Acto III
|
|
|
En la misma habitación y en la noche de este mismo
día. Algunas luces encendidas.
|
|
|
(En escena, sentadas en el sofá, frente al
público, PAULINA,
PALOMA y REMEDIOS. Las tres ofrecen un aspecto
de franca desolación.)
|
|
REMEDIOS.- ¿Quieren las señoras
que traiga el frasquito de las sales? (En medio de
sus lágrimas.)
|
|
PAULINA.- ¡No!
|
|
REMEDIOS.- ¿Quieren las señoras
que les prepare una taza de té?
|
|
PALOMA.- ¡No!
|
|
PAULINA.- ¡Yo solo quiero morirme!
|
|
PALOMA.- Y yo.
|
|
|
(En la puerta del fondo aparece DON FABIÁN, que viene de la
calle.)
|
|
DON
FABIÁN.- (Muy
sorprendido.) ¡Caray! ¿Qué ha
pasado aquí?
(Las tres alzan la cabeza, le miran y luego siguen
llorando.)
¡Buenas noches, Paulina! |
|
PAULINA.- Buenas noches, tío
Fabián.
|
|
PALOMA.- Hola.
|
|
REMEDIOS.- Buenas noches tenga el señor.
Y el señor perdone si no me levanto, pero, con esta
desgracia, no está una servidora para cumplidos.
|
|
DON
FABIÁN.-
(Alarmado.) ¡Santo Dios!
¿Puedo saber qué ha sucedido?
|
|
PAULINA.-
(Desconsoladísima.) Pues que se
ha descubierto que somos decentes...
|
|
REMEDIOS.-
(Desgarradoramente.) ¿No es una
desgracia?
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Hombre, sí, es una
lata!
|
|
|
(Las tres lloran ahora más fuerte.)
|
|
PAULINA.- ¡Ay, tío
Fabián!
|
|
PALOMA.- ¡Ay, señor!
|
|
DON
FABIÁN.-
(Transición.)
¡¡Cuerno!!
|
|
LAS
TRES.- ¡Ay!
|
|
DON
FABIÁN.- ¡No entiendo una palabra de todo
esto! ¿Quieren ustedes dejar de llorar y contármelo
todo de una vez?
|
|
PAULINA.- Es muy sencillo, tío
Fabián... Era todo mentira... Mi aventura con
Jerónimo, mi mala fama..., todo. Todo lo inventé yo
para crearme una aureola de mujer atrevida, para que mis libros
tuvieran el éxito que yo soñaba.
|
|
DON
FABIÁN.- ¿Cómo? ¿Dices que
todo era mentira? ¿No tienes un amante?
|
|
PAULINA.- No, tío. Lo siento
muchísimo...
|
|
DON
FABIÁN.- ¿Eh? ¿Quieres decir que
nos has estado engañando a todos durante un año?
|
|
PAULINA.- Sí, tío. Pero tú,
sin quererlo, tuviste la culpa. Tus advertencias me abrieron los
ojos. Decías que yo no tenía ningún
interés para el público; decías que una mujer
como yo no podía triunfar. Me dijiste muchas cosas,
tío Fabián. Estuviste bastante desvergonzado... Era
necesario dar un escándalo para triunfar. ¡Tener un
amante! (Muy humillada.) Y como yo era
incapaz de tener un amante de verdad, me lo inventé...
Puesta a imaginar, qué mejor imaginar que lo que pudo pasar
con aquella maleta y no pasó...
|
|
DON
FABIÁN.- (Mirando con angustia en
rededor.) Entonces, ¿no es cierto que
Jerónimo viene aquí todas las noches?
|
|
PAULINA.- No, por Dios... Lo único que
ocurre aquí todas las noches es que, después de
cenar, me encierro en esta habitación con un ramo de rosas,
pongo el disco de «La viuda alegre» y me quedo dormida
en este sofá.
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Oh!
|
|
PAULINA.- Yo misma hice creer a la gente que esa
era la hora de Jerónimo. Y, claro, todo el mundo se lo ha
creído. Mis amistades lo contaban por ahí. Se
llegó a publicar en algunos periódicos... Remedios
era la única que sabía la verdad. Sin su ayuda yo no
hubiera conseguido tan mala reputación como tengo...
|
|
REMEDIOS.- ¿Qué no haré yo
por la señorita?
|
|
PAULINA.- Gracias, Remedios. Te estoy muy
agradecida. Dame un beso.
|
|
REMEDIOS.- Sí, señorita.
|
|
|
(Se besan tiernamente. DON FABIÁN las mira
estupefacto.)
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Oh!
|
|
PAULINA.- Después escribí mi
novela «Jerónimo». Es la historia de un
gran amor que no ha existido más que en mi
imaginación, pero está escrita con tanta fe, que, a
veces, mientras la escribía, yo misma me llegué a
creer que era verdad. ¿Cómo no iban a creerlo los
demás? La gente está deseando que una deje de ser
decente. Sobre todo las mujeres. Las que no son decentes, para que
haya una más, y las que son decentes, para que haya una
menos... (Con infinito desconsuelo.)
¡Ay, tío Fabián! ¿Qué va a ser
ahora de mí?
|
|
PALOMA.- No seas egoísta. Di:
¿qué va a ser de nosotras?
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Toma! Pero,
¿también esta señora tiene algo que ver con
Jerónimo?
|
|
PALOMA.- (Con cierto
orgullo.) ¡Naturalmente!
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Aaaaah!...
|
|
PALOMA.- Yo estaba con Paulina aquella noche,
cuando encontramos la maleta en el hotel. Nos pareció el
equipaje de un hombre extraordinario. Y sin darnos cuenta, cada una
de las dos nos lo imaginamos a nuestro gusto, como a cada una le
hubiese gustado que fuera. ¿Comprende usted?
|
|
DON
FABIÁN.-
(Enérgico.) ¡No!
|
|
PALOMA.- Bueno, da igual. El caso es que cada
una de nosotras tenía su Jerónimo. El que ella
imaginaba... (Emocionada.)
