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Juan Martínez Villergas




Una mujer milagrosa290


Cuento de vieja



I

    En un lugar de Castilla
que el Duero en su curso baña
(tanto me da decir Duero
como Pisuerga o Adaja),

   casose Juana con Juan,
y la consecuencia es clara:
esto equivale a decir
que Juan se casó con Juana.

   Era Juana una mujer,
y esto es verdad demostrada,
que si ella mujer no fuera
con hombre no se casara.

   Era, pues, una mujer
la sencilla castellana,
hermosa como una rosa
y dócil como una malva.
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    Era Juan un labrador
de condición revesada291,
más malo que andar a pie,
más feo que una mortaja.

   Como si la pobre moza
tuviera telas de araña,
siempre andaba el santo fresno
sacudiendo sus espaldas.

   Y gracias que él iba al campo
a cuidar de su labranza
desde que se asoma Febo292
hasta que Febo se escapa.

   Y así la Juana vivía
mientras Juan no estaba en casa;
que estando, andaba el garrote
por quítame allá esas pajas.

   Jamás comía el tal Juan,
que por Dios no era Juan Lanas293,
carne, pan, perdiz, conejo,
pollo, frutas ni ensaladas.

   Aficionado a lo blanco,
rico vino de la Nava294,
sólo sardinas comía
por tarde, noche y mañana.

   Lo imposible era acertar
si darlas fritas o asadas,
porque estando asadas ¡palo!
y estando fritas ¡estaca!
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   Venía el hombre del campo
de armar camorra con ganas.
«Muchacha, ¿qué hay de cenar?».
«Sardinas ¿qué quieres que haya?».

   «¿Cómo me las has compuesto?».
«Cocidas, con mucha salsa».
«Hoy se me antojaban fritas:
maldita sea tu casta».

   Y aquí, cual si su mujer
criara telas de araña,
le cruzaba el santo fresno
sobre sus pobres espaldas.

   Íbase al campo otro día,
la Juana se consolaba,
y Juan volvía a la tarde
bramando como una vaca.

   «¡Muchacha! ¿qué hay de cenar?».
«Sardinas fritas».
«¡Qué infamia!».
«¿Pues no las querías fritas?».
«Hoy las quiero escabechadas».

   Y aquí, cual si su mujer
criara telas de araña,
le cruzaba el santo fresno
sobre sus tiernas espaldas.

   Y otra vez el sol venía,
y otra vez Juan se marchaba,
y otra vez el sol huyendo
Juan se volvía a su casa.

   «¡Muchacha! ¿qué hay de cenar?».
«Sardinas».
«Eso me agrada».
«¿Y cómo las has compuesto?».
«Escabechadas».
«¡Oh rabia!».
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«¿Pues ayer no las querías?».
«Hoy se me antojan asadas».

   Y aquí con rencor profundo
andaba otra vez la vara,
sobre si han de ser cocidas,
o fritas o escabechadas.


II

   Era de Juana vecina
una vieja endemoniada,
según la fama, hechicera,
y bruja según las trazas.

   A la cual pidió un consejo
la desventurada Juana
para agradar al marido
que tanto la maltrataba.

   Parose un poco la bruja
y, después de breve pausa,
a Juana le dijo en estas
o semejantes palabras:

   «Si quieres que por la cena
no te zurre la badana,
pónselas de varios modos
y así la boca le tapas».

   Tomó la Juana el consejo,
volvió Juan de su jornada
sañudo más que otros días,
y dijo con mala cara:

   «¡Muchacha! ¿qué hay de cenar?».
«Sardinas escabechadas».
«Yo las quería cocidas».
«También las hay, ten cachaza295».
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«Pues también las quiero fritas».
«Pues también fritas las hallas».
«Asadas también las quiero».
«También las tienes asadas».
«También las quisiera crudas».
«Ahí tienes una banasta296».
«Bendita seas, mujer,
por hoy estás perdonada».
Y en paz cenaron los dos,
ambos a Dios dando gracias.

   Salió el marido al corral,
y, viendo la noche clara
se le antojó aquella noche
sacar al corral la cama.

   Juana, temiendo al garrote,
obedeció sin tardanza,
y Juana y Juan se acostaron
contentos como una pascua.

