrojándole una moneda de plata-. Vos, hija mía.
Lauriana echó una moneda algo mayor; -el marqués, un escudito de oro; Lucilio, una moneda de cobre, y Alvimar, una piedrecita, diciéndole:
-Como veo que las prendas se regalarán al adivino, opino que éste no merece más que ser lapidado.
-Tened cuidado -dijo Lauriana sonriendo-; no os predecirá más que disgustos; ya sabéis que los horóscopos corresponden siempre al precio que se les ha pagado.
-No lo creáis; el Destino manda -dijo La Fleche mientras mezclaba las prendas en una especie de hucha-. De pronto afectó hablar sin fraseología y con aire misterioso.
Volvió su indescriptible sombrero, que amenazaba el cielo como un torreón insolente y se lo coló hasta los ojos como un lúgubre apagavelas; hizo varias muecas, pronunció palabras desprovistas de sentido que pretendían ser fórmulas cabalísticas, y después de limpiarse a hurtadillas el grosero colorete, mostró su faz empalidecida por la inspiración profética.
Entonces trazó en la arena la gran esfera de los nigrománticos ignaros con todos los signos de la astrología callejera; luego colocó una piedra en medio y tiró la hucha contra el suelo. Ésta se rompió y las prendas se esparcieron sobre los diferentes signos trazados en las divisorias.
En aquel momento Alvimar se inclinó para recoger su piedra.
-¡No!, ¡no! -exclamó el gitano precipitándose sobre su conjuro con la agilidad de un mono y poniendo la punta de un pie sobre la prenda de Alvimar sin borrar ninguno de los signos que la rodeaban-. ¡No, señor! Ya no podéis poner trabas al Destino; está sobre vos y sobre mí.
-Ciertamente -dijo Lauriana, interponiendo su bastoncito entre Alvimar y La Fleche-. El adivino es el amo en su círculo mágico, y al desbaratar vuestro Destino podéis también desbaratar los nuestros.
Alvimar se sometió; pero su cara denunció una agitación singular, que refrenó en seguida.
La Fleche empezó por la prenda más cercana a la piedra central, a la que él llamaba el Sinaí.
Era la de Lucilio; fingió medir los ángulos, hacer cálculos, y en acompasada prosa dijo:
Hombre sin lengua y de gran corazón.
El sabio es de la miseria vencedor.
-Observad -dijo Bois-Doré en voz baja a Alvimar- cómo el pícaro ha adivinado el triste caso de nuestro músico.
-Eso no era difícil -contestó desdeñosamente Alvimar-. Desde hace un cuarto de hora el mudo os está hablando por señas.
-Entonces, ¿no creéis en la adivinación? -preguntó Bois-Doré, mientras que La Fleche continuaba sus cálculos con aire absorto, pero con el oído atento a todo lo que ocurría en torno suyo.
-¿Es que vos creéis en ella, señor? -dijo Alvimar fingiendo la sorpresa por la seriedad con la que el marqués le había hecho esta pregunta.
-¿Yo?... Sí... Un poco... Como todo el mundo.
-¡Ya nadie cree en esas tonterías!
-¡Oh! Sí; Yo creo mucho -dijo Lauriana-. Brujo: te ruego que si mi destino es adverso me dejes en la duda o busques en tu ciencia el medio de conjurarlo.
-Ilustre reina de los corazones -contestó La Fleche-, obedezco a vuestras órdenes. Un gran peligro os amenaza; pero si desde este momento, durante sólo tres días,
-¿No podrías encontrar otro estribillo? -le dijo Alvimar-. Tienes un diccionario bastante pobre.
-Para ser rico no basta con desear serlo, señor -contestó el gitano-, y, sin embargo, hay gentes que lo desean, que lo desean tanto, que hacen todo por la riqueza, a riesgo del hacha y de la horca.
-¿Lees semejantes; cosas en el Destino de este hidalgo? -preguntó Lauriana, que, muy conmovida por lo que la concernía en el aviso del adivino, se esforzaba en echarlo todo a broma.
-Acaso -dijo, Alvimar con soltura-. No se sabe lo que puede ocurrir.
-¡Pero se puede saber! -exclamó La Fleche-. Vaya, ¿quién quiere saberlo?
-Nadie -dijo el marqués-, nadie, si hay algo desagradable en el porvenir de alguno de nosotros.
-Verdaderamente, vecino, tenéis fe -dijo Beuvre, que precisamente no creía en nada-. Sois un buen parroquiano para todos los charlatanes que quieran abusar de vos.
-Como gustéis -repuso Bois-Doré-; pero no lo puedo remediar. Diez veces me ha ocurrido lo que me había sido predicho.
-¿Cómo queréis -le dijo Alvimar- que un idiota, un ignorante de esta especie penetre el porvenir, cuyo secreto Dios sólo posee?
-No creo en la ciencia del operador -contestó el marqués-; sino que por oficio sabe calcular números, y que esos números son para él como las letras de un libro, con las que la propia fatalidad de los números compone palabras y frases.
Beuvre se burló del marqués y ordenó al adivino que dijera todo.
Alvimar hubiera deseado todo lo contrario, pues su incredulidad era fingida; creía en la acción del diablo en todo lo que es maleficio, y se prometía recomendar La Fleche a monsieur Poulain para que se ocupase de hacerle encarcelar, y hasta quemar si fuera preciso. Pero estaba, sin embargo, devorado, a pesar suyo, por la ansiedad de abrir el libro de su destino y, por otra parte, se sentía arrastrado a dárselas de espíritu fuerte delante de madame de Beuvre.
La Fleche, obligado a hablar, ya que había suficientemente estudiado su libro mágico, reflexionó seriamente. Desconfiaba del español. Sabía que no arriesgaba nada con los que no creían en nada, porque esos no son de los que acusan o denuncian a los brujos, y era demasiado suspicaz para no comprender que, al intentar retirar su piedra, Alvimar había querido sustraerse a las revelaciones que fingía despreciar.
Tomó el partido con el que se resguardaba cuando se encontraba entre personas dispuestas a conmoverse demasiado, y que consistía en decir trivialidades a todo el mundo.
Tenía la esperanza de que Alvimar se retirase y así poder hacer a los demás, con toda tranquilidad, alguna predicción agradable que le fuese espléndidamente pagada, porque desde hacía tres días que erraba por los arrabales, metiéndose en todas partes, escuchando detrás de las puertas o fingiendo no comprender el francés para que lo hablasen delante de él, se había enterado de muchas cosas, conociendo una acerca de Alvimar, que éste hubiera deseado sepultar en un profundo olvido.
Pero Alvimar, sosegado por la insignificancia de las predicciones, no se retiraba; ya nadie se divertía y La Fleche hacía un fiasco, después de haber trabajado de antemano con vistas a una buena ganancia.
Iban a despedirle. Se irguió.
-Ilustres señores -dijo-: no soy brujo; lo juro por la imagen del Santo Patrón que llevo sobre el pecho; protesto contra todo pacto con el diablo; no ejerzo más que la magia blanca, tolerada por las autoridades eclesiásticas, pero...
-¡Pero si no está entregado al diablo, vete al diablo! -dijo monsieur de Beuvre. Nos aburres.
-Pues bien -dijo La Fleche descaradamente-: queréis cábala, la tendréis a vuestro riesgo y perjuicio. Pero no la haré yo y me lavo las manos de todo.
En el acto se volvió hacia una cesta que había traído y donde se suponía que traía alguna batería de escamoteo o algún bicho raro, y sacó a una niña de ocho o diez años, tan chiquita y menuda, que no parecía tener más de cuatro o cinco. Era negra, fea, desgreñada; parecía un verdadero diablillo, vestido de rojo, y mientras que La Fleche la traía en sus brazos, empezó por darle veinte cachetes, tirarle del pelo y arañarle la cara con las uñas.
Creyeron a lo primero que su resistencia frenética formaba parte de la función; pero vieron la sangre correr en gruesas gotas a lo largo de la nariz del pícaro.
Se conmovió un poco, y dijo, limpiándose con la manga:
-No es nada; la princesa estaba durmiendo en su cesta, y tiene mal despertar.
Luego añadió en voz baja, hablando a la niña en español:
-¡Estate tranquila, vaya! ¡Ya me las pagarás esta noche!
La niña, colocada sobre la piedra del Sinaí, se acurrucó como un mono y miró en derredor suyo, con ojos de gato salvaje.
Había en su fealdad enclenque un carácter tan pronunciado de sufrimiento y de ira, de desdicha y de odio, que estaba casi hermosa y, sobre todo, terrible.
Ante la delgadez de la miserable criatura, casi en cueros, bajo la púrpura sórdida de sus harapos, Lauriana sintió oprimírsele el corazón.
Se estremeció al pensar en el sino de aquella niña, exasperada, sin duda, por la tiranía y los golpes de un mal saltimbanqui, y se alejó unos pasos apoyada en el brazo de su buen Celadón Bois-Doré, quien, sin decirlo, se sentía casi tan entristecido como ella.
Pero Beuvre tenía la corteza más dura y animó a La Fleche a que hiciese hablar al espíritu maligno.
-Vamos, mi bella Pilar -dijo La Fleche, acompañando cada palabra con una mímica llena de amenazas, inteligibles para su víctima; vamos, reina de los diablillos y de los gnomos, hay que hablar. Recoged la moneda que está más cerca de vos.
Pilar permaneció largo tiempo inmóvil, como si fuera a dormir de nuevo; tiritaba de fiebre.
-Vamos, vamos, racimo de horca, estopa de hoguera -prosiguió La Fleche-, recoged esta moneda de oro y os diré dónde está Mario, vuestro bien amado.
-¡Eh! -exclamó el marqués, volviéndose-. ¿Qué dice de Mario?
-¿Quién es Mario? -le preguntó Lauriana.
-¡Silencio! -gritó Beuvre-. El diablo habla, y se trata de vos, vecino.
La niña habló en francés, con un acento pronunciado y una voz chillona:
-Ya he dicho bastante; no quiero decir más -añadió en español.
No se acordaba de su lección. Ni súplicas, ni amenazas lograron devolverle la memoria; era ya bruja y tenía vanidad de su oficio. Conocía el libro mágico mejor que La Fleche y le gustaba profetizar. Pero La Fleche la había irritado por querer enseñarle versos, lo que ella llamaba la otra magia, y el sentimiento de que iba a quedar mal había herido su amor propio.
Movió su cabeza, erizada de cabellos negros como la tinta; pateó y se entregó a una furia de pitonisa.
-¡Está bien, está bien! -exclamó La Fleche, resuelto a sacar partido de todo-. Ya viene; el diablo la entra en el cuerpo; va a hablar.
-Sí -dijo la niña, en español, saltando rabiosamente en el círculo-. Lo sé todo mejor que todos los demás. ¡Eso! ¡Eso! ¡Eso! Lo sé; preguntadme.
-Hablemos en francés -dijo La Fleche-. ¿Qué le ocurrirá al señor a quien pertenece la prenda que tienes en la mano?
Era la del marqués.
-Regocijo y satisfacción -dijo la niña.
-¡Muy bien! Pero ¿cuáles?
-¡Venganza! -contestó ella.
-¿A mí venganza? -dijo Bois-Doré-. No es tal mi carácter.
-No, por cierto -añadió Lauriana mirando a Alvimar a pesar suyo-. El diablo se habrá equivocado de prenda.
-No; no me he equivocado -repuso la gnómida.
-¿De verdad? -dijo La Fleche-. Si estáis muy segura, hablad, diablesa. ¿Entonces pensáis que el noble señor aquí presente tiene que lavar una ofensa?
-¡Con sangre! -contestó Pilar con una energía de artista trágica.
-¡Ay! -dijo el marqués a Lauriana en voz baja-. Desgraciadamente, acaso sea verdad. ¡Ya sabéis, mi pobre hermano!
Y dijo en voz alta:
-Quiero interrogar yo mismo a esta pequeña adivina.
-Habladle señor -contestó La Fleche-. Cuidado, moscardón, y hablad cortésmente a quien vale más que vos.
El marqués dijo entonces dirigiéndose a Pilar con dulzura:
-Vamos, mi pobre niña, ¿qué es lo que he perdido?
Ella contestó:
-Un hijo.
-No riáis, vecino -dijo el marqués a monsieur de Beuvre-; dice la verdad. Era como mi hijo.
Y a Pilar:
-¿Cuándo le he perdido?
-Hace once años y cinco meses.
-¿Y cuántos días?
-Menos cinco días.
-En esto se equivoca -dijo el marqués a Lucilio-. He tenido noticias de él después de la época que dice. Vamos a ver si ve claro en lo demás.
Y dirigiéndose a la niña:
-¿Cómo le he perdido? -preguntó.
-De mala muerte -contestó-; pero tendréis consuelo.
-¿Cuándo?
-Antes de tres meses, tres semanas o tres días.
-¿Qué clase de consuelo?
-De tres clases: venganza, cordura, familia.
-¿Familia? Entonces, ¿seré casado?
-No; seréis padre.
-¿De verdad? -exclamó el marqués sin inmutarse por la carcajada de Beuvre-. ¿Cuándo seré padre?
-Antes de tres meses, tres semanas o tres días.
Un diluvio de bromas de monsieur de Beuvre, dirigidas al marqués, hizo suspender la sesión.
Para que el acontecimiento predicho tuviera lugar antes de tres meses, tres-semanas o tres días, era necesario que tres mujeres «hubieran recibido el encargo».
El pobre marqués sabía tan perfectamente que aquello no había ocurrido, que toda su fe en la magia se enfrió.
Se dejó embromar, protestando de su inocencia, sin desear mucho que la creyesen tan real como lo era.
La niña pidió que la dejaran proseguir sus conjuros para la última prenda.
Era la piedrecita de Alvimar.
Pero, para comprensión de lo que sigue, el lector debe estar enterado de lo que había sido convenido entre Pilar y su amo La Fleche.
Lo que La Fleche sabía y quería hacer saber a Bois-Doré pensaba hacérselo decir a la niña fuera de la presencia de Alvimar.
La niña, por capricho o por ostentación, no quiso cumplir el convenio hecho entre ellos. Quería recitar toda su lección, aun debiendo ella sufrir las consecuencias y debiendo La Fleche perder la vida o la libertad.
Acaso también los peligros que podía atraer sobre él, y que ella no ignoraba, tentaban sus instintos de odio.
Por lo tanto, dijo lo que le parecía, a pesar de los avisos y de las muecas de su amo, que no podía decirle nada en español sin ser comprendido por Alvimar.
Cogió la piedra, examinó los signos que la rodeaban, fingió hacer cálculos, y dijo en español, con una espantosa pasión en la amenaza:
-¡Desdicha, desengaño y desgracia al hombre cuya prenda ha caído sobre la estrella roja!
-¡Bravo! -dijo Alvimar con una risa nerviosa y forzada-. ¡Proseguid, asquerosa criatura! ¡Vamos, vamos, raza de perros, desecho de la tierra, decidnos las sentencias del Cielo!
Pilar, irritada por estos insultos, se puso tan salvaje, que asustó a todos los que la miraban y al mismo La Fleche.
-¡Sangre y crimen! -gritó saltando con gestos convulsos-. ¡Crimen y condenación! ¡Sangre! ¡Sangre y sangre!
-¿Todo eso para mí? -preguntó Alvimar, que no pudo en aquel momento ocultar su terror.
-¡Para ti! ¡Para ti! -gritó la avispa enfurecida-. ¡Y la muerte, el infierno! ¡Pronto, en seguida, antes de tres meses, tres semanas o tres días! ¡Condenado! ¡Condenado! ¡El infierno!
-Basta, basta -dijo Bois-Doré, que casi no entendía el español, pero que vio a Alvimar pálido y casi desfallecido-. Esta niña está poseída por un mal demonio, y acaso es pecado escucharla.
-Sí, señor -contestó Alvimar-; sin duda está poseída del diablo y sus amenazas son vanas y despreciables, porque el infierno no puede nada sin la voluntad de Dios. Pero si yo fuera aquí dueño y justiciero haría encarcelar a este bandido y a esta víbora y los entregaría...
-¡Vaya, vaya! -dijo monsieur de Beuvre-, no hay por qué enfadarse tanto. No sé lo que os ha dicho; pero me sorprende que hayáis acabado de reír. Sin embargo, confieso que los arrebatos de este monillo enfurecido son un espectáculo bastante soso, y veo que asusta a mi hija. Vamos, granuja -dijo a La Fleche-, basta ya. Quedaos con las prendas si todos lo consienten y marchaos con la música a otra parte.
La Fleche no había esperado este permiso para tomar el tole. Tenía mucha prisa de sustraerse a las intenciones bondadosas del español para con él.
La niña Pilar no se inmutó; al contrario: recogió las monedas de plata y oro que habían servido de prendas, y al llegar a la piedra de Alvimar se la arrojó,entre las piernas de despreciativamente.
Él se sintió tan ofendido, que acaso la hubiera tratado como al lobezno si hubiera tenido todavía el arma que empleaba tan pronto y tan bien.
Pero hizo inútilmente un gesto instintivo para cogerla, y Lauriana, que le miraba, se alegró de haberle desarmado. Él cruzó su mirada con la suya y se apresuró a sonreír; luego intentó hablar de otra cosa, y Bois-Doré pidió a Lucilio un poco de música para borrar la mala impresión de la aventura, mientras que La Fleche, llevando la cesta sobre la cabeza, sus instrumentos mágicos debajo del brazo, y tirando con la otra mano de la pequeña sibila, temblorosa, franqueaba presuroso el puente levadizo del castillo.
-Ahora ¿me vas a dar de comer? -preguntó la niña cuando estuvieron en pleno campo.
-No; has trabajado demasiado mal.
-Tengo hambre.
-¡Mejor!
-Tengo hambre y no puedo andar más.
-Entonces, a la jaula.
La volvió a meter dentro de la cesta, a pesar suyo, y se la llevó corriendo.
Los gritos de la desdichada criatura se perdieron sin eco en la inmensa llanura.
-¡Mario! ¡Mario! -lloraba con voz entrecortada-. Quiero ver a Mario. ¡Malo! ¡Asesino! ¡Me habías prometido que me dejarías ver a Mario, que me daba de comer y jugaba conmigo, y a su madre, que impedía que me pegasen. ¡Mercedes! ¡Mario! ¡Venid a buscarme! ¡Matadle! ¡Me hace daño, me pega, me mata, me deja morir de hambre! ¡Condenación sobre él! ¡Muerte y sangre y crimen! ¡El látigo, el fuego y la rueda, el infierno para los malos!
Mientras el gitano huía en dirección del Norte, el marqués emprendió en sentido contrario, con Alvimar y Lucilio, el camino de Briantes.
Estaba impaciente por participar a su fiel Adamas lo que consideraba como un desenlace dichoso de su empresa; aunque se creía en el deber de ahogar algunos suspiros de inquietud o de impaciencia, en gracia de su amor, considerándolo bien, no le desagradaba demasiado tener siete años ante él antes de tomar una nueva resolución matrimonial.
Alvimar estaba de muy mal humor, no sólo por las predicciones, que habían removido su bilis y turbado su cerebro, sino también por la tranquilidad que había manifestado madame de Beuvre al despedirle, mientras que, al ofrecer sus manecitas al marqués, le había prometido alegremente hacerle una visita a los dos días.
«¿Será posible -pensaba- que haya aceptado los dineros de este anciano y que yo me vea suplantado por un rival de setenta años?»
Deseaba interrogar, burlarse, desahogarse.
Pero con Bois-Doré no había medio de entablar la conversación acerca de este asunto.
El marqués tenía un aire de triunfo discreto y modesto, que le hacía redoblar sus atenciones y sus cortesías con su huésped.
Alvimar no pudo vengarse de su derrota más que salpicando cuanto pudo a maese Jovelin, que cabalgaba detrás del marqués.
Apenas llegó al castillo, como la hora de la cena no había llegado todavía, salió a pie para ir a conferenciar con monsieur Poulain.
-Y bien, señor -dijo descalzando a su amo el fiel. Adamas, que en su calidad de ayuda de cámara no salía casi nunca del castillo de Briantes-: ¿hay que pensar en la cena de novios?
-Precisamente, amigo mío -contestó el marqués-. Hay que pensar en ello en seguida.
-¿De veras, señor? Bien segura estaba yo, y me alegro tanto que ya no me conozco. Figuraos, señor, que esa pelirroja que llamáis Belinda, y que más justamente debía llamarse Tisifona...
-Vamos, vamos, Adamas, ¡tenéis muy mal genio! Ya sabéis que no me gusta oír hablar injuriosamente de una persona del sexo débil. ¿Qué ha ocurrido de nuevo entre vosotros?
-Perdón, mi noble señor; pero ocurre que esta mala mujer escucha detrás de las puertas, y está enterada del paso que el señor ha dado hoy. Esta tarde se ha reído como una loca, como esa imbécil de ama del cura.
-¿Cómo lo sabéis, Adamas?
-Lo sé por magia, señor; pero el caso es que lo sé.
-¿Por magia? ¿Desde cuándo os dedicáis a las ciencias ocultas?
-Se lo diré al señor; no tengo nada oculto para él; pero dígnese el señor contarme de qué modo se las ha arreglado para revelar sus sentimientos a la incomparable dama de su corazón, y de qué modo ella le ha contestado. Porque estoy seguro que desde que el mundo es mundo no se ha dicho nada tan elocuente, y quisiera saber escribir tan de prisa como maese Jovelin para transcribirlo al papel a medida que el señor me lo refiera.
-No, Adamas; ninguna palabra saldrá de mi boca, sellada por un juramento de caballero. He jurado no dar a conocer el secreto de mi felicidad. Lo único que puedo decirte, amigo mío, es que te regocijes con tu amo en el presente y que esperes con él en el porvenir.
-Entonces, señor, es cosa decidida y...
Adamas fue interrumpido por un ruido como el de un gato arañando la puerta.
-¡Ah! -dijo después de haber ido a mirar-. Es el niño, que desea deciros buenas noches. Vete, amiguito mío; monseñor te verá más tarde; ahora está ocupado.
-Sí, sí, Adamas, que vuelva. ¡No es ocasión ahora! No sé qué ideas de paternidad me pasaron ayer por la cabeza. ¡Qué vulgaridad! No, no; ya no soy el solterón que quería casarse cuanto antes para ordenar su vida. Soy joven, Adamas; sí, soy un joven enamorado, un jovenzuelo tiernamente condenado a dar pruebas de constancia, a suspirar y a hacer versos; en una palabra: a esperar, con los tormentos y las delicias de la esperanza, la voluntad de mi soberana.
-Si no comprendo mal -dijo Adamas-, ¿esta celosa divinidad desconfía algo del carácter voluble de mi amo y exige que renuncie a toda aventura galante?
-Sí, sí; eso es, Adamas. ¡Debe de ser eso! Un poco de desconfianza. ¡Es el justo castigo de mi loca juventud! Pero sabré tan bien probar mi sinceridad... Mira quién está en la puerta. Otra vez arañan.
-¡Cómo! -dijo Adamas a Mario con seriedad, entreabriendo un poco la puerta-. ¿Sois vos otra vez, diablillo? ¿No os he dicho que esperéis?
-He esperado -contestó Mario con su voz dulce y acariciadora hasta en las travesuras-. Me habéis dicho: «Vete y vuelve.» He ido al final de la otra habitación y ya estoy de vuelta.
-¡Es gracioso! -dijo el marqués-. Déjale entrar. ¡Hola! Amiguito, ven a darme un beso y luego juega tranquilamente con Fleurial. Tengo que tratar asuntos serios con el buen señor Adamas. Vamos a ver, Adamas, pasado mañana recibo a mi incomparable vecina; hay que pensarlo; se trata de una comida sin cumplidos; a lo sumo, catorce platos.
-Los tendremos, señor. ¿Queréis que llame al cocinero mayor?
-No; no me gusta ordenar, y, por muy limpias que sean las gentes de cocina, siempre huelen a guisado. Ayúdame a imaginar...
-¿Qué es este cuchillo? -dijo Mario, a quien el marqués, bondadoso y bastante distraído, tenía entre sus piernas, dejándole registrar sus bolsillos.
-Nada, nada -dijo Bois-Doré, queriendo recuperar la prenda que Lauriana le había dado-. Devuélveme esto, amiguito; los niños no tocan estas cosas. Muerde, ¿sabes? Vamos, devuélvemelo.
-Sí, sí, tenedlo -dijo Mario-; pero ya he visto lo que hay escrito y ya sé de quién es.
-¡No sabes lo que dices!
-Sí que lo sé; digo que es del señor español a quien llamáis Villarreal ¿Os lo ha regalado?
-¡Vamos! ¿Qué cuentas? ¡Estás soñando!
-No, buen señor; he visto la divisa que hay en la hoja: está en español y yo la conozco muy bien; mi madre Mercedes tiene un puñal igual, con la misma divisa.
-¿Y qué significa esta divisa?
-Sirvo a Dios. S. A.
-¿Y qué significa. S. A?
-Deben de ser las iniciales de la persona a quien pertenece el puñal. Así las graban, formando un calado, cerca del mango.
-Ya lo sé; pero ¿por qué dices que este puñal proviene del señor español que se llama Villarreal?
El niño no contestó y pareció confuso.
No se encontraba bajo la mirada vigilante y desconfiada de la morisca. Había hablado más de lo que sabía y se acordaba demasiado tarde de sus recomendaciones.
-Señor -dijo Adamas-, los niños hablan a veces por hablar y sin saber lo que dicen. Hablemos nosotros del gran asunto. Vuestro guarda, el padre Andoche, ha traído hoy una cantidad de roscones tan gordos...
-Sí, sí, tienes razón, amigo mío; hablemos de la comida. Sin embargo, no sé... Me pregunto ¿cómo tenía ella en el bolsillo de su falda este puñal español?
-¿Quién, señor?
-Ella, ¡pardiez! ¿De qué otra persona podría yo hablar?
-Es justo; perdón, señor. Hablemos del puñal.
Yo creía que era efectivamente un regalo de monsieur de Villarreal, o que os lo había prestado, porque es verdad que de él proviene. Estas dos letras, S. A., están sobre sus demás armas, que son muy hermosas; me he fijado en ellas esta mañana, mientras que su criado las limpiaba.
El marqués cayó en una meditación.
¿Cómo tenía Lauriana el puñal de Villarreal? Él se lo había regalado, pues que ella había dispuesto del arma como de cosa propia.
Por mucho que buscase en la genealogía de los Beuvre, no encontraba ningún nombre al que pudieran corresponder las iniciales S. A.
«¿Será -pensaba- que haya hecho primero con él el mismo pacto que ha hecho conmigo?»
Pero se consoló pensando que, aparentemente, hacía poco caso del primero, puesto que le había sacrificado su prenda; a pesar de todo, había en aquello algo incomprensible, y el buen marqués no estaba todavía bastante loco para no temer haber sido objeto de alguna burla.
Además, lo que había dicho el niño complicaba la perplejidad de su espíritu, y ya no sabía qué intriga del destino o qué mixtificación rodeaba aquel puñal.
Sintió deseos de ir en el acto a explicarse con su huésped; pero se acordó de que Lauriana le había ordenado que ocultase su prenda y no la dejase ver a nadie.
Adamas vio la preocupación sobre la frente de su amo y se conmovió.
-¿Qué ocurre, señor -le dijo-, y qué puede hacer vuestro pobre Adamas para sacaros de dudas?
-No sé, amigo mío. Quisiera adivinar cómo es que la morisca tiene un arma como ésta, con la misma divisa y las mismas iniciales.
Luego añadió, bajando la voz para que Mario no lo oyese:
-Me habías dicho, y a mí me pareció, que esa mujer era muy honrada. Sin embargo, parece ser que ha hurtado ese objeto a nuestro huésped. No puedo sufrir que se robe en mi casa.
Adamas compartió en seguida las sospechas de su amo, tanto más cuanto que Mario, sintiendo que había hablado ligeramente, se deslizaba de puntillas fuera del cuarto, para escapar a más preguntas. Adamas le retuvo.
-Nos habéis contado un cuento, mi bello amigo -le dijo-, y por eso merecéis perder los favores de mi señor amo. No es verdad que vuestra Mercedes posee lo que decís, o entonces...
El marqués le interrumpió, no queriendo que formulase la acusación delante del niño:
-¿Hace mucho -le preguntó- que tu madre tiene ese puñal, hijo mío?
El niño había vivido algún tiempo con los gitanos y, por lo tanto, sabía lo que era robo. Además, estaba dotado de una agudeza extraordinaria. Comprendió qué sospecha había atraído sobre su madre adoptiva y prefirió desobedecerla a no justificarla.
-Sí -contestó-; hace mucho.
Y ante su aire de seguridad y de fuerza, el marqués y Adamas comprendieron que tenían el medio de hacerle hablar.
-Entonces, ¿monsieur de Villarreal se lo había dado? -preguntó Adamas.
-¡Oh, no! Le había dejado...
-¿Dónde? -preguntó el marqués-. Vaya, niño, hay que decirlo, o si no, ya no tendré confianza en vos. ¿Dónde lo había dejado?
-¡En el corazón de mi padre! -contestó Mario, cuyo rostro se animó extraordinariamente.
Necesitaba desahogarse; aquel misterio le pesaba, y después de haber dicho la primera palabra ya no se podía callar.
-Adamas -dijo el marqués, sobrecogido por una emoción repentina-, cierra las puertas; y tú, hijo mío, ven aquí y habla. Estás entre amigos; no temas nada; te defenderemos, te haremos justicia. Dime todo lo que sabes de tu familia.
-Pues bien -dijo el niño-; si me queréis, hay que castigar a monsieur de Villarreal, porque es el que asesinó a mi padre.
-¿Asesinado?
-Sí; Mercedes lo ha visto.
-¿Cuándo?
-El día en que yo llegué al mundo; el día en que murió mi madre.
-¿Y por qué le asesinó?
-Para coger mucho dinero y alhajas que tenía mi padre.
-¡Ladrón y asesino! -dijo el marqués, mirando a Adamas-. ¡Un noble! ¡Un amigo de Guillermo de Ars! ¿Es esto creíble?
-Señor -dijo Adamas-, los niños cuentan muchas cosas, y me parece que éste se está burlando de nosotros.
El rubor incendió las mejillas de Mario.
-¡No miento nunca! -exclamó con una energía conmovedora- Monsieur de Anjorrant lo decía siempre: «Este niño no es embustero.» Mi Mercedes me ha dicho que no hay que mentir nunca, sino callar cuando no se quiere contestar. Ya que me hacéis hablar, digo la verdad.
-¡Tiene razón! exclamó el marqués-. Y ya veo que este precioso niño tiene una alma noble. Háblame; te creo. Dime cómo se llamaba tu padre.
-¡Ah! Eso no lo sé.
-¿Por vuestro honor, amiguito?
-¡Por la verdad? -contestó el niño-. Lo único que sé es que mi madre se llamaba María, y por eso, al bautizarme, monsieur Anjorrant me ha dado el nombre de Mario.
-Pero Mercedes ha dicho, me acuerdo muy bien -observó Adamas-, que esa señora había entregado al cura un anillo de boda; también ha hablado de un sello.
-Sí -contestó Mario-; el sello provenía de mi padre, y tenía armas; pero nos lo han robado hace poco. En cuanto a la sortija, nunca monsieur Anjorrant ni mi Mercedes, aunque es muy mañosa, ni yo, ni nadie, la ha podido abrir. Sin embargo, hay algo dentro. Mi madre, que murió sin decir más que su nombre de pila, María, hizo seña al cura de que abriese el anillo. Ella no tenía fuerzas para hacerlo; pero él, él no sabía.
-Ve a buscarlo -dijo el marqués-; acaso sepamos nosotros.
-¡Oh, no! -contestó Mario asustado-; mi Mercedes no querrá, y si se entera de que he hablado tendrá mucha pena.
-¿Pero, en fin, por qué se oculta de nosotros que podemos ayudarla a encontrar a tu familia?
-Porque cree que atenderéis al español y que él la matará si se entera de que le ha reconocido.
-¿Y él no la conoce?
-No la ha visto nunca, puesto que ella estaba escondida.
-¿Ella le ha vuelto a ver alguna vez desde aquel terrible asunto?
-No, nunca.
-¿Y después de pasados diez años, cree estar segura de reconocerle? Es bastante dudoso.
-Dice que está segura; que el español no ha envejecido casi nada, que está vestido de negro como entonces; y también está segura de que su viejo criado es el mismo. ¡Oh! Los ha mirado mucho. Cuando, hace tres días, los hemos encontrado cerca de otro castillo que no está lejos de aquí...
-¡Ah, sí! A ver -dijo el marqués-, cuéntame cómo los has encontrado.
-Él iba con un señor hermoso y bueno, que desde entonces os he oído llamar Guillermo al hablar de él. Este señor había dado mucho dinero a los gitanos, con los que estábamos.
Y de pronto, al ver que el español ponía cara malo y me quería pegar, Mercedes me dijo:
-¡Es él! Mira: ¡es él!; y el otro, el viejo criado, ¡es él también!
Y corrió detrás de ellos para verlos, hasta que monsieur Guillermo nos dijo que le molestábamos. Entonces Mercedes dijo a uno de los gitanos que le preguntase su nombre y el de su amigo, a fin de rezar por ellos. Pero monsieur Guillermo se rió de nosotros, y los gitanos prosiguieron su camino por otro lado.
Entonces mi Mercedes los dejó marchar, y me dijo:
-Te aseguro que los asesinos de tu padre son nuestros. Tenemos que saber sus nombres.
Entonces retrocedimos; fuimos a pedir al castillo de la Motte y, como no nos hacían mucho caso, Mercedes me mandó escuchar lo que decían los criados y los aldeanos; y así nos enteramos de que el español iba a vivir en casa del marqués, porque el marqués había mandado por su carroza y había ordenado que se dispusiese en su castillo la habitación de honor para un forastero.
Y luego hablamos con una pastora que hay por allí.
Nos dijo:
-El marqués es muy bueno. Podéis pasar la noche en su casa; él os favorecerá. Allí está su castillo.
Entonces vinimos aquí en seguida, y ayer mismo, por la mañana, vimos al asesino de mi padre, ¡a los dos asesinos! Y he visto las letras sobre las pistolas y sobre la espada que tenía el criado, y he dicho a Mercedes:
-Enséñame el cuchillo malo que ha matado a mi pobre papá; me parece que tiene las mismas letras.
-¿Y estás seguro? -preguntó el marqués.
-Estoy completamente seguro; y si Mercedes os lo quiere enseñar, lo veréis vos mismo.
-¿Dónde está Mercedes ahora?
-Con monsieur Jovelin, a quien quiere mucho porque se ha arrojado al agua por mí.
-Es absolutamente necesario, que Jovelin le arranque su secreto -dijo el marqués a Adamas-; ve a buscarle para que le hable.
Adamas salió y volvió a decir que Jovelin iba a venir.
Le había encantrado en una animada conferencia con la morisca: ella, hablando árabe; él, escribiendo todo lo que ella decía y haciendo muchos gestos que ella parecía comprender.
-Me ha hecho seña de que no se podía interrumpir -añadió Adamas-; me parece, señor, que, por persuasión y dulzura, le está haciendo confesar la verdad. No le molestemos. Él escribe de prisa; pero ella no lee muy bien, ni aun en su idioma, y maravilla el ver cómo él se da a entender con los ojos y las manos. Tened paciencia, señor; vamos a saber algo.
Esperaron un cuarto de hora, que al marqués le pareció un siglo.
El tiempo pasaba; la primera campanada de la cena había dado ya. Acaso iba a ser inevitable encontrarse de nuevo frente a Villarreal sin haber esclarecido nada.
Bois-Doré se hallaba presa de una viva agitación. Se levantaba, se sentaba y decía palabras sin sentido que intrigaban mucho a Adamas.
Mario, creyendo que estaba enojado con él, permanecía en un rincón, pensativo y asombrado.
Fleurial, viendo la ansiedad de su amo, le miraba fijamente siguiendo todos sus pasos y gemía de vez en cuando, volviendo la cabeza como para decirle: «¿Pero qué os ocurre?»
Al fin, Adamas se atrevió a preguntar:
-Señor: tenéis una idea que ocultáis a vuestro servidor, y de esta manera hacéis que vuestra pena le sea aún más dolorosa. Hablad, señor; hablad a Adamas como si hablarais con un mueble; sabéis que no ha de repetir nada, y esto os aliviará.
-Adamas, -contestó Bois-Doré-, temo estar loco, porque hay en este niño y en la historia que nos cuenta algo que me conmueve más de lo natural. Debes saber que hoy unos gitanos me han dicho mi destino, y ha habido en su predicción palabras muy obscuras, pero que, sin embargo, pueden explicarse por el interés que siento hacia este pobre niño. Entre otras cosas extrañas, me han dicho que seré padre antes de tres meses, tres semanas o tres días. Te juro, Adamas, que no puedo contar con ninguna paternidad directa en tan breve plazo; por lo tanto, es evidente que seré padre por adopción. Pero otra palabra de esta predicción me preocupa aún más; y es que me han revelado la muerte de mi hermano, señalándola exactamente con la misma fecha que la morisca indica para el asesinato del padre de este niño. ¿Cómo explicar esto? La maga hablaba con palabras veladas y simbólicas; pero me ha dicho claramente esta fecha, haciendo el cálculo de los años, de los meses y de los días que han pasado desde entonces. Y yo, al volver aquí, hice el mismo cálculo y vi que esta fecha corresponde al cuarto día, después de la muerte de nuestro buen rey Enrique. Ven aquí, Mario; ¿no has dicho cuatro días?
-Pero, señor -observó Adamas-, ¿no habéis dicho vos mismo ayer que la última carta del señor Florimond estaba fechada el día 16 de julio y en la ciudad de Génova?
-Es verdad, amigo mío; pero al escribir puede uno equivocarse de fecha y poner un mes por otro. ¡Eso le ocurre a cualquiera!
-Pero, señor, ¿la ciudad de Génova no está en Italia y muy distante del lugar en que este niño coloca la muerte de su padre?
-Sin duda, amigo mío. Violento la lógica de las cosas para explicar las palabras de la adivinadora; es una fantasía, y te permito que me reprendas. Sin embargo, abre el bargueño donde están guardadas las queridas reliquias de mi hermano y su última carta, que he leído tantas veces sin jamás comprender el sentido de lo que dice.
-¡Por Dios, señor! -dijo Adamas abriendo el cajón y presentando la carta a su amo-. Ya habéis comprendido perfectamente y adivinado todo lo ocurrido. El señor Florimond os daba muy pocas noticias suyas a causa de las grandes ocupaciones secretas que tenía en las cortes de Italia, adonde le enviaba su amo, el duque de Saboya. Os hablaba de sus viajes, sin deciros qué finalidad tenían porque se lo prohibía la política que servía y que no era siempre la vuestra. Esta última carta os anuncia viajes distintos de los que acababa de hacer, y he aquí lo que os dice: «Si no oís hablar de mí de aquí al otoño, no os preocupéis. Mi salud es buena y mis asuntos personales no se hallan en mala situación.» La fecha es auténtica, puesto que empieza diciendo: «Señor y muy amado hermano: Habéis debido de recibir mi carta de enero último; después de estos cinco meses transcurridos...»
-Sé todo eso, Adamas; lo sé de memoria, y, no obstante, cuando estuve en Italia en el año 1611, para informarme en persona de mi pobre hermano, del que ya no oía hablar, me dijeron que no había vuelto de Roma, donde había ido en misión quince meses antes; me trasladé a Roma, y allí me dijeron que hacía más de dos años que no le habían visto.
He recorrido toda Italia hasta 1612, sin encontrar ningún vestigio ni huella alguna de él, hasta tal punto que me imaginaba habría emprendido viaje a las Indias de Oriente o de Occidente por su propia cuenta y que un día le vería volver. Pero al fin me he visto obligado a tener por seguro que había sido muerto violentamente por los bandidos que infestan Italia o que había perecido en alta mar en algún naufragio. No había realizado gran fortuna estando al servicio del Saboyano, aunque él no se haya quejado nunca, y supongo que nadie le acompañaría en sus andanzas. En fin, he perdido la esperanza de volverle a ver; pero no la de descubrir su suerte y de vengarle si ha muerto traidoramente.
Mientras que el marqués y Adamas conversaban en estos términos, Mario, de quien ya no se ocupaban, se había deslizado tras la butaca de Bois-Doré.
Escuchaba lo que decían y miraba con atención la carta que el marqués tenía entre las manos. Como hemos dicho, sabía leer muy bien, incluso la letra manuscrita; pero se hallaba presa de una gran ansiedad, temiendo equivccarse y que le acusasen de nuevo de hablar sin reflexión.
Al fin creyó tener suficiente seguridad, no sólo por la letra, sino también por los giros de la carta y las particularidades de su contenido.
Exclamó:
-¡Esperad!
Y salió, lleno de resolución y de alegría, sin que el marqués, absorto en sus reflexiones, le hiciese mucho caso.
Mario conocía ya la alcoba de maese Jovelin, y encontró a su madre, que salía de ella sin haber consentido en enseñar los objetos de los que era la guardadora celosa y desconfiada.
A Lucilio le había chocado, lo mismo que al marqués, la coincidencia de la fecha grabada en la memoria del niño por el abate Anjorrant con la de la muerte de Florimond, según indicaba la gitanita.
Lucilio no creía en la magia; pero como el nombre de Mario, pronunciado por La Fleche, le había llamado igualmente la atención, temía que el marqués fuese víctima de alguna truhanería.
Empezaba a sospechar hasta de la misma morisca, y al regresar al castillo su primer cuidado había sido llamarla para interrogarlo por escrito con mucha precisión y severidad. Exigía que le enseñase la sortija y la carta de monsieur Anjorrant, de que había hablado. Y aunque la pobre mujer sentía mucho respeto y simpatía hacia él, su insistencia le hizo temer la intervención indirecta de Alvimar en el interrogatorio y se encerró en un silencio lleno de angustia. Al ver a Mario, su corazón herido exhaló la queja que no se atrevía a dirigir a Lucilio.
-Ven, pobre hijo mío -le dijo-; nos echan de aquí porque nos acusan de querer engañar y de haber inventado una historia que dicen no es verdad. Ven; vámonos pronto, para que vean que no pedimos ayuda más que a Dios y a nosotros mismos.
Pero Mario le detuvo.
-Basta ya de desconfianza -le dijo, madre: hay que hacer lo que nos dicen. ¡Dame la carta; dame la sortija! Son mías; las quiero en seguida.
La energía del niño impresionó a Lucilio, y la morisca, estupefacta, guardó unos instantes de silencio. Mario no le había hablado nunca en tal forma; nunca ella había sentido en él el menor asomo de independencia y ¡ahora ordenaba con autoridad!
Sintió miedo; creyó en algún prodigio; toda la fuerza de su carácter se derrumbó ante una idea fatalista. Sacó de su cintura la escarcela de piel de cordero, en la que había cosido los preciosos objetos.
-No basta, madre -dijo aún Mario-; necesito el cuchillo también.
-¡No te atreverás a tocarlo, hijo! Es el cuchillo que ha matado a...
-Lo sé; ya le he visto; quiero mirarle más. Tengo que tocarle, y le tocaré. ¡Dámelo!
Mercedes entregó el cuchillo y dijo juntando las manos:
-Si es el espíritu contrario el que hace obrar y hablar a mi hijo, estamos perdidos, Mario.
Él no la escuchó, y, apoyando el saquito de piel sobre la mesa de Lucilio, le descosió rápidamente con el puñal. Sacó la sortija, que se puso en el pulgar, y la carta del señor abate Anjorrant a monsieur de Seuilly, de la que hizo saltar el sello y la cinta, con gran consternación de Mercedes.
Hecho esto, abrió la misiva, sacó un papel manchado, le besó y le miró con detenimiento. Luego exclamó:
-¡Ven, madre! ¡Venid, señor Jovelin!
Se precipitó en la escalera, entró en el cuarto del marqués, le quitó impetuosamente de las manos la carta, que Bois-Doré seguía comentando, comparó las escrituras, dejó entre las manos de Adamas todo lo que llevaba: cartas, sortija y puñal; se abalanzó a las rodillas del marqués y, echándole los brazos al cuello, se puso a besarle con tal fuerza, que el buen señor quedó como ahogado por un momento.
-Vamos, vamos -dijo Bois-Doré, algo enojado por aquella familiaridad que no esperaba y que había comprometido gravemente sus rizos-; no es hora de jugar así, amiguito mío; os tomáis unas libertades...
El marqués se interrumpió al ver que Mario sollozaba.
El niño había obedecido a una inspiración: había tenido la fe; pero el espíritu de los demás no camina tan deprisa como el suyo, y ahora sentía que la duda y la vergüenza le volvían. Había desobedecido a Mercedes, que lloraba y temblaba.
Lucilio le miraba con una atención que le intimidaba; el marqués rechazaba su abrazo apasionado, y Adamas, estupefacto, no parecía muy seguro de la semejanza de las escrituras al compararlas.
-Vamos, no lloréis más, hijo mío -dijo el marqués agitado, cogiendo de las manos de Adamas la carta de su hermano y el papel chafado y usado que Mario había traído-. ¿Qué tienes, Adamas, y por qué tiemblas así? ¿Qué es este papel manchado de negro? ¡Gran Dios! ¡Son huellas de sangre! Acerca la bujía, Adamas; a ver... ¡Amigos míos!... ¡Santo Dios!... ¡Jovelin! ¡Adamas! ¿Qué es esto? ¿No estoy alucinado? ¿Es la letra, la verdadera letra de mi hermano querido? Y esta sangre... ¡Ah! Amigos míos, es bien doloroso de ver... Pero... Mario, ¿dónde has cogido esto?
-Leed, leed, señor -exclamó Adamas-; cercioraos bien...
-No puedo -dijo el marqués, que se puso pálido-; mi corazón desfallece. ¿De dónde viene este papel?
-Se ha encontrado sobre mi padre -dijo Mario recobrando valor-; ved si no es una carta para vos. Monsieur Anjorrant ha hecho que la leyera varias veces; pero no lleva vuestro nombre, y nunca hemos sabido a quién dirigirla.
-¡Tu padre! -repitió el marqués como saliendo de un sueño-. ¡Tu padre!...
-¡Pero leed, señor! -exclamó Adamas-. Aseguraos.
-No; todavía, no -dijo Bois-Doré-. Si estoy soñando, no quiero desengañarme. Déjame imaginarme que este hermoso niño... Ven aquí, a mis brazos... Y tú, Adamas, lee si puedes. ¡Yo no sabría!...
-Leeré yo -dijo Mario-; seguid con los ojos.
Y leyó:
«Señor y muy amado hermano:
No hagáis caso de la carta que recibiréis después de ésta, y que he escrito desde Génova con fecha 16 del mes próximo, en previsión de que una ausencia larga y peligrosa os hiciera temer por mi vida, así como también para evitar que preguntéis por mí en este país, donde no quería que mi ausencia fuese advertida.
Como, gracias a Dios, heme aquí más pronto y más afortunadamente de lo que yo esperaba, y fuera de pena y de peligro, os quiero enterar hoy mismo de mis aventuras, que al fin os puedo contar sin disimulo ni reserva, aunque guardando los detalles para el momento, muy próximo y muy deseado, en que me hallaré junto a vos con mi estimada esposa, y, si Dios lo permite, con el niño que dentro de pocos días dará a luz.
Por hoy, os bastará con saber que, casado secretamente en España, el año pasado, con una bella y noble dama, contra la voluntad de su familia, he tenido que abandonarla por el servicio de mi príncipe y volver, no menos secretamente, a reunirme con ella, para sustraerla a la severidad de sus parientes y conducirla a Francia, donde hoy, por fin, hemos llegado, merced a precauciones y disfraces.
Pensamos detenernos en Pau, desde donde os enviaré esta carta, en espera de la que os anunciará, si el cielo le permite, el feliz alumbramiento de mi mujer, y donde tendré el tiempo que ahora me falta para contaros...»
Aquí la carta había sido interrumpida por algún hecho imprevisto.
Había sido doblada y llevada en la casaca del viajero, probablemente para ser terminada y lacrada en Pau, y para ser allí confiada a los mensajeros que en aquella época hacían, bien o mal, el servicio de correspondencia en las ciudades de cierta importancia.
Bois-Doré lloró mucho al escuchar esta carta, que, leída por Mario, conmovía aún más hondamente su corazón.
-¡Ay! -exclamó-. Yo le acusaba a menudo de olvidadizo, y él pensaba en mí desde el primer día que tuvo alegría y seguridad. Sin duda se disponía a venir para confiarme su mujer y su hijo, y yo no hubiera vivido solo y sin familia, ¡Descansa en paz en el seno de Dios, pobre amigo mío! ¡Tu hijo será el mío, y en mi dolor, por haberte perdido tan cruelmente, tengo al menos el consuelo de besar tu viva imagen! Porque este niño tiene su aire y su gracia, amigo Jovelin, y desde el primer momento en que le vi he sentido conmoverse mi corazón. Y ahora, Mario, besémonos como tío y sobrino que somos o, mejor dicho, como padre e hijo que debemos ser.
Esta vez el marqués no se preocupó de su peluca, y besó a su hijo adoptivo con tal efusión, que cambió en alegría los dolorosos recuerdos evocados por la carta de Florimond.
Pero Mercedes, desesperada por la sospecha de Lucilio, tenía empeño en hacer comprobar la verdad en todos sus detalles.
-Dale esa sortija -dijo a Mario-; acaso puedan abrirla, y así conoceremos el nombre de tu madre.
El marqués cogió el grueso anillo de oro y lo volvió en todos sentidos; pero él, el hombre de los inventos y de los secretos, no logró encontrar el medio de abrirlo.
Ni Jovelin ni Adamas fueron más hábiles, y tuvieron que renunciar provisionalmente.
-¡Bah! -dijo el marqués a Mario-. No nos preocupemos. De lo que no puedo dudar es de que eres el hijo de mi hermano. Según su carta, perteneces a una familia más noble que la nuestra; pero necesitamos conocer a tus antepasados españoles para quererte y alegrarnos por tenerte a nuestro lado.
Mercedes seguía llorando.
-¿Qué lo pasa a esa pobre morisca? -preguntó el marqués a Adamas.
-Señor -contestó-, no comprendo lo que dice a maese Jovelin, pero veo que teme no poderse quedar junto a su niño.
-¿Y quién se lo impediría? No seré yo, después de deberle tanta alegría y tanto agradecimiento. Venid acá, buena morisca, y pedidme lo que queráis. Si no deseáis más que una casa, fincas y rebaños, y servidores, incluso un buen marido a vuestro gusto, ¡lo tendréis todo o perderé mi nombre!
La morisca, a quien Mario tradujo estas palabras, contestó que no deseaba más que trabajar para vivir, pero en un lugar en el que pudiera ver todos los días a su querido Mario.
-¡Concedido! -dijo el marqués, tendiéndole las manos, que ella cubrió de besos-. Os quedaréis en casa, y si os place ver a mi hijo a todas horas, me alegraré; porque, ya que le queréis tanto, no le cuidará otra mujer que vos. Vaya, amigos míos, felicitadme por el gran consuelo que me llega, y que, según sabéis, maese Jovelin, está en todo conforme con la predicción.
Dicho esto, abrazó a Lucilio, e incluso, por la primera vez en su vida, al fiel Adamas, que apuntó este hecho glorioso con letras de oro en sus Memorias.
Después el marqués cogió a Mario en sus brazos, le colocó sobre la mesa, en medio de la habitación, y alejándose unos pasos se puso a contemplarle como si no le hubiese visto nunca.
Era su bien, su heredero, su hijo, la mayor alegría de su vida.
Le examinaba de pies a cabeza, como si hubiera sido un cuadro o un mueble magnífico, y sonreía con una mezcla de ternura, de orgullo y de puerilidad, y como ya se sentía padre y no quería inspirar a la noble criatura una vanidad ridícula, se tragaba sus exclamaciones, contentándose con hacer brillar sus hermosos ojos negros, enseñar sus enormes dientes blancos y volver con satisfacción la cabeza a derecha e izquierda, como para decir a Adamas y a Lucilio: «¡Eh! ¡Vaya un mozo! ¡Qué aire, qué ojos, qué talle, qué gentileza, qué hijo!»
Sus dos amigos compartían su alegría y Mario soportaba el examen con un aire tierno y tranquilo, que parecía decir: «Podéis mirame, no encontraréis nada malo en mí.» Pero parecía decir especialmente al anciano: «Puedes quererme con toda tu alma, que yo sabré corresponderte.»
Y cuando el examen hubo terminado, se abrazaron de nuevo, como si se hubieran querido devolver en un beso todos los besos de que se habían visto privadas la infancia del uno y la vejez del otro.
-Ya veis, mi gran amigo -dijo en su alegría el marqués a Lucilio-, que no hay que burlarse de los adivinos, cuando nos predicen nuestros destinos por los astros. Sin embargo, creéis que nuestro planeta...
El buen marqués hubiera querido exponer cualquier sistema a su manera, en el que la astronomía, que le encantaba, se hubiese unido a la astrología, que le encantaba aún más. Pero Lucilio le interrumpió con un billete, en el que le instigaba a concertar con él los medios para descubrir a los asesinos de su hermano.
-Tenéis mucha razón -dijo Bois-Doré-; y, sin embargo, en este día de alegría incomparable me duele pensar en castigos; pero es mi deber, y, si queréis, vamos a hablar de ello. Ve, Adamas; corre a decir a monsieur de Villarreal que le ruego disculpe un momento de retraso en la cena; y, sobre todo, no hagamos todavía que se sepa nada del advenimiento ocurrido en la casa... Vamos, ve, amigo... ¿Qué estás haciendo? -añadió, al ver que Adamas se miraba en un espejo de gran tamaño, encuadrado con un marco con rejilla de oro, y se hacía a sí mismo muecas extrañas.
-Nada, señor -contestó Adamas-; estudio mi sonrisa.
-¿Y puede saberse con qué objeto?
-¿No es oportuno, señor, que estudie una expresión traidora para hablar con ese traidor?
-No, amigo mío; porque antes de creerle tal, hay que examinar mejor las cosas, y esto es lo que vamos a hacer.
En aquel momento Clindor llamó a la puerta.
Anunciaba que monsieur de Villarreal se hallaba indispuesto y deseaba no abandonar su habitación.
-Tanto mejor -dijo el marqués a Adamas-; iré a visitarle. Después instruiremos su proceso entre nosotros.
-No iréis solo, señor -dijo Adamas-. ¿Quién sabe si su enfermedad no es fingida, y si, advertido por su conciencia, ese granuja no os quiere hacer caer en alguna trampa?
-Estás divagando, mi querido Adamas. Si ha matado a mi pobre hermano, seguramente ignora su nombre, puesto que está sin inquietud en mi casa.
-¡Pero mirad el puñal, mi querido amo! Todavía no habéis examinado esta prueba...
-¡Ay! -dijo Bois-Doré-. ¿Crees tú que le puedo examinar fríamente?
Lucilio aconsejó al marqués que viese a su huésped antes de haber esclarecido nada, a fin de hallarse bastante sosegado para ocultarle las sospechas que de él tenía.
Adamas dejó pasar al marqués; pero se deslizó tras de él hasta la puerta de la habitación del español.
Alvimar estaba, efectivamente, enfermo. Era propenso a jaquecas nerviosas muy fuertes, provocadas por cualquier acceso de ira, y aquel día había tenido más de uno.
Dio las gracias al marqués por su solicitud y le suplicó que no se ocupase de él. No necesitaba más que dieta, silencio y reposo hasta el día siguiente.
Bois-Doré se retiró, después de recomendar a Belinda que cuidase discretamente de que su huésped no careciese de nada, y aprovechó la visita para examinar la cara del viejo Sancho, al que aun no habían prestado atención.
El antiguo porquero era alto, delgado y pálido, huesudo y fuerte; se hallaba sentado en el ancho alféizar de la ventana y, aprovechando los últimos calores de la tarde, leía un libro ascético, del que no se separaba nunca y que no comprendía. Su principal ocupación, y al parecer su único placer, era articular con los labios las palabras de aquel libro y recitar maquinalmente el rosario.
Bois-Doré observaba con el rabillo del ojo, ora al amo, echado sobre su cama con aire abatido, ora al servidor apacible, austero y piadoso, cuyo perfil monacal se dibujaba sobre la vidriera.
-¡No pueden ser salteadores de caminos! -pensaba-. ¡Qué demontres! Este joven pálido y fino con la mirada dulce como la de una damisela... Bien es verdad que hace un rato, cuando se enfadó con los gitanos, y ayer, cuando clamaba contra los moriscos, no tenía el aire tan benigno como de costumbre. Pero este viejo escudero con barba de capuchino, leyendo su libro de devoción con tanto recogimiento... Bien es verdad que nada se parece tanto a un hombre honrado como un granuja conocedor de su oficio, ¡Vaya! Mi penetración resulta insuficiente, y es menester pesar los hechos.
Regresó al pabellón destinado a sus habitaciones y en el que cada piso se componía de una pieza espaciosa y otra más pequeña: en la planta baja estaba el comedor y un cuarto para el servicio de la mesa; en el primero, la sala y un saloncitco; en el segundo, la alcoba del castellano y otro saloncito; en el tercero, la sala principal, llamada Sala de Verduras y que Adamas llamaba a veces Sala de Justicia; en el cuarto, habitaciones vacías y todavía sin terminar.
En el edificio reciente, adosado al flanco de este pabellón, se hallaban las alcobas de Adamas, de Clindor y de Jovelin, comunicando con las habitaciones de la gran casa. Este era el nombre que, sin intención irónica, daban en el pueblo al pabelloncito del marqués.
Bois-Doré encontró a su gente reunida en la Sala de Verduras, y sólo entonces recordó que, en medio de la emoción general, la morisca había entrado en su alcoba. Agradeció a Adamas el haber trasladado la conferencia fuera de su santuario. Vio a Jovelin, ocupado en escribir, y, sin querer molestarle, se sentó y leyó la carta dirigida por el abate Anjorrant a monsieur de Sully con objeto de facilitarle el descubrimiento de la familia de Mario.
Aquella carta había sido escrita poco tiempo después de la muerte de Florimond, e ignorando monsieur Anjorrant la muerte de Enrique IV y la desgracia de Sully, no había llegado a su destino. La que tenía el marqués era una copia que el abate había conservado y legado a Mario con la carta sin terminar de Florimond. Esta carta del abate o, mejor dicho, esta Memoria contenía detalles precisos sobre el asesinato del falso buhonero que Mercedes había relatado al abate y que, por varios indicios, habían confirmado.
En todo aquello nada revelaba la supuesta culpabilidad de Alvimar y de su criado. Los asesinos no habían sido descubiertos. Bien es verdad que los dos estaban descritos bastante fielmente en las declaraciones de la morisca, consignadas en la Memoria; pero esta mujer, que aseguraba ahora reconocerles, podía muy bien equivocarse y su acusación no bastaba para condenarles.
El cuchillo catalán, instrumento del crimen, confrontado con el que había entregado Lauriana, era una prueba más categórica. Las dos armas eran, si no idénticas, tan parecidas, que a primera vista era difícil distinguir una de la otra. Las iniciales y la divisa habían sido grabadas por el mismo punzón y las hojas salido de la misma fábrica.
Pero Florimond podía haber sido muerto por una arma robada a monsieur de Villarreal o perdida por él.
Nada probaba que la que Lauriana había entregado al marqués proviniese del español.
En fin, las iniciales, vistas por Mercedes, Mario y Adamas, sobre las otras armas de Alvimar, podían no ser las suyas, puesto que, en suma, él se había hecho presentar por Guillermo con el nombre de Antonio de Villarreal.
El equitativo Bois-Doré hacía estas reflexiones a Adamas cuando el mudo le presentó la hoja de papel que acababa de escribir.
Era el breve relato de lo que había ocurrido por la mañana en la Motte Seuilly entre Lauriana, el español y él; la escena del cuchillo, lanzado repetidas veces con la cruel intención de asustarlo y de interrumpir su música, hundido luego en las entrañas del lobezno, y, por último, cedido, como prenda de sumisión y de arrepentimiento, a madame de Beuvre ante los ojos mismos de Jovelin.
-Esto ya es grave -dijo el marqués, pensativa-; voy viendo que el tal Villarreal es un mal hombre. Sin embargo, pudiera ser que ninguna de estas armas las tuviese hace diez años y que las haya recibido más tarde como regalo o herencia. En este caso, sería pariente o amigo del asesino; hay granujas, y cobardes en las mejores familias. Lo mismo que vos, maese Jovelin, tengo mala opinión de nuestro huésped; pero estoy seguro de que vos, lo mismo que yo, dudáis mucho antes de condenarle sin pruebas.
Lucilio hizo una seña afirmativa y aconsejó al marqués que intentase hacerle confesar la verdad por astucia o por sorpresa.
-Lo pensaremos detenidamente -contestó Bois-Doré-, y me ayudaréis, mi gran amigo. Por ahora, debemos ir a cenar, y ya que estamos solos vamos a darnos el gusto de comer con nuestro futuro marquesito, cuyo sitio, como el vuestro, no debe estar en la cocina.
-Y sin embargo, señor, yo creo -dijo Adamas- que debíamos dejar por hoy las cosas como están. La Belinda es una mala víbora, y encuentro que tiene demasiada amistad en la casa del cura, que es un manantial de malos propósitos contra nosotros.
-Vamos, Adamas -dijo el marqués-, ¿qué tirantez hay entre la casa del cura y tú?
-Hay, señor, que yo también he consultado la magia. Esta mañana, apenas os hubisteis marchado, un tal La Fleche, el mismo gitano sin duda que habéis visto de día en la Motte Seuilly, vino a rondar alrededor del castillo y me ofreció decirme la buenaventura. Me negué a ello; tengo demasiado miedo a las predicciones y creo que el mal que nos debe ocurrir nos ocurre dos veces cuando le conocemos por adelantado. Me limité a preguntarle quién me había hurtado la llave de la licorera, y me contestó sin vacilar:
-¡La que vos suponéis!
-Nombradla -dije, comprendiendo muy bien que se refería a la Belinda, pero queriendo probar la ciencia de aquel hábil truhán.
-¡Los astros me lo prohíben! -contestó-; pero puedo deciros lo que en el momento en que estamos hablando, hace la persona en cuestión. Está en casa del rector, donde se burla de vos, diciendo que habéis metido en la cabeza del dueño de este castillo la idea de casarse con la dama...
-¡Callaos, Adamas, callaos! -exclamó púdicamente el marqués-; no debéis repetir las sandeces...
-No, señor, no; no digo nada; pero como quería saber si el brujo decía la verdad, tan pronto como se marchó me fui dando un paseo a rondar la casa del cura, y vi a la Belinda en una ventana con el ama, y las dos empezaron a reírse y a mofarse de mí, escondiéndose.
Jovelin preguntó si el gitano había entrado en el castillo.
-Bien lo hubiera deseado -dijo Adamas-; pero Mercedes, que le veía desde la cocina sin dejarse ver por él, me rogó que no le recibiera, diciendo que era propenso a hurtar, y no le dejé atravesar el patio. Miraba la puerta con mucha atención, y al preguntarle qué es lo que miraba, me contestó:
-Veo grandes acontecimientos que no tardarán en ocurrir en esta casa; tan grandes y tan sorprendentes, que los debo anunciar a vuestro amo. Haced que hable con él.
-No es posible -le dije-; no está aquí.
-Ya lo sé -prosiguió-; está en la Motte Seuilly, donde intentaré verle; pero si allí no consigo hablarle sin testigos, volveré aquí, y en verdad que si me seguís negando la entrada, lo lamentaréis algún día, porque muchos destinos están entre mis manos.
-Todo esto es muy notable -dijo, ingenuamente el marqués-. El hecho es que me ha predicho todo lo que ocurre, y ahora siento no haberle interrogado más. Si vuelve, Adamas, condúcele aquí. ¿No me habéis dicho, mi querido Mario, que era un mozo ingenioso?
-Es muy divertido -contestó Mario-; pero mi Mercedes no le quiere. Cree que es él el que nos ha robado el sello de mi padre. Pero yo no lo creo, porque nos ha ayudado a buscarlo y a reclamarlo a los demás gitanos. Parecía querernos mucho y hacía todo lo que le pedíamos.
-¿Y qué había en aquel sello, mi querido hijo?
-Armas. ¡Esperad! El señor abate Anjorrant las había mirado con un cristal que hace ver más grueso; porque eran tan menudas, tan menudas, que no se distinguían bien, y me ha dicho: «Acuérdate: de plata con árbol de sinople.»
-Eso es, en efecto -dijo el marqués-; ¡son las armas de mi padre! Serían las mías si el rey Enrique no me hubiese compuesto otras a su gusto.
-Unas y otras -escribió Lucilio- están esculpidas sobre las puertas del patio. Preguntad al niño si no las había visto al llegar aquí.
-¿Y cómo hubiera podido verlas? -dijo Adamas, que leía las palabras de Lucilio al mismo tiempo que su amo-. Los albañiles que revocaron el arco las ocultaban con su andamio.
-¿Y esta mañana -prosiguió Lucilio con su lápiz-, cuando el gitano miraba esa puerta, podía ver las armas?
-Sí -contestó Adamas-; los albañiles habían quitado los andamios y estaban ocupados en otra parte... Pero, ahora que lo pienso, maese Jovelin; ese La Fleche debía saber algo de la historia de nuestro querido niño, puesto que han viajado juntos.
-No creo -contestó Mario-; no hablábamos nunca de esto a nadie.
- ¿Pero hablabais de ello a Mercedes? -escribió Lucilio-. ¿La Fleche comprende el árabe?
-No; comprende el español; pero yo hablaba siempre árabe con Mercedes.
-¿Y en la partida de gitanos había otros moriscos?
-Había la niña Pilar, que comprende árabe porque es hija de un morisco y de una gitana.
-Entonces -escribió Lucilio al marqués- renunciad a la creencia en lo maravilloso. La Fleche ha querido explotar estas circunstancias. Conocía hasta cierto punto la historia de Mario; en la región se ha enterado de la vuestra y de la de vuestro hermano desaparecido desde hace diez años. Ha reconocido las armas sobre el escudo de la puerta. Se acordaba de la fecha. Ha adivinado, presentido o supuesto, la verdad entera. Ha recorrido la Motte para deciros su predicción, que había enseñado de memoria a la gitanita. Esta noche o mañana os traerá el sello, pensando descifrar él solo el misterio que ya conocéis, y percibir una buena recompensa. Es un granuja, un intrigante, y nada más.
Costó trabajo al marqués admitir explicaciones tan naturales y tan verisímiles; sin embargo, se convenció.
Adamas seguía luchando.
-¿Cómo explicaréis -dijo a Lucilio- lo que me ha revelado de la Belinda y de la casa del cura?
Lucilio contestó que era muy fácil. Belinda había escuchado la víspera detrás de las puertas de la habitación del marqués; La Fleche había escuchado por la mañana, detrás de las puertas o debajo de las ventanas de la casa del cura.
-Lo que decís es muy sensato -exclamó el marqués-; ya veo que no hay en esto más magia que la de la sabia Providencia, que ha traído con este niño la verdad y la alegría a mi casa. ¡Vamos a cenar! Luego tendremos el espíritu más despejado.
Esta vez el marqués cenó de prisa y sin agrado.
Se sentía espiado por la Belinda, que no podía ya escuchar en el pasadizo secreto, porque Adamas, aprovechando la estancia de los albañiles en la casa, lo había hecho tapiar el mismo día. Pero la curiosa y malévola mujer advertía que el marqués y Jovelin tenían largas conferencias con Mercedes y el niño; que durante estas conferencias las puertas permanecían cerradas, y sobre todo que Adamas tenía unos aires de importancia y de triunfo que parecían decirle: «No sabréis nada.»
No era bastante inteligente para adivinar la verdad. Pensaba que el marqués, persistiendo en sus esperanzas matrimoniales, preparaba con los «egipcios» algún espectáculo para la viudita.
No podía sacar de ello ningún partido contra Adamas, su enemigo personal; pero sentía envidia contra él y contra la morisca, y esperaba con impaciencia la ocasión de vengarse.
Cuando Bois-Doré se quedó solo con Jovelin, concertaron y fijaron el plan de conducta que deberían seguir al otro día con Alvimar.
Volvieron a leer y comentaron detenidamente la carta de monsieur Anjorrant. Luego, el buen Silvio, poco amigo de asuntos serios y tristes, mandó venir a su heredero y pasó la velada hablando y jugando con él.
En esto se parecía realmente, sin pensar en imitarle, a su querido amo y señor Enrique IV.
Adoraba las gracias de la infancia y, a no ser por la falta de flexibilidad de sus riñones, se hubiera prestado con gusto a hacer de caballo, galopando alrededor de la habitación.
-Bueno -dijo a Adamas cuando vio que el sueño cerraba los sedosos párpados de Mario-, hay que llevarle con la morisca para que esta noche todavía se encargue de él. Pero mañana, después de que hayamos puesto en claro el asunto de Villarreal, no se tratará ya de ocultar la verdad, y quiero que mi heredero tenga su cama en el gabinete de mi propia alcoba. Venid, hijo mío -dijo a Mario-; mirad este nidito de oro y de seda que estaba esperando un señor tan gentil como vos. ¿Os agrada esta tapicería de seda de China rosa y estos mueblecitos con incrustaciones de nácar? ¿No parecen destinados a un personaje de vuestra estatura? Adamas, habrá que prepararle un lecho que sea una obra de arte. ¿Qué te parecería una cama con columnas de marfil en espiral y con un enorme ramo de plumas rosas en cada esquina?
-Señor -dijo Adamas-, en cuanto estemos tranquilos ocuparé mi espíritu en este asunto para contentaros, porque nada hay demasiado hermoso para vuestro heredero. También pensaremos en sus vestidos, que deben ser adecuados a su rango.
-¡Ya pienso en ello, Adamas, ya pienso! -exclamó el marqués-, y quiero que su guardarropa sea exactamente igual al mío. Mandarás venir aquí los mejores sastres, las costureras, los zapateros, sombrereros y plumistas más hábiles del país, y quiero que durante un mes se trabaje día y noche, si es necesario, en el equipo de mi sobrino.
-¿Y a mi Mercedes -preguntó Mario saltando de alegría-, le daréis también vestidos tan hermosos como los que tiene la Belinda?
-Mercedes tendrá hermosos vestidos; vestidos de oro y de plata, si quiere... Y esto me hace pensar... Escuchad, mi querido Jovelin: me parece que esta mujer es bonita y todavía joven. ¿No os parece que debíamos dejarle que vistiera aquí el traje morisco, que es muy gracioso, salvo el velo, que es demasiado islamita? Puesto que esta pobre mujer es ahora una verdadera cristiana, y puesto que vivimos en un país en que el pueblo no ha visto nunca moriscos, este traje no chocará las miradas de nadie y encantará las nuestras. ¿Qué piensa de ello vuestro buen juicio?
El buen juicio de Lucilio se veía muy comprometido para conciliar el tierno afecto que le merecía el marqués con el sentimiento que le inspiraba su puerilidad. Pero, como después de todo, no esperaba ya corregir a un niño tan viejo, la razón le aconsejaba que se resignase a admitirle y a amarle tal como era.
El filósofo hubiera deseado que no se empezase la nueva vida de Mario, enloqueciéndole con engalanamientos y con lujo, sino que se le hablase de los nuevos deberes que le incumbían.
Se consoló cuando vio que al niño le deslumbraba menos la posesión de aquellas cosas que lo que le alegraban y enternecían las caricias y los afectos que le rodeaban.
El día siguiente, Alvimar, que no había dormido en toda la noche, pidió, por medio de Belinda, que le cuidaba de muy buen grado, el permiso de no presentarse hasta la tarde.
El marqués le hizo otra breve visita, y quedó impresionado al ver la alteración de su rostro. Las siniestras predicciones que le habían hecho le habían inspirado horrendas pesadillas.
Sólo la claridad del alba llevó la calma a su espíritu, y durmió durante la mitad del día.
El marqués aprovechó aquel plazo para volver a sus proyectos de engalanamiento.
Subió con Mario y Adamas a la sala desocupada que había en el cuarto piso, es decir, encima del cuarto de las Verduras.
Aquella sala estaba sin terminar, y era un batiburrillo de cofres y armarios; cuando se quitaron los candados y se alzaron las tapas, Mario creyó encontrarse ante un cuento de hadas. Todo eran tejidos magníficos, galones deslumbrantes, cintas, encajes, plumas y alhajas, ricos cortinajes, cueros de Córdoba, muebles desmontados, completamente nuevos; relicarios cargados de pedrería, excelentes pinturas hechas sobre trozos de vidriera y a las que sólo faltaba juntarlas convenientemente; hermosos mosaicos de esmalte, numerados y amontonados en pilas; piezas de batista fina, inmensas cortinas de encaje de bolillos, mallas de oro y de plata; en fin, un botín completo que a la legua denunciaba al guerrillero, y que el marqués consideraba como muy legítimamente adquirido con la punta de su espada.
En la casa se daba el nombre de almacén de trastería a aquel amontonamiento de ricos despojos. Se creía que allí sólo había el desecho del mobiliario, los desperdicios.
Adamas era el único que estaba iniciado en el contenido de los cofres maravillosos y, en secreto, llamaba a aquella sala el tesoro o la abadía.
Allí no había fruslerías a la moda, como en las habitaciones del marqués, sino objetos de arte o de industria, de un gran valor y de una gran belleza, algunos muy antiguos y, por tanto, aun más valiosos. Tejidos, cuyos procedimientos de fabricación estaban ya perdidos; armas de todas las dimensiones y de todos los países, algunos cuadros buenos y manuscritos preciosos, etc.
Todo aquello veía raras veces la luz del día, porque el marqués temía despertar la codicia de algunas vecinos, y no sacaba sus riquezas del almacén sino poco a poco y dándole viso de adquisición reciente.
Era cosa rara que los héroes saqueadores de aquella época fuesen condenados a la restitución; pero ocurría fácilmente que algún personaje poderoso, interviniendo por su propia cuenta y pretendiendo obrar por el nombre de la Iglesia o del Estado, se apoderase tranquilamente del objeto en litigio.
De este modo fue como Catalina de Médicis se apoderó del magnífico cáliz ornado de pedrería que Juan de Hugues -llamado el capitán de Ivoi- había robado de la Santa Capilla y apartado para sí como parte de botín: recompensando de esta manera la reina los servicios del capitán, que le había devuelto Bourges tomada por éste a traición.
De entre aquellas maravillas, el marqués escogió todo lo que necesitaba para el equipo de Mario, al que preguntaron su opinión acerca de los colores.
Para hacerse una idea de los usos de aquella época ha de saberse que no era necesario, como lo es hoy, ir a París para enterarse del buen tono reinante y para encontrar obreros hábiles en el arte del vestir y del decorado.
Bajo Luis XIV, y no antes, la centralización del lujo y de la moda hizo de París la escuela de los gustos y el árbitro de la elegancia. Richelieu, comenzó la obra de aquella centralización, destruyendo el poderío de los príncipes. Antes de él había una corte en cada ciudad importante, y hasta los obreros de las localidades menos importantes podían servir el lujo de los señores con una habilidad tradicional. Cualquier señor feudal tenía obreros entre sus vasallos, y hasta en las casas burguesas se hacían a domicilio los muebles, los trajes, los zapatos y las botas.
Por lo tanto, Bois-Doré no tuvo más que escoger los materiales y entregar a Adamas los objetos que debía mandar confeccionar bajo su dirección.
Adamas era, en cuanto atañía al tocado, un maestro. Podía fiarse en su gusto y, en caso necesario, él mismo ponía manos a la obra.
Después de algunas pesquisas encontraron las columnas y cornisas de marfil destinadas a la cama del niño.
-Ya sabía yo que tenía aquí algo de esto -dijo el marqués, sonriendo-. Es una obra excelente que proviene de un dosel de gala, cogido en la capilla de la abadía de Fontgombaud, de la que yo fui abate, es decir, señor, por derecho de conquista, durante quince días. Recuerdo que, al apoderarme de estas cosas, pensé: «Si el nuevo abate de Fontgombaud pudiera pronto ser padre, éste sería un baldaquín digno de su primogénito.» Pero ¡ay!, amigo mío, no heredé todas las virtudes de los frailes, y para tener un hijo he necesitado encontrarlo, por milagro, en mi edad madura. ¡No importa! No por eso le querré menos, y tampoco por eso dejará de dormir su sueño de ángel bajo el pavés de la Virgen de Fontgombaud.
Los recuerdos del marqués fueron interrumpidos por la llegada de La Fleche, que deseaba hablarle.
Cerraron con cuidado los cofres y las puertas del tesoro, y recibieron al granuja en el corral.
El tiempo era hermoso, y maese Jovelin opinó que semejante intrigante no debía ser introducido en la casa.
Lo que había previsto ocurrió. La Fleche traía el sello, que pretendía haber sorprendido entre las manos de Pilar; también pretendía revelar el misterio del nacimiento de Mario y del asesinato de Florimond, perpetrado por monsieur de Villarreal.
Le dejaron hablar, y cuando hubo terminado le despidieron, entregándole un escudo por el trabajo que se había tomado en traer el sello; pero fingieron no comprender su historia, no creerle, tomar muy a mal que se permitiese abusar de monsieur de Villarreal, contra quien, efectivamente, no tenía más pruebas que la emoción y la exclamación de la morisca cuando había creído reconocerle entre los brezos de Champillé.
El marqués, aconsejado en este asunto por Lucilio, obraba con prudencia. Si hubiera admitido la acusación, La Fleche hubiera sido muy capaz de avisar al español para sacar doble partido del negocio.
La Fleche, muy descontento por su fiasco, se retiraba cabizbajo cuando de pronto, al seguir el muro exterior del jardín de Galatea, oyó una voz dulce que le llamaba.
Era Mario, a quien el marqués no había querido permitirle que asistiese a la conferencia, deseando romper definitivamente toda relación entre su heredero y la gitanería. Pero como no había dado explicaciones al niño, éste no creyó hacer nada malo al deslizarse en el laberinto y acechar por una tronera la salida del gitano.
-¿Quién me llama? -dijo La Fleche mirando en torno suyo.
-Soy yo -dijo Mario-. Quiero que me des noticias de Pilar.
-¿Y tú qué me darás en cambio?
-No te puedo dar nada. No tengo nada.
-¡Imbécil! Roba algo.
-No; ¡eso, nunca! ¿Me quieres contestar?
-Luego; contéstame tú primero. ¿Qué haces en este castillo?
-Toco la guitarra.
-¿Y qué más?... ¡Ah, ah! ¿No quieres hablar? ¡Adiós!
-¿Y no me dirás dónde está Pilar?
-¡Ha muerto!- contestó brutalmente el gitano, y se alejó silbando.
Mario le llamó en vano. Cuando ya dejó de oirle silbar se puso a correr y a jugar en el laberinto, pensando que La Fleche se había burlado de él. Pero la idea de la muerte de su amiguita se alzaba horrible ante su viva imaginación.
«Pilar decía que La Fleche le pegaba -pensó; pero yo no lo creía. No la pegaba delante de nosotros. Pero puede ser que ella no mintiese, y quién sabe si a fuerza de pegarla no la ha matado.»
Y ante estos pensamientos, el niño derramó algunas lágrimas. Pilar no era una niña muy amable; pero había en el buen Mario algo de Bois-Doré: era particularmente sensible a la piedad, y además el abate Anjorrant le había inculcado el horror a la violencia y a la crueldad Pero ocultó sus lágrimas, temiendo causar pena a su tío, a quien ya amaba apasionadamente.
Al fin Alvimar salió de su alcoba.
El descanso, el hermoso sol poniente, el alegre piar de los pájaros, ahuyentaron los negros presentimientos que le obsesionaban desde hacía unos días.
Ataviado y perfumado, se fue a reunir con el marqués y le dio las gracias por el interés que por él había demostrado y las atenciones de que le había hecho objeto. Bois-Doré no podía decidirse a acusar interiormente a aquel hombre tan joven todavía, de ademanes tan distinguidos y con una fisonomía cuya melancolía habitual le parecía verdaderamente interesante. Pero cuando se sentaron a la mesa, mientras que Lucilio se disponía, como de costumbre, a tocar la sordina, Bois-Doré recordó lo que entre ellos habían convenido y preparó lo que llamaba sus pertrechos de guerra para dar un asalto formidable a la conciencia de su huésped.
Había guerreado lo bastante y había tenido bastantes aventuras peligrosas para saber componerse una actitud y una fisonomía, sin necesidad de hacer, como Adamas, estudios preparatorios delante de un espejo. Desde hacía tiempo vivía con la suficiente tranquilidad para no verse ya más obligado a faltar a su natural sinceridad; pero era demasiado hombre de su tiempo para que su mirada no pudiese expresar cuantas veces era necesario: «¡Viva el rey! ¡Viva la Liga!»
Las dulces melodías de la sordina le evitaron una conversación trivial, que le hubiera parecido muy larga.
Estas melodías, que le predisponían a la calma que tan necesaria le era, produjeron esta vez en Alvimar una excitación febril.
Decididamente, odiaba a Lucilio. Conocía su nombre de pila, que el marqués había dejado escapar delante de él, y por esta revelación, monsieur Poulain, que estaba muy al corriente de las herejías contemporáneas, había adivinado, casi con seguridad, que Jovelin era la traducción libre de Giovellino. El detalle de la mutilación le confirmaba en sus sospechas, y ya se ocupaba en buscar el medio de cerciorarse de ello y de suscitar alguna nueva persecución.
Alvimar le hubiera ayudado gustoso en esta tarea, de no haberse visto obligado a pasar inadvertido algún tiempo; y el pobre filósofo le era tanto más antipático cuanto que, por el momento, no podía hacer nada contra él.
Sus hermosas melodías, que le habían encantado el primer día, le parecían ahora un reto insoportable, y el malhumor que se apoderaba de él no era lo más a propósito para soportar con paciencia el interrogatorio que le preparaban.
Después de la cena, el marqués le propuso jugar una partida de ajedrez en su gabinete.
-Acepto -contestó Alvimar-, con la condición de que no tengamos música. No podría jugar.
-Ni yo tampoco, por cierto -dijo el marqués-. Guardad, pues, vuestra dulce voz en su estuche, mi buen maese Jovelin, y venid a presenciar nuestra apacible batalla. Ya sé que os interesa una partida bien jugada.
Pasaron al gabinete, en el que encontraron un magnífico juego de ajedrez, de cristal montado en oro; excelentes butacones y muchas bujías encendidas.
Alvimar no había entrado todavía en esta pequeña habitación, una de las más lujosas de la Gran casa; paseó una mirada distraída y rápida sobre las fruslerías que la llenaban; luego se sentó y empezaron la partida.
El marqués, muy tranquilo y correcto, parecía no prestar atención más que en el juego.
Lucilio, de pie detrás de él, podía observar el menor movimiento y la expresión del rostro del español, colocado en plena luz.
Alvimar jugaba con bastante rapidez y resolución.
Bois-Doré, más lento, hacía largas pausas, durante las que el español, algo impaciente, miraba los objetos que le rodeaban. Su mirada se dirigió repetidas veces hacia un estante colocado a su izquierda y adosado a la pared. Poco a poco, el objeto que se destacaba más entre los que cubrían el mueblecito llamó su atención, y Lucilio advirtió en su rostro una sonrisa de ironía y de despecho cada vez que su mirada se posaba sobre aquel objeto.
Era un cuchillo desnudo y brillante, colocado sobre un cojín de terciopelo negro con franjas de oro, y protegido por una urna de cristal.
-¿Qué os pasa? -le dijo por fin el marqués-. Me parecéis distraído. No estáis en vuestro pleno dominio, señor mío, y no quiero tener una victoria tan fácil. Algo os hace daño, os molesta, ¿Estáis demasiado cerca de este mueble y deseáis que alejemos la mesa?
-No -contestó Alvimar-, estoy muy bien; pero confieso que hay en este hermoso mueble algo que me preocupa. ¿Consentís en contestar a una pregunta, si no os parece indiscreta?
-Ninguna pregunta vuestra puede serlo, señor mío. ¡Hablad, por favor!
-Pues bien, querido marqués: ¿queréis decirme por qué motivo tenéis dentro de esa urna y sobre ese cojín el arma de viaje de vuestro humilde servidor?
-¡Oh!, mi huésped, en esto os equivocáis. Este cuchillo no proviene de vos.
-Ya sé que no os lo he dado. Pero quien os lo ha regalado lo había recibido de mis manos, y acaso no 1o ignoráis. Comprendo que apreciáis los dones de una blanca mano; pero me parece que sois muy cruel exhibiendo así el trofeo de vuestra victoria ante los ojos de un rival vencido.
-Vuestras palabras son enigmas para mí.
-¡Pues yo no creo ver visiones! ¿Me permitís que levante la urna de cristal y que mire de cerca?
-Mirad y tocad, señor mío; después os diré, si lo deseáis, por qué guardo esta reliquia de amor y de tristeza aquí, entre otros tantos recuerdos del pasado.
Alvimar cogió el cuchillo, lo miró detenidamente, lo manejó, y, dejándole de pronto donde lo había cogido.
-Me he equivocado -dijo-, y os pido perdón; esto no es lo que yo creía.
Lucilio, que le observaba atentamente, había creído ver que un temblor de espanto o de sorpresa agitaba las delicadas y nerviosas ventanas de su nariz. Pero esta ligera contracción facial se producía en él por la menor causa, y a veces sin causa alguna.
Tornó a jugar.
Pero Bois-Doré le detuvo.
-Perdonadme -le dijo-; habéis creído reconocer este objeto y mi deber es interrogaros. Acaso podréis arrojar alguna luz sobre un hecho misterioso que desde hace mucho tiempo ensombrece y atormenta mi vida. Tened, pues, monsieur de Villarreal, la amabilidad de decirme si conocéis la divisa y las iniciales grabadas en la hoja de este cuchillo. ¿Queréis examinarlas aún?
-Es inútil, señor marqués, no conozco este objeto; no me ha pertenecido nunca.
-¿Es que sentís repugnancia en cercioraros?
-¿Repugnancia? ¿Qué significa esta pregunta, señor mío?
-Me explicaré. Acaso habéis reconocido este arma por haber pertenecido a alguien de quien os avergonzáis ser compatriota, pero cuyo nombre me diríais, sin embargo, si yo invocase vuestra lealtad.
-Si esto es para vos un asunto tan grave -contestó Alvimar-, y a pesar de que yo, a mi vez, no os comprendo, consiento en volver a examinar el puñal.
Cogió de nuevo el arma, la miró con mucha tranquilidad, y dijo:
-Es de fabricación española, y es un arma muy usada en mi país. Todo el que es noble, o solamente de condición libre, lleva una igual en su cinturón o en su mango. La divisa es de las más triviales y corrientes: Sirvo a mi Dios, o Sirvo a mi amo, o Sirvo al honor; es lo que se lee en la mayoría de nuestras armas, sean tizonas, pistolas o cuchillos.
-Perfectamente; pero, ¿y estas dos letras. S. A., que parecen iniciales particulares?
-Las podríais encontrar en mis propias armas, lo mismo que la divisa; son las marcas de la fábrica de Salamanca.
Las sospechas de Bois-Doré se desvanecieron ante una explicación tan natural.
Lucilio, al contrario, sintió aumentar las suyas. Le parecía que Alvimar se apresuraba demasiado en prevenir las explicaciones que le hubieran podido pedir acerca de su propia divisa y de sus iniciales, que su huésped debía de ignorar.
Fingiendo acariciar a Fleurial, tocó las rodillas del marqués, para advertirle de que no debía renunciar a sus pesquisas.
Parecía que Alvimar quería facilitarle la empresa preguntándole, con cierto aire de dignidad herida, la razón de aquel interrogatorio.
-También podríais preguntarme -contestó Bois-Doré- por qué motivo tengo aquí, ante mis ojos, a todas horas, un objeto cuya vista me es odiosa. Sabed, señor, que este arma maldita es la que mató a mi hermano; y no he querido ocultarla, con el único objeto de que me recuerde incesantemente que debo descubrir su asesino y vengar su muerte.
El rostro de Alvimar reveló una emoción intensa; pero podía ser una emoción de simpatía o de generosidad.
-Razón teníais al llamarlo una reliquia de dolor -dijo apartando el cuchillo-. ¿Aludíais a vuestro hermano, ayer por la mañana, cuando al consultar a aquellos gitanos les preguntasteis cuándo y cómo había muerto?
-Sí; preguntaba lo que ya sabía, queriendo una prueba de su ciencia, y, verdaderamente, aquel demonio de niña me contestó tan fielmente, que tuve motivo para sorprenderme. ¿No os habéis fijado, señor mío, en que su cálculo colocaba el acontecimiento en el décimo día de mayo del año 1610?
-No me he fijado. ¿Fue efectivamente aquel día cuando vuestro hermano fue asesinado?
-Aquel día; ¡veo que os sorprende mucho!
-¿A mí? ¿Por qué me había de sorprender? Supongo que los adivinos no revelan del pasado más que lo que ya saben. Pero os ruego que me digáis cómo ocurrió aquel triste accidente. ¿No descubristeis nunca a los autores?