Tenía algunas canas, ¿no crees Paulina?
|
|
PAULINA.- De ningún modo.
(Conmovida.) ¡Un pelo
negrísimo!
|
|
PALOMA.- ¿Ve usted? Ya digo que cada una
se lo imaginaba a su manera.
|
|
DON
FABIÁN.- ¡¡La locura!! ¿Y
cómo era de verdad?
|
|
PAULINA.- (Muy
natural.) Eso es lo de menos.
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Ah, ya! Entonces es que
Jerónimo ni siquiera existe...
|
|
PAULINA.- ¡Quia! Eso es lo peor.
¡Que existe!
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Hola! Y, ¿quién
es?
|
|
PAULINA.-
(Irritadísima.) Es un chofer.
¡Un pobre hombre!
|
|
PAULINA.- ¡Un don nadie!
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Qué horror!
|
|
PALOMA.- Durante todo este tiempo yo he
flirteado bastante con Jerónimo.
|
|
DON
FABIÁN.- ¿Con el chofer?
|
|
PALOMA.-
(Indignada.) No, señor. Con el
otro. Con el mío.
|
|
DON
FABIÁN.- (Casi con
angustia.) ¡Ah! Entonces hay tres
Jerónimos...
|
|
PAULINA.- Pero, tío, por Dios, si
está clarísimo...
|
|
REMEDIOS.- Es que este señor no se entera
de nada.
|
|
DON
FABIÁN.- (Como
loco.) ¡¡A la porra!!
|
|
LAS
TRES.- ¡Ay!
|
|
|
(Las tres se asustan y se estrechan más entre
sí.)
|
|
DON
FABIÁN.- ¡No puedo más!
¡Quiero saberlo todo de una vez! ¡Me vuelvo loco!
¡Voy a pegarle fuego a la casa!
|
|
PAULINA.- ¡Tío Fabián!
|
|
PALOMA.- No se excite usted. Si todo lo que ha
pasado es muy natural...
|
|
DON
FABIÁN.- ¿Qué?
|
|
PALOMA.- ¿No comprende usted que yo
siempre tenía en la imaginación a Jerónimo? Y
como mi marido es un golfo, y un mujeriego...
|
|
PAULINA.- ¡Paloma! ¡Pobre
Paloma!...
|
|
REMEDIOS.- ¡Pobre señora!
|
|
PALOMA.- Desde entonces he usado a
Jerónimo para darle celos a mi marido. ¿No era una
buena idea?
|
|
PAULINA.- ¡Magnífica!
|
|
PALOMA.- He descubierto que lo único que
hace reaccionar a mi marido son los celos, el miedo a que yo pueda
dejar de ser una mujer honorable. Aquella noche le puse un
telegrama, diciéndole que para vengarme estaba dispuesta a
fugarme con Jerónimo. Y el pobrecito mío casi se
volvió loco...
|
|
DON
FABIÁN.- ¡¡Lo creo!!
|
|
PALOMA.- Esta mañana supe que mi marido
tiene una nueva amante. (Suspira.) Era
necesario hacer un escándalo muy gordo..., y me
acordé en seguida de Jerónimo.
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Y dale con Jerónimo!
¡Qué manía!
|
|
PALOMA.- Como yo creía que Paulina y
Jerónimo eran amantes de verdad, se me ocurrió una
buena idea: decirle a Paulina que Jerónimo y yo nos
amábamos.
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Caramba! Sí. ¡Es
una buena idea!
|
|
PALOMA.- Era un golpe formidable. El
escándalo hubiera sido enorme... Pero mi marido, loco de
celos, no estaría a estas horas al lado de otra mujer.
|
|
|
(Y solloza muy desgraciada. PAULINA y REMEDIOS la consuelan fraternalmente.
El pobre DON FABIÁN
las mira, a punto de enloquecer.)
|
|
PAULINA.- Yo he creído que Paloma era la
amante del verdadero Jerónimo. Y claro, me he puesto
furiosísima. Como soy tan celosa... ¡Oh, Paloma!
¿Me perdonas?
|
|
PALOMA.- Mujer... Eres muy dueña.
|
|
DON
FABIÁN.- (Con las manos en la
cabeza.) ¡Santo Dios! Resulta que un hombre,
al que no conocen, ha vuelto locas a las dos.
|
|
REMEDIOS.- ¡A las tres!
|
|
TODOS.- ¿Eh?
|
|
REMEDIOS.- ¡Toma!
(Llorando.) ¿O es que el
señor se ha creído que una servidora no tiene
imaginación? De tanto leer la novela de la señorita,
de tanto oír hablar de Jerónimo a todas horas,
pues...
|
|
TODOS.- ¿Qué?
|
|
REMEDIOS.- (Muy
ruborizada.) ¿Me perdona la señorita
que la haya faltado con el pensamiento?
|
|
|
(PALOMA y
PAULINA consuelan con
solicitud a REMEDIOS.)
|
|
DON
FABIÁN.- ¡¡Oh!!
|
|
PAULINA.- ¡Claro que sí, mujer...,
claro que sí! Entre nosotras...
|
|
PALOMA.- ¡Ella también!
¡Pobrecita Remedios, pobrecita!
|
|
|
(DON FABIÁN
ha caído en un sillón y se está secando el
sudor.)
|
|
DON
FABIÁN.- ¡¡Cristo!! Pero,
¡cuánta imaginación tienen las mujeres
decentes! ¡A mí me va a dar algo!
(Transición.) ¿Y dices
que se ha descubierto todo?
|
|
PAULINA.- ¡Claro! Como en medio de todo
esto se ha presentado el chofer...
|
|
REMEDIOS.- Y como estaban aquí los
periodistas, pues han salido corriendo al periódico para
escribir una plana entera...
|
|
PAULINA.- (Con infinito
desconsuelo.) ¡Sí! Desde mañana
todo el mundo sabrá que mi fama de mujer fatal es una pura
fantasía. Desde mañana seré una mujer
decente... Desde mañana seré muy desgraciada.
|
|
PALOMA.- ¡Pobre Paulina!
|
|
REMEDIOS.- ¡Pobre señorita!
