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Llanto de Venus en la muerte de Adonis

Juan de la Cueva

Adonis fue hijo de Cínaras, rey de los cipros, habido incestuosamente en su hija Mirra, cual dice Ovidio en el décimo de sus Transformaciones. Siendo Adonis mancebo de mucha gentileza, se enamoró dél la diosa Venus, de la cual el dios Marte estaba aficionado, y conociendo que por los amores de Adonis era desfavorecido y menospreciado de la diosa Venus, se transformó en un jabalí, y andando Adonis cazando cual tenía de costumbre en el monte Idalio, le salió el jabalí en que Marte se había transformado y le dio una herida en la ingle de la cual Adonis murió luego. Viendo la Diosa Venus muerto a su querido, con triste llanto conmovió a Júpiter y a los demás dioses a bajar a consolar a Venus, que después de muchas lágrimas lo volvió en una flor roja llamada anémone.

Llanto de Venus en la muerte de Adonis

    El llanto acerbo y muerte dolorosa,

el sentimiento triste y desventura,

las congojas del alma temerosa

y el joven en injusta sepoltura;

la hija del gran Jove poderosa

que en flor volvió la forma y hermosura

de su querido y deseado amante,

me inspira Apolo que en su lira os cante.

   Si vuestro ingenio alto y ecelente

admitiere mi canto doloroso

y el llanto de la diosa más potente

que habita el cielo de inmortal reposo,

verá bajar a Jove presidente

del celeste consilio poderoso

a Neptuno dejar cetro y gobierno,

y al dios tartáreo del horrible Infierno.

   Con ese claro nombre que engrandesce

a nuestra Iberia, patria esclarecida,

por quien su inmortal gloria resplandesce

en la dorada edad restituida,

favoreced la Musa, que os ofresce

lo que puede, y va a ser favorecida

de vos, dándole el paso a la alta cumbre

del que los orbes dora con su lumbre.

   Oh luz sidérea, honor del rico ocaso,

a quien rodea la encendida zona,

sacro retor del coro de Parnaso,

poseedor de Hipocrene y Helicona

no me falte tu amparo en este paso,

porque mi canto del amor pregona;

pierde la antigua enemistad, pues tienes

la venganza del caso que mantienes.

   Si en fuego ardiente se abrasó tu pecho

por la hermosa hija de Peneo,

tú descubriste de su madre el lecho

manifestando su adulterio feo;

si a tu hija encendió en amor estrecho

del monstro fiero con bestial deseo

ahora a Venus puedes ver arderse

y sin remedio en llanto deshacerse.

   Habiendo Venus ahincadamente

a su querido Adonis persuadido,

que perdiese el furor y el brío ardiente

que en perseguir las fieras ha tenido,

creyendo que en el ánimo valiente

puede el consejo a la ocasión venido,

así la diosa al joven persuadía

y mil graves peligros le ponía.

   Determinada de partirse al cielo

entre sus brazos a su Adonis prende

y vuélvele a decir: «dulce consuelo,

por quien mi alma en vivo amor se enciende,

huye, y recela algún adverso duelo

y de seguir las fieras te defiende.

Mira que me fatiga un espantoso

estímulo, que turba mi reposo.

   Todas las horas que al descanso obligan

éste y otros cuidados me desvelan,

éste y otros me turban y fatigan

y las entrañas de pavor me yelan;

no fuerza en mis dolores no mitigan

cuidando (ay, gloria) un mal que te recelan

las sombras portentosas que me espantan

y las horribles aves que me cantan.

   Éste cesa, con sólo persuadirte

que el uso de la caza trabajosa

es peligroso, y pueden mal regirte

flacas fuerzas en lid tan rigurosa;

bien puedes a mi ruego reducirte

y admitir el consejo de tu diosa

que no te ofrece a cosas imposibles

que lo fueran a fuerzas invencibles.»

   Puso la bella vista en el hermoso

joven, enternecida y suspirando,

mostrando un sentimiento congojoso

el de su alma, en él sinificando.

Volvió a decille: «amor, vida, reposo;

que no sigas las fieras te demando.»

Y con estrecho abrazo se despide

y encima de su carro el aire mide.

   Ida Venus, Adonis da la vuelta

al monte Idalio, y cerca su aspereza

tiende las redes y los canes suelta

y espárcelos por toda la maleza;

el arboleda estaba tan revuelta

que mal ejercitaban la destreza;

al fin, tras de su aliento rastreando

fueron un bravo jabalí alterando.

   Las cerdas erizadas, hace cara

a los monteros que tras él venían,

y con fiera braveza se repara

a los perros, que apriesa lo seguían;

arrimándose a un roble, en él se ampara,

mas desde fuera recio lo herían,

cuál con saeta, cuál con dardo agudo

en el pecho que pone por escudo.