   «¡Gracias a Dios! -dijo Juan-
¡Qué noche tan estrellada!
Aquí no hay pulgas infames
que me piquen las entrañas».

   Mis lectores habrán visto
una especie de calzada
de amontonadas estrellas,
que Vía Láctea se llama.

   En esto parose Juan,
y dijo con mucha calma:
«¡Mujer! ¿qué sendero es ese
de claridad tan extraña?».

   «El camino de Santiago
-dijo al momento Juana-,
por donde marchan a Roma
los peregrinos de España».
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   «¡Demonio! -dijo el marido
dando un salto de la cama-,
¿dices que van peregrinos?
¿Y si cae uno y nos mata?

   »¿Por qué la cama sacaste?
¡Maldita sea tu casta!».
Y, esto diciendo, el marido
tomó con furor la vara.

   Y, cual si aquella infeliz
criara telas de araña,
le cruzó el fresno nudoso
sobre sus tiernas espaldas.


III

   Vino el sol, marchose Juan,
y otra vez volvió la Juana
a consultar con la bruja
cómo aliviar sus desgracias.

   La bruja, dando descanso
sobre la mano a la barba,
discurrió el medio mejor
de escarmentar a aquel maula297.

   Y calculando este medio
tras una ligera pausa,
a Juana le dijo en estas
o semejantes palabras:

   «Esta noche le esperamos
tres vecinas con estacas,
cada cual tras de una puerta
escondidas en tu casa.
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    »Procuras que se incomode,
le replicas descarada
y, cuando vaya a zurrarte,
di gritando: ¡Que me mata!

   »¡Válganme las tres Marías298!
Y entonces, desaforadas,
salimos con los garrotes
y le rompemos el alma».

   Aceptó Juana el consejo:
volvió el marido con ganas
de sacudirle las pulgas
como en las noches pasadas.

   «¡Muchacha! ¿Qué hay de cenar?».
«Hoy no he preparado nada».
«¿Cómo que nada, bribona?
¡Ya verás lo que te pasa!».

   Tomó la vara de fresno,
hecho de cólera un ascua,
y empezó a darle tan firme
como quien sacude lana.

   Entonces Juana, llorando,
clamó al cielo arrodillada:
«¡Válganme las tres Marías!
¡que me matan! ¡que me matan!».

   Y entonces las brujas tres
salieron con sus estacas
y ¡pim! ¡pam! lo calentaron
para unas cuantas semanas.

   Cayó el buen Juan sin sentido:
huyeron de allí las magas;
y Juana empezó a llorar,
arrepentida, de lástima.
-151-

   Volvió en sí Juan y, advirtiendo
que Juana le acariciaba,
le dijo: «¡Ten compasión!
perdona, mujer, mis faltas.

   Ya no volveré a ofenderte,
pues conozco que eres santa,
y por tu bondad divina
te doy, querida, mis gracias.

   Pues si, en vez de tres Marías
que me han roto las espaldas,
llamas las once mil vírgenes299,
¡Jesús!... la unción300 no me alcanza».

   Mujeres, si alguna vez
os sucede lo que a Juana
obrad con vuestros maridos
los milagros de esta santa.




Oda a las patatas301


   No las lides pretendo
celebrar de Austerlitz y de Lepanto,
ni de Roma el estruendo,
yo que de eso no entiendo
la gloria y prez de las patatas canto. [...]

   Bien haya a los que hallaron
de América en el rincón pingüe tesoro,
que audaces explotaron,
y al regresar surcaron
olas de plata y borbollones de oro.

   Bien haya a los que hicieron
romería tan larga viento en popa
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y en la región que hendieron
la mina descubrieron
que de patatas inundó la Europa.

   Pues dionos más consuelo
(dice un autor) que el oro y que la plata,
quien con humano celo
al europeo suelo
la mina trasplantó de la patata.

   Del hambre al fiero estrago
las masca el rico, el rey ¿quién dijo miedo?,
y en su elocuente amago
igualan al monago
con el mismo Arzobispo de Toledo.

   ¡Oh! sin su prodigiosa
y alta influencia, que a pintar no acierto,
en esta era famosa
fuera una misma cosa
quedar cesante y repicar a muerto.