(En un rasgo.) Yo no abandonaré
nunca a la señorita, por muy decente que sea.
|
|
PAULINA.- ¿Qué van a decir de
mí en Hollywood?
|
|
|
(DON FABIÁN
está escuchando contrariadísimo.)
|
|
DON
FABIÁN.- ¡Qué catástrofe!
Estamos perdidos.
|
|
PAULINA.- ¿Tú también,
tío Fabián?
|
|
DON
FABIÁN.- Sí, hija mía. A
mí esto me perjudica muchísimo.
|
|
PAULINA.- ¿Qué dices? ¿No
has estado un año entero riñéndome por esta
vida mía, que tú y todos creíais llena de
inmoralidad y locura? ¿Cuántas veces has invocado el
honor de esos antepasados nuestros que estuvieron en la guerra de
Flandes?
|
|
DON
FABIÁN.- Mujer... Date cuenta. Había que
estar en carácter.
|
|
PAULINA.-
(Indignada.) ¿Qué
dices?
|
|
DON
FABIÁN.- Lo cierto es que yo, aunque no le
conocía, le había tomado cariño a
Jerónimo.
|
|
PAULINA.- ¡¡Tú!!
|
|
DON
FABIÁN.- Además, desde hace algún
tiempo mis ideas han cambiado mucho ¿sabes? He comprobado
que, en sociedad, la falta de vergüenza no está tan mal
vista como parece...
|
|
PAULINA.- ¡¡Tío
Fabián!!
|
|
DON
FABIÁN.- Verás. A consecuencia del
renombre que has adquirido con tu mala fama, mi situación
social ha mejorado mucho... Sí, hija mía. Los de la
asociación de antiguos alumnos me dieron un banquete; me han
hecho presidente del casino; me han invitado a comer en las casas
más serias y respetables porque era tu tío...
(Indignado.) Y ¡claro!, si ahora
se descubre que todo es mentira, si se vuelve a saber que tú
eres una infeliz, me has birlado el porvenir.
|
|
PAULINA.- ¿Es posible?
|
|
DON
FABIÁN.- Te diré.
|
|
LAS
TRES.- ¡¡Oh!!
|
|
PAULINA.- (Casi sin
voz.) Tío Fabián...
|
|
|
(DON
FABIÁN, muy disgustado, busca su sombrero y su
bastón y se dispone a salir.)
|
|
DON
FABIÁN.- Bueno. Esto hay que arreglarlo de
alguna manera. Si yo pudiera detener a esos endiablados
periodistas... Pero, quia. Voy corriendo al casino. Le diré
a la gente que sí, que eres decente, pero no tanto... Vaya,
buenas noches. (Al salir.)
¡Demonio, demonio! ¡Qué contrariedad! Ahora que
me iba yo a meter en el gran mundo...
|
|
|
(Y sale. Las tres mujeres se han quedado inmóviles y
boquiabiertas. Se miran.)
|
|
REMEDIOS.- ¡Cuidado que tiene poca
vergüenza este señor!
|
|
|
(Y sale tras de DON
FABIÁN, quedando solas PAULINA y PALOMA.)
|
|
PAULINA.- ¡Qué horror! Ni siquiera
a él le conviene que yo sea decente... Y me parece que, en
el fondo, ni a los de la guerra de Flandes.
|
|
PALOMA.- Paulina...
|
|
PAULINA.- Paloma...
|
|
|
(Llorando caen la una en brazos de la otra.)
|
|
PALOMA.- Me voy. Pero antes quiero entrar en tu
cuarto para arreglarme un poco... ¿Me permites?
|
|
PAULINA.- ¡Naturalmente!
|
|
PALOMA.- Sí, me voy a mi casa. Esta noche
será una casa muy grande y muy vacía. Creo que mi
marido cena con la vicetiple... (Llora otra
vez.)
|
|
PAULINA.- ¡Pobre Paloma, pobres de
nosotras!
|
|
PALOMA.- Todo ha sido inútil,
Paulina.
|
|
PAULINA.- Sí, Paloma. Todo.
|
|
|
(Se besan una vez más. PALOMA marcha muy despacio. Al llegar
a la puerta, se detiene en silencio.)
|
|
PALOMA.- Oye, Paulina.
|
|
PAULINA.- Dime...
|
|
PALOMA.- Voy a confesarte algo muy importante.
(Vuelve junto a PAULINA. Se va ruborizando mientras
habla.) Verás. En todo lo que ha pasado, en
esta aventura nuestra, hay algo de verdad.
|
|
PAULINA.-
(Mohína.) ¡Sí!
¡El chofer!
|
|
PALOMA.- (Con
repugnancia.) ¡No me refiero al chofer!
|
|
PAULINA.- ¡Ah!
|
|
PALOMA.- Hablo del otro, de mi Jerónimo.
Te lo digo aunque me ponga colorada. Para mí era como si
Jerónimo existiera. A veces, mi marido me ha sorprendido con
los ojos cerrados y me ha dicho: ¿En qué piensas? Y
yo... pensaba en Jerónimo...
|
|
PAULINA.- ¿Estabas enamorada de
Jerónimo?
|
|
PALOMA.- Un poco.
|
|
PAULINA.- ¡Oh!
|
|
PALOMA.- ¡Ay! Si tú supieras. En mi
vida ese hombre, ese sueño de un hombre, era el ideal. Era
todo lo que no tengo y necesito para ser feliz. Mi marido me
engaña; Jerónimo me era fiel. Mi marido se burla de
mí porque dice que soy insignificante; Jerónimo
decía que yo, aunque no lo parezca, tengo muchísimo
talento.
|
|
PAULINA.- ¿Estás segura de que te
lo decía?
|
|
PALOMA.-
(Sonríe.) Mujer... como todo me
lo decía yo misma, no hay duda.
|
|
PAULINA.- Eso es verdad. Entonces,
¿quieres decir que, en sueños, Jerónimo era tu
amante?
|
|
PALOMA.-
(Ruborizada.) Eso mismo.
|
|
PAULINA.- ¡Ah!
|
|
PALOMA.- ¡Y qué sueños,
Paulina! Era delicioso... Me llevaba a cenar a un restaurante de
las afueras, donde nadie podía vernos.
