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La violencia en «LA: The Sacred Spot»

Justo S. Alarcón

Publicado en las Actas del congreso de The Rocky Mountain Council for Latin American Studes, Las Cruces, New Mexico (1987) 113-119.

No nos ocuparemos aquí de un estudio detallado de este corto cuento tan rico en posibilidades analíticas, a pesar de sus cuatro breves páginas. Para situarlo expondremos brevemente el argumento y, además, indicaremos una corta teoría de la violencia.

Se trata de un pachuco urbano que venga la muerte que los soldados de la marina norteamericana han dado a los pachucos de su barrio en Los Ángeles, California. En este caso concreto, el héroe Felipe vengará el maltrato que han dado a su primo Bobby, soldado del ejército que había sido condecorado con dos medallas de honor. Bobby regresaba de Nueva Guinea enfermo con la malaria. Un día en que «se le durmió el gallo» [se descuidó] sacaba a su novia Carmen para ir al cine. Cometió el error de quitarse el «uniforme» de soldado americano y vestirse del «uniforme» de soldado chicano, o sea, el atuendo de pachuco. Los marinos americanos se echaron sobre él y lo dejaron injuriado, golpeado y desnudo en la calle.

El primo de Bobby, Felipe, se encargó de establecer la venganza y «la justicia» por medio de un acto violento. Para ello se instaló en un edificio vacante y, con un rifle en la mano, esperó a los taxis que traerían al barrio a los marinos norteamericanos que, entre otras cosas, esperaban favores sexuales de las pachucas. Son las siete y cuarto de una noche de verano de 1943. Felipe, en el edificio vacante, se ve rodeado de los instrumentos simples, pero necesarios, para llevar a cabo su propósito: un rifle 30-06, un cartón de leche vacío, media cajetilla de cigarrillos marca Lucky Strikes y los titulares del periódico The Herald Express, propiedad del potentado californiano Randolph Hearst.

Al oír las sirenas de los taxis, Felipe toma el rifle, apunta y, al pasar el segundo taxi, dispara volándole la cabeza y el sombrero «blanco» de un marino, cayendo ambos violentamente en la calle: éste es el «lugar sagrado».

Terminado el acto sangriento, Felipe apaga el cigarrillo pisándolo, limpia el rifle y las huellas digitales de la ventana, pisa con el tacón del zapato la editorial del periódico de ese día, sale del edificio, salta una cerca de alambre, vuelve a saltar una segunda cerca de madera y entra por la puerta de atrás de la casa de su abuela. Se recuesta en un catre, enciende un cigarrillo de marihuana y, con el ondulante humo azul, ve bailar un sombrero blanco que cae sobre un charco de sangre. Esto constituirá un anillo más en la larga cadena de la violenta guerrilla entre pachucos chicanos y marinos norteamericanos en Los Ángeles.

Acerca del esquema de la violencia, expondremos algunas ideas pertinentes al caso. Lo más destacable sería anotar que hay una violencia vertical y otra violencia horizontal que, aunque aparezcan como fuerzas antitéticas o independientes, se unen en el centro de las dos coordenadas, punto de contacto en la dialéctica de la violencia. La violencia vertical circula de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, o sea, la violencia que existe en la escala de las clases sociales. Esta violencia puede ser impuesta por la clase alta a través de lo que llamamos opresión. O puede proceder de la clase baja, como reacción a la opresiva clase alta.

Pero también esta violencia vertical puede engendrar, en la coordenada horizontal, un malestar, una tensión o una angustia existencial produciendo una violencia entre ciudadanos que sufren a causa de la opresión vertical. En el primer caso, tendremos un fenómeno que llamaríamos opresión esencialmente social y clasista. En el segundo caso, se trataría de una opresión existencial y psicofísica. En nuestro cuento podemos decir que el acto violento del héroe Felipe encaja casi exclusivamente en la coordenada vertical de la violencia: un pachuco, de la clase baja explotada, reacciona violentamente contra un representante de la clase alta que engendró, a través dialéctica de la historia, una situación violenta. Habíamos indicado antes que, en este cuento, se trataba esencialmente de una violencia vertical, pero también indicamos que la violencia vertical y horizontal convergen en el centro, formando un denominador común.

