«Cuanto más tranquilo estaba todo en el exterior aquel año gracias a las felices circunstancias de las guerras, tanto más iban en aumento de día en día la violencia de los patricios y las miserias de la plebe, pues la misma necesidad de pagar las deudas le quitaba la posibilidad de hacerlo. Así pues, cuando ya no podían entregar ninguna cosa, después de ser juzgados y adjudicados por deudas daban satisfacción a sus acreedores con su reputación y su cuerpo, y la obligación de la deuda había sido sustituida por el castigo. Consecuentemente, los plebeyos, no sólo los más humildes, sino incluso los notables, se habían doblegado y estaban abatidos de tal manera que ni para presentarse candidato al tribunado militar juntamente con los patricios, derecho por el que se habían empeñado con tanto afán, ni siquiera para desear y pretender las magistraturas plebeyas, tenía ánimo ningún hombre enérgico y experimentado, y los patricios parecían haber recuperado para siempre la propiedad de un cargo que la plebe se había limitado a ejercer durante unos pocos años [...] Parecía llegado el momento de una revolución, debido al enorme alcance de las deudas, mal para el que la plebe no esperaba ningún alivio, mientras no situase a los suyos en el poder supremo: había que prepararse para esta idea; con su empeño y su acción los plebeyos habían ya avanzado hasta un punto desde el que podrían, si continuaban esforzándose, llegar a lo más alto e igualarse a los patricios tanto en dignidad como en mérito. De momento, acordaron convertirse en tribunos de la plebe, magistratura en la que abrirse por sí mismos el camino hacia los otros honores. Elegidos tribunos Gayo Licinio y Lucio Sextio hicieron públicos unos proyectos de ley dirigidos, todos ellos, en contra del poder de los patricios y a favor de los intereses de la plebe: uno, sobre las deudas, disponiendo que se dedujese del principal lo que se había pagado en intereses y que el resto fuese abonado en tres años por partes iguales; otro, sobre la extensión de las propiedades rústicas, prohibiendo que nadie fuese propietario de más de quinientas yugadas de tierra; el tercero, disponiendo la no celebración de comicios para elegir tribunos militares, y que al menos uno de los cónsules fuese elegido entre la plebe: todas ellas, medidas de muy largo alcance y que no podían lograrse sin los mayores enfrentamientos. Así pues, al ser puestas en cuestión simultáneamente todas las cosas que los mortales ambicionan de forma desmedida -tierras, dinero y honores-, los patricios, llenos de espanto, al no encontrar en el desconcierto de sus reuniones públicas y privadas ninguna otra solución más que el veto tribunicio, para hacer frente a las proposiciones de ley de los tribunos se ganaron a sus colegas. Cuando éstos vieron que las tribus eran llamadas para emitir su voto por Licinio y Sextio, rodeados por una escolta de patricios no dejaron ni que se leyesen las proposiciones de ley ni que se llevase a cabo ninguna de las demás formalidades de los plebiscitos. Y después de haber sido convocada en vano repetidas veces la asamblea, como las proposiciones de ley se las daba ya por rechazadas, Sextio dijo: "Está bien; puesto que se quiere que tenga tanta fuerza el veto, con esa misma arma defenderemos a la plebe. Vamos, senadores, fijad la fecha de los comicios para la elección de tribunos militares; yo me encargaré de que no os guste esa palabra, 'veto', que ahora con tanto regocijo habéis oído cantar a coro a nuestros colegas". Sus amenazas no cayeron en el vacío: no hubo ninguna clase de comicios, a no ser los de la elección de ediles y tribunos de la plebe. Licinio y Sextio, reelegidos tribunos de la plebe, no permitieron que se eligiese ningún magistrado curul, y al reelegir la plebe a los dos tribunos y suprimir éstos los comicios de tribunos militares, la falta de magistrados se prolongó en Roma durante cinco años [...] Sexto y Licinio, juntamente con parte de sus colegas y uno de los tribunos militares, Fabio, maestros en el tratamiento de las actitudes de la plebe gracias a la experiencia ya de tantos años, hacían comparecer a los patricios más notables y los agobiaban a preguntas sobre cada una de las cuestiones que se sometían a la decisión del pueblo: si iban a tener la osadía de postular que, mientras a la plebe se le asignaban dos yugadas a cada uno en el reparto de tierras, a ellos les fuese permitido tener más de quinientas yugadas; poseer cada uno de ellos las tierras de casi trescientos ciudadanos, y que al hombre de la plebe su tierra apenas le diese para el techo que necesitaba o para albergar su sepultura; si les parecía bien que la plebe, acosada por la usura, en lugar de pagar más bien el principal prestado, entregase su cuerpo a las ataduras y a los suplicios, y que cada día fuesen llevados del foro en rebaño los adjudicados por deudas y que las casas de los nobles se llenasen de encadenados y, dondequiera que habitase un patricio, hubiese una cárcel privada.