(Sonríe.) Y luego, los
viajes.
|
|
PAULINA.- ¿Has viajado mucho con
él?
|
|
PALOMA.- Mucho. La semana pasada estuvimos en
Estoril. (Un levísimo silencio. PALOMA baja la cabeza.)
Soñar así es malo, ¿verdad, Paulina?
(Otro silencio.) Sí; es un
pecado.
|
|
PAULINA.-
(Ensimismada.) ¡No lo sé!
Yo también soñaba así.
(PALOMA alza la
cabeza, la mira y escucha.)
Esta tarde, cuando te oí decir que me lo
habías quitado, he llorado de celos y de rabia.
Parecía que me arrancabas algo mío, muy mío. Y
era solo un sueño. Ya ves si tiene fuerza un sueño.
He soñado aquí tanto todas las noches, encerrada en
esta habitación, con la ilusión de que por un milagro
el Jerónimo de mi fantasía apareciese por esa
puerta... ¿Por qué no había de venir, si
existía, si aquella maleta tenía un dueño?
¡Si supieras qué feliz he sido en estas cuatro
paredes, esperándole!... Tanto, tanto, que no tengo fuerzas
para renunciar... Y esta noche, aunque ya se ha roto el encanto y
Jerónimo nunca podrá venir a buscarme, me
quedaré aquí sola, oyendo nuestro vals,
soñando que vivo una de aquellas noches de amor...
(Desvía los ojos.) Sí,
Paloma. Te comprendo. Con la imaginación, yo también
he sido la amante de Jerónimo. |
|
PALOMA.- Oye, Paulina. Entonces esas escenas de
amor tan atrevidas que describes en tu novela, ¿las has
soñado como si de verdad las hubieras vivido?
|
|
PAULINA.-
(Ruborizada.) Sí. Como si las
hubiera vivido.
|
|
PALOMA.-
(Escandalizada.) ¡Paulina, hija,
pues eres de cuidado!
|
|
PAULINA.- (Picada.)
¡Digo! Pues mira que tú... ¡Cenar en las afueras
con un hombre que no es tu marido!
|
|
PALOMA.- ¡Ay, sí! ¡Qué
vergüenza!...
|
|
|
(Las dos bajan los ojos al suelo muy avergonzadas. Un
silencio. Suspiran.)
|
|
PAULINA.- Claro que, después de todo,
todo era mentira.
|
|
PALOMA.- Todo era mentira, gracias a Dios.
|
|
|
(Se miran. Suspiran como librándose de un gran
peso.)
|
|
PAULINA.- Paloma, ¿sabes lo que estoy
pensando?
|
|
PALOMA.- No...
|
|
PAULINA.-
(Pensativa.) ¿Si resultara que
las mujeres decentes no somos tan decentes como creemos?
|
|
PALOMA.- ¡Quién sabe! Buenas
noches, Paulina.
|
|
PAULINA.- Buenas noches, Paloma.
|
|
|
(Queda sola PAULINA. Inmediatamente, en el fondo
surge REMEDIOS.)
|
|
REMEDIOS.- ¡Chiss!
¡Señorita!
|
|
PAULINA.- ¿Qué?
|
|
REMEDIOS.-
(Contentísima.) ¡Ya ha
vuelto Pepita!
|
|
PAULINA.- ¿Ya ha vuelto? ¿Es
posible?
|
|
REMEDIOS.- ¡Sí, señorita! Ha
vuelto... ¡y lo ha encontrado!
|
|
PAULINA.- (Muy
nerviosa.) ¡Ay! ¿Estás
segura?
|
|
|
(Aparece en el fondo la DONCELLA, que viene de la calle, muy
sofocada y contenta.)
|
|
DONCELLA.- ¡Señorita!
¡Señorita Paulina!
|
|
PAULINA.- ¡Pepita!
|
|
DONCELLA.- ¡Ay! No puedo más.
¡Estoy que me ahogo! ¡Lo que he corrido!...
|
|
PAULINA.- Siéntate. ¡Pero habla,
por Dios, criatura!
|
|
DONCELLA.- Hice todo lo que me mandó la
señorita. Me acerqué al punto de taxis de la esquina,
les di las señas de esos dos hombres... Los conocieron en
seguida. Por lo visto, son muy populares.
|
|
REMEDIOS.- Lo creo.
|
|
PAULINA.- ¡Sigue!
|
|
DONCELLA.- Me mandaron a otro punto de la calle
de Goya. De allí me mandaron a un garaje de la calle de
Claudio Coello, y en el garaje me mandaron a una taberna... Y
allí estaban los dos.
|
|
PAULINA.-
(Horrorizada.) ¿Estaban
borrachos?
|
|
DONCELLA.- Quia, no, señorita. Estaban
cenando... Los pobrecillos se habían metido en un
rincón. Para mí que estaban un poco avergonzados.
Como la taberna estaba llena de señoritos...
|
|
PAULINA.- Ya, ya.
(Indignada.) Pero, ¿por
qué van los choferes a los sitios que nos les
corresponden?
|
|
REMEDIOS.- Es que ahora está todo muy
revuelto...
|
|
PAULINA.- Pero, sigue, por Dios, Pepita.