   El monte deja, y sale al verde prado

siguiéndolo los diestros cazadores;

Adonis, que algo estaba desviado,

acude presto oyendo los clamores;

no baja río tan desenfrenado

de ecelso monte, ni los voladores

rayos, que arroja Júpiter al suelo,

ni la errante cometa por el cielo,

   cuanto en presteza el joven se adelanta,

que el viento precedía en la soltura,

que sin tocar al suelo con la planta

al prado sale y deja la espesura;

ve estar la fiera de braveza tanta

que le admira mirarle la postura,

cómo desvía al uno, al otro acude,

cómo al que llega hiere y lo sacude.

   El animoso Adonis acomete

al jabalí, que así se defendía,

y con brioso ánimo le mete

el venablo con diestra lozanía;

herido, contra el joven arremete,

y el joven, sin mostrarle cobardía

le aguarda, mas la fiera embravecida

le dio en la ingle una mortal herida.

   Penetróle la llaga rigurosa

que la ingle le abrió de parte a parte,

por do la muerte oscura y dolorosa

en él vino a ocupar la mejor parte;

el alma suelta sale presurosa,

y con divorcio natural se parte

del cuerpo el alma que sin vida deja

en la tierra, a ser tierra, y dél se aleja.

   Habiendo el corvo diente del cerdoso

jabalí, dado muerte al joven tierno

que tendido en el suelo polvoroso

estaba ya entregado al sueño eterno,

la idalia diosa, que el camino airoso

iba subiendo a su lugar superno

descuidada del caso sucedido

aunque no del recelo en que ha vívido.

   Yendo su vía, vio que se volvían

los cisnes que del carro le tiraban,

los unos, que a una parte revolvían,

los otros, que al contrario caminaban,

que con horror las alas sacudían

y en lugar de cantar grasnidos daban;

la diosa entendió bien que estas señales

pronosticaban venideros males.

   Los ojos vuelve adonde la memoria

tiene ocupada, y corazón cativo,

do tiene todo su contento y gloria

por quien se arde en dulce fuego vivo,

viendo que en esta vida no hay vitoria

ni bien a quien no turbe el mal esquivo,

con el recelo desto, en un instante

la vista envía a procurar su amante.

   Tiende los ojos donde amor se anida,

mirando ahora el monte, ahora el prado,

investigando aquesto embebecida

traía la memoria y el cuidado,

cuando a su vista, en nada detenida,

se presentó sin alma el cuerpo amado;

revuelve con presteza sacudiendo

el carro aéreo, al suelo decendiendo.

   Ahora, oh Musas del febeo secreto,

podéis dar vuestro aliento al canto mío,

que ya me falta, y hallo mi sujeto

débil, si no aspiráis con nuevo brío;

pues espíritu humano es sin efeto

al fin que aspiro y de cantar confío,

sí no os parecen cosas peregrinas

llorar humano lágrimas divinas.

   Celebrará mi verso el tierno llanto

de la madre de Amor, de amor cativa,

los ardientes suspiros, el quebranto,

el sentimiento de la muerte esquiva;

haré saber con espedido canto,

siéndome concedida el agua viva

los que en el llanto citereo estuvieron

y quién y cuáles su dolor sintieron.

   Deja el ligero carro en que iba al cielo,

que le parece tardo y perezoso,

y con veloz presteza baja al suelo

que su cuidado no le da reposo;

ardiendo en vivo amor y desconsuelo,

viendo el triste suceso doloroso

pasa por montes, prados, prestamente,

que amor es natural ser impaciente.

   Bien descuidada del infausto duelo

que veo, y que la muerte rigurosa

tan presto me privara del consuelo

con que vivía mi alma tan gozosa;

mas, ¿quién se fía en cosas deste suelo?

¿Por qué me descuidé? ¡Ay, alevosa

enemiga del bien del alma mía,

fiera contra mi dulce compañía!

   A mí puedo culparme de tu suerte

pues tuve corazón para dejarte,

yo meresco el castigo acerbo y fuerte

si la Muerte en los dioses tiene parte.

Eternamente lloraré tu muerte,

jamás podré olvidarme de llamarte

Adonis mío, y este dulce nombre

quede por gloria mía y tu renombre.

   Ningún contento me será agradable,

todo me dará pena y descontento,

siempre viviré en llanto miserable

en memoria del duro acaecimiento;

en voz fúnebre y verso lamentable

repetirá mí alma en triste acento

tu dolorosa muerte, Adonis mío,

y cantada del Austro al Bóreas frío.

