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J. M. Ruano, La primera versión de La vida es sueño de Calderón, p. 108.

 

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Recuérdese la queja de Calderón en el prólogo de su Parte cuarta (1672): «Pues sobre estar (como antes dije) las ya no mías llenas de erratas, y, por el ahorro del papel, aun no cabales (pues donde acaba el pliego acaba la jornada, y donde acaba el cuaderno acaba la comedia), hallé, ya adocenadas y ya sueltas, todas estas que no son mías, impresas en mi nombre».

 

33

J. Moll, «Diez años sin licencias para imprimir comedias y novelas en los reinos de Castilla: 1625-1634», Boletín de la Real Academia Española, LIV (1974), pp. 97-103.

 

34

D. W. Cruickshank, «Some Notes on the Printing of Plays in Seventeenth-Century Seville», The Library, 11, 3 (1989), p. 251.

 

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François Lopez ha dado a conocer un interesante episodio de trasiego de privilegios para publicar a Calderón a mediados del siglo XVIII («Une édition fantôme des oeuvres de Calderón (Pour une histoire de la «comedia suelta»), en Francis Cerdan, ed., Hommage à Robert Jammes, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1994, II, pp. 707-719).

 

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«Sobre las ediciones del siglo XVIII de las partes de comedias de Calderón», en L. García Lorenzo, ed., Calderón. Actas del Congreso Internacional sobre Calderón y el teatro español del Siglo de Oro (Madrid, 8-13 de junio de 1981) , Madrid, CSIC, 1983, I, pp. 221-34.

 

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Véase también E. M. Wilson y D. W. Cruickshank, «A Calderón collection in Dr. Steevens' Hospital, Dublin», Long Room, Bulletin of the Friends of the Library, Trinity College, Dublin, 9 (1974), pp. 17-27.

 

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«La comedia suelta y compañía, 'mercadería vendible' y teatro para leer», en J. M. Sala Valldaura, ed., El teatro español del siglo XVIII, Lleida, Universitat, 1996, pp. 589-603, especialmente pp. 599-600.

 

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François Lopez, apoyándose en un apunte de Jaime Moll, señala cómo los neoclásicos cambiaron de formato a la hora de publicar sus piezas teatrales, trocando el tamaño 4.º por el 8.º, y el formato de folleto por el de libro.

 

40

Las calas realizadas en unos cuantos dramaturgos del siglo XVII con bibliografías más o menos fiables (Belmonte, Cubillo, Godínez, Mira de Amescua, Monroy, Pérez de Montalbán, Ruiz de Alarcón, Luis Vélez de Guevara) lo expresan con rotundidad. Casi el 90% de las comedias conservadas lo han hecho en impresos (y más del 60% sólo en impresos). Mientras que las que se han conservado en manuscritos -sin entrar a discernir cuáles de estos proceden de impresos, que los hay- no llegan al 40% (el 11,3% sólo en manuscritos).

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