¡Habla de una vez!
|
|
DONCELLA.- Pues... me acerqué a ellos. Le
dije a Jerónimo que la señorita necesitaba verle esta
misma noche, para algo muy importante. Y si viera la
señorita que se emocionó muchísimo...
|
|
PAULINA.- ¿De veras?
|
|
DONCELLA.- ¡Digo! El pobre se puso tan
contento que a mí me pareció que se le saltaban las
lágrimas. Nos metimos los tres en el taxi, y abajo se han
quedado los dos viendo no sé que historia del motor... Creo
que están muy preocupados por los frenos.
|
|
|
(Un timbre dentro.)
|
|
PAULINA.- ¡¡Ay!!...
(Muy asustada.) Ahí
están...
|
|
DONCELLA.- ¡Sí, señorita!
¡Son ellos! ¿Abro?
|
|
PAULINA.- (Casi
temblando.) Abre.
(Sale corriendo la DONCELLA. Quedan solas PAULINA y REMEDIOS.)
¡Remedios! |
|
REMEDIOS.- ¡Señorita!
|
|
PAULINA.- Este es mi último recurso. Si
este hombre acepta mi plan estoy salvada. Si no, quedaré en
ridículo para siempre.
(Amargamente.) ¡Hay que ver! Con
lo fácilmente que pierden la vergüenza algunas mujeres
y con el trabajo que nos cuesta a otras... ¡Remedios!
|
|
REMEDIOS.- ¡Señorita!
|
|
PAULINA.- Paloma está en mi cuarto
arreglándose para marcharse... Ten cuidado: que no se entere
de nada. Lo estropearía todo, como siempre.
|
|
REMEDIOS.- ¡Sí, señorita!
Descuide.
|
|
PAULINA.- Oye, Remedios... No te vayas muy
lejos. Lo más probable es que ese hombre se quiera
aprovechar...
|
|
REMEDIOS.-
(Enérgicamente.)
Tranquilícese la señorita. Si ese hombre se propasa
no tiene la señorita más que dar un grito.
¡Socorro! Y yo entro...
|
|
|
(Y sale REMEDIOS.
PAULINA queda esperando
muy nerviosa. Una pausa. Aparece en el fondo, tímidamente,
JERÓNIMO. La mira
un momento, casi embelesado y sonríe.)
|
|
JERÓNIMO.- ¡Je! Buenas
noches...
|
|
PAULINA.- (Muy ruborizada, sin
mirarle.) Buenas noches.
|
|
JERÓNIMO.- Su doncella me ha dicho que
necesitaba usted hablar conmigo... (Un silencio.
Suspira.) Me figuro que estará usted muy
disgustada por lo de esta tarde. Pero yo no tenía más
remedio que aclarar la situación...
(Digno.) Se trataba de mi buen
nombre.
|
|
PAULINA.-
(Furiosa.) ¡No se quede usted en
la puerta!
|
|
JERÓNIMO.-
(Asustado.) ¡No,
señorita!
|
|
PAULINA.- Y siéntese.
|
|
JERÓNIMO.- No sé si debo...
|
|
PAULINA.- ¡He dicho que se siente!
|
|
JERÓNIMO.- Sí, señorita.
Con permiso.
|
|
|
(Y se sienta. Los dos se miran. Un silencio.)
|
|
PAULINA.- ¿Se figura usted para
qué le he mandado llamar?
|
|
JERÓNIMO.- Creo que sí,
señorita. (Sonríe.) Me
parece que la señorita necesita esta noche un taxi de
confianza. Seguramente, la señorita quiere ir sola a una
«boîte» o a una
juerga flamenca de esas de la Ciudad Lineal... ¡Como si lo
viera!
|
|
PAULINA.-
(Indignada.) ¡De ninguna manera!
Yo no puedo ir sola a una «boîte» y
muchísimo menos a una juerga flamenca... ¿Por
quién me ha tomado usted?
|
|
JERÓNIMO.- ¿La he ofendido?
(Intimidado.) Usted perdone. En fin,
pues si no me va a alquilar la señorita, no sé
qué quiere de mí la señorita...
|
|
PAULINA.- (Transición.
Pensativa.) Realmente, sí, se trata de un
alquiler...
|
|
JERÓNIMO.- (Muy
contento.) ¡Ah, vamos! Ya decía yo...
¿Vamos a ir muy lejos?
|
|
PAULINA.- Sí, muy lejos. Quizá
demasiado. Pero es inevitable...
|
|
|
(JERÓNIMO
se pone en pie muy decidido y se dispone a salir.)
|
|
JERÓNIMO.- Entonces, con el permiso de la
señorita. Voy a repasar los frenos... No me fío.
|
|
PAULINA.- ¡No!
(Indignadísima.) ¡No se
vaya!
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita!
|
|
PAULINA.- ¡Estese usted quieto! ¡Y
no me hable más del taxi! Yo solo quiero alquilarle a usted.
¡A usted solo!
|
|
JERÓNIMO.-
(Atónito.) ¿Sin el
taxi?
|
|
PAULINA.- ¡Sin el taxi!
|
|
JERÓNIMO.-
(Interesadísimo.) ¿Y de
qué me va usted a alquilar?
|
|
PAULINA.-
(Ruborizadísima.) Pues... de
amante.
|
|
JERÓNIMO.- ¿Eh? ¿Que me va
a usted a alquilar de amante? (Casi en un
brinco.) ¡Socorro!
|
|
PAULINA.- ¡¡Ay!!
|
|
|
(Ella retrocede muy alarmada. Surge como un rayo,
DOMINGO, en el
fondo.)
|
|
DOMINGO.- ¿Ha pedido socorro el
señor?
|
|
JERÓNIMO.- ¡Sí!
|
|
DOMINGO.- ¿Es que la señorita ha
querido atropellar al señor?
|
|
JERÓNIMO.- Todavía, no. Pero me ha
propuesto que sea su amante.
|
|
DOMINGO.- (Mirando severamente a
PAULINA, de arriba
abajo.) ¡Qué barbaridad! Cómo
están las mujeres...
|
|
|
(Mira a PAULINA
amenazadoramente y se va muy digno por el fondo. JERÓNIMO, derrumbado en el
sillón, se seca el sudor. Ella parapetada detrás del
sofá.)
|
|
PAULINA.- (Muy
bajo.) ¿Se ha asustado usted mucho?
|
|
JERÓNIMO.- Muchísimo, la
verdad.
|
|
PAULINA.-
(Ingenuamente.) Hay que ver... Yo
creía que a los hombres estas cosas no les hacían
tanta impresión.