-Razón tenéis al decirme los autores, porque eran dos. Dos que quisiera descubrir. Pero veo que no me ayudaréis, puesto que este arma acusadora no lleva ninguna seña particular.
-¿Entonces el crimen no tuvo testigos?
-Perdón, sí, los tuvo.
-¿Y no pudieron informaros, acerca de los asesinos?
-Pudieron descubrirlos, pero no nombrarlos. Si aquella dolorosa historia os interesa, os la puedo relatar con todos sus detalles.
-Ciertamente; pongo mucho interés en vuestras penas, y os escucho.
-Pues bien -dijo el marqués, apartando el juego de ajedrez y acercando su silla a la mesa-. Os voy a decir todo lo que he reunido de una información que me fue comunicada por el cura de Urdoz.
-¿Urdoz?... ¿Dónde está Urdoz? ¡No recuerdo!
-Es un lugar por donde debéis de haber pasado si habéis viajado por la carretera de Pau.
-No; yo vine a Francia por la de Tolosa.
-Entonces no lo conocéis. Os lo describiré desde luego. Sabed primero que mi hermano, siendo un simple hidalgo y medianamente rico, pero de honrada familia, apuesta figura y amable carácter, y siendo caballero como nadie, enamoró no sé en qué ciudad de España a una dama o damisela noble, con quien se desposó en secreto, contra la voluntad de la familia.
-¿Y se llamaba...?
-Lo ignoro; no me dio detalles de aquel asunto de amor, y más tarde no logré averiguar nada. Sólo he sabido que raptó a su mujer y que los dos, disfrazados de plebeyos, vinieron a Francia, donde entraron por el camino de Urdoz.
Como la dama estaba próxima su alumbramiento, viajaban en un cochecito de aspecto miserable, una especie de carreta de buhonero, arrastrada por un solo caballo que había comprado en el camino, y que no andaba todo lo de prisa que ellos hubieran deseado.
Sin embargo, llegaron sin obstáculo hasta la última etapa española, y mi hermano, después de haber pasado la noche en una hostería, tuvo la imprudencia de querer cambiar oro español por oro francés y preguntar a una especie de hildalgo que se hallaba allí con un viejo criado si le podía proporcionar cambio de un millar de pistolas.
Aquel personaje no pudo ofrecerle más que una pequeña cantidad, y cuando mi hermano subió a su coche con su compañera, muy tapada y cubierta con un velo, la gente de la hostería notó que los dos desconocidos le despedían con mucha cortesía y se fijaban excesivamente en los dos cofres que él mismo cargaba, y que contenían sus dineros y las joyas de su mujer; también se advirtió que los desconocidos partían inmediatamente, siguiendo sus huellas, a pesar de que habían anunciado el designio de ir en dirección opuesta. Las señas que me dieron de estos dos bribones coinciden en todo con la descripción que me hicieron de los asesinos de mi hermano.
-¡Ah! -dijo Alvimar-. ¿Os los han descrito?
-Perfectamente; el uno era hermoso y tan joven, que parecía adolescente. Era de mediana estatura, pero bien formado. Tenía las manos blancas y pequeñas como las de una mujer, la barba naciente y muy negra, la cabellera sedosa; un aire de gran nobleza, un traje de viaje bastante rico y muy pocas mudas, o ninguna, a juzgar por su valija, que no pesaba gran cosa. Montaba un buen caballo andaluz y llevaba este cuchillo infame, del que se servía para comer y para degollar. El otro...
-Eso no importa, señor mío. ¿Vuestro hermano...?
-Debo describiros el otro bandido tal como a mí me lo describieron. Era un hombre de cierta edad y que parecía a la vez fraile y espadachín. Tenía la nariz larga y caída sobre su bigote gris, la mirada apagada, las manos callosas y el carácter taciturno; un verdadero bruto de España.
-¿Cómo decís?
-Un bruto como los que hay en todos los países en los que se cree que los padrenuestros rescatan del infierno. Aquellos bandidos siguieron a mi pobre hermano como dos lobos feroces y cobardes siguen la presa que no se atreven a atacar, y le alcanzaron... ¿Qué os ocurre, señor? ¿Tenéis demasiado calor en este gabinete?
-Acaso, señor mío -contestó Alvimar con agitación-. El aire se me hace difícil de respirar en una casa en la que parece que el nombre de español es considerado con desprecio, como vos lo estáis haciendo.
-De ningún modo, señor. Reponeos... No atribuyo a vuestro país la culpa de la maldad de algunas personas. En todas partes hay infames. Debéis perdonarme si hablo con desprecio de los que asesinaron a mi hermano.
Alvimar se disculpó a su vez por su susceptibilidad y rogó al marqués que no interrumpiese su relato.
-A una legua, aproximadamente, de la aldea llamada Urdoz -prosiguió Bois-Doré-, mi hermano y su mujer se encontraron solos junto a un muro de rocas, al borde de un precipicio muy profundo. El camino serpenteaba, formando una cuesta tan ruda que el caballo se negó a subirla, y mi hermano, temiendo que retrocediese hasta la torrentera, saltó a tierra y bajó a su mujer del coche, cogiéndola entre sus brazos. Hacía mucho calor, y para que el sol no la molestase, le indicó un bosquecillo de pinos que había delante de ellos y hacia el que ella se dirigió despacio, mientras que mi hermano dejaba descansar el caballo.
-¿Entonces aquella dama vio matar a su marido?
-No; había dado ya la vuelta a un pequeño macizo de la montaña cuando ocurrió el crimen. Dios quiso salvar al niño, porque si los asesinos la hubieran visto, no la hubieran perdonado la vida.
-Entonces, ¿quién pudo saber cómo murió vuestro hermano?
-Otra mujer, que la casualidad había conducido allí cerca, detrás de unas rocas, y que no tuvo tiempo de pedir auxilio; tan rápidamente fue cometido el horrible crimen. Mi hermano se esforzaba en hacer que el caballo caminase, cuando los asesinos le alcanzaron. El más joven echó pie a tierra y le preguntó con una cortesía hipócrita:
-¡Eh!, buen hombre, vuestro caballo está extenuado. ¿No necesitáis ayuda?
El viejo granuja que le seguía bajó también, y los dos se acercaron a mi confiado hermano, como si quisieran buenamente ayudarle a empujar el coche; en el mismo instante el testigo que el cielo había colocado allí vio tropezar y caer a mi hermano entre las ruedas, sin que un solo grito hubiera revelado que había sido herido. Este puñal había sido clavado en su corazón hasta el mango por una mano demasiado experta.
-¿Entonces no sabéis si fue el señor o el criado el que infirió el golpe? Decís que el señor era muy joven; es poco probable que fuese él.
-Eso importa poco, señor mío. Los tengo por tan vil al uno como al otro, porque el hidalgo se portó exactamente de la misma manera que el lacayo. Se precipitó al coche sin recuperar su arma, tal era la prisa y la ansiedad que tenía por robar los dos cofres. Se los dio a su camarada, que los tomó bajo su capa, y los dos se dieron a la fuga, volviendo sobre sus pasos, aguzados, no por el remordimiento o la vergüenza, que son sentimientos humanos que ellos eran incapaces de sentir, sino por el miedo al látigo y a la rueda, que son la recompensa y el fin de los canallas semejantes.
-¡Mentís, señor! -exclamó Alvimar, poniéndose en pie, fuera de sí y pálido de rabia-. ¡El látigo y la rueda!... ¡Mentís! Y me daréis la razón...
Se desplomó sobre su silla, sofocado y como ahogado por la confesión que la ira le había arrancado al fin.
El marqués se quedó atónito ante aquella salida imprevista; hasta aquel momento, el culpable había conservado toda su sangre fría y dado una apariencia de naturalidad a sus frecuentes interrupciones.
Bois-Doré fue el primero en reponerse, como era natural, y estrujando con su largo mano nerviosa la muñeca convulsa de Alvimar, le dijo con desprecio abrumador:
-¡Desdichado! Dad las gracias al cielo por ser mi huésped; porque si yo no hubiera dado mi palabra de protegeros, palabra que os protege contra mí mismo, os estamparía contra la pared de este cuarto.
Lucilio, temiendo una lucha, se había apoderado del cuchillo que estaba encima de la mesa.
Alvimar vio este gesto y sintió miedo. Se desasió del marqués y llevó la mano a la guarda de su espada.
-¡Estaos quieto y no temáis nada aquí! -le dijo Bois-Doré con calma-. ¡Nosotros no somos asesinos!
-Ni yo tampoco, señor -contestó Alvimar, al que pareció vencer un proceder tan digno-; y ya que no queréis violar las leyes del honor, consentiré en justificarme.
-¿En justificaros? ¿Vos? ¡Pero si estáis convencido y condenado por el mentís que me habéis dado, y la prueba es que os desprecio el insulto!
-Guardad vuestro desprecio para las que aguantan el ultraje en silencio. Si yo lo hubiera hecho, no sospecharíais de mí. He rechazado la injuria. La vuelvo a rechazar.
-¡Ah! ¿Ahora pretendéis negar?
-¡No! He matado a vuestro hermano... o a quien sea. Ignoro el nombre del hombre a quien maté... o dejé matar. ¿Pero sabéis los motivos que me impulsaron a aquel homicidio? ¿Sabéis si yo ejercía una venganza legítima? ¿Qué sabéis si aquella mujer..., cuyo nombre ignoráis, no era mi hermana, y si al vengar el honor de mi familia yo no recuperaba como bien propio el oro y las alhajas robadas par un seductor?
-¡Callad, señor! ¡No insultéis la memoria de mi hermano!
-Vos mismo habéis confesado que no era rico. ¿De dónde hubiera sacado las mil pistolas para huir con una mujer?
Bois-Doré sintió vacilar su convicción. Su hermano no había querido nunca, a causa de la diferencia de sus opiniones, aceptar de él la menor parte de una fortuna que, con razón, consideraba que provenía del despojo de sus propios partidarios.
Se limitó a alegar que la mujer de su hermano había tenido derecho a llevarse lo que le pertenecía. Pero Alvimar repuso que la familia tenía también el derecho de considerarlo como suyo. Por lo tanto, rechazaba con energía la acusación de robo.
-No por eso dejáis de ser un traidor -le dijo el marqués-, por haber apuñalado cobardemente a un hidalgo, en lugar de pedirle una reparación.
-De ello tiene la culpa el disfraz de vuestro hermano -contestó Alvimar fogosamente-. Pensad que al verle con los trajes de un villano he creído que como a tal podía dejar que lo matase mi criado.
-¿Por qué no le mandasteis detener en aquella hostería, donde debisteis reconocer a vuestra hermana, en lugar de seguirle para asesinarle a traición?
-Comprenderéis -contestó Alvimar, siempre altivo y agitado- que no quería armar un escándalo y comprometer a mi hermana ante una muchedumbre.
-¿Y por qué, en lugar de apoderaros de ella y devolverla a su familia, la abandonasteis en aquel camino, donde murió una hora después? ¿Y por qué nadie, más tarde, la ha reclamado?
-¿Podía yo seguirla, ignorando que estuviese cerca de mí? Vuestro testigo no ha podido oír todas mis palabras; lo que yo tenía que preguntar al seductor no podía hacerlo a voz en grito. ¿Qué sabéis si no me contestó que mi hermanase había quedado en Urdoz y si lo que tomaron por una huída no era la prisa de correr tras ella?
-¿Y al no hallarla en Urdoz no os interesasteis por su deplorable muerte? ¿No os preocupasteis siquiera del lugar de su sepultura?
-¿Quién os dice que no conozco mejor que vos, señor, todos los detalles de aquella triste historia? En mi lugar, no pudiendo ya remediar nada, ¿hubierais dado un escándalo en un país en el que nadie conocía el nombre de vuestra hermana ni la deshonra de vuestra familia?
El marqués, anonadado por la aparente lógica de aquellas explicaciones, guardó silencio.
Parecía pensativo y tan absorto en sus reflexiones, que apenas oyó que anunciaban una visita. Acababan de introducir a Guillermo de Ars en el salón contiguo.
Lucilio vio brillar un relámpago de alegría en los ojos de Alvimar, causado acaso por el placer de ver a un amigo, o acaso solamente por la esperanza de huír de una situación peligrosa.
Alvimar se precipitó fuera del gabinete, y la tapizada puerta se cerró por un momento entre él y sus huéspedes.
Lucilio, al ver al marqués absorto en dolorosas reflexiones, le tocó como para interrogarle.
-¡Ay, amigo mío! -exclamó Bois-Doré-. ¡Pensar que no se qué resolver y que acaso soy víctima del mayor traidor del mundo! He sido inhábil. He expuesto a la buena morisca y acaso también a mi hijo a la venganza y a los ardides de un enemigo peligroso. He sido torpe. Al confesar que ignoraba el nombre de la dama le he proporcionado medios de defensa, y ahora, sea verdad, sea mentira la disculpa del asesino, ya no me creo con derecho a quitarle la vida. ¡Dios mío! ¡Señor! ¿Es posible que los buenos estén condenados a ser burlados por los granujas y que en toda guerra sean éstos los más listos y, en definitiva, los más fuertes?
Al hablar en esta forma, el marqués, indignado contra sí mismo, pegó sobre la mesa un fuerte puñetazo; luego se levantó para recibir a Guillermo de Ars, cuya voz alegre y despreocupada se oía en la habitación contigua.
Pero el mudo le asió vivamente del brazo, lanzando una exclamación inarticulada.
Tenía en la mano un objeto sobre el que llamaba la atención de Bois-Doré con un balbuceo de sorpresa y de alegría.
Era el anillo que el marqués se había puesto en el dedo meñique, aquel anillo misterioso que no había podido abrir y, que el vigoroso puñetazo aplicado sobre la mesa acababa de separar en dos circulos. No había en la sortija secreto de ninguna clase; pero las dos partes se juntaban tanto, que había sido necesaria una gran sacudida para separarlas.
En un instante leyeron los dos nombres grabados en los círculos. Eran los de Florimond y de su mujer. Con una seguridad espontánea comprendieron que poseían al fin la verdad.
El marqués dio rápidamente una orden a Lucilio, y con el corazón alegrado y la faz risueña fue a estrechar las manos de Guillermo.
Alvimar y monsieur de Ars no habían tenido tiempo más que para cambiar algunas frases sobre el buen viaje de uno y la agradable sorpresa del otro. Pero Guillermo había advertido cierta alteración en las facciones de su amigo, y éste alegó como explicación la jaqueca de la víspera.
Después de prodigar las primeras demostraciones de amistad a su joven pariente, el marqués quiso dar órdenes para la cena.
-No, gracias -dijo Guillermo-; he tomado un piscolabis en el camino, mientras que mis caballos descansaban, porque debo partir en este mismo instante. Ya veis que he vuelto más pronto de lo que pensaba. Ayer, en Saint-Amand, donde había ido con otros jóvenes de la provincia a hacer una escolta de honor a monseñor de Condé, he recibido el aviso de que mi intendente estaba muy enfermo. Temiendo morir, este buen hombre me ha enviado un mensajero para que regrese cuanto antes y para poderme poner al corriente de lo más esencial de mis asuntos, de los que confieso no saber la menor palabra. Sin embargo, he venido aquí primero para saber si le conviene a monsieur de Villarreal venirse conmigo esta noche o si está encadenado en vuestros jardines de la Astrée y desea pasar una noche más entre los encantos.
-¡No! -contestó vivamente Alvimar-. He abusado bastante de la cortesía del señor marqués; estoy indispuesto y acabaría por hacerme desagradable. Deseo marcharme con vos en el acto, y voy a encargar que preparen mis caballos a toda prisa.
-Es inútil -dijo el marqués-; voy a tocar la campana. Pronto tendré el gusto de volver a veros, monsieur de Villarreal.
-Soy yo quien vendré mañana a tomar vuestras órdenes, señor marqués, y a daros todas las explicaciones que deseéis... sobre la partida que acabamos de jugar.
-¿Qué partida? -preguntó Guillermo.
-Una partida de ajedrez muy hábil -contestó el marqués.
Adamas acudió, llamado por el campanillazo.
-Los caballos y las maletas de monsieur de Villarreal -dijo Bois-Doré.
Mientras ejecutaban esta orden, el marqués, con una tranquilidad que dio a Alvimar la esperanza de que todo se había apaciguado entre ellos, dio cuenta a Guillermo del empleo del tiempo en Briantes, durante su ausencia. Luego le hizo preguntas sobre los hermosos festejos de Bourges.
El joven estaba encantado de hablar; contó las emociones del tiro, o, mejor dicho, según lo llamaban entonces, del «honorable juego del arcabuz».
Habían colocado los blancos en los prados Fichaux, con un gran pabellón adornado con tapices y follajes para las damas y damiselas de la ciudad. Los tiradores se colocaron sobre un tablado, a ciento cincuenta pasos del blanco. Se habían presentado seiscientos cincuenta y tres arcabuceros El único que mereció el premio fue Triboudet, de Sancerre; pero se vio obligado a repartirlo con Boiron, de Bourges, por haber tomado un nombre supuesto, a fin de adelantar su turno. Los de Sancerre protestaron mucho, porque tenían en gran honor probar que sus tiradores eran los mejores del reino, y la división del premio les parecía una injusticia. Seguramente, aquel mal fallo había sido pronunciado para satisfacer a los de Bourges.
-En efecto -decía Guillermo, narrando con la animación de su juventud-, o Triboudet ha ganado o ha perdido. Si ha ganado, tiene derecho al honor y al provecho completos. Concedo que es culpable por haber tomado un nombre supuesto; pues bien: que le castiguen por ese delito con una multa o con unos días de cárcel, pero que no deje por eso de ser el vencedor del juego; porque el honor del talento es cosa sagrada, y, a pesar de que no tengamos en mucha simpatía a los viejos brujos de Sancerre, no hay un hidalgo que no haya protestado contra la injusticia hecha a Triboudet. Pero, ¡qué se lo va a hacer! Las grandes ciudades se comerán siempre a las pequeñas, y los ricachones de Bourges se imponen descaradamente a toda la burguesía de la provincia. ¡También se impondrían a la nobleza, si se les consintiese! Me sorprende que Issoudun haya tomado parte en el concurso; Argenton se ha abstenido diciendo que el premio estaba otorgado de antemano y que para los jueces de Bourges nada igualaba a los campeones de su comarca.
-¿Y no creéis que el príncipe haya tomado parte en esta injusticia? -preguntó el marqués.
-¡No lo juraría! Halaga cuanto puede a las habitantes de su buena ciudad; hasta tal punto, que ha hecho grandes gastos, aunque le gusta poco gastar su dinero para la diversión de los demás. En estos momentos mantiene a dos compañías de comedia, una francesa y la otra italiana, que dan sus funciones en unos frontones muy bien decorados.
-¡Cómo! -dijo Bois-Doré-. ¿Habéis vuelto a ver a los «trágicos historiadores de monsieur de Belleroze»? ¡Son más aburridos que cuarenta días de lluvia!
-No, no; esta vez la compañía se llama «Los comediantes franceses de monsieur de Lambour», y hay entre ellos artistas de gran habilidad. Pero el tiempo pasa y he aquí al fiel Adamas que viene a decirnos que los caballos están preparados, ¿verdad? Vámonos pronto, mi querido Villarreal, y ya que habéis prometido al marqués venir mañana a darle las gracias, me invito con vos.
-¡Cuento con ello! -repuso Bois-Doré.
-Y también podéis contar, señor -le dijo Alvimar haciéndole un profundo saludo-, con todas las pruebas de lo que he dicho.
Bois-Doré no contestó más que con otro saludo.
Guillermo, presuroso de ponerse en camino, no advirtió que el marqués, a pesar de su cortesía, se abstenía de tender la mano al español, y que éste no se atrevía a ofrecerle la suya.
Tan pronto como Guillermo y Alvimar partieron, el marqués, dirigiéndose a Adamas, le dijo con una voz llena de emoción:
-¡Pronto, mi alzacuello, mi casco, mis armas, mi caballo y dos hombres!
-Todo está dispuesto, señor -contestó Adamas-. Maese Jovelin nos lo ha encargado todo, diciendo de vuestra parte que si monsieur de Ars se marchaba esta noche, le escoltaríais... Pero, ¿con qué objeto?...
-Lo sabrás cuando yo vuelva -contestó el marqués subiendo a su cuarto para prepararse-. ¿Se ha pensado en ensillar los caballos en la cuadra pequeña, para que sólo las gentes que me van a escoltar estén en el secreto?
-Sí, señor; he cuidado de todo yo mismo.
-¿Te vas muy lejos? -exclamó Mario, que acababa de cenar con Mercedes y entraba en la alcoba del marqués.
-No, hijo mío, no voy lejos; estaré de vuelta dentro de dos horas. Acostaos pronto y dormid tranquilo. Abrazadme.
-¡Oh! ¡Qué guapo estás! -dijo ingenuamente Mario-. ¿Es que vas otra vez a la Motte Seuilly?
-No, no; voy a bailar en una fiesta -contestó el marqués sonriendo.
-Llévame, para que te vea bailar -dijo el niño.
-No puedo; pero tened paciencia, mi Cupido, porque desde mañana ya no daré un paso sin vos.
Cuando el viejo hidalgo se puso su pequeño casco de cuero amarillo con rayas de plata, forrado con una armadura de hierro y adornado con largos penachos que caían sobre el hombro; cuando se puso su corta capa militar, ciñó su larga espada y abrochó bajo la gola de encajes el alzacuello de acero brillante, Adamas pudo jurar, sin adulación excesiva, que tenía un aire muy marcial, tanto más cuanto que las recientes emociones habían hecho caer su colorete y tenía casi su cara natural, que no era la de un mequetrefe.
-Ya estáis dispuesto, señor -dijo Adamas-. ¿Pero no voy con vos?
-No, amigo mío; vas a cerrar todas las puertas de mi pabellón y pasar la velada con mi hijo. Si se duerme, le harán una cama provisional con almohadones. Quiero encontrarle aquí al regresar; y ahora alúmbrame, porque tengo que hablar en la sala con maese Jovelin.
Abrazó varias veces a Mario con enternecimiento y bajó un piso.
-¿Dónde vais y qué habéis decidido? -le preguntaron las ojos expresivos de Lucilio.
-Voy a Ars a proseguir mis pesquisas... y después, ¿no os parece?, si es necesario, me pondré de acuerdo con Guillermo para que el miserable no pueda escapar, y volveré a consultaros para lo demás. Hasta pronto, mi gran amigo.
Lucilio suspiró al ver marchar al marqués. Le parecía que tenía proyectos más serios de los que confesaba.
Mientras que el marqués se preparaba tranquilamente para salir, Guillermo y Alvimar, éste seguido por Lucilio y el otro por los cuatro hombres de su escolta, se dirigían lentamente hacia el castillo de Ars por el camino bajo, es decir, el que deja a la derecha las mesetas del Chaumois y pasa bastante cerca de La Châtre.
Como la luna no había salido todavía y los caballos de Guillermo estaban muy cansados, no podían ir de prisa.
Alvimar aprovechó esta circunstancia para adelantarse un poco, como a pesar suyo, con su escudero.
Entonces le preguntó, moderando el trote de su caballo:
-Sancho, ¿no habéis olvidado en Briantes nada de lo que me pertenece?
-¡No olvido nunca nada, Antonio!
-Sí; olvidáis vuestros puñales en los cuerpos de las personas que matáis.
-¿Siempre el mismo reproche?
-Hoy tengo mis razones para hacéroslo. Decidme: mi caballo ya no cojea; pero, ¿creéis que está en estado de hacer esta noche una larga caminata?
-Sí; ¿qué hay de nuevo?
-Escuchad bien y procurad comprender pronto. El «buhonero» era un hidalgo, el hermano del marqués de Bois-Doré. El cuchillo que empleasteis está en poder del marqués, que ha jurado vengarse y nos acusa por el testimonio de no sé qué testigo.
-La morisca.
-¿Por qué la morisca?
-Porque estos malditos dan siempre mala sombra.
-Si no tenéis otros motivos...
-Tengo otros; os los diré.
-Sí, más tarde; pensemos en abandonar este país sin tener más explicaciones con ese viejo loco. Le he dicho bastante para que tenga paciencia. Me espera mañana.
-¿Para un duelo?
-No; es demasiado viejo.
-Pero es muy astuto. ¿Es que queréis pudriros en algún subterráneo de su castillo? No importa; si vais, iré con vos.
-No iré; cierta predicción me hace ser prudente. Cuando estemos cerca del pueblo, cuyas luces se ven ya, apartaos de la escolta, desapareced y un cuarto de hora más tarde volved a reuniros conmigo, diciendo en voz alta que alguien de la ciudad os ha entregado una carta para mí. Iré como para leerla hasta el castillo de Ars, y hecha esta comedia, diré a monsieur Ars que debo marcharme en el acto. ¿Queda entendido?
-Queda entendido.
-Entonces, esperemos a monsieur de Ars y no demostremos prisa alguna.
Cuando el buen monsieur de Bois-Doré, armado hasta los dientes y confortablemente montado sobre el hermoso Rosidor, hubo franqueado el recinto de la aldea de Briantes, vio que Adamas, montando una buena jaquita, se deslizaba tranquilamente junto a él.
-¡Cómo! ¿Sois vos, señor rebelde? -dijo el marqués con un tono que no logró hacer severo-. ¿No os había prohibido seguirme y ordenado custodiar a mi heredero?
-Vuestro heredero está bien custodiado, señor; maese Jovelin me ha dado su palabra de no separarse de él, y, además, no me parece que corra ahora riesgo alguno en vuestro castillo, puesto que el enemigo está fuera y que detrás de él vamos.
-Ya sé, Adamas, que ahora el riesgo es para nosotros, y por eso es por lo que no quería que vinieras tú, que estás viejo y achacoso, y que además no fuiste nunca muy hombre de guerra.
-Es verdad, señor, que me gusta poco recibir golpes; pero me gusta bastante darlos como puedo. Ya no soy un muchacho; pero si no tengo buenas piernas, tengo buena vista y quiero cuidar de que no caigáis en ninguna emboscada. Por eso he traído conmigo dos hombres más, que se reunirán con nosotros dentro de tres minutos. Además de que me hubiera vuelto loco esperándoos sin saber nada ni hacer nada. ¡A ver, mi amo! ¿Adónde vamos y en qué forma vamos a atacar?
-¡Ya verás, amigo mío, ya verás! Pero apresurémonos. No tenemos mucho tiempo que perder, si queremos alcanzarlos a la mitad de camino.
Partieron al galope, y en menos de un cuarto de hora pudieron ver a Guillermo y su escolta, que seguían andando muy despacio.
La luna se levantaba y hacía brillar las armas de los jinetes.
Aquel lugar se llamaba, y se sigue llamando, La Rochaille; está bastante cerca de las casas de hoy; pero en aquel tiempo era muy árido y completamente desierto.
El camino subía entre una pequeña torrentera y una colina cubierta con enormes rocas grises, entre las que crecían unos castaños bastante enclenques. Aquel lugar tenía mala fama en todos los tiempos; las grandes piedras han inspirado a los aldeanos ideas supersticiosas, sea porque las atribuyan indistintamente a la labor de los demonios de la Galia antigua, sea porque las crean caídas del cielo, con el fin de exterminar el culto de aquellos diablos.
El marqués mandó detener a su pequeña tropa antes de que hubiera sido advertida por la de Guillermo, y, picando espuelas a su caballo, fue a ponerse a través del camino de su pariente.
Al oír acercarse aquel galope, Guillermo y Alvimar habían vuelto la cabeza; el primero, con mucha tranquilidad, pensando que se trataba de algún viajero apurado; el segundo, con mucha inquietud, porque no dejaba de pensar en la predicción, que los acontecimientos del día parecían confirmar y apresurar.
Cuando Bois-Doré pasó a la izquierda de la escolta de Guillermo, éste no le reconoció, a causa de su traje militar. Pero Alvimar le reconoció por los latidos de su corazón turbado, y el viejo Sancho, advertido por una emoción análoga, se acercó a su amo.
Sus ansiedades se disiparon cuando Bois-Doré tomó la delantera sin decir nada. Pensaron entonces que no era él. Pero cuando se detuvo, volviendo su caballo hacia los suyos, se miraron e instintivamente se acercaron más el uno al otro.
-¿Qué es esto, señor? -preguntó Guillermo, cogiendo una de sus pistolas de la pistolera de su silla-. ¿Quién sois y qué pedís?
Pero antes de que Bois-Doré tuviese tiempo de contestar, un tiro partió entre ellos, y la bala atravesó el casco del marqués, quien, al ver el gesto de Sancho para asesinarle, se había agachado rápidamente, exclamando:
-¡Guillermo! ¡Soy yo!
-¡Mil rayos! -gritó Guillermo asustado-.¿Quién ha tirado sobre el marqués? ¡Por Dios, marqués! ¿Estáis herido?
-No -contestó Bois-Doré-; pero debo deciros que tenéis en vuestra compañía unos cobardes que tiran sobre un hombre solo antes de saber si es un enemigo.
-Es verdad -repuso el joven indignado-, y haré justicia en el acto. ¡Miserables bribones! ¿Cuál de vosotros ha tirado sobre el hombre mejor del reino?
-¡Yo no! ¡Ni yo!... ¡Ni yo! -exclamaron, a la vez, los cuatro criados de monsieur de Ars.
-¡No, no! -dijo el marqués-. Ninguno de estos buenos chicos hubieran hecho una cosa semejante. He visto quién ha sido. ¡Éste!
Al decir esto, Bois-Doré, con una destreza, un vigor y una rapidez dignos de sus mejores días, azotaba con su látigo la cara de Sancho, y mientras que el asesino se llevaba las manos a los ojos, le agarró por el cuello de la sobrevesta y, arrancándole de la silla, le arrojó al suelo y fustigó a su caballo, que se desbocó y huyó en dirección de Briantes.
En el mismo momento, los cuatro hombres del marqués, violando la consigna que les había dado de esperar sus órdenes, llegaban a toda velocidad con Adamas, a quien la detonación y el galope del caballo desbocado habían causado la más viva inquietud.
-¡Ah! ¿Ya estáis aquí? -dijo el marqués a su gente-. Pues bien; recoged este jinete desmontado. Me pertenece, puesto que tengo en esta carretera el «derecho de los bienes mostrencos». Es mi prisionero. Atadle; hay por qué desconfiar de sus manos.
Mientras el colosal carrocero Aristandre ataba las manos a Sancho, aturdido por su caída, y le quitaba sus armas, Alvimar salía por fin del estupor en que le había dejado aquella rápida escena.
Durante un momento había pensado en abandonar a la ira de Bois-Doré a su cómplice; pero al ver que trataban tan rudamente al que una vez más demostraba su abnegación por él, un resto de pudor y de orgullo le obligó a protestar.
-Señor mío -dijo-, comprendo que estéis irritado contra la estupidez de este anciano, que dormía sobre su caballo, y que, despertado de sopetón, se ha creído atacado por una partida de ladrones. Ciertamente, merece un castigo; pero no ser tratado como prisionero, sometido a vuestro derecho señorial; porque es mío y sólo a mí incumbe castigarle por la injuria que os ha hecho.
-¿A esto lo llamáis una injuria, monsieur de Villarreal? -dijo el marqués con tono de desprecio-. Pero tampoco es con vos con quien me las tengo que entender, sino con mi pariente y amigo Guillermo de Ars.
-No toleraré ninguna explicación -dijo Alvimar con una rabia calculada - antes de que hayáis devuelto mi servidor, y si lo que buscáis es un combate...
-Guillermo, escuchadme -dijo Bois-Doré.
-¡No! ¡Nadie os escuchará! -exclamó Alvimar intentando librar su caballo, que Guillermo, colocado entre él y Bois-Doré, retenía para evitar un conflicto-. Monsieur de Ars, soy vuestro amigo y vuestro huésped; me habéis invitado y acogido, me habéis prometido ayuda y lealtad en toda ocasión; no me dejaréis injuriar ni aun por una persona de vuestra familia. En este caso, ¿no es a mí a quien debéis auxilio y justicia, aunque fuese en contra de vuestro propio hermano?
-Lo sé -contestó Guillermo-, y así será. Pero tranquilizaos y dejad hablar a Bois-Doré. Le conozco lo bastante para estar seguro de su cortesía hacia vos y de su generosidad hacia vuestro criado. Dejad que pase un momento de ira; es la primera vez que le veo tan enojado, y, a pesar de tener motivo para ello, estoy seguro de apaciguarle. Vaya, vaya, amigo mío, estad tranquilo; vos también estáis encolerizado; pero sois el más joven y mi primo es el ofendido. Os confieso que si hubiese sufrido la menor herida, yo hubiera matado a vuestro criado en el acto, aunque luego os hubiera tenido que dar razón de ello.
-Pero, ¡qué diablo, señor! - exclamó Alvimar, siempre con la esperanza de evitar la explicación con una disputa, y, en caso necesario, con una lucha-. ¿Podréis decirme cuál es la falta de mi servidor? ¿Qué significa el capricho del señor marqués, pasando junto a nosotros sin darse a conocer y viniendo a atravesarse en nuestro camino, exponiéndose a ser tomado por un loco? ¿Y vos mismo, no habéis empuñado vuestra pistola para gritarle: Quién vive?
-Es verdad; pero yo no hubiera disparado sin esperar la contestación, ni creo que vos tampoco lo hubierais hecho, y no podríais defender el acto estúpido o malo de vuestro criado. Vaya, sosegaos. Si queréis que yo arregle el asunto a vuestro honor y satisfacción, no me quitéis los medios con vuestra violencia.
Mientras Alvimar seguía discutiendo con aspereza y el marqués esperando con mucha tranquilidad, Adamas, preocupado por el desenlace del asunto, y obrando por su cuenta, había hablado con las gentes de Guillermo. Les había dicho todo lo que sabía, y ellos le habían jurado que, en el caso de que monsieur de Ars se viera obligado a ordenarles que defendiesen a Alvimar en contra de la escolta de Bois-Doré, harían una lucha simulada, y, entretanto, dejarían a quien correspondía la misión de hacer justicia a los asesinos.
Todos aquellos criados, aunque de distintos señores, eran parientes o amigos y no tenían ningún deseo de cambiar golpes por el amor de un forastero culpable o sospechoso.
El tiempo que Alvimar esperaba ganar con su resistencia se volvía fatalmente contra él, y cuando Guillermo, impacientado e indignado por su obstinación, le volvió la espalda para explicarse con el marqués, se vio rodeado por la escolta de este último, sin que la de Guillermo pusiese la menor oposición.
Entonces su inquietud fue grande y miró en torno suyo, calculando las pocas probabilidades de huir que tenía, sin dejar en la tentativa el honor la vida.
Pero renació su esperanza al oír que Guillermo, quien Bois-Doré acababa de contar sus agravios en pocas palabras, se empeñaba en creer que había sido víctima de falsas apariencias.
-¿Monsieur de Villarreal? -contestó el marqués-. Esto es imposible, y para creerlo ya, tendría que haberlo visto con mis propios ojos. Y como vos no lo habéis visto y debéis ser víctima de falsos relatos, permitidme que defienda el honor de este hidalgo y, a pesar del respeto que tengo por vos, no contad, señor y querido primo, con que os deje insultar y maltratar sin pruebas a un amigo que se ha confiado a mi guardia. Además, no tenéis derecho para hacerlo, porque todo hidalgo depende de la justicia del rey. Os suplico que soseguéis vuestros ánimos exaltados y que me dejéis volver a mi casa, adonde sabéis que me corre prisa el llegar.
-Mis ánimos no están exaltados -contestó Bois-Doré elevando la voz con una dignidad que Guillermo no sospechaba-; esperaba vuestra réplica, mi querido primo y amigo. En vuestro lugar, yo hubiera hecho lo mismo, y no os censuro en nada. Como había pensado que vuestra conducta sería tal cual es, he resuelto conformar la mía a la consideración que os debo, y por eso es por lo que me veis a la mitad del camino de nuestras moradas respectivas y sobre un terreno neutral y comunal.
Tengo algunos derechos sobre esta carretera; pero a tres pasos del ribazo, entre estas viejas rocas el terreno no es ni de vuestro dominio ni del mío. Sabed, pues, que estoy resuelto a batirme a muerte en este lugar, frente a frente con este traidor, que no puede negarse a combatir, puesto que intencionadamente le he ofendido y provocado en la persona de su lacayo, y porque en este momento le provoco y le insulto, afirmando ante Dios, ante vos y ante los hombres honrados que nos acompañan, que es un asesino infame.
No creo que toméis a mal lo que hago; porque os ruego os fijéis en que mientras vos y él habéis estado en mi casa, he dominado mi justa ira y he cumplido con la palabra que os di de ser para él un huésped perfecto; y os ruego os fijéis también en que me las he arreglado para que nos encontremos en pleno campo, a fin de no tener que violar vuestro domicilio, porque por nada en el mundo hubiera yo querido poneros en el trance de auxiliar a ese traidor.
En fin, mi querido primo, os ruego consideréis que os hago el mayor de los sacrificios, y es que, en lugar de matarle, molido a palos por mis criados, según merece, condesciendo, yo, noble y digno de serlo, en batirme con un asesino de la especie más vil. A no haber sido por la amistad con que le honráis, le hubiera encerrado en alguna mazmorra; pero como quiero respetaros hasta en el error en que estáis, renuncio a todo privilegio para combatir con él, el infame, el degradado, con las armas del honor. He dicho, y ya no podéis oponer nada.
-¡Ciertamente! -exclamó Guillermo, conmovido por la nobleza de alma del anciano-. No puede darse una conducta más leal que la vuestra, mi querido primo, y, dadas las sospechas que tenéis, demostráis una generosidad poco común. Pero como tales sospechas no tienen fundamento...
-No son sospechas -repuso el marqués-, y ya no se trata de eso, puesto que no queréis escuchar; yo provoco en duelo a uno de vuestros amigos y supongo que no consideraríais como tal a un hombre capaz de retroceder.
-¡No, por cierto! -exclamó Guillermo-. Pero yo no consentiré que tenga lugar un duelo que no conviene a vuestra edad. Antes me batiré par vos. ¿Queréis admitir mi palabra? Os la doy de vengar yo mismo la muerte de vuestro hermano, si lográis demostrar indiscutiblemente que monsieur de Villarreal la ha causado cobarde y malamente. Esperad a mañana y yo me hago el justiciero de vuestra familia, como es mi deber para con vos.
El gesto de Guillermo era digno de la generosidad del marqués; pero al aludir a su edad, el joven le había ofendido singularmente.
-Guillermo -dijo, volviendo a la puerilidad de su manía, que contrastaba de un modo tan extrano con la magnanimidad de sus instintos-, me tomáis por algún viejo señor Pantaleone, con la tizona oxidada y la mano temblorosa; os ruego recordéis que las atenciones que tengo para vos no merecen la injuria que me hacéis al proponenne vengar, en mi lugar, la odiosa muerte de mi hermano adorado. Vamos; me parece que ya se ha hablado bastante y estoy al cabo de mi paciencia. ¡Vuestro monsieur de Villarreal tiene más que yo, puesto que escucha todo esto sin decir esta boca es mía!
Guillermo vio que las cosas estaban en estado tal que todo arreglo era ya imposible, y considerando él también que la paciencia de Alvimar era excesiva, se volvió hacia él y le dijo con cierta viveza:
-Vamos, amigo mío, contestad algo; no digo que contestéis a este desafío insensato; pero sí a una acusación, que no podéis merecer.
Durante el debate, Alvimar había reflexionado. Desde aquel momento afectó una calma desdeñosa e irónica.
-Acepto el desafío, señor -contestó-, y no creo tener gran mérito al hacerlo, puesto que, según sabéis, soy muy diestro en el manejo de todas las armas. En cuanto a la acusación, es tan ridícula y tan injusta, que espero, para rechazarla, a que vos mismo me la expliquéis; porque todavía no sé lo que el marqués os ha dicho de mí al hablaros aparte, y deseo que lo repita en alta voz.
-Consiento en ello, y no seré muy extenso -repuso Bois-Doré-. He dicho que sois un bandido, un asesino y un ladrón. ¿Queréis que diga algo más? Yo no encuentro contra vos nada peor que la verdad.
-Me estáis diciendo singulares amabilidades, señor marqués -contestó fríamente el español-. Ya en vuestra casa me habíais obsequiado con una historia lúgubre, en la que os ha parecido bien atribuirme la muerte de vuestro señor hermano. Ya os he dicho que lo ignoraba; lo único que sé es que he mandado matar por mi criado a un hombre vestido de buhonero que raptaba a una dama de quien, como sabéis, tomé la defensa y vengué el honor.
-¡Ah! ¡Ah! -exclamó el marqués-. ¿Ahora es éste vuestro sistema de defensa? La que huía con mi hermano iba raptada y ya no os acordáis haberme dicho que era vuestra...
-Más bajo, señor, os lo suplico. Si monsieur de Ars quiere escucharme a dos pasos de aquí, yo le diré quién era aquella mujer, de no ser que querais ultrajar y manchar su nombre delante de vuestros lacayos.
-¡Mis lacayos valen más que los vuestros, señor! ¡Pero no importa! Consiento y aun tengo interés en que digáis vuestro secreto a monsieur de Ars, pero ha de ser delante de mí.
Los tres se alejaron del grupo y el marqués fue el primero en hablar.
-Vamos -dijo-, explicaos. Alegáis en vuestra defensa que aquella dama era hermana vuestra.
-¿Y vos, señor -repuso Alvimar-, pretendéis ahora desahogar vuestro furor fantástico dándome un nuevo mentís?
-No, señor. Os pregunto el nombre de vuestra hermana, porque no creo que os llaméis Villarreal.
-¿Y por qué no, señor?
-Porque ahora lo sé. Atreveos a negarlo delante de monsieur de Ars, a quien también engañáis con un nombre supuesto.
-De ninguna manera -dijo Guillermo-. El señor se oculta bajo uno de los apellidos de su familia, y el suyo le conozco muy bien.
-Entonces, mi querido primo, que lo diga, y juro que si es el nombre verdadero de mi difunta cuñada, me retiro de aquí, dándoos a los dos todas mis excusas.
-Yo -dijo Alvimar- me niego a decirlo. Creía que entre hidalgos bastaba con la palabra; pero me insultáis sin tregua ni prudencia. Queréis un duelo y se cumplirá vuestro deseo.
-¡No! ¡Cien veces no! -exclamó Guillermo-. Y puesto que lo único que necesita el marqués para retirarse tranquilamente es saber vuestro nombre, yo...
-Os suplico no olvidéis -prosiguió Alvimar -que me exponéis...
-No; mi primo es demasiado caballero para entregaros a vuestros enemigos. Sabed, marqués, y pongo esto bajo la salvaguardia de vuestro honor, que este señor se llama Sciarra de Alvimar.
-¡Ah, sí! -contestó el marqués con ironía-. ¿Entonces el señor tiene las mismas iniciales que la marca de fábrica de Salamanca?
-¿Qué queréis decir?
-Nada; subrayo una nueva mentira de este señor. Pero ésta es tan insignificante al lado de las otras...
-¿Qué otras? ¡Vamos, marqués, sois demasiado obstinado!
-Permitid, Guillermo -dijo Alvimar afectando siempre el mismo desdén-. Todo esto tiene que terminar con la espada. Así acabaremos antes.
-Pues yo -dijo el marqués- ya no tengo tanta prisa. Tengo que saber el nombre y el apellido de la hermana de monsieur de Villarreal, de Sciarra de Alvimar. Ya sé que los españoles tienen muchos hombres; pero con sólo que me diga el verdadero y principal que usaba aquella dama...
-Si lo conocéis -contestó Alvimar-, vuestra insistencia para hacérmelo decir es un nuevo ultraje.
-¡Pero, Alvimar, no lo toméis así! -exclamó Guillermo impacientado-. Poned algo de vuestra parte; de no ser que queráis hacernos pasar la noche aquí.
-Dejad, Guillermo -dijo el marqués-, yo diré este nombre misterioso. La supuesta hermana de monsieur de Villarreal se llamaba Julia de Sandoval.
-¿Y por qué no, señor? -dijo Alvimar, aprovechando rápidamente lo que creyó ser una insigne torpeza del anciano-. Yo no quería decir su nombre. No me convenía; creía que lo ignorabais, y puesto que me habéis mentido, a pesar de censurar tanto las mentiras de los demás, sabed que Julia de Sandoval era hija de mi madre y había nacido de un primer enlace.
-Entonces, señor -repuso Bois-Doré descubriéndose-, estoy dispuesto a retirarme y hasta a arrepentirme por mi violencia, si consentís en jurarme por vuestro honor que reconocisteis a vuestra hermana Julia de Sandoval, bajo su velo, en el coche de mi hermano, en la hostería de...
-Os lo juro, por satisfaceros. En aquella hostería la había visto también sin velo.
-Y por tercera vez..., perdonad mi insistencia, ¡es mi deber por tratarse de mi hermano! Por tercera vez, ¿Julia de Sandoval era realmente vuestra hermana? El anillo que llevaba en el dedo, que ahora llevo yo en el mío y en el que está grabado este nombre con todas sus letras, ¿era realmente su anillo? ¿Lo juráis?
-¡Lo juro! ¿Estáis satisfecho?
-¡Esperad! En el engarce de esta sortija hay un blasón: campo de azur con casco de oro. ¿Son éstas las armas de los Sandoval de vuestra familia?
-Sí, señor, precisamente.
-Entonces, señor -dijo Bois-Doré cubriéndose de nuevo-, declaro una vez más que habéis mentido como un imprudente y un cobarde, porque me he burlado de vos. El anillo de vuestra supuesta hermana lleva el nombre de María de Mérida, y sus armas son de sinople con cruz de plata. Os lo puedo probar.
Las palabras del marqués hicieron vacilar la convicción de Guillermo; pero Alvimar no necesitaba mucho para reflexionar.
Aunque la luna hubiera brillado mucho, no hubiera sido posible distinguir las letras menudas y las armas microscópicas grabadas en la sortija, y en aquella época no se tenía, como hoy, cerillas dispuestas en el bolsillo.
Por lo tanto, era necesario aplazar el examen de la prueba. No se trataba para el criminal de evitar, sino, por el contrario, de provocar un duelo. Lo que temía era que le negasen el honor de esta posible salvación y que le hiciesen prisionero del marqués o del prebostazgo.
Precipitadamente atrajo a Guillermo a un lado y le dijo, echándose a reír:
-Estoy vencido. He querido ser complaciente, como lo exigíais, para acabar y libertaros de este viejo lunático. Ha dicho todo lo que ha querido decir, y ahora su fantasía toma otro vuelo que yo no puedo seguir. Yo tengo la culpa de todo. Debí haberos contado al salir de su casa que desde hace dos días está loco, y la prueba es que ayer ha ido, como os lo podrán decir, a pedir la mano de madame de Beuvre, y que hoy mismo ha inventado sobre la muerte de su hermano las novelas más extrañas, tomando por asesinos unas veces a mí, otras a su mudo y otras a su perrito. Para evitar batirme con él he tenido que inventar unas cuentos, siguiéndole la corriente; pero no se ha sosegado más que a vuestra llegada.
-¿Por qué no me habéis dicho todo esto? -exclamó Guillermo.
-No he querido quejarme de las molestias que he tenido en su casa; hubierais creído que os reprochaba el haberme dejado en ella. Ahora no me queda más que un medio para acabar. Dejadme que me bata con él.
-¿Con un anciano demente? No puedo consentirlo.
-Vamos, Guillermo -exclamó Bois-Doré impacientado-. ¿Queréis dejarme ahora vengar mi ofensa, o es que para animar al señor Alvimar tendré que hacer el honor de abofetearle?
-Somos con vos, señor- contestó Alvimar alzando los hombros-. Vamos, amigo mío -añadió dirigiéndose a Guillermo en voz baja-, ya veis que es necesario. No tengáis miedo. No tardaré en dominar a este viejo fantoche, y os prometo hacer saltar su espada tantas veces como queráis. Me comprometo a fatigarle bastante para que necesite irse pronto a acostar, y mañana nos reiremos de la aventura.
Al verle tan alegre Guillermo se tranquilizó.
-Me complace el veros en tan buenas disposiciones -le dijo en voz baja-, y os advierto que si tomaseis el duelo en serio con este anciano, no haríais ningún acto de valor y me causaríais mucha pena. Le creo loco; pero es una razón de más para que no uséis de vuestra superioridad. Limitaos únicamente a proporcionarle unas agujetas.
Sin embargo, Guillermo sabía que Bois-Doré era un gran esgrimidor, pero empleaba un método anticuado que los jóvenes desdeñaban; también sabía que si el marqués tenía todavía la muñeca flexible, no tenía ya las piernas bastante firmes para resistir durante más de dos o tres minutos. Además, Guillermo sabía lo mucho que valía Alvimar en la materia, y no cesó de exhortarle encarecidamente a la generosidad.
Los combatientes pusieron pie en tierra; los criados siguieron guardando los caballos y al prisionero Sancho, al que Guillermo dio orden de no dejar en libertad antes de que terminase el combate por si alguna intervención imprevista complicaba la situación.
Sancho hubiera deseado estar libre; como no retrocedía ante ninguna resolución extrema, comprendía que hubiera podido ser otra vez útil a su amo; pero era demasiado orgulloso para quejarse y protestar; permaneció estoico e impasible bajo la vigilancia de las gentes de Bois-Doré.
Mientras que Guillermo buscaba con los dos combatientes un lugar apropiado entre la carretera y las rocas, Adamas y Aristandre discutían acaloradamente en voz baja. Aristandre estaba desesperado; Adamas tenía fiebre; pero no le cabía en la cabeza la idea de que su amo pudiese ser víctima de su magnanimidad. Se aturdía con su confianza en la fuerza y la habilidad del marqués.
-¿Por qué tiemblas como un niño? -decía al carrocero-. ¿No sabes tú que el señor se tragaría treinta y seis mequetrefes como este español? Sólo una traición podría vencer a un hombre tan valiente; pero el granuja de Sancho está bien guardado, y nosotros lo vigilamos todo. ¿No soy yo testigo? El señor lo ha dicho; ya lo has oído. Somos dos buenos testigos, y no consentiremos que se de un paso ni se haga un gesto que no esté en las reglas.
-¡Pero ni tú ni yo conocemos las reglas de combate de los hidalgos! Mira: me están dando ganas de subir allí arriba sin que me vean, y si veo que el español tiene demasiadas probabilidades de vencer, arrojarle uno de esos pedruscos.
-Si yo tuviera la seguridad de que no aplastarías al señor al mismo tiempo que a su enemigo, no te lo impediría; ni tampoco me creería criminal por meterle dos balas en la cabeza si yo no fuera testigo. Pero mi amo me llama; puedes estar tranquilo; todo marchará bien.
Entretanto el terreno había sido elegido; era bastante espacioso e iluminado por la luna.
Guillermo midió las espadas, hacía las funciones de testigo imparcial para los dos combatientes, que habían jurado confiar en él, porque Adamas no podía ser más que un testigo de fórmula.
El combate empezó.
Adamas, a pesar de su fe y de su entusiasmo, sintió un escalofrío; se quedó mudo con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas; no se daba cuenta de que el sudor y las lágrimas corrían por su faz grotesca y enternecedora.
Guillermo también se había esforzado en persuadirse de que nada funesto había de resultar de aquel extraño asunto. Pero cuando el combate empezó sintió derrumbarse su confianza y se reprochó el no haber conseguido impedir a toda costa un duelo que desde un principio amenazaba tener malos resultados.
Alvimar había prometido dominar a su adversario y perdonarle la vida. Pero por la expresión de su rostro, que la luz de la luna permitía distinguir, Guillermo veía que la ira y el odio se revelaban con una energía creciente, y su juego, seco y apretado, no anunciaba la menor intención prudente o generosa. Afortunadamente, el marqués estaba todavía tranquilo y se mantenía a la defensiva con más vigor y flexibilidad de lo que se hubiera podido esperar de él.
Guillermo no podía decir nada, y se limitó a toser dos o tres veces para advertir a Alvimar que se moderase sin despertar la susceptibilidad del marqués, quien, si hubiera creído que no era tomado en serio, hubiera acaso perdido la seguridad.
Pero el combate era serio. Alvimar veía que su adversario era menos fuerte que él en teoría, pero en la práctica se sentía preocupado e inferior en aquella ocasión. Representaba un papel bastante difícil: quería matar al marqués, pero aparentar que le mataba involuntariamente.
Insistía en la postura defensiva para que el marqués se ensartase él mismo; pero Bois-Doré parecía adivinar su intención, y se batía con prudencia.
El combate se prolongaba sin resultado. Guillermo quiso intervenir para suspenderlo. No tuvo tiempo: los dos adversarios habían caído el uno encima del otro.
Un tercer combatiente se precipitó entre ellos, a riesgo de ser herido; era Adamas que, perdida la cabeza y no sabiendo de qué lado estaba la ventaja, se arrojaba, sin armas ni defensa, en la batalla. Guillermo le rechazó rápidamente, y vio al marqués de rodillas sobre el vientre de Alvimar.
-¡Favor! -exclamó-. ¡Favor para quien os lo hubiera concedido!
-Ya es tarde -contestó el marqués levantándose-. Justicia está hecha.
Alvimar estaba clavado en tierra por la tizona del marqués; había dejado de existir.
Adamas había perdido el conocimiento.
Al oír los gritos de favor, los dos hombres de Bois-Doré habían acudido.
El marqués, jadeante y extenuado, se apoyó contra la roca. Pero no flaqueó, y cuando la luna salió tras de la nube se puso de nuevo en pie para mirar y tocar el cadáver.
-Está bien muerto -le dijo Guillermo en tono de reproche-. Me habéis matado a un amigo, señor, y no os puedo felicitar, porque vuestras sospechas eran forzosamente injustas.
-Os probaré que no lo eran, Guillermo -contestó Bois-Doré con una dignidad que de nuevo conmovió la convicción de su pariente-. Hasta entonces suspended vuestro resentimiento contra mí y vuestro dolor por ese mal hombre. Cuando sepáis la verdad, acaso os reprochéis de haberme forzado a exponer mi vida para acabar con la suya.
-¿Y ahora qué haremos con este desgraciado? -preguntó Guillermo abatido y consternado.
-No consentiré que tengáis disgustos por mi culpa -contestó Bois-Doré-. Mis criados lo van a llevar al convento de los carmelitas de La Châtre, que le darán sepultura como lo entiendan.
No pretendo ocultar a nadie lo que hemos hecho, tanto más cuanto que todavía tengo por castigar al otro asesino. Pero no podría hacer con sangre fría una labor tan desagradable, y quiero entregarlo al teniente del prebostazgo para que su castigo sea ejemplar. Adamas, tú vas a conducirme. ¿Pero dónde está mi fiel Adamas?
-¡Ay, señor! -contestó Adamas con una voz cavernosa-. Estoy aquí, a vuestros pies, y muy enfermo. Por un momento os he creído muerto, y creo que lo he estado de veras durante un cuarto de hora. No me enviéis a ningún lado; ya no tengo piernas y la cabeza me da vueltas como una rueda de molino.
-Entonces, mi pobre amigo, si no sirves ya para nada, enviaremos a otro. Bien te había yo dicho que ya no tienes edad para soportar estas emociones.
El marqués volvió junto a los caballos mientras que sus criados y los de Guillermo levantaban el cadáver y le envolvían en una capa; pero cuando buscaron al prisionero, no lo encontraron.
No habían tenido la precaución de atarle las piernas. Durante un momento de desorden y confusión, los criados, preocupados por el desenlace del combate, habían abandonado los caballos; sólo dos hombres habían quedado al cuidado de ellos.
El prisionero, aprovechando un descuido, se había dado a la fuga, ocultándose en algún lugar de la torrentera.
-No os preocupéis, señor marqués -dijo Arisandre a Bois-Doré-. Un hombre con las manos atadas no puede correr mucho ni esconderse muy bien; os respondo de alcanzarle. Volver a vuestra casa y descansad, que bien lo necesitáis.
-No -dijo el marqués-; tengo que volver a ver a ese asesino; que dos hombres le busquen mientras yo voy con otros dos a acompañar a monsieur de Ars al convento de los carmelitas.
Colocaron a Alvimar sobre el caballo, y los criados de Guillermo ayudaron a los de Bois-Doré a transportarle.
El marqués se adelantó con Guillermo para que abrieran las puertas de la ciudad en caso recesario, pues eran ya cerca de las diez.
En el camino, el marqués dio a su joven pariente datos tan precisos sobre la muerte de su hermano, el descubrimiento de su sobrino, la particularidad del cuchillo catalán, la confesión que la ira había arrancado al culpable, y, en fin, sobre la prueba de la sortija abierta, que Guillermo tuvo que desistir de defender el honor de su amigo.
Confesó que, en suma, le conocía muy poco, que había hecho amistad con él a la ligera y que en Bourges había sabido, acerca del duelo, causa de que el hidalgo anduviese huido, ciertos detalles poco honorables si eran verdaderos. Decían que Sciarra Martinengo había sido herido contra todas las leyes del honor, en un momento en que solicitaba que se suspendiese al combate porque su espada se había roto.
Guillermo no había querido creer tal acusación; pero las revelaciones de Bois-Doré empezaban a hacerle comprender que todo aquello podía ser verdad, y prometió ir a Briantes al día siguiente para ver las pruebas y para trabar conocimiento con el hermoso Mario.
A medida que Guillermo se iba convenciendo de la culpabilidad de Alvimar volvía a ser expansivo y afectuoso con el marqués, tanto por un sentimiento de equidad natural como por su facilidad innata para entregarse a su última impresión.
-¡A fe mía -dijo cuando estuvieron cerca de la ciudad- que habéis obrado como un valiente y la estocada que le habéis dado clavándole en tierra es de lo más hermoso que he conocido! Nunca vi otra igual, y cuando me demostréis que el pobre Sciarra era tan canalla como decís, me alegraré de haber asistido a tal hazaña. Si hubiera tenido menos pena, os hubiera felicitado. Pero me cause sentimiento o satisfacción esta muerte, confieso que sois una buena espada y quisiera ser en esto tan fuerte como vos.
Nuestros jinetes se encontraban ya sobre el puente de los Scabinats (hoy Cabignats) y se dirigían hacia la salida del rebellín, cuando Adamas, que había recobrado sus ánimos y reflexionado detenidamente, se acercó a ellos, rogándoles que le escuchasen.
-¿No creéis, señores míos -les dijo -que la entrada de este cadáver en la ciudad va a armar mucho ruido?
-¡Y qué! -dijo el marqués-. ¿Crees tú que yo quiero ocultar que he vengado mi honor y la muerte de mi hermano?
-Sí, señor; debéis vanagloriaros como de una hermosa hazaña, pero solamente cuando el cuerpo esté bajo tierra; porque en estas pequeñas localidades se hace mucho ruido por poca cosa, y el espectáculo de un hidalgo traído en esta forma sobre su caballo va a hacer abrir desmesuradamente los ojos a los burgueses de La Châtre. Tenéis enemigos, señor, y a estas horas monseñor de Condé es un católico muy ardiente. Si la gente se entera de que este español estaba cubierto de reliquias y de rosarios y que se había confesado con monsieur Poulain, cuya ama hablaba de él en la aldea de Briantes como de un cristiano perfecto...
-¡Vaya! ¿Qué quieres decir con tus comadreos, mi querido Adamas? -dijo el marqués con impaciencia.
Guillermo tomó la palabra.
-Querido primo, Adamas tiene razón. Nadie respeta las leyes contra el duelo; pero las gentes malintencionadas las pueden invocar. Ese Alvimar tenía en París algunos amigos poderosos; relatos malintencionados pueden en algún momento perjudicarnos a vos y a mí; sobre todo a vos, que no tenéis fama de católico muy sincero. Creedme; no entremos en la ciudad, y pensemos en los medios de deshacernos de este muerto. Vos estáis seguro de vuestros criados; yo respondo de los míos. No tengamos confidentes entre la gente de Iglesia y los burgueses de provincia, que todos tienen en este país muy mala lengua contra los que han combatido la Liga y servido al difunto rey.
-Hay algo de verdad en lo que decís -contestó Bois-Doré-; pero me repugna atar una piedra al cuello de un muerto y arrojarle al agua como un perro.
-¡Pues sí, señor! -dijo Adamas-; este hombre no merecía otra cosa.
-Es verdad, amigo mío; así lo pensaba yo hace una hora; pero contra un cadáver no siento odio.
-Pues bien, señor -repuso Adamas-; se me ocurre una idea que lo arregla todo. Si volviésemos sobre nuestros pasos, encontraríamos a poca distancia de aquí, junto al prado Chambon, la casa de la jardinera.
-¿Quién? ¿María la Zancuda?
-Os es muy fiel, señor, y dícese que no fue siempre fea y picada de viruelas.
-Vamos, vamos, Adamas; no es hora de bromear.
-No bromeo, señor, y estoy seguro de que ella guardaría bien el secreto.
-¿Y quieres que nos presentemos en su casa con un cadáver? ¡Se moriría de miedo!
-No, señor; porque no está sola. Juraría que encontraremos en su casa a un buen carmelita que dará sepultura muy cristianamente al español en el vallado de la jardinera.
-Sois demasiado hugonote, Adamas -dijo monsieur de Ars-. Los carmelitas no son tan libertinos como creéis.
-No digo nada malo de ellos, señor mío; hablo de uno solo, a quien conozco y que no tiene de monje más que el hábito y los «padrenuestros». Es Juan el Cojo, que ha servido al señor marqués en la guerra, y a quien el señor marqués hizo entrar en el convento en calidad de fraile oblato.
-A fe mía que el consejo es bueno -dijo el marqués-; Juan el Cojo es un hombre seguro, y ha visto tantos rostros lívidos vueltos hacia la tierra en los campos de batalla, que no se asustará del encargo que le vamos a dar.
-Entonces apresurémonos -dijo monsieur de Ars-, porque ya sabéis que mi intendente se está muriendo y quisiera verle, si todavía es tiempo.
-Podéis marcharos -dijo el marqués-; ocupaos de vuestros asuntos; de éste me encargo yo.
Se estrecharon la mano.
Guillermo se reunió con su gente y tomó el camino de su castillo; el marqués y Adamas se detuvieron en casa de la Zancuda, donde Juan el Cojo se hallaba, efectivamente, y recibió con efusión a su protector, a quien él llamaba su capitán.
Sabido es que el fraile oblato era un militar herido en el servicio del rey o del señor de la provincia, y del que el convento tenía la obligación de encargarse.
Casi todas las Cofradías religiosas debían admitir y mantener aquellos despojos de los horrores de la guerra, a veces demasiado libertinos para los piadosos frailes, a veces mucho menos depravados que los mismos monjes.
Fuesen como fuesen los carmelitas de La Châtre, cuya historia no tiene por qué importarnos, el caso es que el hermano seglar Juan el Cojo se sujetaba muy poco a las reglas del convento, y si no faltaba a la hora de la pitanza faltaba a la de acostarse.
Mientras que el marqués le explicaba lo que solicitaba de su fidelidad y su discreción, Adamas hacía introducir el cadáver en la casita aislada. Un cuarto de hora más tarde, Bois-Doré y su gente volvían a pasar por el camino de la Rochaille.
Encontraron a Aristandre y a sus camaradas muy contrariados por no haber logrado descubrir el paradero de Sancho.
-Y bien, señor -dijo Adamas-, acaso sea que lo dispone así Dios. Ese criminal se guardará mucho de presentarse en un país donde sabe que se le conoce y hubiera constituido para vos un trastorno más.
-Confieso que me agradan poco las ejecuciones -contestó el marqués-, y no hubiera presenciado ésta. Al entregarle al prebostazgo, hubiera tenido que decir lo que he hecho con el amo, y puesto que por el momento debemos callarnos, más vale que las cosas pasen así. Creo que la muerte de mi querido Florimond está suficientemente vengada, aunque la morisca no haya visto si fue el amo o el criado el que infirió el golpe que puso fin a su pobre vida. Pero en esta clase de asuntos, Adamas, el más culpable, y acaso el único, es el que dirige. A veces el criado cree que es su deber obedecer una mala orden, y éste no obró por su cuenta ni se aprovechó de los despojos de mi hermano, puesto que siguió siendo criado como antes.
Adamas no compartía la indulgencia que sentía el marqués después de su enérgico acto. Odiaba a Sancho aún más que a Alvimar por su altivez para con sus iguales y por su reserva, de la que no le había podido sacar.
Le creía muy capaz de haber aconsejado y ejecutado el crimen; pero le apenaba tanto el ver al marqués preocupado, que contribuyó a ilusionarle sobre la escasa importancia de la captura, a la que se veía obligado a renunciar.
Cuando llegaron a la puerta del castillo de Briantes oyeron las pisadas irregulares de un caballo en libertad.
Era el de Sancho, que había vuelto al albergue y que al ver el de Alvimar conducido por la rienda cambió con él un relincho lasitimero y casi lúgubre.
-Estos pobres animales sienten, según dicen, las desgracias de sus amos -dijo el marqués a Adamas-; son listos y buenos; no haré matar a éstos, pero no quiero en mi casa nada de lo que ha pertenecido al tal Alvimar; y como el provecho de sus despojos mancharía nuestras manos, quiero que la próxima noche se conduzcan estos caballos a diez o doce leguas de aquí y los pongan en libertad. Los aprovechará quien quiera.
-Y así -contestó Adamas- nadie sabrá de dónde vienen. Podéis confiar esta misión a Aristandre. No caerá en la tentación de venderlos para su provecho, y si me creéís debe ponerse en camino ahora mismo, antes de que los caballos franqueen la puerta. Es inútil que mañana los vean en vuestras caballerizas.
-Haz lo que quieras, Adamas -contestó el marqués-. Me haces pensar que este desdichado debía llevar dinero y yo hubiera debido quitárselo para repartirlo entre los pobres.
-Dejad que lo aproveche el hermano oblato, señor -contestó el juicioso Adamas-; cuanto más encuentre en los bolsillos del muerto más seguro está su silencio.
Eran las once de la noche cuando el marqués entró en su salón.
Jovelin acudió a arrojarse en sus brazos. Su cara expresiva revelaba la angustia y la inquietud que había sufrido.
-Mi gran amigo -le dijo Bois-Doré-, os había engañado. Pero regocijaos; ese hombre ha dejado de existir, y vuelvo a mi casa con el corazón aliviado. Mi hijo duerme, sin duda, a estas horas; no le despertemos. Os voy a contar...
-El niño no duerme -contestó el mudo con su lápiz-; ha adivinado mis temores; llora, reza y se agita en su cama.
-Vamos a tranquilizarle -exclamó Bois-Doré-. Pero antes, amigo mío, mirad si tengo sobre mi traje alguna mancha de aquella sangre traidora.
No quiero que este niño conozca el miedo ni el odio a la edad en que no se tiene todavía la serenidad de la fuerza.
Lucilio ayudó al marqués a quitarse la capa, el casco y las armas, y cuando llegaron al piso de arriba hallaron a Mario descalzo en el umbral de la puerta de su cuarto.
-¡Ah! -exclamó el niño abrazando apasionadamente las piernas de su tío y hablándole con una familiaridad contraria a los usos de la nobleza, que él todavía ignoraba-. ¿Ya estás de vuelta? ¿Di, no te han hecho daño? Creía que ese hombre malo te quería matar, y yo quería que me dejasen correr detrás de ti. He tenido mucha pena, te lo aseguro. Otra vez, cuando vayas a batirte, tendrás que llevarme contigo, puesto que soy tu sobrino.
-¡Mi sobrino! ¡Mi sobrino! No basta -dijo el marqués llevándole a su cama-. Quiero ser tu padre. ¿Te desagradaría a ti ser mi hijo? Y a propósito -añadió, agachándose para recibir las caricias de Fleurial, que parecía haber comprendido y compartido las angustias de Jovelin y de Mario-, he aquí un amiguito que ya no me pertenece. Tomadlo, Mario, puesto que tantas ganas teníais de poseerlo; os lo regalo para consolaros de la pena que habéis tenido esta noche.
-Sí -dijo Mario dejando a Fleurial en su almohada-; lo acepto con la condición de que sea de los dos y que nos quiera al uno tanto como al otro... Pero dime, padre: ¿ese mal hombre se ha marchado para siempre?
-Sí, hijo mío, para siempre.
-¿Y el rey le castigará por haber matado a tu hermano?
-Sí, hijo mío; se le castigará.
-¿Qué le harán? -preguntó Mario pensativo.
-Os lo diré otra vez, hijo mío; no penséis más que en la felicidad de vernos reunidos.
-¿Ya no me separarán nunca de ti?
-¡Nunca!
Y dirigiéndose al mudo:
-Maese Jovelin -le dijo-, ¿no es una pena cambiar la dulce manera de hablar de este niño, que es para mi oído una música tan melodiosa? Le dejaremos que me tutee en privado, puesto que en su boca esta familiaridad es la del cariño.
-¿Es que voy a tener que decirte vos? -preguntó Mario sorprendido.
-Sí, hijo mío; al menos delante de la gente. Es la costumbre.
-¡Ah! Sí; como se lo decía al señor abate Anjorrant. Pero es que te quiero aún más que a él...
-Entonces, ¿me quieres mucho, Mario? ¡Me alegro! ¿Pero cómo es eso? ¡Todavía no me conoces!
-Sin embargo, te quiero.
-¿Y no sabes por qué?
-¡Sí! Te quiero porque te quiero.
-Amigo mío -dijo el marqués a Lucilio-, nada hay tan hermoso y amable como la infancia. Habla como deben de hablar los ángeles entre ellos, y sus razones, que no lo son, valen más que toda la sabiduría de los viejos. Instruiréis a este querubín. Formadle un cerebro hermoso y bueno como el vuestro, porque yo soy un ignorante y quiero que sepa más que yo. Han pasado los tiempos de la guerra civil de mi primera juventud, y creo que los nobles deben encaminarse hacia las luces del espíritu. Pero procurad conservarle esta graciosa sencillez que le ha dado el vivir entre pastores. Es verdad que para mí representa al natural los hermosos niños que debían de retozar entre las flores sobre los ribazos encantados del Lignon, el río de las aguas transparentes.
El marqués tomó de Adamas un cordial para reponerse de las fatigas de la noche, y luego se acostó y se durmió, considerándose el hombre más feliz del mundo.
En aquella época, en que cada cual se hacía justicia a sí mismo, a falta de legalidad regular, y en que la noción del perdón hubiera sido considerada como una debilidad culpable y cobarde, el marqués, aunque tenía excepcionales disposiciones de dulzura, creía haber cumplido con el más sagrado de los deberes, y en esto seguía las ideas y las costumbres de la más sana caballería.
Indudablemente en aquel tiempo no se hubiera encontrado un hidalgo entre mil que no se hubiera considerado investido del derecho de hacer perecer en el tormento, o al menos de mandar ahorcar, un culpable como Alvimar, y que no hubiera censurado o ridiculizado el exceso de lealtad novelesca que Bois-Doré había demostrado en el duelo.
Bois-Doré lo sabía, pero no se preocupaba. Tenía tres motivos para ser como era: primero, su instinto. Luego, los ejemplos humanitarios de Enrique IV, que fue uno de los primeros de su tiempo en sentir el horror a la sangre vertida sin peligro. Enrique III, mortalmente herido por Santiago Clement, sostenido por la ira y el deseo de venganza, pudo herir a su asesino y gozar viéndole arrojado por la ventana. El primer movimiento de Enrique IV, cuando Chastel le hirió en la cara, había sido el de decir: «Dejad libre a este hombre.»
Por último, el código religioso de Bois-Doré eran los hechos y los gestos de los personajes de la Astrée. En este poema ideal no se daba el ejemplo de que un digno caballero vengase el amor, el honor o la amistad, sin exponerse a los mayores peligros. Por eso no debemos reírnos demasiado de la Astrée, y hasta debemos considerar con interés la boga de este libro. En medio de los horrores sangrientos y de las discordias civiles, fue un grito de humanidad, un canto de inocencia, un sueño de virtud elevándose hacia el cielo.
Cuando el marqués se despertó, su primer pensamiento fue para su heredero, a quien, ateniéndonos al título que prevaleció, llamaremos su hijo.
Recordaba confusamente los graves acontecimientos de aquella agitada noche; pero su imaginación veía con lucidez las importantas cuestiones de engalanamiento motivadas la víspera a propósito de su querido Mario. Le llamó para reanudar con él la conversación empezada en el tesoro. Pero no recibió contestación, y ya empezaba a inquietarse cuando el niño, despierto y levantado antes del alba, acudió, impregnado del olor fresco de la mañana, a arrojarse en sus brazos.
-¿Y de dónde venís tan temprano, mi excelente amigo? -le preguntó el anciano.
-Padre -contestó Mario alegremente-, vengo del cuarto de Adamas y me ha prohibido que te diga un secreto que tenemos los dos. No me preguntes nada; es una sorpresa que queremos hacerte.
-¡Ah! Muy bien, hijo mío. No pregunto nada. Quiero tener la sorpresa. Pero ¿no vamos a desayunar juntos aquí, sobre esta mesita, al lado de mi cama?
-¡Oh! No tengo tiempo, papaíto; tengo que ir con Adamas; él te ruega que vuelvas a dormirte una hora, si no quieres echarlo todo a perder.
El marqués hizo cuanto pudo para volverse a dormir; pero todo fue en vano. Estaba muy preocupado. Madame de Beuvre iba a venir temprano con su padre; Guillermo también, en el caso de que su intendente se hallase mejor. ¿Estaba la cena convenientemente dispuesta? ¿Se podría presentar a Mario a una dama con su traje de pastor de las montañas? ¡Y el pobre niño no sabía siquiera saludar, besar la mano y decir tres palabras de cortesía! Su encanto y su gracia, ¿no serían ridiculizados y despreciados por aquellos a quienes no les cegaba el cariño?
Además nada estaba preparado como era debido para la caza. Había tenido demasiadas emociones y preocupaciones para pensar en ello.
«Si Adamas estuviera conmigo, él que es tan dispuesto, me consolaría», pensaba el marqués.
Pero tenía tal condescendencia por su fiel servidor, que si Adamas se lo hubiera exigido hubiera fingido dormir el día entero.
Se quedó en la cama hasta las nueve sin que viniese nadie en su ayuda; pero entonces empezó a sentir hambre e inquietud.
«¿En qué piensa Adamas? -se preguntó decidiéndose a levantarse solo-. Mis convidados van a llegar. ¿Es que quiere que me sorprendan en bata y esta cara lívida?»
Al fin, Adamas entró.
-¡Ah! ¡Señor, tranquilizaos! -exclamó-. ¿Es que creéis que yo soy capaz de olvidaros? No hay por qué apresurarse. No vendrá nadie antes de las dos de la tarde. Madame de Beuvre acaba de avisármelo.
-¿A ti, Adamas?
-Sí, señor, a mí; porque se me ha ocurrido enviarle un mensajero para comunicarle que tenéis que darle una gran sorpresa, pero que nada está preparado todavía. He tomado toda la responsabilidad de la falta y le he suplicado humildemente que no llegase antes de la hora que os he dicho, añadiendo que queríais que se quedase a pasar la noche aquí con su señor padre y que la caza tendrá lugar mañana.
-¿Qué has hecho, desdichado? Habrá creído que estoy loco o que soy descortés.
-No, señor; lo ha tomado muy bien, diciendo que de vuestra parte todo era prueba de juicio o de galantería.
-Entonces, amigo mío, debemos preocuparnos de...
-De nada, señor, de nada; os lo suplico. Bastante habéis hecho trabajar vuestro cerebro y vuestra espada esta noche. ¿Con qué fin Dios hubiera traído al pobre Adamas a este mundo de no ser para ahorraros la preocupación de los detalles fáciles?
-¡Ay! Amigo mío, no será fácil, ni aun posible, hacer en tan poco tiempo que mi heredero esté presentable.
-¿Creéis eso, señor? -dijo Adamas con una indescriptible sonrisa de satisfacción-. ¡Quisiera yo ver que una cosa que deseáis no fuese posible! Sí, verdaderamente quisiera yo verlo. Pero permitid, señor, que os pregunte como debo mandar que se anuncie a vuestro heredero cuando haga su entrada en el salón.
-Esto es muy grave, amigo mío; ya he pensado en el nombre y en el título que corresponden a este querido niño. Su padre no era noble ni el mío tampoco; pero como quiero dejarle la sucesión de mi título, así como de más bienes, mediante un acta, y, si es necesario, el permiso del rey, me parece que puedo, por anticipado, calificarle como si fuera mi propio hijo. De modo que en mi casa hay que llamarle señor conde.
-¡Sin duda alguna, señor! Pero ¿y el nombre? ¿Queréis llamar Bouron sencillamente a un niño que tanto merece llevar un nombre más ilustre?
-Sabed, Adamas, que no me avergüenzo del nombre de mi padre, y que este nombre, llevado por mi hermano, me será siempre querido. Pero como tengo aun más cariño al que me dio mi rey, quiero que Mario lo lleve igualmente y que sea un Bouron de Bois-Doré, y esto, por costumbre o por abreviar, acabará siendo Bois-Doré solamente.
-¡Eso es lo que yo quería decir! Vamos, señor, vestíos y comed aquí, en vuestro cuarto, con el niño, porque la sala de abajo está en manos de mis decoradores; luego os haré vuestro tocado. Pero hoy tendréis que poneros el traje que yo os diga.
-Haz lo que quieras, Adamas, puesto que respondes de todo.
Mientras que comía, riendo y charlando con su heredero, el buen Silvio de pronto fue presa de una gran melancolía. Logró disimularla. Pero cuando Adamas vino a acicalarle, diciendo que todo marchaba bien, se expansionó mientras que el niño jugaba y corría por la casa.
-Mi pobre amigo -le dijo-, me sorprende que los numes celestes que tan paternalmente me han protegido estos últimos días me dejen, sin embargo, en tan terrible apuro.
-¿Qué apuro, señor?
-¿No recuerdas, Adamas, que he ofrecido mi corazón y mi vida a una hermosa divinidad, precisamente el día que recobré a Mario? Y como ella no había rechazado, sino solamente aplazado la realización de mis proyectos, resulta que corro el riesgo..., ¡según tú!, de tener otros herederos a más de este niño a quien yo quisiera consagrar mi vida y dejar mis bienes.
-¡Diantre, señor, no se me había ocurrido! Pero no os aflijáis. Yo os metí en la cabeza aquel fatal proyecto, y a mí me incumbe la obligación de encontrar un medio de salir de esta intriga. ¡Pensaré en ello, señor, pensaré en ello! Por hoy no penséis más que en engalanaros y en regocijaros.
-Bien. ¿Pero qué traje me das, amigo mío?
-Vuestro traje de aldeano, señor; es uno de los más bonitos que tenéis.
-Hasta creo que el más bonito de todos, y me duele ponerme tan elegante mientras que mi pobre Mario...
-Señor, señor, dejadme obrar a mi antojo; nuestro Mario estará muy bien.
El traje de aldeano del marqués era de terciopelo y raso blanco, adornado con una profusión de galones de plata y de encajes magníficos.
El blanco era entonces el color de los aldeanos, que vestían en todo tiempo trajes de dril o de grueso fustán; por esto al vestir de blanco lo llamaban entonces vestir de aldeano, y esta era una de las modas que gozaban de mayor boga.
Con este atavío el marqués estaba, naturalmente, muy ridículo. Pero se tenía tal costumbre de verle disfrazado de jovencillo; estaba siempre cubierto de pies a cabeza de tan bonitas cosas y de tan singulares alhajas; sus esencias eran tan exquisitas, y había, a pesar de todo, tanta nobleza en sus gestos y tanta bondad afable en sus ademanes, que hubiera sido lástima el verle cambiar y adoptar la seriedad que correspondía a sus años.
Hacia las dos de la tarde, un galopín, vestido para el acto a la antigua moda feudal y colocado en la atalaya de la torre de entrada, tocó un viejo olifante para anunciar la llegada de una cabalgata.
El marqués, acompañado por Lucilio, se fue a dicha torre a recibir a la dama de sus pensamientos. Bien hubiera querido que su heredero estuviera junto a él; pero Mario estaba en manos de Adamas, y según el plan propuesto por este último, y adoptado por su amo con algunas modificaciones, la aparición del niño había de ser aplazada hasta después de una explicación delicada con madame de Beuvre.
Lauriana llegó montando un precioso caballito blanco que su padre había amaestrado para ella y que la joven dominaba con una gentileza notable.
Como podía ya llevar alivio de luto, estaba también vestida de aldeana, con una amazona de paño fino, un cuerpo ajustado, cubierto con galones de seda, y un airoso pañolito de encaje sobre su inseparable caperucete de viuda.
-¡Vaya! -exclamó Beuvre al ver la indumentaria del marqués-. ¿Ya lleváis los colores de vuestra dama, mi señor yerno?
Su hija logró hacerle callar delante de los criados; pero en cuanto estuvieron en el salón, y a pesar de que había prometido abstenerse de hacer mofa sobre este asunto, no pudo contenerse y se apresuró a preguntar para cuándo era la boda.
En lugar de molestarse o de azorarse, el marqués, encantado por este oportuno comienzo, solicitó una entrevista privada, para tratar un asunto serio.
Despidieron a los criados, cerraron las puertas, y Bois-Doré, poniendo una rodilla en tierra ante la hermosa Laurianita, habló en estos términos:
-Joven y bella señora, ved a vuestros pies a un servidor fiel, al que un gran acontecimiento ha llenado de alegría y de confusión, de dicha y de pena, de esperanza y de temor. Cuando hace dos días ofrecí mi corazón, mi nombre y mi fortuna a la más adorable de las ninfas, me creía libre de otro deber y afecto. Pero...
El marqués fue interrumpido por Beuvre, que exclamó afectando una ira muy grande y poniendo ojos terribles:
-¡Cómo, mi señor yerno! ¿Es que os mofáis de la gente y pensáis que os dejaré retirar vuestra palabra, después de haber disparado el dardo mortal del amor en el corazón de mi pobre hija?
-¡Oh! Callaos, mi señor padre -dijo Lauriana alegre y dulcemente-; me comprometéis. Afortunadamente el marqués no creerá que soy tan caprichosa que después de haberle pedido siete años de reflexión vaya a tener ahora prisa en que cumpla su palabra.
-Dejadme hablar -dijo el marqués, cogiendo la mano de Lauriana-; ya sé, señora mía, que vuestro corazón no siente amor, y esto es lo que me permito atreverme a pediros perdón. En cuanto a vos, vecino, reid con toda el alma, porque la ocasión es buena. Hoy me reiré con vos, aunque ayer he vertido muchas lágrimas.
-¿De veras, vecino? -dijo el bueno de Beuvre, cogiéndole la otra mano-. Si habláis en serio, como parece que lo estáis haciendo, ya no me reiré. ¿Tenéis algún pesar que yo os pueda aliviar?
-Hablad, mi querido Celadón -añadió afectuosamente Lauriana-; contadnos vuestras penas.
-Mis penas se han disipado, y si no me retiráis vuestra amistad, seré el hombre más dichoso del mundo. Pues bien, escuchad, amigos míos -dijo, levantándose con cierto esfuerzo-: ¿Oísteis la predicción que me hicieron anteayer aquellos gitanos? «Antes de tres días, tres semanas o tres meses, seréis padre.»
-¿Y qué? -dijo Beuvre, volviendo a su carácter burlón ¿Creéis, mi bravo amigo, que la predicción se realizará?
-Se ha realizado. Soy padre, y ya no es para mí para quien os pido a vos y a la divina Lauriana siete años de esperanza y sinceridad, es para mi heredero, para mi hijo único, para...
En aquel momento la puerta se abrió de par en par, y Adamas, en traje de gala, anunció, con vos clara y aire triunfante:
-¡El señor conde Mario de Bois-Doré!
La sorpresa fue general, porque el marqués no esperaba tan pronto la aparición de su hijo y no sabía con qué indumentaria podría presentarle.
¡Cuál no sería su gozo cuando vio entrar a Mario vestido de aldeano, es decir, con un traje exactamente igual al suyo en hechura y tejidos! El jubón era de raso, con mil plieguecillos en las mangas; el coleto, sin mangas, de terciopelo blanco y con adornos de plata; las calzas amplias y con un vuelo de cuatro varas, fruncidas hasta la rodilla, adornada con botones de perlas y algo abiertas a los lados, dejando ver «la rosa» de la liga; las medias eran de seda, y los zapatos estaban adornados con «rosas»; las vueltas de los puños hacían juego con la gola esearolada. Llevaba un chambergo con plumas, muchos diamantes, un tahalí bordado con perlas y una pequeña tizona, que era una verdadera maravilla.
Adamas había pasado la noche escogiendo, meditando, cortando y disponiendo; la mañana probando. Desde antes del alba, la habilidosa morisca y cuatro obreras habían cosido sin cesar; Clindor había andado diez leguas para encontrar el sombrero y el calzado. Adamas había combinado, adornado, inventado y dispuesto el traje, de muy buen gusto, de buen corte y bastante sólido para durar varios días sin compostura; estaba perfecto.
Mario, emperifollado y perfumado como el marqués, con sus rizos naturales y llevando sobre el bucle, que le cubría la oreja izquierda, «una rosa» (hoy se diría una moña) de cintas blancas, con un enorme diamante en medio y encaje de plata debajo, se presentó con gracia.
Estaba tan poco azorado como si hubiera sido educado cual un hidalgo; llevaba su tizona con soltura, y su belleza enternecedora resaltaba entre toda aquella blancura, que le daba un aire cándido de niña.
Lauriana y su padre se maravillaron tanto por su figura y sus ademanes, que se levantaron espontáneamente, como para recibir a un hijo de rey.
Pero había algo más. Mientras atildaba a su joven señor, Adamas le había enseñado un discursito para Lauriana, sacado de la Astrée. Dada la inteligencia de Mario, era cosa fácil aprender algunas frases de memoria.
-Señora -dijo con una sonrisa encantadora-, es de todo punto imposible veros sin amaros; pero es más imposible todavía amaros sin llevar este sentimiento al extremo. Permitidme que bese mil y mil veces vuestras bellas manos, sin que el número de besos pueda igualar al número de muertes que me causaría vuestra negativa...
Mario se detuvo. Había aprendido de prisa, sin comprender ni reflexionar. De pronto el sentido de las palabras que estaba pronunciando se le antojó muy cómico, porque no estaba dispuesto, ni por asomo a sufrir tanto, en el caso de que Lauriana le negase los miles de besos que tampoco tenía él empeño en darle. Sintió deseos de reír, y miró a la damita, que sentía los mismos deseos, y que le ofrecía las dos manos con un aire de alegre simpatía.
Dejó la etiqueta a un lado y, obedeciendo a los impulsos de su naturaleza efusiva, le echó los brazos al cuello y la besó en las dos mejillas, diciéndole de su propia cosecha:
-Buenos días, señora; os ruego que me miréis con cariño, porque me parecéis una buena persona y ya os quiero mucho.
-Perdonadle -dijo el marqués-; es un hijo de la naturaleza...
-Por eso mismo me agrada -contestó Lauriana- y le dispenso de toda ceremonia.
-Vamos, vamos -dijo Beuvre-. ¿Qué significa este hermoso niño, vecino? Si es vuestro, os felicito; pero no os hubiera creído...
Anunciaron a Guillermo de Ars con Luis de Villermont y uno de los jóvenes Chabannes, que habían ido por la mañana a su casa y a quienes había contado la maravillosa historia del hijo de Florimond.
-¿Es él? -exclamó Guillermo al entrar, mirando a Mario-. Sí; es mi gitanito. ¡Pero qué bonito está ahora, Dios mío! ¡Y qué contento debéis de estar, mi querido primo! ¡Pardiez!, amigo -dijo al niño-, ¡vaya una espada hermosa y un traje elegante! Queréis avergonzar a vuestros vecinos y amigos. Ya veo que a vuestro lado quedamos reducidos a la nada. Vaya, decidnos vuestro nombre y trabemos conocimiento, porque sabréis que somos parientes y acaso yo os pueda ser de alguna utilidad, aunque sólo fuese a enseñaros a montar a caballo.
-¡Oh! Ya sé -dijo Mario. He montado sobre Squilindre.
-¿El caballo de la carroza? Y decidme, amiguito, ¿su trote os ha parecido suave?
-No mucho -dijo Mario riendo.
Y empezó a charlar y a jugar con Guillermo y sus compañeros.
-¿Qué es esto? -dijo Beuvre, apartándose con Bois-Doré-. Ponedme en el secreto, porque no estoy en ello. Os estáis burlando de nosotros. Este lindo mocito no es vuestro. Es demasiado joven. ¿Es algún hijo adoptivo?
-Es mi propio sobrino -contestó Bois-Doré-; es el hijo de mi Florimond, a quien vos también queríais.
Y ante todo el mundo contó, enseñando las pruebas, la historia de Mario, pero sin pronunciar el nombre de Alvimar o de Villarreal y sin dar a entender que había descubierto y castigado a los asesinos de su hermano.
En presencia de las cartas, el anillo y el sello, no había manera de creer que fuese una novela aquella novelesca aventura.
