Lasciate ogni speranza...
Miguel Gomes
—476→
En el ascensor hay una veintena de personas, a pesar de que su capacidad es apenas para seis.
Pero de cualquier manera, decido hacerlo.
Tomo impulso desde mi oficina, corro con los ojos cerrados, las carnes crispadas, y de un solo envión me sumerjo en la confusión. Puedo introducir mi maletín justo antes de que las puertas lo atrapen.
El ascensorista había ya perecido. Creo ver una silla despedazada. Como los demás, cierro mis ojos y empiezo a golpear a ciegas. Las paredes se estremecen por la presión. El ascensor se ha movido imperceptiblemente y las luces se apagan.
Un gemido recorre el laberinto de los cuerpos enzarzados. Puedo darme cuenta de que alguien pretende abrir mi maletín. A cambio de un buen número de hojas en blanco, el intruso deja sus dedos.
La anciana que había estado pidiendo ayuda todo este tiempo fue a parar dentro de la camisa de un hombre. Murió sofocada.
Alguien tuvo la ocurrencia de ponerse a cantar. Los gritos y los insultos no dejaron oír nada.
De pronto, el ascensor comienza a descender vertiginosamente y todos esperamos en suspenso el golpe que terminará con aquello. No obstante, el tiempo transcurre y seguimos bajando sin percatamos de ningún final aparente.
Las caídas sólo se hacen reales cuando acaban, pero nadie sintió el menor atisbo de dolor.
Del ascensor no se supo.
(Visión memorable)