Después de proferir estas expresiones que provocaban la indignación y movían a compasión al oírlas, ante un auditorio que ya de por sí temblaba con mayor indignación que ellos mismos, aseguraban que sin duda los patricios no iban a dejar jamás de ocupar las tierras ni de hacer trizas a la plebe con la usura, a no ser que los plebeyos eligiesen de entre los suyos a uno de los cónsules como salvaguarda de su libertad. Había que olvidarse ya de los tribunos de la plebe, puesto que esta potestad rompía ella misma su propia fuerza a base de vetos. No se podía hablar de igualdad jurídica cuando los otros tenían en sus manos el poder supremo, y ellos únicamente la "intercesión"; sin participación en el poder supremo, nunca la plebe estaría a nivel de igualdad en el Estado. Y que nadie fuese a creer que bastaba con que, en los comicios consulares, se tuviese en cuenta a los plebeyos; en caso de no ser obligado que uno de los cónsules indefectiblemente fuese un plebeyo, nadie lo iba a ser [...] Les faltaba a los plebeyos el consulado; ésa era la ciudadela de su libertad, ése su sostén. Si se alcanzaba ese objetivo, entonces el pueblo romano estimaría que, de verdad, se había expulsado de la Ciudad a los reyes y que su libertad estaba consolidada; realmente, a partir de ese día, recaería sobre la plebe todo lo que daba superioridad a los patricios: poder y honor, gloria militar, cuna, nobleza, de lo cual iban a disfrutar ellos en gran medida, y en mayor medida lo iban a legar a sus hijos. Cuando vieron que tenían buena acogida los discursos de este género, hacen pública una nueva proposición de ley estipulando que, en lugar de duúnviros encargados del culto, se nombren decénviros, de forma que una mitad pertenezca a la plebe y la otra mitad a los patricios; y aplazan los comicios sobre todos estos proyectos de ley hasta el regreso del ejército que estaba sitiando Vélitras [...] Apenas había liquidado la guerra, una sedición civil más terrible lo recibió en Roma, y, después de muy duros enfrentamientos, el dictador y el Senado fueron vencidos, en el sentido de ser aprobados los proyectos de ley de los tribunos; y, a pesar de la oposición de la nobleza, se celebraron comicios consulares en los que Lucio Sextio, el primer plebeyo, fue elegido cónsul. Y ni siquiera así terminaron los enfrentamientos. Como los patricios declaraban que ellos no iban a validar la elección, la situación llegó casi a una secesión de la plebe y a otras terribles amenazas de luchas civiles. No obstante, por mediación del dictador se aplacaron las discordias por transacción: la nobleza cedió ante la plebe en lo referente al cónsul plebeyo, la plebe ante la nobleza en lo referente a nombrar un pretor patricio que administrase justicia en Roma. Pasando así los estamentos al entendimiento después de un prolongado resentimiento, el Senado consideró que el acontecimiento bien merecía -y con más razón que en ninguna otra ocasión se les iban a dar las gracias a los dioses inmortales- que se celebrasen los juegos más solemnes y se añadiese un día a los tres acostumbrados». |