Todos festejaron al gentil Mario, que por su carácter bueno y afectuoso y su mirada leal conquistaba espontánea e irresistiblemente todos los corazones.
-Entonces -dijo Beuvre a su hija, llevándola aparte- ya no sois la prometida de nuestro viejo vecino, sino la de su hijo, porque parece que es así como él quiere ahora arreglar las cosas.
-¡Quiéralo Dios, padre! -contestó Lauriana-. Y si vuelve a hablar de ello, os ruego finjáis, como yo, aceptar este arreglo, que el buen hombre es muy capaz de tomar en serio.
-¡Bien lo tomaba en serio cuando se trataba de él! -repuso Beuvre-. La diferencia de edad entre vos y este niño es de años, mientras que entre el marqués y vos es de cuartos de siglo. Ya veo que nuestro querido vecino ha perdido la noción del tiempo, tanto para los demás como para él mismo; pero aquí viene. Quiero hacerle rabiar un poco.
Bois-Doré, a quien Beuvre exigió que se explicase, declaró con mucha gravedad que no tenía más que una palabra, y que habiendo entregado su libertad y su corazón a Lauriana, se consideraba como esclavo suyo, a no ser que ella le devolviese su palabra.
-¡Os la devuelvo, querido Celadón! -exclamó Lauriana.
Pero su padre la interrumpió; también a ella quería hacerla rabiar.
-No, no, hija mía; esto interesa el honor de la familia, y vuestro padre no consiente que se burlen de él. Ya veo que a vuestro caprichoso y fantástico Celadón le ha nacido una pasión paternal por su hermoso sobrino, y que ahora prefiere ser padre sin haberse tomado el trabajo de ser esposo. Además, ya veo que se le ha metido en la cabeza dejarle heredero de sus bienes, sin consideración a sus futuros hijos; eso no lo toleraré, y vos lo debéis impedir invocando la palabra que os dio.
Monsieur de Beuvre hablaba con tanta seriedad, que por un momento el marqués llegó a engañarse.
«Por lo visto -pensó- mi fortuna me rejuvenece mucho, y mi vecino, que tanto se burlaba de mí, no me encuentra ya tan viejo. ¿Por qué demonio se le habrá ocurrido a Adamas esa idea de aconsejarme hacer esta petición?»
Lauriana vio estas perplejidades reflejadas en su rostro y le auxilió generosamente.
-Mi señor padre -dijo-, esto no importa; puesto que nuestro amigo el marqués no ha podido mi mano sin mi corazón, y mientras que mi corazón no haya hablado, el marqués está libre.
-¡Ta, ta, ta! -exclamó Beuvre-. Vuestro corazón os habla en voz muy alta, hija mía, y vuestra indulgencia hacia el marqués demuestra que precisamente os habla de él.
-¿Sería posible? -dijo Bois-Doré un poco asombrado-. Si tuviese esta dicha, ni mi sobrino impediría que...
-No, marqués, no -dijo Lauriana, resuelta a acabar con las ilusiones de su viejo Celadón-. Mi corazón habla, es verdad, pero desde hace un momento nada más, desde que he visto a vuestro gentil sobrino. El destino lo ha querido así, sin duda por la gran amistad que tengo por vos, y que no ha permitido que yo amase más que a una persona de vuestra familia y que se pareciese a vos. Por lo tanto, soy yo quien rompe las cadenas y me declaro infiel; pero lo hago sin remordimiento, puesto que el que prefiero a vos os interesa tanto como a mí misma. No hablemos ya de nada hasta que Mario esté en edad de sentir algún afecto por mí, si es que ese día venturoso ha de llegar alguna vez; mientras, yo me esforzaré en tener paciencia y seguiremos siendo amigos.
Bois-Doré, encantado de haber llegado a esta conclusión, besaba efusivamente la mano de la amable Lauriana, cuando de pronto un formidable tiroteo hizo retemblar los cristales y sobresaltó a todos los huéspedes del castillo.
Se precipitaron hacia las ventanas. Era Adamas que hacía disparar todos los falconetes, arcabuces y pistolas de su pequeño arsenal.
Al mismo tiempo vieron entrar en el patio a todos los habitantes de la aldea y a todos los vasallos del marqués, gritando con acompañamiento coral de todos los empleados y criados de la casa:
«¡Viva el señor marqués! ¡Viva el señor conde!»
Aquellas buenas gentes obedecían confiadamente a una contraseña dada por Aristandre, sin saber de qué se trataba; pero lo que sí sabían es que nunca les habían mandado ir al castillo sin que fuesen objeto de alguna liberalidad o agasajados con algún festín, y acudían sin necesidad de que se les rogase.
Los huéspedes del castillo abrieron las ventanas del salón para oír el discurso, en forma de proclama, que Adamas lanzaba a aquella numerosa concurrencia.
De pie, sobre el pozo que había hecho tapar para efectuar sin peligro una pantomima animada, el feliz Adamas improvisaba la obra de elocuencia más deslumbrante que jamás había producido su facundia gascona, ni lanzado a los ecos su voz clara, de inflexiones completamente meridionales. Su gesticulación era tan extraña como su discurso.
Lamentamos que la historia no nos haya conservado la redacción de aquella obra maestra; le sucedió lo que a todos los productos de la inspiración: voló con el soplo que le había originado.
El hecho es que produjo un gran efecto. El relato de la trágica muerte del pobre monsieur Florimond hizo llorar; y como Adamas tenía las lágrimas fáciles y se enternecía ingenuamente a sí mismo, fue escuchado religiosamente hasta desde las mismas ventanas del salón.
Lo que sí les hizo reír fueron los arrebatos de alegría patética con que proclamó el descubrimiento de Mario; pero al rústico auditorio le pareció todo muy bien.
El aldeano comprende el gesto y no las palabras, que no se toma siquiera el trabajo de escuchar; sería un esfuerzo, y el esfuerzo cerebral le parece una cosa contra la naturaleza. Escucharon los ojos.
La perorata encantó, y algunas muy entendidos declararon que monsieur Adamas predicaba mucho mejor que el rector de la parroquia.
Cuando el discurso hubo terminado, el marqués bajó con su heredera y sus invitados. Mario encantó y conquistó también a los aldeanos por sus maneras campechanas y su dulce hablar.
Su padre le había encargado que invitase a todo el pueblo a un gran festín para el domingo siguiente. Lo hizo con tanta naturalidad y en términos tan profundamente democráticos, que Guillermo y sus amigos y hasta incluso el republicano monsieur de Beuvre tuvieron que acordarse, para no escandalizarse, que el niño se había criado entre pastores.
El marqués lo notó, y estuvo a punto de llamar a Mario, que iba de grupo en grupo dejándose besar y devolviendo las caricias con efusión.
Pero una anciana, la decana del pueblo, se acercó a él, apoyándose en su muleta, y le dijo con voz temblorosa:
-Monseñor, Dios os bendice por haber sido bueno y humano con los pobres que trabajan y sufren. Habéis hecho que se olvide a vuestro padre, que era un hombre duro con vos y con todo el mundo. Este niño se parecerá a vos e impedirá que se os olvide.
El marqués estrechó las manos de la vieja y consintió que Mario estrechase las de todos los asistentes.
Mandó que bebiesen a la salud de su hijo, y hasta él mismo bebió a la del pueblo, mientras que Adamas hacía de nuevo tronar su artillería.
Cuando la muchedumbre se alejó, el marqués vio a monsieur Poulain que lo observaba todo desde un cobertizo, en el que se había colocado como si fuese un palco de un teatro. Le cortó la retirada, yendo a saludarle, y le invitó a cenar, después de reprocharle no ir nunca a visitarle.
El párroco le dio las gracias con una cortesía enigmática, diciendo con azoramiento fingido que sus principios no le permitían comer con «presuntos».
En aquel tiempo se llamaba a los protestantes, según su opinión, «reformados» o «presuntos reformados». El decir «presuntos» a secas significaba una ortodoxia que no admitía siquiera la esperanza de una posible conversión.
Aquel término despreciativo hirió al marqués, y, haciendo un juego de palabras, contestó que no había novios en su casa.
-Creía que monsieur y madame de Beuvre eran «presuntos» al error de Ginebra -repuso el rector con una pérfida sonrisa-. ¿Es que se han divorciado como el señor marqués?
-Señor rector -dijo Bois-Daré-, el momento es inoportuno para hablar de teología, y confieso que soy incompetente en la materia. Una vez, dos veces, ¿queréis ser de los nuestros con o sin calvinistas?
-«Con» ya os he dicho, señor marqués, que me es imposible.
-Pues bien, señor -repuso Bois-Doré con una viveza que no supo dominar-, sea cuando queráis; pero los días en que no me juzgareis digno de recibiros, haréis bien en no venir a decírmelo a mi casa, porque desde el momento en que no queréis entrar, me pregunto lo que venís a hacer en ella, como no sea criticar a los que me hacen el honor de encontrarse aquí a gusto.
El rector buscaba lo que él llamaba la persecución; es decir, que deseaba irritar al marqués para hacerle perder la paciencia y para recibir un agravio de él.
-Como el señor marqués admitía a todos los habitantes de mi parroquia a un banquete familiar -dijo-, he creído haber sido llamado como los demás. Hasta me había imaginado que este amable niño, cuya venida se está celebrando, necesitaría de mi ministerio para volver al seno de la Iglesia, y acaso hubiérase debido comenzar los festejos por esta ceremonia.
-¡Mi hijo ha sido educado por un verdadero cristiano y por un verdadero sacerdote, señor! No necesita ninguna reconciliación con Dios; en cuanto a la morisca, acerca de quien creéis estar tan enterado, sabed que es mejor cristiana que muchos que se pican de serlo. Por lo tanto, estad tranquilo y venid a mi casa con la cara descubierta y sin abrigar segundas intenciones, os lo suplico, o de lo contrario, no vengáis, os lo aconsejo.
-Mi intención es ser franco, señor marqués -contestó el párroco elevando la voz-, y la prueba es que os pregunto sin rodeos dónde está monsieur de Villarreal y cuál es la causa de que no le vea en vuestra compañía.
Esta pérfida brusquedad estuvo a punto de desconcertar a Bois-Doré. Afortunadamente, Guillermo de Ars, que en aquel momento se acercaba, había oído la pregunta y se encargó de dar la respuesta.
-¿Preguntáis por monsieur de Villarreal? -dijo, saludando a monsieur de Poulain-. Se marchó de este castillo conmigo anoche.
-Perdonad -repuso el párroco, saludando a Guillermo con más consideración que mostraba a Bois-Doré-. Entonces, señor conde, ¿puedo dirigirle esta carta a vuestra casa?
-No, señor -contestó Guillermo, despechado ante su insistencia-. Hoy no está en mi casa...
-Pero si ha ido a dar un paseo, supongo que esperáis regrese esta noche o mañana a más tardar.
-No sé qué día volverá, señor; no acostumbro a interrogar a nadie. Venid, marqués; os reclaman en el salón.
Se llevó a Bois-Doré con los Beuvre, para cortar en seco las investigaciones del párroco, que se alejó con una extraña sonrisa y una humildad amenazadora.
-Hablabais de monsieur de Villarreal -dijo Beuvre al marqués-; os he oído pronunciar su nombre. ¿Cómo es que no lo vemos? ¿Está enfermo?
-Se ha marchado -dijo Guillermo muy azorado e inquieto por estas preguntas, hechas ante numerosos testigos.
-¿Y se ha marchado para no volver más? -preguntó Lauriana.
-Para no volver más -contestó Bois-Doré con firmeza.
-Pues bien -dijo ella después de una pausa-, me alegro.
-¿No le queríais? -dijo el marqués, ofreciéndole el brazo, en tanto que Guillermo caminaba junto a Lauriana.
-Vais a suponer que estoy loca -contestó la joven-. Me sinceraré, sin embargo. Perdonadme, monsieur de Ars, pero vuestro amigo me daba miedo.
-¿Miedo?... Es extraño; otras personas me han dicho lo mismo. ¿De qué proviene, señora, que os diese miedo?
-Decididamente se parece a un retrato que hay en casa y que acaso no habéis visto nunca...; está en nuestra capillita. ¿Le habéis visto?
-Sí -exclamó Guillermo impresionado-; ya sé lo que queréis decir. A fe mía que se le parecía.
-¿Se le parecía? Habláis de vuestro amigo como si hubiera muerto.
La llegada de Mario interrumpió esta conversación. Lauriana, que ya sentía por él una gran amistad, quiso ofrecerle el brazo para regresar al castillo.
Guillermo y Bois-Doré quedaron un momento solos, un poco rezagados.
-¡Ay, querido primo! -dijo el joven al anciano-. ¿No es molesto tener que ocultar la muerte de un hombre como si efectivamente hubiera que avergonzarse de alguna cobardía, cuando, al contrario...?
-Yo hubiera preferido la franqueza -contestó el marqués-. Vos me habéis condenado a este disimulo; pero si os pesa...
-¡No, no; vuestro párroco parece tener sospechas! Alvimar se las daba de muy devoto; el clero se pondría de su parte, y sería mucho arriesgar en un país como éste. Callémonos, pues, hasta que el cobarde asesinato de vuestro hermano esté divulgado en todas partes, y enseñad la prueba a todo el mundo sin nombrar a los culpables. Cuando los nombréis, la gente estará ya predispuesta a condenarles. Pero decidme, marqués, ¿sabéis si el cuerpo de aquel desdichado...?
-Sí, Aristandre se ha informado. El fraile oblato ha cumplido su misión.
-Pero ¿cómo podéis explicaros lo que era el tal Alvimar? ¡Un hombre de tan buena estirpe y de maneras tan distinguidas!
-¡La ambición de la corte y la miseria de España! -contestó Bois-Doré-. Mirad, querido primo, se me ocurre frecuentemente una paradoja filosófica: que somos todos iguales ante Dios, y que Él no hace más caso del alma de un noble que de la de un villano. Acaso sobre este punto los calvinistas no estén del todo equivocados.
-A propósito de calvinistas -prosiguió Guillermo-. ¿Sabéis que los asuntos del rey marchan mal, y que no se acaba de tomar la ciudad de Montaubán?
He sabido en Bourges, por personas bien enteradas, que el día menos pensado se levantará el sitio, y bien pudiera ser que esto cambiase una vez más toda la política. Acaso vos os habéis apresurado demasiado en abjurar.
-¿Abjurar, abjurar? -dijo Bois-Doré, moviendo la cabeza-. Yo no he abjurado nunca nada; reflexiono, discuto conmigo mismo, y según las buenas razones que se me ocurren, admito una forma u otra. En el fondo...
-En el fondo -dijo Guillermo, echándose a reír- sois como yo. No os preocupáis más que de ser bueno.
La cena, aunque íntima, fue servida con un lujo prodigioso. La sala estaba decorada con follajes y flores, entre las que se entremezclaban cintas de oro y de plata; se ostentaron las más finas piezas de orfebrería y de porcelana, y se sirvieron los platos y los vinos más exquisitos.
Cinco o seis de los mejores amigos o vecinos del marqués llegaron al sonar el último toque de campana. Esto era una nueva sorpresa, preparada al marqués por Adamas, que había enviado mensajeros a todos los arrabales.
Durante la cena no hubo música. Los comensales preferían hablar; ¡tenían tanto que decirse! Solamente se anunció cada servicio por una fanfarria tocada en el patio.
Lauriana se sentó frente al marqués, teniendo a Mario a su derecha.
Lucilio tomó parte en la fiesta. No había por qué temer la maldad de ningún convidado.
Media hora después de terminada la cena, Adamas rogó a su amo que subiese «con la compañía la sala de Verduras», donde había preparada una nueva sorpresa.
Era un espectáculo muy del gusto de la época, pero había sido preciso organizarle apresuradamente y en un local reducido.
El fondo de la sala estaba dispuesto en forma de teatro; lujosas alfombras cubrían algunos tableros; unas telas servían de marco y con follaje natural se hicieron los bastidores.
Cuando los espectadores se sentaron, Lucilio tocó una obertura, y el paje Clindor apareció en escena con traje de pastor de fantasía. Cantó cuplés rústicos bastante lindos, compuestos por maese Jovelin; luego se puso a guardar su rebaño. Eran verdaderos corderos emperifollados y bien lavados, que se portaron bastante decorosamente. Fleurial, el perro del pastor, representó también muy convenientemente su papel.
Al sonido de la música soñolienta y dulce de la sordina, el pastor se durmió.
Entonces se presentó un anciano venerable que buscaba algo con angustia desde los bolsillos del dormido pastor hasta en la lana de los corderos. Tenía una barba tan abundante y unas cejas blancas tan tupidas, que al principio no se le reconoció. Pero cuando declamó unos versos de su cosecha para expresar el motivo de sus pesares, la asistencia prorrumpió en una alegre carcajada al oír el acento gascón de Adamas.
Aquel anciano desconsolado corría tras el Destino, que le había arrebatado a su joven amo, el hijo adorado de su señor.
El pastor, despertando sobresaltado, le preguntó lo que deseaba. Hubo entre ellos un diálogo libre, en el que se repetían muchas veces las mismas cosas. Esto, según Adamas, tenía la ventaja de hacer comprender a los espectadores lo que él llamaba «el nudo de la obra».
El pastor ayudó al anciano en sus pesquisas y emprendieron el ataque de una pequeña fortaleza colocada en el fondo del escenario, entre las ramas, y que figuraba estar en la lejanía. Esta fortaleza era la que antaño había traído el marqués a grupas de su caballo desde el castillo de Sarzay. En aquel momento un gigante espantoso, vestido de un modo fantástico, se opuso a sus designios.
Este gigante, representado por Aristandre, empezó expresándose en un idioma desconocido. Como el carrocero se había reconocido incapaz de aprender tres palabras de memoria, Lucilio, que había ayudado a Adamas en los preparativos de la obra, había aconsejado que, dada su calidad de gigante, articulase al azar palabras descosidas y desprovistas de sentido. Bastaba con que tuviese el aspecto terrible y la voz formidable.
Aristandre cumplió muy bien esta prescripción; pero como Adamas le insultaba y le provocaba de la manera más violenta llamándole ogro, brujo y monstruo, el buen gigante no quiso ser menos y dejó escapar, como habitante del Berry, juramentos tan espantosos que fue necesario matarle en seguida para que no escandalizase a la asistencia.
Esta escena disgustó a Fleurial, que era poco bravo, y saltando por encima de las candilejas fue a refugiarse entre las piernas de su amo.
Cuando la valiente espada de madera de Adamas dejó muerto en el suelo al monstruoso carrocero, la fortaleza se derrumbó como por encanto, y en su lugar apareció una sibila.
Era la morisca, a quien habían confiado ricas telas de Oriente y que se había arreglado con ellas una indumentaria llena de gusto y de poesía.
Estaba muy hermosa, y su aparición fue saludada con grandes aplausos.
¡Pobre morisca! Educada en la esclavitud y abrumada por la persecución, dichosa más tarde bajo un techo de paja y con un trabajo humilde al amparo de un pobre cura, por primera vez en su vida se veía vestida con lujo, acogida con cariño por gentes ricas, y aplaudida por su gracia y su belleza sin segunda intención injuriosa.
A lo primero no comprendió, sintió miedo y quiso huir. Pero Adamas utilizó oportunamente las cinco o seis palabras de español que sabía, para tranquilizarla en voz baja y explicarle que agradaba al auditorio.
La mirada de Mercedes buscó en torno suyo a la persona que más le interesaba, y vio cerca de ella, entre bastidores, a Lucilio, que la aplaudía también.
Una llama encendió sus ojos negros; luego, asustada por aquel relámpago de felicidad inconsciente, bajó los párpados, cuyas largas pestañas dibujaron una sombra aterciopelada sobre sus mejillas ardientes. Pareció más hermosa todavía, y los aplausos redoblaron.
Cuando recobró el valor cantó en árabe; luego, a las preguntas del anciano Adamas, dio unas contestaciones que él pareció no tener en cuenta.
Tras un debate en forma de pantomima, con acompañamiento de música, la sibila prometió al anciano que recobraría el niño mediante una última prueba, que consistía en vencer un horrible dragón de papel, que llegó a escena arrastrándose y vomitando llamas.
El intrépido Adamas, resuelto a todo para rescatar el hijo de su amo, se arrojó contra el dragón, y ya se disponía a atravesarle con su invencible espada cuando el monstruo se rompió como un guante viejo y el hermoso Mario surgió de sus entrañas vestido de Cupido, de rosa y oro, con flores bordadas, la cabeza coronada de rosas y plumas, el arco en la mano y el carcaj al hombro.
La transformación de un niño en Cupido, en el vientre de un dragón no está muy claramente explicada en el argumento manuscrito de Adamas; pero debió de parecer admirable a los espectadores, porque aquella aparición obtuvo un éxito enorme.
Mario recitó un monólogo dedicado a su tío y a sus amigos; la sibila le predijo los más altos destinos, haciendo salir de un matorral diversas maravillas: un cuerno de la abundancia lleno de flores y de bombones, que el niño arrojó a los espectadores; el retrato, del marqués, que Mario besó piadosamente, y, por último, dos escudos transparentes coloreados, uno con las armas de los Bouron, du Noyer y el otro con las de Bois-Doré, reunidas bajo una corona, de la que salió un pequeño fuego artificial en forma de sol radiante.
Digamos de paso dos palabras acerca de las armas del marqués. Eran muy curiosas y habían sido imaginadas por Enrique IV en persona.
En estilo de blasón se describirían así: «Sobre campo de gules un dextroquero que nace de una nube y sostiene una espada en alto. En el jefe, diademas de plata.» Es decir, «un escudo con un fondo rojo, en medio del cual un brazo derecha, saliendo de una nube de oro, sujeta una espada hacia arriba, dirigida contra tres gallinas con coronas de plata».
Alrededor del escudo se leía la siguiente divisa. «Tales son todos ante mí.»
Si se recuerda cómo nuestro buen Silvio fue hecho marqués, se comprenderá fácilmente este emblema, que hubiera podido parecer irrisorio sin el correctivo de la divisa. Ésta podía traducirse por: «Ante este brazo, todo enemigo muestra un corazón de gallina.»
El espectáculo fue ruidosamente aplaudido.
El marqués lloró de alegría al ver la gracia de su hijo y el celo de Adamas.
Los invitados comieron golosinas, se disputaron las caricias de Mario y se retiraron a las once, que era una hora muy tardía, dadas las costumbres de la provincia en aquella época.
Al día siguiente hubo una caza de aves. Lauriana quiso que Mario fuese de la partida. Le prestó su caballo blanco, que era dulce y bueno, y ella montó valientemente sobre Rosidor. No faltaban caballos para el marqués.
La caza fue anodina, como convenía a las héroes de la fiesta.
Mario se divirtió de tal manera, que Lucilio temió que tanta embriaguez repentina fuese excesiva para una cabeza tan joven y que el niño enfermase o se volviese loco. Pero Mario demostró que tenía un temperamento excelente; se divertía con aquellas novedades, pero sin perder la serenidad; al menor aviso, recobraba su razón y obedecía con una dulzura angelical. Su serenidad no se alteró, y entró en la felicidad como en un paraíso de amor y de libertad, del que se sentía digno.
La cena del segundo día de fiesta reunió en Briantes a otros amigos más; el tercer día tuvo lugar la fiesta ofrecida a los vasallos: un festín pantagruélico y bailes bajo los viejos nogales de la finca.
Incluso se organizó un tiro de arcabuz dirigido por Guillermo de Ars.
Mario propuso a los chiquillos del pueblo un concurso de carreras y de honda, y obtuvo el permiso de ponerse para esta lucha su traje de montañés, con el que se encontraba mucho más a gusto.
Mostró una agilidad y una habilidad que llenaron de admiración a los demás concursantes; ninguno pensó en disputarle el premio; entonces él se retiró modestamente del concurso para que pudiesen otorgar equitativamente el premio a los demás.
Las fiestas terminaron con una ceremonia, a la vez ingenua y pretenciosa, pero enternecedora en el fondo.
En el centro del laberinto del jardín, había un pabelloncito con techumbre de paja que simulaba una choza.
El marqués llamaba a aquel pabellón el «palacio de Astrée».
A él llevaron los trajes, pobres trajes groseros y remendados que Mario vestía al hacer su entrada en el castillo de sus antepasados. Se hizo una especie de trofeo rústico con la humilde guitarra que durante su viaje le había servido para ganarse el pan, y se colgó el traje en el interior de la cabaña, con guirnaldas de follaje y con un cartel que rezaba la fecha de aquel día memorable y estas sencillas palabras, escogidas y caligrafiadas por Lucilio: «No olvides que has sido pobre.»
Al mismo tiempo presentaron a Mario una enorme cesta que contenía doce trajes nuevos completos, y el niño tuvo la satisfacción de repartirlos entre doce pobres reunidos delante de la choza.
Por último, el marqués encargó que se colocase en la capilla de la iglesia parroquial un pequeño mausoleo de mármol dedicado a la memoria del bueno y santo abate Anjorrant. Lucilio hizo el plano y redactó la inscripción.
Los convidados se marcharon y la calma renació en el castillo de Briantes.
Entonces el marqués empezó a pensar seriamente en la educación de su hijo. Pero si no hubiera tenido quien le guiase, en medio de las preocupaciones de engalanamiento que ocupaban tanto sitio en su vida, su heredero hubiera podido muy bien olvidar todo lo que había aprendido con el abate Anjorrant y adquirir únicamente nociones en las ciencias de sastrería, de zapatería, de armas y de mobiliario. Afortunadamente, Lucilio supo arrebatar diariamente algunas horas a tan frívolas influencias.
Él también, como, tenía un corazón tan sensible, se encariñó apasionadamente con el hijo de su amigo, no sólo por el amigo, sino por el niño mismo, que por su docilidad afectuosa y la claridad de su inteligencia hacía que resultase atractiva la tarea, generalmente ingrata y aburrida, del instructor.
Sin embargo, la misión de Lucilio no era fácil. Comprendía que tenía la responsabilidad de un alma, y precisamente de un alma en extremo preciosa y pura. Quería ante todo rodear aquella conciencia infantil, con una fortaleza de creencias y convicciones, contra las tempestades del porvenir. ¡Los tiempos eran tan agitados!
Indudablemente no faltaban las luces adquiridas ni las excelentes nociones de progreso. Decíase que aquella época era la de las novedades detestables según unos, providenciales, según otros. La discusión reinaba en todas partes, y entonces, como hoy, como ayer, como siempre, la mayoría de las inteligencias creían poseer verdades infalibles.
Pero el mundo de la inteligencia había perdido su unidad. Los espíritus tranquilos y desinteresados buscaban la justicia ora en un campo, ora en el otro, y como los dos se encontraban a menudo, la intolerancia, el error, la crueldad y el escepticismo aprovechaban la ocasión para cruzarse de brazos y decretar la ceguera y la debilidad incurables del género humano.
Por aquel entonces las luchas sangrientas entre los gomarristas y los arminianos estaban muy recientes. Arminio había dejado de existir, pero Barnevelt había subido al patíbulo. Hugo Grotius había sido condenado a cadena perpetua, y en la cárcel soñaba con su hermosa obra, la famosa Teoría del derecho. La Reforma estaba profundamente dividida respecto a la predestinación. La conciencia de los hombres justos condenaba el calvinismo por su espantosa doctrina fatalista. Los luteranos franceses, imitando la vuelta de Melanchton a la verdad, y abandonando las funestas máximas de Lutero acerca del libre albedrío, defendían ahora la justicia divina y la libertad humana.
Pero en todos los tiempos los hombres justos son escasos. El calvinismo y sus exaltados ministros protestaban en casi toda Francia contra lo que llamaban «una vuelta a la herejía de Roma».
Todo probaba que la luz estaba detrás de una nube y que ninguna conciencia generosa podía pensar: «En tal culto o en tal país encontraré la mejor y más pura verdad social de mi tiempo.»
Lo probaba lo que ocurría en nuestras provincias del Mediodía, donde las fogosas asambleas se empeñaban en sostener una resistencia antifrancesa, y el espíritu republicano, mal entendido, favorecía por testarudez y por ignorancia los funestos proyectos de la política austroespañola, que quería provocar la guerra civil en Francia, y lo probaba la resistencia gloriosa, pero desastrosa, de Montaubán, tanta sangre vertida, tanto heroísmo gastado, para eternizar la lucha provechosa para Roma y para Austria.
Por eso el deber de los que eran inteligentes y cultos era no preocuparse de los hechos y creer, a pesar de todo, en una verdad superior a las que se predicaban por el mundo, puesto que la espada, el dogal, la hoguera, el homicidio, la violación y el saqueo eran los medios que empleaban los partidos para convertirse los unos a los otros.
Lucilio Giovellino reflexionó acerca de todas estas cosas y se resolvió a obrar según el Evangelio, comentado por su propia conciencia, porque veía que este libro divino entre manos de ciertos católicos y de ciertos protestantes podía ser, y era a menudo, un código de fatalismo, una doctrina de embrutecimiento y de furor.
Empezó a señalar a Mario la filosofía, la historia, las lenguas y las ciencias naturales, procurando hacer resaltar ante todo la lógica y la bondad de Dios. Su método fue claro y sus explicaciones concisas.
El pobre Lucilio había sido elocuente en otros tiempos, y al principio de su desgracia había sentido mucha repugnancia por la palabra escrita, y todavía a veces sufría por verse forzado a resumir su pensamiento en pocas palabras; pero los espíritus selectos saben sacar partido de cualquier desgracia. Ocurrió que por la pereza de escribir largo tiempo y por la impaciencia de expresarse se acostumbró a resumir su pensamiento, con una claridad y una energía extraordinarias, y el espíritu del niño fue desarrollándose sin detalles inútiles y sin repeticiones fatigosas.
Las lecciones fueron sorprendentemente breves, y proporcionaron a aquel espíritu juvenil la seguridad, tan rara, naturalmente, en aquel tiempo.
Por su parte, Bois-Doré, a pesar de entretener a su hijo con puerilidades y tonterías, hizo que se conservara puro y bueno, merced a la misteriosa influencia que las buenas naturalezas ejercen natural y espontáneamente unas sobre otras.
El espíritu de los niños tiende a reaccionar contra la enseñanza demasiado precisa; sigue más fácilmente un instinto que le guía sin saber adónde va.
Cuando en medio de sus fútiles ocupaciones el marqués tenía que molestarse para hacer un favor o para distribuir un socorro, no demostraba nunca ni enojo ni cansancio. Se levantaba, oía, se informaba, consolaba y obraba.
Como era por naturaleza perezoso y bonachón, las quejas no le molestaban y no se impacientaba por ninguna charla de pobre mujer. Por esto, aunque parecía consagrar su vida a menudencias, no había un momento en aquella existencia, fácil y benévola, que no alegrase o beneficiase a alguien.
Y sus días, que siempre empezaban con grandes proyectos de trabajo para su hijo -el marqués llamaba trabajo al cuidado del tocado y a la enseñanza de las bellas maneras-, se pasaban sin que decidiese ni el emprendiese nada, y lo dejaba todo a las juiciosas resoluciones de Adamas y a los amables caprichos del niño.
Al cabo de algunas semanas, gracias a la actividad de Adamas y a la inteligencia de la morisca, Mario estaba vestido como correspondía a su rango. Además, el marqués le había inculcado algunas nociones de equitación y de esgrima.
Todas las mañanas ocurrían escenas cómicas entre el anciano y el niño con motivo de la lección de buenas maneras.
El marqués hacía entrar y salir diez veces seguidas a su discípulo para enseñarle la manera de entrar en un salón con elegancia y cortesía y la de retirarse con modestia y corrección.
-Sabed, mi querido conde -le decía (en aquel momento había que hablar con graciosos cumplidos)-, que cuando un hidalgo ha franqueado el umbral de una puerta y ha dado tres pasos en una habitación, está ya juzgado por todas las personas de mérito o de distinción que se hallan presentes. Por esto, todo su mérito y toda su nobleza deben reflejarse en la actitud de su cuerpo y en la expresión de su rostro. Hasta hoy os han acogido siempre con caricias y tiernas familiaridades, pasando por alto las conveniencias que no podíais conocer; pero esta indulgencia no tardará en cesar, y si viesen que conserváis maneras rústicas con estos trajes, culparían vuestra naturaleza o mi indiferencia.
Trabajemos, mi querido conde; trabajemos concienzudamente; volvamos a empezar esta reverencia, que ha salido poco brillante, y esta entrada, que ha resultado floja y desprovista de nobleza.
Aquella enseñanza divertía a Mario, porque era un motivo para ponerse sus mejores trajes, pavonearse ante los espejos y agitarse por la habitación. Era tan dispuesto y tan ágil, que aprendía con mucha facilidad aquella especie de baile majestuoso en el que le iniciaban minuciosamente; y su viejo padre, mucho más niño que él, sabía dar atractivo a la elección.
Era un curso completo de pantomima, y el marqués, a pesar de su edad, era un excelente cómico.
-Mirad, hijo mío -decía colocándose el sombrero y embozándose de manera apropiada-, he aquí los ademanes de un matamoros; fijaos bien en lo que voy a hacer, para que no lo hagáis nunca, como no sea por juego, y para que os abstengáis de ello en buena sociedad.
Entonces representaba el papel de un capitán bravucón con tal naturalidad, que Mario reía hasta revolcarse por el suelo.
Le permitía, para divertirse, que hiciese a su vez de capitán, y entonces era el marqués el que se caía de su butaca dando carcajadas; tan ágil y gracioso era el diablillo.
Pero había que proseguir la lección.
Entonces el marqués representaba el papel de un patán pesado, rudo e importuno, o el de un pedante amargado y desagradable, o el de un bobo desconcertado. Como se necesitaban actores para mimar la escena, hacía venir a la servidumbre.
Dichosos cuando podían conseguir el concurso de Mercedes y de Adamas, que se prestaban al juego con mucha animación e ingenio. Pero Adamas era activo y la morisca trabajadora; siempre solicitaban que se les dejase ir a trabajar para Mario.
El marqués y su discípulo tenían que contentarse con Clindor, que tenía buena voluntad, pero que por su figura parecía un muñeco, y con la Belinda, a la que encantaba el representar una dama noble, pero que hacía su papel de la manera más ridícula y más absurda. El marqués la reprendía alegremente y recalcaba su torpeza en provecho de la enseñanza de Mario, que era bastante burlón y que se reía hasta el punto de mortificar singularmente al ama de llaves.
Se marchaba ofendida, y Mario, en medio de sus carcajadas, olvidaba que era la ora de los cumplidos: saltaba sobre las rodillas del marqués y le besaba, tuteándole; el anciano no tenía el valor de corregirle, porque él también se divertía lo suyo, y nada le parecía más dulce que ver a su hijo divertirse con él como buen camarada.
Después de la comida montaban a caballo. El marqués haba adquirido para su heredero los más lindos caballitos del mundo. Era un excelente profesor de equitación y de esgrima; pero tales ejercicios fatigaban mucho al anciano, y tenía suplentes que él dirigía.
Dos veces por semana iba un profesor de blasón; éste aburría considerablemente a Mario. Pero, con una energía muy rara en un niño, se dominaba para no rechazar nada de lo que su padre le imponía con tanta dulzura.
Se consolaba de la ciencia heráldica con sus buenos caballitos, sus lindos y diminutos arcabuces y las lecciones de Lucilio, que le atraían y le impresionaban vivamente.
Tenía por el mudo un respeto inconsciente, fuese porque su alma leal sintiese la superioridad de un alma noble, o porque la entusiasta veneración de Mercedes por Lucilio ejerciese sobre él un magnetismo; porque en el fondo de su corazón seguía siendo el hijo de la morisca, y como sentía que había entre ella y el marqués una tierna rivalidad por causa suya, tenía la ingeniosa delicadeza de amar a los dos sin despertar la inquietud de aquellos corazones pueriles, a la vez generosos y susceptibles.
Había ya hecho este aprendizaje de delicadeza con su madre adoptiva cuando vivir, con el abate Anjorrant, y no le fue difícil reanudarle.
El estudio que más le gustaba era el de la música.
También en esto era Lucilio un maestro admirable. Su talento encantaba al niño y le sumía en unos sueños extáticos. Pero el marqués contrariaba un poco esta inclinación, que hubiera absorbido todas las demás. Bois-Doré creía que un hidalgo no debía estudiar un arte hasta el punto de llegar a ser un artista, sino conocer primero a fondo lo que él llamaba el oficio de las armas, y luego un poco de todo. «Bastante bien, pero sin exageración en nada, porque un hombre muy sabio en una cosa desdeña todas las demás y deja de ser agradable en sociedad.»
En medio de tantos estudios y tantas diversiones, Mario iba haciéndose el más lindo mozo de la creación; su cutis, naturalmente blanco, adquiría, bajo el tibio sol otoñal de nuestras provincias, un matiz delicado como el de una flor. Sus manecitas rudas y llenas de arañazos, ahora enguantadas y cuidadas, iban siendo tan suaves como las de Lauriana. Su espléndida cabellera color castaño era la admiración y el orgullo del ex peluquero Adamas.
El marqués le enseñaba la gracia por la teoría; pero él había conservado su gracia natural; en cuanto a la distinción, la había adquirido desde el primer día que se puso un traje de raso.
Los sabios ejercicios coreográficos que hacía no servían más que para desarrollar sus dones naturales.
Cuando tuvo un equipo conveniente, el marqués le llevó a hacer visitas en diez leguas a la redonda.
La aparición de aquel niño, de quien en un principio se burlaban los envidiosos y las comadres, pero que cada día iba tomando consistencia y realidad, fue un acontecimiento en el país.
Cuando pasaba rápidamente sobre su caballito, escoltado por Clindor y Aristandre, a través de las calles de La Châtre, la gente abría los ojos desmesuradamente y pensaba:
-¿Pero será verdad?
Preguntaron cómo se llamaba y cómo se llamaría. El marqués, siendo noble, ¿podría resignarse a tener por heredero a un simple hidalguillo? ¿Pero tendría el derecho de dejar su título y sus tres gallinas coronadas de plata a un Bouron? ¿Lo consentiría el rey actual? ¿No sería esto contrario a las leyes y a los usos de la nobleza?
¡Grave cuestión!
Se habló de ello durante quince días; luego no se volvió nadie a acordar, porque las cosas difíciles cansan pronto, y cuando veían pasar al viejo marqués y al condesito, que iban a comer a casa de algún vecino, los dos idénticamente vestidos, bien fuera de blanco, a estilo aldeano; de azul celeste con canutillo de plata, o de raso crema con plumas blancas, o verde gai o rosa de melocotón con cintas de oro y de plata, y graciosamente reclinados sobre los cojines de la hermosa carroza, conducidos por dos enormes caballos, tan empenachados como los amos, y seguidos por una escolta de criados tan bien montados y armados y tan deslumbrantes que más parecían señores, no había en la ciudad, en la aldea o en los castillos un solo noble, burgués o villano, que no se pusiese en pie, exclamando:
-¡Pronto! ¡Pronto! Oigo llegar la carroza del marqués. ¡Corramos a ver pasar a los caballeros de Bois-Doré!
Mientras que estas cosas ocurrían en el afortunado Berry, la efervescencia crecía en el Mediodía de Francia.
Hacia el 13 de noviembre los de Bourges se habían enterado con toda seguridad de que el rey había tenido que levantar el sitio de Montaubán.
El joven rey era valiente. había llorado al retirarse.
Luynes, que había asegurado que dominaría el partido corrompiendo a sus jefes, había fracasado con Rohan, general de la provincia y defensor de la ciudad. Desgraciadamente, estaba probado que aquel noble señor constituía una rara excepción, y que el sistema de Luynes era eficaz con la mayoría de los hidalgos sublevados: pero este sistema de compra arruinaba a Francia y degradaba la monarquía.
Luis XIII se daba a veces cuenta de ello y comprendía que la incapacidad y la indignidad de su favorito paralizaban todos sus esfuerzos.
El ejército estaba mal equipado y mal pagado. El desorden era escandaloso, y el rey, aunque pagaba treinta mil combatientes, en realidad no contaba con más de doce mil para sostener la campaña. Los jefes estaban desalentados. Mayenne acababa de morir. El carmelita español Domingo de Jesús María, a cuya santidad y entusiasmo los devotos alemanes atribuían la victoria de Praga, había profetizado en vano bajo los muros de Montaubán.
Los falsos milagros son más difíciles en Francia que en ninguna parte. Los calvinistas se rehacían, y en los primeros días de diciembre monsieur de Bois-Doré recibió la visita de monsieur de Beuvre, que estaba muy animado, y le dijo confidencialmente:
-Querido vecino: vengo a consultaros acerca de un asunto importante. Ya sabéis que soy pariente del duque de Thouars, jefe de la familia de La Tremouille, a la que tengo el honor de pertenecer, y que la primavera última he pensado ir a reunirme con las gentes de La Rochelle. Me habéis disuadido, afirmándome que el duque sería aniquilado por el rey como la nieve lo es por el sol; esto ha ocurrido como me lo anunciabais. Pero no porque el duque, mi pariente, haya cometido una falta he tenido yo razón al hacer otro tanto, y me reprocho el abandonar mi causa, sobre todo en el momento en que recobra fuerza.
-Sin duda -dijo Bois-Doré ingenuamente- se os traba la lengua y queréis decir que la causa os necesita; porque si acudís en su auxilio en el momento en que lleva la ventaja, no veo dónde está el mérito.
-Mi querido marqués -repuso Beuvre-, ya sé que siempre habéis presumido de caballerosidad; pero yo soy un hombre positivo y digo las cosas como son. Vos sois rico, vuestra fortuna está ya hecha, vuestra carrera terminada, y podéis filosofar. Yo, sin ser pobre, he sufrido grandes pérdidas, por haber jugado mal mi partida, en estos últimos tiempos. Me siento aún dispuesto y me aburro en la inacción. Además, no puedo resistir los aires de superioridad que toman los viejos ligueros de nuestro país. Los chanchullos de los jesuitas me irritan. ¿Es que para vivir en paz, como vos, voy a tener que convertirme?
-¿Cómo yo? -añadió el marqués sonriendo.
-Ya sé que vuestra conversión no ha sido muy sonada -prosiguió Beuvre-; pero por poco que sea, es demasiado para mí; prefiero batirme. Y todavía me quedan cinco o seis años de actividad y de salud.
-¡Muy grueso estáis, vecino!
-Creéis que engordo porque no os veis menguar. ¡Es que vos enflaquecéis y no que yo esté más gordo!
-¡Sea! Comprendo vuestras razones para hacer esta campaña. Creéis que será provechosa, pero os equivocáis. Los jefes y los soldados, los burgueses y los pastores, todos van bravamente al combate; pero al día siguiente se dividen, se aborrecen, se injurian y cada cual tira por su lado. Desde la San Bartelemy la partida está perdida, y, para ganarla, el rey de los hugonotes ha tenido que abandonar la causa. Quiso ser francés ante todo, y lo que vos queréis hacer no beneficiará ni a Francia ni a vos mismo.
Beuvre no sufría que le contradijeran. Se obstinó, y él, el hombre más escéptico del mundo, censuró al marqués por su carencia de principios religiosos.
Al oírle, Bois-Doré comprendió que le engolosinaban las ofertas que la monarquía se veía obligada a hacer, después de cada una de sus derrotas, a los señores calvinistas. Beuvre no era de los que se vendían, pero sí de los que se batían y se aprovechaban de la victoria sin escrúpulo y con grandes exigencias.
-Puesto que estáis decidido -le dijo el marqués con dulzura-, debisteis habérmelo dicho enseguida en lugar de pedirme consejo. No tengo que haceros ya más que una objeción. Tendréis que equiparos y llevar para esta campaña vuestras mejores soldados. ¿Habéis pensado en el perjuicio que puede causar a vuestra hija el que a los jesuitas se les ocurra participar vuestra ausencia a monsieur de Condé? Y creed que no se privarán de hacerlo y que el castillo de la Motte Seuilly estará expuesto a alguna incautación en nombre del rey, lo que siempre es llevado a cabo por malas gentes. Vuestra hija, en peligro de recibir algún ultraje...
-No temo nada de eso -dijo Beuvre-. Fingiré hallarme en Orleáns, en donde todo el mundo sabe que tengo un pleito. Desde allí me dirigiré sigilosamente hacia la Guyenne, donde tomaré algún nombre de guerra, según es costumbre, para proteger en mi ausencia a mi familia y mis dominios. Seré el capitán Chandelle, o el capitán La Paille, o el capitán... cualquier cosa.
-Ya sé que es, costumbre hacer esto -repuso Bois-Doré-; pero no siempre sale bien. Os prometo que defenderé vuestro castillo cuanto me sea posible; pero si no temiese haceros una oferta incorrecta, os propondría guardar a vuestra hija en mi casa durante esta ausencia.
-Ofreced, ofreced, querido vecino, porque acepto, y no veo dónde está la incorrección. No hay incorrección para una mujer más que allí donde hay peligro para su virtud o para su reputación; y no me parece que entre vos, que pudierais ser su abuelo; vuestro hijo, que no pasa de ser un colegial; vuestro mudo filósofo y vuestro paje, que parece un mono, mi hija pueda perder corazón o la cabeza. De suerte que mañana os la traigo y os la dejo hasta mi regreso, con la convicción de que será feliz y estará segura en vuestra casa y de que seréis para ella, como sois para mí, el mejor de los amigos y de los vecinos.
-Podéis contar con ello -contestó Bois-Doré-. Iré yo mismo a buscarla. Mi carroza es bastante grande y podrá traer en ella sus objetos más valiosos sin que nadie se entere de que se traba de algo más que de una de sus visitas de costumbre.
Efectivamente: al día siguiente Lauriana se instaló en Briantes, en la «Sala de Verduras» que el ingenioso Adamas convirtió rápidamente en una habitación lujosa y cómoda.
La morisca solicitó que la pusiesen al servicio de madame de Beuvre, que le insipiraba confianza y simpatía, y Lauriana, que a su vez la apreciaba mucho, la rogó que durmiese en el gabinete contiguo a su vasta alcoba.
La joven se separó de su padre con mucha entereza.
La leal criatura, llena de fe y de entusiasmo, no sospechaba en él cálculo alguno. Le hubiera costado trabajo comprender lo que era razonar, dudar y resolver en beneficio del propio interés. Sabía que su padre era valiente como un león y franco por su carácter y por su hidalguía; era más que suficiente para que se le representase como un héroe.
Él, comprendiendo la ingenuidad y el idealismo de su hija, no se hubiera atrevido a rebajarse ante ella, dejándola ver que era el prototipo del hombre honrado de su tiempo; es decir, de los que hacían el menor mal posible, pero pensaban siempre en sacar provecho de las cosas.
Ya no era el tiempo del ideal. Habían empezado «las realidades del horrible siglo XVII, aquel desierto grandioso en el que el pan para el espíritu y para el cuerpo se va agotando, en el que la Naturaleza no alimenta ya al hombre y la tierra, extenuada, se hunde bajo su peso». Los hombres, avejentados en las luchas del siglo precedente, no podían rejuvenecer en el siglo nuevo; pero los niños tenían alma; ¡la tienen siempre cuando se los deja en libertad!
Lauriana, entusiasmada por la hermosa conducta de los Rohan y de los La Force en Montaubán, impelía a su padre a la partida, creyendo que él no pensaba más que en defender el honor de la causa, y que, como ella, no tenía más ideal que conservar a costa de la fortuna, y a ser preciso de la vida, la dignidad y la libertad de la conciencia, concedidas por Enrique IV.
No vertió una lágrima al darle el último beso; su mirada le siguió hasta que él se hubo perdido de visita; entonces entró en su cuarto y lloró.
Mercedes, que trabajaba en el gabinete, la oyó y fue a la puerta; pero no se atrevió a acercarse. Lamentaba no conocer su idioma para consolarla.
Aquella mujer tenía instintos maternales y no podía ver sufrir a un corazón joven sin sufrir a su vez y sentir la necesidad de aliviarle. Se le ocurrió ir a buscar a Mario; le parecía que no había dolor que resistiese a la vista y a las caricias de su bien amado.
Mario se acercó quedamente de puntillas, y llegó junto a Lauriana sin que ella le hubiera oído. Ya consideraba a Lauriana como a una hermana querida. ¡Era tan buena con él, tan alegre siempre! ¡Se preocupaba tanto de entrerenerle cuando él iba a la Motte Seuilly!
Al verla llorar se quedó intimidado. Creía, como todo el mundo, que la ausencia de monsieur de Beuvre no duraría más que unos días.
Permanecía arrodillado en el cojín en que Lauriana descansaba los pies, y la miraba lleno de confusión; al fin se atrevió a cogerle las manos.
Lauriana se estremeció, y vio aquella cara de ángel que le sonreía con los ojos humedecidos. Conmovida por la sensibilidad del niño, le abrazó con ternura y besó sus hermosos cabellos.
-¿Qué es ocurre, mi Lauriana? -le preguntó Mario, alentado por aquella efusión.
-¡Ay, mi pobre niño! -contestó ella-. Tu Lauriana tiene pena, como tú la tendrías si vieras partir a tu buen padre el marqués.
-Pero el vuestro volverá pronto; os lo ha dicho al marcharse.
-¡Ay, mi pobre Mario! ¿Quién sabe si volverá? En los viajes...
-¿Va muy lejos?
-No; pero... Vamos, vamos, no quiero entristecerte. Ven a dar un paseo. ¿Quieres venir conmigo a buscar a tu buen padre?
-Sí -dijo Mario-; está en el jardín. ¿Queréis que traiga a mi cabrita blanca para que os distraiga?
-Iremos a buscarla juntos; ven.
Lauriana salió dándole el brazo, no como una dama cuando se apoya en el de un caballero, sino todo lo contrario, como una madrecita, colocando el brazo del niño debajo del suyo.
Al bajar la escalera encontraron a Mercedes, cuyos hermosos ojos les acariciaron duleemente al pasar. Lauriana, que se hacía comprender por ella con señas, no tuvo más que mirarla para adivinar su tierna solicitud, y le ofreció la mano. Mercedes quiso besarla; pero la joven no lo consintió, y la besó en las dos mejillas.
Aunque la morisca era cristiana, ninguna cristiana la había besado nunca. Belinda se hubiera creído en pecado al hacerle la menor caricia, y, considerándola como pagana, sentía repugnancia hasta por comer en su compañía.
La encantadora efusión de la noble damita fue una de las mayores alegrías de la pobre mujer, y desde aquel momento dividió casi su amor entre ella y Mario.
Se había negado a aprender una palabra de francés y hasta procuraba no hablar el poleo español que sabía, ante el temor de olvidar el idioma de sus antepasados, como había visto que les ocurría a algunos moriscos aislados en el extranjero, y que a ella no la habían comprendido. Hasta entonces le había bastado con hablar con el sabio abate Anjorrant, con Mario y ahora con Lucilio. Pero el deseo de comunicarse con Lauriana y el marqués le hizo dominar su repugnancia; llegó hasta comprender que debía adoptar el idioma de aquellos seres afectuosos, que la trataban como si hubiera sido de su raza y de su familia.
Lauriana se encargó de ser su profesora, y en poco tiempo llegaron a comprenderse.
Madame de Beuvre no tardó en ser muy feliz en Briantes, y si no hubiera sido por la ausencia de su padre, del que recibió pronto buenas noticias, se hubiera considerado más dichosa de lo que había sido en su vida.
En la Motte Seuilly estaba casi siempre sola, porque el exuberante Beuvre, que adoraba el ejercicio, iba de caza en todo tiempo, y no tenía, a pesar de su cariño paternal, los mil cuidados, las delicadas atenciones, los mimos ingeniosos que el marqués sabía tener con las mujeres y los niños.
Como había sido educada con cierta rudeza, había tenido que dominar su natural dulzura, sobre todo desde que la idea de una viudez prolongada se le había presentado como una posibilidad, dado el ambiente y las circunstancias. Había endurecido su carácter a fuerza de voluntad, y casi había logrado adquirir la costumbre de reír cuando sentía deseos de llorar; pero la naturaleza recobraba sus derechos.
A solas lloraba con frecuencia, anhelando, a pesar suyo, una compañía, un afecto, una madre, una hermana, un hermano, alguna sonrisa, alguna condescendencia que la ayudase a respirar y a expansionarse en un ambiente más suave que la sombría frialdad de su viejo castillo, el lúgubre recuerdo de los Borgia y las recriminaciones políticas de su padre, irónico y amargado.
En algunos momentos, aun sin desear todavía el apoyo de un alma compañera, había sentido que su forzada rudeza la oprimía como un armadura que fuese demasiado pesada para sus miembros delicados.
Al poco tiempo de estar en Briantes, un cambio rápido se produjo en ella. Fue lo que necesitaba ser, lo que sólo una dolorosa tensión de su voluntad le había impedido ser, lo que su naturaleza quería que fuese aún: una niña.
El marqués había abandonado con alegría la idea de hacerla su esposa, y aceptó resueltamente la de hacerla su hija; hasta le agradaba el pensar que podía muy bien considerarla como la hermana mayor de Mario, dado que los pocos anos de Lauriana permitían esto sin aventajarle demasiado.
Además, su singular coquetería se avino mejor con la idea de tener dos hijos en vez de uno. Le complacía llevar los mismos colores claros que sus jóvenes compañeros y participar de sus inocentes juegos; aquella compañía le rejuvenecía ante sí mismo, hasta el punto de que a veces se persuadía de que era un adolescente.
-Ya ves -decía a Adamas-, hay personas que envejecen; yo no me parezco a ellas puesto que no me encuentro a gusto más que con la juventud inocente. Te juro, amigo mío, que he vuelto a mi edad de oro y que mis ideas son tan puras y tan risueñas como las de esta muñeca y este querubín.
Lauriana, Mario y el marqués se hicieron inseparables, y su vida se deslizaba con una continua diversión, entremezclada con estudios provechosos y buenas acciones.
La instrucción de Lauriana era nula; no sabía nada. Quiso asistir a las lecciones que Jovelin daba a Mario en el salón. Escuchaba mientras bordaba las armas del marqués en un trozo de tapicería, y, al terminar de dar sus lecciones, Mario entregaba a la joven las explicaciones escritas por Lucilio para leerlas juntos. Lauriana se asombraba de la facilidad con que comprendía cosas que ella había creído superiores a la inteligencia de una mujer.
La lección de música le agradaba mucho, y a veces se complacía en tocar la tiorba mientras que la morisca cantaba sus melancólicas canciones.
El marqués, sentado en su gran butacón, contemplaba durante estos pequeños conciertos los personajes de la tapicería de Astrée; le parecía que ellos también accionaban o cantaban, y acababa adormeciéndose en una beatitud deliciosa.
Lucilio participaba también de aquella familia, que le hacía olvidar un poco la soledad de su corazón y la tristeza de su porvenir.
El austero y candoroso filósofo estaba todavía en edad de amar, pero creía deber renunciar ya al amor. Había sentido más de una vez el noble fuego de la pasión, y temía caer ahora en alguna unión sensual de la que su alma fuese alejada. Y se resignaba a vivir, abnegándose para los demás, y en el olvido definitivo, y absoluto de toda ilusión.
Él, que había sufrido la prisión, el destierro, la miseria y el tormento, se esforzaba en vencer sus ansias de felicidad, como había vencido tantas otras, y de estas meditaciones salía siempre sereno y triunfante; pero su triunfo era el que se consigue con la tortura: una mezcla de fiebre y de aniquilamiento; el alma por un lado y el cuerpo por otro; el equilibrio de la vida roto y el espíritu trastornado.
Pero Lucilio exageraba su desgracia. Era amado no por una inteligencia -él creía que esto le hubiera sido necesario para reconciliarse con su trágico destino-, sino por un corazón.
Ante su ciencia y su genio, Mercedes estaba como una rosa ante el sol. Bebía sus rayos sin comprenderlos; pero la dulzura, el valor, la virtud del filósofo la cautivaban, y su alma tierna se postergaba ante él. No luchaba contra este sentimiento, que constituía para ella una religión y un deber, pero lo callaba, porque tenía más temor que esperanza.
No debemos dejar de mencionar una pequeña revolución doméstica que ocurrió en el castillo de Briantes poco después de la marcha de monsieur de Beuvre, porque la importancia de aquel pequeño acontecimiento se hizo sentir gravemente más tarde a los demasiado felices habitantes del castillo.
De los dos caballeros de Bois-Doré, no siempre el más viejo era el más razonable; pero a veces Mario tenía momentos de travesura, sobre todo, según decía Adamas, cuando «se entusiasmaba jugando con la damita». Como era bueno y afectuoso, no molestaba nunca a las personas ni a los animales; no tiraba nunca de las orejas a Fleurial ni decía a Clindor palabras desagradables; pero las cosas inanimadas no le inspiraban siempre el respeto que el marqués sentía por algunas de ellas. Entre éstas pueden contarse las estatuitas de la Astrée, que decoraban los jardines de Isaura, el famoso laberinto y el antro de la vieja Mandraga. Los primeros días le habían divertido mucho, pero acabaron molestándole, porque eran juguetes demasiado inmóviles.
Un día en que se hallaba jugando con un gran sable de madera que Aristandre había fabricado para él, amenazó a un personaje de escayola que representaba el hipócrita. Filandre, es decir, el fingido Filandre, así llamado porque, abusando de su parecido asombroso con su hermana Callirée, se puso trajes de mujer para penetrar en la intimidad de la ninfa a quien amaba.
La estatua representaba al pastor con su disfraz femenino, y el artista encargado de la creación de los personajes había aprovechado el parecido del hermano con la hermana, y, para ahorrarse trabajo, utilizó un solo modelo para las dos estatuas. Estas estaban colocadas, una frente a la otra, con las de Amidas, de Dafnis, etc..., en la rotonda llamada bosquecillo de las equivocaciones amorosas.
Para distinguir al hermano de la hermana, el marqués había escrito con lápiz sobre el pedestal del primero un fragmento del largo monólogo que empieza con estas palabras: «¡Oh, presuntuoso Filandre! ¿Quién podrá disculpar tu falta?, etc...»
La cara del maligno personaje era tan estúpida, que Mario, sin odiarle precisamente, se complacía en burlarse de él y en amenazare. Ya le había administrado algunos golpes inofensivos; pero aquel día, viendo que sus amenazas hacían reír a Lauriana, descargó sobre la estatua un sablazo más fuerte de lo que había previsto, y echó a rodar por el césped la nariz del pobre Filandre.
Al momento el niño se arrepintió. Su padre amaba a Filandre tanto como a los otros pastores.
Después de muchas pesquisas, Lauriana encontró en la hierba la desdichada nariz, y Mario, subido en el pedestal, la pegó lo mejor que pudo con barro. Pero las heladas empezaban, y al día siguiente la nariz estaba en el suelo; volvieron a pegarla. Pero el hipócrita Filandre era tan tonto que no supo conservar su nariz, y un buen día el marqués pasó en un momento en que no la tenía.
Mario se declaró culpable; el buen Silvio, dándose cuenta de sus remordimientos, no le regañó. Pero al día siguiente no era Filandre sólo el que carecía de nariz, sino también su hermana Callirée, y a los dos días Filandre y hasta la incomparable Diana.
Esta vez Bois-Doré, seriamente emocionado, dirigió al niño reproches amargos; pero Mario se echó a llorar a lágrima viva, jurando que no había roto en su vida más narices que la del presunto Filandre.
Lauriana confirmaba la inocencia de su amiguito.
-Os creo, hijos míos, os creo -dijo el marqués, al que los llantos de Mario habían trastornado-. ¿Pero por qué tenéis tanta pena, hijo mío, puesto que no sois culpable? Vaya, Vaya, no lloréis más; me he precipitado indebidamente al regañaros: no me castiguéis con vuestras lágrimas.
Se besaron con efusión.
Aquella hecatombe de narices le sorprendía. Lauriana hizo la observación de que sin duda alguien había hecho aquello con la intención aviesa de hacer aparecer a Mario como culpable.
-Es cierto- dijo el marqués pensativo-. El acto es de los más odiosos, y quisiera tener al autor entre mis manos para condenarle a perder sus propias narices. Mi palabra, que le daría un susto.
Pero preferían creer que no se trataba más que de otra travesura infantil, y las sospechas recayeron sobre el individuo más joven del castillo después de Mario. Pero Clindor mostró tan santa indignación, que el marqués tuvo que consolarle también.
Al día siguiente faltaban otras dos o tres narices, y Adamas, indignado, puso centinelas día y noche en los jardines.
El estropicio cesó, y el buen Lucilio, conmovido por la pena de Bois-Doré, fabricó una pasta italiana, con la que encoló, limpia y pacientemente, todas las narices rotas.
Pero ¿quién podía ser el autor del crimen? Adamas tenía sospechas, pero el marqués se negaba a creer que alguien de su casa fuese capaz de semejante infamia, y echaba la culpa a algún auxiliar de monsieur Poulain.
-Ese beatón -decía-, como nos tiene por paganos e idólatras, se había imaginado que rendimos culto a estas estatuas, y sin embargo... Además, son todas pudorosas y están castamente vestidas, como deben estarlo en un lugar por donde se pasean nuestros hijos.
-Yo también creo que es algún beatón, pero más bien con la intención infame de que riñáis al señor conde; y aquí todo el mundo le quiere, hasta el punto de dar la vida por él, salvo una persona respetable...
-No; no, Adamas -protestaba el generoso marqués-. ¡Es imposible! Sería demasiado odioso en una mujer.
Empezaban a olvidar aquel terrible asunto, cuando ocurrió otro peor.
FIN DEL TOMO PRIMERO
LOS CABALLEROS DE BOIS-DORÉ

Desde que la morisca había enseñado a Adamas varios secretos orientales para la fabricación de mejunjes y cosméticos, el cutis, la barba y las cejas del marqués habían mejorado sensiblemente. Podían resistir al viento, la lluvia y las locas caricias de Mario, sin contar con que su fragancia era más suave y su embellecimiento más rápido.
Al principio, el viejo Celadón hacía que le adonizasen en gran secreto durante la hora en que su hijo salía de su alcoba para entregarse a sus primeras diversiones. Pero como el niño no se mostraba ni preguntón importuno, ni curioso mal educado, poco a poco fue desistiendo de tales precauciones y se procedió al rejuvenecimiento diario con rodeos ingenuos.
Los cosméticos fueron llamados esencias refrescantes, y el colorete, conservación de la piel.
Al parecer, Mario no se dio cuenta; pero los niños lo ven todo y éste no se dejó engañar por Adamas; sólo que no vio en ello motivo de burla. Su buen padre no podía hacer nada que fuese ridículo. Pensó que aquellos artificios formaban parte del tocado de todo noble.
Y como, por su parte, era bastante presumido, le entraron vivos deseos de hacerse también él una cara de hidalgo y lo solicitó; como le contestaron sencillamente que a su edad no eran necesarios tales esmeros, no creyó que le habían hecho una negativa rotunda. Así fue como una tarde, hallándose solo en el cuarto de su padre adoptivo y viendo los frascos dispersos sobre el tocador, satisfizo su capricho de perfumarse en blanco y en rosa, según había visto que Adamas perfumaba al marqués. Hecho esto, le pareció que debía obscurecer y ensanchar sus cejas, y encontrándose entonces un aire muy marcial, no pudo resistir al deseo de dibujarse un precioso bigote en punta y una hermosa perilla debajo.
Como no tenía más luz que la de una vela olvidada sobre la mesa, usó los tintes con abundancia y no pudo dibujar finamente los contornos.
Llamaban a cenar; corrió a sentarse a la mesa con la mayor seriedad del mundo, muy satisfecho de su cara feroz.
Al pronto, el marqués no se fijó; pero como Lauriana soltó una gran carcajada, levantó los ojos y vio aquella dulce cabecita tan singularmente disfrazada, que no pudo menos de echarse él también a reír.
Sin embargo, el buen marqués se sintió contrariado y aun dolido en el fondo de su corazón. Indudablemente Mario no había pensado en burlarse de él, pero la manera exagerada y vistosa con que se había pintado acusaba demasiado, ante Lauriana, la existencia y el empleo de la paleta de belleza que él creía tan disimulada en su tocador y en su rostro. Ni siquiera se atrevió a preguntar al niño dónde había cogido aquel colorete; hubiera temido una contestación excesivamente ingenua. Se limitó a decirle que estaba desfigurado y que se fuera a limpiar.
Lauriana comprendió la confusión y la intranquilidad de su viejo amigo y refrenó su alegría; pero la ocurrencia de Mario se le antojaba muy graciosa, y durante toda la cena tuvo una excitación nerviosa que el deseo de reír contenido produce en las muchachas.
Al ver que a Mario le ocurría lo mismo, el marqués les dijo con dulzura:
-Vaya, hijos míos, reíd a vuestro antojo, puesto que tantas ganas tenéis.
Pero él no se reía, y al acostarse regañó a Mario que, muy arrepentido, prometió no volverlo a hacer.
Esta travesura había divertido extraordinariamente a maese Clindor, que, reventando de risa, había hecho pedazos una hermosa porcelana. El marqués le regañó, y el pobre perdió la cabeza, se aturrulló y pisó una pata a Fleurial. Adamas no había podido contenerse ante el cómico aspecto de Mario y también se había reído. La Belinda fue la única que guardó su seriedad, y el marqués se lo agradeció.
-Este niño es muy travieso -dijo por la noche a Adamas-, y todo lo que hace revela un espíritu frívolo y bromista. ¡Convendría no mimarle demasiado, Adamas!
Al día siguiente ocurrió otra aventura; uno de los frascos de carmín del tocador fue encontrado roto y el hermoso mantel de encaje manchado. Se acusó a Fleurial; pero sobre el jubón blanco de Mario aparecieron las mismas manchas; el niño, sorprendido, protestó y dijo que no se había acercado al tocador.
-Te creo, hijo mío -dijo el marqués suspirando-. Sufriría demasiado si te creyera capaz de mentir.
Pero al día siguiente se encontraron los coloretes mezclados, el rojo con el negro y el negro con el blanco.
-Vaya -dijo el marqués-; la superchería continúa. ¿Ocurrirá con esto como con las pobres narices de mis estatuas?
Examinó a Mario sin decir nada; en los puños de la camisa del niño había manchas negras. Acaso fuesen de tinta; pero el marqués tenía horror a las manchas y le mandó que se mudase de ropa.
-Adamas -dijo a su confidente-, este niño es revoltoso y eso está muy bien; pero si es embustero y abusa de la fe que tengo en su palabra, ¡yo tendría mucha pena, amigo mío! Creía que era de una esencia superior, pero Dios no quiere que me enorgullezca demasiado y consiente que el diablo haga que sea un niño como los demás.
Adamas se puso de parte de Mario, que acababa de entrar en el gabinete contiguo.
En aquel momento oyeron a la Belinda que discutía acaloradamente con el niño. Él la tiraba de la falda, y ella se defendía diciendo que se tomaba con ella unas confianzas que no eran propias de su edad.
El marqués se levantó indignado.
-¿Libertino? -exclamó-. ¿Libertino ya?
El pobre Mario apareció deshecho en llanto.
-¡Padre -exclamó precipitándose en los brazos de Bois-Doré-, esa mujer es mala! Quería traértela para que vieses lo que tiene en las manos. Toca mi chorrera diciendo que está manchada, y es ella la que pone estas manchas; es que quiere hacerte penar e impedir que me quieras. Aprovecha las tonterías que hago para atribuirme otras peores. Padre, esa mujer no es buena; me hace pasar por embustero, y si tú la crees...
-No, hijo mío, no la creo -exclamó el marqués-. ¡Adamas!...
Pero Adamas ya no estaba allí; había corrido detrás de la Belinda; la alcanzó en la escalera, quiso traerla por la fuerza y recibió como castigo una sonora bofetada que le hizo soltar la presa.
Al ruido de la escaramuza, el marqués también se precipitó a la escalera. La bofetada había sido ruda; el pobre Adamas, atontado, se sujetaba el carrillo.
-¿Es que esa bribona ha utilizado sus garras? -dijo-. Me duele la cara... ¡Ah! ¡No, señor! -exclamó con repentina alegría-; no es sangre. ¡Mirad! Es el rojo de vuestros frascos, es la prueba del delito. ¡Ah!, sí, sí, el asunto está bien claro. Ahora espero que ya no dudaréis de la maldad de esa pelirroja.
-Señor conde -dijo el marqués a su hijo con una gravedad admirable-, confieso que dos veces he dudado de vuestra palabra. Si no fuese vuestro mejor amigo, me tendríais que pedir una reparación; pero espero que consentiréis en aceptar las excusas de vuestro padre.
Mario se abalanzó a su cuello. Aquella misma noche, Belinda, pagada y despedida sin explicaciones, abandonó el oasis de Briantes y su hermoso nombre de pastora para volver a las realidades de la vida con su verdadero nombre de Guillette Carcat, en espera de poder tomar otro más sonoro y más mitológico, según veremos más adelante.
Mientras que se iban borrando aquellos trágicos acontecimientos de la memoria de nuestros personajes, el celoso monsieur Poulain no se dormía.
El día 18 ó 19 de diciembre, el cura, con la nariz y los pies helados, pero con la cabeza caldeada por la esperanza de lograr un éxito largo tiempo disputado, llegó a Saint-Amand, una preciosa ciudad del Berry, situada en un lozano valle, entre dos ríos y dominada por el gigantesco y maravilloso castillo de Montrond, residencia del príncipe de Condé.
El cura descendió del caballo al llegar al convento de los capuchinos, cuyo vasto recinto, en forma de cruz, se hallaba bajo la protección del castillo señorial. Evitó ver al prior, del que temía la amabilidad y los servicios; quería hacer su tarea y recorrer su camino por sí mismo.
Se contentó con aceptar la frugal comida que lo ofreció uno de los frailes, pariente suyo, y después de sacudir la escarcha que le cubría se presentó a una de las ventanillas del castillo enseñando un pase en regla.
«Gracias a los trabajos de Sully, y sobre todo a los embellecimientos hechos por el príncipe, que había comprado aquella residencia al ministro en desgracia, el castillo de Montrond, que tuvo más tarde tanta importancia en los acontecimientos de la Fronda, se había convertido en un lugar de delicias a la vez que en una fortaleza inexpugnable. Su recinto, amurallado, tenía más de una legua de contorno; comprendía numerosos edificios, un castillo de tres pisos, vasto y magnífico, y una gruesa torre con almenas, que terminaba en una plataforma, en la que se veía la estatua de Mercurio».
«En cuanto a las fortificaciones, había tantas, sobrepuestas y formando como un anfiteatro, que un hombre que las hubiese estudiado y observado largo tiempo, apenas hubiera podido darse cuenta de ellas.»
En aquel laberinto de piedra, en aquel arcano significativo, en aquella guarida de gran vasallo, residía Enrique de Borbón, el segundo de su nombre, príncipe de Condé, que después de tres años de cautiverio por rebelión contra la corona, acababa de reconciliarse con la corte y de recuperar el gobierno del Berry.
Unía a este cargo el de teniente general, el de baile de la provincia y el de capitán de la torre principal de Bourges; es decir, que poseía el poder político, civil y militar de todo el centro de Francia, puesto que gozaba también de los mismos derechos y cargos en la provincia de Bourbonnais.
Añádase a este poder una fortuna inmensa, aumentada con las cantidades que en forma de indemnización costaba a la corona, es decir, a Francia, cada sublevación de Condé; con la adquisición casi forzada de los espléndidos castillos y fincas que Sully poseía en Berry y que tenía que ceder con gran pérdida al príncipe a causa de la dureza de los tiempos y de las desdichas del país; con la secularización, es decir, la supresión, en provecho del príncipe, de las más ricas abadías de la provincia (entre otras, la de Déols); con los regalos que imponía la costumbre, la cobardía o la adulación a la alta burguesía de las ciudades; con las pesadas bandejas llenas de buena moneda de oro y de plata, producto de la venta de los hermosos corderos del Berry; con las carrozas de azur esculpidas y adornadas con sátiros de plata y arrastradas por seis magníficos caballos enjaezados con piel de Rusia y aplicaciones de plata; con los impuestos, opresiones y vejaciones de todas clases sobre los pobres. El dinero, bajo todos los nombres, todas las formas, todos los pretextos; tal era el único móvil, el único fin, la única grandeza, la única alegría y el único genio de Enrique, nieto del gran Condé de la Reforma y padre del gran Condé de la Fronda.
Sabido es que los dos grandes Condés fueron también muy ambiciosos y muy culpables para Francia; pero, en cambio, eran capaces de prestarle grandes servicios contra el extranjero, cuando no se lo impedía su interés personal. Tal fue, ¡ay!, el horrible siglo XVII. Pero eran valientes, grandes, hasta heroicos, mientras que el que aparece en nuestra historia no era más que avaro, astuto, cauto y, según se dice, algo peor aún.
Su nacimiento había sido trágico y su juventud desgraciada.
Había sido dado a luz en una cárcel por una viuda acusada de haber envenenado a su marido. Se había casado muy joven con la bella Carlota de Montmorency, hija del condestable, y había tenido por rival a Enrique IV, un galanteador demasiado viejo y demasiado atrevido. La princesa había sido coqueta. El príncipe se había llevado a su mujer. Se acusó al rey de querer hacer la guerra a Bélgica por haberle dado asilo. El hecho era cierto y falso a la vez.
El rey estaba locamente enamorado; pero Condé fingía unos celos de que era incapaz, para explotar la pasión del rey en provecho de su ambición y forzaba al rey a castigar a un rebelde.
Desgraciado en su familia, en la guerra y en la política, el príncipe se consoló de todo con el amor a la riqueza, y cuando llegó el terrible Ministerio de Richelieu vivió muy tranquilo, rico y sin honor, en su buena ciudad de Bourges, en su hermoso castillo de Saint-Amand-Montrond.
Pero en la época en que nuestro párroco Poulain, después de seis semanas de gestiones y de intrigas, logró ser admitido en su presencia, el príncipe no había renunciado a toda ambición política y aun había de representar su papel de gavilán en la agonía del partido calvinista y en la del poder real, con la esperanza de elevarse sobre las ruinas del uno y del otro.
El párroco creía conocer bien al hombre con quien se las tenía que haber. Le juzgaba por la fama de buen príncipe que se había creado en Bourges: campechano, vulgar, hablando sin altivez con todo el mundo, jugando con los colegiales de la ciudad y haciéndoles trampas, amante de recibir regalos, chismoso, muy tacaño, bastante fantástico y excesivamente beato.
El príncipe era todo eso, pero lo era mucho más de lo que la gente creía. La historia pretende que la compañía de los colegiales le gustaba demasiado. No hacía trampa sencillamente por diversión, sino por avaricia; no imitaba a Enrique IV, que devolvía el dinero; los regalos le gustaban hasta la pasión; era chismoso por envidia y por maldad, tacaño hasta el furor, fantástico hasta la superstición y beato hasta el ateísmo.
Lenet, en su panegírico, dice de él muy ingenuamente o, mejor dicho, muy maliciosamente:
«Comprendía la religión y sabía sacarle partido. Conocía mejor que nadie los dobleces del corazón humano, y al momento se daba cuenta del móvil que impulsaba a la gente en cualquier circunstancia. Sabía tomar sus precauciones contra el artificio de los hombres, sin dejarlo ver. Le gustaba aprovecharse. Ha emprendido pocos asuntos en que no haya logrado éxito, contemporizando cuando no podía llevarlos a cabo de otra manera. Sabía evitar las ocasiones en que podía perder algo de lo que le correspondía, y se aprovechaba de las que le podían reportar alguna ganancia... En fin -dice graciosamente el buen Lenet para concluir- me ha parecido ser un gran hombre y muy extraordinario.»
¡Sea!
En cuanto al retrato físico del príncipe, he aquí cómo lo describe, en una carta particular, una pluma más ilustre que la de Lenet:
«Un rostro a primera vista agradable; la cabeza, alargada, bastante correcta; nada en las facciones de la fuerza ni de la singularidad de su hijo, el gran Condé; los ojos, risueños; bastante gracia en la cara, bien encuadrada por una larga cabellera; los bigotes, hacia arriba, y la perilla, larga y tupida; la frente, mediana, con su parte superior bastante desarrollada; los carrillos, blandos. Su mirada, sonriente, de esas miradas bajo las que se nota, fijándose un poco, la falta de dignidad y de creencias serias, una pequeña personalidad egoísta y mucha indiferencia.
«Pero ésta es la segunda impresión; la primera es bastante agradable.
El mejor de sus retratos grabados lleva la divisa: Semper prudentia»
El hecho de haber colocado la estatua de Mercurio, el dios de los ladrones, en lo alto de su torre era aún más significativo.
Monsieur Poulain, sin ser un gran observador, era bastante perspicaz; sin embargo, al principio no vio en la fisonomía del príncipe más que la simpatía.
El príncipe le recibió a solas en su gabinete y le mandó que se sentara; demostraba grandes consideraciones por cualquier sotana.
-Señor abate -le dijo-, estoy dispuesto a escucharos. Dispensadme si he tardado tanto en concederos esta entrevista, a causa de mis grandes ocupaciones. Ya sabéis que he tenido que ir a París en busca del señor duque de Enghien; luego he tenido que ir a buscarle otra nodriza, porque la que le había escogido su señora madre no tenía más leche que una piedra; luego... Pero hablemos de vos, que me parecéis hombre de voluntad. La voluntad es una gran cosa; lo que me sorprende es que tengáis tanto empeño en dirigiros a mí para un asunto tan nimio. Vuestro hidalguillo de... ¿Cómo llamáis ese lugar?
-Briantes -contestó respetuosamente el rector.
El príncipe le miró a hurtadillas, y bajo su humildad vio cierta energía que le inquietó.
La afición a penetrar y a utilizar las fuerzas que salen al paso es propia de los grandes espíritus. El príncipe era demasiado desconfiado para no ser temeroso. Su primer movimiento era, antes que el de utilizar a las gentes, el de prevenirse.
Afectó indiferencia.
-Pues bien -dijo-, vuestro hidalguillo de Briantes ha matado en combate singular, o, mejor dicho, en un singular combate y de una manera sospechosa, a un tal... ¿Cómo llamáis a ese muerto?
-Sciarra de Alvimar.
-¡Ah!, sí; ya recuerdo; me he enterado. Era un hombre de poco más o menos, que a su vez no se batía muy lealmente. Esos dos hidalguillos eran tal para cual. Después de todo, ¿qué os importa?
-Soy esclavo de mi deber -contestó el párroco-, y mi deber me mandaba que no dejase un crimen impune. Monsieur Sciarra era un buen católico. Monsieur de Bois-Doré es un hugonote.
-¿No ha abjurado?
-¿Dónde y cuándo, monseñor?
-Eso no me preocupa. Es viejo y soltero. No tardará en morir de muerte natural. Muerto el perro, se acabó la rabia. No veo por qué haya que ocuparse tanto de él.
-¿Entonces Vuestra Alteza se niega a continuar el asunto?
-Continuadlo vos mismo, señor abate. No os lo impido. Dirigíos a quien corresponda en derecho. Esto pertenece a la magistratura. Yo no me ocupo de los delitos de las gentes sin importancia; no acabaría nunca.
Monsieur Poulain se levantó, hizo un profundo saludo y ganó la puerta.
Estaba humillado y ofendido.
-¡Eh! Esperad, señor cura -le dijo el príncipe, que quería descubrir su intención sin dejarlo ver-. Aunque no me interese por vuestro Alvimar, me intereso por vos, que mandáis cartas tan bien escritas, dais tan buenos informes y me parecéis hombre de inteligencia y de virtud. Vaya, habladme francamente. Acaso pueda serviros en algo. Exponed las razones por las que habéis deseado verme a mí, en lugar de dirigiros a vuestros superiores naturales, los señores del clero.
-Monseñor -contestó el párroco-, como este asunto no pertenecía a la Iglesia...
-¿Qué asunto?
-El asesinato de monsieur de Alvimar; no tengo otra preocupación. Vuestra Alteza me hace la ofensa de creer que me he servido de este hecho como de un pretexto para llegar hasta vos y poderle dirigir alguna petición personal; no hay tal cosa. No me mueve más que el pesar que agobia a todo católico sincero al ver a los presuntos reanudar en esta provincia sus latrocinios y sus crímenes.
-No me habíais hablado de latrocinio -repuso el príncipe-. ¿Tenía ese Alvimar algún bien que le hayan robado?
-Lo ignoro, y no es eso lo que quiero decir... He tenido el honor de escribir a Vuestra Alteza que ese Bois-Doré se ha enriquecido con el saqueo de las iglesias.
-Es verdad, ya me acuerdo -dijo el príncipe-. ¿No me habéis dado a entender que tiene en su solar una especie de tesoro escondido?
-He dado a monseñor detalles precisos y fieles. Parte de las riquezas de la abadía de Fontgombaud está aún allí.
-¿Y sois de opinión de que se le obligue a la restitución? Sería difícil, a no ser que se emplease a gentes de leyes, y las lentitudes de la justicia permitirían al viejo zorro hacer desaparecer el cuerpo del delito. ¿No lo creéis así?
-Acaso -contestó el cura -monsieur de Aloigny de Rochefort, a quien Vuestra Alteza ha nombrado abate fiduciario de Fontgombaud, sabría tomar medidas...
-¡No! -dijo el príncipe con precipitación-; os prohíbo... os ruego que no le enteréis de nada. Ya me ha censurado bastante por los favores con que he recompensado los buenos servicios de monsieur Rochefort; se diría seguramente que enriquezco a mis gentes con los despojos de los vencidos. Además, se reprocha a Rochefort el ser algo ambicioso, y la verdad es que lo es un poco, y yo no respondería de que confiscase esas cosas para el provecho del culto.
«He tocado el punto sensible -pensó el rector-; el tesoro despierta interés. Al fin tendrá que deberme favores monseñor.»
El príncipe advirtió la satisfacción interior y ligeramente desdeñosa de su interlocutor. El rector no estaba sediento de dinero ni de pedrerías, sino de influencia y de poder. Condé lo comprendió y procedió con más cautela.
-Además -añadió-, sería deplorable hacer ruido por poca cosa. No creo que ese tesoro, encerrado en algún cofre viejo en algún granero, valga la pena.
-Sin embargo, ese tesoro es un manantial vivo en el que se alimenta el lujo del viejo marqués.
-Ya hace tiempo que ese manantial mana- repuso el príncipe-; ¡debe de estar agotado! He conocido un poco a vuestro hidalguillo; es un marqués de pega, a hechuras del rey de Navarra. Era admitido en la intimidad de mi buen tío.
Condé no hablaba nunca de Enrique IV sin una ironía llena de aversión; monsieur Poulain advirtió la amargura de su acento y sonrió para adular al príncipe.
-El marquesado de Bois-Doré -dijo- es una broma que ese anciano toma en serio, pretendiendo imponer a todo el mundo su absurda pasión por el difunto rey.
-El difunto rey tenía sus buenas cosas -prosiguió Condé, considerando que el rector iba demasiado lejos-; este viejo no era entre sus servidores de lo peor. Gastaba toda su fortuna en engalanamientos ridículos; no le debe de quedar nada. Ya no va a París, ni aparece nunca por Bourges; vivo en la obscuridad. Tiene una vieja carroza del tiempo de la Liga y un castillejo en que yo no sabría cómo acomodar a mis perros. Se ha mandado construir jardines con estatuas de yeso; todo esto huele a mediocridad.
«Estos detalles -pensó el cura-, no se los he dado yo a monseñor. Se ha informado; ha mordido el anzuelo.» -Verdad es -dijo en voz alta- que nuestro hombre es tan sólo un hidalguillo de pueblo. Se le conoce una fortuna de veinticinco mil escudos de renta aproximadamente, y con razón se sorprende la gente de que gaste sesenta mil sin entramparse ni salir de su casa.
-¿Entonces es que dura aún la abadía de Fontgombaud? ¿Pero cómo os habéis enterado, señor abate, de que este cuerno de abundancia existe en el castillo de Briantes?
-Lo sé por una mujer muy piadosa, que ha visto allí relicarios y ornamentos de capilla de mucho valor. Cierta cama de niño, de marfil tallado y esculpido, es una obra maestra hecha con un dosel...
-¡Bah! ¡Bah! -dijo el príncipe-. ¡Algún trasto viejo! Nos ocuparemos del asunto por el honor y el bien de la Iglesia, si tenéis interés en ello, señor abate; pero no corre mucha prisa. Tengo que dejaros, pero antes quisiera saber si no os puedo favorecer en algo. Vuestro arzobispo es muy amigo mío; me debe su nombramiento. ¿Deseáis un curato mejor? Podría hablarle de vos.
-No deseo nada de los bienes de este mundo -contestó el párroco retirándose-. Me encontraré siempre bien donde pueda trabajar por la salvación de mi alma y orar por la ventura de Vuestra Alteza.
«Es decir -pensó el príncipe en cuanto se quedó solo-, que los cofres de Bois-Doré están todavía llenos; de lo contrario, este ambicioso me hubiera pedido primero su recompensa. Sabe que quedaré satisfecho, y me pedirá más de lo que le he ofrecido. Ya veremos.»
Y el príncipe dio sus órdenes.
La noche de aquel mismo día los huéspedes de Briantes acababan de desearse mutuamente las buenas noches y se disponían a separarse, cuando Aristandre, que era el guardián de la puerta, envío a decir que un hidalgo y su séquito pedían albergue para descansar un par de horas. Llovía, y la noche estaba sombría.
El marqués pidió luces y, envuelto en su capa fue él mismo a levantar el rastrillo.
-Somos...-le dijo una voz desconocida.
-Pasad, pasad, señores -contestó el marqués, esclavo de las leyes de una hospitalidad caballerosa-; venid a poneros a cubierto. Diréis vuestros nombres, si así os place, cuando hayáis descansado.
Los jinetes entraron; iban dos o tres delante; entre ellos, el que parecía mandar a los demás hizo el gesto de querer echar pie a tierra. Bois-Doré se lo impidió, en vista de que el suelo estaba muy mojado.
Pasó delante con Adamas, que llevaba la antorcha, y entró en el patio, seguido por su huésped, sin advertir que un séquito de veinte hombres armados, después de desfilar uno a uno sobre el puente, entraba en el patio detrás de su amo, mientras que éste subía la escalera del castillo con el castellano.
Aristandre, encargado de recibir a los criados y de abrir las caballerizas, fue a ofrecer sus servicios a la escolta y se sorprendió al verla tan numerosa. Ellos se negaron a desembridar y permanecieron junto a sus caballos, unos en torno a una hoguera, que se encendió para ellos en medio del patio, y los otros sobre el umbral mismo de la morada.
Cuando el marqués estuvo en su salón con el desconocido, vio a un hombre de unos treinta años, bastante mal trajeado y de estatura mediana. La cara estaba casi oculta por un sombrero, alicaído y por las plumas mojadas, que colgaban de todos lados. Poco a poco fue distinguiendo aquel rostro, sin reconocerlo, o al menos sin poder recordar dónde lo había visto ya.
-No parecéis recordaros de mí -dijo el desconocido-; verdad es que hace largo tiempo que nos vimos y que los dos hemos cambiado mucho.
El marqués se golpeó ingenuamente la frente y pidió perdón por su falta de memoria.
-No me entretendré en jugar a las adivinanzas -prosiguió el viajero-. Me llamo Lenet. Era casi un adolescente cuando os vi en París, en casa de la marquesa de Rambouillet, y acaso no os fijasteis siquiera en un personaje tan insignificante como yo era entonces. Por ahora no soy más que consejero, en espera de mejor suerte.
-Merecéis ser cuanto podáis desear -contestó amablemente Bois-Doré-. «Pero, ¡qué diablos! -pensaba para sus adentros-, ni me acuerdo del nombre de Lenet, ni sé con quién estoy hablando, aunque su aire me trae a la memoria mil cosas confusas.»
-No hagáis nada por mí -prosiguió monsieur Lenet al ver que daba órdenes para la cena-. Tengo que ir a un castillo donde me esperan. Me he retrasado a causa de los malos caminos, y os ruego dispenséis la hora en que me presento en vuestra casa. Pero traigo para vos una comisión bastante delicada, que tengo que cumplir.
Lauriana y Mario, que estaban en el gabinete, se levantaron al oír que se trataba de negocios y cruzaron el salón para marcharse.
-¿Son vuestros hijos, monsieur de Bois-Doré? -preguntó el viajero devolviéndoles el saludo que le hicieron al pasar delante, de él-. Siempre os creí soltero. ¿Sois casado o viudo?
-Ni lo uno ni lo otro -contestó el marqués-, y, sin embargo, soy padre. Este es mi sobrino e hijo adoptivo.
-He aquí de lo que se trata prosiguió el consejero con un aire bonachón y un tono meloso, cuando los niños hubieron salido-. Estoy encargado por el príncipe, que es vuestro señor y el mío, y a quien de padres a hijos mi familia es adicta de poner en claro un asunto bastante molesto, que os concierne. Iré derecho al caso. Habéis hecho desaparecer a un tal Sciarra de Alvimar, que fue vuestro huésped, como yo lo soy, con la diferencia de que él no tenía gente consigo, como la tengo yo, para proteger mi persona y mi mandato. Porque debo haceros saber que debajo de esta ventana hay veinte hombres bien armados, y en vuestro burgo otros veinte completamente preparados para prestarlos ayuda en el caso de que no recibierais como es debido al enviado del gobernador y gran baile de la provincia.