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita! Es que
a los hombres la decencia no nos estorba tanto como a las
mujeres... Y lo que usted me acaba de proponer es para que
cualquiera se ponga colorado. De veras. De manera que me quiere
usted alquilar en concepto de amante...
|
|
PAULINA.- Sí... Creo que es usted el
más indicado.
|
|
JERÓNIMO.- ¿Usted cree?
|
|
PAULINA.- ¡Claro! Después de lo que
ha pasado entre nosotros es lo más natural...
|
|
JERÓNIMO.-
(Indignado.) Pero si no ha pasado
nada...
|
|
PAULINA.- Eso creerá usted.
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita!
|
|
PAULINA.- Oiga usted a la gente y verá.
Todo el mundo cree que usted es el héroe de mi novela.
¡El hombre de mi vida!
|
|
JERÓNIMO.- Pero si todo es una
patraña que ha inventado usted...
|
|
PAULINA.- ¡Claro! Pero como se lo ha
creído todo el mundo... Comprenderá usted que si me
dedico a tener un amante no voy a engañarle a usted con
otro. Sería hacerle a usted de menos.
(Gravemente.) Y eso, de ninguna
manera.
|
|
JERÓNIMO.-
(Boquiabierto.) Muchas gracias.
|
|
PAULINA.- De nada. Estas cosas hay que hacerlas
con decoro.
|
|
JERÓNIMO.- ¿De verdad?
(Transición.) Bueno. Yo me voy
a volver loco. Siga usted, por favor.
|
|
|
(Se deja caer otra vez sobre el sillón y la escucha
con los ojos de par en par.)
|
|
PAULINA.- Supongo que tendrá usted
interés en conocer las condiciones.
|
|
JERÓNIMO.- Caramba, sí. Tengo una
curiosidad...
|
|
PAULINA.- Es muy sencillo. Cuente usted con todo
el dinero que necesite.
|
|
JERÓNIMO.-
(Aterrado.) Pero, ¿es que,
además, me va usted a pagar?
|
|
PAULINA.- (Con
dignidad.) ¡Naturalmente! Lo contrario
sería un abuso...
|
|
JERÓNIMO.- ¡Qué barbaridad!
Cómo cambia todo...
|
|
PAULINA.- Le repito que tendrá usted todo
lo que desee. En el invierno pasaremos un par de meses en
París. Pero le exijo que venda ese horrible taxi
inmediatamente. Me pondría en ridículo. ¡Ah!
Mañana, muy temprano, irá usted al sastre. ¡Ah!
Otra cosa. Y esto es lo más importante.
(Suspira y se ruboriza.) Le
dirá usted a todo el mundo que está usted loco por
mí... (Un silencio. Sin
mirarle.) ¿Se siente usted capaz de
hacerlo?
|
|
JERÓNIMO.- Eso sería lo más
fácil... (Sonríe.) Me
gusta usted muchísimo.
|
|
PAULINA.- (Más sonrojada
todavía.) Gracias. (Se
calla.) ¿Tiene usted alguna objeción
que hacer?
|
|
JERÓNIMO.- No... (Un
suspiro.) Todo esto es extraordinario. Yo, un pobre
hombre, convertido de pronto en el amante de Paulina Jordán.
Bien vestido, bien pagado. Los inviernos en París. Es
maravilloso, sencillamente maravilloso... Es como una de esas
novelas de fantasía que usted escribe. No, no tengo nada que
decir. Acepto.
|
|
PAULINA.- ¡Gracias! (Un
silencio.) Entonces...
|
|
JERÓNIMO.- ¡Je! (Casi
sin atreverse. Muy ruborizado.)
¿Cuándo quiere usted que empecemos?
|
|
PAULINA.- En seguida.
(Avergonzadísima.) Es muy
urgente.
|
|
JERÓNIMO.- ¡Ah! Entonces...
(Una pausa. Los dos se miran de lejos y
sonríen.) ¿Quiere usted sentarse en
mis rodillas y darme un beso?
|
|
PAULINA.- (Retrocede
aterrada.) ¿Qué...? ¿Qué
ha dicho usted? ¿Que le dé un beso? Pero, ¿es
que se ha vuelto usted loco?
|
|
JERÓNIMO.- Pero, señorita, no se
me ocurre un medio más rápido de empezar nuestras
relaciones...
|
|
PAULINA.- (Un
grito.) ¡¡Ay!! ¡No!
¡¡Eso, no!! No me toque usted. ¡No se acerque!
¡Socorro! ¡Socorro! ¡¡Remedios!!
|
|
|
(Surge REMEDIOS.)
|
|
REMEDIOS.- ¡Señorita!
¿Qué le ocurre a la señorita?
|
|
PAULINA.- ¡Ay, Remedios! Este hombre es un
sinvergüenza.
|
|
JERÓNIMO.- ¡¡Oh!!
|
|
|
(PAULINA se
refugia en los brazos de REMEDIOS y llora
acongojada.)
|
|
REMEDIOS.- ¡Señorita!
|
|
PAULINA.- ¡Ay, Remedios de mi alma! Me ha
pedido que le dé un beso...
|
|
REMEDIOS.-
(Horrorizada.) ¡Virgen
Santa!
|
|
PAULINA.- ¡¡Y quiere que me siente
en sus rodillas!!
|
|
REMEDIOS.- ¡¡Dios mío!!
(Indignada.) Pero qué
desahogados son todos los hombres. Habráse visto... Pedirle
un beso.
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señora!
|
|
|
(Entra veloz DOMINGO.)
|
|
DOMINGO.- He oído voces.