   Sabroso, no es lisonja,
y fruto el más barato del mercado,
el estómago esponja
del ex-fraile, la ex-monja,
la huérfana, la viuda, el retirado. [...]

   Por la voz acabada
en eira como Ojeira, Beira y Neira,
Galicia es señalada;
pero es más celebrada
por la gaita chillona y la muñeira.

   Nombre la Mancha alcanza
entre ciertas y ciertas maravillas
por su héroe Sancho Panza,
y la española danza
que llamamos manchegas seguidillas.

   Mas también fama y mucha
les da su patatar, respondo a ciegas;
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o decida en la lucha
Madrid, que tanto escucha:
«¡A dos cuartos manchegas y gallegas!».

   Igual, bien comparadas,
a las mujeres son, doy datos fijos:
pálidas o encarnadas,
panzudas o estrujadas,
doncellas la mitad y otras con hijos.

   Nadie hay que más insista
en ser cual yo tan partidario de ellas,
la causa está a la vista:
probable es que consista
en que me saben bien estas y aquellas.

   Plantas las dos del suelo,
que al ardiente apetito desafían,
guardan con denso velo
un corazón de hielo,
pero entrando en calor tarde se enfrían.

   Furioso las embisto302
frías, asadas, con arroz, calientes;
ya guisadas, ya en pisto,
pero en tortilla ¡ay Cristo!
me hacen de gusto tiritar los dientes.

   Si llega a mis oídos
el son de la sartén sobre la hornilla,
parezco a los partidos
que en viéndose vencidos
desean que se vuelva la tortilla.

   Tanto al amor convida
hoy la patata, que decirse debe
con el alma y la vida,
que es la flor escogida
de este pensil del siglo diez y nueve.
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   Yo las estoy gastando
con tanta profusión que tengo un censo,
comiendo o almorzando,
cenando o merendando,
y tanto, en fin, en las patatas pienso

   que si en bailes me veo,
mejor que a las de Strauss dulces sonatas,
pegar brincos deseo
al viejo martilleo
del venerable Vals de las patatas.



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José María Bonilla




A mi amigo don José Bernat Baldoví303


    Como de prosa estoy harto,
en verso a escribirte voy:
y ya en el tercero estoy
para concluir el cuarto.

   De raspón entro en el quinto
y tras él te endoso el sexto;
coge el séptimo con esto,
que aquí el octavo te pinto.

   Ahora querrás el nono
detrás este, que es el décimo;
mas si el once sale pésimo,
que te ensarte el doce un mono.

   ¿Eh, Bernat?, ¿qué te parece?
¿Estoy de cacumen falto?
Pues al diez y seis de un salto
me escurro aquí desde el trece.

   Al diez y siete pasé,
si este es diez y ocho acaso,
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ya del diez y nueve paso,
y al veinte por fin llegué.

   Voy a sacarte de penas,
y no más los versos cuento;
que aunque contara hasta ciento
conté, justos, dos docenas.



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Trabalenguas


Wenceslao Ayguals de Izco



   Tras tres tragos y otros tres
y otros tres tras los tres tragos,
tragos trago y tras estragos
trepo intrépido al través.

   Travesuras de entremés,
trápalas tramo y, tragón,
treinta y tres tragos de ron
tras trozos de trucha extremo.

   ¡Tristes trastos: truene el trueno!
¡Tron...trin...tran...trun...torrotrón!!!304




Felipe Vital Aza


   Paco Peco, chico rico,
insultó de un modo loco
a su tío Federico,
que le dijo: «¡Poco a poco,
Paco Peco, poco pico!»



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Vital Aza y García Sanchís


   Manuel Micho, por capricho,
mecha la carne de macho,
y ayer decía un borracho:
«¡Mucho macho mecha Micho!».





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Epigramas


Juan Martínez Villergas



   Un mozo, ¡suerte maldita!,
cayó en un pozo de Almagro;
se encomendó a Santa Rita
y la santa hizo el milagro.

   Pues no se ahogó el pobre mozo
yendo al fondo con sus huesos,
por... no haber agua en el pozo;
pero se estampó los sesos.



   Varias personas cenaban
con afán desordenado,
y a una tajada miraban
que, habiendo sola quedado,
por cortedad respetaban.