-Esta advertencia es superflua, señor Lenet -contestó Bois-Doré con mucha calma y cortesía-; si hubierais venido solo a mi casa estaríais aún más seguro en ella. Bastaría con que fueseis mi huésped; con más razón todavía estando protegido por el mandato del príncipe, contra quien no pretendo rebelarme para riada. ¿Debo seguiros para darle cuenta de mi conducta? Estoy dispuesto, y sin temor, como veis.
-No es necesario, monsieur de Bois-Doré; tengo plenos poderes para interrogaros y disponer de vos, según me parezcáis inocente o culpable... Tened la bondad de decirme lo que ha sido de monsieur de Alvimar.
-Le he matado en duelo leal -contestó el marqués con seguridad.
-¿Pero sin testigos? -dijo el consejero con una sonrisa irónica.
-Había uno, señor, y de los más honorables. Si queréis escuchar el relato...
-¿Será muy largo? -preguntó el consejero, que parecía preocupado.
-No, señor -contestó el marqués-; aunque me parece que tengo derecho a explicarme en un asunto del que dependen mi honor y mi vida, será todo lo breve posible.
Bois-Doré contó sucintamente toda la historia y enseñó las pruebas.
El consejero seguía impaciente y distraído.
Sin embargo, el relato de las predicciones de La Fleche en la Motte-Seuilly pareció llamar su atención.
Bois-Doré creyó deber mencionar esta circunstancia al tener que enseñar el sello de su hermano como prueba concluyente de su identidad con la víctima de Alvimar; pero el consejero le interrumpió en el momento en que iba a explicar precisamente la carencia de brujería en las predicciones de maese La Fleche.
-Esperad -dijo-; me acuerdo de una acusación de la que se me olvidaba hablaros. ¡Sospechan que practicáis la magia, monsieur de Bois-Doré! Y sobre este punto os absuelvo de antemano, porque no creo en la ciencia de los adivinos y no veo en ello más que la distracción del espíritu. ¿Queréis decirme si por casualidad aquellos gitanos os predijeron alguna cosa que fuese verdad?
-¡Su predicción se realizó en todo, monsieur Lenet! Me anunciaron que antes de tres días sería padre y vengado; anunciaron al asesino de mi hermano que antes de tres días sería castigado, y todo ocurrió según lo habían predicho; pero...
-Y decidme: ¿dónde están esos gitanos?
-Lo ignoro; no los he vuelto a ver; pero aun me queda por deciros...
-No; es suficiente -dijo monsieur Lenet sin abandonar su tono dulzón y su aire risueño-; es asunto concluido. Os creo inocente; pero fuisteis poco hábil al ocultar el hecho. No será fácil borrar las sospechas; se preguntarán, como yo, por qué en lugar de divulgar el castigo del asesino de vuestro hermano, como cosa que os honraba, lo habéis ocultado como si se hubiera tratado de una emboscada. No podré hacer comprender al príncipe...
Bois-Doré tuvo un movimiento de indignación y sintió tentaciones de interrumpir al consejero, porque lo parecía ya evidente que aquel hombre, después de haber declarado que tenía plenos poderes, a fin de hacerle hablar, fingía no poderle absolver por sí mismo, con el objeto de venderle su apoyo.
-Convengo -dijo- en que al ocultar la muerte de Alvimar he seguido un mal consejo, completamente opuesto a mi opinión. Me han convencido diciéndome que como el príncipe es un gran católico y yo estaba acusado de herejía...
-Y es verdad, mi pobre señor. Pasáis por un gran hereje, y no os oculto que el príncipe está mal dispuesto hacia vos.
-Pero vos, señor, me parecéis menos riguroso en vuestras ideas y decís que confiáis en mi palabra. ¿No puedo contar con que abogaréis por mi causa y daréis un buen testimonio en mi favor?
-Haré cuanto pueda; pero en cuanto al príncipe, no respondo de nada.
-¿Qué debo hacer para inclinarle a mi favor? -preguntó el marqués, decidido a conocer las condiciones del negocio.
-No sé -contestó el consejero-. Le han dicho que tenéis en vuestra casa a un italiano... un hereje de la peor clase, que bien pudiera ser, según las apariencias, un tal Lucilio Giovellino, condenado en Roma como partidario de las infames doctrinas de Giordano Bruno.
El marqués palideció; había permanecido tranquilo ante su propio peligro; el de su amigo le asustó.
-¿Lo confesáis? -dijo el consejero sin parecer dar importancia-. Por mi parte, encuentro que ese infeliz ha sido bastante castigado y no le deseo más daño del que le han infligido. Podéis decírmelo todo. Intentaré desviar las sospechas del príncipe.
-Monsieur Lenet -dijo el marqués obedeciendo a una inspiración repentina-, el hombre de quien habláis no es un hereje: es un astrólogo de la más alta ciencia. No practica ninguna magia y lee en las constelaciones los destinos humanos con tal habilidad, que los acontecimientos de la vida parecen someterse a decisiones escritas en los cielos. No hay en sus trabajos nada que no sea digno de un hombre honrado y de un buen cristiano, y ya sabéis tan bien como yo que el príncipe, que es el católico más ortodoxo del reino, consulta asiduamente los astrólogos, como lo hicieron en todos los tiempos los personajes más ilustres, o incluso las cabezas coronadas.
-No sé de dónde sacáis lo que decís, señor -contestó el consejero encogiéndose de hombros-. He vivido y vivo en la intimidad del príncipe y no le he visto nunca dedicarse a tales consultas.
-Y sin embargo, señor -prosiguió el marqués con seguridad-, tengo la corteza de que no censuraría las de mi amigo, y os ruego lo digáis que si quiere probar su sabiduría quedará satisfecho.
-El príncipe se reirá de vuestra confianza; pero no me opongo a hablarle de ello. Pensemos en lo más urgente, que es sacaros del atolladero. No os ocultaré que tengo orden de practicar un registro en vuestra casa.
-¿Un registro? -repitió el marqués estupefacto-. ¿Y con qué objeto, señor?
-Con el objeto de comprobar precisamente si no tenéis libros e instrumentos de cábala; porque estáis acusado de practicar la magia, menos por la diversión de calcular los números y de observar los astros que por afinidades sospechosas y una especie de culto rendido al espíritu del mal.
-¡Verdaderamente, señor consejero, me teníais reservada una buena noticia! ¿No me acusan de algo más y no tendré que defenderme contra algo peor?
-No lo toméis conmigo -dijo el consejero levantándose-. No os creo culpable de semejantes horrores; por lo mismo, os aconsejo que me enseñéis vuestra casa detalladamente, a fin de que yo pueda afirmar y jurar que no he encontrado en ella nada que no sea honrado y correcto. Pensad que puedo obligaros a obedecerme; pero como quiero portarme cortésmente con vos, os ruego que toméis una antorcha y me alumbréis vos mismo, sin llamar a nadie de los vuestros, porque yo me vería forzado a llamar a todos los míos, y tengo intención de no llevar consigo más que a los cinco o seis que están ante la puerta de esta habitación.
Un rayo de luz cruzó la mente del marqués; lo que querían era su tesoro.
Se resignó en el acto. Aunque amase aquellos lujosos juguetes, que consideraba como trofeos legítimos y recuerdos agradables de sus antiguas proezas, no era por avaricia, y aun lamentando el no poderlas poner por más tiempo al servicio del lujo de su querido Mario, no vaciló entre este sacrificio y la salvación de Lucilio, que le preocupaba mucho más que la suya propia.
-¡Sea como queráis, señor! -dijo con una sonrisa magnánima-. ¿Por dónde queréis empezar?
El consejero recorrió el salón con una mirada.
-Tenéis aquí -dijo con soltura- muchas cosas bonitas y valiosas, pero no veo nada censurable; aunque comprendo que no instalaréis vuestras brujerías en salas abiertas a cualquiera. Me han hablado de una habitación cerrada, que llamáis vuestro almacén, en la que no admitís a todo el mundo. Ahí es donde deseo ir y donde debéis conducirme sin resistencia ni engaño; porque, aparte de que poseo el plano de vuestra casa, que no es grande, tengo el medio de revolver todo en ella, y lamentaría tener que llegar a tales extremos.
-No será necesario -dijo el marqués cogiendo una antorcha-; heme dispuesto a satisfaceros. ¡Ah! -añadió, deteniéndose-, pero no tengo las llaves de esa habitación y no puedo franquear la entrada sin la ayuda de mi viejo criado. ¿Consentís en que le llame?
-Le haré venir -dijo el consejero abriendo la puerta.
Y dirigiéndose a sus gentes, que estaban en el umbral, les dijo:
-Que uno de vosotros obedezca a monsieur de Bois-Doré. Dad vuestras órdenes, marqués. ¿Cómo se llama vuestro criado?
El marqués, al sentirse minuciosamente vigilado y completamente a merced de su huésped, se resignó y, sin mostrar un despecho inútil, se disponía a nombrar a Adamas, cuando vio la cara de éste aparecer detrás de las de los piqueros que guardaban la puerta.
-Adamas -le dijo-, traedme las llaves del almacén.
-Sí, señor -contestó Adamas-; las tengo encima; helas aquí; pero...
-Entrad -dijo el consejero.
Y cuando Adamas hubo obedecido, añadió:
-Dadme las llaves y quedaos en esta habitación.
Adamas parecía estar trastornado. Registró en el bolsillo de su jubón y, dominado por una preocupación singular, contestó al consejero:
-Si, Sire.
Al oír estas palabras, el consejero, como presa de un vértigo y abandonando su aire frívolo, dio un salto y cerró precipitadamente la puerta, que se había quedado abierta.
-¿Con quién creéis hablar? -exclamó-. ¿Y por qué me llamáis así?
Adamas quedó como aturdido y su turbación era sumamente extraña.
El marqués había visto al rey demasiadas veces cuando era niño, y retratos que se habían hecho de él, para creer un solo momento que el personaje que estaba ante él fuese el joven rey Luis XIII. Pensó que su pobre Adamas era presa de un acceso de locura.
-¡Contestad! -prosiguió el consejero con impaciencia-. ¿Por qué me dais el tratamiento de Majestad?
-No sé, señor -contestó el astuto Adamas-. No sé ni lo que digo ni dónde estoy. Tengo la cabeza trastornada por una sorprendente nueva que acabo de saber y que os pido permiso para decir a mi amo.
-¡Decid! ¡Hablad! ¡Vamos! -exclamó el consejero con un tono de autoridad extraordinaria.
-Pues bien, señor -dijo Adamas dirigiéndose al marqués, sin parecer advertir la agitación del consejero-. Sabed que el rey ha muerto.
-¡El rey ha muerto! -exclamó de nuevo monsieur Lenet, precipitándose otra vez hacia la puerta como para salir sin despedirse de nadie.
Pero se detuvo con desconfianza.
-¿Cómo os habéis enterado de esa noticia?- preguntó, examinando a Adamas con ojos ardientes.
-Por las decisiones del destino... Por el mismo cielo -contestó Adamas con un aire inspirado.
-¿Qué quiere decir este hombre? -preguntó monsieur Lenet-. Quiero que se explique, monsieur de Bois-Doré, ¿oís?, lo quiero, y si me da una noticia falsa, ¡pobre de él y pobre de vos!
-Real o falsa, señor -repuso el marqués, atento a la emoción de su huésped-, la noticia me sorprende y me conmueve tanto como a vos. Explícate, Adamas: ¿cómo sabes que el rey ha muerto?
-Lo sé por el astrólogo, señor. Me ha enseñado los números y yo los conozco. He visto, he comprendido, he leído claramente que el personaje más poderoso del Estado acaba de morir.
-¡El personaje más poderoso del Estado! -dijo, el consejero pensativo-. ¡Puede que no sea el rey!
-Tenéis razón, monseñor -dijo Adamas con aire ingenuo-; puede que sea el señor condestable. Yo no conozco bastante los signos... he podido equivocarme...; pero, en fin, se trata del rey o de monsieur de Luynes; ¡respondo de ello con mi vida!
-¿Dónde está ese astrólogo? -preguntó vivamente el consejero-. ¡Que venga! ¡Quiero verle!
-Si, Sire -contestó Adamas corriendo hacia la puerta, siempre con zozobra y turbación.
-Esperad -dijo Lenet deteniéndole-. Quiero saber por qué me llamáis así. ¡Decidlo u os rompo la cabeza!
-¡No, por Dios, señor! -exclamó Adamas-. ¿No veis que he perdido mi cabeza? Esta palabra viene a mis labios no sé cómo. Tan cierto como Dios está en el cielo os aseguro que es la primera vez que veo vuestra cara. ¿Debo ir a buscar al astrólogo?
-Sí, corred, y ¡pobres de vosotros si hay aquí un engaño o una trampa! ¡Prendo fuego a vuestra casucha!
Bois-Doré no podía hacer más que protestar de su perfecta ignorancia. No comprendía una palabra de la conducta de Adamas, que le tenía muy intranquilo.
Se daba cuenta de que su fiel servidor había oído la conversación que acababa de tener con el consejero, y que utilizaba, para salvar a Lucilio, el medio que a él se le había ocurrido de hacerle pasar por astrólogo, conociendo, como todo el mundo, el respeto que sentía el príncipe de Condé hacia la supuesta ciencia de los adivinos. ¿Pero se prestaría el grave Lucilio a semejante comedia? ¿Sabría representar su papel?
«En fín -pensaba Bois-Doré-, ¡contemos con la Providencia y con el genio de Adamas! No se trata más que de hacer que el enemigo salga de aquí sin apoderarse de la persona de mi amigo y de la mía. Ya nos ocuparemos luego de nuestra seguridad.»
Al poco rato apareció Lucilio con Adamas.
Estaba tranquilo, como siempre. Saludó ligeramente al consejero, profundamente al marqués, y presentó a este último un papel cubierto de jeroglíficos.
-¡Ay!, amigo mío -dijo Bois-Doré-, no entiendo una palabra de esto.
-¡Hablad! -exclamó Lenet al mudo; éste le hizo señas de que le era imposible-. ¡Escribid, al menos!
Lucilio se sentó y escribió:
«Aquí no debo obediencia más que al marqués de Bois-Doré; no os conozco. Salid de esta habitación; no escribiré delante de vos.»
-¡Sí, vive Dios! -exclamó el consejero fuera de sí-. ¡Quiero saberlo todo y contestaréis!
-Perdonadle, señor -dijo Adamas-. Como todos los grandes sabios, es muy raro y muy fantástico. Si queréis que revele sus secretos, habladle con dulzura.
-¿Quiere dinero? -preguntó el consejero-. Lo tendrá; que hable.
Lucilio movió negativamente la cabeza.
El consejero parecía estar sobre ascuas.
-Veamos -dijo después de un momento de silencio agitado-. Tengo que saber si sois un sabio o un loco. Mirad mi mano y decidme algo.
Lucilio miró la mano del consejero, se levantó, enseñó sus jeroglíficos a Adamas y le hizo seña de que hablara por él.
-Sí, ya lo veo -dijo Adamas -; estos signos dicen que hay un hombre, un príncipe, que quiere para sí la corona de Francia. ¿Pero dónde está el hombre que tiene esta seña en la mano? Yo no le conozco.
Lucilio indicó la mano del consejero.
¿Pues quién soy yo? -preguntó éste sorprendido.
Lucilio escribió tres palabras que el consejero leyó solo, con emoción. La expresión de su rostro cambió y su tono se suavizó.
-¿Y el rey ha muerto? -dijo temblando, no sabemos si de terror o de alegría-. Ya veis que debéis contestarme.
Lucilio escribió:
«El rey está bien. Pero monsieur de Luynes ha muerto ante un resplandor de llamas el 15 de este mes a las once de la noche.»
Apenas el supuesto consejero Lenet hubo leído estas palabras, sin demostrar duda alguna, se caló el sombrero, se precipitó escaleras abajo, y sin pronunciar más palabras que las de «¡En marcha!», que dirigió a sus gentes, montó a caballo y partió a rienda suelta con todo su séquito, sin pensar en dar a los habitantes de Briantes ni las gracias, ni una excusa, ni una promesa, ni una amenaza.
Adamas, el marqués y Lucilio, que lo habían acompañado en silencio hasta la última puerta para cerciorarse de que no quedaba nada sospechoso en el castillo ni en el pueblo, volvieron a la sala, donde hallaron a Lauriana y a Mario.
Estaban todos tan emocionados, que permanecieron unos minutos sin decir nada.
Por fin, el marqués rompió el silencio.
-¿Entonces era el príncipe?
- Sí -dijo Lauriana-; le vi en Bourges hace tres meses, y al pasar por aquí para saludarle le he reconocido en seguida. Y vos, marqués, ¿es que no lo habíais visto nunca?
-En París, una o dos veces, en su adolescencia; pero no le había vuelto a ver desde entonces. Sin embargo, cuando nombró al príncipe de Condé y pretendió ser adicto a su persona, supuse quién era el falso consejero Lenet y a cada momento me cercioraba más de que me las tenía que haber con el amo en persona. Por eso he tenido tanta paciencia. ¡Bien hice, Dios mío! ¿Pero cómo es que habéis imaginado?...
-Monsieur de Luynes ha muerto, efectivamente, de fiebre roja, el 15 de este mes, mientras que los ejércitos del rey saqueaban e incendiaban la plaza de Monheur, en la Garonne. He aquí una carta de mi padre que me lo anuncia; uno de sus criados, que ha llegado como mensajero precisamente detrás del séquito del príncipe, ha podido hacer que llegue sigilosamente a mis manos por medio de Clindor.
-¡Es una gran noticia, hijos míos, y que va a trastornar una vez más la política! ¿Pero quién de vosotros es el que ha tenido la ocurrencia?...
-Yo, señor -dijo Adamas con aire triunfante-. Tan pronto como madame Lauriana dijo «el forastero que está encerrado con el señor marqués es el príncipe» nos ocultamos los cuatro en ese pasillito que ya sabéis.
-Estábamos intranquilos por vos -dijo Mario-, a causa de ese gran séquito de hombres que parecía desconfiar y amenazar. Adamas ha inventado de pronto lo que ha hecho y lo que ha dicho.
-Maese Jovelin no tenía muchas ganas de prestarse a ello -añadió Adamas-; pero era menester salvaros, no se podía vacilar, y ha representado su papel con habilidad, ¿verdad, señor? Ahora su fortuna está asegurada, y si quiere reemplazar, o al menos igualar en los favores del príncipe a su famoso astrólogo, el que le predijo que llegaría a ser rey de Francia a los treinta y cuatro años...
-He notado -dijo el marqués a Jovelin- que no quisisteis tomar la responsabilidad de hacerle semejante promesa. Sólo le habéis dicho que tiene esa ambición. Pero ahora, ¿qué debemos hacer, amigos míos? Porque ya habéis visto que nos han hecho traición y que corremos peligros en los que no habíamos pensado.
-Debemos permanecer tranquilos y no hacer nada -contestó Lauriana resueltamente-. A estas horas el príncipe galopa por la carretera del Mediodía y no volverá a pensar en nosotros en mucho tiempo.
-Verdad es -dijo Bois-Doré- que devorará leguas y leguas para llegar el primero junto al rey y apoderarse del poder de que gozaba monsieur de Luynes. ¡Mucho va a tener que luchar! Retz, Schomberg y Puisieux querrán su parte, sin contar con que la reina madre y su obispillo de Luzón les darán bastante que hacer. ¡Vaya! Nuestros asuntos han dejado, por ahora, de preocupar a nuestro buen príncipe y acaso no vuelva a ocuparse de nosotros. ¡Con tal de que no haya dado orden en contra nuestra antes de venir aquí!
-No, señor; no hay peligro -dijo Adamas-. Quería vuestro tesoro; han debido de describírselo con gran aumento para que un príncipe tan rico nos haga el honor de venir aquí. Ya estamos advertidos y sabremos ocultar nuestro pequeño bien y dejar cofres llenos de desechos a la disposición de los curiosos. Mantendremos en buen estado la salida secreta del castillo y desconfiaremos de las gentes que vienen a buscar un refugio contra la lluvia. Pero tened la seguridad de que, como no reaparezca el príncipe en persona, no aparecerá nadie, porque si ha dado órdenes será para que nadie venga a poner la mano en un plato sobre el que él ha extendido su garra maestra.
El razonamiento de Adamas era muy justo; concluyó profiriendo mil maldiciones contra la Belinda, única persona que podía haber sorprendido y divulgado el verdadero nombre de maese Jovelin, la muerte de Alvimar y la existencia del tesoro.
Decidieron consultar a Guillermo de Ars acerca de si convenía callar o proclamar la muerte de Alvimar, y con tal objeto el marqués fue a visitarle al día siguiente por la tarde.
Guillermo había salido y no debía volver hasta la noche.
El marqués envío un mensajero a Briantes para que no se preocupasen si llegaba tarde, y fue a casa de monsieur de Robin de Coulogne, que se hallaba por aquel entonces de paso en su finca de Coudray, una capitanía encantadora situada en las alturas de Verneuil, a una legua aproximadamente del castillo de Ars.
Robin, vizconde de Coulogne, recaudador general en Berry y arrendatario general de las gabelas, era uno de los enemigos naturales del ex falso salinero Bois-Doré, y, sin embargo, les unía una amistad estrecha desde el asunto de Florimond Dupuy, señor de Vatan.
Los que conocen la historia del Berry, recordarán que, en 1611, el tal Florimond Dupuy, gran hugonote y gran contrabandista, había raptado, por odio a la gabela, a uno de los hijos de monsieur Robin. El marqués trabajó generosa y personalmente para devolver el niño a su padre, con riesgo de reñir con Florimond, que, según opinión de sus amigos y de sus enemigos, era «un personaje de trato muy difícil».
Después de aquella aventura, la rebelión tomó proporciones tan graves, que para reducir a monsieur Dupuy en su castillo fue menester mandar contra él mil doscientos hombres de infantería, una compañía de suizos y seis cañones.
Veintinueve de sus soldados fueron ahorcados en el acto en los árboles vecinos, y a él le cortaron la cabeza en la plaza de Grève. El hijo de Robin fue más tarde abate de Sorrèze. Monsieur Robin padre siguió siendo ya siempre el deudor agradecido y fiel de monsieur de Bois-Doré, y puede suponerse que gracias a su amistad fue como el marqués evitó el ser molestado por sus antiguos actos de complicidad en los delitos de falsa gabela.
Bois-Doré confió a su fiel amigo parte de los disgustos con que se había visto amenazado con la visita del príncipe, y le confesó que estaba preocupado principalmente por el buen Lucilio, a quien los celosos beatos del país veían con hostilidad alojado en su casa.
-Vuestros temores me parecen exagerados -le dijo el vizconde-; monsieur de Groot, a quien los sabios llaman Grotius, y que estaba condenado en su país a cadena perpetua, ¿no acaba de evadirse oculto en un cofre, merced al gran corazón y al genio de su mujer? Se ha refugiado en París, donde nadie le molesta, ni le persigue; ¿por qué no había de gozar vuestro italiano los mismos privilegios en Francia?
-Porque el gobierno francés, que no tiene interés en disgustar a los gomaristas de Holanda y a Maurice de Nassau, se mostrará celoso por agradar al Papa, martirizando a una de sus víctimas. Campanella lleva veinte años en la cárcel, y aunque en Francia se le compadezca y se le aprecie, no se hace nada para librarle de sus verdugos. ¡Es de suponer que no darían asilo a mi fugitivo!
-Acaso tengáis razón -repuso monsieur de Coulogne-. Pues bien; apruebo la idea de la evasión de vuestro amigo al menor peligro que os amenace; pero me parece que deberíais buscarle un asilo donde pudiese refugiarse en caso de alarma. ¿Habéis pensado en ello?
-Sí -contestó el marqués-, y os quiero consultar sobre este punto. Poseéis cerca de aquí un viejo castillo deshabitado y que me ha parecido muy habitable todavía, aunque nunca haya entrado en él. Está lo bastante cerca de mi casa para que un hombre, apresurándose, pueda llegar hasta él en una hora. Esa ruina está próxima a un pequeño cortijo que os pertenece, y si dierais órdenes a los granjeros, estarían dispuestos en cualquier caso a ocultar y a mantener a mi pobre fugitivo. ¿Queréis hacerme este gran favor?
-Marqués -contestó el vizconde-, pedidme la vida si queréis; es vuestra. Con mayor razón están a vuestro servicio mis bienes, mis gentes y mis casas. Pero dejadme reflexionar sobre la conveniencia del lugar que habéis escogido. ¿Se trata de mi viejo castillo de Brilbault?
-¡Justamente!
-Pues bien; veamos. Está muy aislado y los caminos que a él conducen son detestables; eso está bien. No está al paso de ninguna ciudad ni burgo; mejor que mejor. El lugar me pertenece y el prebostazgo no se atrevería a entrar. Además, esa ruina tiene fama de estar frecuentada por los espíritus más quejumbrosos y más traviesos del mundo, y por lo mismo ningún aldeano merodeador tiene curiosidad por entrar, y ningún viajero por detenerse. Tanto mejor también. Vaya, veo que escogéis bien, y quiero ir con vos esta misma noche para dar al granjero las órdenes necesarias.
Bois-Doré, después de reflexionar por su cuenta, juzgó que más le valía ir solo para no despertar las sospechas.
-Vuestros cortijeros no me son desconocidos -dijo-. Antaño fueron clientes míos, para... ¡para lo que ya sabéis!
-¡Sí, sí, mal hombre! -dijo el vizconde riendo-. ¡Por mediación vuestra han tenido la sal a buen precio! Pues bien; tomad ese camino al marcharos; las aguas no están todavía crecidas y podréis pasar sin peligro. Diréis, como al azar, a Juan Paraudet, el cortijero, que venga a verme mañana por la mañana muy temprano; echad una mirada a la casa y fijaos bien en los alrededores para poder dar detalles precisos a vuestro amigo; y aun creo que haría bien en ir él mismo secretamente la noche próxima para conocer los caminos y las entradas. Así, si llegase el caso de tener que ir a refugiarse allí, podría hacerlo sin perderse ni equivocarse.
-Queda convenido -dijo el marqués-, y recibid mil gracias por el sosiego que dais a mi espíritu.
El vizconde invitó al marqués a cenar; luego, al cerrar la noche, Bois-Doré subió a su carroza y tomó de nuevo el camino de Ars, que no era mejor que el de Brilbault, pero no quería exhibir su carroza, que llamaba siempre la atención, en las proximidades de aquella ruina.
Más cauto de lo que monsieur Robin le había aconsejado que fuese, echó pie a tierra a un cuarto de legua del lugar que quería visitar; mandó a sus gentes que se fuesen sin apresurarse a Ars, o internándose en uno de los mil senderos que monsieur de Coulogne no había acaso pisado en su vida, pero que el viejo contrabandista conocía tan bien como los de su conejera, alzó sus altas botas hasta por encima de las rodillas y desapareció entre los prados húmedos.
La noche era bastanto tibia y no muy sombría, a pesar de los grandes nubarrones negros que el viento barría, abriéndose en el cielo anchos boquetes llenos de estrellas, que se cerraban de pronto y se volvían a abrir más lejos.
Dícese que nuestros abuelos hidalgos o burgueses eran, sin duda alguna, más robustos que lo somos nosotros generalmente, y que, en cambio, nuestros abuelos obreros y aldeanos lo eran mucho menos.
Tal es la creencia de los ancianos de mi país, y a mí me parece fundada; las gentes acomodadas tenían costumbres de vida al aire libre, de que nos priva la vida moderna. Las clases pobres estaban peor alojadas y peor nutridas que hoy, sin contar la inmensa cantidad de desdichados que no tenían albergue ni nutrición. El hidalgo, dada su vida de guerra o de caza, conservaba la fuerza y la salud hasta una edad muy avanzada.
Bois-Doré, a pesar de sus sesenta y nueve años y de la relativa holgazanería de sus costumbres, conservaba una buena vista, el pecho fuerte y el pie bastante firme, tanto sobre la tierra dura como sobre el césped mojado.
Tuvo alguno que otro resbalón a lo largo de los matorrales, pero se agarró a las ramas como hombre que sabe andar por terrenos accidentados.
Gracias a la pequeña carrera que había emprendido, llegó en diez minutos al cortijo de Brilbault.
Como conocía el carácter asustadizo y supersticioso de los aldeanos, tosió y habló antes de llamar a la puerta; luego dio su nombre y fue acogido, si no sin sorpresa, al menos sin sobresalto.
La condición de los labradores era todavía ertonces muy miserable; pero lo era menos, moralmente hablando, en el Berry, que era desde hacía largo tiempo un país alodio, que en las provincias en donde el yugo feudal era absoluto. Además, en esta parte, llamada la Vallée-Noire, los recursos materiales han asegurado siempre al granjero, al aparcero, un bienestar relativo, que le ha preservado de los grandes desastres y de las grandes epidemias.
En aquella época las leproserías estaban ya vacías; la peste, tan frecuente aún en la Brenne y en los alrededores de Bourges, sólo hacía muy raros estragos en el Fromantal. Las casas, sórdidas e infectas en la Marche y el Bourbonnais, eran en nuestra provincia sólidas y bien dispuestas, según lo prueban un gran número de viejas casas rústicas. de los siglos XV y XVI, que permanecen aún en pie, fácilmente reconocibles por sus enormes tejados, sus puertas encuadradas por piedras talladas en forma de prisma y sus buhardas rematadas por gruesas espigas de barro cocido, muy historiadas.
Por lo tanto, el marqués pudo entrar sin repugnancia en la casa de los granjeros, sentarse ante el hogar y conversar algunos momentos.
El buen señor, a quien todo el mundo amaba, pudo sin temor confiar a Juan Faraudet y a su mujer el cuidado eventual de un amigo suyo perseguido, según dijo, por un delito de caza, y cuando les anunció que el amo, monsieur Robin, deseaba verles a la mañana siguiente, para darles las órdenes consiguientes, se mostraron encantados y presurosos de obedecer, contestando con la palabra sacramental de buen deseo y de buena gracia en aquel país: «Todo se hará.»
Pero la mujer de Faraudet, a la que llamaban la Gran Catalina, no pudo menos de compadecer al infeliz condenado a pasar siquiera una noche en el castillo de Brilbault.
Creía firmemente que estaba embrujado, y su marido, después de burlarse de ella para adular el escepticisino del marqués, acabó por confesar que hubiera preferido morir antes de poner los pies allí una vez llegada la noche.
-Espero -dijo Bois-Doré- que la presencia de mi amigo os tranquilizará, porque os respondo de que él ahuyentará a los malos espíritus; pero ya que el entrar de día no os da tanto miedo, os ruego que mañana mismo vayáis a poner leña en la chimenea y dispongáis una cama en la mejor habitación.
-Pondremos todo lo que haga falta, querido señor -contestó la Gran Catalina-; pero el desgraciado que vaya a dormir allí no podrá pegar el ojo. ¡Dios mío!, oirá ruidos como nosotros los oímos y como vos los oiréis si queréis esperar sólo una hora.
-No puedo esperar -dijo el marqués-, y además, sabiendo que estoy aquí, los espíritus no se atreverían a moverse. Conozco bien su cobardía; nunca he logrado en las noches de Navidad oír las voces que gritan desde lo alto de la torre de Briantes, ni las puertas que se abren solas, en la Motte-Seuilly, ni la dama blanca que aparta las cortinas de las camas en el castillo de monsieur de Ars.
-Es una cosa extraña, monsieur Silvain -dijo el granjero con un aire doctoral-, que haya apariciones en nuestro viejo castillo. Sabido es que las puede haber en los demás, porque en cualquiera de ellos se ha cometido o sufrido alguna mala acción; esto es causa de que las pobres víctimas vuelvan a lamentarse como almas que piden oraciones o justicia. Pero en el castillo de Brilbault, que nunca fue habitado, no se ha cometido nada bueno ni malo, que yo sepa.
-Es de sospechar -dijo la mujer, que mientras hablaba manejaba hábilmente su rueca- que el antiguo señor habrá muerto lejos de mala muerte o en pecado mortal. ¿Conocéis la leyenda de Brilbault? No es larga. Un señor, después de edificar este castillo hasta el techo, marchó hacia Tierra Santa con sus siete hijos; ni él ni ninguno de ellos ha vuelto. Se vendió el castillo y se volvió a vender sin que acabase de gustar a nadie. Se suponía que traía desgracia a las familias; por esto en todo tiempo no ha servido más que para guardar las cosechas. Se le ha puesto un techo que ya no sirve; pero todavía hay dos buenas habitaciones y una sala tan grande, tan grande, que desde un extremo al otro dos personas casi no se reconocen.
-¿Podéis confiarme las llaves? -dijo el marqués-. Quisiera ver el interior.
-Tomadlas. ¡Pero monsieur Silvain de mi alma, no vayáis! Es la hora en que el aquelarre suele empezar.
-Pero, vamos a ver, buenas gentes, ¿qué aquelarre es ese? -preguntó el marqués riendo-. ¿Cómo son esos malos diablos?
-No los he visto, señor, ni deseo verlos tampoco -contestó el granjero-; pero los oigo. ¡Demasiado que los oigo! Unos gimen y otros cantan. Hay risas, y luego gritos y juramentos y llantos hasta el alba; entonces todo vuela por los aires, porque la casa está bien cerrada y ningún ser humano podría entrar sin mi permiso o mi ayuda.
-¿No serán vuestros criados por divertirse, o algún ladrón para impedir que sorprendáis sus fechorías?
-No, señor, no; nuestros criados y sirvientes tienen tanto miedo, que por todo el oro del mundo no conseguiríais que se acercasen al castillo a una distancia de dos tiros de arcabuz, después de ponerse el Sol, y hasta podéis ver que ya no duermen en nuestra casa, porque dicen que está demasiado cerca de ese edificio maldito. Todos duermen en la granja que hay allí al final del patio.
-Tanto mejor para el secreto de nuestra entrevista -dijo el marqués-, pero acaso tanto mejor también para los que hacen de fantasmas, sin más objeto que el de robaros.
-¿Y qué podrían robar, monsieur Silvain? No hay nada en el castillo. Cuando he visto que el diablo encendía luces he tenido miedo del fuego y he retirado toda mi cosecha, salvo algunos montones de leña y una docena de haces de heno y de paja para no llamar su atención, porque, según dicen, a los espíritus les gusta retozar en los bosques y en el forraje; y así debe de ser, porque todo lo revolvían y yo encontraba huellas de pasos: como si cincuenta seres humanos hubieran pasado por allí.
El marqués sabía que Faraudet no mentía y sabía que era incapaz de inventar nada para excusarse de hacerle un favor. Empezó a pensar que si en el viejo castillo se veían luces, se oían voces, y, sobre todo, si pies y cuerpos desarreglaban el forraje, había en tales hechos más realidad que brujería, y que el castillo, en el que el cortijero y su mujer acabaron por confesar que no se habían atrevido a entrar desde hacía más de seis semanas, podía muy bien servir de refugio a algunos fugitivos.
«Bien sean dignos de interés o malhechores, los quiero ver», pensó.
Y sujetando bajo un brazo su espada desenvainada, llevando en una mano las llaves del castillo y en la otra una linterna, se dirigió a través de los prados hacia el silencioso recinto en ruinas.
Faraudet, viendo que su mujer se lamentaba por el atrevimiento del buen señor, se avergonzó de dejarle ir solo y se decidió a seguirle.
Pero cuando el marqués franqueó el puente, vio que el pobre aldeano temblaba de tal manera, que temió que un hombre tan trastornado le sirviese más bien de estorbo que de ayuda y le rogó que no siguiese adelante.
La mayoría de los castillos de la Vallée-Noire, incluso los de la primera época de la Edad Media, están situados en lo más hondo de los valles, en lugar de estar en las alturas, como en la Marche y el Bourbonnais. La razón de esta anomalía es muy plausible.
En un país que no presenta escarpaduras considerables, hubo que utilizar los ríos como principal medio de defensa.
Lo mismo en Brilbault que en Briantes, en la Motte-Seuilly, en Saint-Chartier, en la Motte de Presles, etc..., el castillo se había edificado en medio de los meandros de un río capaz de alimentar con sus aguas corrientes el doble foso circular de las murallas.
El puente que da acceso a la primera de estas murallas es muy estrecho y sus arcos oscilan entre el medio punto y la ojiva.
Todo el castillo pertenece a una arquitectura de transición; la fachada tiene una forma extraña; la puerta y las ventanas se hallan profundamente embutidas en el macizo general, como para ampararse contra los ataques exteriores.
La construcción ha quedado sin terminar y está truncada por un techo desproporcionado con el resto del edificio, que revela un propósito bastante grandioso a medio realizar.
El marqués llegó en un momento al pie del castillo; las murallas estaban tan ruinosas y tenían tantas brechas, los fosos estaban tan colmados en mil sitios, que no era necesario buscar las puertas.
Abrió sin ruido la del castillo, que era pequeña y baja, con un arco rampante, sobre el que había una ojiva florida.
Una vez allí, abrió a medias su linterna para ver dónde pisaba, porque el cortijero lo había advertido que la escalera era peligrosa.
Esta escalera en espiral es muy hermosa, tan ancha que seis personas pueden pasar por ella a la vez, y tan ligera como el varillaje de un abanico. Está hecha con una piedra blanca bastante friable; muchos peldaños se hallan completamente rotos por la caída de algún trozo de la parte superior del edificio; pero los que quedan parecen haber sido recientemente tallados y no tienen huella de haber sido usados. De trecho en trecho aparece en el muro una cabeza grotesca, un bicho fantástico o un medio cuerpo de hombre armado.
El marqués se entretuvo en mirar aquellas caras que parecían agitarse bajo la luz vacilante de su linterna.
Subía lentamente, aprovechando cada descanso para escuchar; como no se oía más ruido que el que producía el viento en el tejado, y como las puertas de las salas ante las que pasaba estaban cerradas con candado, dudaba cada vez más de que allí hubiera ninguna clase de habitantes. Llegó hasta el último piso, donde estaban situadas las dos habitaciones antiguamente destinadas al castellano.
En la Edad Media era costumbre vivir bajo el tejado y partir la escalera para, en caso necesario, sostener un sitio hasta en las propias habitaciones; frecuentemente, al construir un castillo se dejaba la escalera sin terminar y el dueño subía a su cuarto por medio de una escalera de mano, que retiraba por la noche. Otras veces, los peldaños del último piso eran intencionadamente tan endebles, que bastaban unos ligeros golpes para partirlos.
Tal era el caso en el castillo de Brilbault; pero las roturas provenían, según ya hemos dicho, de accidentes casuales, y el marqués, gracias a sus largas piernas, pudo salvar los obstáculos sin gran peligro.
Las dos habitaciones de que el granjero le había hablado eran las que debía, en caso necesario, habitar Lucilio. El primer movimiento de Bois-Doré fue entrar para ver si había cristales o, por lo menos, maderas en las ventanas, porque todas las de la escalera, estrechas y profundas, con su banco de piedra colocado en el alféizar, dejaban pasar impetuosas bocanadas de aire, contra las que a duras penas pudo defender la luz de su linterna.
Pero en el momento en que se disponía a abrir las puertas de las habitaciones señoriales, cuyas llaves llevaba consigo, el marqués vaciló.
Si el castillo servía de refugio a alguien, debía de estar allí, y, sorprendido, no aguardaría explicaciones. Por lo tanto, la exploración requería cierta prudencia. El marqués ni creía en los espíritus ni temía a los vivos, porque no abrigaba malas intenciones contra nadie. Si algún desdichado se hallaba oculto allí, fuese quien fuese, estaba decidido a dejarle tranquilo y no revelar el secreto que pudiese sorprender.
Pero el primer momento de terror del refugiado podía ser hostil. El marqués no había hecho ningún ruido perceptible al entrar ni al subir, puesto que nada se movía. Tenía que cerciorarse de la verdad, a ser posible sin dejarse ver ni oír, o al menos sin presentarse bruscamente.
Con este objeto entró en una sala sin puertas, cuyas ventanas estaban todas tapadas con tablas o con paja, y donde, por consiguiente, reinaba la más profunda obscuridad. Una capa de polvo y de cemento pulverizado cubría el suelo en tal espesor que amortiguaba el ruido de los pasos como si se anduviese sobre ceniza.
Bois-Doré anduvo largo rato sin ver más que lo justo para guiarse. Había cerrado su linterna, que no tenía cristal, sino un medio cilindro de hierro forjado lleno de agujeritos, según la costumbre del país. No se atrevió a volverla a abrir hasta que llegó al extremo del inmenso local y después de cerciorarse de que se hallaba en un local absolutamente tranquilo y silencioso.
Entonces dejó la luz ante él, en el suelo, y retrocedió, hasta una vasta chimenea que había cerca.
Desde allí fue acostumbrando sus ojos a la claridad de la linterna, insuficiente para un espacio tan amplio, y llegó a distinguir una sala que ocupaba el piso entero.
Examinó la chimenea en que se encontraba. Era de piedra blanca, y los zócalos angulares que penetraban en el muro tenían los salientes tan nuevos, que parecían haber sido tallados la víspera. Ni el marco, ni el escudo, virgen de armas, que coronaba la campana tenían desconchaduras ni manchas, de ninguna clase, ni el hueco mismo de la chimenea, ni el hogar sin revestir tenían huellas de lumbre, de humo ni de ceniza. Era evidente que el edificio no había sido terminado ni había servido nunca. Nadie había habitado, nadie habitaba aquella sala fría y desnuda.
Después de asegurarse de esto, el marqués se atrevió a acercarse para ver por qué razón una barrera de tablas, a la altura de su pecho, cortaba transversalmente la enorme nave hacia el centro. Al llegar allí encontró el vacío ante él. El entarimado se había caído o había sido suprimido, así como el de los pisos inferiores, en toda la mitad del edificio, acaso para que se pudiera entrojar más fácilmente las cosechas.
La mirada se perdía en las tinieblas de un local que parecía tan grande como una iglesia.
Hacía unos instantes que Bois-Doré permanecía en aquel sitio, intentando darse cuenta del conjunto, cuando desde las profundidades, que su mirada interrogaba en vano, subió hasta él una especie de gemido.
Se estremeció, cerró su linterna y la ocultó detrás de las tablas, contuvo su respiración y aguzó su oído, que era algo duro y podía engañarle.
¿Sería alguna puerta o alguna madera empujada por el viento?
No hacía tres minutos que esperaba, cuando el mismo gemido se repitió aún más distinto, y al mismo tiempo le pareció que un débil rayo de luz, partiendo de una gran distancia bajo sus pies, iluminaba aquel fondo de edificio que, por relación a él, era literalmente un abismo.
Se arrodilló para no ser visto y miró a través de las tablas que le servían de balaustrada.
La claridad aumentó rápidamente y pronto fue bastante viva para permitirle ver, o mejor dicho adivinar, en una vaguedad de sombra y de luz mezcladas, el fondo de una sala de la planta baja, tan vasta como la habitación en que se encontraba, pero que antes del desmoronamiento de los pisos intermedios había debido de ser mucho más alta, según podía juzgar por el nacimiento de las nervaduras de la bóveda sostenidas por zócalos llenos de bichos y personajes fantásticos, mayores y más salientes que los que había visto en la escalera.
Como único mobiliario veíanse unos montones de forraje seco y unas tablas colocadas hacia el fondo, a modo de barreras, con restos de pesebres. Aquella planta baja había servido durante mucho tiempo de establo para los bueyes. Entre las tablas se distinguían restos de yugos y de arados. Después todo volvió de nuevo a la sombra, y la claridad, al elevarse, fue a dar en el muro que formaba toda la fachada del edificio y que el marqués veía de frente en una extensión de cuarenta pies aproximadamente.
Aquella luz, unas veces rojiza y otras lívida, partía de un fuego invisible, colocado bajo la bóveda de la planta baja, es decir, en la parte que no estaba en ruinas, del lado desde donde el marqués observaba aquel cuadro sombrío y cambiante.
De pronto se produjo bajo la bóveda un ruido de puertas, de pasos y de voces, y una confusión de sombras movedizas y agitadas, unas inmensas, otras rechonchas, se dibujó sobre el muro de la manera más extraña, como si un gran número de personas, yendo y viniendo ante una gran hoguera, hubiera ocultado y descubierto alternativamente su radiación.
«Vaya un extraño juego -pensó el marqués-, y no puede negarse que este castillo está lleno de sombras vivientes y parlantes. Sepamos lo que dicen.»
Escuchó; pero entre el murmullo de palabras, de cantos, de quejas y de risas, no consiguió comprender ni una frase, ni una palabra, ni una intención.
La espantosa sonoridad de la bóveda, que devolvía los sonidos, confundía todas las voces en una sola y todas las interpelaciones en un rumor confuso.
El marqués no era sordo; su sensibilidad auditiva era la de los ancianos que oyen muy bien una escala de sonidos moderados y de palabras articuladas, pero a los que un ruido, una mezcla de voces aturde y molesta sin resultado.
Percibía inflexiones de voces y nada más; a ratos las de una gruesa voz cascada, que parecía hacer un relato; a ratos un estribillo de canción bruscamente interrumpido por acentos de amenaza, y luego una voz clara que parecía burlarse o imitar a las demás y que provocaba una tempestad de risas violentas y brutales.
A veces se oían monólogos bastante largos; luego diálogos, y de pronto gritos de ira o de alegría que parecían rugidos. Acaso aquella gente hablaba en un idioma que el marqués no conocía.
Se afirmaba en la idea de que había una banda de truhanes o de titiriteros que vivía del merodeo y que dejaba pasar los días crudos del invierno al amparo de aquella ruina, o acaso también que se ocultaba después de alguna fechoría.
Las risas, los trajes extraños que se dibujaban ante él como sombras chinescas, los largos discursos, los diálogos animados se relacionaban acaso con algún estudio de arte burlesco.
«Si estuviera más cerca de ellos -pensó-, me podría divertir; un hombre nunca es mal acogido en una compañía, por muy mala que ésta sea, cuando entra ofreciendo generosamente su bolsa.»
Y cogió su linterna, disponiéndose a bajar, cuando las conversaciones, los cantos y las risas se cambiaron en gritos de animales tan reales y tan perfectamente imitados, que aquello parecía un corral alborotado. Eran el buey, el burro, el caballo, la cabra, el gallo, el pato y el cordero gritando juntos. Luego todo quedó en silencio, como para escuchar los ladridos de una jauría, el sonido del cuerno, todos los ruidos de una cacería.
¿Se trataba de alguna comedia? ¿Ensayaban los actores contemplándose sobre la pared? Sin embargo, no parecían simular una acción relacionada con aquel alboroto.
En medio de todo aquello, un niño gritaba con voz aguda, no se sabía si por hacer como los demás o asustado en su sueño, y, Bois-Doré vio pasar la sombra de un cuerpecito que tenía movimientos de mono. Luego una cabeza enorme, con una especie de casco empenachado, perfiló sobre la pared iluminada una nariz grotesca; después pasó una cabeza cabelluda, que parecía coronada por un birrete de cura y que conversaba con una larga silueta, inmóvil como la de una estatua.
De pronto todos los ruidos cesaron bruscamente y no se oyó más que un quejido sordo, que semejaba a un gemido de sufrimiento y que Bois-Doré había oído continuamente como una nota dolorosa en las pausas de aquella algarabía desenfrenada.
Cuando el tumulto se calmó, la sombra de un crucifijo gigantesco trazó una cruz sobre el muro.
La luz pareció cambiar de sitio y la cruz se hizo muy pequeña; luego desapareció, y una sola figura, muy netamente dibujada, la reemplazó, mientras que una voz sepulcral recitaba con un tono monótono una oración que parecía ser la de los agonizantes.
Cuando empezó la insoportable salmodia, Bois-Doré, que había permanecido en su sitio, distraído por la diversión de aquella fantasmagoría y aquellos ruidos extraños, sintió un frío que le hacía castañetear los dientes.
Resuelto a ir a ver lo que ocurría, se detuvo al darse cuenta de la evocación extraordinaria que le ofrecía la última proyección.
Se iba precisando a medida que la plañidera voz recitaba su lúgubre oración, y el marqués, fascinado, no podía apartar la mirada de lo que veía.
Aquella cabeza tan característica por su cabellera cortada a media melena, por la gola española que la encuadraba, por sus rasgos acusados, de una delicadeza angulosa, y por la forma particular de la barba y del bigote, era la de Alvimar, echada hacia atrás con la rigidez de la muerte.
A lo primero, Bois-Doré se debatió contra esta idea; pero al fin se apoderó de él como una obsesión, una certeza, una emoción, un terror invencible.
Nunca había creído que los espectros pudieran habérselas con él. Pensaba que, como nunca había matado a nadie por venganza o por crueldad, estaba seguro de que ningún alma en pena le visitaría jamás; pero, lo mismo que la mayoría de los hombres razonables de su tiempo, no negaba la vuelta de los espíritus al mundo. ¡Tantas personas dignas de fe contaban con detalles haber tenido apariciones!
«Alvimar ha muerto -pensó-; he tocado sus miembros yertos, he visto bajar del caballo su cuerpo ya rígido. Desde hace varias semanas descansa bajo tierra, y, sin embargo, le veo aquí, yo que nunca vi nada sobrenatural donde los demás veían fantasmas espantosos. ¿Sería ese hombre, contra todas las apariencias, inocente del crimen del que le he acusado y por el que le he castigado? ¿Es un reproche de mi conciencia? ¿Es una fantasía de mi cerebro? ¿Es el frío de estas ruinas que me invade y me perturba? Sea lo que sea, es demasiado.»
Y, sintiendo el vértigo precursor de un desfallecimiento, se arrastró hasta la escalera. Allí se repuso un poco y afirmó sus pasos para bajar la espiral partida.
Pero cuando llegó al final, en lugar de fortalecer sus ánimos y de intentar penetrar en las salas de la planta baja, no quiso ya ni ver ni oír nada, y, presa de un terror invencible, se precipitó a través del campo, confesándose a sí mismo su miedo y dispuesto a confesarlo ingenuamente a cualquiera que le pidiese explicaciones.
Encontró al granjero, que más muerto que vivo le esperaba en el puente.
Al permanecer allí para aguardarle, el buen hombre había realizado un acto heroico. Se hallaba incapaz de decir o de escuchar nada, y sólo al entrar en su casa con el marqués se atrevió a interrogarle.
-¡Qué!, mi pobre monsieur Silvain -dijo-, supongo que habéis podido saciaros de ver sus llamaradas y de oír sus rugidos. ¡Bien he creído que no os vería volver ya!
-Cierto es -dijo Bois-Doré, bebiendo un vaso de vino que le ofrecía la granjera y que le pareció bastante oportuno en aquel momento- que hay en esas ruinas algo que no es normal. No he encontrado nada malo...
-¡Cómo!, mi buen señor -dijo la gran Catalina-. ¡Pero si estáis más blanco que vuestra chorrera! Calentaos, señor; no vayáis a caer enfermo.
-La verdad es -contestó el marqués- que he tenido frío y he creído ver cosas que acaso no he visto; pero el andar me repondrá, y temo intranquilizar a los míos si tardase más en volver. Buenas noches, amigos míos; ¡bebed a mi salud!
Pagó generosamente las atenciones de los granjeros y se dirigió hacia su coche, que había vuelto a buscarle. Aristandre se hallaba preocupado; pero como el marqués le aseguró que no le había ocurrido nada malo, el buen carrocero se convenció de que Adamas no exageraba cuando aseguraba que el señor tenía aún aventuras galantes.
-Debe de haber en ese cortijo -dijo en voz baja a Clindor- alguna pastora de buen ver.
Y como su amo le prohibió que hablase de aquella expedición, se confirmó en su idea.
En lugar de detenerse en Ars, el marqués mandó que le condujesen directamente a Briantes. Estaba sorprendido y algo avergonzado ya del momento de terror que le había impulsado a marcharse de Brilbault sin haber averiguado nada.
«Si lo cuento -pensó-, se reirán de mí y supondrán que los años me hacen chochear. Más vale que no diga nada de esto a nadie; y como, después de todo, me tiene sin cuidado que Brilbault esté en posesión de una banda de titiriteros o de brujos, buscaré para Lucilio otro albergue más pacífico.»
A medida que se acercaba a su casa su espíritu se interrogaba acerca de lo que había sentido.
Lo que le chocaba era que el miedo le hubiese sorprendido en un momento en que nada le disponía a ello, sino cuando, muy al contrario, se sentía predispuesto a reír de las bufonadas de aquellos duendecillos y de la divertida singularidad de sus siluetas sobre la pared.
A consecuencia de estas reflexiones mandó a Aristandre que se detuviese ante los prados Chambon y bajó a pie el corto sendero que conducía a la cabaña de la jardinera llamada la Zancada.
Esta cabaña existe aún; está habitada por hortelanos. Es una casita carcomida, con una torrecilla adosada y una escalera de piedra. El encantador vergel, cercado por vallados tupidos y zarzas locas, era, según se decía, un regalo de monsieur de Bois-Doré a la Zancuda.
Encontró allí al fraile oblato que repartía la pitanza del convento con su querida, quien a su vez dividía con él el vino y las frutas de su jardín.
Sin embargo, aquella unión no era ostensible; tomaban ciertas precauciones para que no les obligasen a casarse y perder así el privilegio de inválido que Juan el Cojo disfrutaba en el convento de los Carmelitas.
-No temáis nada, amigos míos -dijo el marqués al sorprenderles-. Hay algunos secretos entre nosotros, y sólo os quiero decir dos palabras...
-¡A la orden, mi capitán! -contestó Juan el Cojo, saliendo de debajo de la mesa, donde se había ocultado-. Os ruego me perdonéis, pero no sabía quién venía, ¡y se dicen tantas cosas de mí!
-Muy injustas, seguramente -dijo el marqués sonriendo-. Pero contéstame, amigo mío; no te he vuelto a ver desde cierta aventura. Te he enviado una pequeña recompensa por mediación de Adamas, a quien has jurado haber ejecutado fielmente mis órdenes. Como tenía esta noche ocasión de hablarte sin testigos, he querido hacerlo para que me des algunos detalles acerca de cómo hiciste mi encargo.
-¿Cómo, mi capitán? No hay muchas maneras de enterrar a un muerto, y he cumplido mi misión tan cristianamente como lo hubiera hecho el prior de mi comunidad.
-No lo dudo, compañero. ¿Pero fuiste prudente?
-¿Mi capitán duda de mí? -exclamó el inválido con una sensibilidad que se agudizaba en él, especialmente después de cenar.
- No dudo de tu discreción, Juan, pero sí un poco de tu habilidad para ocultar la sepultura. Porque hoy mis enemigos están enterados de la muerte de monsieur de Alvimar, y, sin embargo, yo no puedo dudar de la fidelidad de mis gentes ni de la tuya.
-¡Ay!, señor marqués, vuestras gentes no eran las únicas que conocían el secreto -observó juiciosamente la Zancuda-; las de monsieur de Ars han podido hablar; y además, ¿no buscabais aquella noche a un hombre que queríais guardar y que se había escapado?
-Es verdad; es el único a quien acuso. No vengo, amigos míos, a haceros reproches, sino a preguntaros dónde, cuándo y cómo disteis sepultura a aquel cadáver.
-¿Dónde? -dijo Juan el Cojo mirando a la Zancuda-. En nuestro jardín, y si queréis ver el sitio...
-No me interesa. ¿Pero fue de noche completamente o al amanecer?
-Sería a eso de las... dos o las tres de la mañana -dijo el fraile oblato con cierta vacilación y mirando de nuevo a la solterona, que parecía apuntarle las respuestas con los ojos.
-¿Y nadie os vio? -siguió preguntado Bois-Doré, examinando a los dos con atención.
Esta pregunta acabó de azorar al fraile oblato, y el marqués sorprendió nuevas miradas de complicidad entre él y su compañera.
Se convencía de que evidentemente temían haber sido vistos y que, por miedo a que un testigo digno de fe les contradijera, no se atrevían a dar detalles de cómo habían cumplido las instrucciones del marqués.
Éste se levantó y repitió su pregunta con aire de autoridad.
-¡Ay!, mi buen señor -dijo la Zancuda arrodillándose-; perdonad a este pobre enfermo de cuerpo y de espíritu, que acaso ha bebido demasiado esta noche y no sabe explicarse como es debido.
-Sí, perdonadme, mi capitán -añadió el inválido aparentemente enternecido por el estado de su propio cerebro y arrodillándose también.
-Amigos míos, me habéis engañado-dijo el marqués resuelto a hacerles confesar-; no habéis enterrado vosotros solos a monsieur de Alvimar. Habéis tenido miedo o escrúpulos o repugnancia; habéis avisado a monsieur Poulain...
-¡No, señor, no! -exclamó la Zancuda con energía-. No hubiéramos hecho nunca una cosa semejante sabiendo que monsieur Poulain estaba en contra vuestra. Puesto que sabéis que no os hemos obedecido, también debéis saber que no tenemos la culpa, y que el diablo en persona ha intervenido.
-Contadme lo que ha ocurrido -dijo el marqués-; quiero saber si me decís la verdad.
La jardinera, persuadida de que el marqués sabía más que ella misma, contó sinceramente lo que sigue:
«Cuando os marchasteis, mi querido señor, nuestra primera ocupación fue llevar el muerto al jardín, donde le cubrimos con un gran jergón; porque yo no tenía ganas de meterle aquí, ni me parecía que fuese necesario. Confieso que le tenía mucho miedo y que si no hubiera sido por vos, mi buen señor, no hubiera admitido semejante compañía.
«Juan me llamaba tonta y se reía mientras apuraba su porrón de vino para preservarse contra el frío de la noche, según decía él; pero yo creo que para distraer su espíritu de las ideas tristes que siempre se le ocurren a uno a la vista de un muerto, por muy duro que se tenga el corazón.
«También debo confesaros que la primera ocupación de este pobre Juan, aquí presente, fue coger lo que había en los bolsillos del muerto y en la maleta del caballo que le había traído... No nos habíais dicho nada; pensábamos que eso nos correspondía en derecho, y nos estuvimos aquí, contando el dinero sobre la mesa para devolvéroslo fielmente si nos lo reclamabais alguna vez.
«Había una bolsa bastante grande llena de oro, y Juan, que seguía bebiendo, se divertía mirando y manoseando el tesoro. ¡Qué queréis, señor! ¡Pobres gentes como nosotros! ¡Es cosa que emociona! Y hacíamos proyectos acerca de la manera de emplear aquella fortuna. Juan quería comprar una viña, y yo decía que más valía una huerta con muchos nogales que produjesen, y así, medio riendo por vernos tan ricos, medio regañando por el empleo de nuestro tesoro, nos olvidábamos del muerto, cuando el reloj dio las cuatro de la mañana.
«-Ahora -le dije a este pobre Juan- ya no tengo miedo, y como tú no eres muy ágil, a causa de tu pata de palo, te quiero ayudar a cavar la fosa. Nunca he deseado el mal a ningún vivo; pero ya que ese señor ha muerto, no deseo que resucite. Hay personas que al marcharse de este mundo benefician a los que se quedan.
«Debo acusarme, mi querido señor; éstas eran las únicas oraciones que este mal Juan y yo dedicábamos al difunto.
«Así es que cogimos la pala, volvimos los dos al jardín y levantamos el jergón, bajo el que habíamos ocultado el cuerpo. ¿Pero cuál sería nuestro asombro, señor? ¡No había nada! ¡Nos habían robado nuestro muerto!
«Nos pusimos a buscar y a revolverlo todo. ¡Nada, señor, nada! Creíamos estar locos y haber soñado todo lo que había ocurrido aquella noche, y vine corriendo para ver si el dinero no era una ilusión.
«Pues bien, señor, si no estuvierais aquí para interrogarnos, podríamos creer que el diablo nos había hecho una mala jugada; porque el cajón en el que yo había metido el dinero y las alhajas estaba abierto, y todo había desaparecido de la casa, mientras estábamos en el jardín, lo mismo que el muerto había desaparecido del jardín mientras estábamos en la casa.»
Al terminar su relato, la Zancuda se lamentó de la pérdida del dinero, y el fraile oblato, que esperaba una ocasión para llorar, vertió lágrimas demasiado sinceras para que el marqués pudiese poner en duda el doble y extraño robo de una bolsa llena y de un muerto difunto, según decía la jardinera con tono doliente.
Ante aquel dúo de lamentaciones, el marqués reflexionaba.
-Decidme, amigos míos -preguntó-: ¿no visteis huellas de pasos en vuestro jardín y de fractura en vuestra casa?
-Al pronto no reparamos en nada -contestó la Zancuda-; estábamos demasiado emocionados. Pero ya de día, lo observamos todo lo mejor que pudimos. En la casa no había nada extraordinario. Pudieron entrar cuando nosotros volvimos la espalda; habíamos dejado la puerta y el cajón abiertos y el dinero a la vista. ¡Ay!, nosotros tenemos la culpa.
-Entonces -observó el marqués- el muerto no se marchó solo; y sus amigos no sólo cargaron con sus restos, sino también con su dinero y sus alhajas.
-Yo creo, señor, que en la primera tarea no intervinieron más que dos, y en la segunda uno solo, que ni aun debía de estar de acuerdo con los otros. Porque sobre la puerta de nuestras platabandas vimos la huella de cuatro pies que se dirigían hacia nuestro vallado, que está en la dirección de Briantes, y aquellos pies parecían estar calzados con botas o zapatos, mientras que en la arena del patio había como huellas de pies descalzos, pies de niño, muy pequeños, que iban en dirección de la ciudad. Pero como los caminos estaban llenos de agua, no pudimos ver nada fuera de nuestro recinto.
Bois-Doré se hizo para sí el siguiente razonamiento:
«Sancho, después de escaparse, nos habrá seguido y observado. Luego habrá ido a ver a monsieur Poulain, quien habrá enviado a alguien o habrá venido en persona con Sancho a buscar el cuerpo de Alvimar para darle sepultura. La delación viene de esta parte; el rector no se habrá atrevido, por razones que desconozco, a exponer el cadáver ante los ojos de los feligreses y denunciarme públicamente. Acaso haya querido dar a Sancho tiempo para huir. En cuanto al dinero, algún ladronzuelo habrá sorprendido las idas y venidas, habrá escuchado detrás de las puertas y aprovechado la ocasión. Esto me importa poco.»
Luego, después de haber reflexionado sobre todas estas cosas y haber hecho varias preguntas que no dieron ninguna nueva claridad, dijo:
-Amigos míos, cuando os trajimos aquí aquel muerto sobre su caballo, os dejamos su maleta, sin más propósito que el de apartar de nosotros todo lo que había pertenecido a nuestro enemigo. Pero como al día siguiente se nos ocurrió pensar que podía haber en aquella maleta papeles que nos interesasen, os los mandamos reclamar y contestasteis a Adamas que no habíais encontrado más que un traje y una muda, pero ningún papel, ni pergamino.
-Es la verdad, señor -contestó la jardinera-, y podemos enseñaros la maleta tal como nos fue entregada. El ladrón no la vio sobre la cama donde la habíamos dejado, o acaso no quiso cargar con ella.
El marqués mandó que se la trajeran y comprobó la verdad de lo que le habían dicho.
Sin embargo, al examinar y revolver aquel objeto, le pareció descubrir una combinación de bolsillo oculto, que había escapado a las pesquisas de sus huéspedes y que tuvo que descoser para abrirle.
Dentro de aquel bolsillo encontró unos papeles, que se llevó, después de indemnizar a la jardinera y al inválido por la pérdida que habían sufrido y de recomendarles el silencio hasta nueva orden.
Eran más de las once cuando el marqués entró en su gran casa.
Mario no dormía; estaba jugando con Lauriana en la sala, porque no había querido acostarse sin haber visto a su padre.
Lucilio leía junto a la chimenea; las risas de los niños no le distraían en su ocupación, pero aquella música lozana y encantadora, a la que su tierno corazón y su oído melódico eran especialmente sensibles, mecía agradablemente sus profundas meditaciones.
Desde que había representado el papel de adivino en presencia del príncipe, los niños le llamaban el señor astrólogo y le embromaban de palabra para hacerle sonreír. El amable sabio sonreía sin abandonar el trabajo de su espíritu, porque la afabilidad de su carácter y la dulzura de sus instintos permanecían en cierto modo unidas a su cuerpo y hablaban a través de sus hermosos ojos italianos, aun cuando su alma viajaba por las esferas celestes.
Adamas, que a pesar de su adoración por su condesito se aburría hasta la melancolía en la ausencia de su divino marqués, erraba por la escalera y el patio como un alma en pena, cuando oyó al fin el trote ruidoso de Pimante y de Squilindre y el ruido de las piedras del camino, molidas como nueces cascadas bajo las ruedas de la monumental carroza.
-¡Ya llega el señor! -exclamó abriendo la puerta del salón con tanto ruido y alegría como si la ausencia del marqués hubiera durado un año, y corrió a la cocina para traer él mismo una especie de ponche reconfortante, compuesto con vino y plantas aromáticas, sabia y agradable bebida, cuyo secreto de fabricación se reservaba y a la que él atribuía el buen semblante y la vigorosa salud de su viejo señor.
El buen Silvio besó cariñosamente a su hijo, saludó tiernamente a su hija, estrechó la mano de su astrólogo, bebió el cordial que le ofrecía su buen servidor y, después de haber contentado a todo el mundo de este modo, metió sus largas piernas hasta casi dentro del fuego, hizo colocar un veladorcito redondo a su lado y rogó a Lucilio que pasase la vista por ciertos papeles que él traía mientras que Mario los iría traduciendo como mejor pudiese y leyendo en alta voz.
Los papeles estaban escritos en español, en forma de notas reunidas para una Memoria y atadas con una correa. No había ni dirección, ni sello, ni firma.
Era una serie de datos oficiosos u oficiales acerca del estado de los espíritus en Francia, de las disposiciones, supuestas o sorprendidas, de varias personalidades más o menos importantes para la política española, y de la opinión pública sobre el particular; en una palabra, era una especie de trabajo diplomático bastante perfecto, aunque sin terminar, y en parte en estado de borrador.
Se echaba de ver que Alvimar, de quien la vida retraída y las largas escrituras habían parecido inexplicables durante su breve estancia en Briantes, no había cesado de dar noticias a un príncipe, ministro o protector, de una especie de misión secreta, muy hostil hacia Francia y llena de aversión y de desprecio hacia los franceses de todas las clases sociales con quienes había estado en relación.
Aquella crítica minuciosa no carecía de ingenio y de interés. Alvimar tenía la inteligencia sutil y el razonamiento espacioso. A falta de relaciones tan elevadas e íntimas como él las hubiera deseado para el progreso de su fortuna y la importancia de su papel, tenía habilidad para comentar cualquier nimiedad observada y para interpretar una frase sorprendida o recogida al paso; una palabra, un ruido, una reflexión del primer venido, él lo aprovechaba todo; y en aquel trabajo, a la vez pérfido y pueril, se veía la tendencia irresistible y la satisfacción íntima de un alma llena de odio, de envidia y de sufrimiento.
Lucilio, adivinando desde las primeras líneas el interés que ponía Bois-Doré en la lectura de su hallazgo, buscó en las últimas páginas y encontró lo que sigue, que Mario tradujo de corrido, casi sin vacilar y buscando con sus hermosos ojos la mirada de su profesor al terminar cada frase, para cerciorarse rápidamente, antes de proseguir, de que no había hecho ninguna falta:
«En cuanto al pr... de C... é, haré por llegar hasta él; he tenido informes de un eclesiástico inteligente e intrigante que puede serme útil.
«Retened el nombre de Poulain, párroco de Briantes. Es de Bourges y sabe muchas cosas, sobre todo acerca de dicho príncipe, que es avaro y poco inteligente en materia de política; pero irá donde le lleve la ambición. Se le podría engañar con grandes esperanzas y utilizarle como se ha utilizado a los Guise, porque de Condé no tiene más que el nombre y teme a todos y a todo.
«Por lo mismo, es más difícil conquistarle de lo que parece. Su persona no vale para nada. Su nombre es aún un partido. Con la esperanza de ser rey, está dispuesto a dar mucho a la muy santa I..., sin perjuicio de volverse atrás si tal fuese su interés. Dícese que la idea de suprimir al R... y a su hermano no le haría retroceder, y que, en caso necesario, podría hacerse mucho por medio de este pobre espíritu y de este brazo débil.
«Si sois de opinión de entretenerle con estas ilusiones.. hacedlo saber a vuestro muy humilde...»
-¡Está bien, está bien! -exclamó el marqués-. Aquí tenemos el medio de enemistar a nuestro amigo Poulain con el príncipe, y a ambos con la memoria de nuestro querido Alvimar. Bien sabe Dios que por mi gusto yo dejaría al difunto en paz; pero si nos amenazan con vengarlo, le daremos a conocer a los buenos amigos que le compadecen.
-Eso está muy bien -dijo la gentil madame de Beuvre-; pero con la condición de que podáis probar que estas notas son de su puño y letra.
-Es verdad -dijo el marqués-; de lo contrario esto no vale nada. Pero Guillermo podrá sin duda proporcionarnos alguna carta firmada por él.
-Es probable, y debéis ocuparos en seguida de este asunto, mi querido marqués:
-Entonces -dijo Bois-Doré besándole la mano, al darle las buenas noches, porque Lauriana se había levantado para retirarse- mañana volveré a casa de Guillermo, y entre tanto guardemos cuidadosamente nuestras pruebas y nuestros medios de defensa.
Al día siguiente, cuando el marqués se despertó vio entrar en su cuarto a Lucilio, que le entregó una página escrita por él.
El pobre mudo quería marcharse por algún tiempo, para no atraer sobre su generoso amigo el peligro que les amenazaba a los dos.
-¡No, no! -exclamó Bois-Doré hondamente conmovido-. No me causaréis el dolor de abandonarme. Bien probado tenéis que el peligro está aplazado, y los apuntes de monsieur de Alvimar acaban de tranquilizarme sobre mi asunto. En cuanto a vos, creed que después de haber profetizado tan bien la muerte del favorito no tenéis nada que temer por parte del príncipe. Además, sean cuales fueran los peligros que corráis aquí, creo que en otro lado serían mayores, porque en este país puedo protegeros eficazmente u ocultaros, según los acontecimientos que sobrevengan. No nos preocupemos por lo desconocido, y si tenéis algún escrúpulo por aumentar los trastornos de mi situación, pensad, en cambio, que sin vos la educación de Mario quedaría incompleta y perdida. Pensad en el favor que me hacéis al transformar un niño amable en un hombre de inteligencia y de corazón, y comprenderéis que ni mi fortuna ni mi vida podrían pagar mi deuda hacia vos, porque ni la una ni la otra valen la ciencia y la virtud que nos dais.
Después de haber, no sin trabajo, arrancado a su amigo el juramento de no abandonar Briantes sin su consentimiento, el marqués se disponía a volver a Ars, cuando vio llegar a Guillermo con monsieur Robin de Coulogne, muy sorprendidos, éste por lo que acababa de contarle su aparcero Faraudet, y el otro por no haber recibido la víspera por la noche la visita del marqués, que sus gentes le habían anunciado.
Bois-Doré contó sinceramente la visión que había tenido en Brilbault, afirmando que hasta el momento de la aparición del perfil de Alvimar sobre la pared creía tener la seguridad de no haber soñado y que aquel alboroto y aquellas sombras provenían de seres perfectamente reales.
Tuvo la mortificación de sorprender una sonrisa incrédula sobre el rostro de sus dos auditores; pero cuando contó las anteriores aventuras de la casa de la jardinera y enseñó las notas manuscritas de Alvimar, vio a sus amigos ponerse serios y atentos.
-Mi querido primo -le dijo Guillermo-, en cuanto se relaciona con esas notas me será fácil probar su autenticidad, proporcionándoos la escritura y la firma de monsieur de Alvimar. Os certifico, entretanto, que estas hojas son de su puño y letra. Guardadlas en vuestros archivos y esperad, para publicar la muerte de aquel traidor, a que vuelvan oficialmente a pediros cuenta de ella.
Tal no fue el parecer de monsieur Robin. Censuraba el silencio que habían guardado sobre aquel acontecimiento, las precauciones que habían tomado para hacer desaparecer el cuerpo y el que siguiesen con el mismo misterio en un momento en que los habitantes de la localidad estaban bien dispuestos en favor del lindo Mario, conmovidos por el relato de sus aventuras y prontos a maldecir de los cobardes asesinos de su padre.
Bois-Doré hubiera seguido en el acto la opinión de monsieur Robin de no habérselo impedido el temor a desagradar a Guillermo, quien persistía en su primera idea.
-Mi querido vecino -dijo este último-, sería de vuestra opinión y me arrepentiría del consejo que di al marqués, sin una reflexión que se me ocurre y que os ruego meditéis detenidamente: el marqués no tiene por qué acusarse de haber matado a un hombre que acaso no ha muerto.
Monsieur Robin y Bois-Doré hicieron un movimiento de sorpresa, y Guillermo prosiguió:
-Tengo dos buenas razones para pensar y hablar así: la primera es que se han llevado del jardín de la Zancuda a un hombre que, aun atravesado por una buena estocada, podía muy bien no haber expirado; la segunda es que nuestro marqués, cuyo valor está fuera de dudas, ha visto en Brilbault la cara de su enemigo.
Monsieur Robin guardó silencio y reflexionó; Bois-Doré recordó las escenas de la víspera, procurando darse cuenta de ellas, prescindiendo de la turbación que había sentido; luego dijo:
-Si monsieur de Alvimar ha muerto, no ha sido ni en el lugar del combate, en La Rochaille, ni en casa de la jardinera; ha sido en Brilbault, y precisamente anoche. Ha muerto en no sé qué extraña y brutal compañía, pero asistido por un cura, que podía ser monsieur Poulain, y cuidado por un criado, que podía ser el viejo Sancho. Las sombras confusas que he visto no ofrecían nada que contradiga estas suposiciones, y lo que he distinguido de la manera más clara y más absoluta es una cruz tan bien dibujada como la de un blasón, y, bajo el brazo derecho de aquella cruz, el rostro delgado y como descarnado de monsieur de Alvimar. Aquel rostro parecía al principio estar algo agitado, mientras una voz salmodiaba una oración mortuoria; al mismo tiempo yo seguía oyendo los débiles suspiros que había oído ya durante la bacanal. Luego el quejido cesó y la faz pareció tornarse de piedra, como si sus rasgos se endureciesen sobre la pared que me ofrecía su reflejo. La cabeza no estaba ya inclinada, sino echada hacia atrás, y entonces...
-¿Entonces qué? -preguntó Guillermo.
-Entonces -prosiguió ingenuamente el marqués- me volví tonto y débil, y huí para no ver ya nada.
-Pues sea lo que sea, y haya lo que haya -dijo monsieur Robin-, vamos a examinar y a revolver esas ruinas de arriba abajo, si es menester, para ver lo que ocultan y qué gentes cobijan.
Guillermo opinó que debía irse al caer la tarde y con muchas precauciones, a fin de sorprender el objeto de las misteriosas reuniones.
Faraudet había dado a monsieur Robin datos precisos sobre la hora en que empezaba el alboroto, y ya que los extraños ruidos no eran pura imaginación de aldeanos asustados, su regularidad y su obstinación hacían suponer un sistema adoptado para sembrar terror y explotarlo en provecho de algún interés. Monsieur Robin notó, además, por los relatos del aparcero, que la fantasmagoría no se producía en Brilbault más que desde hacía dos meses, es decir, aproximadamente desde la época en que, según Guillermo y el marqués, había tenido lugar la muerte de Alvimar.
-Todo esto -dijo- me trae a la memoria que el día de mi última llegada a Coudray, la semana pasada, encontré en mi camino a gentes de malas trazas, que no me parecieron ni aldeanos, ni soldados, ni burgueses, y me sorprendió no conocerles. Preguntad a vuestros criados si en estos últimos tiempos no han tenido encuentros semejantes en vuestros arrabales.
Llamaron a varios criados. Los de Bois-Doré y los de Guillermo coincidieron en declarar que desde hacía una semana habían visto rondar por los bosques y los caminos poco frecuentados de Varenne ciertos tipos sospechosos, y se habían preguntado lo que aquellos forasteros podían buscar en lugares tan desiertos.
Entonces se acordaron de que en los cortijos y en los corrales de los pueblos vecinos se habían cometido robos bastante numerosos; en fin, en las ferias y los mercados de las ciudades cercanas la cara de La Fleche había vuelto a aparecer en compañía de otros rostros heteróclitos. Al menos creían poder afirmar que un titiritero fanfarrón y charlatán, disfrazado de varias maneras, era el mismo que había rondado entre Briantes y la Motte Seully, durante varios días, en la época del encuentro de Mario.
Como consecuencia de estos informes supusieron que se trataba de vagabundo y bandidos de los más desconfiados y astutos, y se concertaron para apoderarse de su secreto sin llamar su atención.
Convinieron separarse en el acto, porque bien podía ser que aquellas gentes se hubiesen dado cuenta de la visita del marqués a Brilbault y que tuviesen espías en acecho detrás de los matorrales de los caminos.
Guillermo volvería a su casa a buscar un buen número de criados y fingiría marcharse a Bourges.
Monsieur Robin permanecería en el Coudray con los suyos hasta la hora convenida.
Bois-Doré iría a emboscarse por el lado de Thevet, y Jovelin por el de Lourouer.
Al caer la noche, los criados y los vasallos, dirigidos por los cuatro jefes, formarían en el campo un círculo que se estrecharía bruscamente, como se hace para cazar lobos; cada uno había de calcular el tiempo que necesitaba, dado su punto de partida, para llegar en el momento de cercar el castillo de Brilbault.
Fijaron este momento para las diez de la noche. Hasta entonces marcharían silenciosamente, evitando, en lo posible, el ser vistos; dejarían pasar a todo el que se dirigiese hacia Brilbault; pero desde las diez en adelante detendrían a todo el que intentase salir.
Se prohibió matar o herir a nadie, a menos de ser atacados seriamente, porque el objeto principal era hacer prisioneros y así conseguir revelaciones.
También quedó convenido que cada cual partiría aisladamente, y fueron asignados los puestos, siguiendo los conocimientos estratégicos que Guillermo y el marqués poseían de todos los alrededores.
Guillermo se separaría de sus gentes en la Berthenoux y éstas se diseminarían a lo largo del Ignerai. Monsieur Robin iría solo a casa de su aparcero; entretanto sus gentes franquearían por veinte caminos distintos la pequeña distancia que separa Coudray y Brilbault, cuidando guardar toda la línea de Saint-Chartier.
Por su parte, Bois-Doré iría a dar un paseo a Montlevic y desde allí se dirigiría solo hacia el lugar de la cita, de la misma manera que sus dos amigos, para evitar toda sospecha en cualquiera que observase sus movimientos.
Después de tomar todas las disposiciones podían contar, para obrar con seguridad, con un centenar de hombres fornidos y listos. Bois-Doré aportaba aproximadamente unos cincuenta, a pesar de dejar una docena de buenos servidores para guardar su castillo y su gentil huéspeda Lauriana.
Para que los supuestos espías le creyesen ajeno a cualquier proyecto referente a Brilbault, el marqués llevó consigo a Mario hasta el castillo de Montlevic, como si fuesen a hacer una visita a sus jóvenes vecinos.
Los Orsanne eran nietos de Antonio de Orsanne, antiguo calvinista y teniente general del Berry.
El marqués y Mario pasaron una hora en su casa; luego Bois-Doré encargó a Aristandre que condujese a su hijo a Briantes, y montó a caballo para ir a Etalié, que es una aldea situada en el camino de La Châtre a Thevet, en la cima de una altura llamada Terrier.
Mario, intrigado por estas precauciones, quiso acompañarle; pero él le contestó que iba a cenar a casa de Guillermo de Ars y que volvería temprano.
El niño montó, suspirando, en su caballito; presentía alguna aventura, y, a fuerza de vivir entre hidalgos, el gentil aldeano de los Pirineos se había vuelto hidalgo también, en el sentido novelesco y caballeresco que el buen marqués atribuía aún a este título.
Conocida es la maravillosa facilidad con que la infancia se modifica y se transforma siguiendo la tendencia del ambiente en el que se halla trasplantada. Mario soñaba ya con hermosas proezas guerreras, con gigantes que él mataría y con damiselas cautivas que libertaría.
Intentó insistir a su manera, obedeciendo sin murmurar, pero levantando sus hermosos ojos, tiernos y persuasivos, hacia el anciano, que le adoraba.
-No, mi querido conde -contestó Bois-Doré, que comprendía perfectamente su silenciosa súplica-; no puedo dejar sola, de noche, en mi castillo a la amable joven que me han confiado. Pensad que es vuestra hermana y vuestra dama, y cuando yo me veo forzado a ausentarme, vuestro sitio está junto a ella para servirla, y, en caso necesario, para defenderla.
Mario se rindió ante tan halagadora hipérbole, y, picando espuelas, volvió a encaminarse al galope hacia Briantes.
Aristandre le seguía con la orden de volver junto al marqués tan pronto como hubiera dejado al niño en el castillo.
La noche era, como la de la víspera, bastante suave para la temporada. El cielo, a ratos nublado y a ratos esclarecido por tibias ráfagas, estaba bastante sombrío en el momento en que el joven jinete y su servidor entraron en la torrentera y pasaron bajo los viejos árboles de la aldea.
Subían rápidamente uno de los tortuosos caminitos bordeados por altas zarzas, que hacían oficio de calles entre los treinta o cuarenta fuegos que componían aquella aldea, cuando el caballo de Mario, que iba delante, dio una espantada, resoplando aceleradamente.
-¿Qué es esto? -dijo el niño, que permaneció firme sobre su silla-. ¿Algún borracho dormido a través del camino? Levántale, Aristandre, y condúcele a su casa.
-Señor conde -contestó el carrocero, que había echado rápidamente pie a tierra-, si está borracho, puede decirse que lo está en grande, porque parece un tronco.
-¿Te ayudo? -preguntó el niño apeándose del caballo.
Se acercó e intentó ver el rostro de aquel vasallo, que no contestaba a ninguna pregunta de Aristandre.
-Yo no sé si este hombre es del lugar -dijo el carrocero con su cachaza acostumbrada-; pero lo que sí sé, a fe mía, es que, si no está muerto, poco le falta.
-¡Muerto! -exclamó el niño-. ¿Aquí, en medio del pueblo, y sin que nadie haya pensado en socorrerle?
Corrió hacia la cabaña más próxima y la encontró desierta; la lumbre ardía y el puchero abandonado hervía, salpicando las cenizas; en medio de la habitación había un banco caído.
Mario llamó en vano; nadie contestó.
Se disponía a correr hacia otra casa, porque todas estaban separadas entre sí por recintos bastantes vastos, llenos de árboles, cuando de pronto disparos y rumores extraños, que dominaban el ruido producido por las patas de su caballo sobre las piedras del camino, le hicieron estremecerse y detener bruscamente su montura.
-¿Oís, señor conde? -exclamó Aristandre, que había dejado al muerto al borde del camino y había vuelto a montar a caballo para reunirse con su joven señor-. Ese ruido viene del castillo, y con toda seguridad ocurre allí algo raro.
-¡Corramos! -dijo Mario, poniendo de nuevo su caballo al galope-. ¡Si es una fiesta, mucho ruido hacen!
-¡Esperad, esperad! -gritó el carrocero redoblando su velocidad para detener el caballo de Mario-; eso no es una fiesta. No puede haber fiesta en el castillo sin vos y sin el señor marqués. ¿Es una batalla! ¿Oís los gritos y los juramentos?
Y mirad: ¡otro hombre muerto o malherido al pie de la muralla! ¡Apartaos, señor; ocultaos por el amor de Dios! Corro a ver lo que ocurre y vuelvo a decíroslo.
-¡Tú bromeas! -exclamó Mario desasiéndose-. ¿Ocultarme mientras asaltan el castillo de mi padre?... ¡Y mi Lauriana! ¡Cerramos a defenderla!
Se precipitó sobre el puente levadizo, que estaba bajado, cosa extraña después de caer la tarde.
Al resplandor de un haz de paja que ardía ante los edificios del cortijo Mario distinguió confusamente una escena incomprensible.
Los vasallos del marqués luchaban cuerpo a cuerpo con una banda numerosa de seres cornudos, erizados, relucientes, que más parecían demonios que hombres. De vez en cuando sonaban disparos de escopeta o de pistola; pero no se trataba de un combate en regla, sino de una refriega a consecuencia de alguna brusca y desagradable sorpresa. Veíanse grupos furiosos retorcerse y abrazarse en un instante y desaparecer de pronto en las tinieblas cuando la hoguera se obscurecía bajo nubes de humo.
Mario, sujeto por el carrocero, no podía precipitarse en la pelea. Se debatía en vano, llorando de rabia.
Al fin tuvo que atender a razones.
-Veis, señor -le decía el buen Aristandre-, impedís que yo vaya a echar una mano. Y mi puño vale por cuatro. Pero tengo que responder de vos, y ni el demonio haría que os soltase, como no me juréis que permaneceréis tranquilo.
-Entonces ve -dijo Mario-, te lo juro.
-Pero si os quedáis aquí, a la vista de cualquiera... ¡Mirad! Os voy a ocultar en el jardín.
Y, sin esperar el consentimiento del niño, el coloso le levantó del caballo y le llevó al jardín, cuya puerta se abría a mano izquierda, cerca de la torre de entrada. Le encerró y corrió a mezclarse en la refriega.
Por muy áridos que sean estos detalles, nos vemos obligados, para la comprensión de lo que sigue, a recordar al lector la disposición del pequeño castillo de Briantes. Si se recuerda muchos antiguos solares, construídos sobre el mismo plano y que existen aún sin grandes modificaciones, podrá representarse el castillo en cuestión.
Suponed que entramos pasando por el puente levadizo, bajado sobre la primera línea de fosos; detengámonos un instante en este sitio.
La compuerta está levantada; examinemos este sistema.
Era una especie de rastrillo menos pesado y menos costoso que el de hierro. Se componía de una serie de estacas móviles, independientes unas de otras y que accionaban, lo mismo que el rastrillo, en la arcada de la torre de entrada. Hacía falta más tiempo para poner en movimiento el mecanismo de estas compuertas que el del rastrillo de una sola pieza; pero ofrecía la ventaja de que una sola persona, colocada en el cuarto de maniobras, bastaba para alzar una de las estacas, y, en caso necesario, dar paso a un fugitivo sin ofrecer a los sitiadores una entrada demasiado espaciosa.
El cuarto de maniobras era una sala o galería dentro de la torre de entrada, encima de la bóveda, con unos huecos que permitían también tirotear a los sitiadores o arrojarles proyectiles cuando habían logrado franquear el foso y romper la compuerta y un nuevo combate se entablaba bajo la bóveda.
El cuarto de maniobras se comunicaba con una especie de terraza con celosías y almenas, que coronaba el arco del rastrillo en la parte exterior de la torre.
Desde allí se arrojaban balas y piedras sobre el enemigo para impedirle llegar a la compuerta.
La torre de entrada de Briantes, que tenía estos medios de defensa, se elevaba al borde del foso. Le daban el nombre de torre de la puerta, para distinguirla de la torre del postigo, de la que hablaremos luego. La puerta daba entrada a un vasto recinto, que comprendía el cortijo, el palomar, la halconera, etc..., al que llamaban invariablemente el corral, y estaba siempre situado más bajo que el nivel del patio.
A la izquierda se extendía el muro elevado del jardín, agujereado de trecho en trecho por troneras, detrás de las que se podía también, en caso de una sorpresa, tirotear al enemigo, cuando éste se había adueñado del corral.
Un camino empedrado conducía en línea recta, a lo largo de este muro, al segundo recinto, donde el segundo foso, alimentado por el riachuelo, se juntaba con el estanque, situado al extremo del patio.
Sobre este foso, bordeado por su contraescarpa, cubierta de hierba, había un puente fijo, es decir, un puente de piedra muy antiguo y que formaba un recodo con relación a la torre de entrada.
Esta disposición era general en la Edad Media; ciertos arqueólogos la explican diciendo que así los arqueros sitiadores, al alzar los brazos para tirar, descubrían sus flancos a los arqueros sitiados. Otros dicen que aquel recodo rompía forzosamente el ímpetu del asalto. Lo mismo da.
La torre del postigo cerraba este puente y el patio. Tenía un pequeño rastrillo de hierro y fuertes puertas de encina guarnecidas con enormes cabezas de clavos.
Era, con el foso, la única defensa del castillo propiamente dicho.
El marqués había tenido el capricho de echar abajo la torre de sus abuelos y reemplazarla por el pabellón al que llamaban la gran casa, porque pensaba, y con razón, que ni con fortaleza ni con finca de recreo su casa hubiera podido resistir una hora contra el más insignificante ataque. Pero el foso profundo, los pequeños falconetes colocados a cada lado del postigo, y las ventanas, con sus troneras mirando al corral, eran capaces de resistir bastante tiempo contra los débiles medios de ataque de que podían disponer los bandidos o los vecinos hostiles. Por una costumbre de lujo más que de prudencia, el castillo estaba siempre bien provisto de víveres y de municiones.