¿Quién ha pedido socorro: el señor o la
señorita?
|
|
JERÓNIMO.- ¡La señorita!
|
|
DOMINGO.- ¡Ah, bueno!
|
|
|
(Y se vuelve a marchar muy satisfecho. PAULINA sigue llorando sin consuelo en
los brazos de REMEDIOS.)
|
|
PAULINA.- ¡Si ya sabía yo que no
era un caballero! ¡Si ya sabía yo que era un
fresco!
|
|
REMEDIOS.- Pobrecita, pobrecita.
¡Cálmese la señorita! Voy a prepararle una taza
de té. Si se acerca ese hombre, grite. Y si intenta besarla
otra vez, llamaré a la policía. Ese miserable,
atrevido... ¡Golfo!
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señora!
|
|
|
(REMEDIOS se va
fulminando a JERÓNIMO con la mirada.
PAULINA se deja caer en el
sofá y llora con un enorme desconsuelo.)
|
|
PAULINA.- Golfo, sí, sinvergüenza,
desaprensivo... ¡Que me siente yo en sus rodillas! ¡Que
le dé un beso! Pero si yo nunca he besado a ningún
hombre, ni me he sentado en las rodillas de nadie...
¿Qué se ha creído usted? ¿Por
quién me ha tomado? ¡Claro! Ahora comprendo por
qué quería llevarme a una juerga flamenca, nada menos
que a la Ciudad Lineal... Ya se sabe con qué intenciones.
¡Ay, Dios mío, Dios mío!
|
|
JERÓNIMO.- (Con la cabeza
entre las manos. Exasperado.)
¡Señorita!
|
|
PAULINA.- ¡Váyase de aquí!
¡No quiero verle más! ¡Fuera de mi casa!
|
|
JERÓNIMO.-
(Frenético.) ¡Por todos
los santos! ¡Tengo perfecto derecho a pedirle que me
dé un beso!
|
|
PAULINA.- ¿Qué está usted
diciendo?
|
|
JERÓNIMO.- ¿No me acaba usted de
proponer que sea su amante?
|
|
PAULINA.- Anda... ¿Y eso qué tiene
que ver?
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita! Me ha
propuesto usted que sea su amante con todos los gastos pagados...
Hasta me ha ofrecido llevarme a París de vez en cuando, que
ya es el colmo. ¿O es que yo estoy loco?
|
|
PAULINA.-
(Asombradísima.) Pero,
¿es que usted ha creído que yo le pido que sea mi
amante... de verdad?
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita!
|
|
PAULINA.- Pero, hombre. ¿Con qué
derecho ha creído usted eso?
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita! Hable
usted de una vez, porque me voy a volver loco...
|
|
PAULINA.- Yo lo que quiero es que ante la gente
represente usted el papel de amante mío. Nada más que
eso. ¡Pues no faltaría otra cosa!
|
|
JERÓNIMO.- ¡Otro infundio!
¡¡Otra mentira!!
|
|
PAULINA.- Pero, ¿es que aún no se
ha dado usted cuenta de mi situación? Hasta hoy, todos
creían que usted era mi amante. Por eso he tenido
popularidad; por eso he triunfado con mis libros. Pero su
estúpida llegada de esta tarde lo ha descubierto todo...
¡Y me ha arruinado usted!
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita!
|
|
PAULINA.- Ha hecho usted que todos descubran mi
mentira y vuelvan a considerarme de nuevo como lo que soy; como una
pobre mujer.
|
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita!
|
|
PAULINA.- ¿Y cree usted que puedo
cruzarme de brazos y darme por vencida y esperar mi ruina y mi
descrédito? Quia... Para eso está usted. ¿No
es usted el verdadero Jerónimo? Pues es preciso que usted,
usted mismo, que tiene la culpa de todo, declare
públicamente que todo es cierto, y que desde aquella noche
de las Termas es usted mi amante. Y es necesario, que en
apariencia, lo siga usted siendo. Por esas apariencias... estoy
dispuesta a darle lo que me pida. Por eso quiero que vayamos juntos
a París, porque cuando una mujer y un hombre van juntos a
París ya nadie puede dudar de que son amantes... Pero solo
por eso. ¿Comprende usted? (Se acerca a
él.) ¿Me ha oído usted?
|
|
JERÓNIMO.- ¡Sí!
|
|
PAULINA.-
(Temblorosa.) ¿Y qué me
contesta usted? ¿Me va usted a ayudar?
|
|
JERÓNIMO.- Le diré...
(Un silencio. Silba bajito.)
¿Puedo poner una condición?
|
|
PAULINA.- Sí. Pero no espere usted que le
bese, ni muchísimo menos.
|
|
JERÓNIMO.- ¡No, señorita! Es
algo bastante más sencillo.
(Naturalísimo.) Quiero que se
case usted conmigo.
|
|
|
(PAULINA retrocede
despavorida, casi sin habla.)
|
|
PAULINA.- ¿Qué...?
¿Qué ha dicho?
(Atónita.) ¿Casarme yo
con usted? Pero, ¿por qué?
|
|
JERÓNIMO.- Porque es la única
forma de que vayamos juntos a París decentemente.
|
|
PAULINA.- ¡Oh!
|
|
JERÓNIMO.-
(Transición.) ¡Y porque
desde hace un año estoy loco por usted!
|
|
PAULINA.- ¡Jerónimo!
|
|
JERÓNIMO.- Sí, señorita.
¡El mismísimo Jerónimo!
|
|
PAULINA.- (Casi sin
voz.) ¿Ha dicho usted que me quiere desde
hace un año?
|
|
JERÓNIMO.- (Sonríe
suavemente.) Sí. ¿Se acuerda usted de
aquella noche? Un hotel, en medio del campo. Por error, dos
huéspedes, un hombre y una mujer, para una sola
habitación. Él, un aristócrata arruinado, que
se asusta del fracaso de su propia vida, tan inútil y tan
estúpida. Ella, tan soñadora que, con un nombre y una
maleta, sueña nada menos que el hombre ideal; porque, sin
saberlo ella misma, en su vida estaban haciendo falta un hombre y
un ideal...
|
|
PAULINA.- ¡Jerónimo!
|
|
JERÓNIMO.- Usted soñaba con un
Jerónimo hecho a su gusto, que no era yo. Y yo le dije a
usted que yo no era yo sino mi propio criado. ¿Lo recuerda?