El autor capta un momento preciso, un instante con señas y detalles bien definidos. «Eran las siete y dieciséis y aún no había oscurecido completamente en esta noche de verano del 6 de junio de 1943» (Javier Alva, 170). Este detalle preciso tiene un trasfondo histórico de opresión vertical bastante considerable. Podríamos retroceder hasta 1848, que es cuando el chicano deja de existir políticamente libre y cae bajo el dominio, la hegemonía y la opresión del anglosajón. Este momento preciso señala el centro en donde convergen las dos violencias mencionadas. Aunque, como habíamos dicho, es el momento culminante de la rebelión de la clase baja contra la clase alta, o sea, la violencia vertical, no se podría explicar si lo separáramos del contexto sociohistórico por el que pasó el chicano, especialmente el pachuco. Sabemos que los pachucos, entre otras cosas, se han hecho famosos por las guerrillas internas entre los mismos partidarios de grupos o pandillas, es decir, de violencia horizontal (Dorfman, 12). Pero ahora son las pandillas de los pachucos que, sumándose como grupo oprimido, se rebelan vertical y colectivamente contra el grupo opresor, a través de su representante y sumo sacerdote Felipe.

Decimos «sumo sacerdote», porque, en el contexto simbólico se ve una especie de «guerra florida» azteca. Hay indicios suficientes para analizar el cuento desde esta perspectiva. Por ejemplo, se trataría de una guerra violenta en donde cobran primacía los símbolos «lugar sagrado» versus lugar profano, uniforme blanco («marino») vs. uniforme negro («zoot-suit»), cerca metálica vs. cerca de madera, cigarrillo Lucky Strikes vs. leño de marihuana, fusil metálico vs. resortera casera, civilización tecnológica vs. cultura humanística, etcétera. No es nuestro propósito analizar el texto desde este punto de vista, sin embargo, esto puede ayudar a iluminar el tema de la violencia del que nos ocupamos aquí.

Nos atreveríamos a decir que, así como el ciudadano suramericano, el chicano ha heredado históricamente el fenómeno de la violencia (Dorfman, 13). Lo ha internalizado psicológicamente hasta tal punto que se ha vuelto como un «pecado original». La violencia es la estructura social misma en la cual se encuentra el chicano. Podría incluso parafrasearse, como dice Ariel Dorfman citando a Descartes, «soy violento, luego existo», o como diría el mismo Sartre: «estamos condenados a la violencia». Se trataría pues de la cuestión de la existencia y de la libertad. De una existencia palpitante y de una libertad que se busca por inexistente. No se trata, en el caso del chicano, de una existencia rabiosamente individual, al estilo sartreano, sino de una violencia que toma forma de liberación colectiva: Felipe, el individuo personal, se rebela como representante del individuo colectivo llamado pachuco/chicano. Es el individuo que toma sobre sus espaldas al grupo chicano y que escogerá una víctima expiatoria -el marino anglosajón- que expiará el crimen colectivo anglosajón perpetrado contra la víctima colectiva chicana. Se trata de restablecer una armonía momentánea que cesó con el resquebrajamiento de las fuerzas opuestas a través de la historia entre opresor y oprimido, entre anglosajón y chicano.

Esta violencia la heredaron el chicano y Felipe. Violencia heredada, como se ha dicho, casi como «pecado original». En el texto leemos un pasaje muy revelador.