   Bien podrá Febo no mostrar su lumbre,

Júpiter de su imperio ser quitado,

Proserpina habitar la ecelsa cumbre

del cielo, entre los brazos de su amado

y no acabarse la inmortal costumbre

de ser de mí tu nombre celebrado,

ay bello Adonis, ay Adonis mío

pues de mi alma hubiste el señorío.»

   Esto diciendo la ericina diosa,

sobre el cuerpo del joven ya sin vida,

del intenso dolor y ansia penosa

quedó con un desmayo amortecida.

La voz fue por la selva sonorosa

por la ligera Eco repetida,

que las hermosas Dríadas la oyeron,

y a ella las Nereides acudieron.

   Tuvo tal fuerza el llanto doloroso

que conmovió el oír el triste acento,

que dejando las diosas su reposo

viniesen al citereo descontento;

y así acudió con paso presuroso

de diosas, ninfas, faunos, el convento

a consolar la mísera tristeza

de Venus, en su angustia y aspereza.

   Cuál deja el hondo y espumoso río,

cuál el monte de árboles cercado,

cuál la labor, y cuál sin atavío

apriesa sale cual se halla al prado;

jamás se vio acudir tan gran gentío

de varias partes a ningún mercado

cuanto al llanto de Venus acudieron

que el prado y largas márgenes cubrieron.

   No vino por el aire al presto grito

del ave presa, tantas aves sueltas,

ni de estrimonias grúas el conflito

cuando con los pigmeos traen revueltas

ni en Roma se vio el número infinito

en el Anfiteatro, o en las vueltas

de Baco, o las de Fauna Bonadea,

cuanto acudió a la pena citerea.

   Los pastores dejaban la manada

por venir tras las ninfas congojosas,

los sátiros, la rustiquez dejada,

acompañaban a las bellas diosas;

toda la selva fue desocupada

y llena de las voces sonorosas

que todas dieron viendo a Adonis muerto,

sintiendo tiernamente el daño cierto.

   Ven la madre de Amor en aquel suelo

tendida, sin acuerdo ni sentido,

lloran de verla en su lloroso duelo,

alzan a una el llanto entristecido.

Las aves paran de su presto vuelo,

atrás los ríos su curso han detenido,

los vientos no soplaron, los ganados

el pasto olvidan de los verdes prados.

   Sienten de Adonis la inmatura muerte,

venlo sin vida, y a la idalia diosa

traspuesta del dolor soberbio y fuerte

contra el cual no valió ser gloriosa;

que a la fuerza de amor ninguna suerte

jamás se vio que fuese poderosa,

que ni aun el mismo Amor pudo librarse

de Sique, ni su madre reservarse.

   Sueltan al aire los cabellos de oro

y su fiero dolor y pena aumentan

viendo en el suelo el único tesoro

de Venus, y sus llantos acrecientan;

de los saltantes sátiros el coro

acude, y los pastores se presentan

con voces, que hiriendo las montañas

resonaban por bosques y campañas.

   Todo era angustia, todo era quebranto,

todos eran acentos dolorosos,

no se oye otra cosa sino llanto,

clamores, y suspiros congojosos.

Las ninfas, desviadas de su canto,

del arco, danza, y juegos amorosos

andaban por el prado discurriendo

ejercicios tristísimos haciendo.

   Los retejidos corros olvidaban,

la suelta ligereza no seguían,

el corvo arco no lo ejercitaban

ni a la silvestre caza acometían;

todo ya por odioso lo dejaban,

todo sino el llorar aborrecían,

llamando a voces a su bella diosa

que traspuesta en su mal no oye cosa.

   La triste y melancólica Angerona

diosa de la tristeza, estaba a un lado

y un mudo son en un gemido entona,

los dos labios sellados de un candado.

La rica Flora y cordial Pomona,

el ánimo de entrambas lastimado,

sintiendo el caso y llorando el daño

del dañado culpaban el engaño.

   Resonaba en el alto firmamento

el llanto, por los aires esparcido,

a todas partes en confuso acento

andaba haciendo horrísono ruido;

arrebata la voz el presto viento,

tracendiendo los aires ha herido

en el trono de Júpiter tonante,

donde Eco la hace resonante.

   El padre Jove, que del caso horrendo

estaba descuidado, y de la pena

que la querida hija está sufriendo

de todo su contento y bien ajena,

en su celeste audiencia proveyendo

lo que su inmensa providencia ordena,

así en las cosas del humilde suelo

o en las que tocan al sublime cielo,

   vuelve aquel rostro con que la fiereza

del fiero viento hace sosegarse,

y del airado mar, que con braveza

suele a las altas nubes levantarse;

ve la madre de Amor en la graveza

del soberbio dolor, sin remediarse;

gime el suceso en el oculto pecho,

siente ver a su hija en tal estrecho.

