Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

ArribaAbajo

Acto cuarto

 

La misma decoración del anterior.

 

Escena I

 

MARINA y BELTRÁN.

 
MARINA. Reparad...
BELTRÁN.                 Nada reparo.
MARINA. Desistid: ved...
BELTRÁN.                         Nada veo.
Me cansan las dilaciones
y abomino los enredos;
sé que vale más un toma
que dos te daré; me precio
de sagaz; lengua expedita
no me falta; y como el cielo
no desampara al osado,
no hay tus tus al perro viejo,
voy a mi negocio siempre
por el camino derecho.
MARINA. ¡Sendas por mi mal perdidas!
Esto no tiene remedio.
BELTRÁN. ¡Bueno es estarse llorando
y dejar correr el tiempo,
y que el demonio se lleve
el pactado casamiento!
No hay pez tan escurridizo
como un novio, te lo advierto;
y es un notorio milagro
verle preso en el anzuelo.
Pero tú tiemblas...
MARINA.                           (Me asalta
un horrible pensamiento,
que me aterra y enloquece.
¡Ella de virtud modelo!...
¡Oh, no; imposible!)
BELTRÁN.                                 ¿En qué piensas?
MARINA. En nada.
BELTRÁN.               Pues acabemos.
¿Amas a Vivaldo?
MARINA.                              ¡Así
pagara mi tierno afecto!
BELTRÁN. ¿Fueras su mujer gustosa?
MARINA. Mi gloria cifrara en ello.
BELTRÁN. Entonces...
MARINA.                   No hay esperanza.
BELTRÁN. ¿Quién lo impide?
MARINA.                              Mi hado adverso.
BELTRÁN. ¿Y he de estar bracicruzado?
¿Y he de callar?
MARINA.                           Os lo ruego.
BELTRÁN. Todas son unas. ¡Mujeres!
¿Quién jamás pudo entenderos?
Todo lo hacéis y decís
siempre al revés. ¡Cuán discreto
anduvo nuestro vecino
Ginés el alcabalero!
Cruzaba una vez el río
que dista de aquí una legua,
con su mujer y su yegua,
ambas de genio bravío;
y cátate que el demonio
una de las suyas fragua,
y tumba en medio del agua
animal y matrimonio.
Asirse logra el paciente
a unos mimbres de la orilla;
pero su pobre costilla
presa fue de la corriente.
Muy convencido Ginés,
sin contrarios pareceres,
de que siempre las mujeres
todo lo hacen al revés;
a la suya, en ansia viva,
al salir de aquel trabajo,
no buscaba río abajo,
sino por el agua arriba.
A más ver.
MARINA.                  Tened.
BELTRÁN.                             ¡Ya basta!
MARINA. ¿Nada os dicen los misterios
de esta noche?
BELTRÁN.                        ¿Qué me importan?
(Por descifrarlos reviento.)
MARINA. ¿Nada la vuelta del amo,
ni el crujir de los aceros,
la reserva de los mozos?...
BELTRÁN. Sí; me dice todo esto
que grande señal de calma
son relámpagos y truenos.
El ama: a pedir de boca.
Verás si luzco mi ingenio.
 

Escena II

 

DICHOS y DOÑA JUANA.

 
BELTRÁN. Señora...
D.ª JUANA DE MENDOZA.               Manda que ensillen
un caballo.
BELTRÁN.                   ¿Ahora?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                 Al momento.
BELTRÁN. Será cosa muy urgente.
¿Algún aviso?... ¿Algún pliego?...
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ya tardas.
BELTRÁN.                  Señora..., yo...
(Vamos, hoy corre mal viento.)   (Vase.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sola déjame. A Vivaldo
aguardo aquí.
MARINA.                      (¡Dios eterno!)   (Vase.)
 

Escena III

 

DOÑA JUANA y VIVALDO.