Sosteniendo el cigarrillo entre el pulgar y el índice, los ojos de Felipe se deslizaron por el largo cilindro blanco hasta sus manos: morenas, humo de sudor y casi invisibles [...] Estas mismas manos [...] no hace mucho que habían hecho espadas de juguetes y que arrojaban piedras con las resorteras y que blandían instrumentos para defender el honor chicano en el barrio. Y dentro de la piel de estas mismas manos morenas fluía la sangre de los aztecas, de los cristianos ibéricos y de los judíos sefarditas. Estas manos eran Felipe y su historia; Felipe como emplumada serpiente y Felipe con sus colgajos que los gabachos llamaban «zoot suits».

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Quizás este pasaje, además del acto violento en sí mismo, sea la indicación más importante de lo que acabamos de decir: que la violencia en el chicano es como un «pecado original», o sea, que su violencia fue heredada desde el origen. Este doble simbolismo social y religioso, rito civil y rito sagrado, se expresa sintéticamente a través de la mano de Felipe y su historia: confluencia de «guerras floridas» de los aztecas, de «guerras religiosas» cristianas y de «pueblo elegido de Dios» del anglosajón. Estas tres historias amalgamadas, cuya base se funda en las religiones, se enfrentan ante el «destino manifiesto» anglosajón, también de origen religioso, para explicar no solamente la conflagración religiosa entre opresor y oprimido, sino también para indicar la larga tradición de la violencia heredada por Felipe, representante de la violencia sociorreligiosa a que fue sometido el chicano.

Además de la manifestación exterior de la violencia por medio de las coordenadas vertical y horizontal, la violencia toma también otra dimensión implícita, que es la interior e inespacial. Se ve mucho en la narrativa latinoamericana y, en particular, en la literatura mexicana, sobre todo en Yáñez, en Rulfo y en toda la novela de la Revolución Mexicana. En esta violencia se muestra «el drama de una conciencia colectiva cuya violencia estalla interiormente, donde la energía se gasta en reprimir [...] la libertad, donde la violencia es un lento desangramiento interior. La Revolución Mexicana, al final, es el resultado inesperado e inevitable de este estado de conciencia» (Dorfman, 33). Por extensión se podía aplicar esto a la situación del chicano-pachuco. La violencia se interioriza, se reprime y se colectiviza. Pero llega un momento «inesperado e inevitable» en que intuitivamente, y quizás sin organización, estalla externamente. Es el caso de LA: The Sacred Spot.

En conclusión, en este cuento de Javier Alva se confabulan los tres aspectos de la violencia: la violencia vertical, serie ininterrumpida de imperios colonizadores; la violencia horizontal entre miembros de la clase baja en forma de pandillas; y la instintiva y psicológica, que se ha hecho parte integral y estructurizante de la existencia vital del chicano. Una violencia existencial y vital, una situación enajenante, de acuerdo a la cual el chicano, para no caer en el vacío existencial, devuelve esa violencia heredada, exteriorizándola contra el opresor. Es el caso de Felipe contra el marino anglosajón, del pachuco contra el ejército, del uniforme negro pachucano contra el uniforme blanco anglosajón o, en una palabra, del oprimido contra el opresor y del «pecado original» contra el «pecado [del] capital».

Obras consultadas

Acuña, Rodolfo, Occupadied America: The Chicano's Struggle Toward Liberation, New York, Canfield Press 1972, 203-208.

Alva, Javier, «LA: The Sacred Spot», Aztlán: An Anthology of Mexican American Literature, New York: Random House, 1972, 170-173.

Dorfman, Ariel. Imaginación y violencia en América, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1970.

León Portillo, Miguel, Aztec Thought and Culture: A Study of the Aztec Mind, Oklahoma, The University of Oklahoma Press, 1963.

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 2ª. ed., 1973.

McWilliams, Cary, North from Mexico: The Spanish-speaking People of the United States, Greenwood Press, New York, 1968, 233-234.

Rivera, Tomás. La Palabra: Revista de literatura chicana (Cuentos chicanos), Vols. 6 & 7, Primavera & Otoño, 1984 & 1985, Números 1 & 2.