   Ve los campestres sátiros y diosas

andar haciendo miserable llanto;

ve las cerúleas ninfas congojosas

y las silvestres en fúnebre canto.

Júpiter, suspendido en estas cosas,

triste que Venus sienta aquel quebranto,

determina bajar en presto vuelo

al suelo, a consolar el triste duelo.

   Ya los tiernos suspiros habían ido

al hondo Huerco do Plutón reinaba;

siendo ya el triste caso dél sabido

dejando a Proserpina caminaba;

porque no era el término cumplido

de los seis meses que con él estaba

con tierno abrazo della se desparte

y del horrible reino apriesa parte.

   Guían al rico dios las infernales

Euménides, el Sueño y la Pereza;

la Codicia inmortal de los mortales

y el Avaricia llena de tristeza;

los odios, las venganzas, y los males

que trae la hambre de adquirir riqueza,

y todas las miserias que en el mundo

atormentan y llevan al profundo.

   El gran Neptuno y el cerúleo bando

de tritones y ninfas salen fuera,

todos en tristes lágrimas mostrando

de Venus el dolor y pena fiera;

el ancho prado ya venía ocupando

de Baco la compaña placentera,

coronada de pámpanos, corriendo,

unas veces llorando, otras riendo.

   Iba el viejo de Nisa, el dios Sileno

con su gran vientre y ojos adormidos,

llorando como propio el mal ajeno

dando, tras un ¡ay!, otro, y mil gemidos;

de netáreo licor un frasco lleno

(que el olor regalaba los sentidos)

llevaba junto a sí, con que mojaba

la lengua que el calor le desecaba.

   Los sátiros que en torno del jumento

iban acompañándole, volvían

a mirar el lloroso sentimiento,

casi dando a entender que lo sentían.

Yendo en este confuso movimiento

por el camino a que su intento guían

llegó Momo diciendo: «oh, ayo amado,

del que de vides anda coronado:

   ¿Adónde haces por aquí camino

con mustio rostro y con semblante triste?

Si desto, oh padre, me hicieres dino,

te diré la ocasión que así me viste.

Mira cual voy en traje peregrino

del que usé siempre, y tú me conociste,

por ver si aplaco por tan nuevo modo

a Jove, a quien odioso soy en todo.»

   Reconoció la voz y abrió los ojos

Sileno, y como vio al pungiente Momo,

dijo: «¿de qué proceden tus enojos

que yo a mi cargo su remedio tomo?

Bien sabes que te puedo dar despojos

del que dijiste, y que sus fuerzas domo;

y con este seguro, dime presto:

¿qué ha sido la ocasión que así te ha puesto?»

   Dio un gran bostezo y la cabeza inclina

sobre el pecho, y volvió a decir: « ¿qué aguardan

los míos?, ¿en qué ocupan la divina

bebida?, ¿para cuándo nos la guardan?»

Al punto, cada sátiro camina

(que un solo instante en acudir no tardan)

con frascos, y otros vasos revertiendo

el nisio humor, que él se venía moviendo.

   Tomó Sileno un frasco, y Momo apaña

otro, y a una entrambos comenzaron

con un sediento ardor y un ansia estraña,

que con ser propia en ellos, se admiraron;

dábanse a su labor tan buena maña

que aún al resuello el paso le negaron,

y como por estorbo lo tenían

felicemente sin cesar bebían.

   Como acabasen la porción vinática,

Sileno respiró y dijo: «amigo,

diestro estás en la vídica gramática

que yo con todos mis alumnos sigo;

y volviendo a la ya dejada plática

quiero saber adónde va contigo

tanto enlutado y qué te enluta tanto,

porque me da la novedad espanto.

   Yo voy, cual ves, por este prado ahora

con lento paso y con aspeto triste

a donde Venus a su amante llora,

que es decir donde voy cual me pediste;

tú, que por horas crece y se mejora

de tu dolor el ansia que dijiste

que te acrecienta, el odio del potente

Jove, aguardo a saber atentamente.»

   Levantó (Momo) el ala del sombrero

respondiendo: «oh Sileno, quién tuviera

la lengua de aquel nuncio palabrero

que estima el regidor de la alta esfera

mas ya que me acompaña este grosero

modo, y es fuerza en él que te refiera

los festivos sucesos que a mi cuenta

están de pesadumbres y de afrenta,

   oye con atención la nueva historia

por ventura de ti jamás oída,

y aunque es verdad que aflige mi memoria,

tal vez la veo de gozo enriquecida;

sabrás, que en menosprecio de mi gloria

el aula de los dioses conmovida

pronunció que del cielo me lanzasen

y de estar entre ellos me privasen.