 
VIVALDO. ¿Me habéis mandado llamar?
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sí.
VIVALDO.      Yo anhelaba también
esta ocasión para hablaros.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sabe que si te llamé,
te cumple tan sólo ahora
oírme y obedecer.
Faltaste a mi esposo anoche;
y evitar es mi interés
el enojo que tendrá
si en el castillo te ve.
Un caballo, de orden mía,
se encuentra dispuesto; en él
para siempre de estos sitios
te alejas.
VIVALDO.               ¿Qué pretendéis?
D.ª JUANA DE MENDOZA. De estar en mi servidumbre
has cesado desde ayer.
VIVALDO. Señora, inventad castigos;
cualquiera menos cruel
será para mí.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                      Te impongo
el que oportuno juzgué.
VIVALDO. Pero advertid...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                         No hay remedio.
VIVALDO. ¡Yo partir!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                  Luego ha de ser.
VIVALDO. ¿Para siempre?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                         Para siempre.
VIVALDO. ¡Salir de mi patria! ¡Ved
que en ella está mi contento,
mi vida, mi único bien!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sabes que soy inflexible.
VIVALDO. Señora, no me mandéis
lo que no puedo cumplir.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Que me obedezcas es ley.
VIVALDO. ¡Extraña impiedad!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                               Precisa.
VIVALDO. Destrozáis un pecho fiel,
que es vuestro...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                           No quiero oírte.
VIVALDO. Ya es fuerza que me escuchéis;
harto he callado.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                           ¡Silencio!
VIVALDO. No más, no más timidez.
Para vencerme no tengo
la fuerza que vos tenéis
D.ª JUANA DE MENDOZA. No te comprendo: obedece.
VIVALDO. No me queréis comprender.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Al punto: sal de mi casa.
VIVALDO. ¡Bien adivino por qué
me imponéis silencio.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                   Al punto.
VIVALDO. ¡Destino implacable!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                  Ten
presente que mayor pena
que el destierro puede haber;
y para nada procures
volver a verme otra vez,
porque no has de conseguirlo.
VIVALDO. ¡Señora!
D.ª JUANA DE MENDOZA.              ¡Obedece, pues!

(Entra en su aposento.)

 

Escena IV

 

VIVALDO solo. Después, BELTRÁN.

 
VIVALDO. Me aleja porque me teme.
me impide hablar, con desdén,
porque una palabra mía
derrocara su altivez.
Sí; corresponde a mi amor.
No se engaña el pecho aquel
que a hermoso dueño consagra,
invencible, eterna fe.
¿Si no me quisiese ella,
pudiérala yo querer?
¿Y me arrojáis del palacio
para siempre? ¿Y no obtendré
el consuelo, o la venganza
de decir a vuestros pies
que os adoro? No; ¡mil veces,
mil veces os lo diré!
Finge que mi amor ignora,
porque su defensa es
únicamente ignorarlo.
Pero ella al fin es mujer,
y en que yo se lo declare
tal vez cifradas estén
mis esperanzas... Mas, ¿cómo,
cómo a su lado podré
llegar? Si al fin lo consigo,
poniendo en riesgo a la vez
mi vida y su fama, ¿acaso
más tenaz no la hallaré?
¿No me turbarán de nuevo
su aparente impavidez,
su mirar fascinador,
su acento?... ¡Suerte cruel!
Mas fuerza es ya que lo sepa.
Por todo atropellaré,
y lo sabrá. ¿Qué me importa
lo que pueda suceder?
Si labro mi ruina, al menos
la habré merecido.
BELTRÁN.                              ¡Eh!...

(Apareciendo por la puerta del foro.)

(¿Estará sordo?)
VIVALDO.                          (¡Es preciso!)
BELTRÁN. ¿No sabes tú para quién   (Acercándose.)
es el caballo que el ama
mandó ensillar?
VIVALDO.                          No lo sé.   (Vase.)
 

Escena V

 

BELTRÁN.

 
¡Huye bendito de Dios!
Ya es la casa otra Babel;
y al fin entre tantos locos
dará mi juicio al través.
Vaya, aquí hay gato encerrado,
y más grande que un lebrel.
Por más que discurro, nada...
No cojo gato, ni pez.
Ya le cogí. Se dispone
un alazán cordobés;
se llama a Vivaldo luego;
se le dice... no sé qué;
vuelvo a este sitio y le hallo
estampa de Lucifer.
Vivaldo será el jinete
como dos y una son tres.
¿Dónde irá? ¿Por qué disgusta
la comisión al doncel?
 