   Uno la luz apagó
para atraparla con modos305;
su mano al plato llevó,
y halló... las manos de todos,
pero la tajada, no.

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   «Si a los mansos -dijo Rosa-
Dios da en el cielo reposo.
¡Ay qué gloria tan hermosa
tendrá mi difunto esposo!».



   Baldado estaba Narciso
sufriendo la pena negra,
cuando le llegó un aviso
del funeral de su suegra.

   «Siento andar en pies de palo
-contestó con ceño adusto-,
si no estuviera tan malo
iría con mucho gusto».


    Los diez tomos ¡vive Dios!
que ha publicado Quirós
con notas y suplementos,
como los diez mandamientos
pueden reducirse a dos.




Leopoldo Alas306



    Disputando el chusco Pedro
ayer estaba con Juan
y este a voces le decía:
«¡Póngase usté en mi lugar!

   y veremos lo que hace!».
Pedro, sin querer oír más,
se fue derecho a la cuadra
y se puso a rebuznar.



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Wenceslao Ayguals de Izco



   Era Gilito propenso
a pensar, mas de tal modo
que, si le hablaban, a todo
contestaba: «Pienso..., pienso...».

   Preguntó un quídam307 al tal:
«¿Qué come usted?». «Pienso...», dijo;
y el otro replicó: «Es fijo
que el chico es un animal».




Salvador Pérez Montoto



   Hace tiempo ha publicado
el socialista Juan Lobo
un folleto intitulado:
«La propiedad es un robo».

   Pero luego, ingenuamente,
dice el célebre escritor
en la página siguiente:
«Es propiedad de su autor».




Victoriano Martínez Muller


    No sé por qué «amor platónico»
llaman al que es puro y casto;
porque, si es amor de ayuno,
¿para qué hace falta el plato?



   Al confesarse contrito
un banquero muy obeso,
con mucha prudencia y seso
le preguntó fray Benito:
-162-

    «Dime, infeliz, ¿por qué robas?».
Y él respondía sin ganas:
«Padre, flaquezas humanas».
¡Y pesaba doce arrobas!



   Cierta noche que Pilar
de dormir tuvo deseo,
dijo: «Quisiera dormir
en los brazos de Morfeo».

   La oyó una beata de éstas
gruñonas en demasía,
y exclamó: «¡Qué deshonestas
son las muchachas del día!».




M. Bretón de los Herreros


   Voy a hablarte ingenuamente:
tu soneto, don Gonzalo,
si es el primero es muy malo;
si es el último, excelente.




A. Brasés



    La palabra caracol
se forma de col y cara
porque el caracol se para
mucho de cara a la col.

   Se adivina sin trabajo,
aceptando esta teoría,
cómo se le llamaría
si se parase ante el ajo.



  -163-  
R. J. Crespo



    «¿Qué es eternidad?», decía
un cura que predicaba,
las ideas farfullaba
y las cosas repetía.

   «¿Qué es eternidad?», gritando
cinco veces preguntó,
y una mujer respondió:
«Nuestro cura predicando».




Manuel del Palacio


    «¡Igualdad!», oigo gritar
al jorobado Torroba.
Y se me ocurre pensar:
¿quiere verse sin joroba
o nos quiere jorobar?




A. Ribot y Fonteseré



   Se me desbocó el caballo,
que no hay un bicho más fiero;
dio tres saltos de carnero,
hizo diabluras que callo.

   Por cien collados rodó
sin tirarme; solamente
tirar logró a mi asistente,
que él era quien lo montó.


Tuerto a Blas han pintado, calvo y chato,
y le han hecho favor en el retrato.



  -164-  
Vicente Ruiz Aguilera



   «¡Ay! ¡Ay!» repitió Garay
en sus instantes postreros
y, alegres, los herederos
dijeron: «Ha dicho que hay».

   Y era verdad, pues sin dolo,
y con testamento en mano,
así exclamó el escribano:
«Hay... pero deudas tan sólo».




Anónimo



   El preceptor Gaspar Cuervo,
que gramática enseñaba,
a un alumno preguntaba
si la voz BURRO era verbo.

   «Según lo que yo discurro
BURRO es verbo, Don Gaspar,
pues se puede conjugar:
yo BURRO, tú BURRO, él BURRO...».





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