   La causa fue que el hijo poderoso

de Saturno, mandó subir al cielo

todos los dioses con deseo amoroso

de complacer a Juno su consuelo,

convidando a un banquete suntuoso

que admiración pusiese a los del suelo

y a los que se concede en su presencia

el néctar por honor o perminencia.

   La fama desto divulgó la Fama

con sus cien lenguas de metal nombrando

a quien la permisión de Jove Dama

para su lauta mesa convidando.

Yo, como sé del modo que me ama,

saber quise a quién iba señalando

y dijéronme: Momo, a ti te escluyen

del banquete y de ti los dioses huyen.

   Cuando hirió tal voz en mis oídos

se me anudó la lengua a la garganta,

prívame el sentimiento los sentidos

y de horror el cabello me levanta;

en suspensión mis pasos detenidos

sin poder resistir congoja tanta

caí, donde juzgara quien me viera

que estaba muerto, si morir pudiera.

   Estando de la suerte que te digo

un grande espacio, al fin volví en mi acuerdo

dando voces a Jove, mi enemigo,

y todos mis agravios le recuerdo;

desafiélo a pelear comigo

diciendo (pues por ti la gloria pierdo):

¿Donde tantos adúlteros se alojan

no cabe Momo, y sólo dél se enojan?

   ¿Qué estrupo o qué maldad no se comete

de ésos tus aliados, Jove fiero?

Cuál en la piel de un sátiro se mete,

cuál en un lince y cuál en un carnero,

estos son dinos de ir a tu banquete,

estos tendrán asiento en lo primero;

Momo es el malo por decir verdades

ellos son buenos por hacer maldades.

   Estando en este frenesí encendido

se resfrió la cólora herviente,

reducí la razón que había perdido

y entender quise la razón urgente,

por donde me vía ser aborrecido

de los dioses y Júpiter potente;

y acordéme que fue de mis enojos

no mi lengua la causa, mas mis ojos.

   Sabrás que un día, entrando descuidado

en donde Juno tiene su aposento,

sin saber de quién pude ser llevado

presente me hallé en su acatamiento

estaba el bello espíritu entregado

al cimerio dulzor», sin ornamento,

tendida en su regalo y blanda cama,

que el regalado en ella, adora y ama.

   Estaba, cual la vio el pastor ideo

en Ida con las otras bellas diosas

cuando aspiró a salir con el trofeo

de más hermosa que las dos hermosas;

quedé cuando la vi cual hoy me veo,

estimulado de ansias pavorosas,

convertido en un Bato, sin moverme,

sin discurso ni ser para valerme.

   Embelesado cual te digo estaba

y ella durmiendo con descuido y gusto,

bien ajena del bien que yo gozaba

que le sobresaltó con tal desgusto,

porque abriendo las luces que cerraba

el blando sueño, y viendo el caso injusto,

dejó salir la voz, con altas voces

llamando a sus sirvientes, a los dioses.

   Con la mayor presteza que te puedo

sinificar, huí de su presencia,

prestando alas a mi fuga el miedo,

ayudando a la presta diligencia;

púseme en salvo vitorioso y ledo

sin aguardar a nueva competencia;

quedó el suceso sin saberse oculto,

que fue encubrir la culpa del insulto.

   No se trató más desto, y llegó el día

del convite aplazado en que a mí sólo

con tanto menosprecio me escluía,

que fue más que justicia un falso dolo;

estimé en tanto esta deshonra mía

que fuera déste al otro opuesto polo

peregrinando, por vengar mi ofensa

en quien más libre y más señor se piensa

   Apercebí con este sentimiento

un gran saco de pulgas, y escondido

debajo de mi manto, y con gran tiento

al punto conveniente apercebílo;

subí, y estaba Apolo en su instrumento

echando de gloriosa, en alto estilo

a los dioses y diosas celebrando,

y Mercurio con sueltos pies danzando.

   Viendo que estaban en la voz y danza

ocupadas las vistas, fui llegando

poco a poco a la mesa, y sin tardanza

le fue las pulgas a sus pies largando;

tendiéronse, y con libre destemplanza

en unos y otros su costumbre usando;

que ni a ojos ni a rostros perdonaron

ni a partes reservadas reservaron.

   Cuando los dioses tal ardor sintieron

en sus cuerpos, dejaron los escaños

y de las mesas con pavor huyeron

sin conocer la causa de sus daños;

la vista todos contra mí volvieron

con semblantes y zuños tan estraños

que el mismo reino del horror temblara

como yo, sin osar alzar la cara.