Añadiremos que los fosos y las murallas, en perfecto estado, lo cercaban todo, incluso el jardín, y si Aristandre hubiera tenido tiempo para reflexionar, hubiera llevado a Mario al pueblo, fuera del corral, en lugar de llevarle a aquel jardín, que lo mismo podía ser para él una prisión que un refugio.
Pero no se piensa en todo, y Aristandre no podía suponer que no fuese cosa fácil y rápida arrojar al enemigo fuera de la plaza.
El buen hombre no brillaba por su inteligencia; fue una suerte para él el que las figuras fantásticas y realmente espantosas que se ofrecieron ante sus miradas sorprendidas no le hubiesen perturbado. Era tan crédulo como el que más, y se sintió perplejo, pero sin dejar de correr; después de matar a uno o dos, se hizo el razonamiento filosófico de que aquellos extraños seres eran chusma y nada más.
Mario, arrimado a la verja del jardín y jadeante de ardor y de emoción, no tardó en perderle de vista.
El almiar incendiado se había derrumbado; la batalla tenía lugar en la obscuridad; solamente algunos ruidos confusos permitían al niño seguir las peripecias de la acción.
Supuso que la intervención del robusto y bravo Aristandre devolvía valor a los defensores del castillo; pero después de unos momentos de incertidumbre, largos como siglos, le pareció que los agresores ganaban terreno, que los gritos y los pasos retrocedían hasta el puente, y tras un breve instante de silencio oyó un disparo y la caída de un cuerpo al río.
Pocos segundos después el rastrillo del postigo cayó estrepitosamente y una descarga de los falconetes hizo retroceder, con vociferaciones horribles, a los sitiadores, que se hallaban ya sobre el puente.
La primera parte del incomprensible drama había terminado; los sitiados se habían encerrado en el patio y los invasores eran dueños del corral.
Mario estaba solo; Aristandre estaba muerto sin duda, puesto que le abandonaba en medio, al menos cerca, de enemigos que de un momento a otro podían derribar la verja, hacer irrupción en el jardín y apoderarse de él.
No había medio de huir sin escalar la verja y sin arriesgarse a caer en manos de aquellos monstruos. El jardín no tenía salida más que al corral, y no comunicaba con el castillo.
Mario sintió miedo; después, la idea de la muerte de Aristandre, y acaso de algún otro leal servidor, hizo fluir sus lágrimas, y el recuerdo de su pobre caballito, al que había dejado suelto a la entrada del patio, aumentó su pena.
Lauriana y Mercedes estaban sin duda en seguridad, y debía de haber todavía mucha gente entorno suyo, puesto que un silencio desolador reinaba por el lado de la aldea, lo que probaba que bichos y gentes se habían apresurado a refugiarse en el recinto para recibir al enemigo, amparados por las murallas. Según la costumbre de la época, a la menor alarma, los vasallos iban a buscar y a llevar a la vez ayuda y socorro al castillo señorial. Acudían con sus familias y sus ganados.
-Pero si Lauriana y mi morisca sospechan que estoy aquí -pensaba el pobre Mario-, ¡qué intranquilas deben de estar! Tengo la esperanza de que crean que no he vuelto. Y mi buen Adamas estoy seguro de que está como loco. ¡Con tal de que no le hayan hecho prisionero!
Sus lágrimas corrían silenciosamente; se hallaba acurrucado en un matorral de tejos tallados y no se atrevía ni a asomarse a la verja, por temor a ser visto por el enemigo, ni a alejarse, por no perder de vista lo que distinguía de la escena de confusión que reinaba en el corral.
Oía los lamentos de los sitiadores alcanzados por la metralla de los falconetes. Los habían transportado al cortijo, y sin duda allí había también moribundos y heridos del partido de los sitiados, porque Mario distinguía inflexiones de voces que parecían reproches y amenazas. Pero todo aquello era confuso; desde el jardín hasta el cortijo había una distancia bastante grande; además, el riachuelo, crecido por las lluvias invernales, hacía ya mucho ruido.
Los sitiados acababan de levantar las esclusas y las palas del estanque, para engrosar las aguas del foso y hacer su corriente más rápida.
Una claridad se elevaba de la puerta del castillo; sin duda los del patio habían encendido también una hoguera para verse, contarse y organizar la defensa. La de los sitiados no proyectaba ya más que un reflejo rojizo, a través del que Mario vio flotar rápidamente sombras indecisas.
Después oyó un ruido de pasos y voces que se acercaban, y creyó que iban a explorar el jardín.
Permaneció inmóvil y vio delante de la verja, por fuera, a dos personajes singularmente ataviados, que se dirigían hacia la torre de entrada.
Contuvo su respiración y pudo oír el siguiente trozo de diálogo:
-¡Esos perros malditos no llegarán antes que él!
-¡Mejor! Tendremos mayor parte.
-¡Imbéciles! Creéis poder apoderaros solos...
Las voces se perdieron, pero Mario las había reconocido. Eran las de La Fleche y del viejo Sancho.
A pesar de que tal descubrimiento no tuviera nada de tranquilizador, el valor le volvió de pronto.
El asunto de la Rochaille no había podido quedar oculto mucho tiempo para el niño, y éste comprendía que el asesino de su padre, el ciego instrumento de Alvimar, tenía que ser en adelante el más encarnizado enemigo del nombre de Bois-Doré; pero la intervención de La Fleche le hizo concebir la esperanza de que los auxiliares de Sancho fuesen los gitanos, antiguos compañeros de miseria del niño errante.
Pensó, con razón, que aquellos vagabundos habían debido de asociarse con otros bandidos más determinados; pero todo esto le pareció menos temible que una expedición en regla, ordenada por las autoridades de la provincia, según hubiera podido temerse, y cruzó por su mente la idea de llamar a La Fleche y conquistar sus favores. Pero al recordar el aire brutal y sombrío con que el gitano le había hablado unos meses antes en aquel mismo sitio la desconfianza le volvió.
Entonces se puso a reflexionar acerca de las palabras que acababa de oír. Se dio cuenta de que tenía necesidad de toda su lucidez para comprenderlas, y, dado el caso, sacarles todo el partido posible.
Sin duda los invasores esperaban un refuerzo que no llegaba todo lo pronto que Sancho hubiera deseado. «No llegarán antes que él.» Ese él no podía ser más que el marqués, cuyo regreso temían. «¡Mejor! Tendremos mayor parte»; esto indicaba en La Fleche la esperanza del saqueo. «Imbéciles, creéis poder apoderaros solos...» (evidentemente del castillo) era una confesión de la impotencia de los sitiadores para llevar a cabo el sitio de la casa.
Y Mario, que había distinguido rostros embadurnados, enmascarados, horribles, grotescos, disfraces empleados por los gitanos sin duda para asustar a los aldeanos del pueblo y del cortijo y que le habían asustado a él también a pesar de su valor, estaba más tranquilizado por tenérselas que haber con granujas de carne y hueso y no con seres fantásticos y peligros inexplicables.
Como por el momento no podía hacer más que permanecer inmóvil, esperó que las voces y los pasos se alejaran de la verja para alejarse a su vez y buscar un refugio contra el frío de la noche en una de las casetas del jardín.
Pensó que el laberinto, cuyos caminos él conocía tan perfectamente, le permitiría escapar por unos instantes a la eventualidad de una persecución, y entró en él, dirigiéndose con certeza hacia la pequeña cabaña llamada por metáfora el Palacio de Astrée.
Apenas había entrado cuando le pareció oír un ruido de pasos en la arena del paseo circular.
Escuchó.
-Serán hojas secas, arrastradas por el viento -pensó-, o algún bicho del cortijo que huye hacia aquí. ¿Pero entonces la verja del jardín está abierta? ¡Y yo estoy perdido! ¡Dios mío! ¡Tened compasión de mí!
Pero el ruido era tan leve, que Mario se abrevio a mirar a través de la hiedra que tapizaba su albergue y vio un pequeño ser que rondaba indeciso como para buscar un refugio en el mismo lugar.
Mario no había tenido tiempo de cerrar la puerta de la cabaña; aquel ser entró y le dijo en voz baja:
-¿Estás ahí, Mario?
-¿Eres tú, Pilar? -exclamó el niño sorprendido y con un sentimiento de alegría al reconocer a su amiguita, a la que había creído muerta.
Pero añadió tristemente:
-¿Me buscas para entregarme?
-¡No, no, Mario! -contestó ella-. Quiero huir de La Fleche. Sálvame, mi Mario; sufro demasiado con ese hombre maldito.
-¿Y cómo podría salvarte cuando no sé cómo salvarme yo?... Vete de aquí, o quédate sin mí, mi pobre Pilar; porque esos bandidos, al buscarte, me encontrarán también.
-No, no. La Fleche cree que me he quedado allí con el muerto.
-¿Qué muerto?
-Le llaman Alvimar. Ha muerto la otra noche y le han enterrado esta mañana.
-Tú sueñas... o yo no comprendo. ¡No importa! ¿Te has escapado?
-Sí; yo sabía que venían aquí a coger tu castillo y tu tesoro; he bajado a gatas por una ventana muy chiquitita y he seguido a la banda desde lejos. Esperaba que matarían a La Fleche y a los granujas que no han querido nunca tener compasión de mí.
-¿Qué granujas?
-Los titiriteros que ya conoces y muchos más a quienes no conoces y que han venido a reunirse con ellos. Te aseguro que bien me han hecho sufrir en Brilbault.
-¿Qué es Brilbault? ¿No es una casucha cerca de...?
-No sé. Yo no salía nunca. Ellos correteaban todo el día y me dejaban sola con el herido, que no acababa de morirse, y con su viejo criado, que me aborrecía porque pretendía que yo le daba la mala sombra al señor e impedía que se curase. Bien hubiera yo querido que se muriera antes, porque yo también aborrecía a esos españoles. Y les he echado muchas maldiciones. Al fin, el más joven ha muerto en medio de aquellos locos que bebían, cantaban y gritaban toda la noche y no me dejaban dormir. Por eso estoy enferma; siempre tengo fiebre...; acaso sea mejor; así no tengo hambre.
-¡Pobrecilla! Toma todo el dinero que llevo encima. Si puedes escaparte, te servirá; pero aunque yo no comprenda nada de lo que me cuentas, me parece que has hecho una locura al venir aquí, en lugar de huir lejos de La Fleche, y me temo que estés de acuerdo con él para...
-No, no, Mario, guarda tu dinero; y si crees que te quiero entregar, ve a ocultarte en otro sitio, que yo no te seguiré. No soy mala contigo, Mario. No quiero a nadie más que a ti en el mundo. He venido porque creía que mientras se estuviesen batiendo yo podría entrar en tu castillo y quedarme contigo. Pero tus aldeanos han tenido demasiado miedo; han matado a vinos; los otros se han refugiado en el patio. Tus criados se han defendido bien, pero no han sido los más fuertes. Yo estaba escondida debajo de unas tablas, junto al muro del jardín, por dentro. Lo veía todo por una rendija. Te he visto entrar en el patio a caballo; he visto que un hombre enorme te encerraba aquí. Al pronto no te reconocía con tus lindos trajes; pero cuando has venido a esta casita he reconocido tu paso y te he seguido.
-Y ahora ¿qué vamos a hacer? ¿Escondernos lo mejor que sea posible en este jardín, donde sin duda vendrán a registrar?
-¿Qué quieres que vengan a hacer en un jardín? Bien saben que en invierno no hay frutas que robar. Además, esos malditos han encontrado ya para comer y beber en los grandes edificios que hay allí; ¿es la granja, verdad? Ya sé yo lo primero que hacen cuando entran en una casa que no está guardada. No necesito verlos. Matan a los animales y los ensartan; vacían las cubas, derriban las puertas de los armarios; llenan sus bolsillos, sus sacos y sus vientres. Dentro de una hora estarán todos locos, se pelearán y se maltratarán los unos a los otros. ¡Ah! Si el tonto de tu criado no nos hubiera encerrado aquí, no nos sería difícil marcharnos. Pero el muro de este jardín tendrá sin duda algún agujero por donde se pueda pasar el cuerpo. Yo soy muy chiquita y tú no eres gordo. A veces, gateando por un árbol, se llega a lo alto del muro. ¿Es que ya no sabes gatear y saltar, Mario?
-Sí; pero sé que no hay ni agujero ni árbol que nos pueda servir. Hay un estanque que bordea el patio; pero todavía no sé nadar. Desde que estoy aquí ha hecho demasiado frío para que haya podido aprender. Hay una lancha que nos podían mandar desde el castillo si supieran que estamos aquí. ¿Pero cómo nos van a ver? Es ya demasiado de noche. Tampoco pueden oírnos. La esclusa hace demasiado ruido. ¡Ah!, mi pobre Aristandre ha sido hecho prisionero o muerto, puesto que...
-¡No, no, mi condecito! -dijo desde fuera una voz sonora que se esforzaba en hacerse misteriosa-. Aristandre está aquí; os busca y os oye.
-¡Ah, mi querido carrocero! -exclamó Mario echando los brazos alrededor de la enorme cabeza que pasaba por la lumbrera baja del reducido local-. ¡Eres tú! ¡Pero qué mojado estás, Dios mío! ¿Es sangre?
-No, ¡a Dios gracias!; es agua -contestó Aristandre-; agua muy fría; pero no he tragado nada, afortunadamente para mí. He sido empujado, empujado a pesar mío, hasta el puente, por nuestros diablos de aldeanos, que retrocedían para entrar en el patio. Me he dado cuenta de que yo también me iba a ver obligado a entrar y que ya no podría salir para venir a reunirme con vos. Entonces he disparado mi último tiro y me he arrojado al río. ¡Demonio de río! Creí que no saldría ya de sus aguas, tanto más cuanto que desde el castillo han disparado sobre mí, tomándome por un enemigo. En fin, ya estoy aquí. Hace un cuarto de hora que os estoy buscando; ya me suponía que estaríais en el escondrijo -Aristandre llamaba así al laberinto-; pero hace diez años que le conozco, y todavía me pierdo en él. Vaya, hay que salir de aquí. ¿Pero con quién diablos estáis?
-Con alguien a quien también hay que salvar: una niña desgraciada.
-¿De la aldea? ¡Bah! No me importa; se la salvará si se puede. ¡Vos primero! Voy a ver lo que ocurre en el corral; quedaos aquí y hablad quedo.
Aristandre volvió al cabo de pocos momentos. Estaba preocupado.
-No es fácil salir -dijo a los niños en voz baja-. ¡Ah! ¡Esos aldeanos! ¡Hace falta ser torpes para dejar tomar el cortijo! Y si ahora que los granujas están en plena borrachera se hiciese una salida, se podría hacer una matanza como si fuesen cerdos. Parecen demonios, pero yo aseguro que son personas disfrazadas, verdadera chusma. ¡Oid cómo gritan y cantan!
-Pues aprovechémonos de su embriaguez -dijo Mario-; crucemos este trozo de patio en el que acaso no haya nadie y lleguemos corriendo a la torre de la puerta.
-¡Ah!, sí, claro; pero los granujas se han encerrado. Bien saben ellos que el señor marqués puede llegar durante la noche, y entonces tendría que poner el sitio ante su propia puerta.
-¡Sí! -exclamó Mario-; por eso he visto a Sancho ir en esa dirección con La Fleche.
-¿Sancho? ¿La Fleche? ¿Los habéis reconocido? ¡Ah! ¡Buenas ganas se me pasan de ir yo solo a entendérmelas con esos famosos jefes!
-No, no -dijo Pilar-. Son más fuertes y más malos de lo que creéis.
-Pero si se han limitado a cerrar la puerta, nosotros la podemos volver a abrir -dijo Mario, que reflexionaba más rápidamente que el carrocero-. Y si han dejado guardianes... pues entre los dos, Aristandre, podemos intentar matarlos para pasar. ¿Vacilas? No hay más remedio, amigo mío. Hay que ir corriendo a avisar a mi padre. Si no, los nuestros, ya que están asustados, pueden dejar tomar el castillo. Cuando los granujas se hayan saciado intentarán prenderle fuego. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? Vaya, vaya, carrocero, amigo mío -añadió el valiente niño desenvainando su pequeña espada-, coge una maza, una estaca, un árbol, cualquier cosa y ¡adelante!
-Esperad, esperad, mi lindo señor -contestó Aristandre-; pero aquí hay herramientas; dejadme buscar. Bueno, ya tengo una pala; no, es un pico. Lo prefiero; con esto no temo a nadie. Pero ¿sabéis dónde está vuestro padre?
-No; tú me conducirás.
-Si salgo del apuro, sí; si no, tendréis que ir solo. ¿Sabéis dónde está Etalié?
-Sí; ya he ido. Conozco el camino.
-¿Y la hostería del Gallo Rojo?
-También; he estado dos veces. No es difícil encontrarla. Es la única casa de aquel lugar. ¿Y qué?
-Vuestro padre estará allí hasta las diez de la noche. Si llegáis tarde, id a Brilbault; allí lo encontraréis.
-¿En la parte baja de Coudray?
-Sí; allí estará con los suyos. La caminata es larga. ¿Podréis hacer tanto camino a pie?
-Yo iré en seguida a Brilbault -dijo Pilar-. Conozco el camino; de allí vengo.
-¡Sí! -exclamó el carrocero-. Ve, niña; avisarás a monsieur Robin. ¿Le conoces? ¿Tú no eres de aquí?
-No importa. Ya lo encontraré.
-O a monsieur de Ars. ¿Te acordarás?
-Le conozco; le he visto una vez.
-Entonces, andando. ¡Ah! monsieur Mario, ¡si pudiera echar mano a vuestro caballito! Iríais más de prisa y sin necesidad de fatigaros.
-Sé correr -dijo Mario-. No pienses en el caballo; es inútil.
- Un momento -prosiguió Aristandre-, y fijaos bien. El puente está alzado. ¿Sabéis bajarle? ¡No pesa nada!
-Es muy fácil.
-Pero el rastrillo está bajado. Sin embargo, no os preocupéis. Voy a subir a la sala de maniobras. Si hay gente, peor para ellos. No os entretengáis en esperarme. ¡Pasad, corred, volad! Si la estaca cae sobre la niña, peor para ella; no será vuestra la culpa ni mía. ¡A la gracia de Dios! Corred; ya os alcanzaré.
-Pero si te...
Mario se detuvo con el corazón oprimido.
-¿Si me matan, queréis decir? Pues por mucho que lo sintáis, no remediaríais nada ya. Si me compadecéis, perderéis la cabeza y las piernas; no debéis pensar más que en correr.
-No, amigo mío; son muchos peligros para ti. Quedémonos escondidos aquí.
-¡Y mientras que estamos escondidos, pueden abrasar a madame Lauriana, a vuestra Mercedes, a Adamas... y a mis pobres caballos que están ahí dentro!... Bueno, voy yo solo. Cuando el paso esté libre, entonces saldréis...
-Vamos, vamos -dijo Mario-. ¡Todo por Lauriana y Mercedes!
Se disponía a precipitarse fuera del jardín, pero Pilar lo detuvo.
-Ten cuidado -le dijo-, porque yo sé que van a venir otros malditos. Si los encuentras, escóndete bien, porque los botones de tu traje relucen de noche como si fuesen brillantes, y para apoderarse de tus ropas te matarán.
-¡Una idea! -exclamó Mario-. Voy a ponerme mis harapos de cuando era pobre, que están aquí.
El lector no habrá olvidado el trofeo campestre, sentimental y filosófico, que se colgó con gran ceremonia en la cabaña.
Mario lo descolgó rápidamente, y en dos minutos, arrojando al suelo el raso, el terciopelo y los galones de que estaba cubierto, revistió su antiguo indumento; hecho esto, se dirigió hacia la puerta sigilosamente y sin decir una palabra.
Ya fuera del jardín, no les quedaba por recorrer más que unos cincuenta pasos a lo largo del muro... Los salvaron, si no sin peligro, al menos sin obstáculo, bajo el ruido de las risas, las blasfemias, los gritos y los cantos broncos que partían del cortijo. La torre de entrada estaba sombría y silenciosa. Aristandre colocó a los dos niños junto al rastrillo. Mario, delante, tocando la última estaca de la izquierda. Luego cogió con su mano, la del niño, para que éste cogiese el rastrillo de la cadena que mantenía el puente alzado.
Se trataba solamente de sacar aquel anillo del gancho clavado en la muralla.
El hablar hubiera sido peligroso. En torno de ellos, en la escalera, sobre sus cabezas, podía y debía de haber centinelas dormidos o distraídos.
Mario no podía estrechar las manos del carrocero con las suyas, porque ya sujetaba el anillo libre y la cadena tendida. Llevó a sus labios aquella mano ruda y depositó sobre ella un beso silencioso; acaso era una despedida eterna.
Aristandre se sintió profundamente conmovido, pero desasió bruscamente su gruesa mano como para decir: «Vaya, no penséis más que en vos», y haciendo vivamente la señal de la cruz en las tinieblas subió resueltamente la escalera, breve y pina, de la galería de maniobras.
-¿Quién vive? -gritó una voz sorda, que Mario reconoció en seguida por ser la de Sancho.
Y como el carrocero seguía subiendo y llegaba al lado izquierdo de la galería, la voz añadió:
-¿Contestarás, palurdo? ¿Estás borracho? Contesta o tiro sobre ti.
No había transcurrido un minuto cuando se oyó un disparo; pero la estaca estaba alzada; Mario soltó la cadena, se precipitó sobre el puente y huyó sin volver la cabeza.
Le pareció que gritaban «¡Alerta!» y que una bala pasaba silbando junto a sus oídos; pero hasta tal punto estaba trastornado, que no oyó la detonación.
Al hallarse fuera del alcance de las balas, se apoyó contra un árbol, sintiéndose desfallecer ante el pensamiento de lo que debía de ocurrir entre el pobre Aristandre y los centinelas enemigos.
Oyó grandes clamores en la torre, y como un ruido de golpes contra la piedra. Era que Aristandre hacía con sin azadón el molinete en la obscuridad; pero el carrocero guardaba silencio, a fin de pasar por un gitano borracho, y Mario, intentando en vano distinguir su voz en medio de las demás, perdía la esperanza y al mismo tiempo el valor para huir sin él.
El pobre niño pensaba tan poco en sí mismo, que ni siquiera se estremeció al sentir que le oprimían un brazo.
Era Pilar, que había corrido más que él y que volvía atrás para buscarle.
-¿Pero qué haces aquí? -le preguntó-. Vamos, aprovechemos el tiempo mientras le están matando. Cuando hayan acabado con él correrán detrás de nosotros.
La espantosa sangre fría de la gitanita horrorizó a Mario. Había sido educada entre escenas de violencia y de matanza, y casi ya no sabía lo que era miedo; ¡ni siquiera sospechaba la piedad!
Pero por una extraña y rápida asociación de ideas, Mario pensó en Lauriana, y toda la energía de que un niño puede ser capaz volvió a animar su corazón.
Reanudó su carrera, y después de indicar a Pilar que le siguiese por el camino de abajo, se dirigió hacia el que sube a las mesetas del Chaumois.
A los diez pasos cayó por haber tropezado con un objeto atravesado en el camino. Era el segundo cadáver que Aristandre lo había enseñado a la ida y que no había tenido tiempo de examinar.
Al verse sobre aquel muerto, Mario se sintió inundado por un sudor frío. ¡Acaso era Adamas! Tuvo el valor de tocarle, y después de cerciorarse de que el traje era de aldeano, se echó de nuevo a correr.
La vista del cielo pálido sobre la llanura desnuda le devolvió un poco la tranquilidad; la obscuridad le ahogaba; pero en aquella llanura un nuevo terror le esperaba.
Una forma incolora e indecisa parecía errar entre los surcos. Iba hacia él; intentó evitarle; le seguía. ¿Sería algún animal que le perseguiría? Todas las leyendas de las veladas de aldea acerca de la perra blanca y del duendecillo que gritaba: «¡Roberto ha muerto!» asaltaron a su memoria.
Pero de pronto el animal relinchó y se acercó lo bastante para ser reconocido. Era el caballito de Mario, que le había adivinado desde lejos y volvía a ofrecerse a él.
-¡Ay! ¡Mi pobre Coquet! -exclamó el niño acariciándole las crines-. ¡Qué a punto vienes! ¿Y me reconoces tú, pobrecito, a pesar de estos trajes que no has visto nunca? ¿Has tenido mucho miedo en esa horrible batalla? ¿Te has escapado antes de que alzasen el puente y estás comiendo cardos secos en lugar de avena? Vamos, vamos; los dos comeremos cuando tengamos tiempo.
Mientras charlaba en esta forma con su caballo, Mario arreglaba el estribo, algo estropeado por los matorrales. Luego montó y partió como una flecha.
Dejémosle correr y volvamos a Briantes, donde la situación de los sitiados nos causa cierta inquietud.
Cuando Mario y Aristandre llegaron a Briantes, no hacía aún un cuarto de hora que los bandidos habían efectuado su brusca aparición.
Lauriana se disponía a sentarse a la mesa cuando se oyeron gritos confusos y tiros en la aldea. Podemos, siguiendo la costumbre del país, decir el burgo, puesto que aquella reducida colonia estaba antiguamente fortificada; pero el viejo muro galorromano se hallaba derribado por más de veinte sitios hasta el nivel del suelo, sin que desde hacía mucho tiempo se hubiese tomado nadie el trabajo de ponerle puertas.
Al pronto, los habitantes del castillo, e incluso los de la granja, tomaron aquellos ruidos por los de una cacería dada por los aldeanos contra alguna presa importante extraviada en su recinto; pero aquel tumulto no tardó en adquirir un carácter más alarmante.
Cada cual se armó con lo que tuvo a mano, y los labriegos, blandiendo sus mayales, acudieron a la torre de entrada. Pero en el mismo momento fueron rechazados y paralizados por los habitantes del burgo, que habían llegado de todas partes y se hallaban reunidos en las cercanías del puente; en su espanto, entorpecían y derribaban a los que acudían en su auxilio.
La banda de invasores no se componía más que de unos cincuenta hombres, seguidos por mujeres y niños; pero recordemos que el marqués había puesto en armas y enviado al ataque de Brilbault a todos los hombres robustos y valerosos de su pequeño dominio; por lo tanto, en aquel momento, la población sorprendida por los bandidos se componía de mujeres y niños, de ancianos inválidos y de adolescentes enclenques.
La aparición de las horribles caretas revestidas por aquellos bandidos produjo el efecto que se habían propuesto. Un pánico general se apoderó de los aldeanos y el miedo no les dejó más fuerza que la necesaria para impedir a los buenos servidores del castillo avanzar al encuentro del enemigo.
Uno de los muertos que Mario había encontrado en medio del camino era un muchacho enfermo que cayó y fue aplastado bajo los pies de los fugitivos; el otro, un pobre anciano, el único que intentó revolverse contra los enemigos y al que Sancho mató a culatazos.
Los del castillo no tuvieron tiempo más que para volver a pasar el puente, y no pudieron alzarle a causa de los rezagados, que llegaban gimiendo y pidiendo albergue para ellos y sus ganados. El enemigo aprovechó el desorden para alcanzarles. Entonces el combate se entabló bajo la bóveda de la entrada, donde los del castillo, rodeados por niños que gritaban y por animales estúpidos e inmóviles o heridos y furiosos, se vieron forzados a retirarse en seguida.
Apenas entraron en el corral, los aldeanos los abandonaron para precipitarse sobre el puente fijo, y las buenas gentes, reducidas ya a la decena, fueron rodeadas por los bandidos y obligadas a retroceder hasta el postigo en medio de una lucha heroica.
Uno de los más valientes, el granjero Charasson, fue muerto; los otros, heridos. El terrible Sancho golpeaba con tal rabia, que todos hubieran sucumbido de no ser por la cobardía de La Fleche y sus compañeros, que «se preocupaban más del saqueo y tenían muy pocas ganas de recibir un mal golpe».
Reducidos a siete, los buenos criados tuvieron que entrar en el patio, lo que no fue fácil a causa del amontonamiento de cosas y animales que en él había. Sancho dio el ataque con tal violencia, que una gran parte de los animales se quedó fuera, y otra, presa de espanto, se arrojó al río.
Durante aquella lucha encarnizada, pero tan rápida que apenas había durado diez minutos, Lauriana y Mercedes habían permanecido temblorosas y mudas sobre la plataforma del postigo.
Cuando vieron que los suyos empezaban a ceder se sintieron animadas por el valor que da el miedo a los débiles cuando no son tontos; corrieron hacia los falconetes, siempre dispuestos para cumplir su misión. Se apresuraron a encender las mechas y permanecieron preparadas, animándose mutuamente e intentando recordar lo que habían visto hacer, a modo de ejercicio y aprendizaje, a Mario y a los jóvenes de la casa. Pero no había medio de disparar sobre el enemigo, porque éste luchaba cuerpo a cuerpo con los defensores del castillo.
¿Qué hacía Adamas en aquel momento supremo? Adamas se hallaba en las entrañas de la tierra.
El lector recordará la existencia de un pasaje secreto, por donde, en caso necesario, el marqués contaba con hacer que Lucilio se evadiese.
Este subterráneo pasaba por debajo del foso y conducía a un sendero hondo, que las inundaciones habían enarenado desde hacía algunos años. Adamas había creído que el descombramiento de la salida sería cosa de pocas horas de trabajo. Pero el daño era más considerable de lo que él suponía, y los trabajadores llevaban tres días sin conseguir dejar el pasaje practicable.
Todas las tardes Adamas iba a examinar el trabajo del día, y durante la batalla se hallaba allí metido, haciendo su inspección y tomando medidas, sin sospechar lo que pasaba fuera.
Cuando salió de su agujero, colocado bajo la escalera de la torrecilla, se quedó por unos momentos como ebrio y creyó que estaba alucinado. Pero, hombre de grandes recursos, recobró pronto su serenidad.
Llegaba en el preciso instante en que los sitiados hacían irrupción en el patio y cuando, como todos perdían la cabeza, el enemigo se disponía a entrar también.
Adamas estaba siempre bien calzado, como buen hombre de cámara, y como era ágil, le bastó con un salto para llegar a la maniobra del postigo; y bajó el rastrillo ante las narices de los invasores y algo también sobre sus espaldas; advirtió a tiempo que la base de aquel instrumento no tocaba el suelo.
-¡Clindor! -exclamó al paje que, muy apurado, se disponía a cerrar las puertas ante el rastrillo-. ¡Espera, espera! ¿Cómo es que el rastrillo no baja más? Aun queda un gran espacio hasta la ranura.
Clindor, que no era muy valiente aunque hiciese todo cuanto le era posible por serlo, miró y retrocedió horrorizado.
-¡Ya lo creo! -dijo-; hay tres hombres debajo.
-¡Numes celestes! ¿De los nuestros?... ¡Pero mira a ver, triple idiota!
-No, no, de los otros.
-Pues entonces, mejor; ¡por Mercurio! ¡Pronto, aquí gente! ¡Subid sobre la cabeza del rastrillo! ¡Empujad, empujad! ¿No veis que esos cuerpos muertos servirían para que los vivos pasaran bajo los dientes de hierro, y que si llegan bajo la bóveda prenderán fuego al castillo? ¡Vamos! ¡Vosotros, abajo! ¡A golpes de mazo, a patadas, partid la cabeza de los que quieran pasar! ¡Siega todo lo que encuentres con tu hoz, vivos y muertos, mi bravo Andoche! Y tú, Chataignier, ¿te queda una carga de plomo? ¡A ese hocico rojo que se adelanta!... ¡Eso es! ¡Bravo! ¡Por el dios Teutatós, está bien! ¡En plena jeta! ¡Siempre es uno menos!
Y así, mezclando los apóstrofes sublimes a las trivialidades, con las que se dignaba ponerse al nivel de su gente, Adamas vio con satisfacción que el rastrillo acababa de aplastar los cuerpos y que los sitiadores retrocedían hasta la entrada del puente.
-¡Ahora a los falconetes! -exclamó-. ¡Más de prisa, mis Cupidos! ¡Vamos, mil rayos del diablo! ¡Apuntad, apuntad! ¡Hacedme una fritada con esos pajarracos!
La pequeña artillería del castillo descorazonó a los bandidos, que no tenían con qué responder, y, llevándose sus heridos, se decidieron, a falta de otra cosa, a ir entretanto a saquear el cortijo abandonado.
Arrojaron terneros y corderos vivos en el almiar incendiado, y no tardó en extenderse un acre olor a lana quemada. Rechazaban con horcas a los pobres animales que querían huir de aquel suplicio, y al final los devoraron medio crudos y medio carbonizados. Desfondaron los toneles de la cueva. Todos se emborracharon más o menos, incluso los niños y los heridos. Arrojaron al fuego el cuerpo del desdichado granjero, y hubieran hecho otro tanto con los dos prisioneros de no habérselo impedido la esperanza del rescate, contra el deseo de Sancho, que no quería dar cuartel a nadie.
El viejo español era el único que no pensaba ni en comer, ni en beber, ni en robar. Contra su opinión, la banda de Brilbault se había adelantado a los auxiliares más importantes que él esperaba con impaciencia para consumar su venganza. Lo que le preocupaba no era perder su vida, que ya había sacrificado de antemano, sino ver fracasar su empresa por la precipitación y la avidez de los miserables que se habían unido a él.
Como no había podido hacerles esperar a que llegasen sus verdaderos aliados para abrir la marcha y guiar la expedición, les había seguido para no dejarse arrebatar por nadie la satisfacción de torturar a los caballeros de Bois-Doré, en el caso de que tuviesen la mala suerte de caer en las manos de aquellos bandidos.
Como era el único fanáticamente bravo, había llevado naturalmente la dirección del combate. Pero una vez ganada la batalla, los bandidos habían prescindido de él, y hasta, según hemos visto, tuvo que ir él mismo a guardar la torre de la entrada, por donde era de temer alguna sorpresa, y desde donde, además, acechaba la llegada de los que habían de efectuar la toma y saqueo del castillo y la pérdida de cuantos fueron causa o instrumento de la muerte de Alvimar.
En el castillo reinaba más cordura que en el corral, pero no más tranquilidad, y se tomaban apresuradamente todas las disposiciones necesarias contra un nuevo asalto.
Veían y oían la orgía de los miserables, y si hubieran consentido en sacrificar el cortijo, hubiera sido fácil echarlos a tiros de arcabuz.
Si no lo hacían era porque esperaban ver llegar refuerzos durante la noche, antes de que a los bandidos se les ocurriese prender fuego a los edificios del corral, y además porque temían alcanzar a los prisioneros, cuyo número desconocían, y al ganado, que era demasiado considerable para que fuese devorado enteramente por aquel grupo de hambrientos.
Se contaron y comprobaron la falta de los desdichados que habían muerto o habían sido hechos prisioneros.
Adamas hizo entrar en el edificio de las caballerizas a todo el personal inútil de la parroquia. Dieron a aquellos infelices paja fresca en abundancia y les ordenaron que permanecieran tranquilos y se lamentasen en voz baja, lo que no fue fácil conseguir.
Lauriana y Mercedes practicaron curas a los heridos y dieron de cenar a los niños.
Entretanto, Adamas apostó a su gente en todas las puertas expuestas al tiroteo de los asaltantes, a fin de prevenirlo disparando primero, y para que nadie se adormeciese, pasó el tiempo yendo de uno a otro, distribuyendo elogios y estímulos, mostrando esperanza, temor o confianza absoluta en los acontecimientos, según el temperamento de cada uno. El prudente Adamas no había manejado nunca más armas que el peine y las tenacillas rizadoras, y evidentemente su papel se limitaba al de estimulador; pero todos los que conocen las lentitudes y la apatía del carácter del Berry saben que este papel es a veces necesario, y él sabía hacerle realmente útil.
Cuando todo quedó dispuesto, Adamas, extenuado por la fatiga y la emoción, se dejó caer sobre una silla, en la cocina, para descansar al menos durante unos momentos y reflexionar.
Tenía el corazón oprimido y no se atrevería a confiar su pena a nadie. Él solo sabía que Mario no debía acompañar a su padre a Brilbault y que podía llegar de un momento a otro y ser hecho prisionero, si es que no lo era ya.
Ni Lauriana ni Mercedes compartían su angustia; para no preocuparlas, el marqués los había ocultado sus proyectos, diciendo que sólo se trataba de una batida para la que llevaba a los criados. Por su aire preocupado y por los frecuentes conciliábulos que había tenido durante el día con sus amigos y sus gentes, ellas habían sospechado que la cosa era más seria; pero conocían demasiado bien el cariño paternal de Bois-Doré para temer que expusiese a Mario a algún peligro, y suponían que el niño pasaría la noche en el castillo de Ars o en el de Coudray.
Adamas, muy perplejo, se preguntaba si no sería mejor emplear a todo el mundo en acabar de despejar el pasaje secreto, a fin de salir por allí al encuentro de Mario, mandar un aviso al marqués y facilitar la evasión de las mujeres. Pero había medido el terreno y sabía que quedaba trabajo para muchas horas, y entre tanto el castillo, al hallarse sin gente que lo defendiera, podía ser invadido. En este caso, ¿qué sería de ellos, encerrados en aquellos subterráneos sin salida y cuya entrada podía ser muy bien descubierta por los bandidos?
Clindor, que se acercaba a él de puntillas, interrumpió su meditación.
-¿Qué vienes a hacer aquí, mal paje? -le preguntó malhumorado.
Y añadió, sin reparar en que él también estaba descansando:
-¿Es que la noche está para descansar?
-No, ya lo sé -contestó el paje-; pero es que busco...
-¿A quién? ¡Habla pronto!
-¡Al carrocero! ¿No le habéis visto?
-¿Aristandre? ¿Es que lo has visto tú? ¡Contesta!
-No lo he visto dentro del castillo; pero tan cierto como estáis aquí que le he visto sobre el puente, durante la pelea.
-¡Por vida de...! ¡No está aquí, estoy seguro! ¡Pero Mario! ¡Tenía que traerle! ¿Has visto a Mario?
-No; ya he pensado en ello y he mirado por todas partes; Mario no estaba.
-Entonces ¡alabado sea Dios! Si Mario hubiera estado con Aristandre no hubieras visto a uno sin el otro. No se hubiera separado de él ni se hubiera mezclado en el combate. Sin duda el señor ha guardado al niño con él y ha enviado a Aristandre para avisárnoslo. ¡Pero el pobre carrocero!... ¿Dices que se batía?
-¡Cómo treinta demonios!
-¡Bien seguro estoy! ¿Y después?
-Después, después... el rastrillo ha caído y yo he corrido a cerrar las puertas.
-¡Voto al diablo!, puede que haya caído sobre... ¡Pronto, coge esta antorcha y ven!
-¡No, no! Ya he visto los que han sido aplastados. No está entre ellos.
-Acaso no has mirado bien. ¡Tendrías miedo!
-¿Miedo yo?
-¡No importa! Te digo que vengas.
Y Adamas corrió a abrir las puertas y a mirar, temblando, entre los cadáveres aplastados bajo los dientes de hierro. Estaban mutilados de tal manera, que ante aquel horrendo espectáculo el paje dejó caer la antorcha al suelo. Adamas se enderezó blasfemando; pero a la luz de la antorcha humeante, que se apagaba en medio de la sangre vio a Aristandre de pie junto a él.
-¡Ah, mi buen amigo! -exclamó abalanzándose a su cuello-. ¿Y Mario? ¿Dónde está Mario?
-Está salvado -dijo el carrocero- y yo también, no sin trabajo. ¡Pronto! Un vaso de ginebra o de aguardiente; los dientes me castañetean y no quiero morir, ¡qué diantre! Aun quiero servir aquí para algo.
-¡En qué estado estás, mi pobre amigo! -exclamó Adamas, que le condujo rápidamente a la cocina, donde Clindor le sirvió una bebida-. ¿De dónde diablos sales?
-¡Del estanque, pardiez! -repuso el carrocero, que estaba cubierto de lodo-. ¿Por dónde si no hubiera podido entrar? Llevo un cuarto de hora pisando hierba y barro.
Se quitó las ropas, que estaban hechas pedazos, y se puso en cueros delante de la lumbre, diciendo:
-Adamas, mira a ver si no pierdo demasiada sangre y conténmela, compañero, porque me encuentro débil.
Adamas le examinó; tenía unas diez heridas y otras tantas contusiones.
-¡Numes celestes! -exclamó Adamas-. No veo un sitio sano sobre tu pobre cadáver.
-¡Cadáver lo serás tú! -contestó el carrocero bebiendo otro trago-. ¿Es que me tomas por un fantasma? La verdad es que de buena me he librado; pero ya me encuentro mejor; tengo la piel tan dura como la de mis caballos, ¡a Dios gracias! Lo único que te pido es que no dejes que me desangre. No le conviene a un hombre perder la sangre de su cuerpo.
Adamas le lavó y le curó con una habilidad maravillosa.
Efectivamente, gracias a la dureza de su piel y a la fuerza hercúlea de sus músculos, el herido no tenía ninguna lesión de gravedad.
-¿Y el niño? -decía Adamas mientras le ponía ropas secas, que Clindor había ido corriendo a buscar-. ¿Ha estado en peligro?
Aristandre contó todo, hasta el momento en que había alzado la estaca de la compuerta.
-El niño ha pasado -añadió-, porque los bandidos que estaban sobre la terraza han tirado sobre él, pero no le han alcanzado. En aquel momento yo sujetaba al pillo de Sancho por la garganta. Hubiera podido ahogarle; pero le soltó para correr a la terraza, y vi a Mario que huía, ligero como el viento. Entonces acometí a los otros dos granujas. No tenía más que un pico, pero les he dado una buena lección, ¡te lo aseguro! El tal Sancho volvió sobre mí con su tizona partida, y con el puño me daba en la cabeza y en la cara, cuando no en el estómago. ¡Ah! ¡El viejo furioso! ¡Tiene el puño duro! Además, yo ya estaba herido y no tenía todas mis fuerzas. Pero eso me hizo entrar un poco en calor, porque ya había cruzado el estanque para ir a reunirme con nuestro lindo Mario y estaba tiritando. Lo que siento es que no he podido acabar con ese viejo diablo. Cuando vi que los otros llegaban en su auxilio, me deslicé por la escalera del cuarto de maniobras, y como el viejo no tiene las piernas tan buenas como los brazos, he podido llegar al jardín sin que supiese dónde me había metido. Desde allí no me quedaba más que volver por el estanque, y aquí estoy.
-¡Carrocero! -exclamó Adamas, quien, al revés de muchos hombres, admiraba sinceramente las proezas que él se sentía incapaz de realizar-. ¡Eres tan grande como los más grandes héroes de monsieur de Urfé! ¡Y si el señor me hace caso, hará que te pinten en las tapicerías de su sala, para inmortalizar la memoria de tu valor y de tu buen corazón!
-Si no se trata más que de ser grande -contestó el ingenuo carrocero-, puedo decir que tengo buena estatura. Pero basta; voy a ver a mis caballos; después pensaremos en hacer una pequeña salida para limpiar el corral de toda esa canalla. ¿Qué te parece, compañero?
El juicioso Adamas no era de esta opinión.
Mientras en el castillo discutían sus planes de ataque y de defensa, vamos a reunirnos con Mario en el momento en que llega cerca del árbol enorme que todavía hoy existe en Etalié.
El niño mira hacia las estrellas, que aprendió a conocer durante su vida de pastor; son las nueve y media aproximadamente.
En aquella época no había en aquel lugar más que una casa: era a la vez una hostería y una especie de pabellón de caza.
Los señores del país que se reunían para correr una liebre y para almorzar o cenar en el Gallo Rojo honraban a menudo con su visita aquella eminencia, situada en medio de vastas llanuras abundantes en caza.
Esto explica el que una hostería de reducidas proporciones, situada demasiado cerca de una ciudad para pretender albergar viajeros opulentos, poseyera en la persona de maese Pignoux un cocinero del más raro mérito.
Cuando los hidalgos de la provincia iban a pecar en los estanques de Thevet, se apresuraban a mandar un aviso a maese Pignoux, que acudía con su mujer a disponer su cantina al borde del estanque y les servía bajo el hermoso follaje aquellos maravillosos guisos a la marinera que habían hecho su reputación. También iba a las ciudades y a los castillos en ocasión de bodas y banquetes, y, según se decía, sabía más que los jefes de cocina del mismo príncipe.
La hostería del Gallo Rojo era una casa sólidamente construida, con dos pisos bastante altos y un tejado de un rojo rabioso, que se veía a la legua. Mediante la protección de los hidalgos vecinos, maese Pignoux había conseguido la autorización de colocar una veleta sobre su tejado. Pretendía tener derecho a este privilegio nobiliario por el hecho de albergar tan a menudo personas de la nobleza. Los chirridos agrios y continuos de dicha veleta, que parecía ser el punto de mira de todos los vientos de la llanura, se mezclaban al castañeteo perpetuo de la enorme muestra de hierro colado, que representaba un gallo rojo en toda su gloria, meciéndose fieramente al extremo de una pica, colocada en una ventana del segundo piso.
Enfrente de la casa, al otro lado de la carretera, había una vastísima cuadra con techumbre de paja y largos cobertizos para albergar el séquito que los nobles cazadores llevaban consigo. La hostería era especial para jinetes.
Sabido es que en aquella época las posadas se dividían aún en hosterías, albergues y mesones. Los albergues estaban destinados especialmente para pasar la noche; la misión de los mesones era dar de comer a los viajeros: eran casuchas donde los viajeros de fuste no se detenían más que a falta de otra cosa y donde se comía a veces cuervo, burro y anguilas de Sancerre, es decir, culebras. Los albergues, por el contrario, eran a menudo muy lujosos.
Las hosterías se dividían en hosterías para gentes de a pie y hosterías para gentes de a caballo. Se podía hacer en ella dos comidas. En la hostería del Gallo Rojo se leía en letras enormes:
HOSTERÍA POR PERMISO DEL REY
y debajo:
COMIDA DE VIAJERO A CABALLO: DOCE SUELDOS
CAMA PARA EL MISMO: VEINTE SUELDOS
Cartas del rey mantenían los privilegios de los hosteleros. Un viajero a pie no podía ser albergado en una hostería de jinetes, y viceversa.
«Las leyes francesas impedían al primero gastar demasiado, y al otro, gastar poco»
Mario vio la hostería iluminada y no se sorprendió por el relincho de alegría que lanzó su caballito al hallarse a unos doscientos pasos de la casa. Pensó que reconocía los lugares.
Pero lo que le extrañó fue que de pronto se volvió hacia la izquierda y se resistió a volver al camino.
El niño, desconfiado, escuchó.
Le pareció oír un ruido de caballo que provenía del mesón, oculto por las sombras de la noche. Esto le dio una gran alegría.
-Mi padre -pensó- está ahí con todos los suyos. Acaso con monsieur de Ars o con su séquito. Acerquémonos a toda prisa.
Pero Coquet se resistía tanto a avanzar, que el joven jinete quiso comprender su idea. Se paró en seco y oyó el relincho que tanto conocía, de Rosidor, el fiel corcel del marqués. Pero este relincho no salía de la caballeriza de la hostería, sino de mucho más cerca.
«Esto significa que mi padre está aquí», se dijo.
Y como a la izquierda no distinguía más que una especie de denso bosquecillo, soltó riendas a Coquet, con la seguridad de que sabría encontrar a su compañero.
Efectivamente, Coquet entró en el bosquecillo y se detuvo ante una casucha ruinosa y destartalada.
Era la antigua hostería del Gallo Rojo, abandonada y en ruinas desde hacía más de veinte años, porque Bois-Doré, Guillermo y monsieur Robin habían cotizado para edificar la nueva y regalársela a maese Pignoux como testimonio de estimación por su probidad y sus talentos culinarios.
Mario entró sin dificultad; no había puerta.
Se acercó a Rosidor; le tocó y reconoció sus arneses, su pelo fino y su relincho cariñoso; que el caballo de su padre estuviera oculto en aquella ruina le dejó pensativo.
Acaso el marqués también se ocultaba; acaso estaba allí mismo.
Mario buscó, llamó con precaución, y después de cerciorarse de que estaba solo, creyó que debía imitar el ejemplo que parecían haberle dado. Ató a Coquet por la brida al lado de Rosidor y se dirigió a pie, sigilosamente, hacia la hostería nueva.
Se deslizó junto a los matorrales y llegó, sin que nadie le hubiera visto, ante una partida de jinetes que se estaban instalando en aquel lugar; los unos se ocupaban de sus caballos y los hacían entrar en la vasta cuadra de enfrente; los otros, ya libres de tal cuidado, permanecían en medio de la carretera, cambiando en voz baja y con aire misterioso palabras que Mario no comprendía.
Se deslizó entre ellos sin ser advertido; pero cuando llegó al umbral de la cocina de la hostería, iluminada por el resplandor del hogar, sintió que una mano ruda le agarraba por el cuello de la sobrevesta y que una voz bronca le decía en francés, pero con un acento alemán muy pronunciado:
-¡No se pasa!
Al mismo tiempo vio que ante la puerta dos hombres altos y negros, armados hasta los dientes, montaban la guardia.
Entonces recordó las palabras de Sancho y lo que Pilar lo había dicho del refuerzo esperado por los bandidos.
«He caído en la ratonera -pensó-; pero como estoy disfrazado me tomarán por un pordiosero. Necesito absolutamente saber si mi padre está aquí dentro.»
Entonces tendió la mano y se puso a pedir limosna con el tono lastimero que había oído afectar a los gitanos y que a veces él también había tomado, a modo de broma, cuando viajaba con aquella honorable compañía.
Le soltaron en seguida, pero le mandaron que se marchara, y como no parecía comprender, le amenazaron apuntándole con los mosquetes.
Se disponía a alejarse, con la firme resolución de volver, cuando otra voz, que partía de la hostería, dio una orden en alemán, y en el acto, en lugar de rechazarle hacia fuera, le cogieron de nuevo y le empujaron dentro de la cocina.
Allí, antes de que hubiera tenido tiempo de darse cuenta de nada, se halló en presencia de un personaje alto, seco y moreno, vestido con traje militar, que le dijo con acento italiano:
-Acércate, pequeño, y si traes una carta, dámela.
-No traigo carta, -contestó Mario mirando al extranjero con tranquilidad.
-¿Entonces algún recado verbal? Habla.
-Primero -contestó el niño con gran presencia de ánimo-, tengo que saber con quién hablo.
-¡Diablos! -dijo el forastero con una sonrisa desdeñosa-, somos desconfiados; ¡eso está bien! He aquí el santo y seña: «Saqueo y Macabro.» ¿Y a ti qué nombre te han dado?
-La Fleche -contestó Mario al azar.
-¡Eh? ¿Qué es eso? -preguntó el italiano frunciendo el ceño-. ¡Eso no significa nada!
-¡Esperad! -exclamó Mario inspirado por estas palabras-. No es todo. ¿No hay algo de pillaje en vuestro santo y seña?
-Eso es otra cosa -dijo el otro con su misma sonrisa lúgubre-; pero aun falta algo, monicaco. Tienes poca memoria.
-Acaso -contestó el niño-. Ya sé que hay otra palabra; ¿no es Sancho?
-¡Al fin! Entonces quédate en ese rincón y no te muevas. Yo soy el teniente Saqueo; el capitán Macabro llegará dentro de un cuarto de hora. A él tendrás que darle cuenta de tu mensaje, que a mí me importa muy poco. ¡A callar! -gritó a los jinetes, que iban y venían alrededor de la casa, conversando sin duda más alto de lo que debían.
Se hizo un gran silencio, y el que se daba el nombre de teniente Saqueo se dirigió a Mario, que buscaba el medio de introducirse en otra habitación para buscar a su padre o a alguien que le pudiese dar noticias de él.
-Amiguito mío -le dijo-, bueno es que te enteres de la consigna para tu gobierno. A todo el que quiera entrar aquí se le rechaza o se le detiene; sobre todo el que quiere salir se dispara. ¿Has comprendido?
-Pero yo no tengo por qué querer salir -contestó prudentemente Mario-; busco si hay algo que comer; tengo hambre.
-Eso a mí no me importa, amiguito. Nosotros también tenemos hambre y esperamos que el capitán nos dé orden de comer.
Mario no tenía hambre. Estaba muy intranquilo. Veía en la habitación del fondo, que era una especie de comedor, a madame Pignoux y a su criada que iban y venían con un aire atareado. Le pareció que la hostelera lo veía, le reconocía y hasta que advertía a su criada para que no se diese por enterada de su presencia.
Pero todo podía ser una ilusión, y Mario acechaba el momento en que Saqueo volviese la espalda para intentar cambiar una palabra o una mirada con madame Pignoux. Sabía que en aquella casa todo el mundo adoraba a su padre y a él.
Tomó el partido de simular que dormía, y Saqueo no tardó en salir para dar órdenes.
Entonces el niño se precipitó hacia madame Pignoux y le dijo:
-¡Soy yo! ¡No digáis nada! ¿Dónde está mi padre?
-Arriba -contestó precipitadamente la hostelera, que a pesar de sus años era aún una mujer muy ágil.
Y designó a Mario la escalera de madera que conducía al comedor llamado sala de honor de la hostería del Gallo Rojo.
Pero cuando el niño empezaba a subir le detuvo.
-¡Eso no! -dijo-; no saben que está aquí. No os mováis, mi joven amo. ¡Le matarían!
-¿Pues quiénes son estos hombres?
-¡Mala gente! Soldados alemanes; mi criado Juan los ha reconocido. Son bandidos que por donde pasan lo hacen a sangre y fuego.
-¿Pero no os han hecho daño?
-No; quieren comer y beber. ¡Luego sabe Dios si no incendiarán la casa con nosotros dentro! Así es cómo suelen pagar sus gastos.
-Madame Pignoux, mi padre tiene que huir de aquí. ¿Qué hay que hacer?
-Por ahora es imposible; guardan todas las puertas, y vuestro padre no tiene ya edad para saltar por las ventanas. Además, ¿para qué? La casa está cercada y no nos dejan siquiera ir al gallinero o a la cueva sin venir detrás.
-Pero al menos hay que esconder a mi padre. ¡Ah! ¡Estoy seguro de que van contra él! ¿Dónde está?
-En el cuarto de mi marido, que por fortuna no está aquí. Ha ido a La Châtre a servir una comida de boda y no volverá hasta mañana. Han preguntado por él.
-¿Por quién? ¿Por mi padre?
-No, por mi marido. No me explico cómo pueden conocerle. He dicho que está enfermo, alzando mucho la voz para que vuestro padre me oyera desde arriba. Espero que se le ocurrirá meterse en la cama.
-¿Y a ellos no se les ha ocurrido subir?
-¡Ya lo creo! Han mirado en la sala de honor y han dicho...
-¡Ya vuelven! ¡Callémonos! -dijo Mario.
Y volvió a colocarse en el mismo rincón de la cocina y con la misma actitud amodorrada de antes.
-¡Vamos, bruja, a darse prisa! -exclamó Saqueo, que entraba acompañado por dos de sus acólitos-. Poned la mesa y servidnos lo mejor que tengáis. Aquí viene el capitán Macabro. Vosotros -dijo a sus soldados -haréis respetar la consigna. Silencio y paciencia. Nadie piense en comer hasta que el capitán esté sentado a la mesa. El capitán se detiene aquí para hacer una buena cena y no admite que se saquee la despensa, porque no quedarían más que huesos para él y sus oficiales. Acordaos de los que han sido ahorcados en Linières por haber saqueado las provisiones. ¡Andando! He hablado en francés para que lo entendáis, señora bruja -añadió, dirigiéndose a la hostelera, cuando sus soldados hubieron salido-; para que sepáis que no se trata aquí de lloriquear ni de lanzar suspiros... Trabajad bien y preparad el asador. ¡Vamos! Y si el asado se quema por vuestra culpa, ¡ay de vuestros viejos huesos!
-Y ¿cómo queréis que me dé prisa si estoy casi sola para hacerlo? -dijo madame Pignoux sin inmutarse por los insultos-. No somos más que dos viejas. Haced que me devuelvan mi criado para que ponga la mesa. No puedo estar a la vez arriba y abajo.
-Tu criado es sospechoso; nos ha parecido que quería escaparse al vernos, y luego ha intentado esconder la avena. Ha recibido una buena paliza, y ahora está bajo nuestras órdenes.
-¿Y ese galopín? -prosiguió la hostelera mientras ensartaba sus aves-. ¿Forma parte de vuestra pandilla? ¿No me podría ayudar?
-Ayúdala, granuja -dijo Saqueo a Mario-. ¡Y a ver si trabajas bien!
Mario se levantó afectando indolencia y preguntó qué tenía que hacer.
-Súbete arriba con la criada -exclamó madame Pignoux- y pon el mantel a escape.
Mario subió y dijo a la criada:
-¿Mi padre? ¿El cuarto donde está? ¡Pronto!
Ella le condujo al segundo piso y el niño arañó ligeramente la puerta, que estaba cerrada y atrancada por dentro.
El marqués reconoció aquella manecita, que arañaba todas las mañanas de la misma manera a la puerta de su alcoba.
-¡Oh! ¡Dios mío! -exclamó apresurándose a abrir-. ¿Tú aquí? ¿Pero qué significa este trajo? ¿Con quién has venido? ¿Cómo? ¿Por qué?
-No tengo tiempo para dar explicaciones -contestó Mario-. Estoy solo; quiero que salgas de aquí. Haz como yo, padre, disfrázate.
-¡Toma, pues es verdad! -dijo la criada-. Coged los avíos de nuestro amo y ponéoslos señor marq...
-¡Nada de marqués! -interrumpió Mario-. Vete, buena mujer; y vos, padre, seréis maese Pignoux.
-¿Pero por qué presentarme? -dijo el marqués mientras desabrochaba maquinalmente su jubón-. Yo no sabré representar este papel.
-¡Sí, sí, padre! Pero dime: ¿no conoces a uno que se llama Macabro? Me parece que algunas veces te he oído pronunciar ese nombre.
-¿Macabro? Sí, por cierto; conozco el nombre y la persona que lo lleva, si es la misma que...
-¿Hace mucho que no te ha visto?
-¡Diablo!, sí; unos veinte o treinta años... ¡Acaso más!
-Pues bien, mejor! Déjate ver sin temor. Haz de hostelero y ya encontraremos medio de huir.
-No será posible, hijo mío -dijo el marqués mientras seguía desnudándose-. Tenemos que habérnoslas con unos compañeros astutos. Figúrate que han llegado sin hacer más ruido que si hubiera sido un tropel de mulas andando al paso y conducidas por un solo hombre. Yo no sospechaba nada; la hostelera dormía junto al fuego; yo me hallaba en la sala leyendo la Astrée, esperando la hora...
-¡Escondamos la Astrée! Los cocineros no leen libros encuadernados con seda -dijo Mario, apoderándose del tomo que el marqués había colocado maquinalmente junto a su sombrero, al tomar posesión del cuarto del hostelero.
Al mismo tiempo, a medida que el marqués se despojaba de una prenda de su indumento, el niño la ocultaba bajo los haces de un pequeño granero contiguo.
-Pero ¿y tú?, pobre hijo mío -prosiguió el marqués, con la agitación que puede suponerse-, ¿no han adivinado que eres un hidalgo? ¿No te han hecho daño, Dios mío?
-No, no; hablemos de ti, padre. ¿No has intentado huir antes de que apostasen sus centinelas?
-¡Claro que no! Yo no sospechaba nada. Hacían tan poco ruido, que creía que se trataba de una cuadrilla de arrieros; solamente después de bloquear la casa han levantado un poco la voz y entonces he visto por la ventana que estaba cogido en una trampa y que se trataba de la peor especie de asesinos y de ladrones. Me estuve quieto, pensando que no tardarían en marcharse; pero he oído algunas palabras en italiano que he comprendido a medias. Creo que quieren quedarse aquí hasta el alba. Entonces he pensado que cuando mis hombres no me vean llegar a Brilbault, donde me esperan a las diez, se preocuparán por mí y vendrán a buscarme aquí, donde saben que tengo que detenerme.
-Lo mejor sería esperarlos. Esos reitres no son más que una docena; he podido contarlos aproximadamente, y cuando vean que llegan los nuestros, sabré abrirme paso hasta ellos con mi espada.
-Padre -dijo Mario, que miraba por la ventana-, a estas horas son por lo menos veinticinco, porque acaba de llegar una buena partida. Los nuestros no piensan todavía en venir a buscarte, y de un momento a otro los reitres pueden registrar la casa de arriba abajo para saquearla.
-Pues bien, hijo mío, ya estoy completamente disfrazado; quédate junto a mí, como para cuidar al hostelero enfermo. Si vienen, nos dejarán tranquilos. No se maltrata ni se rapta más que a las personas bien equipadas y bien vestidas... ¡Ah! ¡A propósito! Mi caballo puede darme a conocer. Han debido de verle.
-Tu caballo está escondido, y el mío también.
-¿Sí? Entonces es que ese bravo mozo ha encontrado algún medio... ¿Pero por qué gritan así esos bandidos? ¿Lo oyes?
-¡Es que me llaman a mí! Quédate aquí, padre; no atranques la puerta; despertarías sus sospechas.
¡Mira! Entran en la sala que hay aquí debajo. ¡Voy! Procura oírlo todo; los tabiques son delgados; haz por comprender y estáte preparado para bajar si te llamo.
Mario se deslizó como un gato por la escalerita que conducía desde la alcoba del hostelero a la sala principal y se encontró en presencia del capitán Macabro, quien en el mismo instante hacía su entrada por la escalera que partía de la cocina.
El teniente Saqueo se hallaba también presente en compañía de dos o tres tipos no menos patibularios.
La cara del personaje que llevaba el nombre siniestro de Macabro era al pronto menos desagradable que la del teniente. La de éste era pérfida y fría y tenía una sonrisa feroz. La de Macabro denotaba una rudeza embrutecida que quería parecer imponente.
En aquella faz, idiotizada por la fatiga y el vicio, no había sitio para una sonrisa. Los músculos parecían atrofiados y petrificados; los ojos, de color claro, tenían la fijeza de los ojos de esmalte. Las facciones acentuadas recordaban las de Polichinela, sin la expresión burlona y animada de aquél. Una gran cicatriz en la mandíbula había paralizado un lado de la boca y separaba en dos, de una manera singular, la barba, blanca y roja, que parecía estar torcida y en parte a contrapelo. Una gruesa verruga velluda aumentaba la chepa de su nariz preeminente. Un vello gris y erizado cubría sus dedos hasta las uñas.
Era bajo y delgado, pero ancho de hombros y recogido sobre sí mismo como un jabalí; del jabalí tenía también la tez rojiza y la cabeza casi sin cuello. Parecía ser muy viejo, pero todavía se notaba en él una fuerza hercúlea. Su voz áspera, siempre en el diapasón elevado que los tontos creen necesario para el mando militar, sonaba como un ronco trueno.
Llevaba, según la moda de los reitres una casaca y una escarcela de piel de búfalo y un morrión y una coraza de hierro barnizado. Una pluma negra, vieja y desbarbada, se alzaba sobre aquel casco negro y brillante. Llevaba una de esas anchas y fuertes espadas alemanas contra las que se partían fácilmente las brillantes lanzas de la gendarmería francesa; las pistolas de chispa, primera intentona de la pistola, a la cual nuestros soldados preferían aún, injustamente, las armas con rueda y mecha; el mosquete corto y la bandolera, guarnecida de pequeñas cartucheras de cuero negro que contenían las cargas de pólvora y de plomo, completaban el armamento de campaña del personaje.
Su séquito particular, o, según se decía también, sus lanzas, se componía de dos carabineros estradiotes y de dos soldados que alternaban las funciones de paje con las de herrador.
Llevaba, además, siete soldados de caballería ligera, bien armados y bien montados, que no se separaban nunca de él y que constituían su tropa más escogida. Al menos, así es como podemos traducir, por medio de equivalentes tomados en la costumbre de la época, los títulos y los grados de aquella compañía de aventureros extranjeros, de los que cada jefe modificaba, según su poder o su capricho, la organización, el equipo y los cuadros.
Mario no se había equivocado al calcular en veinticinco hombres el total de la partida que había llegado con el capitán, reunida con la que la había precedido, bajo las órdenes de su teniente.
-¡Valiente posada! -exclamó el capitán con tono desdeñoso, mientras restregaba las gruesas suelas de sus enormes botas cubiertas de barro contra los travesaños pulcros y relucientes de una silla de nogal-. ¿Es éste un fuego para viajeros de noche? ¿Es que no hay leña en este barracón?
-¡Ay!, señor -dijo la criada arrojando una brazada de retamas en la chimenea ya bastante encendida-, no podemos hacer más; estamos en país llano y hay poca madera.
-¡Vaya una criada estúpida, y aun más fea que su ama, si es posible! -prosiguió el amable Macabro-. Mira, bella desdentada, así se calienta uno cuando la leña está cara.
Y arrojó en la vasta chimenea la silla sobre la que acababa de limpiarse los pies.
-Vamos a ver, teniente, -prosiguió fríamente, dirigiéndose a Saqueo-; decís que hay aquí un pequeño harapiento enviado por esos...
-¡Ya era hora de que te viese el pelo! -exclamó Saqueo, alzando un pie para empujar a Mario hacia el respetable capitán.
Mario esquivó el ultraje pasando ágilmente bajo la bota del reitre, y, acercándose al otro bruto, le dijo con aplomo:
-Soy yo; ya he dicho el santo y seña a vuestro teniente, y he aquí mi mensaje: No podéis permanecer en esta hostería porque una gran partida de gente armada va a llegar esta noche. No podéis atacar el castillo, que está bien defendido. Tenéis que volveros al sitio de donde venís, porque si no el asunto acabará mal para vosotros. Es Sancho quien os lo manda decir.
-El tal Sancho es un viejo idiota -contestó el capitán.
Y acompañando cada una de sus palabras con una blasfemia que no es necesario reproducir para dar una idea de la amenidad de su conversación, añadió:
-No he andado cien leguas en país enemigo para marcharme con las manos vacías. Vete a decir al que te envía que el capitán Macabro conoce el país mejor que él y que le importa muy poco lo que llaman un castillo bien defendido. Dile que tengo cuarenta jinetes, puesto que van a llegar quince más a las órdenes de mi esposa, y que cuarenta reitres valen por todo un ejército. Conque lárgate y pronto, con mil diablos, perro gitano.
-No le despidáis, capitán -dijo Saqueo, que parecía ser el más juicioso de los dos-; no nos conviene seguir asociados con ese loco de español y esa chusma de egipcios. Es inútil que el chico vaya a decirles que persistimos en nuestros proyectos. Nos seguirían y no harían más que estorbarnos y merodear en torno nuestro. Haced lo que os ha dicho vuestra mujer. Permaneced aquí hasta media noche, y aun llegaréis mucho antes de que amanezca, puesto que no hay más que dos leguas de aquí a Briantes. Por lo tanto, no dejéis salir a este muchacho. Si queréis, puedo arrojarle por la ventana, y así no habrá miedo de que pueda escaparse.
-¡No! ¡Nada de extremos inútiles! -gritó el capitán con su voz de falsete-. Me he vuelto hombre dulce y humano desde que tengo una esposa de corazón sensible... ¿La casa está guardada como es debido?
-Una mosca no entraría sin mi permiso.
-Entonces cenemos en paz en cuanto llegue mi Proserpina... ¿Habéis dado órdenes?
-Sí; pero a pesar de las buenas noticias que nos ha dado madame Proserpina acerca de las dulzuras de este albergue, creo que tendremos una triste comida. El gran cocinero de quien os habían hablado está medio muerto en su cama, y la hostelera no tiene cabeza para nada. El criado es un traidor, que debemos vigilar, y la sirvienta una vieja idiota, que lo rompe todo y no sirve para maldita la cosa.
-¡Es que vos le habláis con dureza, amigo mío! Tenéis siempre la amenaza y el insulto en la boca. ¡Mil rayos! Mi esposa os lo ha dicho muchas veces: no tenéis mundo. ¿Dónde está esa hostelera del demonio? Con veinte bofetadas voy a levantarle los ánimos.
Y yendo pesadamente hasta la escalera, llamó a madame Pignoux con los epítetos más groseros, sin duda para dar a su teniente un ejemplo de dulzura y de cortesía.
Toda esta conversación tenía lugar en francés.
Macabro era de origen alemán; pero había nacido en Bourges y pasado su juventud en el Berry. Aparte de cierto vocabulario, que utilizaba para sus voces de mando, hablaba mal y a disgusto el idioma de sus padres. El italiano Saqueo mascullaba el francés con más facilidad que el alemán. Por lo tanto, cuando querían emplear este idioma les costaba trabajo comprenderse, y, además, en aquel momento se sentían tan dueños de la situación, que no se dignaban dominarse ante Mario y los de casa. Mario, que había arriesgado mucho al intentar hacer que los reitres se volviesen atrás, y que podía ser desmentido de un momento a otro por algún enviado verdadero de Sancho o de La Fleche, comprendió que hubiera sido demasiada osadía insistir. Fingió indiferencia y despreocupación mientras preparaba la mesa, pero sin perder una palabra de lo que hablaban los dos bandidos.
Sancho había prometido realmente que enviaría un mensajero a Etalié, donde había señalado la última etapa de los reitres. Pero aquel mensajero era un gitano, y como esperaba que se lograría la ocupación y el saqueo de Briantes sin la ayuda de los alemanes, se guardó mucho de cumplir el encargo y se fue a merodear por la aldea abandonada, esperando la hora en que sus compañeros habían de asaltar el castillo.
La hostelera, tan cortésmente llamada por Macabro, subió y le hizo frente con valor.
-¿A qué sirven las palabrotas, capitán Macabro? -dijo poniéndose en jarras-. Hace mucho que nos conocemos, y ya sé que pagaréis vuestro escote y el de vuestros lansquenetes con juramentos y estropicios. No os recibo por mi gusto y no ignoro que más bien lo hago por mi ruina. Pero soy una mujer razonable y no soy tonta. Hago de tripas corazón y os sirvo lo mejor que puedo, para evitar los malos tratos y verme cuanto antes libre de vuestra presencia. Si vos también, capitán, tenéis algo de buen sentido, comprenderéis que no hay que molestarme inútilmente, sino dejarme en paz y tener en cuenta que yo sé freír y asar tan bien como cualquiera.
-¿Y quién eres tú, vieja charlatana? -preguntó el capitán, esforzándose en girar su cuello anquilosado en su alzacuello de hierro para mirar a madame Pignoux.
-Mi nombre es María Mouton, y fui vuestra cantinera durante el sitio de Sancerre; tanto es así, que un día os guisé un viejo capón, con el que os chupasteis los dedos.
-Es posible; me acuerdo del capón, que era bueno, pero no de ti, que eres fea... Pero si has servido a la buena causa, te perdono tu charla.
-¿Y a qué llamáis ahora la buena causa? ¡Tantas veces habéis cambiado vos y los vuestros!
-¡Callaos, señora cotorra! No discuto de religión con gentes de vuestra especie.
-Además -dijo Saqueo burlonamente-, sabréis que la buena causa es siempre la que nosotros servimos.
-No es hora de charlar -prosiguió Macabro -cuando mi Proserpina está al llegar, y te mando que te apresures.
-No puedo darme más prisa -contestó la Pignoux-. ¿Por qué me habéis mandado subir?
-Porque quiero que tu marido, que dicen que es un cocinero notable, se levante, aunque reviente, y eche una mano.
-Eso no puede ser; mi hombre está baldado por los dolores y ya hace mucho que no guisa.
-¡Mientes, amiga mía! Tu hombre es un secuaz del viejo... ¡Basta! Ya tengo noticias de vosotros, y mi esposa me ha dicho...
-¿De qué viejo queréis hablar?
-¡Me parece que me interrogas! -dijo el capitán, con una dignidad grotesca, que él afectaba de buena fe.
-¿Por qué no? -repuso la hostelera-. ¿Y quién es vuestra esposa, para haberos informado tan bien?
-Retén tu lengua, y cuando llegue mi diosa, sírvela de rodillas -dijo Macabro con una fatuidad que hizo que su boca sesgada llegase hasta su ojo izquierdo.
Luego, volviendo a su idea fija, que era comer bien y regalar a su diosa, insistió en que el hostelero se levantase.
¡Por el infierno! -exclamó Saqueo desenvainando su espada; no es cosa difícil. Siempre he oído decir que es bueno sacudir las partes enfermas para darles soltura, y sabré descubrir a ese supuesto moribundo dondequiera que esté escondido. Venid conmigo, estradiotes, y meted la espada por todas partes.
-Es inútil -exclamó Mario precipitándose ante la tizona desenvainada-; voy a buscarle; yo sé donde está maese Pignoux.... le conozco, y cuando le diga que tiene el honor de recibir al capitán Macabro en persona, acudirá en seguida.
-Este chico me gusta -dijo Macabro viendo salir a Mario-. Se lo regalaré a mi esposa para que le sirva. Todos los días me pide un paje de buen ver.
-No haréis nada de provecho con un gitano -dijo Saqueo-. Éste tiene un aire descarado y burlón.
-Os equivocáis. Yo le encuentro gracioso -repuso el capitán.
No le gustaba que le contradijeran y desde hacía unos días el teniente se tomaba con él confianzas excesivas, por causas que no tardaremos en conocer y que Macabro empezaba a sospechar.
El marqués, preocupado por Mario, estaba en un pasillito que había cerca de la sala y se esforzaba en oírlo todo; pero su oído no percibía más que trozos de conversación; Mario, al ir a buscarle, se apresuró a ponerle al corriente en pocas palabras.
No tuvo tiempo ni quiso decirle lo que ocurría en Briantes; comprendía que el marqués tenía bastante que hacer con salir de aquel apuro y que no debía preocuparle con nuevas inquietudes.
Como los reitres ignoraban también el ataque precipitado de los gitanos, no había peligro de que el marqués se enterase hasta que él creyese conveniente decírselo.
¿Pero tal ocasión llegaría? Una persona de experiencia hubiera juzgado desesperada la situación actual, y el marqués, que no conocía más que una parte de las cosas, la juzgaba muy grave. Pero Mario poseía la fe dichosa de la infancia; no veía toda la magnitud del peligro.
-Si salimos de aquí, como espero -pensaba-, no nos reiremos poco mi padre y yo de la facha que tenemos en este momento.
El pobre marqués, disfrazado de cocinero, estaba realmente muy cómico.
Había hecho las cosas a conciencia. Se había quitado la peluca, ocultando su cráneo desnudo bajo un bonete almidonado en forma de molde de repostería.
De esta manera, con su cara privada de sus bucles de ébano y embadurnada con hollín y con sus grandes manos blancas convenientemente embadurnadas también, haciendo juego con su rostro, estaba casi desconocido.
Se las había arreglado de manera que ocultaba completamente su fina camisa bajo un blusón campesino, y se había calzado unas malas zapatillas de fieltro; un mandil grasiento disimulaba sus calzas de paño, que no eran excesivamente llamativas, porque con motivo de la expedición nocturna a Brilbault se había vestido muy sencillamente, lo cual resultaba beneficioso en la presente circunstancia.
Como Mario le había advertido que Macabro parecía ser un bruto, tonto y vanidoso, comprendió que debía tratar de inspirarle confianza, y desde las primeras palabras se dio cuenta de que no había hipérbole, por exagerada que fuese, que no pudiera hacerle tragar.
-Ilustre y valeroso capitán -le dijo haciendo un saludo hasta el suelo-, os ruego disculpéis la tontería de mi mujer, que no ha sabido darme a conocer qué gran hombre de guerra y de talento teníamos en casa. Es verdad que estoy enfermo de gota; pero vuestro aire simpático y marcial haría resucitar a un muerto, y recuerdo demasiado el haber servido bajo vuestro estandarte para no querer, aunque dejase mi vida en la lumbre de mis hornillos, volver a serviros con el pequeño talento que el cielo me ha concedido.
-Bien, bien -dijo Saqueo al capitán-; no hay nada como saber amenazar a tiempo; he aquí que ahora todos pretenden haber servido a vuestras órdenes.
-Para el caso es lo mismo -repuso Macabro-, con tal de que me sirvan bien ahora. Y al fin y al cabo, señor teniente, no creo que sea imposible el que este viejo me haya conocido antaño en las guerras de la provincia. Mi persona hizo bastante para que haya quedado memoria de ella. ¡Cocinero!, a los postres me contarás tus campañas, porque ya veo por tu aire y tus andares que la gota no te ha quitado el tipo militar. Hueles de una manera extraña -añadió sorprendido por el perfume que a pesar del disfraz, exhalaba la persona del marqués-; parece un olor a dulce. ¡Bueno! ¡Apuesto que has sido lansquenete!
-Lo fui durante un año -contestó Bois-Doré, que sabía de memoria toda la existencia aventurera de maese Pignoux y la borrascosa juventud de Macabro-. Y bien os vi perseguir a los hugonotes de Bourges, cuando las matanzas en las cárceles, en compañía de aquel terrible viñador a quien llamaban el Gran Vinagrero...
-¡Ah! -exclamó el teniente, mirando a su capitán con aire burlón-. ¿No decía yo que fuisteis un gran papista, mi capitán?
-Cada cosa en su tiempo -repuso Macabro, con calma filosófica-; mi padre, que era entonces capitán de la torre principal de Bourges, con el difunto monsieur de Pisseloup, protegió cuanto pudo a los pobres calvinistas del país... Yo me aparté cuando no tuve más remedio; pero he vuelto al buen camino y obro con más franqueza que vos, señor italiano, que lleváis escapularios bajo vuestro corselete alemán.
El italiano contestó con acrimonia, y Macabro, molesto al verle elevar la voz en presencia de sus pajes y de sus estradiotes, aunque entendiesen poco francés, le impuso silencio y preguntó al marqués la lista de la comida que podía servirle.
Bois-Doré, que había provocado el incidente de las matanzas católicas precisamente para enterarse de las aguas en que navegaba en la actualidad el viejo Macabro, se sintió más tranquilo.
Aquel jefe de partido no podía obrar bajo la protección del príncipe de Condé. Tuvo la presencia de ánimo de hablar de cocina como hombre entendido en la materia, y como durante las dos horas de estancia en la hostelería había, a modo de pasatiempo, tratado de esta grave cuestión con madame Pignoux, conocía a fondo el contenido de la despensa y los recursos de la bodega.
-Tendremos -dijo- el honor de ofreceros un cuarto de jabalí aderezado con especias, del cual me hablaréis; una buena fuente de cangrejos de Issoudun hervidos en cerveza...
-¡Supongo que con mucha pimienta! -dijo el capitán-. A mi esposa le agradan los manjares de gusto subido.
-Se le echará pimienta de España.
Y después de enumerar todos los platos, el marqués añadió:
-¿Pero no le agradarían a vuestra ilustre dama algunos manjares dulces después del asado?
-¡Diablo!, sí. Iba a olvidar que me ha recomendado cierta tortilla de almizcle...
-¿Vuestra señoría quiere acaso decir pistachos? Es una invención mía.
-¡Ah! ¿Sí? Ella me había dicho que era una invención del viejo...
-¿Del viejo? ¿Quién se atreve a vanagloriarse de haber inventado antes que yo la tortilla de arroz con pistachos?
-Pues el viejo Bois-Doré, ya que hay que nombrar a ese majadero.
Bois-Doré se mordió el bigote.
-¿Y quién -dijo- hace al marqués el honor de repetir sus fanfarronadas cocineriles? ¿Vuestra señora esposa se jacta de conocerle?
-Así parece -contestó Macabro-, y además, viejo bribón, ya sé que eres un humilde servidor de ese canalla de falso marqués, tu maestro de cocina. ¡Pero no me importa! ¡Estás bien vigilado y tus orejas me responden de tus guisotes!
El marqués vio que no le quedaba más salida que hablar mal de sí mismo, y no se privó de hacerlo, rebajando cuanto pudo su nobleza y su carácter en términos bastante cómicos, pero sin poder resolverse a unir a su nombre maldecido y calumniado el epíteto de viejo que su contemporáneo Macabro usaba con orgullo contra él.
Macabro insistió de un modo desagradable.
-Ese cacoquimio -dijo- debe de estar muy decrépito, porque la última vez que le vi era un mozuelo larguirucho, sin pelo de barba, y a poco, por descuido, le parto por la mitad.
-¿De veras? -dijo Bois-Doré recordando la aventura de su juventud, que había contado recientemente a Adamas-. ¿Le hicisteis el honor de mediros con él?
-No, buen hombre, no me rebajé hasta ese punto. Él iba a caballo, llevando municiones de guerra a nuestros enemigos. Le cogí por una pierna, le tumbé a mis pies y, dejándole por muerto, me apoderé de su cargamento.
-¿Que consistía en pólvora y balas? -preguntó Bois-Doré, que no podía menos de reír para sus adentros de las fanfarronadas del hombre a quien él había tumbado de un puntapié y del re cuerdo de aquel famoso cargamento de municiones, que consistía en juguetes de niño.
-Era una buena presa -contestó el capitán-. ¡Pero basta de hablar, viejo charlatán! Vete abajo a vigilarlo todo.
Bois-Doré, despedido, se vio obligado a abandonar a Mario, a quien el capitán retuvo.
Al salir, cambió con su hijo una mirada llena de angustia, que el niño le devolvió llena de confianza. Sentía que Macabro no estaba dispuesto en contra suya.
-Bueno, muchacho -dijo el capitán-, adelántate y dime quién eres, si es que lo sabes.
-Pues la cosa es que no lo sé, mi capitán -contestó Mario, que aun no había olvidado el modo de hablar de los gitanos; soy un niño robado o encontrado en algún camino por los estradiotes negros, llamados egipcios.
-¿Qué sabes hacer?
-Tres grandes cosas -dijo Mario, que recordó oportunamente las bellas divisas de La Fleche-: ayunar, velar y correr; con esto se va lejos y se sale bien de todo.
-Tiene ingenio -dijo Macabro mirando a su teniente, quien para demostrar su mal humor lo volvía la espalda y estaba sentado a horcajadas sobre su silla, con la cabeza y las manos apoyadas sobre el respaldo, junto a la lumbre.
Macabro encontró aquella postura indecente, y se lo reprochó en términos cínicos. Saqueo se levantó sin decir nada y salió.
Mario lo observaba todo, y la enemistad de los dos jefes le pareció de buen agüero.
Se prometió sacar partido si la cosa era posible y la ocasión se presentaba.
Macabro reanudó la conversación con él.
-¿Cómo es -le preguntó- que la noche pasada no te he visto en Brilbault?
Mario no se inmutó.
-No estaba allí -dijo-; estaba recogiendo gallinas por los alrededores, con el solo objeto de preservarlas contra el zorro y la pepita.
-¿Sabes robar gallinas? ¡Muy bien!, es un don de la Naturaleza que puede aprovecharse. Pero dime si el español ha acabado de reventar.
-¿Monsieur de Alvimar? -dijo Mario, que iba comprendiendo el relato de Pilar y no lo consideraba ya como un sueño.
-Sí, sí -dijo Macabro-, ese perro de papista que me ha removido el estómago con sus padrenuestros.
-Ha muerto esta mañana.
-¡Ha hecho bien el imbécil! ¿Y Sancho? Ese vale más; es un beatón, pero, sin embargo, entiende de negocios. ¿Dónde está a estas horas?
-Se oculta.
-¿Por qué no ha venido aquí a reunirse conmigo?
-Ya os he dicho que hay peligro para vos, y él lo sabía.
-¿Qué peligro? ¿Nos hará traición el viejo Pignoux?
-No, el pobre hombre no sabe nada de nada. ¿Y qué podría hacer contra vos?
-¿Pero quién nos amenaza?
-Unos señores que os buscan en Brilbault en este momento y que van a volver a pasar por aquí con un gran séquito para ir a dormir a Briantes.
-¿Los has visto tú?
-Sí.
-¿Cuántos son?
-¡Acaso doscientos jinetes! -dijo Mario, que creía asustar a su interlocutor.
-¿Entonces la cosa está descubierta? -preguntó éste con cierta vacilación.
-Así parece.
El capitán pareció reflexionar, si es que su rostro de piedra podía indicar alguna preocupación moral.
El corazón de Mario latía bajo sus andrajos. Por un instante abrigó la esperanza de que su ardid tendría éxito y de que Macabro se decidiría a volverse atrás. Pero el capitán se puso a hablar en alemán con sus estradiotes, que salieron al punto, y Macabro volvió a su graciosa postura, con una pierna sobre el morrillo de la chimenea y la otra sobre la silla que el teniente había abandonado.
Mario se atrevió a interrogarle:
-Y bien, mi capitán, ¿vais a volver a...?
-¿A Linières? ¡No, por cierto, amigo mío! Mis caballos están cansados y mi gente también. Y he dormido tan mal en Brilbault la noche pasada, que quiero descansar aquí. ¡Pobre del que venga a molestar!
Estos proyectos de sueño hicieron de nuevo renacer la esperanza de Mario.
-Si están muy cansados -pensó-, llegará un momento en que podremos huir.
-No contaba, como el marqués, con la llegada de sus amigos y de sus gentes. Pilar había debido avisarles de la toma del patio de Briantes, y sin duda todos se habrían precipitado en tal dirección con la esperanza de encontrar al marqués, porque la gitanita, que tenía la inteligencia más clara de lo que correspondía a su edad, les habría comunicado sin duda que Mario había ido por su parte, a avisar a su padre.
Mientras hacía estas reflexiones, el teniente Saqueo entró y se dirigió a Macabro, que se adormilaba ante la lumbre.
-Capitán -le dijo con un tono medio humilde y medio arrogante-, permitid que os diga que gracias a vuestra idea de hacernos avanzar por pequeñas partidas estamos perdiendo el tiempo; vuestra mujer y su séquito no llegan, y si permanecéis mucho rato en la mesa, según vuestra costumbre, todo puede fracasar. No se trata de celebrar un festín, sino de comer de prisa, dormir dos horas y avanzar sin dar tiempo a los transeúntes para que lleven la noticia de nuestra llegada.
-¡Suprimid los transeúntes! -contestó tranquilamente Macabro-. ¿No es cosa convenida? No os costará mucho trabajo, pues desde Linières no hemos encontrado un gato, y este país está vacío, como una iglesia en el 62. Pero son palabras inútiles. Oigo la voz de Proserpina. ¡Ya llega! Acudamos a recibirla.
Al hablar en esta forma, Macabro se levantó pesadamente y bajó a la cocina.
-El capitán envejece -dijo Saqueo en italiano a uno de los herradores que se habían quedado plantados ante la puerta como estatuas.
-No es eso -contestó el reitre-, es que se ha casado, lo que es peor, porque así no se piensa más que en la boda y no se tiene energía cuando hace falta.
Mario, que estudiaba el italiano con Lucilio, comprendió poco más o menos estas palabras y siguió al teniente y a los dos reitres a la cocina.
Tan pronto como entró, y sin ocuparse de los que llegaban y obstruían la puerta, se deslizó hasta Bois-Doré, que guisaba lo mejor que podía en compañía de madame Pignoux, pensando que cuanto antes estuviese el enemigo sentado ante la mesa antes se ofrecería alguna posibilidad de evasión.
-¿Eres tú, hijo mío? -dijo el marqués en voz baja-. ¿No te han maltratado?
-No, no -contestó Mario-. Somos muy buenos amigos el capitán y yo. Déjame que te ayude, padre. Podremos hablar mientras no se ocupan de nosotros.
-Muy bien, pero no nos miremos. Mira cómo me las arreglo para hablar con la hostelera. ¡madame Pignoux! -gritó-. ¡Dadme la mantequilla!
Y añadió por lo bajo:
-¿Quién llega, buena mujer?
-Una dama que se apea del caballo. No os volváis por si acaso os conoce.
-Niño, dame la pimienta -dijo el marqués, dando una palmada sobre el hombro de Mario.
Y le dijo al oído:
-No te vuelvas tú tampoco.
-Madame Pignoux -añadió inclinándose hacia la hostelera-, haced por verle la cara.
-No la conozco -contestó la Pignoux-; tiene un matorral de cabellos y de plumas... ¡Es una buena moza!
Nuestros tres personajes se hallaban en el extremo de la cocina, junto al fogón, de espaldas a la puerta y frente a una ventana de la planta baja, ante la cual veían pasar incesantemente las siluetas de los reitres que hacían centinela.
Había dos a cada lado de la casa, lujo inútil, puesto que aquella casa no tenía más que dos puertas: la que daba a la carretera y la de la despensa, que daba a un pequeño jardín cercado de vallas.
Todas las ventanas de la planta baja y del primer piso tenían sólidas rejas. Era inútil, por lo tanto, pensar en escaparse.
Sin embargo, el marqués suspiraba con impaciencia:
-¡Ay, hijo mío! -decía Mario-. ¿Por qué estarás tú aquí? Con este cuchillo de cocina ya me sabría yo librar de los dos centinelas que están delante de la puerta de la despensa. Pero contigo... no me atrevo; soy cobarde.
-Y si mi hombre estuviera aquí -añadía Pignoux-, aunque es viejo, entre él y Santiago se las entenderían con los otros dos. Pero mucho me temo que hayan matado a mi buen criado... ¡Ah! ¡Dios mío! ¡Aquí está! ¡Ved cómo le han puesto esos malditos! ¡Está ensangrentado!
