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Acto segundo

 

Adarves de la casa fuerte de los Mendoza. A la izquierda, la fachada principal y torres de la fortaleza. A la derecha, dos cubos elevados. Por el fondo se descubre una amena campiña.

 

Escena I

 

DON ALFONSO, que figura contemplar un caballo. BELTRÁN, aderezando varias armas. Algunos pajes atraviesan la escena con aprestos bélicos.

 
BELTRÁN. Es, señor, única y sola
tan linda estampa de bruto.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Lleno el pecho, el brazo enjuto,
pomposa y luenga la cola,
erguidos el cuello y frente,
vivo el ojo y perspicaz,
corta oreja y nunca en paz
al menor rumor que siente.
BELTRÁN. Cree de marcial contienda
escuchar el ruido bronco.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Mírale doblar el tronco
donde está fija la rienda.
BELTRÁN. Va a ser, juro por Beltrán,
más nombrado que el del Cid.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Anhelo entrar en la lid
con tan brioso alazán.
BELTRÁN. ¡Oh, cuál prueba el duro callo
en la piedra resonante!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Un tesoro no es bastante
a pagarme este caballo.
Por más que el bosque revuelva
sus ramos, y su agua el río,
cruza con el mismo brío
el ancho cauce y la selva.
No pudo cosa jamás
torcer su curso violento;
al competir con el viento,
el viento se deja atrás;
y aunque truene la bombarda,
lanzando encendida piedra,
ni el estrépito le arredra,
ni el peligro le acobarda.
BELTRÁN. Prodigios que es dado hacer
al emplasto de Galeno.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Cómo?
BELTRÁN.              Al látigo y al freno,
que hacen santa a la mujer.
En antojos de una niña
necio el hombre su honra puso,
ya que es fuerza andar al uso
que el miedo guarde la viña.
Yo sé que si a una beldad
ronda un mancebo moscón,
es siempre por devoción
y nunca por santidad.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Si ella es honrada...
BELTRÁN.                                Al más lego
ya no le asusta un desdén,
puesto que sabe muy bien
lo de la estopa y el fuego.
Sabe que tiene del rayo
la fuerza el maldito amor,
y que hace al siervo señor
y al señor trueca en lacayo.
Como son dos al mohino...,
como en nadie hay que fiar...,
guárdate si ves pelar
las barbas de tu vecino.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. En murmurar se te pasa
la vida.
BELTRÁN.             Es cosa resuelta
que hay quien duerme a pierna suelta
y se está ardiendo su casa.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Habla más claro, Beltrán.
BELTRÁN. Aludo al viejo Lorente,
cuya hija burló inclemente
un ocioso perillán.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¡Qué locura!)   (Luchando consigo mismo.)
BELTRÁN.                       No es extraño...
Gente, al fin, de poco lastre;
y ya veis que no es mal sastre
aquel que conoce el paño.
Mas con todas, a mi ver,
Satanás se comunica:
tonta o cuerda, pobre o rica,
la menos mala es mujer.
Por eso en toda ocasión,
cuando una sale bellaca,
la mejor razón la estaca
para ponerla en razón.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Mal las tratas. ¿Qué te han hecho?
BELTRÁN. Como es arisco animal,
siempre quien lo trate mal
sacará mejor provecho.
¡De ello tengo pruebas hartas!
Vos pretendisteis en vano
de mi señora la mano
en mil comedidas cartas.
Después, según he sabido,
caminasteis de otra suerte...
No hay cosa como hablar fuerte
para sacar buen partido.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Qué dices?   (Sobresaltado.)
BELTRÁN.                    Alguien oyó
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Qué?
BELTRÁN.           Las voces.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                            ¿Nada más?
BELTRÁN. ¿Qué más hubo?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                            Necio estás.
Mi afecto la cautivó.
BELTRÁN. Oh, fueran cual la señora
las hembras de este lugar.
Merece el ama un altar.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Dices bien.
BELTRÁN.                   ¿Quién no la adora?
Cierto que alguno también
de sus bondades abusa.
Lo que se usa no se excusa.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Quién abusa?
BELTRÁN.                        Alguno.
D. ALFONSO,                                     ¿Quién?
BELTRÁN. No espere buen aguinaldo,
que al fin y al cabo...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                  Su nombre.
BELTRÁN. Fuera de ello, es todo un hombre.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sí: Melendo.
BELTRÁN.                     No: Vivaldo.
Sólo priva con el ama.
Y de ella jamás se cura
cuando le ama con locura.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Ella!
BELTRÁN.          Sí, señor, le ama.
Llora la infeliz, ¡cruel!...
Y él lo sabe, y su querella
desoye.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.             ¿Quién llora?
BELTRÁN.                                  Ella.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Quién es ella? ¿Quién es él?

(Con gran impaciencia.)

BELTRÁN. No merece tal desprecio:
en pensarlo me sofoco.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Tú me estás volviendo loco.
Eres pesado.
BELTRÁN.                     Él un necio.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (La paciencia se me acaba.)
Que sepa yo quién se aflige,
o juro...
BELTRÁN.             ¿Pues no le dije?
Marina.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.              (Por otra hablaba.)
BELTRÁN. Pues ¿quién ha de ser? Marina.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Conque mi buen secretario?...
BELTRÁN. Sí, señor: es necesario
casarle con mi sobrina.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Se casará.   (Como tomando una resolución.)
BELTRÁN.                 No es tan obvio.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Un gran dote...
BELTRÁN.                         Soy un zote.
¡Oh sobrina! Con buen dote
no hay una mujer sin novio.
Vuelo a decirles, señor,
nueva tan grata.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. En buen hora.
BELTRÁN. ¡Vivaldo una protectora,
y Marina un protector!