   Ellos, en su congoja fatigados

cual yo en la mía, aunque riendo dellos,

cuán sin concierto y cuán desatinados

andaban, y cuán fuera de entendellos;

daban voces, tomaban denodados

armas, para en su honor satisfacellos;

las diosas se quejaban y gemían

y venganza a los dioses pedían.

   Viendo el riesgo a los ojos, pavoroso,

puse en los pies mi último remedio

y huí de entre todos presuroso

así eligiendo mi seguro medio.

Jove dijo: él se va vitorioso

de todos, pues teniéndolo aquí en medio

no fuimos poderosos de estorballe

la ida, y dinamente castigalle.

   Mas ya que ahora en libertad se puso,

Mercurio, ve y di que lo destierro

del cielo, y que el terrestre y mortal uso

siga, y que en sus márgenes lo encierro.

De la suerte que Jove lo dispuso

lo ejecutó Mercurio, y por mi yerro

quedé del alto cielo desterrado

y en infame bajeza condenado.

   Y viendo esta ocasión que a Venus tiene

rendida a su dolor, junté esa gente

del Parnaso, que a honrar comigo viene

con luto y versos la ocasión presente.

Esto hago por ver si se contiene

Jove, del odio que me muestra ardiente,

por ver si puedo así lisonjeallo

en celebrar el muerto y alaballo.»

   «Bien haces -respondió Sileno-, y vamos,

que la hora nos llama y apresura,

y más en la sazón que deseamos

para probar en Jove tu ventura;

y pues vemos el puesto que buscamos,

con diligencia la deidad procura

que en gozo tiene de volver tu pena,

y ve en paz, que el fúnebre clamor suena.»

   Despidiéronse, y Momo fue derecho

adonde Venus desmayada estaba,

de su insignia contento y satisfecho

que era lo que a su intento le importaba.

Mostró el semblante, que al doblado pecho

tanto llanto y gemido lastimaba,

admirado de ver los que acudían

y lo que al funeral apercebían.

   Ya la fúnebre flauta congojosa

convidaba a llorar la muerte indina;

todos cercaban a la cipria diosa

y a ella, el que más puede se avecina;

arde el ciprés en llama codiciosa,

apareja la tumba Libitina,

ya las ninfas las reses degollaban

y al fuego ardiente las entrañas daban.

   Humean los altares, arde el fuego

en los sacrificados animales;

acude a ver el humo el vulgo ciego

y a consultar agüeros y señales.

Todo anda envuelto, todo sin sosiego,

las ninfas y las diosas celestiales,

los semideos, faunos y pastores

celebran las obsequias con clamores.

   En esto andaban todos vacilando

cuando el satúrneo Júpiter en vuelo

(con todo su celeste y sacro bando

de moradores del sublime cielo)

ante Venus se muestran, que olvidando

todas las cosas en su desconsuelo

está transpuesta, del dolor crecido

ya sin aliento, ajena de sentido.

   El movedor del sidérea altura

viendo la hija en tal estado puesta,

con grave afeto siente el ansia dura,

y el dolor que la tiene así transpuesta;

y para remediar su desventura

toda su inmensa providencia apresta;

mas viendo que otro dios hizo este hecho

entiende que el remedio es sin provecho.

   Que ya una vez el alma libre y suelta,

como hubiese gustado del Leteo,

imposible sería dar la vuelta

al mundo a ver el resplandor febeo,

que entre desnudas almas ya revuelta

andaría vagando, con deseo

que la gran madre al cuerpo dé hospedaje

por no aguardar cien años el pasaje.

   El hijo de Saturno revolviendo

esto consigo, en su oculta mente

mil diversos remedios proveyendo,

aunque ninguno al caso conveniente:

porque el mejor en este mal horrendo

es inviolable ley que no consiente

lo que hacía entre los dioses uno

que lo pudiese deshacer ninguno.

   Esto advertiendo Jove, no podía

tornar a nueva vida al joven muerto

que bien claro del hecho conocía

que fue Marte el autor del desconcierto;

porque el amor que a Venus le tenía,

por quien tenía el corazón abierto,

no podía estorballo de otra suerte

sino con darle a Adonis cruda muerte.

   Por esta causa, ardiendo en ira y celo,

viendo menospreciarse de la diosa,

quiso privar a Venus de consuelo

con darle a Adonis muerte rigurosa.

El regidor del inmutable cielo,

poseedor del cumbre luminosa,

por dar remedio a la amorosa madre

tocó la mano el poderoso padre.