-No, señorita. Yo no soy Jerónimo, soy su
criado...-¡Me lo figuraba! -¿Por qué,
señorita? -Hombre, que sé yo... Porque tiene usted
cierto aire...
|
|
PAULINA.- ¿Eso dije?
|
|
JERÓNIMO.-
(Suspira.) Sí, señorita.
Eso mismo. Y preferí dejarla a usted soñando. Durante
este año la he seguido de cerca y de lejos. Todos los
días, hasta hoy. Esta tarde, en Barajas no tomó usted
nuestro taxi por casualidad... Quia. Lo que pasó fue que
Domingo y yo, aprovechando el barullo, la metimos casi a empujones
en el coche. Tampoco perdió usted el bolso. Se lo
robó Domingo, que es muy habilidoso... Era un buen pretexto
para subir aquí, a su casa, y verla una vez más.
Verla risueña, bonita, encantada con su mala fama... Y ahora
ya estamos los dos, el verdadero Jerónimo, y la verdadera
Paulina, cara a cara por primera vez... Si lo piensa usted un poco,
verá usted que nuestra boda es la única
solución.
|
|
PAULINA.- (Casi
balbuceando.) ¡Dios mío! Pero si todo
es una novela... (Piensa un poco y se
sobrecoge.) ¿Y de verdad cree usted
imprescindible que nos casemos?
|
|
JERÓNIMO.- Sí, señorita.
Absolutamente imprescindible.
|
|
PAULINA.- (Muy
bajito.) ¿Es su última palabra?
|
|
JERÓNIMO.- Sí,
señorita.
|
|
PAULINA.- (Le mira y, muy apurada,
se le saltan las lágrimas.) ¡Ay, Dios
mío!
|
|
JERÓNIMO.- ¡Paulina!
|
|
PAULINA.- ¡Ay, Dios mío! Ya
sabía yo que se iba aprovechar.
|
|
JERÓNIMO.- ¡Oh!
|
|
|
(Ríe. La toma con suave firmeza y la besa. Ella pega
un chillido. Surgen alarmadísimos, cada uno por una puerta,
REMEDIOS y DOMINGO.)
|
|
PAULINA.- ¡Aaayy!
|
|
REMEDIOS.- ¿Ha llamado la
señorita?
|
|
DOMINGO.- ¿Ha llamado el
señor?
|
|
PAULINA.- (Con mucha
naturalidad.) Pero, ¿se puede saber por
qué pasan ustedes la noche metiéndose en lo que no
les importa?
|
|
REMEDIOS.-
(Horrorizada.) ¡Señorita!
¡Es que ese sujeto la está besando!
|
|
PAULINA.- ¡Naturalmente! Y me parece que
tiene perfecto derecho a besarme... ¿O es que te olvidas de
que este hombre es el auténtico Jerónimo?
|
|
REMEDIOS.- ¡¡Oh!!
|
|
JERÓNIMO.- ¡Domingo!
|
|
DOMINGO.- ¡Señor!
|
|
JERÓNIMO.- ¡Te regalo el taxi!
|
|
|
(Se desprende de su blusa de chofer y se la tiende a
DOMINGO. Aparece su traje
de calle, correcto, elegante.)
|
|
DOMINGO.-
(Encantado.) ¡Qué gran
señor es el señor!
|
|
JERÓNIMO.- Desde mañana se
acabó Jerónimo el indolente, el fracasado... Desde
mañana a trabajar con toda ilusión, como un hombre. A
vivir, a triunfar. Desde mañana ejerceré mi carrera.
Porque si no recuerdo mal, antes de arruinarme yo tenía una
carrera... Domingo, ¿qué era yo: abogado o
ingeniero?
|
|
DOMINGO.- ¡El señor era
arquitecto!
|
|
JERÓNIMO.- ¡Justo! Arquitecto.
¡Qué carrera más bonita tengo!
Trabajaré...
(Entusiasmadísimo.)
Construiré casas, muchas casas. Casas de lujo, casas
baratas...
|
|
REMEDIOS.-
(Tierna.) ¡Casas baratas! Es un
soñador.
|
|
|
(Aparece PALOMA.
Viene arreglada y dispuesta para marchar, ya con el sombrerito y
los guantes.)
|
|
PALOMA.- Adiós, Paulina, me marcho...
(De pronto, descubre a JERÓNIMO, con gran
alborozo.)
¡Ay! ¡Pero si está usted aquí!
¡Qué suerte! ¡Esto es maravilloso!
¿Cómo ha adivinado usted que yo le necesitaba?
Tenía el propósito de buscarle por todo Madrid,
porque tengo que hacerle una proposición. Se me ha ocurrido
una idea formidable. Una idea definitiva... |
|
PAULINA.- ¡No digas más! Se te ha
ocurrido proponerle a Jerónimo que aparente ser tu amante,
para que tu marido tenga celos de verdad...
|
|
PALOMA.-
(Entusiasmada.)
¡¡Sí!! Eso es...
|
|
PAULINA.- Y hasta estás dispuesta a darle
todo lo que te pida...
|
|
PALOMA.- ¡¡Sí!! Eso mismo.
¿No te parece una ocurrencia estupenda?
|
|
PAULINA.- Ya lo creo. Pero llegas tarde,
queridísima.
|
|
PALOMA.-
(Desconsolada.) ¡Ay! Pero,
¿por qué?
|
|
PAULINA.- Porque la misma idea se me ha ocurrido
a mí antes... ¡y tengo que casarme con él!
|
|
|
TELÓN
|