La valija de Esteban Echeverría
Leonor Fleming
Cuando en 1825 Esteban Echeverría (1805-1851) viaja a París para continuar sus estudios, en la Aduana de Buenos Aires se registra como «comerciante»; a su regreso en 1830 ya está convertido en «literato». En su reducido equipaje personal, había llevado un ejemplar de La lira argentina, compendio de la poesía neoclásica inspirada en las luchas de la independencia, impreso el año anterior en París y llegado al Río de la Plata luego de curiosas peripecias. Era un simbólico resumen de las adhesiones ideológicas y literarias del joven ilustrado.
De regreso trae el nuevo credo y los metros románticos, continente apropiado para desplegar el fervor por la libertad y por la causa americana, heredados de los poetas próceres de La lira. El romanticismo migra a América en la valija del literato y aunque no es detectado por las aduanas, sí lo es por la juventud intelectual del Plata, que lo adopta, lo aclimata y convierte al poeta en guía de su generación.
El viaje a París supone para el porteño una nueva perspectiva de lo propio. La movilidad y la distancia descentran su mirada, le permiten ver (y nombrar) lo antes inadvertido o desprestigiado, esa pampa desaforada y, sobre todo, inventar en los textos una nueva nación aún incierta en la geografía.
El mayor provecho que le aporta el viaje no es sólo el explícito del descubrimiento del romanticismo literario y su correspondencia con el liberalismo en la sociedad, según la conocida fórmula de Victor Hugo; sino el implícito, el cambio de perspectiva que instaura una contradicción entre el ideal «civilizado» ajeno, y «la barbarie» que se impone con la fuerza de lo propio. Esta contradicción tensa para su beneficio la escritura y aparece, entre líneas o abiertamente, en sus mejores textos.
Desde esa visión dis-locada, en el sentido de fuera del lugar propio, transterrada y repatriada, se sientan «las bases» (como lo hace Juan Bautista Alberdi en la política) de los escenarios, los temas y el lenguaje que luego desarrollará la literatura argentina.
Con los aciertos y tropiezos de toda iniciación, en el poema La cautiva y el cuento El matadero Echeverría logra el propósito de «no transitar por trillados caminos»
. En estas obras emergen con fuerza el desierto y la frontera, dos espacios inaugurales de una literatura que nace a la vez, enajenada y comprometida. El cuento, además, desconcierta a la crítica, y probablemente al propio autor, con una lengua canalla que tendrá un brillante porvenir en la narrativa del Plata.
Se sabe poco sobre los casi cuatro años que pasó el joven en París. Pero como ocurre con frecuencia en todo verdadero viaje, importa tanto el contenido declarado de la valija como los más secretos contrabandos: la nueva mirada que trajo puesta el peregrino.