Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

Las mujeres de Esparta y las mujeres de Atenas

Estudio dedicado a la República de San Salvador, como testimonio de simpatía.

Concepción Gimeno de Flaquer





La raza jónica y la raza dórica, eternas antagonistas que alteraban constantemente la paz en la hermosa península helénica, disputándose la hegemonía, legaron sus costumbres a los pobladores de la brillante Atenas y de la austera Esparta. Los atenienses, como verdaderos jonios, amaron las artes y las letras; los espartanos dóricos, ante todo, fueron belicosos, sin dejar de ser tradicionalistas reaccionarios.

Atenas se convirtió en Academia de la Grecia; Esparta en su armería; trasformada esta en campamento y aquella en liceo, era natural que la primera produjese oradores y poetas, y la segunda soldados.

Con razón ha sido denominada la ciudad de Minerva, cerebro de la Grecia y hasta del mundo antiguo; Atenas fue el emporio de la inteligencia, la hija de Cécrope, reconstruida por Temístocles y hermoseada por Pericles, es el afortunado pueblo que poseyó huellas inmortales del cincel de Fidias, el que guardó el eco de la palabra demostina, el que vio nacer a la tragedia en su teatro, producida por la robusta inspiración de Sófocles, Esquilo y Eurípides, el que pudo enorgullecerse de ser cuna de Arístides, el que dio vida a la historia con las páginas de Herodoto, el que propagó los sabios consejos de Sócrates y Anaxágoras, y donde arrancaba el astrónomo Meton sus secretos a los astros, mientras Hipócrates los arrancaba al organismo humano. En la hermosa ciudad donde se formaban espléndidas pinacotecas con los lienzos de Apolodoro y Polígnoto, y donde Panémos decoró el Pœcilo1, no se daba un paso sin encontrar un monumento, así es que su glorioso renombre, su esplendor, su brillo, lo debió más que a su importancia marítima al entusiasta culto que rindió a las artes y las letras.

La espléndida ciudad de Minerva mereció estos versos de Lisipo: «Quien no desea ver a Atenas es un insensato; lo es igualmente quien la ve y no la admira; pero más insensato aún, quien después de haberla visto y admirado la abandona».

Los gustos de Atenas y de Esparta fueron muy divergentes, mientras las leyes de Solón daban vuelo a la fantasía, permitiendo todas las innovaciones y haciendo del eclecticismo el canon de las ciencias y las artes; las leyes de Licurgo rindiendo culto al ayer y basándose en la razón fría que corta las alas a la imaginación, tendían a la preponderancia de la materia sobre el espíritu. Queriendo ser la raza dórica una raza atlética, constituyó su dignidad en la fuerza, su inteligencia en la espada, su moral en la política. Al niño se le dio por cuna el broquel, por arrullo, el clarín, por juguete, la lanza.

Hase concedido gran admiración a las costumbres de Esparta, y sin embargo, la reina del Peloponeso, que puede vanagloriarse de haber guardado quinientos años su constitución, pues conservadora como toda la raza dórica, estimaba en más la estabilidad de sus leyes que el mejoramiento de ellas, no podrá nunca enorgullecerse de su moralidad. La aristocrática rival de Atenas otorgó toda la supremacía a la educación civil sobre la educación moral. Allí donde la individualidad del ciudadano era sacrificada al Estado, donde el amor de la mujer y el cuidado de los hijos estaban regularizados por las leyes, no podía existir la familia, base de toda sociedad moralmente organizada. Licurgo supo formar campamentos, mas no hogares; y por eso no es extraño que al querer dar a la mujer idéntica educación física que al hombre, no solo le hiciera perder las dulces gracias de su sexo, sino lo que es más trascendental, las bellas virtudes que le son propias. Educada como el hombre, tenía que poseer cual este cualidades viriles, así es que el famoso legislador hizo de la mujer un virago. Por eso, cuando Pirro atacó la ciudad; le dijo Mandricida: «Si eres un dios no debemos temerte, porque no te hemos ofendido; si eres un hombre, aquí hallaras quienes lo son más que tú».

