Leopoldo de Luis: «El árbol y otros poemas». «El padre»1
Ramón de Garciasol
Leopoldo de Luis tiene personalidad en esta hora altísima de la poesía española, que comenzó con la generación del 98, con la que se cierra el Romanticismo español en lo poético, aunque sea claro un neorromanticismo en nuestra poesía de hoy. Leopoldo de Luis lleva publicados, con los dos que anunciamos, siete libros de poesía, y tiene a punto de distribución otro, que obtuvo el «Premio José María Pemán» 1954, del Ateneo de Cádiz, El extraño. Estos datos nos advierten que Leopoldo de Luis está en su madurez, ya con casi todos sus elementos técnicos a su disposición. Sin que creamos que haya alcanzado su punto más alto de perfección y expresión, a pesar de un libro tan noble, tan extrañado como El padre, Leopoldo de Luis está en un grado de maestría.
En los dos libros a que nos referimos -El árbol y otros poemas y El padre-, están, de modo muy palmario hasta ahora, las cualidades más características del magnífico poeta: rigor formal -aunque uno de sus mejores poemas sea en verso libre: «La imposible vuelta», del segundo libro citado-; amor por la rima y el verso grande; sentido musical de la palabra, que no excluye la profundidad ideal; tensión muy aguda ante los problemas sociales del hombre, es decir, actualidad.
Leopoldo de Luis es un andaluz-cordobés, que se hizo en el corazón de Castilla, en Valladolid. Citamos esto porque no lo consideramos ajeno a la poesía de Leopoldo de Luís, en lo que la tradición histórico-cultural y el medio ambiente pueden conformar al hombre. No se olvide que el poeta es un ser poroso en mayor grado que los otros seres humanos, y que se impregna con facilidad su tierra sonora al menor contacto. En Leopoldo de Luis la poesía es un grave menester -necesidad-, o, en palabras muy de su gusto, un respirar por la herida. La poesía, en Leopoldo de Luis, es una profesión, con todo lo que implica de vocación irrenunciable, de fuerza inapelable, de conformación biometafísica de hombre: profesión por la que se muere, no de la que se vive en el sentido restringido de pervivir, no en el de hacer conformando, imprimiendo huellas significativas. Leopoldo de Luis es un poeta moral -no moralizante-, un hombre para el que lo estético no se agota en sí, porque es un paso hacia lo ético, en el mejoramiento y perfección del hombre, ser de bondad consciente, es decir, que le cuesta. La poesía de Leopoldo de Luis, y El árbol y otros poemas, tanto como El padre, lo prueban, nace del conflicto que se resuelve en armonioso cántico -aun cuando increpe- de maravillarse ante la vida sin acabar de comprenderla; del pasmo ante cómo lo mejor y más adorable pasa sin poder retenerlo y perpetuarlo; de saber, resignadamente, que no todo se pierde cuando se nombra con amor, aunque a veces el sentimiento se nos haga brillante y ofusque por culpa del excipiente poético: la retórica.
Mientras la vida sea ir echando raícesy elevar en los ojos un ansia hacia la altura,mientras el hombre lleve las hondas cicatricesdel dolor y la muerte sobre su arcilla impura,seremos como oscuros árboles donde el vientoirremediablemente su música interpreta.
En este poema que da título a El árbol, están resumidas las mejores cualidades de Leopoldo de Luis, como luego en «El río», de El padre, poema de mucho aliento y verbo vigoroso:
Pasa el río. Pasamos. Irremediable mana.El tiempo nos arrastra aguas abajo.No vuelves, gota mía, no vuelves ya mañana.Entre lágrima y tierra te amortajo.
Es el mismo el temple de ambos libros, y de ambos poemas, en su trabazón cultural, si bien aquí hay una ternura mayor, una mayor verdad. En El padre, los sentimientos han sido depurados por la muerte, y la retórica inevitable en el poema, en todo poema, se ha quedado en la mínima expresión.
Grave, noble, apasionadamente sereno es el verso de Leopoldo de Luis en los dos libros. En El padre la gravedad se hace perfectamente seria, es una respuesta de la carne y de la idea -de la totalidad-, de la sensibilidad y el incontestable hecho de la muerte, del hecho consumado contra la más necesaria voluntad, un hecho sin revisión ni remisión.
Veamos un ejemplo -no tengo espacio para tratar de los poemas, uno por uno, y, con riesgo de ser oscuro, prefiero ser sintético: a más, y repárese bien en ello, no escribo para sustituir, sino para llamar la atención: una nota nunca hace innecesaria la lectura y juicio propio:
Sueño a sueño, hoja a hoja, luz a luz, rama a rama,abátese la altura que miró al firmamento,La tarde en el ocaso su roja flor inflama.Se adivina la noche en el hacha del viento.
En este noble poema -«El árbol», que da título a uno de los libros-, de gran aliento y musicalidad, hay versos donde resuena la capital pesadumbre del idioma, en versos del más robusto entronque con la mejor poesía moral de España, para mí la mejor poesía española.
El tema del árbol sigue en El padre -árbol y río, sujeto al hacha, al fuego y la vejez, el uno; sometido a la fluencia, al pasar y alejarse irremediablemente el otro, desde Heráclito para la vida a Jorge Manrique para la muerte-, pero más íntimo, asordado el tono, viniendo la voz de más profundas y unitarias zonas del ser. Que hable, mejor que todas mis observaciones, este soneto -o el más tierno de todos los poemas de Leopoldo, para mí, «Muerto mío», de El padre-:
La guerra, el hambre, el odio... Día a día¿cuánta carne de muerto no devorala vida, cuánta lumbre, cuánta aurorano ciega el ala de la tarde fría?Y sigue tercamente la porfía:canta para olvidar la vida, y horatras hora va la mano leñadoratalando rama a rama la alegría.Se oye el golpe en el tronco. Cae la rama.El mar continuo de la vida brama.Ya sé que a nadie importa, pero es míoeste muerto. Me duele. Lo levantoa hombros, con esfuerzo, sobre el llanto,y mi sangre lo lleva en su hondo río.
Estas, en su dimensión poética -árbol y río, originales metáforas humanas- son las coordenadas sentimentales más acusadas de El padre, y, en parte, de El árbol, donde no podemos olvidar poemas como «Fútbol modesto», «Caja de música» y el estupendo título sanjuaniego de intención más humana. «Aun que es de noche»
, que acaba tan afirmadoramente:
y aunque es de noche amamos nuestra vida.