Santiago «el Mellado» era feo, solapado y tenía mal genio; pero era valiente y fiel.
-No es nada -dijo-; dadme un trapo para limpiarme la cara.
-Pero si te han descalabrado, mi pobre amigo -dijo el marqués, dándole su pañuelo de encaje, que se había dejado olvidado en el bolsillo de sus calzas.
Mario se apoderó del pañuelo, que hubiera podido delatarles como hidalgos, y lo arrojó al fogón encendido, donde ardió como una cerilla.
Santiago se limpió la sangre y vendó su herida con una servilleta.
-No os preocupéis -dijo a madame Pignoux-; me han dejado volver aquí para servirles; dadme el cuchillo, y la noche no se acabará sin que destripe a alguno de ellos.
-Te matarían -dijo la hostelera.
-No importa -contestó Santiago.
-Pero harías que nos matasen a nosotros también.
-Santiago -dijo el marqués-. Mira este niño. Si puedes, haz que salga de aquí; pero si nos quieres, sé prudente.
Santiago miró a Mario a hurtadillas y, sin contestar, fue repetidas veces a la despensa como ocupado en sus obligaciones, pero en realidad para examinar a los reitres que hacían centinela con la regularidad de dos autómatas.
-Esos perros alemanes -dijo al marqués- ni duermen, ni beben, ni comen hasta que han matado a todo el mundo.
-Y conocen la disciplina -contestó el marqués suspirando-. ¡Ah! No se puede negar que los reitres son unos buenos soldados. Si el gran Enrique hubiera tenido diez mil de ellos, hubiera sido rey diez años antes.
-Trabaja, padre, trabaja -dijo Mario-; el teniente te está mirando.
-Puede mirarme, hijo mío; sé manejar la sartén tan bien como el mismo maese Pignoux.
-Es la verdad -dijo la hostelera-. Juraríase que no habéis hecho otra cosa en vuestra vida.
-He aprendido en campaña, madame Pignoux; he guisado para mi Enrique con la espada al flanco y el casco puesto. ¡Quién me hubiera dicho que un día había de guisar para Macabro y su cara mitad! Supongo que será una cualquier cosa.
En aquel momento la voz de madame Proserpina se elevó sobre las demás:
-¡Puah! ¡Cómo huele a quemado! -gritaba-. Esto es una peste. Subamos, subamos pronto. Vamos, teniente, dadme la mano. ¡Mil rayos!
Monsieur de Bois-Doré y su hijo se miraron y al punto se inclinaron sobre sus cazuelas.
Aquella amazona, que después de conversar y discutir confidencialmente a la puerta de la hostería con el capitán y el teniente cruzaba la cocina pavoneándose con su lujoso indumento de guerrera y agitando su voluminosa cabellera de un rubio ardiente bajo su chambergo cubierto de plumas abigarradas; aquella madame Proserpina, esposa más o menos legítima del capitán Macabro, era la antigua ama de llaves del marqués, la enemiga personal de Mario, la Guillette Carcat de La Châtre, la Belinda de Briantes.
-Estamos perdidos -pensó el marqués-; nos reconocerá.
-Estamos salvados -pensó Mario-; no nos reconoce.
Y para disfrazarse mejor se puso un mandil con un peto que le llegaba hasta la barbilla y restregó sus manecitas, llenas de carbón, sobre sus mejillas sonrosadas.
Belinda pasó sin volver la cabeza. Pero era inútil pensar en evadirse. Madame quería ser servida en el acto.
La dulzona y gazmoña ex ama de llaves había sufrido una rápida metamorfosis. Al hacerse la compañera del viejo bandido, había adquirido las maneras soldadescas y el tono imperioso y violento, que al fin y al cabo eran la expresión de su verdadera naturaleza, comprimida y disfrazada en Briantes desde hacía mucho tiempo. Su cuerpo, se había desarrollado con la misma exuberancia. Como ya no se veía obligada a ocultarse para saborear licores y dulces robados, se había entregado de lleno a su golosa pasión. Macabro, que guardaba siempre la mejor parte en los saqueos, se cuidaba de aprovisionar abundantemente a su compañera de dinero, víveres y bebidas; de este modo ella ahogaba en los excesos de los festines el remordimiento y el asco de ser la manceba de aquel monstruo.
El placer de no hacer nada más que cabalgar y mandar era para ella una compensación más. Las intemperancias de su nueva vida aventurera habían alterado sus facciones y duplicado su volumen. Su cara, coloreada por naturaleza, había adquirido ya los tonos jaspeados de la depravación y el matiz amoratado de los excesos. Orgullosa por su abundante guedeja roja, la esparcía sobre sus hombros con una afectación ridícula, y se adornaba sin discernimiento con todos los objetos que maese Macabro conquistaba, valiéndose de la traición más que de la guerra franca.
Madame tenía mucha prisa por comer y beber; había hecho una larga caminata a caballo y se regalaba con la idea de conocer, al fin, los famosos guisos de maese Pignoux, cuyas alabanzas había oído tan frecuentemente en Briantes.
Le tenía sin cuidado que veinticinco buenos soldados (unos verdaderos granujas, para poner las cosas en su punto) esperasen ante la puerta con el estómago vacío. No le preocupaba lo más mínimo el que su manera de proceder les disgustase o no; se atrevía a todo, porque su imbécil amante le había dado el grado de teniente y el mando de una parte de su banda, a la que ella asociaba en sus beneficios cuando estaba de buen humor y que le era fiel por interés.
Los que habían venido con ella tomaron posesión de la cocina, mientras que los otros eran relegados a la cuadra o recibían la orden de hacer la ronda y montar la guardia. Los primeros contaban con los restos de la comida de su teniente y demostraron gran actividad en hacer que le sirvieran; unos ponían la mesa, injuriando y zarandeando a las criadas, mientras los otros obligaban a darse prisa al cocinero Bois-Doré, a su supuesta mujer y a Mario, el marmitón improvisado.
Era inútil pensar en cambiar impresiones. Había que guisar, y se guisaba sin descanso.
Esta fue una de las aventuras de la vida del marqués en que él se mantuvo a la altura de los acontecimientos.
Hizo guisos dignos de mejor suerte, salpimentó y dispuso los manjares, engrasó la sartén y volvió las tortillas con ademanes llenos de tal maestría, que acabó por imponer respeto a aquellos herejes a pesar de su impaciencia.
En el momento en que se disponía a servir la sopa, el marqués vio que Santiago «el Mellado» alargaba el brazo como para salpimentarla por segunda vez. Maquinalmente rechazó su inútil ayuda; pero la insistencia del Mellado le sorprendió; le cogió la mano y le pareció que la sal que llevaba tenía un aspecto singular.
-Dejadme -dijo Santiago-; les gusta la sopa muy salada.
Su extraña sonrisa hizo que el marqués comprendiera.
-Santiago -le dijo en voz baja-, nada de veneno; es una cobardía, y la cobardía trae mala suerte. Solamente Dios puede salvarnos. No le ofendamos.
Santiago dejó caer los polvos con que se proponía sazonar la sopa de los amables huéspedes del Gallo Rojo. El gesto generoso y novelesco del marqués le parecía inexplicable, pero se sometió con una especie de terror supersticioso.
Bois-Doré entregó la sopa y el primer servicio a los barbudos pajes de madame Proserpina; tuvo un momento de respiro; parecían dispuestos a dejarle un poco más de libertad.
El mismo Mario iba de vez en cuando hasta el umbral, y en aquel momento lo hubiera sido fácil huir fingiendo ir a buscar leña bajo el cobertizo; pero se guardó mucho de proponérselo a su padre; éste hubiera exigido que aprovechase la ocasión, y por nada en el mundo hubiera querido el niño separarse de él.
-Si matan a mi padre -pensaba-, quiero morir con él; pero conservaré hasta el fin la esperanza de salvarle.
Madame Pignoux también empezaba a concebir algunas esperanzas. Los hombres de la teniente parecían más descarados, pero un poco menos siniestros que los que les habían precedido en la cocina.
Casi todos eran franceses y jóvenes. Mandaban con tanto cinismo como los otros, pero había en sus maneras una especie de buen humor, que permitía esperar un fondo de bonachería o al menos algún momento de olvido.
Pero una orden partió de lo alto de la escalera y fue a caer como un rayo sobre los cautivos. Madame Proserpina llamaba a su presencia a maese Pignoux y a su mujer.
-¡Iré; voy corriendo! -exclamó la anciana subiendo la escalera.
Y al presentarse ante la teniente solicitó respetuosamente sus órdenes, cuidando de parecer que no la reconocía o que la consideraba desde el primer momento como a persona bastante más importante que la ex encargada de pasear los perritos del marqués.
-Mis órdenes son que vuestro esposo venga también -contestó la Belinda, halagada por la sumisión de madame Pignoux-. Id a buscarle, buena mujer.
-Dispensadme -dijo la Pignoux-; mi hombre se halla con los apuros de su trabajo y no está presentable con su delantal y su gorro sucios ante una dama como vos.
-¿Es que tú te crees más presentable, vieja bribona? -gritó el capitán-. A mí no me la das, ¿sabes? Quiero verle la cara al belitre de tu marido y no valen disculpas. Y vosotros, pícaros -dijo a los criados de Proserpina-, ¿cómo es que cuando vuestro teniente os manda algo necesita repetíroslo dos veces? ¿Es que voy a tener que ir yo mismo a buscar a ese traidor?
En el mismo momento Bois-Doré, a quien ya habían obligado a subir la escalera, penetró en la sala empujado con tal violencia, que poco le faltó para caer a los pies de Proserpina.
El pobre Mario le seguía temblando de miedo por él y de rabia contra los reitres. Si su viejo padre se hubiera caído, el niño, perdiendo la paciencia, se hubiera dejado hacer trizas por defenderle.
Afortunadamente para los dos, el marqués no perdió la cabeza y se decidió a afrontarlo todo, contando con el éxito de su disfraz.
La casualidad quiso que Proserpina no prestase la menor atención a su cara. Conocía muy bien al verdadero Pignoux; al pronto no se dignó alzar la mirada hacia él, porque estaba distraída por las atenciones excesivamente familiares que tenía con ella el teniente Saqueo, que, sentado a su lado, aprovechaba todos los instantes en que Macabro no le observaba con demasiada atención.
Por lo tanto, el marqués pudo colocarse detrás de Proserpina con la actitud de un servidor respetuoso que aguarda órdenes, y hábilmente hizo que Mario se colocase detrás de él.
-¡Ah! ¡Por fin estás aquí, racimo de horca! -exclamó el capitán, pegando un puñetazo sobre la mesa-. Tu temor nos revela tu traición, y veo claramente tus malos designios.
Bois-Doré, creyéndose descubierto, estuvo a punto de mandar el disfraz al diablo y esgrimir el cuchillo de cocina, para morir, al menos, sin ser insultado; pero la presencia de Mario paralizaba su valor. Incierto acerca del sentido de las palabras que le dirigían, se guardó de contestar, no queriendo dejar oír su voz a Proserpina.
Se contentó con mirar fijamente a Macabro; esta actitud era, sin que él lo sospechase, la mejor que podía adoptar.
-¡Vamos! ¿Hablarás? -gritó de nuevo el capitán, que, preocupado al principio, parecía tranquilizarse ante aquel aire de candor-. ¡Te las das de tonto, granuja! Sin embargo, no ignoras que al no presentarte aquí en persona y al resistirte a cumplir con tu deber has faltado a todas las reglas y a todas las obligaciones de tu oficio.
Bois-Doré, decidido a no hablar, hizo una pantomima, que equivalía a un gesto interrogativo y que significaba: «¡De qué se trata?»
-¿Has perdido el habla, tú que tan bien charlabas hace un rato? -prosiguió Macabro-. ¿O ignoras, triple idiota, que el hostelero debe probar antes que nadie los manjares y las bebidas que presenta? ¿Te crees que estoy lo bastante seguro de ti para exponerme a ser envenenado?... Vamos, pronto, mala bestia, traga lo que ves en este plato y en este cubilete, o si no te haré tragar mi tizona.
Al mismo tiempo mostraba al marqués un plato en el que había puesto una parte de todos los manjares servidos en la mesa y un cubilete lleno de vino tomado de todos los jarros.
El marqués se tranquilizó al ver de qué se trataba, tanto más cuanto que Proserpina no lo miraba en el momento en que tuvo que inclinarse sobre la mesa para tomar el plato y el vaso.
La costumbre de obligar al hostelero a probar los guisos había caído en desuso desde el fin de las grandes guerras civiles, al menos en las provincias del centro. Ni los viajeros usaban de este derecho ni los hosteleros empleaban el de desarmarles antes de que entrasen en la casa.
Pero Macabro procedía como en país conquistado y hubiera sido inútil discutir el derecho del más fuerte. El marqués se sometió valientemente con una sonrisa desdeñosa por el insulto hecho a su lealtad. Tomó silenciosamente el contenido del plato y del vaso, mientras lanzaba a Santiago «el Mellado» una mirada que significaba claramente: «Ves, Santiago, la generosidad trae suerte.»
Y Santiago, que adoraba al marqués, se persignó al volver a la cocina.
Todo marchaba bien.
Macabro y sus acólitos, vencidos por la mirada altiva y el silencio digno del majestuoso cocinero, estaban encantados de poder hacer honor a sus guisos, y acaso todo hubiera terminado bien sin una desdichada distracción del marqués, que lo echó todo a perder.
Proserpina dejó caer el abanico de plumas que llevaba colgado de la cintura, junto a una daguita y dos pistolas, y, por una fatal costumbre de galantería, a la que nunca había faltado, ni aun con su ama de gobierno, el marqués se inclinó para recoger el objeto y lo presentó, advirtiendo demasiado tarde su imprudencia.
Durante un momento, que pareció durar un siglo, los ojos de Proserpina reflejaron sorpresa e incertidumbre; pero al fin la dama exclamó llevando la mano a sus pistolas:
-¡Que muera de mala muerte si éste es maese Pignoux!
-¿Qué? ¿Qué es esto? -exclamó Macabro a su vez-. Ven aquí, mal guisandero, y muestra tu hocico a la compañía. ¡Por todos los diablos!, si hay aquí alguna superchería y algún pinche vil ha usurpado las funciones de cocinero, juro hacer con su pellejo un colador.
El marqués no hizo caso de las amenazas del bandido; comprendió que el momento de la crisis había llegado y, empujando a Mario, le echó fuera de la sala diciéndole:
-Tú, vete abajo; mi mujer te llama.
Luego se presentó resueltamente frente a Proserpina y la miró con esa dignidad suprema que sólo el hombre de corazón es capaz de emplear contra cobardes adversarios.
A pesar del grotesco indumento del marqués, la Belinda no pudo dominar un sentimiento de respeto y de remordimiento. Tenía entre sus manos la vida de aquel hombre, a quien quería humillar y robar, pero a quien no quería que torturasen ni degollasen. Dudó un momento y al fin dijo:
-¡A fe mía, maese Pignoux, ahora os reconozco! Pero ¡qué diablo! Mucho habéis cambiado. ¿Es que habéis tenido alguna terrible enfermedad?
-Sí, señora -contestó Bois-Doré movido por aquel buen movimiento-; he tenido muchos disgustos en mi casa desde que me vi obligado a separarme de una persona que me servía muy bien.
-Ya sé de quién habláis -repuso la Belinda-. Era un tesoro que no supisteis apreciar y al que arrojasteis como a un perro. Sí, sí; sé cómo ocurrió aquello. Os portasteis mal y ahora os lamentáis. Pero es tarde. La persona a quien os referís no volverá a serviros ¡a fe mía!
-Hará bien en no servir a nadie si puede prescindir de ello; pero tengo la esperanza de que en cualquier situación que se halle no habrá olvidado mi generosidad. Me separé de ella sin reproches ni tacañería; ella os lo podrá decir.
-¡Basta! Hablaremos de esto más tarde. Servidnos bien y volved a vuestra tarea, amigo.
Al salir, Bois-Doré vio que hablaba en voz baja con uno de sus hombres.
-Estamos salvados -dijo a Mario en la escalera-. No me ha delatado y acaba de dar órdenes para que nos dejen salir.
Y lleno de candor, el marqués se dirigía con Mario hacia la puerta de la cocina; pero se había equivocado. Por el contrario, Proserpina había renovado la orden de bloqueo.
Había que seguir fingiendo y ocuparse en confeccionar la famosa tortilla de pistaches.
Una hora aproximadamente pasó sin aportar cambio alguno a la grotesca y trágica situación.
En la sala se hacía mucho ruido. Macabro gritaba, juraba y cantaba. Unas veces era una alegría brutal y otras, ira.
He aquí lo que ocurría:
El teniente Saqueo era un hombre positivo como su nombre. Encontraba absurdo el prepararse para un golpe de mano que exigía una marcha rápida y silenciosa con una cena que por experiencia él sabía que había de degenerar en orgía.
Macabro era un bandido entregado a todos los excesos, que eran el verdadero objeto de sus correrías. No tenía, como su teniente, cualidades de especulador, y si no temiese profanar las palabras diría que ponían en su vida de aventuras una especie de embriaguez que era como una poesía sombría y brutal. Era tan bohemio como ladrón; lo gastaba todo, y no era rico más que a temporadas.
El otro amontonaba fríamente y empleaba con mesura sus ganancias. Era entendido en negocios, no sacrificaba nada al placer y reunía una fortuna.
En nuestro tiempo hubiera sido un granuja más comedido; hubiera sido un estafador con levita y hubiera hecho vida de sociedad en lugar de recorrer los caminos y desvalijar a los transeúntes.
Cada siglo tiene su tráfico, y en las guerras civiles de los siglos XVI y XVII el bandolerismo se había organizado en industria regular y en cálculos positivos.
Saqueo aspiraba a suprimir a Macabro. No se hubiera atrevido a atacarle de frente, pero hacía con él lo que el príncipe con el rey de Francia. Empujaba a su amo al peligro, contando con que un tiro le dejase el sitio libre.
Con este objeto se esforzaba en agradar a Proserpina, guardiana de la caja y de las alhajas, y la dama, aunque tratando con miramientos a su casual esposo, no desanimaba al esposo en perspectiva, porque los azares de la guerra podían hacer que le fuese útil en algún momento dado.
Macabro empezaba a darse cuenta de aquel juego de coquetería y se sentía perplejo entre el deseo de dejarse dominar por su diosa y el de administrarle una buena paliza.
También hubiera deseado romper la cabeza a su rival y, sin embargo, comprendía cuán necesarias eran la actividad y la lucidez de su teniente, a él que no se podía resignar a ser sobrio ni a vivir en perpetua alerta.
Tanto era así que, harto de aquellas alternativas de ira y de reconciliación que se repetían a cada comida, el capitán tomó el partido de ahogar sus preocupaciones en el vino clarete de La Châtre, y después de mucho desbarrar empezó a experimentar la invencible necesidad de echar un sueño con las narices sobre el plato, dentro de los restos de un pastel.
Solamente entonces pudo Saqueo hablar seriamente con Proserpina.
-Ya veis, mi Bradamante -le dijo-, que este borracho no sirve para nada, y si me hicierais caso le dejaríamos dormir tranquilamente su borrachera y partiríamos a saquear el castillo. Mañana, a nuestra vuelta, recogeríamos a nuestro bello capitán, que por ahora no nos serviría más que de estorbo en nuestra expedición.
Proserpina acariciaba una idea que acababa de ocurrírsele, una idea atrevida y singular, que se guardó mucho de comunicar al teniente.
Fingió consentir.
-Id a dar de comer a la tropa -contestó-; yo me quedo al cuidado de este dormilón, y si se despierta le daré de beber para que reanude su sueño.
Saqueo bajó a la cocina y mandó que le entregasen todas las provisiones de cerdo salado y conservas de caza; luego fue a la cuadra, donde sus hombres y los de Macabro se habían instalado.
Se procedió, bajo su dirección y con una parsimonia prudente, a la distribución de víveres, y sobre todo a la del vino; él mismo cuidó de que se montase bien la guardia. Los hombres de Proserpina estaban sentados ante la mesa de la cocina y cenaban alegremente con los copiosos restos de la cena de los oficiales.
Entre tanto la teniente mandó subir al cocinero; éste la encontró calentándose ante la lumbre en una actitud masculina; sus gruesas piernas estaban calzadas con altas botas de montar.
Estaban solos, porque el capitán roncaba sobre su pastel.
-Sentaos aquí, marqués, y hablemos -dijo ella con un tono condescendiente bastante cómico-. Tenéis que enteraros de nuestras situaciones respectivas y os haré ver muchas cosas en pocas palabras, porque el tiempo apremia.
El marqués se sentó en silencio.
-Debo deciros -prosiguió la dama-bandolero- que cuando me despedisteis tan descortésmente de vuestro solar entré al servicio de madame de Gartempe, que debía partir para la Lorena, donde posee bienes de importancia.
-Ya lo sé -dijo el marqués-; entrasteis en casa de una dama de alta alcurnia, y vuestra situación no había empeorado. ¿Cómo es que...?
-¿Que haya salido tan pronto? En vuestra casa me había dado a la devoción, porque siempre es agradable hacer lo contrario de lo que hacen los amos; por lo mismo, encontrando que mi noble señora era demasiado exigente respecto a los asuntos de conciencia, me pasé a las ideas de la Reforma, lo cual fue causa de que me echase, mucho más duramente que vos, lo confieso.
En esto llegó a Lorena una cuadrilla de aventureros, que habían servido a aquel bravo capitán a quien allí llaman el bastardo de Mansfeld y que, derrotado al otro lado del Rin por los ejércitos católicos del emperador, buscaba fortuna en Alsacia y Lorena.
Aquellos hombres inspiraban mucho miedo, tanto a mí como a los demás; pero la casualidad quiso que me encontrara entre ellos a éste que veis aquí. Acababa de despedir a sus soldados y proyectaba volver a Bourges para establecerse y envejecer en paz.
Él recordaba el Berry con tanto cariño, que nuestra amistad fue pronto hecha y me ofreció su corazón y su mano.
No sé por qué no me determiné al matrimonio. Para terminar, mi querido marqués, debo deciros que vuestro castillo será tomado esta noche e incendiado mañana por la mañana.
-¿Es este el verdadero objeto de vuestra expedición? -preguntó el marqués afectando tranquilidad-. ¿Sois vos quien ha sugerido esta idea al capitán Macabro? No puedo creer que seáis hasta tal punto vengativa y perversa.
-La idea no es mía, pero yo la he sugerido sin querer por haber hablado imprudentemente de vuestro tesoro. Apenas se enteró me agobió con sus preguntas, y yo, sin saber dónde quería ir a parar, le di bastantes detalles que le hicieron creer que sería fácil apoderarse del tesoro.
También tuve la imprudencia de enseñarle unas cartas que confirmaron mis incautas palabras. Una era de monsieur Poulain; la otra, de Sancho. Ambas me daban noticias de monsieur de Alvimar, porque creía que yo seguía en lo que ellos llamaban los buenos principios, y como conviene tener amigos en todas partes, me guardó mucho de notificarles en qué compañía me encontraba.
En vista de todo esto, un buen día Macabro marchó a Alsacia, donde encontró a varios de sus antiguos reitres; alistó a otros que estaban deseando entrar en campaña, se asoció al teniente Saqueo, que es un hombre hábil e infatigable, y, hecho todo esto, volvió a Linières, desde donde marchó ayer a Brilbault con algunos de los suyos, después de citar a los demás para esta noche en la hostería aislada en que nos hallamos en este momento.
Bois-Doré escuchaba con mucha atención, pero ocultando la sorpresa y la inquietud que le causaban todas estas revelaciones.
Al recordar las apariciones de Brilbault, volvió maquinalmente la vista hacia la pared de la sala en que se encontraba y por segunda vez vio reflejarse la cara, con gruesa nariz ganchuda, largo mostacho y casco empenachado, del capitán Macabro.
Era el mismo perfil que había visto en Brilbault, y ya no dudaba de que el rector Poulain, al que había creído reconocer, fuese también de la partida. Además, ¿no acababa de decirlo la misma Proserpina que Alvimar había sobrevivido al terrible duelo de La Rochaille?
No hizo ninguna reflexión y se limitó a interrogar a la dama, que confirmó todas sus suposiciones.
Alvimar había visto horrorizado al hugonote Macabro junto a su lecho de muerte.
Pero tan pronto como expiró, Sancho hizo el juramento de unirse a los reitres y a los bandidos gitanos que quisiesen secundarle.
-Esta mañana -añadió Proserpina- Macabro volvió a Thevet, donde le esperábamos. Saqueo y yo, con nuestros hombres, estábamos acampados fuera de la ciudad, sin querer asustar ni maltratar a nadie; así, gracias a la prudencia y a la buena disciplina de nuestros aventureros, es como hemos podido caminar más de cien leguas a través de Francia sin tener que combatir. Nos hacíamos pasar por voluntarios al servicio del rey y enseñábamos papeles falsos. De esta manera, los que quieran ir a buscar fortuna en el partido hugonote o en otra parte podrán llegar hasta el Poitou; Macabro piensa facilitarles los medios de hacer carrera, y si ve que se aventuran en malos negocios, él se retirará de la campaña con el botín de vuestro castillo. De modo, mi querido marqués, que en nuestro poder está el arruinaros, y, por vuestra desgracia, habéis venido a caer aquí, entre las manos de personas resueltas a quitaros la vida.
-Es decir, que mi suerte está en vuestras manos -contestó el marqués-, y me lo decís para hacerme comprender el agradecimiento que os debo. Contad, Belinda, con que no se limitará a palabras, y si también renunciáis a marchar sobre Briantes, sacaréis más provecho que en partir mis bienes con esta banda de ladrones.
-Ya os he dicho, marqués, que no soy yo quien dirige; pero os puedo ayudar a libraros del capitán y puedo hacer atender a razones al teniente, que prefiere el dinero a las peleas.
-Es decir, que queréis mi rescate y el de mi castillo. Evaluad primero el de mi persona, que lo confieso, está indefensa en vuestro poder. En cuanto al castillo...
-En cuanto al castillo, creéis poder defenderle una vez libre. Por eso no quedaréis en libertad hasta que hayamos salido de él, al menos que...
-¿Al menos que pague?
-Al menos que firméis, señor marqués, porque vuestra firma es sagrada para quien, como vuestra fiel Belinda, conoce el honor de un hidalgo cual vos.
-¿Qué queréis que firme? -preguntó el marqués, fácilmente resignado, toda vez que no se trataba más que de dinero.
Proserpina guardó un instante de silencio. Su rostro adquirió una expresión de malicia diabólica y, sin embargo, reflejó al mismo tiempo una ansiedad singular, como si sus propias exigencias la hubieran ruborizado un poco.
-Vamos, vamos -le dijo el marqués-, hablad y acabemos pronto, antes de que vuestro compañero se despierte.
-Mi compañero no es mi esposo, ya lo sabéis, señor marqués -repuso la teniente con coquetería-. Es muy feo y muy tonto... y aunque no seáis más joven que él, aun tenéis atractivos..., a los que no he permanecido siempre todo lo indiferente que aparentaba.
-¿Qué locuras me estáis diciendo, mi pobre Belinda?... Vaya, basta de bromas... ¡Acabemos!
-No bromeo, marqués; siempre he sentido la ambición de ser dama noble; para concluir, he aquí mi única y última palabra: ¡Sed libre! ¡Nada de rescate! ¡Marchaos! Corred a defender vuestro castillo, si yo no puedo impedir que lo ataquen, y sea cual sea el resultado del asunto, cumpliréis la palabra que me vais a dar por escrito de tomarme por esposa legítima y heredera universal.
-¡Mi esposa vos! -exclamó el marqués, retrocediendo estupefacto-. ¿En qué pensáis? ¡Mi heredera! Cuando Mario...
-¡Ah! He aquí la cuestión; el niño es el obstáculo. Pero podéis estar tranquilo; seré bondadosa con él si se porta debidamente conmigo, y después de mi muerte vuestros bienes podrán volver a él, siempre que yo esté satisfecha de su comportamiento.
-¡Belinda, estáis loca! -dijo el marqués levantándose-. Al menos que todo esto sea una broma...
-No es una broma, y, ¡por mi vida! -dijo levantándose ella también-, si no escribís en el acto lo que exijo, despierto al capitán y hago subir mis gentes.
-Podéis hacer que me maten, si os parece -contestó Bois-Doré-, pero no me prestaré nunca a vuestro capricho. Y tened en cuenta que no me dejaré degollar como un cordero.
Belinda, ciega de furor, empezó a llamar a sus hombres. El marqués desenvainó su cuchillo y se precipitó hacia la puerta para recibir a los asesinos. Pero en aquel momento Macabro se levantó de pronto, tambaleándose, y arrojó un jarro a la cabeza de su esposa. Mal lo hubiera pasado ésta de tener el bandido más seguro el pulso.
-¡Puerca indecente! -gritó corriendo tras ella-. ¡Ah! ¿Quieres casarte con tu viejo marqués? ¿Acaso crees que soy sordo? ¿No sabes que el capitán Macabro no duerme más que con un ojo y un oído? Tú, quédate, marqués. Contra ti no tengo nada, porque tú has rechazado las ofertas de esta maldita Putifar. ¡Te digo que te quedes! Ayúdame a coger a esta bribona. Quiero retorcerle el cuello y hacer un tambor con su pellejo.
A pesar de estas seductoras invitaciones, el marqués dejó a los dos amantes arreglárselas juntos y se precipitó hacia la escalera. Mario, asustado por el ruido que se oía en la sala alta, se había precipitado a su vez. Se encontraron en medio de la escalera sin poder ni subir ni bajar, porque desde arriba, Proserpina, perseguida por Macabro, que le molía a golpes con el palo de la silla, cayó sobre ellos rodando, mientras que de abajo los reitres de la teniente subían para calmar aquella escena conyugal.
Lo que se consiguió al punto.
Proserpina, desmelenada, se levantó y se arrojó entro sus soldados, que, sin ningún respeto hacia el capitán, se apoderaron de él con bastante brutalidad, se lo llevaron a la sala y lo encerraron, burlándose de sus gritos y de sus amenazas.
La teniente, acostumbrada a aquellas escenas, no tardó mucho en reponerse.
Apenas hubo bebido un vaso de ginebra de Marche, que le presentó uno de sus pajes, buscó con una mirada de ave de rapiña a su víctima:
-¡El cocinero! ¡El cocinero! -exclamó-. ¡Traedme al cocinero!
Trajeron al marqués y a Mario, que se agarraba desesperadamente a él.
Belinda reconoció al niño en el acto, y una alegría feroz hizo enrojecer su cara, pálida por el miedo.
-¡Amigos míos! -exclamó-, ya tenemos cogidos al jabalí y al jabato, y han de valernos un buen rescate; pero para nosotros solos, ¿oís?, sin repartir con los alemanes -llamaba así a los reitres del capitán- ni con el teniente Saqueo y sus italianos. Para nosotros, para nosotros solos el tal Bois-Doré y su hijo, y ¡viva Francia, pardiez! ¡Una pluma, papel, tinta, pronto! El marqués tiene que firmar su rescate. Yo conozco su fortuna, y os respondo que no me ocultará nada. Mil escudos de oro para cada uno de estos bravos, ¿lo oyes, marqués?; y para mí, la palabra que te he pedido.
-Para ti, mala mujer, toda mi fortuna -exclamó el marqués-, con tal de que mi hijo tenga la vida en salvo. ¡Dadme, dadme la pluma!
-Eso no -repuso la Proserpina-; no quiero solamente la fortuna, sino tu nombre, y vas a firmar la promesa de matrimonio.
El marqués no creía que aquel demonio se hubiera atrevido a declarar sus pretensiones ante testigos.
Pero, lejos de escandalizarse, los reitres aplaudieron, como si se hubiera tratado de una excelente jugada, y el rubor invadió el rostro de Bois-Doré, sublevado por el papel abyecto y ridículo que le hacían representar.
-Pedís demasiado, señora -dijo, encogiéndose de hombros-; tomad mi oro y mis tierras, pero mi honor...
-¿Es tu última palabra, viejo loco? Entonces venid aquí, camaradas; traed una cuerda y haced la estrapada al chiquillo.
Al hablar así, la odiosa mujer designaba un enorme gancho de hierro clavado en la bóveda de la cocina y que servía para colgar los pies del asador.
En un segundo se apoderaron de Mario, que gritó al marqués:
-¡Niégate, niégate, padre! Aguantaré todo.
Pero el marqués no podía soportar la idea de martirizar a su hijo.
-¡Dadme la pluma! -gritó-. Consiento. ¡Firmo todo lo que queráis!
-Hagámosle dar, sin embargo, un salto o dos de estrapada -dijo uno de los bandidos, mientras empezaba a atar a Mario-; esto hará que la escritura del viejo sea más generosa.
-Sí, hacedlo -contestó Proserpina-. Este niño insoportable lo tiene bien merecido...
El marqués se volvió furioso; pero se calmó en seguida al ver a su pobre hijo, que palidecía de miedo a pesar de su valor.
Era inútil toda resistencia: Mario estaba en poder de aquellos bandidos.
Bois-Doré cayó a los pies de Proserpina.
-¡No hagáis sufrir a mi hijo! -exclamó-. Cedo, me someto, me caso con vos. ¿Qué más necesitáis que mi palabra?
-Quiero tu firma y tu sello -contestó Proserpina.
El marqués cogió la pluma con mano temblorosa y escribió lo que lo dictaba aquella furia:
«Yo, Silvio Juan Pedro Luis Bouron del Noyer, marqués de Bois-Doré, prometo y juro a Guillette Carcat, llamada Belinda, y llamada Proserpina...»
En aquel momento se oyó un ruido espantoso, y los reitres de Proserpina se precipitaron hacia la puerta.
Eran los alemanes del capitán, a quienes éste había llamado por la ventana, y que acudían para libertarle. Los italianos de Saqueo montaban la guardia con orden de no dejar entrar ni salir a nadie.
Estos tres bandos estaban siempre peleando; sus jefes tenían que sujetarlos y separarlos a menudo. Pero esta vez fue imposible. Saqueo, atraído por los gritos de Macabro, y creyendo que Proserpina quería acabar con su tirano, se esforzaba en impedir que los alemanes le auxiliasen; los franceses, al servicio de la teniente, odiaban a los unos y a los otros, y todos vinieron a las manos, sin utilizar las armas, pero injuriándose y golpeándose con los pies y los puños.
Aquel estrépito estaba aumentado por el del estropicio de muebles en la sala alta, donde Macabro se debatía como un demonio para libertarse, y por los gritos agudos de Proserpina, que alentaba a los suyos y empezaba a temer por su vida en el caso de que fuesen derrotados.
Bien puede suponerse que el marqués no aguardó al fin de la lucha para pensar en su huida. Dio un salto hacia su hijo para libertarle; pero la cuerda estaba tan ingeniosamente atada y era tal su turbación, que no conseguía desatarla.
-¡Cortad! ¡Cortad! -decía madame Pignoux.
Pero un temblor convulso agitaba las manos del anciano, y temía herir a su hijo con el cuchillo.
-Dejadme a mí -dijo Mario, rechazándole.
Y con maña y sangre fría deshizo el nudo.
El marqués le cogió en sus brazos y siguió a la hostelera y a la criada, que corrían hacia la cocina.
Al precipitarse hacia fuera, tropezó en el umbral y estuvo a punto de caerse; había un cuerpo tumbado en el suelo: era el del Mellado. Estaba muerto; pero junto a él yacían dos reitres: uno atravesado por un asador, y el otro medio decapitado por el cuchillo. Santiago se había vengado y había dejado libre el paso. Su cara horrible, pero enérgica, tenía una expresión espantosa: parecía contraída por una risa de triunfo, y dejaba ver sus colmillos, espaciados, como a punto de hacer presa.
El marqués vio rápidamente que ya no se podía hacer nada por el pobre Mellado; corrió cuanto pudo, llevando a Mario apretado contra su pecho.
-Déjame en el suelo -le decía el niño-; correremos mejor. Por favor, déjame en el suelo.
Pero el marqués creía oír cargar detrás de él las terribles pistolas de chispa, y quería proteger a su hijo con su cuerpo.
Cuando se vio fuera de su alcance se decidió a dejarle en el suelo, y ambos se lanzaron hacia el bosquecillo, en el que se ocultaba la antigua hostería medio derrumbada.
Mientras corrían, vieron correr también a madame Pignoux y a su criada. Se apiadaron de aquellas dos viejas; pero llamarlas hubiera sido la perdición de todos. Ellas cortaron a campo traviesa; sin duda se dirigían hacia algún escondrijo conocido, que podría ofrecerles un buen refugio.
Los caballeros de Bois-Doré saltaron sobre sus caballos y evitaron llegar al Terrier por la carretera. Pasaron por uno de esos senderos estrechos y bordeados de altos matorrales de endrinas, que serpenteaban entre las propiedades.
La batalla de los reitres podía cesar bruscamente. Estaban bien montados, y eran capaces de alcanzar a los fugitivos; pero el ligero galope de Rosidor y de Coquet hacía poco ruido sobre la tierra mojada, y como el sendero que seguían se cruzaba con otros, el enemigo tendría que separarse en varios grupos para poderles seguir.
Ante todo, se trataba de ganar terreno; por eso los de Bois-Doré no pensaron en un principio más que en despistar al enemigo, metiéndose al azar en aquel dédalo de caminos cenagosos que se hundían cada vez más a medida que llegaban al fondo del valle.
Después de diez minutos de galope, el marqués detuvo su caballo y el de Mario.
-¡Alto! -le dijo-. Agudiza tu fino oído. ¿Somos perseguidos?
Mario escuchó; pero el ruido de la respiración de su caballo jadeante le impedía oír bien.
Saltó a tierra, se alejó unos pasos y volvió.
-No oigo nada -dijo.
-Tanto peor -contestó el marqués-, porque ya habrán terminado de batirse, y deben de pensar en nosotros. Pronto, a caballo, hijo mío, y sigamos corriendo. Hay que llegar a Brilbault, donde están nuestros amigos y nuestros servidores.
-No, padre, no -repuso Mario, que ya se hallaba de nuevo sobre su caballo-. A Briantes es donde debemos correr a campo traviesa. ¡Oh!, padre, os lo suplico; no vaciléis y no dudéis de que tengo razón. Estoy seguro de lo que digo.
Bois-Doré cedió sin comprender; el momento no era para discusiones.
Llegaron en línea directa a la aldea de Lacs, a través de la gran llanura fronteriza que pertenecía por entero a la señoría de Montlery, y, por lo tanto, no estaba todavía en aquella época dividida en lotes, bordeados por zarzas.
Iban a la ventura de Dios en terreno descubierto y sin poder apresurarse, porque en varios sitios los caballos se hundían hasta las rodillas en la tierra labrada.
Sin embargo, nuestros fugitivos hicieron la mitad del trayecto sin oír ninguna partida de jinetes por la carretera, a la que seguían casi paralelamente, a una distancia de dos o tres tiros de arcabuz.
Según el marqués, esto era mala señal. La disputa de los reitres no había podido prolongarse tanto. Al comprobar los alemanes que Macabro no había sido asesinado, sino sencillamente encerrado por causa de su borrachera, todo debía de haberse apaciguado, y Proserpina no era mujer que olvidase a los cautivos, de quienes esperaba, al menos, un buen rescate.
«Si no nos persignen por la carretera -pensaba el marqués- es que nos han visto cruzar la llanura y nos esperan a la entrada del bosque de Veille, en los caminos hondos que la Belinda conoce, sin duda. Acaso esos granujas están más cerca de nosotros de lo que nos figuramos, porque la niebla se va haciendo densa, y ya no sé si aquellas sombras que veo allí son árboles o jinetes parados que nos esperan.»
Detuvo otra vez a Mario para comunicarle sus impresiones.
Mario miró los árboles y dijo:
-¡Corramos! ¡Corramos! Allí no hay jinetes.
Los fugitivos reanudaron su carrera. Pero al pasar junto al bosque, que en aquella época se extendía hasta la alquería de Aubiers, fueron súbitamente alcanzados por un grupo de jinetes que desembocaban a su derecha y les gritaban «¡Alto!» con voz resonante.
Eran voces francesas; pero los aventureros de Belinda eran también franceses.
El marqués dudó un momento. Aquellos hombres estaban ocultos todavía por la obscuridad del bosque, y no era fácil reconocerlos, mientras que los Bois-Doré se hallaban bastante lejos de la entrada para no escapar a sus miradas.
-Sigamos andando -dijo Mario-. Si no son enemigos, ya lo veremos.
-¡Vive Dios! -exclamó el marqués-, son los reitres, y nos siguen. ¡Corramos, corramos, hijo mío!
Y pensó:
«¡Que Dios dé fuerzas a mis pobres caballos!»
Pero los caballos habían corrido demasiado en la tierra resbaladiza; habían perdido su primer ardor, y los que les perseguían estaban tan cerca, que a cada momento el marqués creía oír silbar las balas junto a sus oídos. Perdía mucho tiempo, por empeñarse, a pesar de Mario, en permanecer detrás, para recibir la primera descarga.
Un jinete mejor montado que los demás le alcanzó casi y le gritó:
-¿Te detendrás, ladrón, o tendré que matarte?
-¡Alabado sea Dios, es Guillermo! -exclamó Mario-. Reconozco su voz.
Volvieron riendas, y quedaron estupefactos al ver que Guillermo se abalanzaba sobre ellos, intentando arrojar al marqués de su caballo.
-¡Eh!, primo mío -dijo Bois-Doré-, ¿no me reconocéis?
-¡Ah! ¿Quién diablo os reconocería con semejante indumento? -contestó Guillermo-. ¿Qué es eso blanco que tenéis en la cabeza, y qué clase de falda es ésa que lleváis flotando sobre los muslos? Quería tener noticias vuestras; luego, al veros de cerca, me pareció reconocer vuestro caballo y el de Mario. Pero creía que eran ladrones que se llevaban vuestras monturas, acaso después de haberos asesinado. ¿Es éste Mario? En verdad que estáis los dos singularmente ataviados.
-Es verdad -dijo el marqués, al acordarse de su mandil de cocina y de su gorro de dril, que no había tenido todavía ni tiempo ni idea de quitarse-, no estoy equipado como hombre de guerra, y os agradeceré, primo mío, que me proporcionéis un sombrero y armas, porque no llevo más que un cuchillo de cocina, y acaso tengamos necesidad de pelear de un momento a otro.
-Tomad, tomad -dijo Guillermo, dándole su propio sombrero y las armas de su mejor criado-; daos prisa, y no nos detengamos, porque parece ser que vuestro castillo está en peligro.
Bois-Doré creyó que Guillermo estaba mal informado.
-Nada de eso -le dijo-; hace media hora los reitres estaban todavía en Etalié.
-¿Los reitres en Etalié? -reclamó Guillermo-. En tal caso, más nos vale correr, si no queremos ser cogidos entre dos fuegos.
No se podía perder el tiempo en explicaciones. Prosiguieron a toda marcha por la llanura hasta Briantes.
A lo largo del camino, las gentes de Bois-Doré iban engrosando la banda de Guillermo; después de vanas pesquisas en Brilbault, habían recibido los avisos de la gitanita y volvían al azar, sin tener mucha fe en su mensaje, y pensando que acaso era un ardid de sus compañeros para despistar las investigaciones.
Se habían decidido porque Pilar les había dicho que su amo estaba avisado también y volvería sobre sus pasos. Como no le habían visto en Brilbault en el sitio convenido, pensaron que el aviso, real o falso, debía de haber sido dado, efectivamente, al marqués, y que era inútil ir a buscarle a Etalié.
Monsieur Robin no había creído ni una palabra del relato de Pilar. Sin embargo, se había puesto en camino con su escolta, pero sin apresurarse, y era de temer que se hubiesen encontrado con los reitres, porque nuestros caballeros llegaron cerca de Briantes sin que les alcanzasen.
También los preocupaba maese Jovelin, que era el primero que había partido de Brilbault, con cinco o seis hombres de Briantes. Les sorprendía el no haberle alcanzado todavía, a pesar de lo rápido de la marcha que llevaban; cada cual hacía estas reflexiones para sí, sin tener tiempo de comunicarlas a los demás.
En muchas novelas he leído largas conversaciones cambiadas por los personajes mientras que sus caballos devoran el espacio; pero, en realidad, no he visto nunca que esto fuese posible.
Cruzaron el pueblo, y aunque no era más que la una de la madrugada, se veía con tanta claridad como en pleno día. Los edificios de la granja del castillo eran presa de las llamas.
Ante tal espectáculo no dudaron ya y se precipitaron al asalto de la puerta, que estaba cerrada y defendida por Sancho y por algunos gitanos, que habían reunido apresuradamente al oír el galope de los que llegaban.
-¿Qué hacemos? -dijo Guillermo al marqués-. Los nuestros, arrebatados por la ira, no esperan órdenes de nadie. Vamos a perder nuestros mejores criados acaso inútilmente. Pensemos en hacer las cosas con provecho.
-Eso es -dijo Bois-Doré-, detenedlos; un momento más o menos no ha de impedir que mi granero arda; la vida de estos buenos cristianos está para mí por encima de toda mi cosecha. Llamadlos y apaciguadlos; pero antes quiero ocuparme de este niño, que me inquieta.
Al hablar en esta forma, el marqués apartó un poco a Mario.
-Hijo mío -le dijo-, dadme vuestra palabra de que no avanzaréis hasta que yo os llame.
-¡Cómo, padre! -exclamó Mario, desesperado-; me habláis como hace un momento me hablaba Aristandre, y me tratáis como si fuera un niño chiquitín. ¿Así me dais lecciones de honor y de valentía, ves que...?
-¡Silencio, señor! ¡Obedeced! -dijo el marqués, hablando autoritariamente a su hijo amado por la primera vez en su vida-. No tenéis todavía edad para batiros, y os lo prohíbo.
Gruesas lágrimas llenaron los ojos del niño. El marqués volvió la cabeza para no verlas, y después de dejar a Mario en medio de una pequeña escolta de buenos servidores, corrió a reunirse con Guillermo de Ars, que había logrado imponer orden y obediencia a su tropa.
-Es completamente inútil -dijo el marqués- que intentemos forzar la entrada; dos hombres se bastan para defenderla durante una hora, de no ser que consintamos en sacrificar a veinte de los nuestros. ¡Ah!, primo mío, está muy bien que uno fortifique sus entradas, pero resulta muy incómodo cuando se trata de volver a casa. En este lugar el foso tiene quince pies de profundidad, y ya veis que los taludes no permitirían cruzarlo a nado; el que lo hiciera sería tiroteado desde la terraza. ¿Sabéis lo que hay que hacer? ¡Mirad!, el granero se ha derrumbado; ha debido de caer en el foso y colmarlo en parte. Por ahí es por donde hay que entrar. Voy con mi gente; quedaos aquí fingiendo buscar tablas y materiales para reemplazar el puente levadizo, y así engañaréis al enemigo y le impediréis huir cuando nosotros caigamos sobre él. Nosotros, amigos míos -dijo a los suyos-, nos deslizaremos sin hacer ruido, bordeando el muro, cuya sombra nos ocultará, a pesar del fuego que consume nuestras mieses.
El plan del marqués era muy juicioso. Había ocurrido lo que él suponía. El foso estaba colmado en parte y el muro derribado por la caída del granero; pero había que pasar sobre los escombros incendiados y a través de las llamas y del humo. Los caballos, espantados, retrocedieron.
-¡A pie, amigos míos, a pie! -gritó el marqués, avanzando al galope entre aquel infierno.
Sólo Rosidor se arrojó en él intrépidamente; salvó todos los obstáculos con una habilidad milagrosa, y, sin preocuparse de que sus hermosas crines y las cintas que le adornaban se chamuscasen, llevó valientemente a su amo al centro del recinto.
La espléndida cabellera del marqués no corría peligro alguno. Se había quedado bajo los haces de leña, en la hostería del Gallo Rojo.
El valor del amo electrizó a los criados, ya muy animados por el deseo de libertar o de vengar a sus familias, y varios le siguieron de bastante cerca para impedir que cayera en manos del enemigo.
Pero en el momento en que el grueso de la tropa llegaba a los escombros llameantes, uno de los campesinos lanzó un grito de alarma, que detuvo a los demás y los hizo retroceder con terror.
Bajo la acción de un calor intenso, la parte superior de la fachada del granero, que estaba todavía en pie, acababa de crujir y se inclinaba, amenazando aplastar a quien intentase pasar. Seguramente no tardaría en caer ni un minuto; entonce pasarían, por muy difícil que fuese.
Esto es lo que todos pensaron y todo el mundo esperó. Pero los segundos y hasta los minutos pasaban, y la fachada no caía. Y aquellos segundos, aquellos minutos, eran siglos en la situación en que se hallaba el marqués en aquel momento.
Solamente con una docena de los suyos hacía frente a una partida de combatientes compuesta por más de treinta gitanos.
Cuatro horas habían pasado desde la evasión de Mario, y en estas cuatro horas los bandidos no sólo habían pensado en engullir.
A la primera embriaguez de la victoria y a la primera satisfacción de su apetito había sucedido la esperanza obstinada de apoderarse del castillo. Habían intentado todos los medios para introducirse por sorpresa. Varios habían muerto en aquellas intentonas, gracias a la vigilancia de Adamas y de Aristandre, secundada por la serenidad, los buenos consejos y la actividad de Lauriana y de la morisca.
Viendo la inutilidad de sus esfuerzos, habían prendido fuego al granero, con la esperanza de inducir a los sitiados a hacer una salida para salvar los edificios y las cosechas. El prudente Adamas tuvo que gastar tesoros de elocuencia para lograr retener a Aristandre, que quería arrojarse ciegamente en la trampa. Hasta había sido necesario que Lauriana hiciese uso de su autoridad y le demostrase que si él sucumbía en la empresa todos los desdichados encerrados en el castillo, empezando por ella misma, estaban perdidos sin remedio.
Hacía una hora que el granero ardía, y Aristandre, exasperado, había agotado todos los juramentos y todas las imprecaciones de su vocabulario. Condenado a la inacción, tascaba el freno y maldecía de Adamas y de Lauriana, de Mercedes y de Clindor, que también predicaban la paciencia, y de todos los que le retenían, cuando Adamas, subido a lo alto de la torre de la escalera, le gritó desde la lucerna:
-¡Ahí está el señor! ¡Ahí está el señor! No lo veo, pero respondo que está ahí, porque hay pelea, y estoy seguro de haber reconocido su voz dominando a todas las demás.
-Sí, sí -exclamó Mercedes, que miraba por una de las ventanas del patio- Mario está aquí, porque el perrito Fleurial anda como loco; le ha sentido. ¡Mirad!, no le puedo sujetar.
-¡Aristandre! -exclamó Lauriana-. ¡Salid! ¡Salgamos todos! ¡Es el momento!
Aristandre había salido ya. Sin preocuparse de si era seguido o no, se precipitó al lado del marqués, y le libertó de La Fleche, que, flexible como una serpiente, había saltado sobre la grupa de su caballo y le ahogaba entre sus brazos, secos y nerviosos, aunque sin lograr desarzonarle.
Aristandre agarró al gitano por una pierna, a trueque de arrastrar también al marqués, le arrojó al suelo y le pisoteó, hundiéndolo las costillas; luego le abandonó desmayado o muerto, y se abalanzó sobre los demás.
Los criados del castillo habían salido también, incluso Clindor, y el pobre perrito Fleurial, que se escapó de los brazos de la morisca, se metió entre las piernas del marqués y, por último, desapareció entre el tumulto para ir en busca de Mario.
Lauriana, armada y exaltada, quería salir también.
-¡En nombre de Dios! -exclamó Adamas, precipitándose entre ella-. ¡No hagáis tal! Si el señor ve a su amada hija en medio del peligro, perderá la cabeza y, por vuestra causa, se dejará matar. Además, ved, señora, que me encuentro solo para cerrar las puertas, y acaso esto sea la salvación de los nuestros. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? Quedaos para ayudarme en caso necesario.
-¡Pero la morisca ha salido! -exclamó Lauriana-. Mira, Adamas, mira. Busca a Mario; va detrás del perrito. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Mercedes, volved! ¡Que os van a matar!
Pero Mercedes, en medio de la batalla, no oía nada, ni hubiese querido oír tampoco: no pensaba más que en su hijo. Pasaba entre fuego y hierro; hubiera atravesado un muro de piedra.
El marqués y Aristandre, valerosamente secundados, no tardaron en hacerse dueños del terreno, y empezaron a rechazar a los bandidos, unos hacia las ruinas del granero y otros hacia la puerta. Los que pasaban junto a la pared, sin preocuparse por su inminente caída, fueron recibidos con picos y estacas por los vasallos de Bois-Doré, que habían empezado a franquear el pasaje peligroso.
Mataron e hicieron prisioneros a varios; los otros retrocedieron y, siguiendo las murallas, toda la banda, que no se componía ya más que de unos veinte hombres, se metió bajo la bóveda de entrada.
-Apagad el fuego -gritó Bois-Doré, al ver que el incendio alcanzaba los demás edificios del cortijo-, y dejadnos acabar de derrotar a esta canalla.
Dirigía estas palabras a los aldeanos, a las mujeres y a los niños que se habían decidido a salir del castillo; luego corrió con sus criados hacia la bóveda de la entrada, donde acababa de entablarse un extraño conflicto entro los bandidos, que huían, y Sancho, que guardaba la salida.
Sancho no tenía más que una idea: una idea implacable. Había visto a Mario colocado por el marqués detrás de una casa de la aldea, en medio de una escolta. El niño estaba bien resguardado y bien protegido. Pero era imposible que en algún momento no saliese de su refugio y no se colocase al alcance de un tiro de arcabuz.
Sancho permanecía en acecho, con el cañón de su arma apoyado sobre una almena de la terraza, con el cuerpo bien escondido y con la mirada fija en la pared tras de la cual su presa había de surgir tarde o temprano. El sombrío español tenía la ventaja formidable de que no le desviaba de su objeto ninguna preocupación por su propia vida. No pensaba en el porvenir, ni aun en la hora presente, tan llena de peligros. No pedía al cielo más que un minuto para realizar y saborear su venganza.
Por eso, cuando los gitanos, derrotados, azuzados por las espadas, llegaron gritando ante las macizas estacas de la compuerta, Sancho permaneció tan inmóvil como las piedras de la bóveda. En vano voces furiosas y desesperadas le gritaron:
-¡El puente! ¡El rastrillo! ¡El puente!
Fue sordo. ¡Qué le importaban sus cómplices!
Los gitanos se vieron obligados a precipitarse hacia la maniobra para intentar libertarse. Sus mujeres y sus hijos lanzaban gritos espantosos.
Ocurría la contra de la escena de terror y de confusión que había tenido lugar en aquel mismo sitio, pocas horas antes, entre los espantados vasallos del castillo.
Bois-Doré, siempre a caballo y rodeado por los suyos, tenía ya en su poder los restos de aquella horda de asesinos y ladrones. Las mujeres, enfurecidas, en defensa de sus hijos, se revolvían contra él con una rabia desesperada.
-¡Rendíos! ¡Rendíos todos! -exclamó el marqués, apiadado-. ¡Os doy cuartel por los niños!
Pero nadie se rendía; aquellos desdichados no creían en la generosidad del vencedor; no comprendían la bondad, que, hay que confesarlo, era cosa rara en los señores de aquella época.
El marqués tuvo que detener a sus gentes, para impedir, según dijo más tarde, una matanza de inocentes, si es que se encontraban algunos entre aquellos pequeños salvajes, ya ejercitados en todas las perversidades de que eran capaces.
En fin, la compuerta fue alzada y el puente bajó.
Guillermo, tan generoso como el marqués, hubiera dado cuartel a los débiles; pero, con gran sorpresa de Bois-Doré, los fugitivos pasaron sin obstáculo. Guillermo y los suyos no estaban allí.
-¡Mil rayos del demonio! -exclamó Aristandre-. ¡Esos diablos se escapan! ¡Sus! ¡Sus! ¡A ellos! ¡Ah, señor, mientras los teníamos aquí, debíamos haberlos triturado como paja!...
Y se lanzó en su persecución, dejando al marqués solo bajo la bóveda abierta y despejada, muy intranquilo por Mario, y no pudiendo lanzar su caballo por el puente, por temor a aplastar a los suyos, que estaban a pie y se precipitaban sobre aquel pasaje estrecho para alcanzar a los fugitivos.
Al fin, el puente quedó despejado. Vencedores y vencidos se precipitaron hacia adelante. El marqués pudo pasar, y vio llegar hacia él a Mario, que pensaba que ya podía abandonar su refugio, puesto que todo parecía haber terminado.
El peligro parecía, efectivamente, disipado por parte de los bandidos; los fugitivos no pensaban más que en huir como podían, en todas direcciones; algunos se escondían en tal o cual sitio, con mucha habilidad, para dejar pasar a los perseguidores.
Pero uno de los vencidos no se había movido, y nadie pensaba en él: era Sancho, que seguía escondido y arrodillado en el ángulo de la terraza. Desde allí le hubiera sido fácil arrojar piedras sobre los de Briantes, porque siempre había en la galería de maniobras una provisión de adoquines a la medida de la abertura de las almenas. Pero Sancho no quería revelar su presencia. Quería vivir unos instantes; veía llegar a Mario, y le apuntaba tranquilamente, cuando vio, mucho más cerca de él y más a su alcance, al marqués a tres pasos del puente.
Entonces se entabló en su alma un violento combate. ¿Qué víctima debía escoger? No existían entonces escopetas de dos tiros, y había demasiada poca distancia entre el padre y el hijo para darle tiempo a cargar el arma de nuevo.
En su lucha con Aristandre, Sancho había roto una de sus pistolas, y su vigoroso antagonista le había arrebatado la otra.
Por un refinamiento de venganza, Sancho se resolvió a escoger a Mario: verle morir sería, sin duda, para el marqués más cruel que morir él mismo.
Pero aquel instante de vacilación había turbado el equilibrio de su apacible ferocidad.
Mario iba a caballo; el tiro partió; pero, demasiado bajo para alcanzarle, fue a herir a la morisca, que marchaba a su lado.
-¡Auxilio! ¡Auxilio, amigos míos! -exclamó Bois-Doré al verse solo con su hijo, expuesto a los tiros de enemigos invisibles.
Sólo acudieron Lauriana y Adamas, que, al ver huir a los bandidos, habían abandonado la guardia del postigo para reunirse con ellos.
Mientras que con la ayuda del desesperado Mario levantaban a la pobre morisca, el marqués alzó los ojos hacia la terraza y vio erguirse la alta silueta de Sancho, que, al reconocer a Mercedes, causa primera de la muerte de su amo, se consolaba un poco de no haber conseguido su propósito, y, sin pensar en huir, se apresuraba a cargar de nuevo su arma.
Bois-Doré le reconoció en seguida, a pesar de que el incendio iluminaba débilmente aquella parte. Como no le quedaba ningún arma cargada, se arrojó de su caballo para entrar bajo la bóveda y subir a la terraza. Porque pensaba, y con razón, que de todos los enemigos con quienes había tenido que habérselas, el vengador de Alvimar era el más peligroso.
Sancho le vio acudir, adivinó su pensamiento, y sin entretenerse en lanzarle proyectiles que hubieran podido caer a su lado sin gran daño, se precipitó a la escalera de la maniobra, decidido a apuñalarle, porque su cuchillo era la única arma que le quedaba en estado de servirlo.
Bois-Doré se disponía a franquear la escalera con la espada en alto, cuando pareció presentir la manera de proceder de tan vil adversario.
Bajó la punta de la espada, tanteando cada peldaño en la obscuridad, adivinando que Sancho estaba allí agachado y en acecho para abalanzarse sobre él y derribarle. Se agarró al pasamanos, pero sin resguardar suficientemente su cuerpo.
Sancho, avisado por el ruido de la espada al tropezar contra la piedra, se puso en pie, franqueó varios escalones de un salto vigoroso, y fue a caer sobre Bois-Doré, a quien derribó y agarró por el cuello; luego le puso las dos rodillas sobre el pecho y exclamó:
-¡Ya eres mío, hugonote maldito! No esperes compasión, que tampoco tú la has tenido por...
Antes de terminar su frase, buscó el sitio del corazón, y con la otra mano alzó el cuchillo, diciendo:
-¡Por el alma de mi hijo!
El marqués, aturdido por la caída, se defendía débilmente: estaba perdido. Pero en aquel momento Sancho sintió sobre su cara dos manecitas que tanteaban, y que de pronto le arañaron tan terriblemente, que tuvo que hacer un movimiento para desasirse.
Un pensamiento rápido le hizo abandonar al marqués.
-¡El niño primero! -exclamó.
Pero una conmoción espantosa interrumpió bruscamente sus palabras.
Mario había seguido al marqués. Había oído su caída. Había encontrado a tientas el rostro de Sancho; había reconocido por el tacto que no era el de Bois-Doré. Llevaba una pistola, que arrancó a Clindor al pasar junto a él. Colocó el cañón sobre aquel cráneo velludo y rudo, y disparó a quemarropa.
Había vengado la muerte de su padre y salvado la vida de su tío.
Al pronto, el marqués no supo qué ángel libertador había acudido en su auxilio.
Se desasió del cuerpo de Sancho, que pesaba sobre él; luego extendió los brazos, tanteando en la obscuridad, porque creía que se trataba de un nuevo enemigo que se había equivocado al disparar.
Sus manos tropezaron con Mario, que se esforzaba en levantarle, diciendo con angustia:
-¡Padre! ¡Mi pobre padre! ¿Estás muerto? No me hablas; ¿estás herido?
-No, nada; algo contuso solamente -contestó el marqués-. Pero ¿qué ha ocurrido? ¿Dónde está ese infame?
-Me parece que le he matado -dijo Mario-, porque no se mueve.
-¡No te fíes! ¡No te fíes! -exclamó Bois-Doré, levantándose con esfuerzo y llevando a su hijo abajo de la escalera-. Mientras que a la serpiente le queda un soplo de vida, intenta morder.
En aquel momento Clindor llegó con una antorcha, y vieron a Sancho inerte y desfigurado.
Respiraba todavía; a través de la sangre que cubría su rostro, sus ojos parecían decir: «Muero dos veces, puesto que me sobrevivís.»
-¡Cómo, mi pobre David! ¿Has matado a este Goliat?- exclamó el marqués en cuanto empezó a reponerse.
-¡Ay!, padre, lo he matado demasiado tarde -contestó Mario, que estaba como ebrio, y que recobró con la memoria el dolor-. Creo que mi Mercedes ha muerto.
-¡Pobre morisca! Esperemos que no -dijo el marqués, suspirando.
Y volvieron a pasar por el puente para ir a reunirse con ella, mientras que Clindor, que temía ver levantarse a Sancho, atravesaba con una punta de partesana la garganta de aquel miserable.
La morisca se hallaba en pie. No quería que se ocupasen de ella, aunque le costaba trabajo sostenerse.
Tenía una herida dolorosa: la bala había atravesado su brazo derecho, que ceñía el talle de Mario en el momento del disparo; pero no pensaba más que en el niño, preocupada porque no lo veía; y cuando él se acercó, ella tuvo una sonrisa y perdió el conocimiento.
La transportaron al castillo, donde Mario y Lauriana la siguieron dándole la mano y llorando amargamente porque la creían perdida.
El marqués quedó fuera.
La ausencia de Guillermo le parecía de mal agüero, y avanzó porque creyó oír en la carretera rumores más serios que los que podían provenir de la captura o de la resistencia de algunos fugitivos.
A medida que avanzaba, los ruidos se hacían más alarmantes, y cuando llegó a lo alto de la torrentera vio venir hacia él una partida en desorden, compuesta por vasallos de Ars y Briantes.
-¡Alto, amigos! -les gritó-. ¿Qué ocurre y cómo es que unos valientes como vosotros parecen volver la espalda?
-¡Ah!, sois vos, señor marqués -contestó uno de aquellos hombres-. Hay que volver al castillo y defenderse detrás de las murallas, porque ya llegan los reitres. Monsieur de Ars sabía que llegaban, porque monsieur Mario se lo había advertido; ha ido a su encuentro, y en este momento se está batiendo con ellos. Pero no hay medio de luchar contra esas gentes, porque, según dicen, un reitre es más fuerte y más malo que diez cristianos, y además tienen un cañón; ya lo hubieran utilizado contra nosotros de no haber sido por miedo a alcanzar a los suyos, por el desorden en que los ha puesto monsieur de Ars.
-Monsieur de Ars se ha portado juiciosa y valerosamente, hijos míos -dijo el marqués-; y si el miedo a los reitres os ha hecho volver la espalda, no sois dignos de estar a su servicio ni al mío. Id, pues, a ocultaros detrás de las murallas; pero yo os advierto que, si me veo forzado a retroceder y a refugiarme en mi casa, os echaré de ella, como a gentes que comen demasiado bien y se baten demasiado mal.
Aquellos reproches hicieron volverse a varios; los demás huyeron; estos últimos pertenecían casi todos a Guillermo.
Sin embargo, eran hombres valientes; pero los reitres habían dejado en el país tan terribles recuerdos, a los que la leyenda había añadido tan espantosos prodigios, que se necesitaba ser extraordinariamente bravo para afrontarles.
El marqués, acompañado por algunos, que se ruborizaban de su pánico, no tardó en reunirse con Guillermo, que atacaba heroicamente al capitán Macabro.
La noche era muy clara, y esto había permitido a Guillermo emboscarse, para caer sobre ellos e impedir que fuesen a cañonear el castillo, porque llevaban, efectivamente, una pequeña pieza de campaña, cuya existencia no había sospechado Bois-Doré durante su reclusión con Etalié.
Todo el mundo sabe que basta con un mal cañón para demoler aquellas pequeñas fortalezas, hábilmente dispuestas para resistir los asaltos de la Edad Media, pero indefensas ante los recursos de la buena artillería de sitio. Los más formidables castillos del Berry fueron derrumbados cual castillos de naipes, bajo el reinado de Richelieu y de Luis XIV, en cuanto el poder central quiso acabar con la nobleza armada; es sorprendente lo insignificante del número de soldados y de granadas que bastaron para ejecutar tan magna empresa.
Por estas causas el marqués debía impedir a todo trance que el enemigo se aproximase a su castillo, y con tal fin corrió a auxiliar a Guillermo, que se portaba como un valiente, a pesar de la deserción de la mayoría de sus hombres.
Pero fue necesario ceder bajo el impulso de los reitres, que tenían la doble ventaja del terreno y del número; la partida parecía perdida, cuando se oyeron, a retaguardia de la tropa enemiga, rumores de combate, como si ésta se hubiera encontrado cogida simultáneamente entre dos fuegos.
Era monsieur Robin de Coulogne, que llegaba muy oportunamente con los suyos. Su retraso se tornaba providencial. Si hubiera seguido a los reitres de más cerca, los hubiera alcanzado antes, y probablemente no lo hubiera sido fácil vencerlos.
Sin embargo, aunque cogidos entre dos fuegos, los reitres se batieron encarnizadamente, sobre todo los vigorosos alemanes de Macabro y los fogosos franceses de la teniente.
Los italianos de Saqueo fueron los primeros en ceder; aborrecían a Macabro y a Proserpina, y no querían morir por ellos.
Intentaron separarse de los demás para llegar al castillo por algún rodeo; pero a mitad del camino fueron recibidos por Aristandre, que, ocupado en perseguir a los gitanos, ignoraba el ataque de los reitres, y cayó sobre ellos sin saber de qué se trataba.
Como llevaba consigo una partida poco numerosa, pero buena, y como al primer disparo mató al teniente, los demás no tardaron en ser derrotados por completo, y temiendo una nueva generosidad de Bois-Doré, el carrocero se apresuró a suprimir a todos los prisioneros.
El cinturón del teniente Saqueo era una buena presa; pero Aristandre no quiso apropiárselo, y lo reservó para la comunidad.
Un momento después, mientras corría para ir a reunirse con el marqués, encontró a uno de los hombres que habían acompañado a Lucilio a Brilbault.
-¡Eh!, Denison -le gritó-. ¿Qué has hecho con nuestro músico?
-Pregunta más bien -contestó Denison -lo que han hecho con él esos bandidos de reitres. ¡Dios sabe! Nos dirigíamos, hacia Etalié para reunirnos con el señor marqués; pero al pie de la colina los bandidos nos rodearon, nos echaron abajo de nuestros caballos y nos llevaron con ellos.
A lo primero querían arcabucear a maese Jovelin en el sitio. Estaban furiosos porque él no les contestaba, y tomaron su silencio por un desprecio. Pero había entre ellos una señora que lo reconoció y que dijo que el señor marqués daría un buen rescate por él. Entonces le ataron como a nosotros, y a estas horas deben de estar, él y cuatro de nuestros camaradas, o libres como yo, o muertos en la batalla.
En cuanto a esa señora, que está ataviada como un oficial, no sé quién es; pero el cielo me confunda si no se diría que es la dama Belinda en persona.
-Pues vamos a ver, Denison -dijo Aristandre-, y salvemos a todos nuestros amigos, si es posible.
El buen carrocero reunió, mientras iba corriendo, a cuantos pudo, y atacó a los reitres por el flanco con bastante inteligencia y oportunidad.
Cogidos por tres lados y reducidos a la mitad, porque unos habían sido muertos por Bois-Doré, Guillermo y monsieur Robin, y otros habían huido con el teniente Saqueo, los reitres, reunidos en pequeño batallón, hicieron un esfuerzo para retirarse en buen orden por el flanco izquierdo.
Pero era fácil envolver a un ejército tan pequeño; su cañón, conducido a retaguardia, había caído ya en poder de monsieur Robin. Ni siquiera pudieron dispersarse. Tuvieron que rendirse a discreción, salvo algunos que, cegados por la rabia, se dejaron matar, no sin haber antes herido a algunos de sus adversarios.
Como no podía fiarse en la palabra de los reitres, hubo que desarmarlos y maniatarlos; amanecía cuando vencedores y vencidos se encontraron reunidos en el patio del castillo.
El incendio de los edificios del cortijo había sido dominado; el destrozo era considerable, pero el marqués no pensaba en ello; limpiábase el sudor y el polvo, que velaban sus ojos, y buscaba con emoción en torno suyo a los seres queridos: primero a Mario, que no se hallaba junto a él para felicitarle, lo cual le hizo temer que el estado de la morisca hubiese empeorado; después a Lauriana, que acudió para tranquilizarle acerca de Mercedes; Adamas, que le besaba los pies con entusiasmo; Jovelin y Aristandre, que no aparecían por ninguna parte, y, por último, su buen cortijero, cuya muerte le ocultaban; en fin, todos sus fieles servidores y vasallos, cuyo número había disminuido en aquella noche fatal.
Pero mientras preguntaba por ellos, se interrumpía continuamente para preguntar por Mario con una súbita ansiedad.
Dos o tres veces, durante el encarnizado combate con los reitres, le había parecido ver a la luz del crepúsculo el rostro de su hijo pasar cerca de él cual una visión flotante.
-¡Ah! ¡Aristandre, por fin! -exclamó al ver de pronto al carrocero, que se acercaba a caballo-. ¿Has visto a mi hijo? ¡Habla pronto!
Aristandre tartamudeó algunas palabras ininteligibles. Su rostro estaba alterado por la fatiga, desconcertado por una confusión inexplicable.
El marqués se puso pálido como un muerto.
Adamas, que le contemplaba con adoración comprendió en seguida su angustia.
-¡No!, no, señor -exclamó, mientras recibía en sus brazos a Mario, que se precipitaba desde la grupa de Squilindre, donde había permanecido oculto detrás del ancho pecho del carrocero-. Hele aquí sano y lozano como una rosa del Lignon.
-¿Qué hacíais a caballo detrás del cochero, señor conde? -preguntó el marqués, después de abrazar a su heredero.
-¡Ay!, mi buen amo, perdonadle -dijo Aristandre, que acababa de echar pie a tierra-. Cuando vine a buscar a Squilindre a la cuadra para combatir a los alemanes, me apresuró a encerrar a Coquet, para que el señor conde no pudiera montarle, porque había visto rondar por allí a vuestro demonio... ¡perdón!, a vuestro encanto de hijo, y ya me sospechaba yo que quería lanzarse al peligro.
Pero en lo más fuerte del combate, de repente siento algo que salta junto a mí; al pronto no hice caso, ¡era una cosa tan ligera!; pero entonces vi que tenía cuatro brazos, dos grandes y dos chicos. Con los grandes guiaba mi caballo y mataba a los enemigos; con los chicos cargaba más armas y manejaba la pica con tal destreza que hacía doble trabajo.
¡Qué iba a hacer yo! Me encontraba en tal tremolina, que no hubiera sido prudente dejar en tierra a mi pequeño compañero, y ¡a Dios gracias! hemos salido enteros, después de dar una buena tunda al enemigo y de abatir, bajo las patas de este valeroso caballo, que ha resultado un famoso caballo de guerra, a más de un malvado que iba contra vuestra vida, que Dios conserve, señor marqués. Si he obrado mal, castigadme; pero no regañéis al señor conde, porque, en verdad, ¡vive Dios! que es un mocito... que atizaba de firme a esos... alemanes, y que no tardará en ser, a fe mía, un... como vos, mi amo.
-Basta, basta de elogios, amigo -repuso Bois-Doré, estrechando la mano de su carrocero-. Ya que enseñas a tu joven amo a desobedecer, al menos no le enseñes a jurar como un pagano.
-Pero ¿he desobedecido, padre? -dijo Mario-. Me habías prohibido que me batiese con los gitanos, pero no me habías dicho nada de los reitres.
El marqués cogió a su hijo en brazos, y no pudo menos de mostrarle con orgullo a sus amigos y contarles de qué manera había librado a su tío del terrible Sancho.
-Vamos, pequeño héroe -le dijo, besándole de nuevo-, ya no necesitas andadores. Has vengado con tu propia mano, y a la edad de once años, la muerte de tu padre, y has ganado las espuelas de caballero. Vete a arrodillar ante tu dama, porque has conquistado la esperanza de agradarle algún día.
Lauriana, sin vacilar, besó fraternalmente a Mario, y éste le devolvió sus caricias sin ruborizarse.
No había llegado todavía el momento de que aquella santa amistad pudiese tornarse en santo amor.
Ambos fueron a reunirse con Mercedes, después de tranquilizar al marqués acerca de la suerte de Lucilio. Éste, que era un buen cirujano, se hallaba junto a la morisca. Mario no había querido vanagloriarse por haber contribuido a la liberación de su amigo, que a su vez se había batido bravamente junto a él.
La morisca estaba tan contenta por los cuidados del preceptor y el regreso de Mario, que no sentía el dolor de su herida.
Después de curarle, Lucilio se ocupó en curar a los demás heridos, incluso a los prisioneros, que debían partir en seguida, con una buena escolta, a la cárcel de La Châtre.
Sentados en el patio, en torno a los restos del incendio, los reitres estaban cabizbajos; el capitán Macabro, que se había batido completamente borracho y que estaba mal herido, no pensaba más que en pedir aguardiente, para olvidar su derrota; la Belinda había tenido tanto miedo en la derrota, que había quedado como idiotizada; esto la preservaba de sentir la humillación de verse expuesta al desprecio y a los reproches de los criados y vasallos, a los que durante tanto tiempo ella había desdeñado y mortificado.
Sin embargo, las aldeanas tuvieron algunas consideraciones para con ella, porque el lujo de su traje las deslumbraba instintivamente.
Pero cuando Adamas se enteró de las pretensiones que había manifestado de casarse con el marqués y de sus intenciones de martirizar a Mario, excitó contra ella la execración general, hasta tal punto que el marqués tuvo que apresurarse a mandarla a la cárcel de la ciudad. Contra la opinión de Adamas, la dejó sus alhajas y su bolsa, y consintió que fuera transportada en el caballo.
Los caballos de los reitres, que eran excelentes; sus equipajes, sus armas y el dinero de los oficiales fueron distribuidos entre los vencedores, sin que el marqués consintiese en guardar para él nada de los despojos del enemigo. Además, cuidó de socorrer cuanto antes a los pobres vasallos, saqueados y maltratados por los gitanos.
Cada cual se volvió a su casa en cuanto hubo visto partir a los prisioneros, a los que monsieur Robin acompañaba con un gran séquito de gente de los alrededores, que, atraída por el ruido de la batalla, había llegado un poco tarde para combatir, pero a tiempo de ayudar a los combatientes en las últimas tareas, proporcionándoles un poco de descanso, del que estaban en verdad muy necesitados.
Juan el Cojo, que llegó medio borracho y de los últimos, consideró como un honor el unirse a la escolta. Desde hacía mucho tiempo abrigaba un odio oculto contra el capitán Macabro; además, había perdido la pierna en un encuentro con los reitres.
Por eso entró en la ciudad de La Châtre con la cabeza erguida, con aires de matamoros, y contando a quien quería oírle que con su fulgente espada había matado a catorce, como dice la canción.
Y señalando a los más fornidos prisioneros, decía:
-A éste le he cogido yo.
Aun quedó desorden en el patio de Briantes después de despejar el sitio.
La planta baja de los edificios seguía sirviendo de enfermería para los hombres y los animales. El comedor y la cocina estaban abiertos para todo el que quería calentarse, beber o comer; el marqués no quiso ni sentarse antes de proveer a las necesidades de todo el mundo. Lucilio y Lauriana curaban y animaban cuanto mejor podían a aquellos desdichados.
Aquel agitado cuadro presentaba episodios variados.
Unos gritaban y gemían por la extracción de una bala; otros reían y chocaban las copas, recordando las proezas de la noche; otros lloraban sus muertos.
Había ancianas insoportables que alborotaban porque no encontraban una cabra, y otras que, habiendo perdido a sus hijos, corrían con la mirada extraviada y el pecho tan oprimido, que no tenían ni fuerzas para llamarlos.
Mario, ágil y compasivo, les ayudaba en sus pesquisas, mientras que Adamas, siempre previsor, hacía cavar en un campo próximo una vasta fosa para enterrar los muertos del enemigo. Se trató con más honor a los del país, y se mandó buscar a monsieur Poulain para que orase por ellos hasta el momento de la inhumación.
Festejaron a los más valientes; a última hora lo había sido casi todo el mundo; sin embargo, durante el día fueron encontrando a algunos infelices idiotizados, agazapados bajo haces de leña o en rincones del cobertizo, donde se hubieran dejado abrasar o asfixiar, dominados por el terror.
En medio de aquellas escenas, trágicas o grotescas, Bois-Doré se multiplicaba, ayudado por el buen Guillermo, para vigilarlo todo.
A pesar de las cosas horribles o dolorosas que se presentaban ante ellos a cada paso, estaban animados por esa especie de embriaguez que sigue siempre al fin dichoso de una gran crisis.
Lo que había que lamentar era poca cosa en comparación de lo que hubiera podido ocurrir.
El marqués había vuelto a montar a caballo, para dedicarse más rápidamente a sus caritativos deberes, y su indumento resultaba incomprensible para la mayoría de los que le veían pasar.
Llevaba todavía su delantal de cocina, verdad es que ya hecho jirones y manchado con la sangre de los enemigos; tanto era así, que varios vasallos creyeron que se había ceñido un trozo de estandarte para demostrar su victoria. Sus grandes bigotes se habían tostado en el incendio, y el gorro de tela de maese Pignoux, aplastado por el sombrero que Bois-Doré se había puesto apresuradamente, le cubría hasta los ojos; todo el mundo creía que estaba herido, y le preguntaban con solicitud si era cosa de cuidado.
En el momento en que se arrojaban las primeras paletadas de tierra sobre los cadáveres, uno de éstos protestó.
Era La Fleche, que pretendía no estar muerto del todo.
Los improvisados sepultureros estaban poco dispuestos a hacerle caso, cuando Mario pasó cerca y oyó la discusión. Acudió, y mandó que desenterraran al miserable; le obedecieron a disgusto; pero, a pesar de toda su autoridad señorial, el generoso niño no consiguió que transportasen al herido a la enfermería.
Todos se alejaron con diversos pretextos, y Mario tuvo que ir a buscar a Aristandre, que obedeció sin murmurar y le acompañó hasta el lugar en que el gitano herido yacía sobre la tierra húmeda y manchada.
Pero ya era tarde; La Fleche estaba perdido sin remedio: su mirada, dilatada y extraviada, revelaba que estaba en la agonía.
-Ya es tarde, señor -dijo Aristandre-; he sido yo quien te ha golpeado, y confieso que no lo he hecho con dulzura; pero no soy yo quien le ha metido esa tierra y esas chinas en la boca para ahogarle. Nunca se me hubiera ocurrido una cosa semejante.
-¿Tierra y chinas? -contestó Mario, mirando con horror y sorpresa al gitano, que se ahogaba-. ¡Antes hablaba! ¿Habrá mordido el suelo al luchar contra la muerte?
Se inclinó hacia el miserable para aliviarle; pero La Fleche, que tenía ya la lividez de la muerte, hizo un esfuerzo con el brazo, como para decirle: «Es inútil; dejadme morir en paz.»
Luego extendió el brazo con el índice tendido, como si indicase a su asesino; y permaneció así, rígido por la muerte, que había apagado ya su mirada.
Los ojos de Mario siguieron instintivamente la dirección que lo designaba aquel gesto espantoso, pero no vio a nadie.
Sin duda el gitano había tenido, al morir, una alucinación relacionada con su mala y triste vida.
Pero Aristandre notó que sobre la tierra arcillosa había huellas recientes de un pie menudo.
Aquellas huellas rodeaban al cadáver; cerca de la cabeza se multiplicaban; luego se alejaban en la dirección que el brazo del muerto seguía designando.
-¿Cómo habrá niños tan malos? -dijo el buen carrocero, haciendo notar aquellas huellas a Mario-. Ya sé que estos gitanos valen menos que los perros, y acaso el hijo del pobre Charasson, al ver que intentábamos salvar a este miserable, ha querido rematarle de esta manera, para vengar la muerte de su padre. De todos modos, es una invención del demonio, y buena razón tienen al decir que del mal nace el mal.
-Sí, sí, mi buen amigo -contestó Mario horrorizado-. Tú te das cuenta de que un moribundo no es ya un enemigo. Pero mira allí, detrás del matorral. ¿No es la niña Pilar la que se esconde?
-No sé quién es la niña Pilar -dijo el carrocero-, pero sé que esa bribonzuela es la de esta noche. Mirad, ahora se aleja. Corre como un gato. ¿La conocéis?
-Sí -dijo Mario-, la conozco demasiado, y veo que está poseída por el diablo. Dejémosla huir, carrocero, y ¡ojalá se marche muy lejos de aquí!
-Vamos, señor, no os quedéis en este odioso lugar -repuso Aristandre-; voy a enterrar los restos de este hereje, porque los perros y los cuervos lo están ya olfateando y no le gustaría al señor marqués que este cuerpo permaneciera sobre sus tierras.
Mario, extenuado por el cansancio, se retiró a descansar.
Después de dormir una hora sobre una butaca, junto a su querida morisca, que fingió dormir también para tranquilizarle, volvió a prodigar cuidados, alivios y consuelos en el castillo y en la aldea, ayudado por la amable y abnegada Lauriana.
El marqués, después de arreglarse un poco a toda prisa, recibió la visita del teniente del prebostazgo.
En compañía de los señores de Ars y de Coulogne expuso los hechos a los magistrados, encargados de hacer buena y pronta justicia.
El día avanzaba. La calma había vuelto a reinar en la aldea y en el castillo. Mario y Lauriana, al regresar de su excursión, sintieron la necesidad de respirar un poco en el jardín, único lugar de la finca que no había sido profanado por escenas de violencia y de desolación.
Mientras Mario contaba a su amiga los detalles de sus aventuras particulares, de los que aun ella no había tenido tiempo de darse bien cuenta, llegaron al Palacio de Astrée, en aquel laberinto en que la noche anterior el niño había pasado una hora tan agitada.
El atardecer era hermoso. Los dos niños se sentaron en la escalera de la cabaña.
Mario, sin estar enfermo, estaba algo febril. Las violentas emociones que había sufrido habían impreso en su rostro una seriedad impropia de su edad, y Lauriana, al mirarle, quedó sorprendida por la expresión de energía melancólica que había transformado su mirada dulce y clara.
-Mario mío -le dijo-, temo que no estés bueno. Has tenido miedo y valor, fatiga y energía, alegría y pena en esta noche abominable; pero todo eso ha pasado. Maese Jovelin responde de Mercedes, y ella jura que no sufre. Has salvado la vida a nuestro querido marqués y vengado la muerte de tu pobre padre. Todo esto hace que a estas horas seas ya todo un hombre; pero no debes seguir preocupado, sino pensar en dar las gracias a Dios por el buen resultado que te ha concedido en este asunto.
-Ya pienso en ello, Lauriana mía -contestó Mario-; pero también pienso en una cosa que me ha dicho mi padre esta mañana, y después de la cual me has abrazado diciendo: «Sí, sí.» Esa cosa vuelve ahora a mi memoria. Mi padre dijo que yo había conquistado la esperanza de agradarte. ¿Es que hasta ahora no te agradaba?
-Sí, Mario; me agradas mucho, puesto que te quiero.
-¡Perfectamente! Pero mi padre dice, bromeando a veces, que yo seré tu marido. ¿Tú crees que eso podrá ocurrir?
-Verdaderamente no lo sé, Mario; pero no lo creo. Yo soy más vieja que tú; te llevo dos o tres años, y cuando tú seas un joven, yo seré casi una vieja.
-Y sin embargo, Lauriana, Adamas me ha dicho que ya habías estado casada con tu primo Helyon, que tenía tres o cuatro años más que tú. ¿Te reprochaba él el ser demasiado joven?
-Sí, a veces, antes de que nos casáramos, cuando jugando nos peleábamos.
-Pues yo encuentro que hacía mal; para mí no eres ni joven ni vieja, y siempre me parecerás bien, porque siempre te querré como te quiero ahora.
-No lo sabes, Mario; dicen que se muda el corazón al cambiar de edad.
-Eso no es cierto en cuanto a mí. A mi Mercedes la encuentro siempre joven y amable, y desde que estoy en el mundo, siempre estoy a gusto con ella. Mira: según dicen, mi padre es viejo; pues yo me divierto con él más que con Clindor, y tampoco noto diferencia de edad entre maese Lucilio y nosotros. ¿Es que te aburres tú conmigo porque soy el más joven de los dos?
-No, Mario; eres mucho más razonable y más amable que los otros niños de tu edad, y ya eres más instruido que yo.
-Dime, Lauriana: ¿me encuentras mejor que a tu otro marido?
-No debo decir eso, Mario; él era mi marido, y tú no lo eres.
-¿Es que tú le querías porque era tu marido?
-No sé; cuando no era más que mi primo, yo no le quería mucho; me parecía demasiado alocado y revoltoso. Pero cuando nos llevaron juntos a la iglesia reformada y nos dijeron: «Ya estáis casados; no os volveréis a ver hasta dentro de siete u ocho años, pero tenéis la obligación de amaros», yo contesté: «Está bien.» Y todos los días oraba por mi marido, pidiendo a Dios que me concediese amarle cuando le volviese a ver.
-¡Y no le volviste a ver nunca! ¿Tuviste pena cuando murió?
-Sí, Mario. Era mi primo; he llorado mucho.
-Y si yo me muriese, yo, que no soy tu primo ni tu marido, ¿no llorarías?
-Mario -dijo Lauriana-, no hay que hablar de esas cosas; dicen que cuando se es joven trae mala suerte. No quiero que mueras, y además te digo que te quiero mucho.
-¿Y no me quieres prometer que serás mi mujer?
-¿Y qué puede importarte, Mario, el que yo sea tu mujer? Ni siquiera sabes si querrás casarte cuando tengas edad de ello.
-¡Sí que me importa, Lauriana! No quiero más esposa que tú, porque tú eres buena y quieres a todos los que yo quiero. Y como dices que hay que querer al marido, comprendo que si nos casamos me querrás siempre, en lugar de que si te casas con otro ya no pensarás en mí. Y entonces yo tendré mucha pena, y sólo con pensar en ello me entran ganas de llorar.
-¡Y estás llorando de veras! -dijo Lauriana, enjugándole los ojos con su pañuelo-. Vamos, vamos, Mario; te digo que no estás bueno hoy, y que debes cenar y dormir bien. ¿Por qué te atormentas por cosas que todavía no han ocurrido, en lugar de alegrarte por las desgracias que has evitado esta noche?
-Lo pasado, pasado -dijo Mario-; lo que ha de venir... no sé por qué pienso en ello hoy, pero es a pesar mío.
-Has tenido demasiadas emociones.
-Acaso; sin embargo, no estoy cansado; y no sé por qué he pensado en ti toda la noche, sobre todo en los momentos en que estábamos en peligro mi padre y yo. Si nos matan a los dos, pensaba, ¿quién salvará a mi Lauriana? Pensaba en ti tanto, o acaso más, que en mí y en todos los demás. Mira, he pensado en ti, sobre todo cuando estaba con Pilar.
-¿Y por qué te hacía pensar esa niña en tu Lauriana?