Habíase decretado que mientras estuviera sitiada Esparta se retiraran las mujeres, pero ellas contestaron: «Estamos resueltas a morir o vencer con vosotros; nos insultáis creyendo que somos bastante cobardes para sobrevivir a la patria».

Pana evitar las exaltaciones de la imaginación de los jóvenes acerca de los encantos femeninos, ordenó Licurgo que las mujeres aparecieran en el gimnasio medio desnudas, de modo que al querer matar en el hombre los deseos sensuales, mató en la mujer el pudor.

En Esparta se adaptaron las costumbres a las leyes; en Atenas las leyes a las costumbres. En Esparta se aprendía a despreciar la muerte; en Atenas a disfrutar de la vida; los espartanos querían morir por la patria; los atenienses vivir para ella. Por eso las costumbres eran en Atenas mucho más humanas que en Esparta, y las mujeres de aquella más tiernas que las de esta.

Habiendo adoptado las mujeres espartanas las mismas costumbres que el hombre, lanzándose a la arena y ejercitándose en el pugilato, llegaron a adquirir notable rudeza. Las espartanas disparaban un dardo como el hombre, y cual él se enorgullecían de su insensibilidad. Un espartano, queriendo elogiar a sus compatriotas, dijo a un extranjero:

-Nuestras mujeres no tienen debilidades de madre.

¿Cómo podían tener las espartanas debilidades maternales si no conocían la ternura?

La madre, en Esparta, antes que madre era ciudadana, impulsaba a su hijo al combate; y si este era cobarde o traidor, lo delataba, convirtiéndose en su verdugo.

Erigido el patriotismo en primera virtud, se extravió la naturaleza, y por eso la mujer espartana pudo decir a su hijo al entregarle el escudo: «Vuelve con él o sobre él»; por eso pudo rechazarle cuando, fugitivo de una batalla quería refugiarse en sus brazos; exclamando enérgicamente: «Aléjate de mi lado, el Eurotas no corre para los siervos».

Participáronle a una espartana que su hijo estaba defendiendo un sitio muy peligroso, y ella contestó: «Que muera, su hermano le reemplazará».

Otra salió al encuentro de un correo y le interrogó:

-¿Qué noticias traes?

-Tus cinco hijos han perecido.

-No te pregunto eso: ¿Ha vencido la patria?

-Sí.

-Corramos a dar gracias a los dioses.

Después de haber vencido Pausanias en muchos combates, después de haber sido el héroe de Platea, se envaneció por los triunfos alcanzados contra los persas en el Asia Menor, y quiso tiranizar a su patria; perseguido por el pueblo tuvo que refugiarse en el templo de Neptuno, y cuando sus enemigos corrieron a tapiar el templo, su madre llevó la primera piedra; diciendo que no quería reconocer por hijo a quien era traidor a la patria. El desdichado general murió de hambre, emparedado en el templo, gracias al patriotismo de su madre. ¡Tales eran las salvajes virtudes espartanas! ¿Os parecen dignas de aplauso?

¿Cómo no había de sofocar en Esparta la ley el sentimiento maternal que es el más grande y más noble de todos los amores, si al niño que nacía canijo se le daba muerte precipitándole desde el Taigeto?

Las mujeres espartanas fueron procreadoras, mas no madres.

Licurgo abolió la familia sacrificándola en aras de su política.

Respecto a la decantada moralidad de Esparta, detengámonos un momento en el análisis de ella: Licurgo instituyó las gymnopedias, fiestas en honor de Apolo y Baco, en las que se presentaban los hombres desnudos; las jóvenes no velaban sus encantos, y esto es tan ciento, que en una composición de Sófocles se encuentran estos tres versos:


A la joven Hermione la envuelve
túnica sin estola desceñida
que el ebúrneo muslo deja fuera.



Durante la guerra, con objeto de que no se disminuyera la población, enviaba el Senado orden al ejército para que volviesen a Esparta los jóvenes que aún no habían prestado juramento, y fecundasen a las mujeres de los combatientes.

El rey Arquidamo fue castigado por haberse casado con una mujer de contextura raquítica.