Escena VI

 

BELTRÁN y DON ALFONSO.

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¡Qué mujer! ¿Y aún dudo? Anoche
me contuve... hoy con usura
vengarme sabré... Castigo
secreto a secreta injuria.)
BELTRÁN. ¡Aquí el amo!... Perdonad.

(Reparando en DON ALFONSO.)

una indiscreta pregunta.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Eh! ¡Vete!
BELTRÁN.                   (Pues él también...
de muy lindo humor madruga.)
Sabéis que soy una malva,
que mi gratitud es única.
Anoche, sin más ni más,
por vos rompí la clausura,
y os abrí el castillo, a riesgo...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Ya de mi paciencia abusas.
BELTRÁN. Como os habéis empeñado
en darme favor y ayuda,
y como Vivaldo...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                             Acaba.
BELTRÁN. Se va a marchar.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                           ¿Qué pronuncias?
BELTRÁN. Ya estará a punto el caballo.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Un caballo!
BELTRÁN.                     (¡Le disgusta!)
La señora lo ha dispuesto.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (Por salvarle de mi furia.
¡Oh! No será.)
BELTRÁN.                        ¡Pues!... Y como
quedamos, cosa muy justa,
en casarle con la otra...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. No; no se irá...
BELTRÁN.                        ¡Qué ventura!
Ya imaginaba que vos
no consentiríais nunca
en que se marchase, cuando...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Eh, qué dices, qué murmuras?
BELTRÁN. Nada. Como va a casarse...,
y como no tiene mucha
gana de viajar..., y como
le queréis con gran ternura...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sí, cierto... Pero sosiega,
que no ha de partir.
BELTRÁN.                                ¡Oh suma
bondad! ¡Qué gran corazón!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Corre, y prevén que a ninguna
persona se le permita
salir del castillo. Escucha...
Iré yo mismo. Aquí aguarda.

(Vase por el foro.)

BELTRÁN. Bien.
 

Escena VII

 

BELTRÁN y VIVALDO; después, MELENDO; a poco, MARINA.

 
VIVALDO.        (Probemos por vez última,
y como no...)
BELTRÁN.                      ¿Adónde bueno?
VIVALDO. A entregar esta minuta
y cuentas a la señora.
BELTRÁN. ¿Van las del monte?
VIVALDO.                                 Sí.
BELTRÁN.                                     ¿Turbias?
VIVALDO. Falta sólo que se aprueben.
BELTRÁN. ¿Y es cosa urgente?
VIVALDO.                                 Sin duda.
BELTRÁN. (Bueno es que al ama entretenga
hasta que el otro concluya.)
VIVALDO. Valor. Entremos.
MELENDO.                             No puedes
entrar.

(Desde la puerta del aposento de DOÑA JUANA.)

VIVALDO.           ¿Quién lo dificulta?
MELENDO. Del ama expreso mandato.
Perdona.   (Con expresión de sentimiento.)
VIVALDO.               ¡Oh Dios!
BELTRÁN.                               ¿Qué te apura?
Lo mismo es hoy que mañana.
VIVALDO. ¡Qué bien lo supuse!
BELTRÁN.                                  (¡Juzga
que va a partir!)
VIVALDO.                          ¡El infierno
en mi daño se conjura!
BELTRÁN. ¿Tengo yo franca la puerta?

(A MELENDO, que hace un movimiento afirmativo.)

Pues, entonces, aleluya.

(Arrebata a VIVALDO la cartera y se dirige presuroso hacia la habitación de DOÑA JUANA.)

VIVALDO. ¿Qué haces? Detente.
BELTRÁN.                                   Supónlas
ya en sus manos.
VIVALDO.                            ¡Importuna
diligencia!
BELTRÁN.                  Soy tu amigo.

(Entra en el aposento de DOÑA JUANA, MELENDO tras él.)

VIVALDO. Tente, aguarda... ¡Es gran locura!...
No importa.
MARINA.                    (¡El aquí!)
VIVALDO.                                     (¡Marina!
¡Cuál su presencia me turba!
No quiero hablarle...; no quiero
explicaciones ni excusas...
¡Oh, la ansiedad me devora!
Que mi destino se cumpla.)

