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Literata y reina

Concepción Gimeno de Flaquer

La reina de Rumanía

Los pueblos que tienen aficiones literarias son los más cultos y florecientes y los menos viciosos. La literatura marca la fisonomía y el carácter de una nación, sus glorias y vicisitudes, reflejando no solo sus costumbres sino hasta su clima y su ciclo. La Grecia antigua tiene más vida y juventud que la moderna, porque la hacen renacer las grandes obras de sus artistas y poetas. No se ha extinguido todavía la veneración que nos inspiró el pueblo clásico de la belleza, porque lo contemplamos a la luz de su pasado esplendor artístico. Un solo libro ha dado más importancia a Portugal que las grandes hazañas, las atrevidas empresas y los importantes descubrimientos de sus guerreros y navegantes. El poema de Camõens enalteció a Lusitania, y por eso se le rinde en Lisboa un culto al egregio poeta, que no se le tributa al mismo Vasco de Gama. La literatura es la manifestación intelectual de la humanidad, la más alta expresión del pensamiento, la educadora de los pueblos, la escala del progreso, el termómetro de la civilización. Los príncipes de nuestros días han comprendido que la inspiración es sagrada; que cultivar las letras es glorioso, y por eso han hecho de la pluma un timbre nobiliario. Escribir en letras de molde es en nuestro siglo tan aristocrático, como lo era entre los barones de la Edad Media el no saber firmar. Los individuos de regia estirpe aumentan hoy la lista de nuestros literatos. No hay princesa que no escriba sus memorias, sus impresiones, el diario de su vida o algún cuaderno epistolar si no puede brillar en la novela, en la poesía o en el libro científico.

La reina de Rumanía se enorgullece, y con razón, mucho más de su talento que de su trono. Desde que los reyes ya no lo son por derecho divino, la inteligencia es la primera jerarquía, porque la inteligencia es realmente un destello de la divinidad.

Con el seudónimo de Carmen Silva es conocida y admirada en todos los pueblos de ambos continentes la ilustre princesa y literata Isabel, hija del príncipe Hermann Wied y esposa del rey Carlos I de Rumanía. El seudónimo elegido por la reina es sumamente poético y muy propio para una mujer que cultiva las letras. Carmen significa en latín: verso, poesía o poema; y Silva es un metro libre que le permite al poeta versificar sin restricciones.

La excelsa escritora nació a orillas del fantástico Rhin que ha dado origen a tantas leyendas; la princesa Luisa de Wied, su abuela, fue eminente poetisa; un tío suyo, el príncipe Maximiliano, es celebrado como gran naturalista, y su padre goza de gran reputación entre los filósofos alemanes. Isabel cultiva la pintura y la música, pero la literatura le ha tejido una guirnalda que ennoblece su frente más que la regia corona.

Carmen Silva tiene la gloria de haber visto premiadas algunas de sus obras en público certamen. La última de ellas está escrita en antigua lengua provenzal.

Carmen Silva aboga por la emancipación de su sexo, es exaltada defensora suya, y pide para la mujer una instrucción más completa que la que ha recibido hasta hoy.

La egregia dama escribe de una manera franca y valiente, expresando sus ideas con claridad, energía y precisión.

Dirigiéndose a los hombres para refutarles la rutinaria y manoseada preocupación de la debilidad de la mujer, les dice:

Debe la mujer resistir al amor, sufrir los dolores del parto, dividir con vosotros las penas, educar los hijos, dirigir la vida doméstica, ser bella eternamente, amable y buena y ¡os atrevéis a hablar de su debilidad!


¡Vigorosa idea expresada con sencillez y sobriedad!

Con gran laconismo encierra Isabel de Rumanía un profundo pensamiento en la siguiente frase: «Si dudáis de la verdad de un sentimiento, preguntad a una mujer ilustrada, ella los conoce todos».

¡Convincente argumento para anonadar a los que afirman que la instrucción extingue los sentimientos en el alma de la mujer!

Una de las mujeres más ilustradas y de más viril inteligencia fue Jorge Sand, y sin embargo no ha habido mujer más exaltada en sus amores que ella: tanto, que si hubiera existido en tiempo de Jesucristo, habría inspirado al Divino Redentor la frase que le inspiró la Magdalena.

Es una vulgaridad creer que las mujeres extraordinarias no saben sentir; en las mujeres superiores la llama del genio se enciende en el cerebro y en el corazón. Son en ellas tan volcánicos, tan impetuosos los sentimientos, que si no les opusieran el dique de la razón, se desbordarían. No ama más la mujer que da rienda suelta a sus pasiones, sino la que tiene el valor de avasallarlas.

La mujer vulgar solo siente con el instinto; la mujer superior esmalta sus afectos con todas las filigranas del sentimiento, con todas las delicadezas que tan interesantes hacen los grandes amores. No, mil veces no: no se desarrolla la inteligencia en la mujer a expensas del corazón. La mujer se halla dotada por la naturaleza en eminente grado de todas las facultades afectivas; elevad a la mujer por medio de la instrucción, y esas facultades serán lo que el diamante pulido por la mano del lapidario.

La reina de Rumanía, inteligente, tierna, virtuosa y bella, es un pensador de alto vuelo como puede verse por los siguientes aforismos que han brotado de su pluma cuando esta se ha ocupado de la familia. «Los hijos del amor (dice) son en general bellos e inteligentes».

Esta es una crítica velada y púdica acerca de los enlaces por cálculo o conveniencia.

El marido no debería nunca dejar de hacer la corte a su mujer.

¡Breves palabras que encierran todo un tratado de filosofía para la vida privada! Un escritor contemporáneo ha dicho en un acreditado periódico al hablar de la reina de Rumanía:

En esta mujer extraordinaria, el cuerpo y el alma se corresponden. Es alta, bien formada, antes delgada que gruesa, y en sus movimientos todos revela una elegancia suprema, que no es solo la elegancia de la mujer aristocrática, sino la aristocracia de una naturaleza privilegiada. En el azul de sus ojos puede leerse el secreto de sus maravillosas intuiciones; en la movilidad de sus cejas, en el modelado clásico de su boca, que embellece una delicada sonrisa, en su correcta dentadura, en el abundante cabello castaño que encierra sus facciones, en sus pies y en sus manos pequeñas, se está revelando su complexión artística y el ritmo superior que gobierna su existencia. No necesita Carmen, para imponerse al respeto ajeno, de las conveniencias cortesanas y de la etiqueta palatina. Antes que reina de la política, es reina de la gracia, de la distinción y del talento. La bondad de su carácter, la nobleza inmaculada de su alma, levantan una barrera en torno de ella, una barrera de admiración infranqueable. Ni se conoció princesa más sensible, ni soberana menos infatuada con su posición eminente, ni reina, en fin, que menos aspire a reinar por los derechos que ha adquirido.


Las relevantes cualidades de Isabel de Rumanía quedan reveladas en este pensamiento escrito por ella en un álbum:

¿Queréis ser grande? Que vuestra persona desaparezca al lado de vuestras obras.


Carmen Silva es encantadora por su modestia; no pertenece al tipo de la femme savante, la marisabidilla, la bas bleu o la pedante, es una mujer ilustrada sin pretensiones, e inteligente sin vanidad.

¡Ojalá se perpetúe en nuestro sexo tan colosal figura!

México, 8 de mayo de 1885.