Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

La U. R. S. S. y España, fuerzas hermanas

Miguel Hernández

imagen

La U. R. S. S. y España, fuerzas hermanas

Salir de España, donde vivir es vivir en carne viva, y hoy más que nunca; atravesar los Pirineos fue para mí arrancarme de un mundo cálido, desnudo, hirviente de pasión dentro de la paz y de la guerra, y hacerme pesar ante una humanidad de cartón, sentada en una comodidad de trenes de primera clase y un silencio de pobres fieras aisladas: hienas leyendo el periódico, sapos eructando chocolate, zorros y lobos mirándose de reojo y gruñendo de tener que rozarse. Cuerpos humanos aficionados a no serlo y propensos a ser larvas, moluscos, carne de pulpo y caracol viscosa, lenta. Esta mala impresión recibí al pasar por Europa camino de la U. R. S. S. Peor había de ser la que recibiera, a mi regreso de la U. R. S. S., atravesando la isla de Europa: Inglaterra, donde vi a los hombres más encerrados en un egoísmo de aguiluchos rapaces y en una elegancia monótona, uniforme, llena de bombines, cuellos duros y hoteles como cárceles de recreo: una elegancia de presidiarios capitalistas, que es elegancia, si lo es, por el traje, no por la anatomía, toda rigideces y composturas.

En mi viaje a través de las naciones que hube de transitar para llegar a la patria espiritual de los trabajadores del mundo entero, no pude rectificar un gesto hostil que me salió en la boca y en la frente al enfrentarme con una humanidad automática, mecanizada, sorda por indiferencia egoísta al clamor de los pueblos atropellados; manca para darles ayuda por inhumanidad perezosa, por temor a tender los brazos y retirarlos manchados de sangre.

Al pisar tierras de la U. R. S. S. volví a sentir sobre mi rostro y mi alma el viento humano respirado por los hombres que no olvidan su ser de carne y hueso, su materia primera ennoblecida por el contacto diario con el trabajo y la vida de los demás.

En los pueblos de la U. R. S. S., como en los de España, late un sentimiento familiar, fraternal de la vida, cegado en otros países, y en los del dominio fascista sobre todo, por un resentimiento de castrados incapaces de convivir con sus semejantes y solo capaces de hacer arma mortífera de sus calamidades y defectos. Hitler y Mussolini son dos tipos representativos de esta casta de introvertidos que entienden que la vida es un sillón alto y aislado desde el cual se puede mirar con cejas de superioridad y dirigir despreciativamente el movimiento del mundo.

   En trenes poseídos de una pasión errante

por el carbón y el hierro que los provoca y mueve,

y en tensos aeroplanos de plumaje tajante

recorro la nación del trabajo y la nieve.

   De la extensión de Rusia, de sus tiernas ventanas,

sale una voz profunda de máquinas y manos

que indica entre mujeres: Aquí están tus hermanas,

y prorrumpe entre hombres: Estos son tus hermanos.


Escribí estos versos y los que les suceden recorriendo las Repúblicas Soviéticas. En sus campos y sus ciudades se convive familiar, comunicativamente. El comunismo es convivencia, relación fraternal de los hombres en sus trabajos y en sus luchas. El fascismo dice al hombre: La vida eres tú solo: todo debe ser para ti. El comunismo, la experiencia de mi viaje por la U. R. S. S. me hace afirmar esto firmemente, señala a cada persona: La vida no eres tú solo, que es además el resultado mejor de la unión de tus actividades materiales y espirituales con las mismas actividades de los demás.

En los trenes, en las calles, en los caminos, donde menos se esperaba, el pueblo soviético venía hacia nosotros con los brazos tendidos de sus niños, sus mujeres, sus trabajadores. España y su tragedia tienen una resonancia profunda en el corazón popular de la U. R. S. S.; y yo he traído de allá una emoción y una decisión de vencer, exasperada por el entusiasmo que vi reflejado en cada boca, en cada mirada, en cada puño de aquellos habitantes que aprendieron desde lejos, gritándola, nuestra dura consigna de no ser vencidos: ¡No pasarán!

El interés en la U. R. S. S. por nuestra suerte en la guerra alcanza febrilmente a las aldeas y los lugares más escondidos. Tienen una gran fe en nuestra victoria, y Madrid es para ellos la capital del heroísmo.

Yo he cantado la obra gigantesca realizada por el pueblo soviético, que vive y trabaja con alegría y confianza en el porvenir del mundo.

   La juventud de Rusia se esgrime y se agiganta

como un arma afilada por los rinocerontes.

Suena la metalurgia dichosa de garganta

y vibran los martillos de pie sobre los montes.

   Con las inagotables vacas de oro yacente

que ordeñan los mineros de los montes Urales,

Rusia edifica un mundo feliz y transparente

para los hombres llenos de impulsos fraternales.


MIGUEL HERNÁNDEZ