(Vase por la puerta de la derecha.)

MARINA. ¡Se va!... ¡Me evita el martirio
de disimular mi angustia!
 

Escena VIII

 

MARINA y BELTRÁN.

 
BELTRÁN. ¡No se puede sufrir esto!

(Saliendo enfurecido de la habitación de DOÑA JUANA, con la cartera del despacho en la mano.)

MARINA. ¿Qué tenéis?
BELTRÁN.                     ¿Qué he de tener?
Que desde el amanecer
todos me ponen mal gesto.
-Señora... -¿Qué me presentas?

(Como reproduciendo la conversación que se supone ha tenido con DOÑA, JUANA.)

-Cuentas de Vivaldo son:
falta vuestra aprobación...
-Vete; no estoy para cuentas.
-Creo que vienen muy claras...
-Vete. -Y al momento... -Vete.
-Pero... - ¡Pronto! -¿Quién me mete
en camisa de once varas?
MARINA. Cargado está el horizonte.
BELTRÁN. Y de nubes turbulentas.
No más cuentos, ni más cuentas...
¡Y aquí vienen las del monte!   (Con interés.)
Hermoso bosque se ardió

(Abre la cartera y ojea los papeles, como distraído.)

y a nadie fue de provecho.
Pero, en fin, a lo hecho pecho.
¡Hola, por aquí ando yo!
Mi cuenta. No será raro
que el secretario, mohino
porque va a ser mi sobrino,
me haya puesto algún reparo.
MARINA. No penséis mal.
BELTRÁN.                          Si le ofendo
sin razón, él por su parte
me ofende a mí al desairarte.
¡Jesucristo! ¡Qué estoy viendo!

(Leyendo uno de los papeles que habrá en la cartera.)

MARINA. ¿Qué sucede?
BELTRÁN.                       ¡Sí; no hay más!

(Hablando consigo mismo.)

MARINA. ¡Oh! ¿Qué dice ese papel?
BELTRÁN. ¡Y ella!... Sí.
MARINA.                     ¿Qué dice?
BELTRÁN.                                      ¡Y él!...
Piensa mal y acertarás.
MARINA. Hablad: mi zozobra acabe.
BELTRÁN. Burlado quedo, ¡oh baldón!
¡He sido como ratón
que un solo agujero sabe!
MARINA. Hablad.
BELTRÁN.              Me engañó. ¡Te humilla!
MARINA. ¿Quién? ¿Qué debo recelar?
BELTRÁN. ¡Después de tanto nadar,
no hay como ahogarse en la orilla!
MARINA. Dejad que esa carta lea.
BELTRÁN. En ella verás tu ruina.   (Dándosela.)
MARINA. ¡Cielo santo!   (Leyéndola.)
BELTRÁN.                      No es harina
todo aquello que blanquea.
MARINA. ¡Callad! Mi pecho destroza
este secreto, y me asusta.
BELTRÁN. ¡Miren la grave, la adusta
doña Juana de Mendoza!
También ella el germen siembra
del oprobio, ingrata y ruin.
Una ricahembra, al fin,
si es rica también es hembra.
MARINA. ¡Tal maldad su pecho esconde!
BELTRÁN. Voy a decirle...
MARINA.                         Aguardad.
BELTRÁN. Al son que canta el abad,
el sacristán le responde.
Ya con sus miradas hoscas
no me turbará la infiel;
y no hay sino hazte de miel,
y no te verás de moscas.
MARINA. ¡Por Dios!...
BELTRÁN.                    Sí, tu ruego acato,
y espero ocasión mejor,
que nunca es buen cazador
siendo maullador el gato.
MARINA. ¡Faltarme así doña Juana!
BELTRÁN. El escudero de Aroche,
de lo que dice de noche
no se acuerda a la mañana.
MARINA. Y tú, Vivaldo, ¿por qué
mi afecto pagas tan mal?
¿Cuál fue mi delito, cuál
si el quererte no lo fue?
Mas ya te aborrezco, sí;
ya os detesto, almas traidoras.
BELTRÁN. ¿Que le aborreces, y lloras
y me haces llorar a mí?
En mi pecho tu dolor
eco fiel siempre hallará,
que el más alegre quizá
es el que siente mejor.
Dispónte luego a partir;
nada contigo me aterra:
donde una puerta se cierra,
ciento se suelen abrir.
Y espere que digno esposo
al cabo a sus pies se rinda,
quien tiene cara tan linda
y corazón tan hermoso.
Yo el sustento de los dos
ganaré, y al fin completa
será tu dicha, que aprieta
mas no ahoga nunca Dios.
MARINA. Sí; mi planta no vacila.
BELTRÁN. Salgamos de esta morada
con la frente levantada
y la conciencia tranquila.
MARINA. ¡Oh cuán dura humillación
suerte fatal me depara!
BELTRÁN. Más vale vergüenza en cara
que mancilla en corazón.
 