Anaxandrias repudió a su esposa para tener hijos de otra; Timea, mujer de Agis, se enamoró de Alcíbiades, y mientras Agis se hallaba en el campamento, se entregó al hermoso ateniense; Quelidonida, mujer de Cleónimo, se fugó con Acrótato; las espartanas le envidiaban la dicha de tener por amante a tan gran héroe, y hasta los ancianos decían a Acrótato: «Gózate con tu Quelidonea para que des a la patria hijos iguales a ti».

La compasión, tierna virtud cristiana, estaba proscrita en Esparta, pues era deshonroso el dolor, mas al querer Licurgo lo mismo que Agesilao, que las espartanas fueran insensibles, no lograron asegurar su virtud: si fueron insensibles al dolor, no lo fueron a la voluptuosidad.

La mayor prueba de que no abrigaban los espartanos gran confianza en la virtud de sus mujeres, es que los cleros tenían entre otros cargos la misión de velar por la continencia de las reinas.

Las espartanas fueron frágiles a pesar de sus alardes de insensibilidad. Helena, la célebre esposa de Menelao, dio origen a la guerra de Troya con su adúltero amor a Paris; al ir Agamenón a esta guerra deja a un músico el encargo de proteger con los encantos de la armonía la virtud de Clitemnestra; pero aparece Egisto, se enamora de ella, mata al ángel custodio de aquella difícil castidad, y cuando vuelve Agamenón de la guerra, es asesinado por los amantes.

¡Inocente Agamenón! ¿No comprendía que la mujer que necesita un guardián de su honra, puede muy bien convertir en amante al guardián.

Objetarán los defensores de las virtudes lacedemónicas que al ser deshonradas algunas doncellas espartanas por los mesenios, se dieron la muerte; mas ¿puede asegurarse que las impulsara el sentimiento del honor?

Ese sentimiento solo se alimenta en las sociedades cultas, no en los pueblos rudos en donde la mujer, considerada en poco, carece de la estimación de sí misma. También las doncellas milesias, siete vírgenes suicidas a las que elogia San Gerónimo y reprueba San Agustín, se dieron la muerte por huir del ultraje de los impúdicos gálatas y conservar la flor de su virginidad.

Siendo Mesenia y Esparta dos pueblos rivales, es de suponer que las espartanas se dieron la muerte por considerarse ultrajadas, no en su pudor, sino en su patriotismo. ¿Qué mérito podía tener en Esparta el desprecio a la muerte cuando la vida era tan despreciable?

Domadora de hombres apellidaba a esta ciudad el poeta Simónides.

Los espartanos solo se engalanaban con vistosos trajes cuando iban al combate, de modo que la existencia de ellos no era más que una preparación para la guerra. ¿Cómo no hallarse familiarizados con la muerte cuando a todo vencido se le quitaba la vida?

Podía ser heroica en Atenas la indiferencia hacia la muerte, en Atenas, la ciudad de los placeres y de la gloria; pero no en Esparta, pueblo selvático y feroz regido con cetro de hierro.

No hubo más moralidad en las mujeres de Esparta que en las de Atenas; pero en las mujeres de esta el sentimiento de la maternidad no fue sofocado como en las de aquella.

En Atenas tuvo más preponderancia la familia que en Esparta. Las mujeres de Esparta fueron valientes, las de Atenas cultas: aquellas partieron los trofeos con sus guerreros; estas partieron los laureles del arte con sus artistas.

En Atenas, la mayor parte de las mujeres eran madres; en Esparta la mayor parte de las mujeres viragos.

La mujer ateniense era tan culta, como varonil la espartana.

¿Qué fue de Esparta y Atenas?

La ciudad de Minerva desmoronose, enervada por su amor al lujo y a los placeres; la ciudad de Cleta desapareció después de las derrotas de Pilos, de Cíteres y de Leuctra, porque perdida su fuerza militar no le quedaba otra.

La severa, la indomable, la estoica Esparta, cayó cual la fastuosa, la sibarítica, la epicúrea Atenas; mas la ciudad de Pericles nos dejó el recuerdo de su aticismo, y la ciudad dé Leónidas el de su rudeza.

México, agosto de 1886.





Indice