   El desmayo tristísimo desecha,

y vuelta en sí, a Jove conociendo

ante sus pies con mil suspiros se echa,

lágrimas congojosas despidiendo;

imagina que aquello le aprovecha,

y aquello irá su bien restituyendo;

que el deseo al que ama es engañoso

para emprender lo más dificultoso.

   Alza la voz diciendo: «oh padre caro,

¿qué razón puede haber que tal olvido

tengas de los que esperan en tu amparo

y con él en sus daños se han valido?

¿Por qué diste lugar que el Hado avaro

me hubiese de tal bien desposeído,

privando al joven cinareo de vida

y de contento a Venus tu querida?

   ¿Qué premio esperaré de tu clemencia?

¿Qué bien puede tu gran poder hacerme?

¿Qué puede en mí hacer tu omnipotencia

sí en tal dolor no fuiste en guarecerme?

¿Este remedio das a la inclemencia

de mi mal? ¿Esto ha sido socorrerme?

¿Este es el galardón que prometiste

cuando la suerte celestial me diste?

   Cuán confiada en tu favor vivía,

cuán sin temor gozaba mi contento,

cuán sin recelo desta triste vía

andaba mi gozoso pensamiento.

Ay, padre mío; ay, fortuna mía,

que así mí gloria convertiste en viento,

sin que deidad ninguna contrastase

al duro Hado y su querer mudase.

   Sólo me resta el nombre glorioso

de ser nombrada y dicha hija tuya,

este solo renombre es poderoso

para que toda adversidad destruya;

con esto, y con tu aliento valeroso

no habrá fortuna que de mí no huya

y yo quede contenta y vencedora

de la suerte (ay de mí) que me veo ahora.

   El Hado fiero y la invidiosa muerte

quisieron destruir mi bien y gloria.

Con ser tu hija y celestial mi suerte

no por eso dejaron su vitoria.

Si había de pasar dolor tan fuerte

no me hicieras de inmortal memoria,

nombrándome por diosa entre las diosas,

pues no me reservabas destas cosas.»

   Habiendo sus querellas concluido

la triste diosa en su dolor presente,

su razón con silencio ha interrumpido

por que responda el padre omnipotente.

Momo, que atento estaba, habiendo oído

la querella de Venus, dijo: «siente

con sus quejas las mías, padre eterno,

con divina piedad y pecho tierno.

   Bien sabes que jamás tuve mal trato

contra ti, aunque el vulgo se deslengua

llamándome traidor, sin ley, ingrato,

y cuanto quiere en vituperio y mengua.

Siempre contra mí tocan a rebato

porque me alargo un poco de la lengua,

que es la falta que tengo, y no es tan grande

para que tanto el vulgo se desmande.

   Por esto me destierras, y me apartas

de estarme gloriando en tu presencia,

sin que ningún bien otro me repartas

cual hace a los demás tu omnipotencia;

por ver si de tu odioso ardor te hartas

vengo con esta insignia y aparencia

de sentimiento, por la infausta muerte

de Adonis, por servirte y complacerte.

   A deplorar su muerte soy venido

con toda esta musaica compañía;

óyela con piadoso y grato oído,

oirás cuanto hay que oír en la poesía;

que Mercurio, a quien esto es remitido

de seguir con ardiente lozanía

la fiera, y de las voces que fue dando

está ronco, y de estar aquí llorando.

   También dicen que Marte era la fiera

que al cipro joven le quitó la vida,

y que Mercurio sin saber quién era

le fue siguiendo con veloz corrida;

el jabalí, en furor ardiente espera

en su forma, dejando la fingida,

y que Mercurio cuando vio el denuedo

del tracio dios, enronqueció de miedo.»

   El arcadio cilenio, ardiendo en ira

fue a responder, y Jove dijo: «vete,

vete de aquí, que el vulgo que te mira

un horrible castigo te promete;

no aguardes más, que todo se conspira

contra ti, y a las armas arremete.

Vete, profano Momo, y no respondas

o haré echarte en las marinas ondas.»

   Levantóse un clamor diciendo: «vaya

el enemigo a todos los del cielo.»

Momo, oyendo la voz, tiembla y desmaya

y con pies prestos va midiendo el suelo.

Acudió el hijo de la bella Maya

y al alboroto hizo alzar el vuelo;

sosegó todo, y Jove en voz suave

a Venus dice en su congoja grave:

   «No fui de ti jamás tan olvidado,

ni tus penas me dan tan poca pena

que dellas viva un punto descuidado,

pues lo que a ti te aflige, a mí me pena;

ni me ofende tan poco tu cuidado

cual tu razón, sin ella me condena,

que a la necesidad despareciese

ni al Hado sobre ti poder le diese.