Escena IX

 

DICHOS y DON ALFONSO-

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¿Qué es esto? ¿Los dos llorando

(Deteniéndose en la puerta del foro.)

y demudado el semblante?)
BELTRÁN. (¡El amo!)
MARINA.                  (Dadme al instante
la carta.)

(BELTRÁN se la da y ella trata de ocultarla entre las manos.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ.               (¿Qué estoy mirando?
¡Marina un pliego ocultó!...)
MARINA. (Que no sospeche.)

(Procurando tranquilizarse.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                (¡Cautela
singular!... ¿De mí recela?
¡Imposible! ¿Y por qué no?
¿Será?...) ¿Qué nueva importuna   (Adelantándose.)
contiene el pliego que guardas?
MARINA. (Le ha visto.) Señor...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                   Ya tardas
en responderme.
MARINA.                           Ninguna...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Dámelo.
MARINA.              Pero...
BELTRÁN.                        (El asunto
va mal.)
MARINA.              Perdonad..., yo os ruego...
BELTRÁN. Es una cuenta...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                         Ese pliego.   (Imperiosamente.)
MARINA. ¡Dios mío!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                  Dámele: al punto.

(Toma el pliego de manos de MARINA sin que ella oponga resistencia. A una señal imperativa de DON ALFONSO, sale con BELTRÁN por la puerta del foro.)

 

Escena X

 

DON ALFONSO. Después, MELENDO.

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sí: la prueba apetecida
me otorga propicio el hado...
Y por no haberla encontrado
diera contento la vida.
¿Por qué abrasa este papel?
¿Qué puedo en él encontrar,
que antes quisiera cegar
que fijar la vista en él?   (Leyendo.)
«Os amo, y pagáis mí amor:
ya es imposible ocultarlo,
ni extinguirlo con la ausencia,
ni remediar sus estragos.
Vedlo bien: con el destierro
no ponéis mi vida a salvo,
y más amargáis la vuestra.
Antes la muerte.-Vivaldo.»
¡Oh, sí: se amaban los dos!
Cierto, cierto es lo que miro.
No, no sueño; no deliro,
no me engaño... ¡Ira de Dios!
¡Ardiendo en culpable llama
desdeñó mi pura fe!
¡y yo que, necio, fie
en la opinión de una dama!
He aquí la que no tenía
en la voz del mundo precio.
Siempre aplaude el mundo necio
la astucia y la hipocresía.
Muera quien manchó mi honor;
ni es satisfacción bastante
el dolor de un solo instante
para un eterno dolor.
¿Y con el suyo ha de ser
envilecido mi nombre?...
¡Maldita ley que hace al hombre
juguete de la mujer!
¡Oh! ¿Qué?...

(Viendo a MELENDO, que entra por la puerta del foro.)

MELENDO.                      La gente marcial
ya para marchar se apresta.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Luego que se halle dispuesta,
hagan las trompas señal.   (Vase MELENDO.)
 

Escena XI

DOÑA JUANA y DON ALFONSO. Después, MELENDO.

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (Ella viene. ¡Dios me valga!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Por qué, cuando yo despido
a Vivaldo, has prohibido
que de estos lugares salga?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Por qué? Convencerte espero
de que fue cuerda medida
no consentir su partida
sin que esto vieses primero.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Este pliego?...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (Dándosele.)   Es para ti.