Mario reflexionó un momento y contestó:
-Es que verás: cuando yo viajaba con los gitanos, jugaba y charlaba a menudo con ella; sabe el español y un poco de árabe, y me inspiraba compasión porque parecía enferma y desgraciada. Mercedes y yo éramos para ella todo lo buenos que podíamos, y ella nos quería. Llamaba a Mercedes mi madre, y a mí, mi maridito. Y cuando yo decía: «No, eso no quiero», se enfadaba y lloraba, y yo, para consolarla, tenía que decirle: «Bueno, bueno, sí.»
Verdad es que esta noche nos ha sido muy útil: ha ido corriendo a avisar a messieurs Robin y Guillermo, según yo se lo había encargado; pero, sin embargo, me ha inspirado horror, y me he dado cuenta de que es cruel y no tiene religión. Y ese nombre de marido, que tantas veces me había dado a pesar mío, me repugnaba; y al acordarme de haberme comprometido contigo en broma, veía al demonio encarnado en ella, y al buen ángel de la guarda encarnado en ti.
En aquel momento una piedra se desprendió de la cabaña y cayó tan cerca de Lauriana, que poco faltó para que la hiriese.
Los dos niños se apresuraron a alejarse, pensando que la cabaña se derrumbaba, y fueron a reunirse con el marqués, que les esperaba para cenar.
En vano habían buscado a monsieur Poulain para que asistiese a los moribundos de su parroquia: no le encontraron.
Los gitanos habían saqueado su casa, prefiriéndola a todas las demás. Su criada estaba en cama a consecuencia de los malos tratos que le habían dado, y pedía al cielo que volviese el señor rector, de quien ella no podía dar razón alguna. Había desaparecido desde hacía dos días.
Por fin, al anochecido, cuando messieurs Robin y Guillermo se disponían a retirarse con sus gentes, dejando ambos sus heridos a los buenos cuidados del marqués, vieron llegar a Juan Faraudet, el aparcero de Brilbault, que solicitó hacer a su amo una comunicación importante.
Vamos a referir lo que contó, y al mismo tiempo diremos lo que había ocurrido la víspera en Brilbault, ya que todavía no hemos tenido ocasión de seguir a los numerosos personajes que se habían citado allí para asaltar e invadir el viejo castillo.
Las disposiciones estaban tan bien tomadas, que nadie había faltado a la cita, salvo monsieur de Bois-Doré, cuya ausencia, al pronto, no fue advertida, porque todos los conjurados se hallaban diseminados en los alrededores del castillo por pequeños grupos, que se comunicaban en la obscuridad.
Exploraron las ruinas de arriba abajo, y las hallaron silenciosas y desiertas. Pero vieron huellas de reciente ocupación en la parte de la planta baja, donde el marqués no se había atrevido a penetrar solo; en las chimeneas había ceniza; en el suelo, harapos y restos de comida.
También descubrieron un pasaje subterráneo que tenía la salida a una distancia bastante alejada del recinto; estos pasajes existían en todos los castillos feudales. En la época en que acontece nuestra historia, estaban ya colmados casi todos; pero los gitanos habían sabido descombrar éste y ocultar su entrada con bastante habilidad.
Los conjurados no hicieron más pesquisas, no solamente porque las juzgaban inútiles, puesto que el enemigo había partido, sino porque empezaron a preocuparse por monsieur de Bois-Doré y a buscarle por los alrededores. Estaban alarmados cuando la gitanita llegó y dio cuenta de los acontecimientos.
Aun perdieron tiempo en perplejidades. Monsieur Robin, creyendo que el marqués había caído en alguna emboscada, se obstinaba en buscarle, mientras que monsieur de Ars, juzgando que las afirmaciones de la niña eran bastante verisímiles, se decidió a partir hacia Briantes con los suyos. Una hora más tarde monsieur Robin tomó el partido de hacer otro tanto.
Cuando todos se alejaron, el aparcero de Brilbault, a quien habían ordenado que siguiese registrando el castillo, cedió a la fatiga, según dijo, aunque probablemente más bien a un resto de miedo, y aplazó la tarea hasta el día siguiente.
-Cuando fue completamente de día -contó Juan Faraudet- me fuí allí; y después de registrar bien de arriba abajo todos los escombros, advertí un camaranchón que todavía no había visto, y encontré dentro un hombre mejor liado que un haz de espigas. Tenía las manos y los pies atados, y además la boca amordazada con un tapón de paja, que formaba una cuerda muy sutilmente retorcida alrededor de su cabeza. Tanto es así, que el hombre parecía muerto de pies a cabeza. Lo cogí y lo llevé a mi casa. Allí, desatado y aliviado, se repuso con un poco de aguardiente.
-¿Y quién era ese hombre? -preguntó el marqués, creyendo que se trataba de Alvimar-. ¿No le conocíais?
-¡Ya lo creo que sí, monsieur Silvain! -contestó el aparcero-. Era monsieur Poulain, el rector de vuestra parroquia. Estuvo más de cuatro horas sin poder decir una palabra ni hacer un movimiento, a consecuencia de los esfuerzos que había hecho para desatar sus ligaduras. Sólo al amanecer nos dijo: «No quiero hablar más que delante de la justicia. No soy culpable de lo que ha podido ocurrir. ¡Lo juro por mi crisma y mi bautismo!» Todo el día tuvo calentura y estuvo delirando. Por fin a la tarde se encontró mejor y quiso volver a su casa, donde le he llevado a la grupa de mi yegua preñada, sea dicho sin ofensa.
-Vamos a interrogarle -dijo Guillermo, levantándose.
-No -contestó el marqués-, dejémosle dormir. Le hace tanta falta como a nosotros; y ¿qué podría revelarnos que no sepamos ya de sobra? ¿Y de qué podríamos acusarle? Al ir a asistir a monsieur de Alvimar, moribundo, ha cumplido con su deber; y si al enterarse de lo que allí se tramaba contra mí no ha intentado impedirlo con amenazas, al menos se ha negado a asociarse a la empresa, y por eso los gitanos le han atado y amordazado.
Guillermo repuso que monsieur Poulain era un rector peligroso para la señoría de Briantes, y que al menos había que amenazarle con comprometerle en el asunto de los reitres, para que se mantuviera sometido y alejado.
Pero el marqués se negó en absoluto a atormentar a un hombre que le parecía bastante castigado por el trato brutal que había sufrido y el riesgo en que se había visto de perecer en un calabozo, olvidado y reducido al silencio.
-¡Cómo! -dijo-. Por la gracia de Dios hemos conseguido librarnos de cuarenta reitres bien equipados y provistos de un cañón; de una cuadrilla de ladrones ágiles y duchos; de un incendio terrible y de una emboscada infame; ¿y vamos a pensar en vengarnos de un pobre cura, que ya no puede nada contra nosotros?
El marqués olvidaba que no estaba libre de todo peligro.
El príncipe, que había partido precipitadamente para reunirse con la corte, podía no ser bien acogido, volver de pronto y desahogar su mal humor con los señores de la provincia.
El marqués debía, por lo tanto, ocuparse de no dejar entre él y Condé un peligroso defensor de la causa de Alvimar.
Fue Lucilio quien al día siguiente hizo estas reflexiones al marqués, quien corrió en el acto a casa de monsieur Poulain, so pretexto de informarse de su salud.
El rector había sufrido tanto por el frío, la molestia y el miedo, que no podía levantarse de su butaca; intentó explicarlo diciendo que una caída de caballo le había puesto en aquel estado y lo había obligado a permanecer veinticuatro horas en casa de un compañero suyo.
Pero Bois-Doré fue derecho al asunto y le habló con una firmeza dulce y generosa, sin olvidar el hacerle ver las notas de la Memoria de Alvimar y demostrarle la manera como aquel difunto amigo hablaba de él y del príncipe.
Monsieur Poulain no luchó contra estas revelaciones. Las ansiedades atroces en que se había hallado sumido habían abatido considerablemente su orgullo.
-Monsieur de Bois-Doré -dijo, suspirando y enjugándose el sudor frío que bañaba su frente al recuerdo de aquellas angustias-, he visto la muerte de cerca, y no creía temerla; pero se me ha aparecido bajo una forma tan fea y cruel, que he hecho el voto de retirarme a un claustro si salía de aquellos muros helados, tras los cuales me habían enterrado vivo. He salido, y no quiero ya luchar ni en pro ni en contra de nadie, ni de ningún interés en este mundo. En mi retiro no pensaré más que en mi salvación, y si quisierais concederme celda en la abadía de Varennes, de la que sois poseedor fiduciario, no desearía ya nada.
-Sea -contestó Bois-Doré-; con la condición de que me deis aclaraciones sinceras acerca de lo que ha ocurrido en Brilbault. No os cansaré con preguntas inútiles; sé las tres cuartas partes de lo que vos sabéis. Lo único que deseo conocer es si monsieur de Alvimar os ha confesado el asesinato de mi hermano.
-Me pedís que traicione el secreto de confesión -contestó monsieur Poulain-, y yo me negaría a ello, según es mi deber, si monsieur de Alvimar, sinceramente arrepentido en su última hora, no me hubiera encargado que lo revelase todo después de su muerte y de la de Sancho, que él no creía tan próxima. Sabed, pues, que monsieur de Alvimar, que pertenecía por su madre a una familia noble, y estaba autorizado por el secreto de su nacimiento a llevar el nombre del esposo de su madre, era, en realidad, el fruto de una intriga culpable con Sancho, antiguo jefe de bandidos que se había hecho labrador.
-¡Es posible! -exclamó el marqués-. Esto me explica, señor rector, las últimas palabras de Sancho. Pretendía sacrificarme a la memoria de su hijo. Pero ¿cómo habló de esto monsieur de Alvimar en su confesión?
-Monsieur de Alvimar tuvo que revelarme su situación respecto a Sancho para arrancarme el juramento de no entregar a la justicia secular el hombre a quien él llamaba con vergüenza y con dolor «el autor de sus días». También le llamaba el causante de su crimen y de sus desdichas.
«Aquel hombre cruel y perverso le había hecho cómplice de la muerte de vuestro hermano; a él se le ocurrió primero la idea, y él fue quien lo apuñaló, mientras que Alvimar se resignaba a ayudarle y a aprovecharse del crimen.
«Es absolutamente verdad que el único objeto de aquel asesinato, cuyos autores no conocían a la víctima, fue el apoderarse de una cantidad de dinero y de una caja de alhajas que vuestro hermano había tenido la imprudencia de dejar ver en una hostería la víspera.
«En aquella época de su vida, monsieur de Alvimar era muy joven, y tan pobre, que dudaba si podría costearse el viaje hasta París, donde esperaba encontrar protecciones. Era ambicioso; éste es un gran pecado, lo reconozco, señor marqués; es la peor tentación de Satanás.
«Sancho alimentaba y excitaba aquella ambición maldita en su hijo. Tuvo que vencer su repugnancia; lo consiguió demostrándole que aquel crimen se presentaba como una ocasión segura, que no volvería a encontrarse, y que le evitaría la necesidad de envilecerse implorando la caridad ajena.
«Cuando monsieur de Alvimar me hizo esta confesión Sancho se hallaba presente y bajó la cabeza, sin intentar disculparse. Al contrario, cuando yo vacilaba en dar la absolución por un crimen que no me parecía lo suficientemente expiado, Sancho se acusó con energía, y debo confesar que había cierta grandeza en la pasión de aquel alma sombría por la salvación de su hijo.
«Entonces creí que trataba con dos cristianos, ambos culpables, pero ambos arrepentidos; pero Sancho me llenó de horror y de espanto tan pronto como su hijo dejó de existir.
«Aquello, señor, fue una escena horrible, y no la olvidaré en la vida.
«La sala baja en que nos hallábamos en aquel castillo destartalado no tenía más que una chimenea; y a pesar de que el local era vasto, el espacio en que era posible ampararse contra el frío que caía de la bóveda derrumbada era muy reducido.
«Monsieur de Alvimar tenía como lecho un montón de paja, y como abrigo, su capa y la de Sancho. Estaba tan extenuado por dos meses de agonía, que parecía un espectro.
«Sin embargo, Sancho le había vestido lo mejor que pudo para que recibiera los últimos auxilios de la religión; y el espectáculo de aquel hidalgo distinguido y resignado en medio de una horda de gitanos, paganos e infames, entristecía el alma y los ojos.
«Aquellos herejes, disgustados por asistir a una ceremonia cristiana, rugían, juraban y vociferaban de un modo irrisorio, para no oír las oraciones de la Santa Iglesia, que ellos execran.
«Según me han dicho, esto ocurría continuamente durante los últimos tiempos de la deplorable existencia de monsieur de Alvimar en aquel lugar.
«Todas las noches Sancho intentaba aprovechar el sueño de los gitanos para recitar a su hijo las oraciones que éste reclamaba; pero en cuanto alguno lo notaba, todos, hombres, mujeres y niños, empezaban a alborotar para ahogar su voz y para impedir que llegasen a los oídos del moribundo las santas palabras de nuestros ritos.
«En medio de aquella bacanal espantosa, en la que Sancho conseguía a veces, gracias a su autoridad -fundada en que tenía algún dinero escondido, que les iba entregando poco a poco-, restablecer un instante de silencio, administró la Extremaunción al desdichado joven.
«Creo que murió reconciliado con Dios, porque mostró mucho arrepentimiento por su crimen y me rogó que dijera la verdad al príncipe, en el caso de que éste, engañado, como yo lo había sido, sobre las circunstancias y las causas de vuestro duelo, os molestase por este particular.
-¿Y estáis resuelto a hacerlo, señor rector? -dijo Bois-Doré, examinando el rostro alterado de monsieur Poulain.
-Sí, señor -contestó el rector-; con la condición de que volváis seria y sinceramente al camino del deber.
-¿Todavía me regateáis, en el nombre de la Verdad suprema, el testimonio de la verdad?
-No, señor; porque lo que ha ocurrido después de la muerte de Alvimar me ha quitado la esperanza de convertiros con el ejemplo del arrepentimiento de vuestros enemigos. Sancho se inclinó sobre el lívido rostro de su hijo y permaneció un momento sin decir nada y sin verter una lágrima; luego se levantó, hizo en voz alta el odioso juramento de vengarle por todos los medios posibles, y puso su mano en la de un brutal hugonote que se hallaba allí.
-¿El capitán Macabro?
-Sí, señor; tal era el nombre siniestro que le daban.
-«Os he llamado -le dijo Sancho- para entregaros los tesoros de Bois-Doré; me uno a vosotros, y os aseguro la ayuda de esta partida de gitanos y de estradiotes voluntarios que veis aquí. Por medio de Belinda os he mandado a decir que podréis hacer un buen negocio, y el rector, aquí presente, que odia al tal Bois-Doré y que está en buenas relaciones con el príncipe, os garantizará la impunidad.» Entonces, señor, yo protesté.
-Claro -dijo Bois-Doré, sonriendo-. Sabíais muy bien que el príncipe quería mi supuesto tesoro para él solo, y que no era hombre que consentiría en dejarte pasar por las manos de tales depositarios.
Monsieur Poulain sufrió el reproche e inclinó la cabeza con una expresión fingida o sincera de arrepentimiento y de humildad.
A instancia del marqués prosiguió su relato, y contó que Macabro había propuesto saltarle la tapa de los sesos, sin más ceremonia, para impedirle que hablase. Entonces los gitanos se precipitaron sobre él para quitarle sus ropas antes de que la sangre las hubiese estropeado.
-Aquella tregua -añadió monsieur Poulain -me salvó la vida, porque dio tiempo a Sancho de hacer otra proposición. Él fue quien me ató y luego me encerró. ¡Pero qué medio de salvación! Me pareció peor que una muerte rápida y violenta, cuando, sin darme ni esperanza ni auxilio, el infame abandonó Brilbault con sus gitanos para ir a atacar vuestro castillo.
-¿Me podéis decir -preguntó el marqués- lo que se hizo con el cuerpo de Alvimar?
-Comprendo -dijo el rector, con una pálida sonrisa, en la que apuntaba, a pesar suyo, un resto de aversión- que tenéis interés en encontrarle en caso de proceso criminal. Pero pensad que esta prueba podrá volverse contra vos. Quien quisiera mentir, podría decir con toda libertad que habíais enterrado allí a vuestra víctima con la ayuda de vuestro amigo, monsieur Robin. Por lo tanto, señor marqués, no debéis esperar vuestra seguridad futura más que de mi lealtad, cuya ayuda os ofrezco.
-¿Con qué condiciones, señor rector?
-¡Condiciones! Ya no impongo ninguna, hermano; desde ahora soy un recluso retirado del mundo. He implorado de vuestra bondad la abadía de Varennes.
-¡Ah! ¡Ah! -dijo Bois-Doré-. ¡La abadía! Hace un momento sólo pedíais una celda.
-¿Vais a permitir que se derrumbe una abadía tan venerable confiando a unos patanes la dirección de una comunidad llamada a dar buenos ejemplos al mundo?
-¡Vamos, ya comprendo! Veremos, señor rector, cómo os portáis conmigo; y si yo quedo satisfecho, vos lo quedaréis también. ¿Hasta entonces, sin duda, no me diréis dónde se halla enterrado el asesino de mi hermano?
-Perdón, señor -contestó el cura, que tenía demasiada inteligencia para aparentar que quería regatear, y que además se esforzaba realmente en libertarse de las pasiones y de las luchas del mundo-, con tal de que no fuese en condiciones excesivamente duras, os diré cuanto he visto. Sancho parecía tener mucha prisa en substraer el cadáver a alguna profanación de los gitanos. Levantó una losa en medio de la sala donde estábamos, y seguramente allí es donde ha dado sepultura a su hijo. No he visto nada más; me arrastraron a mi horrible calabozo, donde he permanecido durante diez y ocho horas, con alternativas de desesperación y de desfallecimiento.
El marqués y el rector se separaron en buenos términos, y este último hizo un esfuerzo para levantarse y ocuparse del entierro de los muertos de su parroquia. Pero después de la ceremonia se encontró tan mal, que mandó llamar a maese Jovelin, cuyos bálsamos y elixires pregonaban como milagrosos.
Al principio sintió mucho miedo de confiar su vida a quien él consideraba como un enemigo natural. Pero los cuidados del italiano le aliviaron tan enérgicamente, que sintió penetrar en su corazón una especie de gratitud, sobre todo cuando Lucilio se negó obstinadamente a percibir remuneración alguna.
El rector se vio obligado también a dar sinceramente las gracias a los caballeros de Bois-Doré, que durante su enfermedad le habían atendido y habían hecho que le cuidasen con una solicitud igual a la que demostraban con sus amigos.
Después de la conversación que había tenido con Mario respecto a su matrimonio, Lauriana se había quedado con una sensación de intranquilidad por la sobreexcitación y las preocupaciones que había notado en el niño.
Por poca experiencia que tuviera, tenía más conocimiento de la vida que él, y preveía que cuando Mario llegase a la edad de distinguir el amor de la amistad, sería todavía demasiado joven con relación a ella para inspirarle algo más que un sentimiento de protección fraternal.
Sonreía melancólicamente ante la idea de una combinación de circunstancias que la obligase a casarse con un niño, después de haber estado casada siendo niña; y pensaba que en tal caso su destino sería un problema extraño, acaso doloroso y fatal.
Se sentía triste, y se armaba de resolución para resistir a las influencias posibles, porque el marqués había tomado el proyecto en serio, y monsieur de Beuvre en sus cartas parecía disimular con bromas un gran deseo de que se realizase algún día.
En sus ensueños de dicha y de matrimonio, Lauriana no llamaba resueltamente al amor; pero sentía vagamente que sería demasiado casarse dos veces sin conocerle.
Y veía una nube, ligera todavía, pero inquietante, pasar sobre su tranquilidad presente y sobre la dulzura de sus relaciones con los caballeros de Bois-Doré.
Sin embargo, al día siguiente se tranquilizó.
Mario había dormido y se había repuesto de las fatigas de la víspera; las rosas de la infancia habían vuelto a florecer en sus suaves mejillas; sus hermosos ojos habían recobrado su limpidez angelical, y una sonrisa de felicidad confiada dibujábase en sus labios. Había vuelto a ser un niño.
Tan pronto como vio a su padre descansando, a su Mercedes tranquila y a todos los suyos en pie, corrió a la cuadra a abrazar a su caballito; a la aldea, a informarse de la salud de todo el mundo, y luego al jardín, a jugar con su peón, y al corral, a corretear entre los escombros incendiados.
Regresó al castillo para prodigar tiernos cuidados a su morisca, y le hizo una compañía fiel mientras tuvo que guardar cama.
Y cuando toda inquietud se disipó, volvió a ser por completo el Mario dichoso, alternativamente asiduo al trabajo y apasionado en el juego, a quien Lauriana podía todavía querer y acariciar santamente, sin temor por el porvenir.
La Naturaleza favorecía el organismo privilegiado de aquel amable niño. Si hubiera durado en él la impresión de las conmociones violentas que se habían acumulado durante aquella crisis, hubiera acabado loco o enfermo.
Pero también hay que decir que como en aquellos tiempos las costumbres eran más rudas, hacían que los temperamentos fueran más flexibles y, por lo tanto, más resistentes. La excitación nerviosa, a la que sucumben hoy tantas almas precoces, existía entonces con más aspereza, pero de manera más general y menos sostenida. No había tampoco una necesidad tan grande de descanso y de seguridad.
La sensibilidad, más frecuentemente despertada por las agitaciones de la vida exterior, se embotaba más pronto, y las vivas emociones producían esa necesidad de vivir, sea como sea, que salva al hombre en las épocas de confusión y de desdicha.
El invierno transcurrió con dulce alegría en el castillo de Briantes.
Se trabajaba en reconstruir la armadura de las granjas incendiadas, en espera de que la estación permitiera el trabajo de los albañiles. Se había descombrado el foso y levantado provisionalmente con piedras la parte derrumbada de la muralla exterior; en fin, Adamas había acabado de restablecer la comunicación subterránea con el campo, y el marqués había comprado la paz futura con las gentes de Corte y de Iglesia de la provincia, restituyendo a ciertas capillas del país, a modo de donativos voluntarios, varios objetos de precio. Rogó a la princesa de Condé que aceptase varias alhajas, y Adamas escondió hábilmente las que, según su creencia, debían servir para el adorno de la futura esposa de Mario.
El marqués gastó gran parte de sus reservas de oro y plata en la reparación de sus edificios y en la compra de trigo para él y para sus vasallos pobres.
También les proporcionó el ganado que habían perdido, porque los caballeros de Bois-Doré no toleraban la miseria en torno de ellos.
Por último, el famoso tesoro, cuya importancia se había exagerado de tal manera y que había estado a punto de acarrear tales desastres y tan lamentables persecuciones, dejó de constituir un escándalo al dejar de estar oculto. A la vista de todo el mundo se abrieron las puertas de la habitación misteriosa, y abiertas continuaron.
Se intentó ganar a monsieur Poulain, ofreciéndole una parte en el reparto; pero éste tuvo el talento de no aceptar: no codiciaba riquezas materiales, sino poder e influencia.
Según decía, no quería poseer, sino ser. Por eso insistía en pedir la abadía de Varennes: era un retiro bastante pobre, situado en un verdadero rincón abandonado, junto al riachuelo de Gourdon.
La deseaba sin más tierra de la que necesitaba para vivir, con dos o tres religiosos de la Orden. Codiciaba el título de abad y una apariencia de retiro que le libertase de los deberes de su cargo de rector.
Al cabo de un mes estaba curado del deseo de renunciar al mundo y soñaba con tener el pan y un título asegurados, a fin de poder deslizarse entre los nobles y mezclarse en los asuntos diplomáticos, como hacían tantos otros menos capaces y menos pacientes que él.
Bois-Doré comprendió el género de su ambición, y le satisfizo amablemente. Comprendía que, tarde o temprano, el príncipe, gran secularizador de abadías en beneficio propio, le quitaría ésta en malas condiciones, y no podía hallar ocasión más segura de oponer la autocracia del príncipe a los intereses personales de monsieur Poulain.
Por lo tanto, le cedió la abadía mediante un censo muy módico, y Poulain marchó a solicitar del juez eclesiástico la autorización para abandonar su curato.
Veía realizarse la primera fase de su sueño; lo que había anunciado a Alvimar empezaba a verificarse. Medraba, explotando oportunamente en torno suyo la cuestión de disidencia en materia religiosa; Alvimar, sediento de dinero y cegado por el odio, había sucumbido sin provecho ni honor; monsieur Poulain, acechando el crédito y el movimiento, exento de otras pasiones, y siempre dispuesto a sacrificar sus rencores a sus intereses, entraba por lo que él llamaba el buen camino. Al menos, era el más seguro.
En el castillo se sorprendieron al no ver reaparecer a la niña Pilar. El marqués, al enterarse del importante servicio que había llevado a cabo, hubiera deseado recompensarla, y Lauriana decía que hubiera querido arrancarle al mal aquella pobre presa. Pero no pudo saberse lo que había sido de ella, y se supuso que había ido a reunirse con los gitanos que se habían salvado.
Los reitres prisioneros habían sido trasladados a Bourges. Su proceso fue rápidamente instruido.
El capitán Macabro fue condenado a la horca como bandido, rebelde y traidor.
El marqués se apiadó de la Belinda, a la que las miserias de la cárcel tenían como loca: se negó a declarar contra ella, diciendo que la consideraba como un cerebro enfermo. La echaron de la ciudad y del país, prohibiéndola volver a él bajo pena de muerte.
La morisca estaba curada. Lucilio, ante su valor en el sufrimiento, que soportó con una especie de alegría exaltada, empezó a sentir por ella un cariño muy particular. Pero hubiera temido parecer loco al decírselo, y el mutuo afecto que ambos ocultaban cuidadosamente lo desviaban hacia los niños, Lauriana y Mario, con una especie de emulación.
Madame Pignoux y su fiel criada fueron cariñosamente recompensadas. Se habían librado con la huida de los malos tratos; y la hostería del Gallo Rojo había escapado al incendio, gracias a la prisa del enemigo en proseguir la expedición.
De tarde en tarde se recibían noticias de monsieur de Beuvre. Hubo intervalos muy dolorosos para su hija, cuando los señores de la Rochelle y los que se habían asociado a ellos se hicieron corsarios en el océano y concibieron el atrevido proyecto de ocupar las embocaduras del Loira y del Gironda, a fin de poner a rescate todo el comercio de los dos ríos. Monsieur de Beuvre dejó entrever su intención de seguir a Soubise en tan peligrosa expedición.
En aquellos momentos de dolor, Lauriana se vio rodeada de tiernos consuelos; pero ninguno era tan ingenioso ni tan maravillosamente asiduo como los de Mario. Su corazón amante y su inteligencia delicada encontraban palabras animosas, cuyo suave candor obligaba a Lauriana a sonreír a través de sus lágrimas. Cuando los demás no lograban distraerla de sus ideas sombrías, recurría a Mario.
Entonces decía a Mercedes:
-No sé qué espíritu luminoso ha puesto Dios en este niño; una palabra suya me consuela más que todas las frases de los demás. Sin embargo -pensaba-, aunque es un niño, no tengo edad para quererle como una madre. No sé por qué no puedo sufrir la idea de vivir lejos de él.
A primeros del mes de abril de 1622 se recibieron mejores noticias.
Monsieur de Beuvre había tenido la feliz ocurrencia de no acompañar a Soubise, que había sufrido una gran derrota en la isla de Re contra el rey en persona. Se había contentado con piratear en las costas de Gascuña, con provecho y salud, según decía él. Sin embargo, el mismo asunto de la isla Re acarreó una dolorosa consecuencia para Lauriana y sus amigos de Briantes.
El príncipe de Condé había creído que el rey, siguiendo sus consejos, se arrojaría insensatamente al peligro.
Así lo hizo el rey: el valor era la única virtud que había heredado de su padre. Pero Condé tuvo poca suerte. Ninguna bala enemiga alcanzó al soberano: su caballo salvó los vados con la marea baja, sin encontrar arenas movedizas, y Su Majestad esgrimió valerosamente la espada contra los hugonotes sin padecer daño ni fatiga.
Además, mientras guerreaba con ardor, Luis XIII, bien aconsejado por su madre, a su vez bien aconsejada por Richelieu, dio oídos a las ideas de conciliación y a las negociaciones que tenían por objeto la terminación de la guerra civil.
Y el príncipe, que no tenía más deseo que el de enredar las cosas, estaba muy aburrido y disgustado, y contestaba a las cartas que recibía de su gobierno del Berry con cartas melosas llenas de hiel.
Entre otros actos de la represión que practicó contra los hugonotes de su provincia, aunque éstos permanecían, por lo general, muy tranquilos, ordenó que se pusiesen en secuestro los bienes de monsieur de Beuvre, si éste no reaparecía en el Berry tres días después de la publicación de la monitoria.
Era difícil que a los tres días monsieur de Beuvre, que se hallaba entonces en Montpellier, estuviera de regreso en su señorío.
Hubiera sido necesario, por lo menos, el doble de este tiempo para recibir el aviso de la medida que se había tomado contra él.
El teniente general y alcalde de Bourges, monsieur Pierre Biet, que había tenido como costumbre toda su vida el ponerse de parte del más fuerte, y que en sus mocedades había sido un gran liguero, quiso dar prueba de celo y decretó, por su propia autoridad, que, puesto que Monsieur de Beuvre no había comparecido en el plazo señalado para dar cuenta de su ausencia, su hija, señora de Beuvre, de la Motte Seuilly y de otros lugares, fuera conducida desde su castillo a un convento de Bourges, para ser instruida en la religión del Estado.
En un delicioso atardecer de primavera, Lauriana y Mario corrían por el prado del recinto, riendo con voz tan armoniosa como el canto de los ruiseñores, cuando Mercedes acudió hacia ellos con aire asustado.
-¡Venid, venid, mi querida señora! -dijo la morisca, abrazando a su amiga-; huyamos; antes de cogeros, tendrían que matarme.
-¡Y a mí! -exclamó Mario, cogiendo su pequeña tizona, que se había quitado para jugar-. Pero ¿qué es lo que pasa, Mercedes?
Mercedes no tenía tiempo de explicarse. Sabía que la puerta estaba guardada por los soldados del prebostazgo; quería intentar volver al castillo, ocultando a Lauriana bajo su mantón, y facilitar su evasión por el pasaje secreto.
Pero la empresa era imposible, y Mario se opuso a ella cuando vio que el postigo estaba guardado también.
Mientras deliberaban, el marqués se hallaba en un gran apuro: había declarado a los agentes del prebostazgo, que le exhibían sus poderes en orden, que la señorita de Beuvre había salido a caballo con su hijo. Pero como le exigían su palabra de honor, y él, para evitar hacer un falso juramento, fingía mostrarse ofendido por la desconfianza, la sospecha crecía, y después de pedirle humildemente perdón, los agentes guardaron las puertas en nombre del rey, y procedieron a hacer dentro de la casa pesquisas minuciosas.
La guardia prebostal de La Châtre no era tan numerosa ni estaba tan bien equipada que pudiera enviar a Briantes un gran contingente de tropa. Además, los oficiales y los soldados obedecían a disgusto, y hubieran preferido no enojar al buen monsieur de Bois-Doré. Pero temían ser denunciados al príncipe, que era muy temido en la ciudad y en el país.
Cumplieron su misión concienzudamente, con la esperanza de que monsieur de Bois-Doré se resistiera; y como acaso no fuesen ellos los más fuertes, estaban dispuestos a largarse, según era costumbre en los altercados entre la fuerza provincial ejecutiva y los hidalgos campesinos recalcitrantes.
El marqués se daba cuenta de la situación, y Aristandre se consumía de impaciencia, esperando la señal para acometer a los agentes. Pero Bois-Doré comprendía que el caso era grave y que no se trataba solamente de una sencilla escaramuza.
Monsieur de Beuvre estaba tan comprometido, que la defensa de su causa había de constituir un acto de rebeldía contra la autoridad real, y para un castellano buen patriota, aquellas puertas, guardadas en nombre del rey, lo estaban mejor que si lo hubieran sido por un ejército entero.
A pesar de su antiguo carácter batallador y de su viejo fondo de protestantismo incorregible, Bois-Doré, desde el fin de la dinastía de los Valois, había encarnado siempre la Francia en la persona del rey; y en aquella época, en que los últimos refuerzos de la Reforma iban, involuntariamente, sin duda, pero fatalmente, a entregarnos a los enemigos extranjeros, el sentimiento de patriotismo de Bois-Doré era el más justo.
Sin embargo, no quería de ninguna manera abandonar a la hija de su amigo.
Sabía las persecuciones que se ejercían en los conventos contra los hijos de las familias protestantes, y comprendía que Lauriana, con una resistencia enérgica, agravaría acaso el rigor de tales persecuciones.
Era menester evitar esta nueva crisis a fuerza de ingenio, y el marqués imploraba con la mirada el genio fecundo de Adamas.
Adamas iba y venía, dándoselas de amable con los arqueros, y rascándose la cabeza con desesperación cuando no le veían.
Pensó en inundar el patio, alzando por aquel lado las palas del estanque, o en prender fuego a la casa por medio de algunos haces amontonados en el cobertizo, a trueque de chamuscarse algo la barba, para apagarle después de conseguir que el enemigo se alejase; pero en medio de sus perplejidades vio llegar a Lauriana, serena y altiva, dando el brazo a Mario, pálido y pensativo.
La morisca les seguía llorando.
Cuatro guardas del prebostazgo les acompañaban bastante respetuosamente.
He aquí lo que había ocurrido.
Lauriana había pedido una explicación de lo que se trataba. Comprendió que toda resistencia para salvarla atraería sobre sus amigos la acusación de alta traición. Bien sabía ella que su padre se había jugado la cabeza, y al verle marchar había previsto que su propia libertad se vería amenazada algún día. No había hablado nunca de esto; pero estaba dispuesta a sufrirlo todo antes que negar sus creencias.
Mario y Mercedes la suplicaron en vano que se callase y permaneciese tranquila; ella levantó la voz, declarando y jurando que quería entregarse, y cuando los guardias que la buscaban se acercaron al prado, la joven había salido ya y avanzaba hacia ellos.
Los guardias vacilaban en apoderarse de ella, dudando, ante su serenidad, de que fuese efectivamente la que buscaban.
Pero Lauriana dio su nombre y dijo:
-No me toquéis, señores; me rindo de buen grado. Permitidme solamente ir a saludar a mi huésped, y haced el favor de acompañarme.
El marqués se sintió dolorosamente impresionado por esta aparición; pero no pudo menos de admirar la grandeza de alma de aquella generosa niña.
-Señor -dijo al teniente de la guardia prebostal -, me veis resignado a obedecer a vuestro mandato, ya que tal es la voluntad de madame de Beuvre; pero vos no querréis ser menos que ella en cuanto a grandeza. Permitidme que la conduzca a Bourges en mi carroza, con mi hijo y con su doncella. No llevaré conmigo más que dos o tres criados, y podéis hacer que nos escolten y nos vigilen con todo el rigor que os convenga.
El teniente atendió a tan justa petición y dio a la familia un plazo de una hora para hacer sus preparativos de viaje.
Lauriana se ocupó de ello con una serenidad admirable.
Mario, abrumado y como atontado, dejaba que Adamas le vistiera sin pensar en nada.
Mientras que le ponía las botas, estaba sentado y parecía que no tenía fuerzas ni para levantar sus piernecitas.
Lucilio se acercó y le puso ante los ojos estas palabras, escritas en italiano:
«Tened valor; seguid el ejemplo que os da su gran corazón.»
-¡Sí! -exclamó Mario, arrojándose en los brazos de su amigo-; me esfuerzo en ello, y comprendo lo que ella hace. ¿Pero no creéis que mi padre se ocupará en libertarla?
-Si puede ser, no lo dudéis, señor -dijo Adamas-. Yo no me separaré de vos, a Dios gracias, y pensaré en ello a todas horas. Si el señor se ha resignado, es porque cabe esperanza.
El marqués llevó en su carroza a Adamas y a Mercedes. Clindor subió al pescante con Aristandre.
Quedó convenido que Lucilio, acerca de quien el marqués no estaba muy tranquilo, se fuera secretamente a Bourges.
-Señor -dijo Adamas al marqués cuando hubieron pasado La Châtre-. ¡Ya la tengo!
-¿El qué, amigo mío? ¿Qué es lo que tienes?
-¡Una idea! Cuando lleguemos a Etalié, pediremos que nos dejen descansar un rato en casa de madame Pignoux. Tiene una ahijada de la edad de la señorita Lauriana. Haremos que cambie de traje con ella, y nos la llevaremos en su lugar.
Pero ¿esa ahijada se hallará allí tan oportunamente?
-Si no está -dijo Mario, animado por los proyectos de Adamas, yo me pondré el chal, la falda y la caperuza de Lauriana, y pasaré por ella; entre tanto, ella permanecerá en mi lugar en la hostería, desde donde le será fácil evadirse a casa de Guillermo o de monsieur Robin cuando nos alejemos.
-Hijos míos -dijo el marqués-, haced lo que mejor os parezca; pero no me digáis nada, porque es muy violento tener que jurar en falso, y seguramente me interrogarán cuando la trampa se descubra. Intentad otra cosa y hablad bajo. No os escucho.
-Olvidáis -dijo Lauriana- que yo no me prestaré a ninguna tentativa de evasión. No caviléis, Adamas; y tú, Mario, resígnate. He jurado a Dios aceptar mi suerte.
Efectivamente, Lauriana se negó a apearse ante la hostería del Gallo Rojo, donde el cambio proyectado hubiera podido tener alguna probabilidad de éxito. Mario esperaba que cambiase de parecer y aceptase alguna otra combinación; pero en vano intentaron convencer a Lauriana de que las cosas podían arreglarse sin comprometer al marqués: fue inflexible.
-No, no -decía-; nadie creerá que el marqués no ha cerrado los ojos voluntariamente. ¿Quién sabe, mi pobre Mario, si no te guardarían en rehenes hasta encontrarme? En cuanto a Adamas, iría seguramente a la cárcel. No quiero que tal cosa ocurra, y no consentiré en escaparme de ninguna manera; y si lo intentáis, gritaré para que vuelvan a prenderme.
La resolución de Lauriana fue inquebrantable. Hubo que abandonar toda esperanza, y llegaron a Bourges mucho más abatidos y descorazonados que cuando salieron de Briantes.
El resultado de esta sumisión fue bastante favorable.
El teniente general, monsieur Biet, que había contado con la rebeldía del marqués, lo cual hubiera agravado el asunto, quedó muy sorprendido al verle presentarse ante él con Lauriana y reclamar para ella un retiro honorable y las consideraciones a que la dignidad de su conducta le daba derecho.
Monsieur Biet tuvo que dulcificar su actitud: fingió que lamentaba hondamente las rigurosas medidas que, según él, obedecían a órdenes secretas del príncipe, y consintió que Lauriana fuese conducida al convento de religiosas de la Anunciada, del que fue fundadora Juana de Francia, tía de la ilustre Carlota de Albret; Lauriana tenía allí algunas amigas, y éstas consintieron que Mercedes se quedase con ella para servirla.
Aquel convento era de los pocos en que la ardiente propaganda jesuítica no había penetrado todavía: las religiosas, dedicadas a la vida contemplativa, no emplearían con Lauriana un proselitismo demasiado riguroso.
El marqués celebró con la superiora una entrevista, en la que supo disponerla en favor de la joven cautiva, y consiguió el permiso de visitarla a diario con Mario en el locutorio, en presencia de una hermana celadora.
A pesar de esta esperanza, Mario sintió que el corazón se lo desgarraba cuando oyó cerrarse ante él y su querida compañera la pesada puerta del convento.
Le parecía que Lauriana no saldría ya nunca de allí, y también estaba preocupado por Mercedes, que se esforzaba en sonreír al separarse de él, pero que pareció volverse loca cuando el niño desapareció y ella se vio condenada, por la primera vez en su vida, a dormir bajo otro techo.
Casi no pudo pegar los ojos, lo mismo que Lauriana. Pasaron la mayor parte de la noche hablando y llorando, no temiendo ya afligir a Mario con su dolor.
-Mercedes mía -decía Lauriana, abrazando a la morisca-, comprendo el sacrificio que haces separándote de tu hijo para consolarme.
-Hija mía -le contestó Mercedes-, te confieso que también lo hago para consuelo de Mario, puesto que te quiere aun más de lo que me quiere a mí. No proteste, lo he visto perfectamente; pero no siento celos de ti, porque tengo el presentimiento de que tú harás la felicidad de su vida.
No había medio de quitar a la morisca la idea de aquel matrimonio inverisímil, y Lauriana no se atrevía a contradecirla, sobre todo en aquel momento.
Bois-Doré abrigaba ciertas dudas acerca de las órdenes dadas por el príncipe respecto a Lauriana.
El príncipe era avaro, pérfido e ingrato por naturaleza; pero no era cruel, y su aversión por las mujeres no llegaba hasta la persecución.
Además, el marqués había creído notar cierta turbación en el teniente general al interrogarle sobre las supuestas órdenes secretas del príncipe. Esperó conseguir, con dulzura y persuasión, que revocase su decisión.
Mandó un mensajero al Poitou para que buscase a monsieur de Beuvre y le aconsejase volver cuanto antes, y él se quedó en Bourges, tanto para ejecutar su plan cerca de monsieur Biet como para no perder de vista a su protegida.
El mensajero no pudo encontrar a monsieur de Beuvre: éste se había embarcado de nuevo, y no se sabía en qué parajes navegaba.
Dos meses transcurrieron sin que se recibieran noticias de él.
Lauriana le lloraba por muerto. No creía en los cuentos que inventaba el marqués para persuadirla de que algunas personas habían visto a su padre y de que se hallaba en perfecto estado de salud; Bois-Doré fingía que la presencia de la hermana celadora, que dormía constantemente, le cohibía, impidiéndole enseñar cartas que probaban sus afirmaciones.
Lauriana tomó el partido de fingir tranquilidad para tranquilizar a Mario, que tenía siempre la mirada fija en ella con ansiedad.
El verano de 1622 transcurrió sin que el marqués consiguiese, ni con ruegos ni con amenazas, la libertad, bajo fianza, de la cautiva.
Monsieur Biet, que temía haber cometido una torpeza, había conseguido una autorización para hacer lo que ya estaba hecho.
La ausencia prolongada y el silencio absoluto del padre empeoraban la situación. Era ya inútil negar los motivos. No cabía lugar a dudas respecto a ellos; a las instancias y a los reproches del marqués, monsieur Biet contestaba con una sonrisa, llena de amargura:
-Pues que venga ese hidalgo a buscar a su hija; se la devolveremos en el acto, así como la administración de sus bienes.
Lucilio residía con un nombre supuesto en Bourges, en el arrabal de Saint-Ambroise.
No veía a nadie más que a Mario, que iba a pie, sin lujo y sin ostentación, a tomar sus lecciones.
Mercedes, que tenía permiso para salir, iba a servirle sus comidas, de las que el filósofo, absorto en su trabajo, no se hubiera probablemente ocupado mucho.
Hubo una circunstancia que demostró lo mucho que monsieur Poulain se había enmendado.
Estaba en Bourges, ocupado en conseguir la autorización para ser abad, cuando un día Lucilio se encontró frente a frente con él en el jardinillo que rodeaba su humilde morada.
El futuro abad y Jovelin descubrieron entonces que vivían bajo el mismo techo.
Lucilio supuso que sería denunciado y molestado, pero no fue así.
Monsieur Poulain encontró agrado en su compañía y demostró mucho interés por Mario, cuando le vio venir a tomar sus lecciones.
El rector era demasiado inteligente para no haber rectificado sus opiniones, y comprendía cuán poco debía contar con el príncipe de Condé, porque el arzobispo de Bourges se negaba a hacerle abad hasta que el príncipe le diese su autorización para ello, y el príncipe no parecía tener mucha prisa en darla.
La existencia de nuestros personajes se deslizó apaciblemente durante esta especie de destierro en Bourges. Hasta gozaron mayor seguridad de la que habían tenido en Briantes en los últimos tiempos.
Pero el marqués se aburría por haber roto con todas sus costumbres de lujo, de bienestar y de actividad.
Procuraba pasar inadvertido y borroso para no llamar la atención sobre Lauriana en una ciudad donde el espíritu de la Liga no había muerto del todo y donde el reinado breve y violento de la Reforma había dejado recuerdos desagradables.
Mario se esforzaba en estar alegre para distraerle; pero el pobre niño no lo estaba ya; y mientras leía la Astrée a su tío durante las veladas, pensaba en otra cosa, o suspiraba ante aquellas descripciones de arroyos, de jardines y de bosques que le hacían sentir el aburrimiento y la dependencia de su situación actual.
Mario estaba pálido y se hacía soñador; trabajaba con ahínco para instruirse, y era para él una alegría poner a Lauriana al corriente de sus estudios y comunicarle los conocimientos que adquiría.
De esta manera ocupaban el tiempo de sus entrevistas diarias; porque no hay nada más violento que la imposibilidad de expansionarse con los seres amados ante testigos.
Los jesuitas, que, deslizándose, iban penetrando ya en todas partes, intentaron persuadir al marqués de que les confiase la educación de su amable hijo. Bois-Doré se las arregló para entretener sus esperanzas, porque veía que no lo convenía ponerse a mal con ellos.
Pero ellos no se dejaron engañar, y las idas misteriosas de Mario a los arrabales llamaron su atención. Lo siguieron, y entonces se fijaron en maese Jovelin.
Pero monsieur Poulain lo arregló todo diciendo que conocía a Lucilio como ortodoxo, y que además él asistía a las lecciones del joven hidalgo.
Monsieur Poulain temía más que amaba a los jesuitas; pero como era muy astuto, pudo engañarles.
Los acontecimientos de la guerra se precipitaron; llegó la noticia de la paz de Montpellier, y esto dio lugar a grandes proyectos de festejos en honor del príncipe en su buena ciudad de Bourges. Pero fue menester abandonarlos; el príncipe llegó inopinadamente de muy mal humor, comprendiendo que su poderío había terminado.
El rey le había engañado: primero, no había consentido en morir; luego, había negociado la paz sin contar con él.
Además, la reina madre había recobrado alguna influencia; Richelieu había conseguido el capelo, y, a pesar de todos los esfuerzos del príncipe para evitarlo, se acercaba insensiblemente al poder.
Condé no hizo más que cruzar la ciudad y la provincia. Ya no creía en la astrología; sus desilusiones le habían vuelto beato. Había hecho un voto a Nuestra Señora de Loreto.
Partió para Italia, sin ocuparse para nada de los asuntos de su provincia. Monsieur Biet, comprendiendo que los hugonotes no tardarían en recuperar su libertad de conciencia y que no sería nada beneficioso para él tener que otorgar a la fuerza la libertad de Lauriana, fue en persona con el marqués a buscarla al convento.
Las religiosas se separaron de ella con sentimiento y dieron testimonio de su dulzura y de su cortesía.
Lauriana había sufrido mucho durante aquellos cinco meses de violencia moral; también ella había empalidecido y adelgazado; había asistido sin quejarse a todos los ejercicios religiosos, guardando una actitud firme y respetuosa, rezando a Dios con toda su alma ante los altares católicos y absteniéndose de toda reflexión que hubiera podido mortificar a las santas mujeres de la Anunciada; pero cuando la instaron para que hiciera acto de renunciación, inclinó la cabeza y guardó silencio obstinado. El momento en que su padre se hallaba acaso bajo el hacha del verdugo no era el más oportuno para que Lauriana proclamase su libertad de conciencia. Se calló y sufrió cuantos intentos hicieron para convencerla, con el estoicismo de un paciente maniatado que oyera zumbar las moscas en torno de su cabeza, sin poder apartarlas, pero sin querer hacer ningún gesto.
En todas las demás circunstancias ganaba la voluntad de las hermanas con atenciones exquisitas. Hicieron votos por su conversión; rezaron por ella y la dejaron tranquila.
En otro sitio Lauriana hubiera podido ser acusada de magia y condenada a las llamas temporales: tal era el último recurso que se empleaba con los acusados de herejía.
Por fin, el 30 de noviembre, nuestros personajes, llenos de esperanza y de alegría, regresaron al castillo de Briantes.
Se habían recibido buenas noticias de monsieur de Beuvre. Él había escrito a menudo; pero sus mensajeros habían sido detenidos o le habían sido infieles; no tardaría en llegar.
Llegó, en efecto; se le festejó grandemente; luego se planteó el problema de la separación.
Era conveniente que Lauriana regresase a su castillo, y el corpulento Beuvre no se hallaba a sus anchas en la pequeña morada de Briantes. Lauriana no podía mostrar ante su padre el menor disgusto en volver a vivir con él; realmente no lo experimentaba: tal era su alegría por haberle vuelto a ver. Sin embargo, sintió una especie de melancolía repentina e involuntaria en cuanto entró en el triste castillo de la Motte.
Los caballeros de Bois-Doré la acompañaron y, a ruego de su padre, permanecieron con ella dos o tres días. Mercedes y Jovelin habían ido también. Además, ¿no debían verse casi diariamente?
El terror confuso que se había apoderado de Lauriana no podía ser todavía la sensación del aislamiento; era un desencanto del que no se daba bien cuenta. Siempre había querido considerar a su padre como un héroe; las inquietudes que había sentido en el convento al pensar en los peligros que corría por su ideal habían elevado hasta el entusiasmo la idea que tenía de él. Pero desde su regreso las cosas tomaban otro aspecto: primero, Beuvre, que siempre se había quejado de la obesidad mientras estaba en la inacción, estaba más colorado y más grueso que nunca. ¡Ella, que pensaba verle volver macilento y fatigado! Su espíritu parecía haberse embotado en la misma proporción. Su alegría brusca se había vuelto más brutal. Se las daba de hombre de mar; fumaba y juraba exageradamente; se olvidaba de disimular su escepticismo bajo los ingeniosos aforismos de Montaigne, y a ratos tomaba aires de satisfacción misteriosa y burlona, muy poco amables para sus amigos.
Al día siguiente de su llegada a la Motte, dio la clave de este último enigma en una conversación que debemos reproducir.
El castellano de la Motte y sus amigos habían pasado el día cazando. Por la noche, después de cenar, se hallaban junto a la chimenea del salón principal, cuando Guillermo de Ars, que desde que se había hecho la paz venía mostrándose muy asiduo con Lauriana, solicitó con cierta emoción que le concediesen el permiso para decir unas palabras; este permiso fue solicitado especialmente de Lauriana, que asintió sin adivinar de lo que se trataba.
Abandonaron los juegos y las conversaciones, y Guillermo habló en esta forma:
-Señoras -Mercedes se hallaba presente-, señores, parientes y vecinos, todos honorables, respetados y amados: os ruego que escuchéis una historia, que es la mía. Como podéis ver, soy un hombre como muchos otros, ni muy guapo ni muy feo; bastante ignorante -maese Jovelin no dirá lo contrario-, bastante rico, bastante noble, lo que en realidad no constituye ninguna virtud, y, dicho sea sin jactancia, bastante valiente...; pero prefiero abandonar a otros el trabajo de hacer mi apología, porque yo no acierto a elogiarme a mí mismo, como podéis ver.
-¡Cierto! -exclamó el marqués con su benevolencia acostumbrada.- Valéis más de lo que decís; sois la flor y nata de los hidalgos del país, espejo de los caballeros y, como Alcidor, «tan apreciado de cuantos os conocen, que no hay nada que vuestros méritos no lograran alcanzar».
-Dejemos esas ñoñeces de la Astrée -dijo monsieur de Beuvre-. ¿Adónde queréis ir a parar, Guillermo? ¿Y por qué solicitáis nuestros elogios cuando nadie piensa en quejarse de vos?
-Es que, como quiero haceros una petición muy importante, hubiera deseado que todas las personas de vuestra confianza abogasen por mi causa.
-Todos proclamamos vuestra lealtad, vuestro valor, vuestra cortesía y vuestra intachable amistad -dijo Lauriana-. Por lo tanto, podéis hablar, porque estamos aquí dos mujeres, es decir, dos curiosas.
Apenas hubo dicho Lauriana estas palabras, cuando se ruborizó y lamentó haberlas pronunciado; porque la mirada entusiasta y un tanto fatua del buen Guillermo le hizo presentir de qué se trataba.
En efecto; Guillermo, más alentado por Lauriana de lo que ella hubiera deseado, hizo una petición de matrimonio, solicitando de nuevo el apoyo de las personas presentes y mezclando la hipérbole, la broma y el sentimiento de una manera que, dado el espíritu de la época, podía parecer agradable y correcta.
La declaración fue bastante larga y enrevesada, según lo exigían las reglas del trato social, pero franca y cordial.
Diversas emociones se manifestaron en el rostro de los auditores. Monsieur de Bois-Doré no logró disimular completamente una gran contrariedad y un profundo disgusto. Lauriana bajó los ojos con un aire más melancólico que turbado. Mercedes, con ansiedad, intentó leer en los hermosos ojos de Mario; Mario se había vuelto hacia la pared, y nadie vio su cara. Lucilio miró atentamente a Lauriana.
Monsieur de Beuvre fue el único que permaneció impasible, sin que su cara denotase más que la reflexión; parecía hacer un cálculo imperceptible, pero absorbente.
Todo el mundo guardó silencio, y Guillermo se quedó algo confuso.
Pero aquel silencio podía ser lo mismo considerado como un estímulo que como una desaprobación. Puso una rodilla en tierra ante Lauriana, como para esperar su respuesta, en la actitud de una sumisión absoluta.
-Levantaos, Guillermo -le dijo la joven, levantándose para darlo el ejemplo-. Nos sorprende vuestra petición, porque no la esperábamos, y no podemos contestar tan súbitamente como a vos se os ha ocurrido esa idea.
-No se me ha ocurrido súbitamente -contestó Guillermo-. La llevo en mí desde hace dos o tres años; pero por vuestra edad y vuestro luto temía hablar inoportunamente.
-Permitid que lo dude -dijo Lauriana, que sabía por la voz pública que Guillermo había llevado siempre una vida alegre y que recientemente había suspirado tras varias damas más o menos casaderas.
-Mi señora hija -dijo al fin monsieur de Beuvre-, permitid que diga que Guillermo no miente. Yo sé que hace mucho tiempo que piensa en vos que piensa en el matrimonio. Pero, según mi opinión, se decide algo tarde a comunicároslo.
-¡Algo tarde! -exclamó Guillermo contrariado-. ¿Es que ya habéis dispuesto...?
-No, no -repuso Beuvre riendo-; mi hija no está prometida a nadie, como no sea a nuestro joven vecino, el marqués de Bois-Doré, o a ese grave personaje, el otro monsieur Bois-Doré, que está durmiendo mientras me piden la mano de su prometida.
Mario, confuso y mortificado, no volvió la cabeza; creyeron que dormía; solamente la morisca vio que lloraba; pero el marqués se levantó y contestó con más vivacidad de la que solía tener:
-Apostaría, querido vecino, que vuestra burla es un reproche por nuestro silencio; perdonadle, Guillermo, porque tan cierto como hay un Dios, os tengo por el hombre más leal que existe, y digno por todos conceptos de ser el feliz esposo de nuestra Lauriana; pero, sin querer perjudicaros, declaro que mi petición se ha adelantado a la vuestra, y que he sido estimulado por la señorita de Beuvre y por su padre.
-¡Vos! -exclamó Guillermo estupefacto.
-Sí, yo -contestó Bois-Doré-, en calidad de tío, tutor y padre adoptivo de Mario de Bois-Doré, aquí presente.
-Aquí presente, no -dijo monsieur de Beuvre, siempre riendo-, puesto que duerme con el sueño de la inocencia.
-¡No duermo! -exclamó Mario, arrojándose en los brazos de su padre y dejando ver su cara, contraída por los sollozos, que había ahogado entre sus manos.
-Ya, ya -dijo monsieur de Beuvre-; nos lo dice con los ojos hinchados de sueño.
-No- repuso el marqués, examinando a su hijo-; con los ojos abrasados por el llanto.
Lauriana se estremeció; el dolor de Mario le recordó la escena del laberinto y trajo de nuevo a su memoria las inquietudes que había olvidado. Las lágrimas del niño le dolieron, y la mirada, de Mercedes la inquietó como un reproche.
Lucilio parecía compartir aquella ansiedad; Lauriana, comprendió que tenía entro sus manos, por largo tiempo, acaso para siempre, la felicidad de aquella familia a quien debía tanto agradecimiento.
Acabó de entristecerse viendo que el marqués lloraba también; se acercó al anciano y al niño y les dio un beso con igual ternura, suplicándoles que fuesen razonables y que no se apenasen por un porvenir en el que ni ella había pensado todavía.
Beuvre se encogió de hombros.
-Sois todos ridículos -dijo-; y a vos, Bois-Doré, os encuentro triplemente loco, por haber llenado de novelas idiotas la cabeza de este pobre colegial. Aquí tenéis el resultado. Se cree un hombre, y quiere casarse a la edad en que sólo necesitaría azotes.
Estas duras palabras acabaron de desesperar a Mario, y enojaron seriamente al marqués.
-Os encuentro hoy -dijo a Beuvre- en vena de decir severidades superfluas. Los azotes no juzgo oportuno emplearlos con un niño que ha probado tener el alma de un hombre. Comprendo que no debe casarse hasta dentro de algún tiempo; pero también creo acordarme de que nuestra Lauriana no quería casarse hasta dentro de siete años a contar desde el día en que en esta misma habitación, el año pasado, me dio una prenda...
-¡Ah! ¡No hablemos de aquella horrible prenda! -exclamó Lauriana.
-Al contrario, hablemos de ella, dando gracias a Dios -contestó el marqués-, puesto que aquel puñal me hizo encontrar al hijo de mi hermano. Por vuestras benditas manos, mi querida Lauriana, ha entrado esta dicha en mi casa, y si he sido loco al esperar que entraríais vos también, perdonadme. Cuanto más feliz se es, más avaro se vuelve uno de felicidad. En cuanto a vos, amigo Beuvre, no negaréis que acogisteis favorablemente mis proyectos; vuestras cartas pueden dar fe de ello; habéis escrito: «Si Lauriana tiene paciencia y no se encapricha con la idea de matrimonio hasta que Mario tenga diez y nueve o veinte años, os juro que me alegraré.»
-No lo niego -contestó Beuvre-; pero sería tonto si no considerase la cuestión del casamiento de mi hija bajo sus dos aspectos: el porvenir y el presente. El porvenir es el menos seguro. ¿Quién me responde de que dentro de seis años estaremos aún en este mundo? Además, cuando yo os hablaba en la forma que decís, mi posición no era muy buena, mientras que ahora puedo asegurar sin rodeos que es mejor de lo que podéis suponer.
«Por lo tanto, escuchadme vos, monsieur Ars; vos, marqués, y sobre todo vos, mi señora hija. Cuento con que guardaréis el secreto de lo que voy a confiaros a vosotros, todos gentes de honor y de prudencia: en esta última campaña he doblado mi fortuna. Tal era mi objeto principal, y lo he logrado, a la vez que servía mi causa, con riesgos y peligros.
«He peleado con todas mis fuerzas contra los malvados y he contribuido tanto como el primero a la honrosa paz que el rey nos concede. Por esto, monsieur Ars, si me honráis al solicitar una alianza con mi hija, es solamente por vuestro nombre y vuestro mérito, porque soy acaso tan rico como vos.
«Y en cuanto a vos, amigo Silvio, ya que manifestáis vuestra amistad con la misma petición, sabed que vuestro tesoro no tiene ya por qué deslumbrarme, porque yo también tengo el mío: tres buques en el mar, llenos de oro, plata y mercancías, como dice la canción.
«Ahora, mis lindos y amados caballeros, dadme tiempo para reflexionar y poder contestaros. También mi hija, sabiendo que no le costará trabajo encontrar marido, lo pensará y nos comunicará su decisión.»
Después de estas palabras, no quedaba ya nada que decir, y todo el mundo se despidió.
Guillermo, como verdadero hombre de mundo, tomó a broma las pretensiones de Mario; pero sin acrimonia ni malicia, porque el niño parecía dispuesto incluso a pedirle explicaciones, y Guillermo lo quería demasiado para irritarle hasta tal punto.
Se marchó con la esperanza, muy natural, de triunfar de un rival que no le llegaba al hombro.
Mario durmió mal, y al día siguiente no tuvo apetito. Su padre se lo llevó, temiendo que cayera enfermo, y empezando a comprender que no es prudente jugar con el porvenir de los niños en su presencia. Pero este remordimiento tardío no le corrigió. Su espíritu novelesco y singular, que era como el de un niño, no tenía la noción justa del tiempo. Del mismo modo que se figuraba seguir siendo joven, creía que Mario estaba en la edad de sentir el amor frío y retórico, casto y amanerado de que la Astrée le había llenado la cabeza.
Mario no comprendía las sutiles distinciones de las palabras: sólo sentía los tormentos del corazón, que son los únicos profundos y verdaderos.
Pensaba: «Quiero a Lauriana»; y si le hubieran preguntado de qué género era su amor, hubiera contestado de buena fe que no existía más que uno. Puro como los ángeles, comprendía el verdadero ideal de la vida, que es amar por amar.
Tan pronto como Beuvre y su hija se encontraron solos, él la animó para que se decidiese por Guillermo de Ars.
-No he querido dar mi opinión por no molestar al marqués -le dijo-; pero su proyecto es una locura, y espero que no querréis conservar la caperuza negra durante seis años todavía, en espera de que ese nene haya mudado los dientes.
-No he adquirido tal compromiso ante mí misma -contestó Lauriana, que estaba muy triste-; pero me temo que, sin yo saberlo, me hayáis comprometido con el marqués.
-Me importaría muy poco -repuso Beuvre-, pero no hay tal cosa; tanto peor para ese viejo loco y para su chiquillo, si toman en serio palabras dichas en el aire; uno se consolará con un caballo de cartón; el otro, con un traje nuevo, porque son tan niños el uno como el otro.
-Mi querido padre -dijo Lauriana-, ya no me es posible tomar a broma las cosas del marqués. Ha sido para mí más que un padre; algo así como un padre, una madre y un hermano juntos: tal protección, tal afecto, tal alegría amable ha puesto en su manera de ser conmigo. Si Mario no es más que un niño, en todo caso no es un niño como los demás. Es un niño por la dulzura y la delicadeza de sus atenciones; es un hombre por el valor, como lo demuestran sus actos y la cultura que tiene, extraordinaria dada su edad; sabe más que vos y que yo.
-Ya, ya, hija mía -exclamó Beuvre, dándose golpecitos en el vientre-; estáis demasiado encaprichada con los caballeros de Bois-Doré, y me parece que ya no valgo gran cosa a vuestros ojos. El disgusto de ellos os importa mucho, y en cambio mi opinión no os importa nada, ya que os hacéis la sorda cuando os hablo de Guillermo de Ars.
-Guillermo de Ars es un buen amigo -contestó Lauriana-, pero es un marido demasiado viejo para mí: tiene casi treinta años, conoce mucho el mundo, y me encontraría demasiado tonta o demasiado salvaje. Su petición me hubiera acaso halagado antes de la paz; cuando estábamos perseguidos, hubiera tenido cierto mérito al ofrecernos el apoyo de su nombre; pero tiene poco al hacerlo hoy, cuando nuestros derechos son reconocidos y nuestra tranquilidad está asegurada. Tendrá menos todavía si persiste en su opinión, ya que sabe que somos ahora más ricos que antes.
Beuvre intentó en vano hacer cambiar de parecer a su hija. Esto le contrarió mucho; porque en el fondo, en igualdad de edad, hubiera preferido Guillermo a Mario; un yerno completamente dedicado a la vida física e inclinado a los placeres fáciles y a la despreocupación le convenía mucho más que un espíritu cultivado y un carácter selecto.
Lauriana se defendía, añadiendo a cada una de sus palabras la fórmula «vuestra voluntad será la mía». Pero al decir esto contaba con la promesa que su padre le había hecho, cuando ella enviudó, de no forzar nunca su inclinación.
Beuvre, que al enriquecerse se había vuelto más duro -esta transformación se opera de pronto en edad madura-, tenía tentaciones de cogerle la palabra y de decir: «Sea.» Pero no era malo, y su hija era casi su único afecto.
Se limitó a molestarla y a entristecerla hablándole continuamente de los intereses materiales, de los que ella le había creído completamente desligado al emprender su última cruzada calvinista.
Lauriana no cedió; pero, para no mortificarle, consintió en no rechazar a Guillermo bruscamente y en recibir sus visitas hasta nueva orden.
Los caballeros de Bois-Doré estuvieron echo días sin parecer por la Motte Seuilly; Mario tenía algo de fiebre; Lauriana, llena de inquietud, lloró. Su padre no quería llevarla a Briantes, con el pretexto de que no convenía alimentar ciertas ilusiones. Hubo entre ellos una pequeña disputa.
-Seréis causa de que me crean ingrata -decía Lauriana-. Después de todas las atenciones que han tenido conmigo, yo debía ir a cuidar a Mario. Al menos, vos debíais ir todos los días. Dirán que los olvidáis ahora, porque ya no necesitamos de ellos. ¡Ah! ¡Por qué no seré yo un hombre! Iría a caballo a todas horas; sería el camarada, el amigo del pobre niño, y podría mostrarle mi amistad sin tener ningún compromiso suspendido sobre mi cabeza, y sin tener que temer ningún reproche.
Al fin convenció a su padre de que la llevase a Briantes.
Halló a Mario bastante consolado y sin fiebre. Parecía haberse resignado una vez más a ser un niño. El marqués estaba algo dolido por la conducta de monsieur de Beuvre. Pero era imposible guardarse rencor. Poco a poco los padres se pusieron a conversar como si tal cosa, y Lauriana empezó a reír y a jugar con su inocente adorador.
-Vecino -dijo entonces Beuvre a Bois-Doré-, no debéis guardarme rencor. Vuestra idea referente a estos niños era una ilusión. ¡Ved qué bien se entienden juntos para los juegos inocentes! Señal de que se llevarían mal en los juegos del amor. Pensad que un marido demasiado joven no se contenta por mucho tiempo con una sola mujer, y que una mujer abandonada se torna en celosa y malhumorada. Además, hay entro estos niños un obstáculo en el que no habíamos pensado: él es católico y ella protestante.
-Eso no es un obstáculo -dijo el marqués-. Se les casa en la misma Iglesia, y luego cada cual vuelve a la que prefiere.
-Sí, sí; eso está bien para vos, viejo incrédulo, que pertenecéis a ambas Iglesias, o más bien a ninguna; pero nosotros...
-¿Vos, vecino? Ignoro en qué religión comulgáis; yo creo en Dios, y vos no.
-¡Acaso! ¿Quién sabe?, ha dicho Montaigne. Pero mi hija cree, y no la haréis ceder.
-No tendría por qué ceder. Aquí ha tenido libertad de rezar según sus ideas. Mario y ella hacían por la noche sus oraciones juntos, y no se les ocurría disputar. Además, Mario estaría dispuesto a hacer como yo...
-Sí, a decir como vos, en tiempos del buen rey: «¡Viva Sully!» y «¡Viva el Papa!»
-Tened la seguridad de que Lauriana tampoco se empeñaría en el calvinismo.
Bois-Doré se equivocaba. Cuanto más escéptico se declaraba monsieur de Beuvre, más empeño tenía Lauriana en adherirse desinteresadamente a la Reforma. Beuvre, que lo sabía y que buscaba la ocasión de suscitar obstáculos, promovió la cuestión durante la comida. Lauriana manifestó sus ideas con dulzura, pero con energía notable.
El marqués no había hablado nunca de religión con ella ni delante de ella. No hablaba de religión con nadie, y le parecía que los dioses medio galos y medio paganos de la Astrée eran muy conciliables con sus vagas nociones sobre la divinidad. Sintió pena al ver a Lauriana en una actitud de intransigencia, y no pudo menos de decirle:
-¡Ah!, mala niña, no seríais tan testaruda en esta controversia si me quisierais un poquito más.
Lauriana no se había dado cuenta del juego de su padre. El reproche del marqués se lo hizo comprender. Era el primer reproche que le dirigía, y le llegó al alma; pero el temor de irritar a su padre la impidió responder según el impulso de su corazón. Bajó los ojos y contuvo una lágrima al borde de sus párpados.
Mario, que no parecía ocupado más que en preparar la delicada comida del perrito Pleurial, vio aquella lágrima, y dijo de pronto, con un aire serio, casi viril, que contrastaba con la pueril ocupación de sus manos:
-Padre, estamos apenando a Lauriana; no hablemos más de esto. Tiene voluntad; hace bien. Yo en su lugar haría lo mismo, y no abandonaría mi partido en la desgracia.
-¡Bien dicho, hombrecito! -dijo Beuvre, sorprendido por el aire razonable de Mario.
-Además -añadió el marqués-, estamos por encima de estas vanas discusiones. Mi hijo tiene ya la amplitud de ideas de los espíritus nobles, y él no contrariaría nunca las opiniones de Lauriana.
-Contrariarlas, no -dijo Mario-; pero...
-Pero ¿qué? -preguntó vivamente Lauriana-. ¿No llegaríais a compartirlas, Mario, ni aun por amistad a mí?
-¡Ah! ¡Ah! -exclamó Beuvre, asaltado por una idea repentina-, si eso fuera posible; si este niño, con su nombre y sus bienes, consintiese en entrar resueltamente en nuestra causa, no digo que no aconsejaría a Lauriana que guardase durante algún tiempo más su caperuza negra.
-Si no se trata más que de eso -dijo el marqués-, cuando llegue el momento...
-¡No, no, padre! -dijo Mario con una energía extraordinaria-. Ese momento no llegará para mí. He sido bautizado por el abate Anjorrant; él me ha educado en la idea de que no debo cambiar; y aunque no me haya hecho jurar nada al morir, creería desobedecerle si no permaneciese en la religión en que él me inició. Lauriana me ha dado el ejemplo; yo le imitaré; seguiremos como hasta ahora, y todo estará bien. Esto no me impedirá quererla; y si ella deja de quererme a mí, entonces hará mal y será mala.
-¿Qué contestáis a esto, hija mía? -dijo Beuvre-. ¿No creéis que este maridito, si os viera en la hoguera, se limitaría a decir: «Lo lamento; pero no lo puedo remediar, porque tal es la voluntad del Papa»?
Lauriana y Mario discutieron, como niños que eran, y se enfurecieron. Lauriana continuó malhumorada; Mario no cedió, y acabó por exclamar fogosamente:
-Dices, Lauriana, que te rebajarías si cambiaras; entonces, si yo cambiase, ¿me despreciarías?
Lauriana comprendió la justeza de esta réplica, y no contestó; pero se sentía ofendida como una mujercita que riñe con su novio, y su mirada decía: «Creía que me querías más de lo que me quieres.»
Cuando volvió a casa con su padre, éste le dijo:
-Y bien, hija mía, ¿no veis ahora que Mario, ese niño encantador, es un papista de pura cepa, como su difunto señor padre, que servía a España en contra nuestra? Y algún día, avergonzado por la nulidad de su tío, nos hará sencillamente la guerra. ¿Qué diríais entonces al ver a vuestro marido y a vuestro padre frente a frente en el combate?
-En verdad, padre -dijo Lauriana-, me habláis como si yo hubiera manifestado el deseo de permanecer viuda, y yo no he tomado nunca semejante resolución. Pero no veo cómo se libraría monsieur de Ars de lo que predecís; ¿no es católico y gran partidario del rey?
-Monsieur de Ars no tiene voluntad -repuso Beuvre-, y respondo de que en cualquier circunstancia le haríamos servir a nuestros fines. Otros más listos que él han cambiado cuando la Reforma ha estado en auge.
-Si monsieur de Ars no tiene voluntad, peor para él -declaró Lauriana-; entonces no es un hombre, y él ya tiene edad de serlo.
Lauriana no se equivocaba; Guillermo era nulo de carácter, pero era un buen mozo y un vecino agradable; era valiente cual un león, y su alma era muy generosa para sus amigos.
Dulce y fácil para los aldeanos, se dejaba robar por ellos con desprendimiento; pero también hacía como los señores de su tiempo: los dejaba estancarse en la ignorancia y en la miseria. Le parecía muy hermoso que los vasallos de Lauriana estuviesen limpios y bien alimentados, y muy gracioso el que los de Bois-Doré estuviesen gordos; pero cuando le decían que en Saint-Denis-de-Touhet los aldeanos morían como moscas por las epidemias; que en Chassignoles y en el Magny no conocían el sabor del vino ni de la carne, apenas el del pan, y que en los países de Brenne comían hierba, mientras que en otras provincias, más desdichadas todavía, se comían unos a otros, él contestaba:
-¡Qué se le va a hacer! No todo el mundo puede ser feliz.
Y no se torturaba el cerebro para encontrar un remedio. No se le hubiera ocurrido la idea de vivir en sus tierras, como hacía Bois-Doré, y asociar a su bienestar a todos los que dependían de él. Iba a Bourges y a París cuantas veces podía, y aspiraba hacer un buen matrimonio para llevar una vida aun mejor, con una mujer que él haría perfectamente feliz con la condición de que no tuviera más corazón ni más cabeza que él.
Era el hombre de su casta y de su tiempo, y nadie pensaba en censurarle.
Por el contrario, Lauriana era considerada como una calvinista exaltada, y Bois-Doré como un viejo loco. La misma Lauriana no juzgaba a Guillermo con tanta severidad como nosotros; pero notaba en él una falta de fondo y de consistencia, y a su lado sentía un aburrimiento invencible. Entonces el recuerdo de los días pasados en Briantes se le ofrecía como un sueño delicioso. Casi hubiera dicho: Et in Arcadia ego.
Sin embargo, no admitía la idea de ser la mujer de Mario. En sus pensamientos más íntimos seguía siendo su hermana amada, orgullosa de él y llena de emulación. Pero no le agradó ningún pretendiente, a pesar de que se presentaron muchos en cuanto vieron a su padre adquirir nuevas tierras. Y al comparar involuntariamente a su padre, tan positivo y calculador, que la criticaba a menudo por sus limosnas, con el buen Silvain, que vivía y hacía que viviera todo el mundo a su alrededor, como en un cuento de hadas, tomó odio a todo lo razonable y se tornó la muchacha más soñadora y más romántica del mundo, según opinión de monsieur de Beuvre y demás parientes. En su familia se burlaban de ella y de su amor ridículo -decían- por un niño apenas destetado.
A fuerza de oír decir que estaba enamorada de Mario, Lauriana, algo atormentada en su casa, se sentía impulsada, a pesar suyo, a considerar este amor como posible, y llegó a admitirle en idea. Era la época en que Mario cumplía los quince años.
Pero no tardó en rechazar esta idea, porque Mario, a los quince años, no parecía distinguir todavía el amor de la amistad. Se mostraba con ella respetuoso en sus maneras, a la vez que familiar en sus palabras, como un hermano bien educado. No decía una palabra que pudiera dejar suponer que la pasión se hubiese revelado en él. A veces solamente se ruborizaba, cuando Lauriana llegaba de improviso a un lugar en que no la esperaba, y palidecía cuando se hablaba delante de él de algún nuevo proyecto de matrimonio. Al menos, Adamas transmitía estas observaciones a su amo, a Mercedes y a Lucilio. Pero podía equivocarse; el joven crecía y leía mucho; acaso experimentaba cierto malestar en la cabeza y en las piernas.
No hablaremos extensamente de aquella época en que Mario tenía quince años y Lauriana diez y nueve. La existencia sedentaria y la tranquilidad de sus relaciones ofrecían, sin duda, un carácter de armonía dichosa que no nos permite hallar su huella en nuestros archivos acerca de Briantes y de la Motte Seuilly.
Lo único que encontramos es el casamiento de Guillermo de Ars con una rica heredera del Dauphiné. Las nupcias se celebraron en Berry. y no parece que la negativa de Lauriana hubiese enojado al buen Guillermo, pues ella tomó parte en la fiesta, así como los caballeros de Bois-Doré.
Un año más tarde, en 1620, vemos dibujarse la vida de nuestros personajes más claramente. La época del bautizo de monseñor el duque de Enghien -el futuro gran Condé- apresuró para ellos el curso de los acontecimientos.
El bautizo tuvo lugar el día 5 de mayo en Bourges. El joven príncipe tenía entonces aproximadamente cinco años. Se celebraron grandes festejos, que atrajeron a toda la nobleza y a toda la burguesía de la provincia.
El marqués de Bois-Doré, que había conquistado por fin, si no los peligrosos favores, al menos la saludable indiferencia de Condé y del partido jesuítico, accedió a los deseos de Mario, que sentía curiosidad por ver un poco el mundo, y a sus propios deseos, que eran exhibir a su heredero con más ventajas que en 1622, cuando se hallaban bajo el peso de una situación inquietante y dolorosa.
Una vez decidido, Bois-Doré, que no sabía hacer las cosas a medias, utilizó por espacio de un mes el talento y la actividad de Adamas para preparar los lindos trajes y los ricos carruajes que quería exhibir ante la corte y la sociedad.
Se abastecieron de nuevos caballos y arneses de lujo; se enteraron de las últimas modas. Estaban decididos a eclipsar a todo el mundo. El viejo hidalgo, siempre tieso y ágil, siempre pintado y rizado, de imaginación siempre sana y juvenil, quiso vestirse con las mismas telas y las mismas hechuras que su nieto.
Llamaban así a Mario en Bourges; porque el príncipe, queriendo decir a Bois-Doré una frase de agradable ironía y no recordando el parentesco que existía entre los caballeros de Bois-Doré, le había preguntado si era por economía por lo que vestía a su nieto con los restos de sus trajes; Mario comprendió el desdén del alto vasallo, y se sintió más monárquico que nunca.
Lauriana también había deseado ver, por primera vez en su vida, una gran fiesta. Como su padre no había tomado parte en la última sublevación de los hugonotes, y además, como desde hacía tres meses una nueva paz había sido firmada con ellos, podían dejarse ver sin peligro. Quedó convenido que irían todos juntos.
Festines espléndidos, trofeos con dísticos latinos y anagramas en horror del príncipe niño; regimientos infantiles marcialmente equipados y que le escoltaban, maniobrando perfectamente; motetes cantados; arengas de los magistrados; presentación de las llaves de la ciudad; conciertos, danzas, comedia ofrecida por el colegio de jesuitas; ángeles que descendían de los arcos de triunfo y presentaban ricos regalos al duquesito -es decir, a su señor padre, que no se hubiera contentado con almendras-; maniobras de la milicia; ceremonias y festejos; todo ello duró cinco días.
Allí se vieron grandes personajes.
El célebre y hermoso Montmorency -a quien Richelieu mandó más tarde al patíbulo- y la princesa, madre de Condé -llamada la envenenadora-, fueron padrinos, en representación de los reyes de Francia.
El señor duque recibió el bautizo con un gorrito de pedrerías y un faldón de tisú de plata. El príncipe de Condé llevaba un traje gris recamado de oro.
Monsieur Biet invitó a los caballeros de Bois-Doré a que se colocasen en el estrado de la alta nobleza, no porque fuesen grandes amigos de aquella Corte, sino porque su elegancia honraba el espectáculo.
La belleza de Mario llamó la atención más aún que su traje; Lauriana oyó a las señoras -principalmente a la joven y hermosa madre del principito- hacer observaciones acerca de los encantos de aquel lindo adolescente. Por primera vez sintió cierta turbación, como si hubiera tenido celos de las miradas y las sonrisas que iban hacia él.
Mario no prestaba atención a ello. Miraba al hijo del príncipe con curiosidad. El niño era feo y enclenque; pero había mucha inteligencia en sus ojos y mucha decisión en sus movimientos.
El día 6 de mayo, cuando nuestros personajes se disponían para la marcha, Beuvre cogió aparte al marqués y le dijo:
-¡Vaya!, habrá que acabar por tomar una resolución.
-Tened paciencia; los caballos estarán dispuestos en seguida -le contestó Bois-Doré, que creyó que tenía prisa de regresar a su castellanía.
-No me comprendéis, vecino. Digo que habrá que resolverse a casar a nuestros hijos, puesto que tal es su idea y la nuestra. Debo deciros que pienso emprender otro viaje. No he venido aquí más que para ponerme de acuerdo con unas personas que me prometen buenos negocios en Inglaterra; y si debo confiaros de nuevo mi Lauriana, más valdría que fuese casada ya con vuestro heredero. Es una suerte para él, porque mis buques van a aumentar, según me dicen, y la paz dará libre curso a la piratería angloprotestante. Por lo tanto, mi hija hubiera podido aspirar a quien valiera más que vos, en nombre y dinero, pero no en corazón, y como la preocupación de cuidar de ella me desvía mucho del cuidado de mis negocios, deseo, al recobrar mi libertad, dejar a mi Lauriana entre buenas manos. Decid que sí, y apresurémonos.
El marqués quedó asombrado ante una proposición que monsieur de Beuvre parecía poco dispuesto a acoger, desde hacía cuatro años, en el caso de que se la hubiera hecho. Pero no necesitó reflexionar mucho para comprender la inconveniencia de aquel proyecto y la egoísta ligereza del padre de Lauriana. Bois-Doré también pecaba a menudo por ligereza y por estar fuera de la realidad; pero era verdaderamente padre, y le parecía que Mario, casado a los diez y seis años, se hallaría en una situación más temible que Mario novelescamente enamorado a los once.
-¡Qué ocurrencia! -exclamó-. Que nuestros hijos sean prometidos, ¡muy bien! Pero para casarlos es pronto todavía.
-Así lo creo yo también -dijo Beuvre-. Pues bien, que sean prometidos, y guardad de nuevo a mi hija en vuestra casa. Vigilaréis a los novios, y dentro de dos o tres años volveré para celebrar la boda.
Bois-Doré era lo bastante novelesco para ceder; sin embargo, vaciló. Había olvidado el amor, o al menos sus tormentos. Pero Adamas, que fingía arreglar los equipajes y que lo escuchaba todo, lo recordó con una mirada los rubores y las palideces que había advertido en el rostro de Mario, y que bien podían ser la revelación de un sufrimiento cuidadosamente ocultado.
-No, no -dijo-; no colocaré a mi hijo junto al fuego; no le expondré a consumirse o a faltar a las leyes del honor. Quedaos en vuestro castillo, vecino, y seamos prudentes. Ya sois bastante rico; cambiemos nuestras palabras, pero esta vez sin que se enteren nuestros hijos. ¿Para qué vamos a quitarles el sueño? Dentro de tres años les haremos felices sin turbación ni reproche.
Beuvre comprendió que la ambición y la codicia le habían hecho desear una tontería; pero se había vuelto testarudo e iracundo. Se enfadó, se negó a cambiar las palabras, y decidió que conduciría a su hija al Poitou, a casa de su parienta la duquesa de la Tremouille.
En el momento de subir al coche, Mario tuvo un desfallecimiento al enterarse de que Lauriana no regresaba con él y se alejaba por un espacio de tiempo ilimitado. Su padre había intentado atenuar el golpe; pero monsieur de Beuvre tenía interés en probar sus sentimientos y en vengarse de la lección de prudencia que acababa de recibir, con gran despecho suyo, del hombre menos prudente del mundo. Lauriana, que todavía no sabía nada -su padre le había dicho solamente que tenían que quedarse unos días más en Bourges-, bajó precipitadamente la escalera al oír la exclamación dolorosa que lanzó el marqués ante el espectáculo de su hijo, lívido y desfallecido. Pero Mario se repuso en seguida, diciendo que sólo había tenido un calambre, y subió a la carroza cerrando los ojos. No quería ver a Lauriana, cuyo aire apacible le hería en el alma. Suponía que estaba enterada de todo y decidida, sin pena, a abandonarle para siempre.
El marqués quiso aplazar la partida y tener una explicación con monsieur de Beuvre. Ante la energía de Mario, tuvo el valor de no hacerlo; ocurriese lo que ocurriese, había llegado para Mario la edad en que se imponía una separación de algunos años.
Mario, tan expansivo en todos conceptos, no abrió su corazón a nadie, y afectó durante el trayecto una serenidad perfecta.
En Briantes, el marqués le interrogó con habilidad y Mercedes con imprudencia. Mantuvo su actitud, diciendo que quería mucho a Lauriana; pero que esta pena no perjudicaría ni a su corazón, ni a su razón, ni a su trabajo.
Cumplió su palabra; su salud sufrió un poco; pero se sometió a todos los cuidados que le rogaron que tuviese, y no tardó en reponerse.
-Espero -decía a veces el marqués a Adamas- que no será demasiado sentimental y que olvidará a esa niña despiadada, que no le quiere.
-Yo -decía el prudente Adamas- quiero esperar que ella le quiera más de lo que parece; porque si nuestro Mario perdiese la esperanza que lo hace vivir, puede ser que esto nos costase muchos disgustos.
Al año siguiente, es decir, el 1627, una nueva crisis amenazó el castillo de Briantes. Se habló de arrasar sus murallas, sus baluartes y sus entradas fortificantes.
Richelieu, ya definitivamente instalado en el poder, había decretado la destrucción de las fortificaciones de ciudades y ciudadelas en todo el reino.
Esta excelente medida, considerada en todo su rigor, abarcaba «todas las fortificaciones hechas desde hacía treinta años, sin autorización expresa del rey», incluso los castillos y casas particulares.
Briantes no estaba en este caso: sus defensas databan de la época feudal, y no hubieran resistido a los cañones. Los magistrados y regidores de La Châtre, descontentos por tener que arrasar sus propias defensas, hubieran deseado hacer otro tanto con las de todos los hidalgos vecinos. Pero Bois-Doré, que sentía la necesidad de ampararse contra las bandas de guerrilleros y ladrones de camino, sostuvo sus derechos y los hizo respetar. Sus vasallos le querían mucho, y no era de temer que hiciesen como los de otros hidalgos, que se ofrecieron voluntariamente como ejecutores de las órdenes del gran cardenal.
Aquella medida era muy popular, a la vez que muy absoluta. Perseguía el espíritu de la Liga hasta en sus guaridas feudales. Pero las órdenes no se ejecutaron más que en las regiones protestantes, y aquel audaz decreto se quedó a medio cumplir, como muchos actos de autoridad de Richelieu.
El Berry lo evitó con habilidades, como siempre. El príncipe no dejó que quitaran una piedra de su fortaleza de Montrond; los castillos de la alta y de la pequeña nobleza permanecieron en pie, y la torre principal de Bourges no cayó hasta el reinado de Luis XIV.
Apenas Bois-Doré se había repuesto de esta emoción, tuvo otra más importante, aunque más dulce.
-Señor -le dijo una noche Adamas-, debo contaros una historia de la cual monsieur de Urfé hubiera sacado una novela.
-Veamos tu historia, amigo -dijo el marqués, colocando su gorro de encajes sobre su cráneo calvo.
-Se trata, señor, de vuestro virtuoso druida y la hermosa morisca.
-Adamas, os estáis volviendo mordaz y satírico, amigo mío. Nada de calumnias, os lo ruego, acerca de mi digno amigo y de la casta Mercedes.
-Pero, señor, ¿qué mal habría en que estas honradas personas se uniesen con los lazos del himeneo? Sabed, señor, que esta mañana, mientras yo arreglaba la biblioteca del sabio... -no consiente que nadie más que yo arregle sus libros, y la verdad es que hace falta para ello un hombre de cierta cultura-, vi a la morisca besar con cariño, a hurtadillas, una rama de rosas que cada mañana coloca sobre su mesa, mientras que él está desayunando con vos. Luego, al verme de pronto, se puso pálida como su toquilla, y huyó como si hubiera cometido un gran crimen. Hacía tiempo ya, mucho tiempo, señor, que yo me sospechaba algo. Tanta amistad, tantas consideraciones, tantas atenciones como tiene ella para él..., ya pensaba yo que eso podía conducirles a los dos al amor.
-Al grano -dijo el marqués-. Prosigue, Adamas.
-Pues bien, señor; mi descubrimiento me hizo soltar una carcajada, no de burla, sino de satisfacción, porque siempre alegra el adivinar o el sorprender un secreto, y cuando se está alegre, es natural que se ría uno. Tanto es así, que maese Jovelin, al entrar en el cuarto, me preguntó dulcemente con los ojos de qué me reía, y yo se lo dije inocentemente, para que se riera él también...; y además, lo confieso, para saber cómo iba él a tomar la aventura.
-¿Y cómo la tomó?
-Con una insolación en cada mejilla, ni más ni menos que una niña bonita, y es de suponer que la alegría embellece a los hombres; porque éste, con sus ojos inmensos, su boca enorme y su gran bigote negro, se iluminó como un astro, y me pareció tan hermoso como lo es a veces cuando toca su melodiosa sordina.
-Bravo, Adamas; te vas acostumbrando a hablar bien. ¿Y entonces?...
-Entonces me marché, o más bien fingí que me marchaba; y al mirar por la puerta entreabierta, vi que el buen Lucilio cogía las flores, las besaba con pasión y se las guardaba en su casaca, con espinas y todo, como si le hubiera sido agradable sentir el pinchazo al mismo tiempo que la dulzura; y anduvo por la habitación apretando con sus dos manos aquel cáliz de amor sobre su pecho.
-¡Mejor que mejor, Adamas! ¿Y luego?