   Bien sé que de mí entiendes otra cosa,

y que la pena del dolor presente

te hace contra mí ser sospechosa,

aunque razón en ello no consiente;

a la ocasión de estar triste y llorosa

no te quiero decir que estuve ausente

pues no hay cosa que haga de mi ausencia

ni parte que no ocupe mi presencia.

   Mas quiérote advertir, hija querida,

que de la causa y caso miserable

que a triste sentimiento te convida

tiene la culpa el Hado incontrastable;

el cual, luego que el hombre tiene vida,

el límite le pone irreparable,

sin que deidad ninguna pueda darle

un punto más de vida, ni quitarle.

   Mira si Apolo evitó la suerte

que contra el hijo el Hado disponía,

que con mi propia mano le di muerte,

cual en su suerte el Hado proveía.

¿Qué te podré decir de Alcides fuerte?

Con ser mi hijo, no fue suerte mía

remediarlo del fuego riguroso

que en él dispuso el Hado glorioso

   El poderoso Hado tiene parte,

ninguno si no es él tiene derecho,

y así puedes a él solo querellarte,

aunque ya son tus quejas sin provecho.

A ti puedes con más razón culparte,

que no te preveniste antes del hecho,

con vivir recatada y temerosa

que no le sucediese adversa cosa.

   Y pues ya remediallo no es posible,

consuela tu lloroso desconsuelo,

que no hay dolor ninguno tan terrible

que deje de admitir algún consuelo;

ya que tu dura pena es insufrible,

no permitas que sea inmortal el duelo;

sea tu refrigerio al descontento

que vamos juntos al celeste asiento.»

   Cesó el gran movedor de los Triones,

a la acidalia Venus consolando,

si consuelos consuelan las pasiones

de un alma que en amor se está abrasando;

la cual, condecendiendo a las razones

del que en hombres y en dioses tiene mando

se vuelve al joven ya entregado en muerte

y en una flor purpúrea lo convierte.

   Al punto, el prado pareció cubierto

de rojas amapolas producidas

de la sangre real del joven muerto

al nombre suyo desde allí ofrecidas,

porque sabiendo su misterio cierto

fuesen con reverencia conocidas,

trayendo su principio a la memoria

cual dio Venus al cuerpo nueva gloria.

   No quiso que la tierra poseyese

el cuerpo que su alma poseía,

ni que sus bellas carnes consumiese

así cual hace cuantas cosas cría;

y porque ufana dél no se atreviese

juntar otra titánea compañía,

que provocase a guerra el alto cielo

y de sangre tiñese el mortal suelo.

   Esto movió a la citérea diosa

volver en flor a su querido amante,

y moviendo la lengua gloriosa,

dice a las diosas que tenía delante:

«Oh ilustre compañía religiosa

y la demás terrestre circunstante:

yo os ruego que tengáis en la memoria

este día en que tuvo fin mí gloria.

   Y desde hoy más, en religioso oficio

mi Adonis honraréis en este prado

con eterno y solene sacrificio

que sea en el mes de Julio celebrado;

esto, en el nombre suyo y mi servicio

aqueste aniversario sea guardado,

donde todos lloréis la triste muerte

de bello joven de tan alta suerte.

    Y rodeando el túmulo funesto,

funestos versos andaréis cantando,

y el alma ilustre honraréis con esto

que en los Elíseos vive reposando.

Y tú, mi Adonis, que en mi alma puesto

quedas, quédate en paz ya descansando;

vale, mi Adonis; vale, mi consuelo;

vale, mi Adonis, gloria deste suelo.»

   Esto diciendo, el carro se levanta

tirado de los cisnes sonorosos,

y con presteza tanto se adelanta

que precede los vientos presurosos.

Las diosas quedan en angustia tanta,

que vuelven a sus llantos dolorosos

y las ninfas renuevan sus querellas,

y el cielo hieren con las voces dellas.

   Ida Venus, las ninfas y las diosas

convocan a los faunos y pastores

que esparzan por el suelo frescas rosas,

do murieron de Venus los amores;

y dejando las lágrimas piadosas

suban la tierra en alto con sus flores,

haciendo un alto túmulo, y se escriba

este epitafio en una piedra viva:


Epitafio

Aquí en este lugar la dura muerte

al bello Adonis despojó de vida,

que viviendo alcanzó tan alta suerte

que fuese Venus de su amor vencida.

Y en flor sin fruto ahora se convierte

al que le fue tal suerte concedida;

porque se entienda que el mortal contento

es frágil hoja que arrebata el viento.

Fin del Llanto de Venus por la muerte de Adonis.