(DOÑA JUANA fija en él la vista.)

Ve si es prudente que parta.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Oh!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.        ¿Qué dices?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                           Que esta carta
no puede ser para mí.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Mal la turbación escondes
que miro en tu faz pintada;
eres de Vivaldo amada,
y tú a su amor correspondes.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Oh! ¿Qué escucho?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                 Tu traición
ya es patente.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                      Sella el labio,
que no merezco el agravio,
que me ofendes sin razón.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Mientes.
D.ª JUANA DE MENDOZA.               El furor modera.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Ya vio este pliego Beltrán.
Muchos por él lo sabrán;
lo sabrá Castilla entera.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ni habrá quien lo dude, no;
que el mundo, de envidia lleno,
siempre dudó de lo bueno,
siempre lo malo creyó.
Sí; lo sé. ¿Qué no atropella
de vil calumnia el rigor?
Cuanto es la gloria mayor,
tanto más se ceba en ella;
y donde el monstruo infernal
clava la garra homicida,
aun cuando sane la herida
queda siempre la señal.
¿Y habré de apurar las heces
de oprobio tanto? ¿Y osó
Vivaldo?... ¿Yo infame? ¿Yo
sin honra? ¡Jesús mil veces!

(Cubriéndose el rostro con las manos.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Harto tiempo fue ignorada
la traición de un pecho ingrato.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Con que, en su ciego arrebato,
nada le contuvo, nada?
Tal castigo merecí
por mi templanza excesiva.
Yo debí ser más altiva,
más severa... Yo debí
con ánimo resoluto
descubrir su torpe dolo.
¡Maldita piedad, que sólo
das la ingratitud por fruto!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Y en ver tu sangre vertida
va a gozarse mi furor.   (Desnudando una daga.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Hiéreme, sí. Con mi honor
debe acabarse mi vida.   (Mirándole cara a cara.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Prepárate a recibir
tu castigo.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                 Desdichado,
para el que muere culpado
sólo es castigo morir.

(Con imponente dignidad.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Cielos! ¿Cuándo el crimen fue

(Desconcertado por el aspecto de DOÑA JUANA.)

tan audaz? ¿Quién nunca pudo
fingir así? Tiemblo... Dudo.
¡Oh, discúlpate!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                          ¿De qué?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Si horrible engaño me ciega,
deshazlo ya sin demora.
Quien te amó, quien aún te adora,
te lo manda, te lo ruega.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Yo con torpe liviandad
manchar, por viles amores,
el honor de mis mayores
y mi propia dignidad?
Aún está mi pecho en calma;
aún recuerdo sin rubor,
que cuanto el nombre es mejor
debe ser mejor el alma.
Aún firme en su noble empeño,
no ha olvidado el alma mía
que es la mayor villanía
nacer grande y ser pequeño.
Yo la deuda que contraje
con mis mayores cumplí;
yo al suyo mi ejemplo uní
para fundar un linaje
que, domando injusto encono,
más que el sol brillante y puro
soñé ver en lo futuro
alzarse hasta el mismo trono;
de la enseña de la cruz
esclava hacer la fortuna;
arrojar la media luna
del rico imperio andaluz;
y, siempre corriendo en pos
de grandes hechos, buscar
nuevo mundo a que llevar
el santo nombre de Dios.
Y con más sublime anhelo,
un nuevo mundo sacar
de los abismos del mar
para entregársele al cielo.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Juana! ¡Juana!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                        Yo maldigo
al vil que así recompensa
mis bondades.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                       Tal ofensa.
no quedará sin castigo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡No, por mi nombre! (Callad

(Hablando consigo misma.)

impulsos del corazón.
Ya es crimen su obstinación;
ya es delito mi piedad.
¡Oh! Si el vicio impune dejo,
la virtud corrompo: sí;
grabadas están aquí
las palabras de aquel viejo.)
¡Hola! ¡Melendo!

