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Leopoldo de Luis: «Poesía (1948-1968)»

Emilio Miró

DE LUIS, Leopoldo: Poesía (1948-1968). Selecciones de Poesía Española, Plaza-Janés, Sociedad Anónima, Barcelona, 1968.

También Leopoldo de Luis ha reunido en un amplio volumen una parte muy considerable de su obra poética publicada, más unos finales anticipos de tres libros inéditos. Se reproduce al frente del libro el «Encuentro con Leopoldo de Luis» de Vicente Aleixandre (que acabamos de releer en las Obras completas del maestro). Tras la bella, captadora y penetrante prosa del autor de Poemas de la consumación, un «Prólogo» del poeta Ramón de Garciasol, en realidad un amplio estudio, que comprende desde la página diecisiete hasta la cuarenta. Gran conocedor de la obra de Leopoldo Urrutia de Luis -su verdadero nombre-, entrañable amigo suyo, copartícipe con él en posiciones éticas y estéticas, nadie mejor que Garciasol para presentar y glosar diferentes aspectos de la poesía de Leopoldo de Luis; y, así, nos dice algo esencial para introducirse en la obra no solo de Leopoldo de Luis, sino también en la del mismo Garciasol, y de otros poetas de su generación o de semejantes posiciones (recuérdese lo escrito antes sobre Agustín Millares): «... pone la estética al servicio de la ética como el cantero acata las órdenes del arquitecto», y más abajo: (la poesía de Leopoldo de Luis) «se ata al vivir de los demás, no es un placer pueril solitario o depravado». El sentido solemne y severo, de responsabilidad ineludible, de implacable testimonio del hombre y de nuestro tiempo, que para estos poetas tiene la poesía, podemos seguirlo ahora a través de la obra de uno de ellos, de veintidós años de quehacer poético o, dicho de otro modo, de doce libros publicados y tres inéditos.

En una breve nota inicial L. de L. nos informa de que ningún libro ha sido incluido en su totalidad, aunque los más representados son Teatro real (1957), Juego limpio (1961) y La luz a nuestro lado (1964), que son los últimos publicados y, quizá, los más representativos del autor. Ya en los libros iniciales se encuentra ese constante debatir entre la noche y el alba, entre un hoy de tinieblas y un mañana luminosa. Del segundo libro, Huésped de un tiempo sombrío (1948), es este serventesio final del poema titulado «Espera»:

Canto mí soledad, álamo triste.

Lo que me abrasa canto, mientras muero.

¿Detrás del llanto un mundo nuevo existe?

Todos los días de mi edad espero.



La fidelidad a la métrica tradicional se ha mantenido a lo largo de estos años, y en los poemas finales de esta antología (de los tres libros inéditos) todos los poemas están en esta línea: sonetos, serventesios y romances en octosílabos, heptasílabos, eneasílabos y endecasílabos, o con mezcla de metros en un mismo romance. Tampoco en contenido, en actitudes, se han producido cambios. El antólogo de la poesía social española sigue siendo poeta social, escritor testimonial y comprometido con la verdad y la justicia, con la dignidad humana. Poeta del decoro, como diría Garciasol. En un romance de Correo español (primer incluido de los inéditos), Leopoldo de Luis escribe: «Sólo canta la verdad quien / con tierra y pueblo se hace uno», y en un soneto de Reformatorio de adultos, leemos este terceto:

Hay que llorar tanta desgarradura,

tanto dolor infame, tanta impura

soledad, tanto injusto sufrimiento.



Pero Leopoldo de Luis, fiel también a su obra, nos deja en estos últimos poemas su voz esperanzada, la exaltación vital de quien no se deja abatir por las amarguras presentes: «-Tomad la tiza, y en el cuadro / desalentadamente negro / escribid VIDA, con mayúsculas...», del poema «Veo los niños» (en el otro libro inédito Con los cinco sentidos). En el también romance eneasílabo «Digo la Voz», del mismo libro. Leopoldo de Luis reafirma y desarrolla, en su devenir esperanzado, la invocación anterior:

La vida es voz que nos revela,

que nos saca de lo nocturno.

El hombre es vida que va haciéndose,

vida fluyente hacia el futuro.



La palabra, la voz, instrumento del poeta, es elemento de unión y solidaridad, de la común historia y la colectiva salvación. Por eso el poeta puede decir «humana voz, humano nudo».

En diferentes ocasiones he escrito que la poesía no puede estar sometida a modas, y que si era disparatado (y lo que es peor, dañino para la verdadera poesía) querer que todos los poetas fueran sociales, igualmente lo es pretender que ninguno lo sea. La buena poesía social no puede desaparecer, aunque algunos se empeñen, pero solo la que evite la tópica retórica, el insufrible prosaísmo y todos los manoseados lugares comunes, estará en su hora, será fiel a su tiempo. Con un decidido propósito de renovación léxica, de creación de una lengua poética más depurada y rica. Y sin llegar a que la estética sea más importante que la ética, sí a que ambas tengan la misma categoría. La relectura y la lectura de amplia selección de Leopoldo de Luis me han sugerido este final comentario. Tal vez porque a quien esto escribe le interesa, sobre todo, en poesía la concentración y depuración expresivas, o la creación de un nuevo y hermoso lenguaje. Sin que esto implique ni hermetismo ni «torre de marfil».