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Alvar, M., «Las hablas meridionales de España y su interés para la Lingüística comparada», Rev. Filol. Esp. 39, 1955, 284-313.

 

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El hecho de que buena parle de las omisiones de -s en la epigrafía bética ocurra precisamente en textos legales (los célebres bronces de Málaga -CIL II 1963, 1964-, Itálica -íbid., suppl. 6278- y Osuna -íbid. 5439-) obliga a extremar la prudencia con respecto a la corroboración de la sospecha de que se está tratando: el carácter oficial de tales inscripciones permite sospechar a su vez que -aun suponiéndolas grabadas y redactadas en suelo hispánico, y concretamente bético- no fuesen precisamente hispanos, sino de la metrópoli quienes escribieron los originales, o quienes los dispusieron para su grabado; en tal hipótesis, las evidentes ausencias de -s apenas representarían, con respecto al latín hispánico, otra cosa que la existencia de superestratos administrativos que podían importar ocasionalmente las características del latín itálico coetáneo. La cuestión reviste el suficiente interés como para haber suscitado una monografía: La Memoria de licenciatura de C. Arroyo del Moral, Pérdida de la «s» final latina en el territorio del andaluz actual, leída en la Universidad de Madrid en 1971. Enfocada estadísticamente, se orienta hacia la distinción del número de casos que ocurren en la epigrafía oficial y en la privada, en el eje sociológico y, en el cronológico-geográfico, de los que ocurren en inscripciones de época en que la relación político-administrativa con Italia es indudable frente a los de epígrafes tardíos, en que la división descentralizadora y las invasiones bárbaras le van atenuando hasta prácticamente anularla. Pues bien: dentro de lo que es lícito aprovechar resultados de una obra todavía inédita, cabe adelantar aquí que en los textos no oficiales el territorio de la Andalucía actual no presenta ninguna especial renuencia de la omisión -en la época de la relación intensa con Italia- en comparación con textos de la misma índole del resto de Hispania. Impresión negativa que queda corroborada por el hecho de que el mozárabe -incluido el de Andalucía- no sólo no presenta ninguno de los hechos morfológicos que en la Romania oriental debieron ocurrir con motivo de pérdida de la -s (p. ej., los plurales mozárabes continúan los acusativos en -as, -os y -es, como en el resto de la Península), sino que la -s se escribe regularmente en general; cf. Sanchís Guarner, M., El mozárabe peninsular, pp. 325-326.

 

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Publicado como suplemento al vol. I de la Encicl. ling. hisp., Madrid 1962.

 

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Die strukturelle Entwicklung des romanischen Vokalismus, Bonn, 1956.

 

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Admitiéndolo así con Badía para el catalán -en contra de D. Alonso, J. Corominas, F. de B. Moll, etc.-, véanse confrontadas sus opiniones respectivas en K. Baldinger, La formación... (citada en núm. 11), p. 55: «Prueba de ello no existe, porque toda huella de una eventual diptongación anterior se ha perdido». La importancia de una tal coincidencia entre los extremos oeste y este de Hispania quedaría muy aumentada si llegara a confirmarse la conjetura de Menéndez Pidal -aceptada por Tovar y últimamente por J. Gil, «Notas sobre fonética del latín visigodo», Habis I, 1970 45-86, con referencia a sus predecesores indicados y documentación epigráfica: ualientem en una pizarra visigótica (V a 5-8 de la colección de Gómez Moreno, M., Documentación goda en pizarra, Madrid, 1966) y curriente en una inscripción cordobesa del 682 (Vives, J., Inscripciones cristianas de la España romana y visigoda, núm. 163)- de que la diptongación de breves tónicas remonta al latín visigótico. En efecto, ya, pues, para la época de unidad política, antes de la fragmentación que en este sentido pudieran ejercer los aislamientos provocados por la invasión árabe, Hispania en sí, precisamente como tal unidad, volvería a poder ser campo de aplicación de la lingüística espacial, con unas áreas marginales a las que no llegaba (o a las que, aun llegando, no conseguía unificar) la tendencia innovadora de la central, incluso en este caso especialmente relevante en que dicha área central resultaba andar de acuerdo con una gran parte del resto de la Romania.

 

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Véase la actitud exquisitamente prudente de K. Baldinger, a cuya obra citada en la nota anterior remito (pp. l04-124) para la historia de este problema, especialmente de la hipótesis de Monseñor Griera remozada luego por H. Maier acerca de las dos corrientes de romanización, y de las opiniones favorables y adversas que en sus dos principales versiones ha llegado a suscitar.

 

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Sobre todo, si de esta última se atiende también a lo que tiene de más sistemático, a saber, lo que suele llamarse «regular» a diferencia de lo que, en realidad, se halla casi en el área del léxico o poco menos (supletivismos, irregularidades, etc.). Reconózcase que la mayoría de las diferencias morfológicas que se señalan como remontables a época de latinidad son de este segundo tipo (así, el mantenimiento en gallego de imos frente a las innovaciones aceptadas en el resto, cast. (y cat. como auxiliar) vamos (y vam) y cat. anem; en tanto que, en terreno y territorios análogos, no podría citar yo en lo sistemático otra discrepancia remontada a la latinidad que la opinión del Dr. Alarcos Llorach (en comunicación verbal) de que el actual desuso de los pretéritos perfectos de indicativo frente a los indefinidos («hoy te vi» y no «hoy te he visto») le llega a hacer dudar de que el tipo amatum habeo haya llegado a la Gallaecia con suficiente vitalidad como para implantarse en el sistema verbal general.

Respecto a la cita de J. Gil que haré luego en el texto, vaya por delante la advertencia siguiente, a propósito de estos distintos aspectos de la lengua: es cierto que su estadio en cuestión, últimamente citado, se refiere precisamente a la fonética, con renuncia expresa de tratar el lado fonológico de las peculiaridades que registra; pero, dado que se trata de peculiaridades vistas a través de textos escritos, y dado el carácter intensamente fonológico de la escritura latina, era de esperar -como en realidad le ha ocurrido- que la gran mayoría de los fenómenos estudiados tienen efectivamente alcance fonológico. Con ello, la impresión de relativa unidad latina que su contemplación le haya dejado deriva más bien de esa relevancia en lo sistemático; cosa muy distinta sería si se hubiese tratado de un mero estudio de variantes no pertinentes; p. ej., para referimos a una diferencia actual que muchas veces se ha pretendido remontar a época latina, la de la realización distinta de la s: predorsal en el Sur, apical en el Centro y Norte.

 

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Naturalmente, estas afirmaciones resultan lento más tajantes en favor de una acritud más bien unitarista cuanto que aluden a una fase del latín hispánico ya tan tardía como es la visigótica. No, desde luego, porque no fuese pensable que unas primeras diferencias, todo lo intensas que pueda pretenderse en la fase de la romanización, se hubieran nivelado a lo largo de los siglos de ocupación que median entre aquélla y la consecución de la unidad política por los visigodos de Hispania. Sino porque, aun pensable, esta hipótesis no ha sido realmente formulada por los fautores de la admisión de aquellas diferencias en el latín importado: lo corriente ha sido que las hayan supuesto mantenidas hasta transmitirse a las lenguas derivadas de dicho latín e incluso determinantes en grado importante de la fragmentación de la latinidad hispánica en varios romances.

 

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Sobre ellas, véanse las contribuciones de García y Bellido y de Untermann, respectivamente, en el volumen anterior y en el presente de esta misma obra. Pondérese, eso sí, la magnitud de ambas causas en orden a su virtualidad para provocar divergencias internas en la latinidad hispánica: en cuanto a la duración del proceso de implantación del latín, basta con recordar que, por lo que hace al continente, no es ninguna exageración la conocida característica de que Hispania fue «la primera invadida y la última dominada», lo que en nuestro caso se concreta en el sentido de que partes de ella pudieron ser latinizadas por quienes hablaban todavía la lengua arcaica, mientras que otras lo fueron por quienes usaban ya la postclásica -con los distintos grados intermedios-. Por lo que toca a la multiplicidad de posibles sustratos, véase luego la 2.ª parte de esta contribución. Pero adviértase ya desde ahora que el progresivo reconocimiento de una mayor multiplicidad ha ido mitigando la desadecuación que todavía Baldinger (Formación... citada, p. 47, nota 17) podía señalar entre el área ocupada por las distintas lenguas-sustrato y la de los romances derivados del latín hispánico. Así, la distinción de una lengua indoeuropea no específicamente céltica (que Tovar, Lo que sabemos..., ha llegado a llamar precisamente «lusitana») en el Occidente del territorio permite explicar mejor la futura diferenciación entre gallego-portugués y castellano-leonés; de confirmar la postura adversa al vascoiberismo se mitigaría la dificultad de admitir la idea pidaliana de que la desaparición de f- en castellano sea efecto de sustrato, siendo así que precisamente se conserva en aragonés, catalán y valenciano, áreas de lengua ibérica típicas: en rigor, el sustrato operante no habría sido el ibérico, sino el vascuence, distinto de él en tal supuesto, etc.

 

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Menéndez Pidal, Orígenes del español, Madrid, 51964, pp. 390-394.

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