(MELENDO aparece por el foro. DOÑA JUANA se le acerca y le habla en voz baja.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                               (¡Cuál crece
mi amante fuego por ella!
¡Ay del que sus glorias huella!)
MELENDO. ¡Cómo! ¡Señora!   (Aterrado.)
D.ª JUANA DE MENDOZA.                            Obedece.   (Vase MELENDO.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Qué intentas?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                        De un siervo infiel
castigar el ansia impura;
mas tú ser prudente jura,
y no ensangrentarte en él.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Oh, no! Mi mayor delicia
será vengarme.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                         Una afrenta
con la venganza se aumenta,
se lava con la justicia.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Pues bien: lo ofrezco. Serás
acatada en cuanto mandes.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Dios prueba las almas grandes
para engrandecerlas más.   (Vase por el foro.)
 

Escena XII

 

DON ALFONSO. A poco, MARINA.

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Por qué al hombre que la infama
con tan insolente arrojo,
así libra de mi enojo?
MARINA. Don Alfonso.   (Dentro.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                       ¿Quién me llama?
MARINA. Don Alfonso.   (Dentro.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                       La voz es
de Marina.
MARINA.                   Compasión

(Saliendo por la puerta del foro y arrojándose a los pies de DON ALFONSO.)

para Vivaldo. Perdón,
o aquí muero a vuestros pies.
Templad el rigor funesto
del fallo que le condena.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sufra Vivaldo la pena
que le haya su juez impuesto.
MARINA. ¿Luego es ella, es doña Juana,
que no vos, quien ha dictado,
sin lástima de un cuitado,
sentencia tan inhumana?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Y tú, a quien él desdeñó,
eres hoy su medianera?
MARINA. ¿Qué importa que él no me quiera
para que le adore yo?
¡Vivaldo! ¡Vivaldo, ven;
deja que te ampare osada
contra la mujer amada,
la que llora tu desdén!
Vos no seréis inflexible,
vos seréis su salvador.
No es posible que el rencor
ciegue tanto. No es posible
que aprobéis en vuestra esposa
resolución tan severa.
Pensadlo bien. ¿No se altera
vuestra sangre generosa?
¡Van a matarle!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                         ¿A matarle?
MARINA. ¿Qué, lo ignorabais? Melendo
me lo ha dicho, presumiendo
que yo podría salvarle.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Pero ¿estás segura?...
MARIANA.                                   Así
lo quiere suerte cruel.
¡Van a matarle, y con él
me van a matar a mí!
Ya creo ver que un impío
hiende su cuello o quebranta
su cerviz. ¡Morir con tanta
juventud y tanto brío,
cuando al bárbaro rigor
de estrella nunca vencida,
aún no sabe si hay más vida
que la vida del dolor!
Corred o será ya tarde;
y advertid que no consiente
vuestra fama de valiente
que os venguéis como un cobarde.
¡Harto le castiga Dios!
¿Y a quién no esclaviza, a quién,
mujer tan grande? ¡También
la amasteis al verla vos!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Me agravia: en horribles celos
abrasó mi corazón.
¡Pero matarle a traición
no será, viven los cielos!
Si por ella al recio yugo
del amor su pecho late,
merece que yo le mate;
no que le mate un verdugo.
Ni ya podré sin quebranto
castigar su anhelo impuro,
que al verle en trance tan duro,
ya no le aborrezco tanto.
MARINA. No en vano en vos esperé.
¡Con toda el alma os bendigo!
Venid. Venid.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                       Ya te sigo.
 

Escena XIII

 

DICHOS y VIVALDO, que aparece en la puerta por donde antes entró. Después, BELTRÁN.