-Luego, la morisca entró por otra puerta y le preguntó: «¿Es hora de llamar a Mario para la lección?»
-¿Y él qué contestó?
-Contestó que no con los ojos y con la cabeza; esto medio a comprender que deseaba que ella se quedase con él. Mercedes quiso alejarse, suponiéndole ocupado con sus grandes bobadas; porque ella, señor, está ante él como una criada que no aspira siquiera a agradar a su amo. Pero él dio una palmada para llamarla. Ella volvió. Se miraron, no mucho rato, porque ella bajó en seguida sus hermosos ojos negros, y le dijo en árabe, al menos yo lo entendí así por su aire:
«¿Qué quieres, mi amo?»
Él le enseñó el búcaro vacío, y ella, al no ver las flores que había colocado en él, dijo:
«Sin duda, las habrá quitado ese revoltoso de Adamas, porque yo no las olvido nunca.»
-¿Dijo eso?
-Sí, señor; en árabe. Lo he adivinado todo muy bien. Luego se fue corriendo a buscar otras flores, y él la siguió hasta la puerta, como un hombre que lucha contra sí mismo. Luego volvió a su mesa, se cogió la cabeza entro las manos, y experimentó, os lo aseguro, señor, los más hermosos sentimientos del mundo para conciliar su amor con su virtud.
-¿Y qué necesidad tiene de luchar? -exclamó el marqués-. ¿No sabe que yo me alegraría de verle casado con esta hermosa y digna mujer? Va a buscarlo, Adamas; se acuesta tarde, y todavía estará levantado. Mario duerme; el momento es oportuno para una explicación tan delicada.
No le costó ninguno trabajo al marqués saber la verdad por Lucilio.
Éste confesó candorosamente que hacía mucho tiempo que adoraba a la morisca, y que le parecía ser correspondido; con sin escritura concisa definió la situación.
En un principio, había temido provocar las persecuciones que por verdadero milagro había evitado en Francia. Luego, cuando le pareció evidente que la política de Richelieu, a pesar de sus luchas contra la Reforma, estaba inflexiblemente resuelta a mantener el edicto de Nantes en favor de toda libertad de conciencia, se había decidido a esperar el enlace de Mario con Lauriana, o con otra mujer elegida por su corazón; en el estado de esperanza o de sentimiento, de espera apacible o de agitación secreta en que podía hallarse su querido discípulo, no quería ofrecerle el espectáculo peligroso y egoísta de un casamiento por amor.
El marqués aprobó la generosa prudencia de su amigo, pero encontró un medio de conciliación.
-Mi gran amigo -le dijo-: la morisca tendrá pronto treinta años, y vos ya pasáis de los cuarenta. Todavía sois lo bastante jóvenes para agradaros, y vuestras edades están perfectamente proporcionadas; pero, dicho sea sin ánimo de ofenderos, ya no sois unos adolescentes para dejar páginas en blanco en el libro de vuestra dicha. Aprovechad los hermosos años que os quedan y casaos. Viajaré con Mario durante algunos meses, y le diré que a mí solo se me ha ocurrido la idea de este casamiento de conveniencia entre Mercedes y vos. Inventaré pretextos para que no tengáis que esperar nuestro regreso; y cuando os vuelva a ver, Mario se habrá acostumbrado ya a la idea, de la nueva situación. El matrimonio pone seriedad en todo, y además fío en vos para ocultar vuestra luna de miel tras las densas nubes de la prudencia y de la discreción.
El marqués condujo a Mario a París. Hizo que viera al rey en la corte, pero de lejos, porque la sociedad había cambiado mucho en los quince años que el buen Silvio había permanecido alejado en sus tierras. Los amigos que tuvo en su juventud habían muerto o se habían retirado como él del tumulto de la nueva sociedad. Los escasos personajes que había conocido antaño y que vivían aún se acordaban poco de él y apenas le hubieran reconocido con sus trajes anticuados.
Pero la interesante figura y las discretas maneras de Mario llamaron la atención: los caballeros de Bois-Doré fueron bien acogidos en algunas casas distinguidas; no les ofrecieron influencias, pero ninguno de los dos deseaba mucho acercarse al pálido sol de Luis XIII.
Mario había experimentado una gran desilusión al ver pasar a caballo al hijo de Enrique IV, y aquel rostro asustado no animó al marqués a proseguir sus designios de ratificación real para su título de marqués.
Todos los días se publicaban nuevos edictos contra las usurpaciones de nobleza; estos edictos eran poco respetados, puesto que los rancios o recientes hidalgos seguían tomando nombres de fincas muy discutibles. Estaban garantizados por su obscuridad; Bois-Doré tuvo que convencerse de que ésta era la mejor protección que podía tener.
Además comprendió que en París no se podía sobresalir cuando no se formaba parte de la Corte. Verdad es que en los paseos y en la plaza Royale algunas personas volvían la cabeza para considerar el contraste de su extraño rostro pintarrajeado con la deliciosa lozanía de Mario; al principio, el buen señor, creyendo que le reconocían, sonreía a los transeúntes y llevaba la mano a su chambergo, dispuesto a acoger las amabilidades que nadie pensaba en hacerle. Esto le daba un aire de incertidumbre atontada, de cortesía vulgar, que inspiraba ganas de reír. Las damas que se hallaban sentadas o que se paseaban abanicándose bajo los árboles del Cours-La-Reine se preguntaban:
-¿Quién será ese viejo loco?
Y si entre aquellas damas había alguna perteneciente a la sociedad en la que Bois-Doré había vuelto a presentarse, o a la burguesía del barrio en que se había alojado, contestaba:
-Es un hidalgo de provincia que pretende haber sido amigo del difunto rey.
-¿Algún gascón? ¡Todos han salvado a Francia! ¿O algún bearnés? ¡Todos han sido hermanos de leche del buen Enrique!
-No, es un viejo natural del Berry o de la Champaña. En todas partes hay gascones.
El buen Silvio, a pesar de erguir su alta estatura, se hallaba borrado y perdido entre aquella sociedad olvidadiza y rozagante. Pensaba, con cierto despecho, que más vale ser el primero en un pueblo que el último en la corte. Sin embargo, es seguro que con un poco de audacia y de intriga hubiera podido elevar a Mario, como se elevan tantos otros; pero temió alguna afrenta a propósito de su problemático marquesado.
Se resignó a su papel de provinciano, y se hubiera aburrido grandemente a no ser por Mario, quien, siempre estudioso y de gustos seriamente artistas, le animó a visitar los monumentos de arte y de ciencia, que constituían para él el principal atractivo de la capital.
La alegría y el provecho que estas visitas valieron al joven consolaron un poco al anciano de lo que en su fuero interno consideraba un viaje fracasado.
No comunicaba a Mario todas sus decepciones. Había abrigado siempre la esperanza de encontrar la familia materna del niño, y reconquistarle así algún hermoso título español con una herencia cualquiera.
Repetidas veces había escrito a España para pedir informes y para darlos acerca de Mario, por si pudiesen interesar a la citada familia. No había recibido más que contestaciones vagas, acaso evasivas.
En París se había decidido a ir en persona a la Embajada de España. Fue recibido por una especie de secretario particular, que le contestó en concreto que, en vista de sus frecuentes peticiones, el misterioso asunto había sido esclarecido. La joven raptada y desaparecida pertenecía, efectivamente, a la noble familia de Mérida, y Mario era el fruto de un matrimonio clandestino, sobre el que cabía litigar.
La joven no había dejado derechos a ninguna fortuna, y sus parientes tenían pocos deseos de reconocer a un muchacho educado por un viejo hereje mal convertido.
El marqués se dio por enterado, y decidió devolver olvido por desprecio a aquellos vanidosos españoles. Demasiada violencia le había costado dirigirse a una Embajada cuyas insignias aborrecía, en su calidad de antiguo protestante y de buen francés.
Pero se sentía triste, y confiaba sus pesares a su inseparable Adamas.
-Indudablemente -le decía-, la existencia más suave y más honrada es la de la nobleza sedentaria. Pero si conviene a los que han pagado ya su deuda de valor, en cambio puede tornarse pesada y hasta vergonzosa para un corazón juvenil como el de Mario. ¿Es que le habré dado una educación tan esmerada y conseguido que, gracias a su inteligencia precoz, se haya convertido en un hidalgo perfecto y apto, para enterrarle en un solar con el pretexto de que no necesita hacer fortuna y que tiene el corazón dulce y humano? ¿No sería conveniente que guerrease un poco, para conquistar con alguna proeza este marquesado, que las ideas de reforma universal del gran cardenal pueden arrebatarle un día u otro? Ya sé que el niño es muy joven y que todavía no se ha perdido el tiempo; pero me parece que sus inclinaciones son pacíficas y cortesanas, y quisiera encontrar los medios necesarios para que se distinguiese en este camino.
-Señor -contestó Adamas -, si creéis que vuestro hijo se mostrará menos valeroso que vos en la guerra, es que no le conocéis.
-¿No conozco a mi hijo?
-Pues no, señor, no le conocéis. Es una criatura que os ama hasta el punto de no atreverse a manifestar una idea que pudiera preocuparos o una pena que pudierais compartir. Pero yo conozco el mundo: Mario sueña con la guerra tanto como con el amor, y ya se acerca el momento en que, si no adivináis sus anhelos, se tornará triste o enfermo.
-¡No lo quiera Dios! -exclamó el marqués-. Mañana mismo quiero interrogarle.
Aplazar asuntos de esta índole es retroceder; y el marqués retrocedió, en efecto. La debilidad paternal entabló en él un gran combate con el orgullo, y triunfó. Mario no se encontraba todavía apto para resistir las fatigas de la guerra, y, además, la guerra con Inglaterra o con España parecía aplazada por los esfuerzos que hacía Richelieu para crear una marina francesa. No había por qué darse prisa: el tiempo no apremiaba; ¡ya llegaría demasiado pronto!
Volvieron a Briantes al final del otoño y encontraron a Lucilio casado con Mercedes.
Al enterarse en París de esta noticia, Mario había manifestado más alegría que sorpresa. Hacía mucho tiempo que había notado en el fuego de las miradas de la morisca, en la suave melancolía de Lucilio y hasta en el lenguaje ardiente y tierno de la sordina los efluvios de pasión que a veces le abrasaban a él también. La idea del amor dichoso le oprimió el corazón; pero tenía un imperio inmenso sobre sí mismo. Como su padre no vivía más que por él, se había acostumbrado a ocultarle sus emociones, y cuando Adamas le reprochaba el disimular demasiado sus pensamientos, contestaba:
-Mi padre es viejo; me quiere como una madre quiere a su hijo. No debo abreviar sus días con disgustos, ya que el cielo me ha impuesto la obligación de conservar esta vida.
Lauriana vivía en el Poitou, y daba rara vez noticias suyas; su estilo era cariñoso y respetuoso hacia el marqués; pero apenas nombraba a Mario, como si hubiera temido hacerse recordar.
En cambio, se expresaba con una gran ternura acerca de la morisca, de Lucilio y de los buenos servidores de la casa. Parecía como si, al reprimir el cariño hacia los que le merecían en primer término, necesitara desquitarse con los demás. Incluso anunció varias veces, con una especie de afectación, que se formaban proyectos de casamiento para ella, y que no tardaría probablemente en participar una decisión, deseando, según decía, que su elección agradase al marqués, a quien consideraba como a un segundo padre.
Estos casamientos que Lauriana anunciaba ofrecían la particularidad de que parecían proyectos reanudados o renovados, sin la menor indicación de lo que podía interesar a sus amigos; era, como si en el fondo ella hubiera querido dar a entender: «No me caso porque no quiero, pero no vayáis a creer que me guardo para vosotros.»
Tal era, efectivamente, su intención al escribir aquellas cartas, y he aquí cuál era su estado de ánimo.
Su padre, al separarse de ella, le había herido en el alma, diciéndole que había consultado en Bourges al marqués y a su heredero, quienes habían contestado con mucha frialdad. También inventó que Mario se había mostrado en aquella circunstancia católico ferviente y había jurado que no haría nunca un matrimonio mixto.
Lauriana hubiera debido desconfiar de su padre, a quien la codicia del oro mordía hasta el fondo de las entrañas y que quería a toda costa decidirla a un casamiento precipitado, para poder alejarse cuanto antes. Ella se negó a casarse, por despecho, a tontas y a locas; pero prometió que pensaría en ello, y en su alma renunció fieramente al ingrato Mario. En Bourges lo había amado, amado de amor por la primera vez, después de transcurrir años de amistad apacible. Y apenas se le revelaba a ella misma el-primer amor de su vida, tenía que avergonzarse de él y destrozarlo sin debilidad.
Sin embargo, algunas dudas la asediaron; pero su padre, aunque no le juró que no exageraba nada, pudo al menos darle su palabra de honor de que había propuesto el noviazgo al marqués, y que éste había eludido la oferta con el pretexto de que Mario era demasiado joven todavía para pensar en el amor. Lauriana era muy pura, y no podía darse cuenta de los peligros que hubiera corrido volviendo a Briantes. Recordó que en el momento de la separación, Mario, que pretendía que estaba indispuesto, se había encogido de hombros y había vuelto la cabeza, diciendo: «Dais demasiada importancia a un calambre. Ya no siento ningún dolor.»
Repitió a su padre lo que unos meses antes le había dicho con sinceridad, o sea que nunca había considerado aquel matrimonio como posible, y le animó a que se marchase, según lo deseaba, jurándole que se casaría con el pretendiente que le conviniese y no le inspirase aversión.
Pero este pretendiente no se encontró. Todos los que madame de la Tremouille le presentó le desagradaron.
Lauriana veía en ellos el positivismo, que se había apoderado de su padre como una pasión, y que era en ellos un cálculo frío y algo cínico. Los buenos tiempos de la Reforma se alejaban, disueltos como la antigua sociedad del siglo presente. La Reforma no se mostraba heroica más que en las grandes persecuciones, y Richelieu, que por la fatal necesidad de las cosas aplastaba los restos de un partido, no tenía nada de tirano. Por su boca, Francia decía a los protestantes: «Contentaos con la libertad religiosa; salid de la política. Uníos a nosotros contra el enemigo de fuera.» Los protestantes habían querido ser una república, y eran una Vendée.
Salvo los puritanos de Francia -el grupo terrible, heroico, indomable, que se constituyó y se inmoló en la Rochelle dos años más tarde-, los protestantes franceses estaban por aquel entonces dispuestos a unirse al príncipe de la unidad francesa; pero varios entre ellos estaban resueltos a no reunirse hasta después de conseguir una victoria que valiese a su partido consideraciones buenas y duraderas.
Entre los que razonaban bien, pero que iban a verse obligados a razonar mal y a escoger entre la alianza extranjera y el aplastamiento final, la nobleza tenía, por lo general, intenciones menos puras que el pueblo y la burguesía. Hacía reservas personales; los que tenían una posición elevada querían vender su alianza y traducían sus necesidades de libertad religiosa en necesidades de empleo y de dinero.
Lauriana se indignaba ante aquellas numerosas defecciones que se declaraban diariamente o que se mantenían en una expectativa vergonzosa. La joven se había hecho una idea más caballeresca del honor de su partido. Ahora se veía forzada a reconocer que su padre, cuya avidez la había humillado tanto, se había limitado a hacer un poco más tarde lo que la mayoría de los hombres de su edad había hecho durante toda la vida y lo que la mayoría de los jóvenes no tardaría en hacer a su vez. Hasta puede decirse que monsieur de Beuvre era de los mejores, porque no pensaba en hacer traición a su partido. Se apresuraba solamente en despachar sus asuntos antes de verle vencido.
Podía encontrarse una excepción para Lauriana. Había excepciones, puesto que ella era una. No la encontró, acaso porque, siendo soñadora y distraída, no la supo buscar.
La juventud y la belleza son altivas, y lo son con justicia. Esperan a que se las descubra, y ellas no descubren nada por miedo a parecer que se ofrecen.
Nos hemos esforzado hasta aquí en seguir a nuestros personajes en la vida de nobleza sedentaria, que, merced a nuestros informes, conocemos bastante bien; pero ahora nos vemos obligados a saltar cierto espacio de tiempo y a buscar a los caballeros de Bois-Doré bastante lejos de su apacible mansión.
Era en el año 1627, creo que el día 1º de marzo. Las dos vertientes del monte Genèvre, cubierto de escarcha, ofrecían el espectáculo de una animación extraordinaria hasta la entrada del pueblo llamado el Pas de Suze.
Era que el ejército francés marchaba contra el duque de Saboya, es decir, contra España y Austria, sus aliadas.
El rey y el cardenal subían por la montaña, a pesar del frío excesivo. Los cañones rodaban entro la nieve. Era aquélla una de las grandes escenas que los soldados franceses han sabido siempre representar tan bien en el cuadro grandioso de los Alpes, lo mismo con Napoleón que con Richelieu, lo mismo con Richelieu que con Luis XIII, sin preocuparse de las rocas, como aseguran que hacía Aníbal, y sin emplear más artificio que la voluntad, el ardor de la alegría y la intrepidez.
En uno de los senderos que la nieve pisoteada formaba paralelamente al camino, dos jinetes subían la escarpada montaña.
Uno de ellos era un joven de diez y nueve años, robusto, y cuya flexibilidad de movimientos se revelaba bajo el gracioso traje de guerra de la época. Los colores de su indumento eran de fantasía; su equipo y sus armas, así como su alejamiento del ejército, denunciaban a un soldado voluntario.
Mario de Bois-Doré -ya se habrá supuesto que me refiero a él -era el más lindo jinete del ejército. El desarrollo de su fuerza juvenil no había restado nada a la adorable dulzura de su fisonomía, inteligente y noble. Su mirada era, por la pureza, la de un ángel; pero la naciente barba recordaba que aquel joven de celeste mirada era un sencillo mortal, y el bigote juvenil acusaba suavemente una sonrisa indolente, pero llena de benevolencia cordial a través de su melancolía.
Una espléndida cabellera castaña, naturalmente rizada, rodeaba su rostro hasta el nacimiento del cuello y caía en una gruesa trenza -las trenzas estaban de moda más que nunca -hasta los hombros. Las mejillas eran delicadamente sonrosadas, pero algo pálidas. Una distinción exquisita en las maneras y en el indumento era el principal carácter de aquella figura, que no llamaba la atención, pero de la que no podía desprenderse la mirada después de haberse posado en ella.
Tal fue la impresión del jinete que el azar acababa de colocar junto a Mario.
Este jinete, tenía unos cuarenta años: era enjuto y pálido; sus facciones eran bastante regulares; sus labios eran muy finos; sus ojos, muy penetrantes, y había en él una expresión de astucia, atenuada por una inclinación marcada hacia la reflexión. Estaba ataviado de una manera bastante enigmática: de negro, con una sotana corta, como un cura en viaje, pero armado y calzado militarmente.
Su caballo, seco y ágil, alargaba el paso tanto como el ardiente y noble corcel de Mario.
Los dos jinetes se saludaron en silencio, y Mario moderó el trote de su caballo para ceder el paso al viajero más viejo que él.
El jinete pareció agradecer una cortesía tan escrupulosa y se negó a adelantarse al joven.
-Después de todo, señor -dijo Mario-, me parece que nuestros caballos tienen el mismo paso; me cuesta trabajo contener al mío, y he tenido que dejar que mis compañeros tomasen la delantera para no llegar yo antes que ellos a la cima de la montaña.
-Lo que censuráis en vuestro magnífico caballo me es de gran utilidad en el mío -contestó el desconocido-. Como viajo casi siempre solo, puedo avanzar sin que nadie me lo reproche. ¿Me será permitido preguntaros, señor, dónde he tenido ya el honor de veros? Vuestra agradable fisonomía no me es del todo desconocida.
Mario miró atentamente al jinete y le dijo:
-La última vez que tuve el honor de veros fue en Bourges, hace cuatro años, en el bautizo de monseñor el duque de Enghien.
-¿Entonces sois, en efecto, el conde de Bois-Doré?
-Sí, señor abad Poulain -contestó Mario, llevando por segunda vez la mano a su chambergo empenachado.
-Me alegro encontraros tal como estáis -contestó el rector de Briantes-. Habéis ganado en estatura, en presencia y también en calidad, por lo que veo. Pero no me llaméis abad, porque, ¡ay!, no lo soy todavía, y puede que no lo sea nunca.
-Ya sé que el príncipe no ha querido interesarse por vuestro nombramiento; pero creía...
-¿Que había encontrado algo mejor que la abadía de Varennes? ¡Sí y no! En espera de un título cualquiera, he abandonado el Berry; la casualidad me ha unido a la suerte del cardenal, y estoy al servicio del padre José, a quien soy fiel en cuerpo y alma; puedo deciros en confianza que soy mensajero suyo; por eso tengo tan buen caballo.
-Os doy mi enhorabuena, señor. El servir al padre José es digno de un buen francés, porque la suerte del cardenal está unida a la de Francia.
-¿Habláis sinceramente? -preguntó el eclesiástico con una sonrisa de duda.
-¡Sí, señor, por mi honor! -contestó el joven con una lealtad que hizo desvanecer las sospechas del agente diplomático-. No tengo interés en que el cardenal se entere de que tiene en mi padre y en mí dos admiradores más; pero háganos la merced de creer que somos lo bastante buenos patriotas para querer servir en cuerpo y alma, lo mismo que vos, si podemos, la causa del gran ministro y del hermoso reino de Francia.
-Os creo firmemente -repuso monsieur Poulain-, pero no confío igualmente en vuestro señor padre. Por ejemplo, el año pasado no os envió al sitio de La Rochelle. Ya sé que erais todavía muy joven; pero había otros más jóvenes que vos, y seguramente habéis debido de contrariar vuestros deseos de asistir a la gloriosa cita de toda la juventud noble de Francia.
-Monsieur Poulain -contestó Mario, con cierta severidad-, creía que el agradecimiento os unía a mi padre. Ha hecho por vos todo cuanto le ha sido posible y no podéis culparle porque la abadía de Varennes haya sido secularizada en beneficio del príncipe; él mismo se ha visto perjudicado en este asunto.
-¡Oh! ¡No lo dudo! -exclamó Poulain-. Ya sé que el príncipe de Condé sabe enredar las cuentas; no culpo a nadie más que a él. En cuanto a vuestro padre, sabed, señor conde, que le quiero y le aprecio siempre. Lejos de pensar en perjudicarle, yo daría mi vida por tener la seguridad de que se ha unido sinceramente a la causa católica.
-Mi padre no ha tenido necesidad de unirse a la causa de su patria, señor. Quiero decir que abraza apasionadamente la del cardenal en contra de todos los enemigos de Francia.
-¿Incluso en contra de los hugonotes?
-Los hugonotes han dejado de existir, señor; ¡dejemos en paz a los muertos!
La dignidad de la expresión de aquel rostro tan dulce sorprendió a monsieur Poulain. Comprendió que no se las tenía que haber con un joven ambicioso y frívolo como los demás.
-Tenéis razón, señor -dijo-. ¡Paz al calvinismo, muerto en La Rochelle, y que Dios os oiga, a fin de que no resuciten en Montaubán o en algún otro sitio! Puesto que vuestro padre ha abandonado por completo su indiferencia religiosa, esperemos que os permitirá, en caso necesario, marchar contra los rebeldes del Mediodía.
-Mi padre me ha permitido, y me permitirá siempre, que yo manifieste mi inclinación; pero sabed, señor, que ésta no será nunca la de marchar contra los protestantes, al menos de ver la Monarquía en un gran peligro. Jamás, por ambición o por vanidad, sacaré mi espada contra franceses; jamás olvidaré que esta causa, antaño gloriosa, hoy desdichada, ha puesto a Enrique IV sobre el trono. Vos, monsieur Poulain, os habéis educado en el espíritu de la Liga, y ahora la combatís con todas vuestras fuerzas. Habéis ido del mal al bien, de la mentira a la verdad; yo he vivido y viviré en el camino que me han colocado: fidelidad a mi país, horror a las intrigas con el extranjero. Tengo menos mérito que vos, porque no he necesitado convertirme; pero os juro que haré cuanto pueda, y, sin dejar de respetar la libertad de conciencia en los demás, lucharé con todas mis fuerzas contra los aliados del duque de Saboya...
-Olvidáis que son ahora los aliados de la Reforma.
-Decid más bien de monsieur de Rohan. De este modo, monsieur de Rohan acaba de aniquilar su partido; por lo cual os digo: ¡Paz a los muertos!
-Vaya -dijo el afiliado al padre José-, ya veo que sois un espíritu tan novelesco como el buen marqués, y que, siguiendo su ejemplo, os dejaréis guiar por el sentimiento. ¿Puedo, sin indiscreción, pediros noticias de vuestro padre?
-Le vais a ver en persona, señor. Se alegrará de saludaros. Ha tomado la delantera y dentro de un cuarto de hora nos reuniremos con él.
-¿Qué me decís? Monsieur de Bois-Doré, a los setenta y cinco u ochenta años...
-Combate todavía contra los enemigos y los asesinos de Enrique IV. ¿Os sorprende, monsieur Poulain?
-No, hijo mío -contestó el ex liguero, que, por la fuerza de las cosas, se había vuelto practicante y admirador de la política del bearnés-; pero me parece que empieza algo tarde.
-¡Qué queréis, señor! Él no podía combatir solo; esperaba el ejemplo del rey de Francia.
-¡Vaya! -exclamó monsieur Poulain sonriendo-. Tenéis contestación para todo. Tengo ansia de saludar al noble anciano. Pero aquí es imposible galopar. Dadme también noticias de un hombre a quien debo la vida: maese Lucilio Giovellino, o sea Jovelin, el gran músico.
-¡Es dichoso, a Dios gracias! Se ha casado con mi mejor amiga, y entre los dos nos hacen el favor de regentar nuestra casa y nuestros bienes durante nuestra ausencia.
-Vuestra mejor amiga... ¿Os referís a Mercedes, la bella morisca? Yo hubiera creído que preferíais, aunque bien es verdad que con otra clase de sentimientos, una amiga más joven y más bella.
-¿Os referís a la señorita de Beuvre? -repuso Mario, con una lealtad que contrastaba con la curiosidad insinuante de monsieur Poulain-. Puedo contestaros con facilidad, como podría hacerlo a todo el mundo. En efecto, la he querido apasionadamente en mi infancia y la respetará toda mi vida; pero nuestra amistad es muy tranquila, y podéis interrogarme acerca de ella sin rodeos. ¿No se ha casado?
No lo sé, señor. Viajamos desde hace varios meses y no tenemos noticias de nuestros amigos.
Monsieur Poulain examinó a Mario a hurtadillas. Tenía la calma de un corazón destrozado, pero no el decaimiento de un alma agotada.
-¿Ignoráis -preguntó el rector- que monsieur de Beuvre estaba en la flota inglesa ante La Rochelle?
-Sé que allí fue muerto, y que Lauriana no depende ya de nadie.
-Estaba en el Poitou cuando el duque de la Tremouille fue a abjurar de su herejía al campamento del rey, después del abandono de los ingleses.
-Lauriana le siguió, señor - dijo vivamente Mario-. Solicitó compartir el cautiverio de la heroica duquesa de Rohan, que se negó a someterse, y, no habiendo logrado esta fin se disponía a regresar al Berry, cuando nos marchamos de nuestra provincia.
-Ya sabía todo eso -dijo monsieur Poulain, que parecía, en efecto, estar enterado de todo.
-Aunque no lo hubierais sabido -dijo Mario-, no me arrepiento de habéroslo dicho. ¿No querríais dar al príncipe de Condé un nuevo pretexto para confiscar los bienes de la señorita de Beuvre?
-No, por cierto -dijo el ex rector, riendo casi con cordialidad-. Razonáis bien, y cuando tan bien se conoce a la gente, se puede ser, sin gran peligro, tan sincero como vos. Pero podéis tener absoluta, confianza en mí: he roto abiertamente con los jesuitas, a mi costa y riesgo.
Monsieur Poulain no mentía.
Pocos momentos después se encontró en presencia del marqués de Bois-Doré, y la entrevista fue por ambas partes muy cortés, casi amistosa.
El marqués no necesitaba hacer grandes esfuerzos para poner en pie un pequeño ejército de voluntarios: sus mejores hombres, seguros de ser bien recompensados, le habían seguido con entusiasmo.
El intrépido Aristandre tenía la esperanza de una satisfacción personal dando una paliza a los españoles, a los que aborrecía por el recuerdo de Sancho. El fiel Adamas montaba a retaguardia una dulce jaquita, y llevaba a la grupa las esencias y las tenacillas de su señor.
A excepción del rizado de los escasos cabellos que aun le quedaban en la nuca y de algunos perfumes que aun utilizaba para su agrado particular, el marqués se había vuelto tan sencillo como deslumbrante fue antaño. Nada de peluca; nada de colorete; casi nada de encajes, de canutillos, de bordados, de galones; un jubón de paño carmesí, con las mangas abiertas, las calzas iguales y, llegando hasta más abajo de las rodillas, botas con vueltas de batista lisa, y una amplia y fuerte capa forrada de piel; tal era el traje del caballero de Bois-Doré.
Explicaremos esta metamorfosis en pocas palabras.
Mario había tenido un duelo para castigar a un impertinente que se había burlado en su presencia de la careta de yeso, de la cabellera negra y de los mil perifollos del marqués. Mario había malherido a su adversario: ¡fue su primer duelo! Pero Bois-Doré, enterado más tarde del asunto, no quiso exponer a su hijo a una segunda aventura. Un día, de pronto y sin avisar a nadie, suprimió el colorete y la peluca, con el pretexto de que monsieur de Richelieu tenía razón al proscribir el lujo, y que había que dar el buen ejemplo. Ya resignado a parecer viejo y feo, se presentó heroicamente ante su familia; pero, con gran sorpresa suya, todo el mundo lanzó una exclamación de alegría, y la morisca le dijo ingenuamente:
-¡Ah! ¡Qué hermoso estáis, señor! Yo creía que erais mucho más viejo.
La verdad es que bajo su careta el marqués estaba muy bien conservado, y era extraordinariamente hermoso, dada su avanzada edad. No conocía ni había de conocer nunca las enfermedades. Conservaba todos los dientes; su ancha frente calva, estaba surcada por hermosas arrugas, bien trazada, sin huella de malicia o de odio; su bigote y su barba, blancos como la nieve, se destacaban sobre su cutis moreno, y sus grandes ojos, brillantes y risueños, lanzaban todavía dulces miradas a través del matorral de sus tupidas cejas enmarañadas.
Iba siempre derecho como un pino; pero ya no se ocultaba para apoyar su delgada rodilla en la potente mano de Aristandre al montar a caballo, aunque, una vez sobre la silla, estaba firme como una roca.
Le hicieron tantas alabanzas sobre su hermoso aspecto, que cambió por completo su sistema de coquetería: en lugar de disimular su edad, la aumentó; pretendió tener ochenta años, aunque sólo tenía setenta y seis, y se divirtió maravillando a sus jóvenes compañeros de armas con el relato de las antiguas guerras, que él había conservado en los archivos de su memoria.
El día 3 de marzo, o sea dos días después del encuentro de los caballeros de Bois-Doré con monsieur Poulain, la vanguardia real, compuesta de una selección de diez o doce mil hombres, acampó en Chaumont, último pueblo de la frontera. Los voluntarios, como no tenían tiendas de campaña, pasaron la noche como pudieron en el pueblo.
El marqués se metió tranquilamente en la primera cama que encontró, y durmió como hombre ducho en el oficio de la guerra que sabe aprovechar los momentos de descanso y dormir una hora cuando no puede ser más, o doce, a modo de provisión, cuando no tiene otra cosa que hacer.
Mario, muy excitado por la impaciencia de batirse, pasó la velada con varios jóvenes, voluntarios como él, con quienes había hecho conocimiento en el camino.
Estaban en la sala baja de una taberna bastante miserable, tan llena de gente, que apenas había sitio para moverse, y tan llena de humo, que apenas se veían unos a otros. Así como el ejército regular era silencioso y sobrio cual una comunidad de frailes austeros, los cuerpos de voluntarios eran alegres y revoltosos. Bebían, reían, cantaban canciones libertinas, recitaban versos eróticos o burlescos, hablaban de política y de galantería, se peleaban y se abrazaban.
Mario, sentado bajo la campana del hogar, soñaba en medio del tumulto.
A su lado estaba Clindor, que se había vuelto bastante decidido, pero que se sentía intimidado al verse en medio de tanta nobleza. No tomaba parte en las ruidosas conversaciones, porque no se atrevía, a pesar de su deseo, mientras que Mario se dejaba mecer en sus meditaciones por aquel tumulto, que, si no le atraía, no le molestaba tampoco.
De pronto, Mario vio entrar a una criatura extraña.
Era una muchacha menuda, delgada y morena, que llevaba un traje incomprensible: cinco o seis faldas de colores llamativos, puestas unas encima de otras, un cuerpo cubierto de galones y lentejuelas, un amontonamiento de plumas abigarradas en sus cabellos crespos y rizados y una gran cantidad de cobres y cadenas de oro y plata, de pulseras y de sortijas; tenía cuentas de vidrio hasta en los zapatos.
Aquella extraña figura no tenía edad: podía ser una niña precoz, o una muchacha marchita. Era muy bajita; fea cuando quería sonreír o hablar como todo el mundo, y hermosa cuando se enfurecía: lo que parecía ser en ella una necesidad continua o un estado normal. Insultaba a las criadas de la casa que no la servían bastante de prisa; injuriaba a los jinetes que no le cedían el sitio; arañaba a los que querían propasarse con ella, y contestaba con imprecaciones inauditas a los que se burlaban de su absurdo indumento y de su mal genio.
Mario no comprendía con qué intención una criatura tan antipática se mezclaba en semejante reunión. Una mujer gorda, herpética y ridículamente ataviada con harapos miserables, entró a su vez, cargada de cajas como una mula, e impuso silencio. Lo consiguió difícilmente, y al fin hizo, en francés, una especie de pregón en honor de la incomparable Pilar, su compañera, danzarina morisca y adivinadora infalible por la ciencia de los árabes.
Aquel nombre de Pilar sacó a Mario de su meditación: examinó a las dos gitanas, y, a pesar del cambio que se había operado en ellas, reconoció en una a la discípula, víctima y verdugo del miserable La Fleche; en la otra, a la ex Belinda de Briantes, ex Proserpina del capitán Macabro, que en la actualidad se anunciaba con los títulos y nombres de Narcisa Bobalina, tocadora de laúd, vendedora de encajes y, en caso necesario, zurcidora y rizadora de chorreras.
La concurrencia aceptó la exhibición de los talentos anunciados; la Belinda tocó el laúd con más vehemencia que corrección, y la bailarina, a quien los espectadores hicieron un sitio amontonándose sobre las mesas, se entregó a una especie de pantomima epiléptica, cuya fabulosa flexibilidad y gracia violenta provocaron el entusiasmo de una asamblea ya muy excitada por el vino, la charla y el tabaco.
El éxito que obtuvo Pilar sobre aquellos espíritus turbados causó en Mario una viva repulsión, y se disponía a retirarse, cuando sintió curiosidad por escuchar lo que la gitana empezaba a decir en términos generales, en espera de que alguien le pidiese el secreto de su porvenir.
-¡Habla! ¡Habla, joven sibila! -le gritaban de todas partes-. ¿Seremos felices en la guerra? ¿Forzaremos mañana el Pas de Suze?
-Sí, si estuvierais todos en estado de gracia -contestó desdeñosamente Pilar-; pero no hay uno solo aquí que no esté cubierto con una lepra de pecados mortales, y mucho temo por vuestra blanca piel.
-Esperad -dijo alguien-; tenemos aquí un mocito dulce y casto, un ángel del cielo, Mario de Bois-Doré. Que comience la prueba, y que interrogue a la adivinadora.
-¿Mario de Bois-Doré? -exclamó Pilar, y sus ojos centelleantes se tornaron lívidos y descoloridos-. ¿Está aquí? ¿Dónde? ¿Dónde? ¡Mostrádmelo!
-Vamos, Bois-Doré -exclamaron varias voces-, no ocultéis vuestro rostro, y enseñad vuestras manos.
Mario salió de su rincón y se presentó ante las dos gitanas; una se precipitó para coger su mano, y la otra bajó la cabeza, como para no ser reconocida.
-Os he visto, Belinda -dijo Mario a esta última-; en cuanto a ti, Pilar -añadió, retirando su mano, que la joven parecía querer llevar a sus labios-, mira mis líneas, y basta.
-Mario de Bois-Doré -exclamó Pilar súbitamente irritada-, conozco de sobra las líneas de tu mano fatal. Las he estudiado en otros tiempos. Nunca te dije tu destino: es demasiado desdichado.
-Y yo -contestó Mario encogiéndose de hombros- conozco tu ciencia: depende de tu capricho, de tu odio o de tu locura.
-¡Pues haz la prueba! -repuso Pilar, cada vez más indignada-, y si no crees en mi ciencia, no tiembles al oír tu fallo: Mañana, hermoso Mario, dormirás boca arriba al borde de un barranco; y tus ojos, por muy abiertos que estén, no verán ya la luz de las estrellas.
Sin duda, porque el cielo estará nublado -contestó Mario sin inmutarse.
-¡No, el tiempo estará claro, pero tú estarás muerto! -contestó la sibila, enjugando con sus cabellos el sudor frío que bañaba su frente-. ¡Basta!, que no me pregunten más; diría cosas demasiado duras para todos los que están aquí.
-¡Revocarás tus palabras, mala bruja! -exclamó el joven que había facilitado a Mario aquella agradable predicción-. ¡Amigos míos, no la dejéis salir! Estas brujas odiosas nos llevan a la muerte por la turbación que ponen en nuestros espíritus. Por su causa perdemos en el peligro la confianza que salva. Obliguémosla a retractarse de sus palabras y a confesar que las ha pronunciado por maldad.
Pilar, ágil cual una víbora, se deslizó a través de las mesas; algunos corrieron tras ella; la Belinda huía por otra puerta.
-Dejadlas -dijo Mario-. Son dos seres despreciables, cuya historia os contaré en otra ocasión. No me preocupa su predicción; de sobra sé lo que vale esa ciencia.
Agobiaron a Mario a preguntas.
Mañana hablaré -contestó-; después de la batalla, después de mi supuesta muerte. Por ahora, permitidme que vaya a ver si mi padre está bien guardado por sus gentes; porque creo que una de estas mujeres, acaso las dos, son muy capaces de querer hacerle daño.
-Y nosotros -contestaron sus amigos- haremos una ronda para cerciorarnos de que no hay alguna banda de gitanos, ladrones y asesinos por los alrededores de este pueblo.
Hicieron la ronda con cuidado. Parecía inútil, puesto que el campamento regular tenía centinelas y estradiotes vigilantes que registraban y guardaban los alrededores hasta una gran distancia. Se supo por las gentes del pueblo que las dos gitanas habían llegado solas la víspera, y que paraban en una casa que fue designada a los jóvenes. Se aseguraron de que las gitanas estaban en ella, y Mario no juzgó necesario vigilarlas. Le bastaba con hacer que se vigilase bien la casa donde descansaba su padre.
La noche transcurrió tranquilamente, demasiado tranquilamente para aquella juventud impaciente, que esperaba verse despertada por la señal del combate. No ocurrió tal cosa. El príncipe de Piemont, cuñado de Luis XIII, había ido a entablar negociaciones con Richelieu, de parte del duque de Saboya, y la conferencia suspendió las hostilidades, con gran descontento del ejército francés.
El día siguiente transcurrió en una espera febril, y la predicción abortada de la gitana dejó de preocupar a los amigos de Mario.
Las dos vagabundas habían levantado el campo y cruzado las vanguardias, para ir a ejercer en Francia su industria nómada. No era de temer que volviesen. El cardenal tenía dadas las órdenes más severas para que se expulsase del séquito de los ejércitos a las mujeres y a los niños, y sobre todo a las mozas de partido. Contra éstas, fuesen gitanas, bailarinas o adivinadoras, había pena de muerte.
La víspera del día 4 de marzo Mario se vio obligado a contar las aventuras de la gorda Belinda y de la niña Pilar. Lo hizo con una claridad y una sencillez que sorprendieron a todos los que se hallaban presentes. Hasta entonces su modestia le había impedido llamar la atención; su interesante historia y su manera de contarla, a la vez conmovedora, natural y animada, hicieron olvidar a sus compañeros, encantados, el juego y la hora tardía.
Hubiera podido contar toda su vida; pero un sentimiento indefinible, de reserva temerosa, le hizo callar el nombre de Lauriana.
Era más de media noche cuando se separaron. Cada grupo volvió al albergue más o menos detestable que le correspondía, y Mario, seguido por Clindor, había llegado solo a la puerta del suyo, cuando una sombra indecisa, que estaba acurrucada en el umbral, se levantó y vino hacia él.
Era Pilar.
-Mario -le dijo-, no me tengas miedo; nunca te hice daño, y no tengo motivos para aborrecer a tu padre. No comparto el odio que os tiene Belinda.
-¿Belinda sigue odiando a mi padre? -preguntó Mario-. ¿Entonces ha olvidado que él impidió que la ahorcasen como al capitán Macabro?
-Sí; Belinda lo había olvidado, o acaso no lo haya sabido; pero ya es tarde para decírselo, y ahora no odia ya a nadie.
-¿Qué quieres decir?
-Que he hecho con ella lo que ella quería hacer con vosotros.
-¿Qué? ¡Habla!
-No, Mario, es inútil; no por eso habías de quererme más; ya sé que me odias.
-No odio a nadie -dijo Mario-; odio el mal, y los malos instintos me inspiran horror. ¡Has conservado los tuyos, desdichadamente! Bien me he dado cuenta de ello ayer, cuando te complaciste en perturbar mi espíritu; has de saben que no lo conseguirás nunca, y déjame tranquilo; lo mejor para ti es que te olvide.
-Escucha, Mario -exclamó Pilar con voz entrecortada-: no debes hablarme así; no, no debes hacerlo, si amas a alguien en este mundo. Porque yo te quiero y te he querido siempre. Sí, desde aquel tiempo en que éramos tan pobres el uno como el otro, cuando dormíamos sobre los mismos brezos y pordioseábamos en los mismos caminos, yo estaba enamorada de ti. No recuerdo un día de mi vida en que la pasión del amor o del odio no me haya devorado. Yo no he tenido infancia; he nacido del fuego, y en el fuego moriré, porque soy una chispa de hoguera. ¿Qué importa? Tal como soy, valgo más para ti que tu Lauriana, que siempre te ha despreciado y no quiere más que a sus viejos hugonotes..., ¡afortunadamente para ella! Sí, afortunadamente, repito, porque yo conozco vuestra vida. He vuelto dos veces a vuestro país, y un día pasé junto a ti sin que me reconocieras. Me arrojaste una moneda de plata. Mira: aquí la llevo, oculta bajo mis collares, por ser lo más precioso que tengo en el mundo; la he agujereado, y he grabado tu nombre en ella con un punzón: es mi talismán. ¡Cuando lo pierda, moriré!
-¡Bueno! -dijo Mario-, basta de locuras. ¿Qué quieres ahora? ¿Por qué has vuelto, con riesgo de tu vida, y por qué me esperabas aquí? Devuélveme esa moneda, y toma éste oro, que te puede hacer falta.
-Quédate con tu oro, Mario; no lo necesito; quiero conservar, y conservaré, tu moneda, aunque te moleste que lleve tu nombre escrito sobre mi pecho. He venido aquí para contarte mi historia, y tienes que oírla.
-Pues date prisa; la noche es fría y tengo sueño.
-No quiero que nadie más que tú me oiga, y el paje nos está escuchando. Ven conmigo fuera de las murallas.
-No, mi paje duerme; habla aquí, y date prisa, o te dejo.
-Escúchame; acabo en seguida. Ya sabes que mi padre fue ahorcado y mi madre quemada.
-Sí; recuerdo que me lo has dicho muchas veces. ¿Qué más?
-La Fleche no hacía más que hacerme sufrir. Me dislocaba los huesos para darme más flexibilidad, y me llevaba en una jaula para hacerme pasar por una fiera.
-Pero ¡te has vengado horriblemente!
-Sí, le ahogué con piedras y tierra cuando gritaba: «¡Socorro! ¡Tengo sed!» Uno de sus brazos se movía aún y quería estrangularme. Pero yo, con riesgo de mi vida, le llené la boca hasta la garganta. ¿No era justo? No tenía yo derecho a ello? Acaso vosotros le hubierais salvado, y él os hubiera pagado como Belinda, que os habría envenenado a todos de no impedírselo yo: a ti, a tu padre y a vuestros criados, porque decía que era necesario justificar la predicción que yo te había hecho ante testigos, para conservar mi fama de adivinadora.
¿Y entonces tú la has...?
-También ella se lo merecía. Escucha, escucha mi historia. Después de vengarme de La Fleche, yo me había escondido en el pabellón del jardín. Había visto que estabas enojado conmigo, y esperaba que se te pasara el enfado. Yo creía que te preocuparías de mí, que me buscarías y que me llevarías a tu castillo. Pero al atardecer fuiste allí con Lauriana y le dijiste que querías ser su marido. Ella se burló de ti; te encontraba demasiado joven; afortunadamente, ahora es ella la que resulta demasiado vieja. Luego le dijiste que me aborrecías, y yo lo oía todo. Entonces arrojé un pedrusco sobre ella, para matarla, y me oculté cuidadosamente. Pero vosotros creísteis que la piedra se había desprendido sola y os alejasteis, dejándome allí.
«Pasé la noche en el mismo sitio, muerta de hambre y de frío. La rabia me sostenía: os maldecía a los dos y me maldecía a mí misma por no haber sabido agradarte. Deseaba morir, pero no tuve valor para ello; y como ya no quería nada contigo, porque creía que te aborrecía, me marché a Brilbault, a buscar el dinero de Sancho, que La Fleche me había obligado a robar, dos o tres meses antes, de casa de la Zancuda.
«En aquel tiempo yo ignoraba el valor del dinero, y por odio a La Fleche se lo había devuelto todo a Sancho; él lo ocultó tan bien, que conseguía dominar a los gitanos con promesas y con algunas monedas que les daba de vez en cuando. Pero yo sabía dónde había enterrado aquel tesoro, y sabía que quedaba bastante, al menos para mí, que necesitaba tan poco. Lo dividí en varias partes y lo escondí en distintos sitios.
«Se me había metido en la cabeza que podía vivir sola, sin depender de nadie, y andar libre por toda la tierra. ¡Qué niña era! No tardé en aburrirme, y encontrando a la Belinda, que huía del país con el pelo cortado al rape y en un estado miserable, le conté que tenía pequeños tesoros escondidos; pero me guardé mucho de decirle dónde estaban. ¡Oh!, para arrancarme el secreto me mimó, me atormentó, me emborrachó y me interrogó hasta durante mi sueño; no perdía la esperanza; por eso me sirvió de madre y de criada, acariciándome siempre y haciéndome traición...
«Sí, me hizo traición de una manera odiosa: me vendió cuando yo era aún una niña, y más tarde, cuando comprendí mi deshonra, juré vengarme.
«A estas horas los cuervos devoran su carne.»
-¡Eres una desdichada y una miserable! -dijo Mario-. ¿Has acabado ya tu historia?
-Ahora quiero que me ames, Mario, o me vengaré de Lauriana, a quien ya sé que sigues amando, puesto que hace un momento, en la taberna, no has querido hablar de ella a los señores que te rodeaban. Yo también estaba allí, escondida en el granero, desde donde oía todo lo que decías de mí.
-Puesto que lo has oído, ¿cómo eres tan loca que pretendes que te quiera?
-No estoy tan loca; el odio conduce al amor; lo sé por experiencia. Se aborrece y se odia a la vez. Además, has confesado que tengo ahora ojos hermosos, brazos delicados y una especie de belleza diabólica. Así lo has dicho hace un momento en la taberna. Y muchos hidalgos de los que había allí me ofrecieron ayer los medios de tener vestidos de seda y pendientes, porque yo, hermosa o fea, les había enloquecido. Pero no quiero nada ni de ellos ni de ti. Aun me queda dinero escondido en el Berry, e iré por él cuando se me antoje. Ten cuidador Mario; tu Lauriana me responde por ti. Llévame contigo, o renuncia a ella.
-Puesto que con tal osadía confiesas tus malos designios -dijo Mario-, te detengo...
Se disponía a apoderarse de la gitana, resuelto a entregarla a la justicia del campamento; pero sólo logró apoderarse de su toquilla. Pilar había huido más rápida que las nubes empujadas por el viento.
Mario la persiguió, y la hubiera alcanzado, porque él también era veloz y ágil; pero apenas había dado vuelta a la esquina de la calle cuando el estrepitoso sonido de las trompetas anunció el botasillas: era la señal de la marcha a la batalla.
Mario olvidó las amenazas que tanto le habían conmovido y corrió a reunirse con su padre, que se levantaba a toda prisa.
Al despuntar el día, todo el mundo estaba en marcha.
«El Pas de Suze es un desfiladero que, en una extensión de un cuarto de legua, no tiene siquiera una anchura de veinte pasos, y que, de distancia en distancia, está obstruido por rocas derrumbadas. Las tergiversaciones del príncipe del Piemont no habían logrado otra cosa que retrasar unos días la marcha de nuestro ejército. El enemigo había aprovechado el tiempo para fortificarse.
«Tres fuertes barricadas, cubiertas por baluartes y fosos, cortaban el desfiladero: las rocas que había a cada uno de sus extremos estaban coronadas de soldados y protegidas por pequeños reductos.
Por último, el cañón del fuerte Talasse, emplazado en una montaña vecina, barría el espacio descubierto entre Chaumont y la entrada del desfiladero. Era aquélla una de las posiciones en las cuales parece que un puñado de hombres puede detener un ejército entero.
«Sin embargo, nada detuvo la furia francesa»
Tantos historiadores excelentes nos han transmitido el relato de aquella hermosa hazaña, que, después de ellos, no tenemos más que decir; nuestra misión no es relatar los hechos oficiales de la Historia, sino sus episodios olvidados. Por eso seguiremos a los caballeros de Bois-Doré a través de la batalla, sin dejarnos deslumbrar por el conjunto majestuoso del espectáculo. Lo cual nos será tanto más fácil cuanto que ellos mismos no lo pudieron contemplar largo tiempo.
La escena era magnífica. ¡Un combate de héroes en un lugar sublime!
Al primer cañonazo, Mario sintió como los efectos de una borrachera. Nunca supo cómo franqueó la primera barricada: si lo hizo sobre un caballo alado o «sobre el propio soplo ardiente del dios Marte»; olvidó el juramento que había hecho a su padre de no separarse de él. Toda la pasión de su alma, toda la fiebre de su sangre, refrenadas hasta entonces por la modestia y el amor filial, hicieron en él como una erupción volcánica.
Hasta olvidó por un momento que su padre le seguía en medio del peligro y, por no perderle de vista, se exponía tanto como él.
Verdad es que Aristandre estaba allí, y se colocaba junto a su amo como una muralla móvil; pero Mario, en lo más rudo del asalto, se volvió más de una vez para buscar el penacho gris del anciano, que ondeaba sobre todos los demás, y cada vez que lo veía daba gracias a Dios y cobraba nueva confianza en su estrella.
La acción fue llevada con tal ímpetu, que no costó ni cincuenta hombres a Francia. Fue una de esas jornadas maravillosas en que la fe está en todos los corazones y en que nada resulta imposible.
Cuando la posición hubo caído en poder de los franceses, éstos se precipitaron por la carretera de Suze en persecución de los fugitivos, entre los cuales estaba el duque de Saboya en persona; de pronto, Mario vio venir, a su derecha, un jinete enmascarado que acudía al galope.
-¡Deteneos! ¡Deteneos! -le gritó aquel hombre-. El servicio del rey ante todo. Tomad estos despachos; os conozco; fío en vos.
Y al decir estas palabras, el jinete se dejó caer en tierra inánime, junto a su caballo extenuado.
Mario fue el único que tuvo valor de renunciar a una última proeza; saltó a tierra y cogió el paquete lacrado que el mensajero acababa de dejar caer.
Pero en el momento en que volvía riendas hacia el campamento del rey, un grupo de hombres armados, que parecían no haber tomado parte en la batalla y que evidentemente perseguían al mensajero, desembocaron por la derecha y se precipitaron hacia él, gritándole en italiano que tendría la vida salva si entregaba el paquete sin dar la voz de alarma.
Mario se apresuró a pedir auxilio con todas sus fuerzas. Nadie lo oyó. Su padre estaba todavía muy lejos, y sus compañeros se habían adelantado ya mucho. Disparó su carabina para hacerse oír; para no desperdiciar el tiro, disparó sobre los agresores: uno cayó redondo en el polvo del camino. Mario no esperó a los demás; había vuelto a montar a caballo, y huyó como una flecha en medio de una granizada de balas; unas atravesaron su sombrero, y otras fueron a sepultarse en la cuneta del camino.
Oyó detrás de él gritos y golpes. No hizo caso ni volvió la cabeza.
No había visto la cara del mensajero, ni había reconocido su voz; lamentaba tener que abandonarle entre las manos del enemigo; pero, ante todo, se trataba de salvar los despachos, y los salvaba milagrosamente.
Su carrera hacia atrás sorprendió a todos los que encontró. A poca distancia del campamento real vio acudir a su padre, que se asustó al verle pasar sin detenerse, creyéndole herido y arrastrado por su caballo.
Pero Mario le gritó:
-¡Nada! ¡Nada!
Y desapareció entre un torbellino de polvo.
No le dejaron acercarse a la persona del rey, y entonces tomó una resolución y se precipitó hacia la tienda del cardenal.
Richelieu se había visto ya expuesto a tantos atentados, que no era fácil llegar hasta él. Pero los despachos que Mario mostraba y la agraciada fisonomía del digno joven inspiraron una confianza repentina al gran ministro. Le llamó y cogió el paquete, que Mario, en su precipitación, no se acordó de presentar rodilla en tierra.
El cardenal leyó el mensaje.
Debía de ser una buena noticia; acaso la de que el número de las fuerzas que González de Córdoba había reunido ante Casal era insuficiente; acaso una conspiración de las reinas contra el poder del ministro.
Fuese lo que fuese, el cardenal dobló la misiva, sonriendo maliciosamente, y alzó los ojos hacia Mario, diciendo:
-Los destinos propicios han dispuesto hoy todo tan perfectamente, que han escogido un arcángel por mensajero. ¿Cuál es vuestro nombre, señor, y cómo es que sois portador de un mensaje tan importante?
- Soy un hidalgo voluntario -contestó Mario-. He tomado este mensaje de la mano que un moribundo tendía hacia mí, cuando perseguíamos al enemigo. Me dijo: «El servicio del rey ante todo.» No he podido acercarme al rey, y he pensado que me sería más fácil llegar hasta Vuestra Eminencia.
-¿Y habéis juzgado que era lo mismo? -repuso el cardenal-. Así es, puesto que el rey no puede tener secretos para su ministro.
-He pensado que no debe tenerlos -contestó Mario con tranquilidad.
-¿Cómo os llamáis?
-Mario de Bois-Doré.
-¿Qué edad tenéis?
-Diez y nueve años.
-¿Estabais en La Rochelle?
-No, monseñor.
-¿Por qué?
-Me agrada poco batirme contra los reformados.
-¿Lo sois vos también?
-No, monseñor.
-¿Pero los aprobáis?
-Los compadezco.
-Si tenéis algo que pedirme, daos prisa, el tiempo apremia.
-¡Lo único que os pido es que nos proporcionéis a menudo jornadas como la de hoy! -contestó Mario; y en su deseo de no hacer perder tiempo al cardenal, se alejó sin advertir que Su Eminencia quería decirle algo más.
Pero otras ocupaciones reclamaban al gran ministro, y se olvidó de Mario. Al día siguiente, al instalarse en Suze, Mario creyó ver pasar a monsieur Poulain vestido de campesino. Le llamó, y no obtuvo contestación.
Monsieur Poulain se ocultaba según su costumbre. Como su empleo consistía en desempeñar misiones secretas, el ex rector se mostraba en público lo menos posible en ciertas localidades, y no se presentaba nunca ostensiblemente ante los personajes importantes a cuyo servicio estaba.
Mientras que el rey, es decir, el cardenal, recibía en Suze la sumisión del duque de Saboya, lo que duró, naturalmente, varios días, el marqués descansaba de sus emociones.
Aunque las campañas de Richelieu no se parecieran en nada a las guerras de partidarios que hiciera en su juventud, Bois-Doré había estado allí por su parte tan tranquilo como si nunca abandonara los campos de batalla; pero le había conmovido grandemente ver a su querido Mario metido en aquella prueba. Temió al principio que el niño no realizase sus esperanzas, porque desde la noche terrible en que tuvo lugar el asalto de Briantes y la muerte de Sancho, Mario había manifestado mucha repugnancia por la sangre vertida. A veces, viéndole manifestar tan poca curiosidad por el sitio de La Rochela, que calentaba la cabeza de todos los jóvenes, temió el marqués no fuera harto prudente, a pesar de que aprobaba sus principios. Pero cuando lo vio precipitarse sobre las barricadas y subir a los reductos de Suze, le encontró demasiado temerario y pidió perdón a Dios por haberle llevado allí. Por fin recuperó la esperanza, y conociendo la aventura del despacho, lloraba de alegría y chocheaba de gusto en el seno del fiel Adamas.
Éste llamaba la atención en la ciudad por su arrogancia y por el desprecio que manifestaba hacia todo lo que no fuese el marqués o el conde de Bois-Doré. Aristandre estaba orgulloso por haber matado a muchos piamonteses; pero hubiera querido matar aún más españoles. Clindor no se había portado mal: en un principio había tenido mucho miedo; pero pretendía que se hallaba dispuesto a volver a empezar.
Sin embargo, Mario, en medio de la alegría de los suyos, era presa de una viva inquietud. Él, que despreciaba las vanas predicciones y que había pasado sin miedo ante el fuego, se sentía débil ante una loca amenaza, y Pilar pasaba en sus sueños como el espíritu del mal, bajo la forma de un enemigo invisible. Sabía por experiencia que los adversarios más débiles pueden llegar a ser los más temibles, por la perseverancia de su odio. Estaba obsesionado por el recuerdo de Lauriana; le parecía que le amenazaba un peligro espantoso, y tomaba sus temores por presentimientos.
Una mañana volvió a Chaumont con el pretexto de dar un paseo. En vano preguntó por la gitanita. Llegó hasta el monte Genèvre y averiguó que habían encontrado por allí el cuerpo de una mujer en la mañana del 3 de marzo. Al pronto creyeron que había muerto de frío. Pero al enterrarla vieron en sus labios y en su chorrera huellas de quemaduras como si hubiera tomado por sorpresa algún veneno corrosivo.
Los montañeses que comunicaron esta noticia a Mario le propusieron enseñarle el cadáver. Le habían enterrado en la nieve provisionalmente, porque en aquel lugar la tierra estaba helada y era difícil cavarla.
Mario comprobó en seguida que aquel cadáver era el de Belinda. Pilar no había mentido; había matado a su compañera; por los mismos medios podía matar a su rival.
Mario volvió a Suze a toda prisa y relató todo a su padre.
-Dejadme ir a Briantes -le dijo-. Esperadme aquí para proseguir la campaña si se presenta el caso. Si la paz se firma definitivamente, lo sabréis dentro de unos días y vendréis a reuniros conmigo sin apresuramiento ni fatiga. Yendo solo iré más de prisa y podré adelantarme a esa odiosa mujer, que no dispone de los medios necesarios para correr la posta.
El marqués asintió; Mario hizo en el acto sus preparativos para marchar al día siguiente con Clindor.
-41 atardecer, monsieur Poulain fue a visitarles en secreto. Estaba alegre y misterioso a la vez.
-Señor marqués -dijo a Bois-Doré cuando estuvo en presencia de él y de Mario-, mucho os debía ya, pero ahora deberé mi fortuna a vuestro amable hijo. El precioso mensaje que yo llevaba y que él ha logrado salvar me asegura un puesto menos peligroso y más alto en la confianza del padre José, o sea del cardenal.
«Vengo a pagaros mi deuda anunciándoos que vuestra mayor ambición se halla realizada. El rey ratifica vuestro derecho al marquesado de Bois-Doré, con la única condición de que edifiquéis en vuestras tierras una casa cualquiera a la que deis este nombre; por cartas reales será transferible a vuestros herederos y a sus descendientes. Su Eminencia espera que proseguiréis la guerra, si la guerra sigue, y en cuanto tenga un momento disponible os llamará a su presencia para cumplimentar el valor y la abnegación del anciano y del niño; perdonadme, tales son sus propias palabras. El cardenal ya se había fijado en vosotros y había preguntado vuestros nombres.
«Además, está muy satisfecho de vos en particular, señor conde, porque no le habéis pedido otra recompensa que la ocasión de guerrear. He tenido la dicha de comparecer ante él a pesar de mi humilde condición y de hacerle el relato de los peligros que he corrido y de los que habéis corrido también, sin olvidar decirle que a los once años matasteis al asesino de vuestro padre; finalmente, le recordó que debía una noticia útil y grata a este joven tan listo como valeroso; ya estáis en buen camino, señor conde. A pesar de valer tan poco, os ayudaré con todas mis fuerzas si se vuelve a presentar la ocasión.»
Aunque el marqués tenía vivos deseos de presentarle al cardenal, Mario no quiso esperar el día eventual de la entrevista prometida. Después de dar efusivamente las gracias al abad Poulain -el cual decía confidencialmente, sonriendo, que ya se le podía dar este título-, Mario, feliz por la alegría que causaba a su padre y a Adamas el asunto del famoso marquesado, se echó sobre su cama, durmió unas horas, fue de nuevo a abrazar a sus compañeros y partió para Francia al despuntar el alba.
Mario hubiera querido devorar el espacio; a pesar de tener un caballo admirable, quiso correr la posta, pero las fuerzas le faltaron. En la batalla del Pas de Suze había sido ligeramente herido, aunque había ocultado cuidadosamente su herida. Como tenía fiebre, al llegar a Grenoble tuvo que meterse en la cama. Clindor vio con espanto que deliraba.
El pobre paje corrió en busca de un médico. No tuvo suerte; aquel médico empeoró la herida con sus ungüentos. Mario se puso muy mal. La impaciencia y el dolor de verse detenido agravaron su estado; Clindor se había decidido a enviar un mensaje al marqués, pero perdía la cabeza y envió aquel correo a Niza en lugar de enviarlo a Suze.
Una noche en que se desesperaba y lloraba delante de la habitación donde yacía Mario extenuado, creyó que le oía hablar solo y entró precipitadamente en la alcoba.
Pero no estaba solo; una figura delgada y pálida vestida de rojo se inclinaba hacia él como para interrogarle.
Clindor sintió miedo. Creyó que el diablo iba a atormentar la agonía de su pobre amo; buscaba fórmulas de exorcismo cuando a la débil luz de la lamparilla reconoció a Pilar.
Su miedo aumentó. Había oído la conversación que tuvo la gitana con Mario en Chaumont; por lo tanto, sabía que estaba enamorada de él. Creía firmemente que estaba poseída por Satanás, y como el miedo ejerció sobre él su afecto acostumbrado, que era el de valiente, se abalanzó sobre ella con la espada en alto y estuvo a punto de herir a Mario, a quien Pilar dejó al descubierto al evitar el golpe.
No pudo repetir su ataque. Pilar le desarmó, arrojándose sobre él con un ímpetu brusco e imprevisto.
-Estate quieto, loco -dijo-. No vengo a perjudicar a Mario, sino a salvarle. ¿No sabes que le amo y que su vida es la mía? Haz lo que yo te mande y dentro de dos días estará en pie.
Clindor, no sabiendo a qué santo encomendarse y viendo que las recetas del médico empeoraban el estado del enfermo, cedió al ascendiente de la gitana. A pesar del terror que lo infundía, Pilar tenía sobre sus sentidos un prestigio que él no se confesaba a sí mismo, pero al que no podía sustraerse. A ratos temblaba por confiarle la vida de Mario, pero obedecía pensando que la gitana le había embrujado.
La fiebre no era en Mario más que el resultado de la irritación nerviosa; un día de descanso hubiera bastado para curar su herida. Pero el médico le había puesto un ungüento curativo que producía en todo su cuerpo el efecto do un veneno; Pilar lavó y purificó la llaga.
Poseía aquellos secretos de los moriscos, a los cuales los cristianos de España recurrían en último recurso. Hizo beber al enfermo contravenenos eficaces. La pureza de la sangre y el hermoso equilibrio del organismo de Mario ayudaron al efecto de los medicamentos.
Aquella misma noche empezó a recobrar la razón; a la mañana siguiente ya no deliraba. Por la noche, aunque todavía estaba abatido por una gran debilidad, se sentía salvado.
En un arrebato de alegría, Clindor hizo, sin saberlo, una declaración amorosa a la hábil gitana. Ésta no le prestó la menor atención. Se ocultaba tras la cabecera de la cama para que Mario no la viese. Sabía que su aparición le turbaría.
A los dos días el enfermo se sentía tan fuerte que dio orden a Clindor de ir a comprar una silla de postas a fin de poder continuar el viaje. Clindor, viendo que era pronto todavía, fingió que no encontraba ninguna; entonces Mario le mandó que le trajese caballos.
Clindor estaba desesperado ante su obstinación; Pilar intervino. Mario estuvo a punto de recaer enfermo por la ira que sintió al verla y al enterarse de que le debía la vida. Pero se sosegó en seguida y le preguntó con dulzura:
-¿De dónde vienes? ¿Dónde has estado desde que me hiciste aquellas amenazas?...
-¡Ah! ¡Temes por «ella» -exclamó Pilar con una sonrisa llena de amargura-. Tranquilízate; no he tenido tiempo de ir allí; no iré si cesas de odiarme.
-Cesaré, Pilar, si renuncias a tu venganza; porque si persistes en tus designios, te odiaré tanto como odiaría la vida que me has devuelto.
-No hablemos de eso por ahora; puedes permanecer tranquilo aquí, puesto que mi presencia junto a ti te responde de todo.
Pilar tocaba el punto esencial de la situación; Mario se calmó y consintió en esperar su curación en Grenoble. Tuvo que consentir también en ver a Pilar a su lado. No podía pensar ya en entregar al rigor de la ley a la que acababa de salvarle y a quien más valía atraer por la dulzura. No se atrevía a irritarla con su desprecio, y a pesar de la invencible repugnancia que Pilar le inspiraba, se preocupaba cuando ella permanecía mucho tiempo fuera y se alegraba cuando la veía volver.
Al cabo de dos o tres días, aquel estado de cosas se hizo intolerable; Pilar era incapaz de hacer ningún razonamiento moral; sólo quería que la amasen. Describía su pasión con una elocuencia salvaje, pretendiendo y creyendo efectivamente que era un amor casto, porque no era gobernado por los sentidos, y sublime, porque tenía todo el fuego de una imaginación desordenada y de un despecho exaltado. Maldecía a Lauriana, asediaba a Mario con reproches amargos y hablaba sin pudor de su pasión delante del pobre Clindor, que se abrasaba ante el fuego de aquel volcán.
Mario no tardó en hartarse del papel ridículo que se veía forzado a representar. En vano intentaba convertir aquella naturaleza incapaz de amar el bien por el bien, incapaz hasta de suponer que Mario, ni nadie en el mundo, pudiese sentir de otro modo.
-Si no amases locamente a esa Lauriana -le decía con una inconsciencia espantosa-, me confiarías el cuidado de tu venganza, porque ella te ha despreciado y te despreciará siempre.
Al fin Mario pudo levantarse, y una tarde salió solo para probar sus fuerzas, sediento de aire y de libertad, resuelto a continuar su viaje aunque se viese obligado a mandar detener provisionalmente a Pilar o a permitir que ésta le acompañase.
Meditaba el plan que tendría que adoptar mientras subía lentamente, como atraído por las alturas, hacia el convento de la Visitación. De pronto una persona se detuvo ante él; Mario se detuvo, también.
Era una mujer, y a juzgar por su traje y su aspecto debía de ser noble; estaba vestida con sencillez; era bajita y fina; parecía hermosa y joven por lo que se adivinaba a través del antifaz negro que cubría su rostro, según costumbre de las mujeres de rango cuando salían de paseo.
Llevaba una caperuza de viuda y vestía un traje negro. Sus cabellos, de un rubio ceniza, formaban dos hermosas crenchas. Iba sola.
De lejos, la gracia flexible y casta de sus andares llamaron la atención de Mario; a medida que se acercaba, el color de su cabellera le emocionaba profundamente; quiso desechar la ilusión naciente, pero al hallarse junto a la desconocida la emoción y la duda volvieron a apoderarse de él.
Las mismas perplejidades parecían agitar a la dama enmascarada. Pasó devolviendo a Mario el saludo que éste le dirigía.
Mario anduvo unos pasos volviendo varias veces la cabeza y se detuvo de nuevo.
«Aun a riesgo de cometer una incorrección y de ser mal acogido -pensó-, quiero saber quién es esta mujer.»
Retrocedió rápidamente y se encontró de nuevo frente a la dama enmascarada, que retrocedía también. Dudaron aún y estuvieron a punto de alejarse como la primera vez, sin atreverse a hablar. Al fin, la dama se decidió.
-Perdonadme -dijo emocionada-; si no me engaña el parecido, sois Mario de Bois-Doré.
-¡Y vos sois Lauriana de Beuvre! -exclamó Mario con arrebato.
-¿Cómo es posible que me hayáis reconocido, Mario? -dijo Lauriana quitándose el antifaz-. ¡Ved cuánto he cambiado!
-Sí -dijo Mario encantado-; no erais tan hermosa.
-No os creáis obligado a ser galante -dijo Lauriana-. La muerte de mi padre, los sufrimientos de mi partido y la caída de todos los míos me han envejecido más que los años. Pero habladme de vos y de los vuestros, Mario.
-Sí, Lauriana; pero tomad mi brazo y conducidme hacia donde os alojáis, porque tengo que hablaros, y, al menos de que tengáis aquí una buena protección, no me separaré de vos.
La agitación de Mario sorprendió a Lauriana; aceptó su brazo y le dijo.
-Aunque quisiera, no podría conduciros ahora a mi refugio. Es aquel convento que veis en lo alto de la meseta. Pero podéis acompañarme hasta la puerta, y en el camino nos comunicaremos mutuamente lo que nos concierne.
Lauriana contó a Mario que después de la toma de La Rochelle no la habían dejado compartir el cautiverio de madame de Rohan, y entonces había querido volver al Berry. Pero se había enterado a tiempo de que el príncipe de Condé había dado órdenes para que la detuviesen de nuevo en el caso de que volviese a aparecer.
Una tía suya, la única pariente y amiga fiel que le quedaba, era superiora del convento de la Visitación de Grenoble; era una antigua protestante, que había entrado muy joven en aquella casa y se había dejado convertir. Pero había conservado una gran mansedumbre hacia los protestantes y llamó a Lauriana con cariño para ocultarla y protegerla hasta el final de la guerra del Mediodía. Lauriana halló allí algún descanso y mucha ternura.
Lo mismo que en el convento de Bourges, la dejaron tranquila. Por consideración hacia su tía, hasta fingieron ignorar que era disidente, y la dejaban salir sola y enmascarada para lleva, socorros y consuelos a los desdichados protestantes alojados en los arrabales.
-Lauriana -dijo Mario-, no debéis salir ni dejaros ver hasta que yo os lo diga. Por un milagro de la Providencia no habéis sido vista y reconocida por un enemigo peligroso; ya hemos llegado al convento; juradme por la memoria de vuestro padre que no saldréis de aquí antes de haberme vuelto a ver.
-¿Os volveré a ver, Mario?
-Sí, mañana. ¿Podéis recibirme en el locutorio?
-Sí, a las dos.
-¿Juráis no salir?
-Lo juro.
Esta vez Mario sintió alegría al ver la puerta del claustro cerrarse entre Lauriana y él; allí estaba en seguridad, si Pilar no la descubría. Exploró atentamente los alrededores del convento para cerciorarse de que la gitana no le había seguido. Sabía que era capaz de sacrificar a toda la Comunidad para vengarse de su rival.
Volvió a casa y no la encontró. Clindor no la había visto desde que su amo había salido.
Mario sintió renacer todas sus inquietudes. Volvía a dirigirse a la calle cuando oyó un tumulto que le hizo redoblar el paso. Vio que unos arqueros llevaban detenida a Pilar. Ella lanzaba gritos desgarradores y feroces, y cuando vio a Mario tendió hacia él sus manos suplicantes, con una expresión desesperada que le conmovió un momento.
-¡Ah, cruel! -exclamó-. ¡Eres tú quien hace que me encierren en un calabozo! ¡Este es el pago que das a mi amor y mis cuidados! ¡Infame! ¡Quieres librarte de mí! ¡Malditos!
Mario, sin contestar, interrogó al jefe de la patrulla que la llevaba.
-¿Podéis decirme si encarceláis a esta mujer por una noche, como vagabunda, o por mucho tiempo, como acusada de algún crimen?
Le contestaron que sólo se trataba de un delito. El médico que tan torpemente había asistido a Mario, descontento al verle curado por una aventurera, la había denunciado en términos que equivalían en aquella época a una acusación de ejercicio ilegal de la medicina, acusación que podía tener consecuencias mucho más terribles que hoy, puesto que podía complicarse con el crimen de brujería que aun los magistrados más graves tomaban en serio y castigaban con la muerte.
-Sea como sea -pensó Mario-, es necesario que esta peligrosa mujer pierda la pista de Lauriana.
Al día siguiente corrió al convento.
-Ya podemos respirar tranquilos -dijo a su amiga-, pero no confiarnos demasiado.
Y contó su extraña aventura con la gitana.
Lauriana le escuchaba atentamente.
-Ahora -dijo- lo comprendo todo. Vais a saber por qué sentí ayer tal emoción al veros y tuve la osadía de dirigiros la palabra sin estar segura de que fueseis vos. Vais a saber también por qué dudó al principio, creyendo ser víctima de una ilusión. Hace ocho días recibí mi anónimo lleno de insultos y amenazas donde me anunciaban que habíais muerto en la batalla del Pas de Suze.
Esta noticia me trastornó; os lloré, Mario, como se llora a mi hermano, y escribí a vuestro padre una carta que envié en el acto. Sin embargo, poco a poco la reflexión me inspiró dudas sobre el sospechoso aviso que había recibido, y cuando os encontré me dirigía precisamente hacia la ciudad para enterarme, a ser posible, de los nombres de los hidalgos que habían muerto en aquel combate.
Si el vuestro hubiera estado entre ellos, estaba decidida a ir a ver a vuestro padre para intentar consolarle en esta prueba mortal. Bien le debía esto, ¿verdad, Mario?, por todas las bondades que tuvo antaño conmigo.
Mario miraba a Lauriana y no se cansaba de contemplar su rostro alterado y sus ojos enrojecidos por un sufrimiento y por unas lágrimas cuya huella parecía reciente todavía.
-¡Ah, Lauriana mía! -exclamó besándole las manos-. ¿Entonces habíais reservado un poco de amistad por mí?
-Amistad y aprecio -respondió ella-; sabía que no habíais querido pelear contra los protestantes.
-¡Eso jamás! Y, sin embargo, nunca dije el motivo esencial de ello. A vos os lo puedo decir: no quería verme en el trance de tener que disparar contra vuestro padre o contra vuestros amigos. Lauriana, os he amado profundamente; ¿por qué las cartas que dirigíais a mi padre eran tan frías para mí?
-Yo también puedo sincerarme ahora con vos, Mario. Cuando nos vimos en Bourges la última vez, hace cuatro años, mi padre tuvo la idea singular de que fuésemos prometidos. El vuestro rechazó, y con razón, el proyecto de una unión tan desigual; y yo, un poco humillada por la ligereza de mi pobre padre, os anuncié repetidas veces proyectos de matrimonio en los que no podía pensar dadas las tristes circunstancias en que me hallaba. Al mismo tiempo mostraba frialdad para vos en mis cartas porque me sentía humillada ante la idea de que pudierais suponer en mí tales pretensiones.
«Sonriamos hoy de aquellas puerilidades y hacedme la justicia de creer que no pienso en ninguna clase de matrimonio. Tengo veintitrés años; ya es tarde para mí. Mi partido ha sido derrotado y cualquier capricho del príncipe de Condé puede confiscar mi fortuna. Mi pobre padre ha muerto, despojado por los azares de la guerra de los bienes que había conquistado en sus excursiones marítimas.
«Ya no soy rica, ni joven ni bella. Por mi parte, me alegro, porque así podré vivir cerca de vos sin que nadie pueda sospechar que aspiro a otra cosa que a vuestra amistad.»
Mario escuchaba a Lauriana confuso y tembloroso.
-Lauriana -le dijo fogosamente-, despreciáis mi nombre, mi edad y mi corazón al hablarme de ese lazo tranquilo de amistad que os sería fácil reanudar. Pero yo os digo: es tarde para la amistad. Siempre os amé santamente, y no creo amaros de otra manera, porque os amé con más pasión desdo que os perdí y desde que os he vuelto a encontrar.
«Yo también, Lauriana, he sufrido mucho, pero nunca he desesperado del todo. Ocultaba cuidadosamente mi dolor, y Dios me enviaba como un socorro, para no morir de pena, ráfagas de esperanza en Él y de fe en vos.
«Ella sabe -pensaba yo-, debe saber que si amase a otro me moriría; no lo hará; me amará a mí aunque sólo sea por bondad de alma. Soy un niño, pero puedo hacerme pronto digno de ella, trabajando mucho, conservando puro el corazón, teniendo valor, haciendo felices a los que me quieren y batiéndome bien cuando surja una guerra honrosa; ésta lo ha sido, ¿verdad, Lauriana? Y vuestro corazón no ha podido cambiar hasta el punto de amar a los españoles.»
-No, por cierto -contestó Lauriana-; y porque monsieur de Rohan ha querido esta alianza desatinada, vergonzosa y desesperada, yo aguardaba aquí el fin de los acontecimientos sin querer interesarme en ellos.
-¿Veis, Lauriana, cómo ya no nos separa nada? Si no soy tan bueno y tan sabio como quisiera ser, al menos creo que ahora sé tanto y puedo batirme tan bien como los jóvenes de veinticinco a treinta años que acabo de ver en el ejército.
«En cuanto a mi afecto, puedo responder de él por toda mi vida. No tendré mérito en ello; he nacido fiel y desde mi más tierna infancia me ha sido imposible encontrar amable y bella a otra mujer que vos; os entregué mi corazón desde el primer día que os vi. Nunca he podido acostumbrarme a vivir lejos de vos y nunca pasé un día en Briantes sin pensar en vos, tan pronto como abandonaba mis estudios. Lo que yo pensaba y os decía, hace ocho años, en aquel famoso laberinto, lo sigo pensando y os lo repito hoy:
«No puedo vivir feliz sin vos, Lauriana. Para ser feliz tengo que veros constantemente. Ya sé que no tengo derecho a deciros: ¡hacedme dichoso! No me debéis nada. Pero acaso vos seríais más dichosa conmigo que lo fuisteis con vuestro pobre padre y que lo sois ahora, sola, perseguida y obligada a ocultaros. No necesito que seáis rica; pero si tenéis interés en serlo, yo haré valer vuestros derechos en cuanto se haga la paz; os defenderé contra vuestros enemigos.
«Casada conmigo, dispondréis libremente de vuestra conciencia, y, al amparo de mi protección, rezaréis según os parezca. No lucharemos por nuestras creencias, como hacen el rey y la reina de Inglaterra. Si tenéis interés en poseer un título, sabed que mi marquesado está definitivamente autorizado. Yo no sé si sois bella y no lo sabré nunca; veo que habéis cambiado; estáis más pálida y más delgada que a los diez y seis años; pero para mí estáis más hermosa; y aunque no lo hubierais sido nunca, me parece que os habría amado lo mismo.
«Si la dicha de una mujer consiste en ser bella para el hombre a quien ama, amadme, Lauriana, y poseeréis esa felicidad. En fin, escucha, Lauriana mía, y déjame que te hable como antaño. Hasta ahora he tenido mucha resignación y mucho valor; no me quites la fuerza; si quieres un plazo para conocerme como amigo y como hermano, esperaré a que tengas confianza en mí. Si quieres que vuelva a la guerra, y tal es, en verdad, mi deseo, ven al campamento como hija adoptiva de mi padre. No te veré más que cuando tú lo desees; y si lo exiges, no volveré a verte hasta que me aceptes por marido. No nos abandones ya; con o sin tu amor, queremos ser siempre tu familia, tus amigos, tus defensores, tus esclavos, todo lo que tú quieras con tal de que nos permitas quererte y servirte.»
Lauriana estrechó las manos de Mario.
-Eres un ángel -le dijo-, y necesito mucho valor para rechazarte. Pero te quiero demasiado para unir tu brillante destino a mi destino doloroso; quiero demasiado a tu padre para causarle tal pena.
-¡Mi padre! ¿Es que dudas de mi padre? -exclamó Mario fuera de sí -. ¡Ah, Lauriana! ¿No has comprendido que el tuyo te engañó? Di que no me quieres, que no me has querido nunca...
En aquel momento se oyó un fuerte aldabonazo en la puerta del convento, y un minuto más tarde el marqués de Bois-Doré entraba en el locutorio y estrechaba alternativamente a Lauriana y a Mario entre sus brazos.
No había recibido el mensaje de Clindor, pero sí la carta de Lauriana, y como la paz había sido firmada y él regresaba al Berry, iba a buscarla al convento para llevársela a su casa. Se quedó muy sorprendido al ver allí a Mario, a quien creía ya en Briantes.
Se explicaron; luego Mario, lleno de emoción, dijo al marqués.
-Llegáis a tiempo, padre; Lauriana cree que no la queréis.
Las explicaciones prosiguieron. El marqués veía la agitación y el dolor de Mario y sonreía.
De pronto, Lauriana comprendió aquella sonrisa:
-¡Querido marqués! -exclamó ruborizada y temblorosa-, devolvedme la carta que os escribí cuando creí que vuestro hijo había muerto. Quiero que me la devolváis, no la enseñéis...
-No, no -contestó el marqués ofreciendo con aire burlón la carta a Mario-; no la verá nunca a no ser que me la arranque de las manos... cosa que es muy capaz de hacer, como veis...
-LXXIV-
La carta era breve y triste; Mario la devoró con la mirada, mientras que Lauriana ocultaba su cabeza en el hombro del anciano.
En un momento de dolor y de amargura, Lauriana había escrito: «Que siempre había amado a Mario desde su separación y que llevaría luto por él toda su vida.»
«Porque ahora -decía- es cuando me siento viuda de verdad.»
-No, mi querida Lauriana -le dijo el marqués quitándole su caperucita negra-. Nunca deseé otra hija que vos, y vamos a celebrar la boda en Briantes.
Puede suponerse la alegría que reinó en el castillo cuando vieron volver juntos a los caballeros de Bois-Doré con Lauriana, Adamas, Aristandre y hasta Clindor; éste, para librarse del hechizo de la gitana, se apresuró a cortejar a todas las mozas.
No podía celebrarse públicamente el casamiento de los amados hijos de monsieur Silvain antes de que Lauriana manifestase su sumisión al rey y consiguiese el perdón de éste, puesto que se había colocado en actitud rebelde en un momento de desesperación. Y a pesar de la influencia de monsieur Poulain, el rey fue inflexible mientras duró la Guerra del Mediodía con los protestantes.
Esta guerra, corta y sangrienta, fue el último aliento del partido como acción política.
«Después de la derrota de los hugonotes, Richelieu hizo jurar al hijo de Enrique IV que mantendría la libertad religiosa proclamada por su padre.» Entonces pudo ser presentada a Luis XIII la petición del marqués de Bois-Doré a favor de su nuera.
Con este objeto Mario fue en persona a Nimes, donde el rey acababa de hacer su entrada triunfal en compañía de Richelieu. Monsieur de Rohan había marchado a Venecia.
Mario consiguió que su mujer entrase en posesión de sus bienes, a pesar de la oposición del príncipe, que los codiciaba. El cardenal le recibió y le reprochó no haber tomado parte en la última guerra; Mario volvió a manifestar sus deseos de guerrear contra Italia, y al despedirle, Richelieu le dijo en voz baja, con una sonrisa encantadora:
-Os prometo que vuestros deseos se cumplirán, pero no digáis nada si no queréis que fracasen.
Mario vio al abad Poulain, que estaba muy cansado, pero satisfecho por tener un permiso de algunas semanas. Había servido a Mario con tanto celo, que éste le invitó a ir a descansar a Briantes y marcharon juntos; el abad gozaba de antemano, la satisfacción de celebrar públicamente el casamiento de los dos jóvenes.
Era a primeros de julio; cuando nuestros viajeros se pusieron en camino hacía un calor sofocante. El país que cruzaban había sido devastado por la guerra y no quedaba ni un árbol, ni una caña en pie.
Por orden del rey las tropas habían arrasado los alrededores de las ciudades rebeldes para rendir a los habitantes por hambre.
-Hace un calor atroz -dijo el abad a Mario-; el sol nos trata con la misma crueldad que nosotros hemos tratado a este pobre país.
-En verdad, señor abad -dijo Clindor, que gustaba de mezclarse en las conversaciones-, hay por aquí un olor a chamuscado bastante desagradable.
-Sí -dijo Mario-; alguna casa está ardiendo todavía detrás de aquella colina. ¿No veis el humo?
-Es poca cosa -dijo el abad-. Alguna cabaña. Confieso, señor conde, que estoy harto de tantos males. Antaño aborrecía a los hugonotes; ahora que están vencidos, hago como vos, los compadezco. He asistido al combate de Privas y os aseguro que los más sedientos de venganza pueden estar satisfechos.
-Ya lo creo -dijo Mario suspirando-. Pero ¿no oís gritos, señor abad? Debe de haber alguien en peligro. Vamos a ver.
En efecto; detrás de la colina de donde partía el humo se oían gritos, o más bien un solo grito prolongado, estridente, atroz; la duración de aquel grito lejano, que parecía el de un niño, impresionó al abad. Clindor no podía creer que fuese una voz humana.
-No, no -decía-; será el caramillo de algún pastor o algún cabrito que están matando.
-Es un ser humano que expira en la tortura -repuso el abad-. De sobra conozco este horrible grito.
-¡Corramos, entonces! -exclamó Mario-. Acaso lleguemos a tiempo para salvar a algún desdichado. Venid, venid, abad. La paz ya está firmada. Nadie tiene ya derecho a torturar a los hugonotes.
-Ya es tarde -dijo el abad-; ya no se oye nada.
El grito había cesado bruscamente y el humo disminuía; acaso se habían equivocado.
Sin embargo, espolearon los caballos, que no tardaron en llegar a la cumbre de la colina.
Entonces vieron, mucho más cerca de lo que esperaban, un grupo de aldeanos que se agitaba en torno de una hoguera casi apagada. Se dispersaron antes de la llegada de los jinetes. Solamente una vieja permaneció junto a las cenizas ardientes que removía con una horca como buscando algo; Mario llegó el primero ante aquel resto de hoguera que exhalaba un olor acre e insoportable.
-¿Qué buscáis? -preguntó-. ¿Qué es lo que se acaba de quemar aquí?
-¡Oh! Nada, lindo señor. Nada más que una bruja que nos hacía mal de ojo. Nuestros hombres han acabado con ella y yo remuevo las cenizas para ver si ha dejado su secreto en ellas.
-¿Su secreto? -preguntó Mario, sublevado por la sangre fría de aquella mujer.
-Sí; una cosa brillante que llevaba colgando del cuello -contestó la vieja-. La ha perdido al forcejear cuando la llevaban a la hoguera. Entonces ha gritado: «¡Ya no la tengo, estoy perdida.» Debe de ser un amuleto para garantizarse contra la muerte, y quisiera encontrarlo.
-Mirad -dijo Mario cogiendo una moneda agujereada que brillaba a sus pies.- ¿Es esto?
-Sí, sí, esto es, mi lindo señor. Dádmela; bien la he ganado soplando el fuego.
Mario arrojó a lo lejos la moneda con un movimiento de horror invencible; acababa de leer en ella su nombre grabado. Era el talismán de Pilar. Ya no quedaba de la gitana más que aquel testimonio de su fatal amor, algunos huesos calcinados y el olor acre a carne quemada que llenaba la atmósfera.
Mario, sobrecogido por el espanto y la compasión, se alejó rápidamente, sin querer dar la clave de aquel infernal enigma a Clindor, que le interrogaba. Y durante una parte de su viaje estuvo bajo la impresión dolorosa de aquel horrible encuentro.
Pero al llegar cerca del castillo se olvidó de todo, no pensando ya más que en la dicha de volver a ver a su querida compañera, a su amado padre, a su tierna Mercedes, a su paternal Lucilio, al prudente Adamas y al heroico carrocero; a todos aquellos grandes corazones, que, mimándole a cual más, habían conseguido hacer de él el ser más bueno y más amable del mundo.
La boda fue espléndida. El marqués abrió el baile con Lauriana que, feliz y repuesta de sus pesares, parecía tener la misma edad que Mario.
FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO