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El propio doctor García y Bellido recogió en su indicado trabajo, eruditamente (cap. 2), «las fuentes para el problema de las lenguas aborígenes peninsulares»; vale la pena citar literalmente su suma y sigue: «Todo, como se ve, precario y pobre». Mas, si ello es así respecto al proceso positivo de la latinización, más descorazonador aún resulta a propósito de lo que atañe al presente respecto de extinción de las paleohispánicas: en lugar de las noticias precisas que para el tratamiento aludido y eludido en el texto harían falta, el conjunto son esporádicas indicaciones más o menos anecdóticas de dejes, términos o usos coloquiales hispánicos, que difícilmente permiten calibrar el grado de persistencia de su empleo y que, a lo sumo, autorizan a confiar la fecha de las respectivas extinciones en el poco fiable argumento ex silentio: evidentemente, a partir de cuando no hay noticias positivas del uso, cabe sospechar el desuso, pero no es nada seguro; el propio autor (p. 28) se inclina por la creencia de que a «las lenguas indígenas de la Península debieron de pervivir en ciertos visos y aldeas rurales hasta muy entrada la Edad Media» (p. 28). A lo que cabría también aplicar parte de su base anteriormente citada: «todo... precario». Al menos, a lo que yo sé.
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Vaya por delante también la resignación a no poder pretender ni siquiera una mínima gradación en esta competencia, cual sería la diferencia entre «sólo entender» el latín o «entenderlo y hablarlo»; mucho menos, claro está, en si «con dificultad / regular / bien / correctamente».
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Puede no ser baldía la reflexión de que este número de inscripciones en tal material no es igualado ni con mucho por las que se conocen en cualquier otra lengua de cultura de la Hispania en su totalidad.
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Ni qué decir tiene que la ejemplificación no aspira a tener carácter de catálogo, sino sólo de muestra de la variedad. Tanto para la primera como para la segunda parte de dicha ejemplificación, más clases de epígrafes y más lugares de procedencia en J. Maluquer de Motes: EPL, pp. 137-141. A las rupestres de Cogul y Peñalba que allí cita, cabe incluso añadir ahora, por su carácter singular, reciente descubrimiento y lectura y especial entorno, la de la excepcional serie de la cueva de La Camareta, en Agramón (Albacete), cf. A. González Blanco y discípulos: «La cueva de La Camareta, refugio ibérico, eremitorio cristiano y rincón misterioso para árabes y foráneos hasta el día de hoy. Sus graffiti», Actas del XVI Congr. Arq., Zaragoza, 1983, pp. 1023-1033, concretamente 1027, y lám. II, núm. 1. En aquel impresionante muestrario lingüístico a que alude el título de la comunicación, exuberante de espontaneidad -no falta el testimonio de un inglés que asegura haber comprado la cueva a fines del siglo pasado y da cuenta de haberla visitado al año siguiente-, el ibérico debe ser el texto más antiguo (los abundantes letreros latinos parecen ser todos cristianos) de le serie que ya, al visitarla en 1984, se cerraba con la proeza de un calasparreño puesta por escrito en el propio 1983.
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A. Tovar: «Lenguas no indoeuropeas. Testimonios antiguos», ELH I, pp. 5-26, p. 6. Esta teoría de una creación personal y consciente de un docto es admitida por Maluquer: EPL, p. 9, como «única explicación plausible», si bien retrasando el invento hasta el siglo V, en lugar de suponerlo ocurrido alrededor de 1700 a. C.
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Lo que pueda tener de innovador el presente intento obliga a extremar la prudencia, de modo que no puede acusársele de barrer para casa, al menos conscientemente, lo que la haría mermar sus posibilidades de persuasión. Por ello, la reserva respecto a los textos de Liria se ha hecho desde la postura (Maluquer, EPL, p. 119) que les atribuye una cronología temprana (s. III a. C.). Naturalmente, de seguir la de García y Bellido (Latinización..., p. 25 y nota 56), que los lleva hasta el I a. C., entrarían plenamente a ser cantados entre los testimonios de la persistencia «popular» del ibérico como lengua escrita, incluso a más de un siglo de los primeros contactos del área levantina con los portadores del latín. Pero ni soy yo quien para terciar, ni hace falta, a la vista de los restantes documentos a que se hará referencia en el texto casi inmediatamente.
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J. Siles: Léxico de Inscripciones ibéricas, Madrid 1985, p. 16: «El carácter particular de este léxico -y, sobre todo, el hecho de que muchos de los materiales que reúno no hayan sido publicados con anterioridad- convierte al presente trabajo en algo así como un «corpus de urgencia». Eso -naturalmente- hasta que aparezcan los tomos tres y cuatro de los Monumenta de Untermann, a los que esta tesis se agrega como índice «clarificador». Pero, hasta que esto ocurra -y es de esperar que, por lo menos, pasen cuatro o cinco años entre tanto, «nuestro léxico será la única colección completa de materiales de que disponga el investigador» (Escrito en 1976).
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J. Siles: Léxico, p. 172, núm. 684: «(Coniagessietar): (Almatret. Inscripción rupestre ―Escrito con grafía latina―. La lectura es insegura: podría ser también Coniagellietar. Abreviatura de Colonia Gessietarensis (?)».
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J. Siles: «Iberismo y latinización: nombres latinos en epígrafes ibéricos». Fauentia 31, 1981, pp. 97-113.
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Véanse ahora con los núms. 9 y 18 en G. Alföldy: Die römischen Inschriften von Tarraco, Berlín-Nueva York, 1975. Conocidas desde tiempo ha, han dado pie a numerosos y variados intentos de interpretación, según se hayan pensado más o menos equivalentes las partes en latín a las en ibérico.