 
MARINA. ¡Cielos!
VIVALDO.              ¡Todo lo escuché!
MARINA. Vivaldo, tu error confiesa;
y a quien hoy te patrocina...
VIVALDO (¡Ay de mí triste!) ¡Marina!
¡Señor!...
MARINA.               Habla.
VIVALDO.                          La sorpresa...
El espanto...
MARINA.                    Haz que a tu ruego
su justo rigor se doble.
VIVALDO. (¡Ella tan buena, él tan noble,
y yo tan vil y tan ciego!)
Con razón llenó la suerte,
por castigo a mi demencia,
de amargura mi existencia
y de ingnominia mi muerte.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. No hay suficiente castigo
para agravio que es inmenso;
pero matarle indefenso
fuera honrar al enemigo.
Y nadie ha de suponer
que te dejé asesinar,
temeroso de acabar
el duelo empezado ayer.
Antes que a ella me enlazara
tú la amaste, y yo te doy
que me la disputes hoy
hierro a hierro y cara a cara.
Pues, ya que empeñado estás
en tan odiosa porfía,
quiero probarte que es mía,
porque la merezco más.
VIVALDO. No esperéis que este infelice
arme contra vos la diestra;
y harto su valor demuestra
quien se arrepiente y lo dice.
Y tú, noble corazón,   (Dirigiéndose a MARINA.)
que desprecié en mi locura,
astro de mi noche oscura,
ángel de mi salvación...
Sí, ya me siento capaz
de amarte, y mi fin maldigo,
porque en deuda estoy contigo.
MARINA. Vive, y estamos en paz.
BELTRÁN. Huye, Vivaldo.
MARINA.                         ¡Gran Dios!
BELTRÁN. Ya te busca el ballestero
que ha de matarte.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                              El acero
desnuda.
VIVALDO.               No contra vos.   (Corriendo hacia el foro.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Tente.   (Corriendo a detenerle.)
BELTRÁN.          ¿Qué haces?
MARINA.                             ¡Ay de mí!
VIVALDO. Espera el verdugo.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                              En vano,
que de él te libra mi mano.

(Poniéndose delante de VIVALDO como para escudarle.)

VIVALDO. ¡Cielos, y yo le ofendí!   (Cayendo a sus pies.)
 

Escena XIV

 

DICHOS y DOÑA JUANA.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Oh! ¿Qué miro? ¿En compasión
quedó trocada tu furia?
¿Así se venga una injuria?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Gran venganza es el perdón!
Pues hoy por su culpa brilla
con nuevo esplendor tu frente,
perdona al que se arrepiente
y levanta al que se humilla.

(Levantando a VIVALDO, que le besa la mano.)

MARINA. ¡Oh! Señora, por piedad...
BELTRÁN. ¡Hija es la piedad del cielo!
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Tú lo mandas?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                          Yo lo anhelo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Cúmplase tu voluntad!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Si mereciste alabanza
por fuerte, prudente y justa,
hoy ciñe tu sien la augusta
corona de la templanza.   (Óyense clarines.)
Ven a la guerra. Fulmina   (A VIVALDO.)
la espada allí valeroso
y luego vive dichoso
en los brazos de Marina.
VIVALDO. ¡Oh, qué bondad!   (Con viva emoción.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                              Ya el clarín
nos llama rasgando el viento.
VIVALDO. ¡Señor!... ¡Marina!... ¡Un momento!

(Besa la mano a DON ALFONSO y después se dirige a MARINA lleno de gozo.)

BELTRÁN. ¡Se va sin casarse al fin!

(En un ángulo del proscenio.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Hoy los cielos nos redimen
de oprobiosa esclavitud.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sólo hay dicha en la virtud.
¿A qué buscarla en el crimen?

(Óyese nuevo toque de clarines.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Contigo siempre estará
mi pensamiento en la lucha.   (Abrazándola.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Volverás, si Dios me escucha.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Mi bien! ¡Mi orgullo!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                    ¡Ojalá
que España aumente su gloria
lidiando contra el inglés!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Y que yo rinda a tus pies
el laurel de la victoria.

(Vase precipitadamente por el foro. BELTRÁN y MARINA le siguen.)

 

Escena última

 

DOÑA JUANA y VIVALDO.

 
VIVALDO. ¡Mi perdón!   (Arrodillándose.)
D.ª JUANA DE MENDOZA.                    Ya te lo di.
VIVALDO. ¡Gracias!   (Levantándose.)
D.ª JUANA DE MENDOZA.               ¡Perdónete Dios!
VIVALDO. ¡Él esté siempre con vos!

(Dirígese corriendo hacia el foro.)

D.ª JUANA DE MENDOZA. (Si le amé, bien me vencí.) (1)
FIN DEL DRAMA
Arriba