(Éntrase en el castillo a tiempo que uno de los pajes que cruzan la escena recoge las armas que aquél estaba aderezando al comenzar el acto, y se las lleva por la derecha.)

 

Escena II

 

DON ALFONSO.

 
¿Por qué su lenguaje extraño
me conturba de tal modo?
Todo cuanto escucho, todo
recelo que es en mi daño.
¡Cielo! ¿Y me han de separar
hoy de mi esposa adorada?
¿No pudiera sin mi espada
el Rey en la lid triunfar?
Sin razón desconfié.
De Vivaldo la tristeza,
su despego, su aspereza
para conmigo, ¿por qué
han de infundirme recelos?
¿No puede en su corazón
dominar otra pasión?
¡Malditos, malditos celos!
Pero él se acerca.
 

Escena III

 

DON ALFONSO y VIVALDO.

 
VIVALDO.                              (¡Él aquí!)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¡Si yo averiguar pudiera!...)
VIVALDO. (¡Oh, su presencia me altera!)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Parece que huyes de mí!
¿Qué tienes? ¿Por qué te veo
siempre adusto y pensativo?
VIVALDO. (Este celo intempestivo...)
¿Sospecha de mí?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                             Deseo
saber de tu pesadumbre
la causa. ¿Qué te suspende?
Habla.
VIVALDO.            (Explorarme pretende.
Fuerza es que yo le deslumbre.)
Ya os hubiera contestado,
mas temo indiscreto ser.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Discreto es obedecer.
VIVALDO. Pues bien: nací desdichado.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Quien de la suerte murmura,
su debilidad publica.
VIVALDO. Mas ved...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                  Cada cual fabrica
su buena o mala ventura.
VIVALDO. Juntos ganan la victoria
el capitán y el soldado:
el uno muere olvidado,
el otro vive en la historia.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Lo que a la dicha conviene
no es un renombre glorioso:
con su honra vive dichoso
el que sabe que la tiene.
VIVALDO. Nada injusto he codiciado.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Pero ¿qué te falta?
VIVALDO.                              Un nombre.
Tengo valor, y no es hombre
quien no mejora su estado.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Que eres ambicioso o loco,
me hace creer lo que escucho.
VIVALDO. Sólo sé que aspiro a mucho
y que siempre alcanzo poco.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (Clara su ambición se ve.)
No basta la voluntad
para elevarse.
VIVALDO.                       Es verdad:
yo presentar no podré
armas en piedra esculpidas;
pero sí abolladas cotas,
lanzas y banderas rotas,
y un pecho lleno de heridas.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (Desde que oyéndole estoy,
a su valor me aficiono.)
Algo tienes en tu abono.
VIVALDO. Obra es mía cuanto soy.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Bien sé que pobres o ricos
de humildes o excelsos nombres,
no son de cerca los hombres
ni tan grandes ni tan chicos.
Mas no ansíe tu altivez
trocar la choza en palacio:
bien cruza el ave el espacio;
bien nada en la mar el pez.
VIVALDO. ¿Alguna vez no acontece
que, en los trances de la vida,
se achica el grande a medida
que el pequeño se engrandece?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Digna es de ser bien pagada
cualquier insigne proeza;
más vale adquirir nobleza
que corromper la heredada.
VIVALDO. Pero ¡en cuántas ocasiones
premio la virtud no cobra!
¡Y en cuántas la dicha es obra
del oro y de los blasones!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Delirios de la ambición!
VIVALDO. En el mundo, por desdoro,
vence a la virtud el oro,
vence un nombre a un corazón.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (Por mí habló. ¡Villano exceso!)
VIVALDO. (¡Vive Dios, que me declaro!)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿A un corazón?... (¡Qué descaro!)
¿El oro?... ¿Un nombre? No es eso.
Es que la soberbia loca
de escalar el cielo trata,
y en injurias se desata
cuando su impotencia toca,
Es que la dicha que sueñas
no es tu dicha. Tiende el vuelo:
procura escalar el cielo.
¡Ay de ti si te despeñas!
VIVALDO. Señor...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.              Basta. (Ya ¿qué puedo
dudar?)
VIVALDO.             Ved...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                       El labio sella.
(¿Y he de dejarle con ella?
¿Y he de partir?-No; me quedo.)

(Vase por la derecha.)

 

Escena IV

 

VIVALDO.

 
Muy torpe anduve. El despecho
me ha vendido. Sus enojos
me descubren claramente
que está de mí receloso.
¿Qué hacer? ¿Olvidar? ¿Fingir?
¡Oh, mi empresa no abandono!
 

Escena V

 

VIVALDO y MARINA.

 
MARINA. (Allí está. ¡Pues, como siempre!
Mal hayan sus soliloquios.
¿Pensará en mí? ¡Qué locura!
Debiera tenerle odio
y rabia; pero tras él
ciega y desalada corro.)
VIVALDO. (Ya no es fácil disuadirle.
¡Si yo descubriese el modo!

(Reparando en MARINA y como iluminado por una repentina idea.)

¡Ah! ¡Sí!-Marina...
MARINA.                                (Me vio, y hablarle será forzoso.)
¿Me llamabas?
VIVALDO.                         Sí.
MARINA.                              ¿Qué quieres?
VIVALDO. (¿Y la he de engañar? ¡Qué oprobio!)

(Momentos de silencio.)

MARINA. (Pues, señor, ¡estamos bien!)

(Con despecho, aparentando irse.)

Vivaldo, adiós.
VIVALDO.                         Poco a poco.

(Con artificiosa dulzura.)

¿No sabes que eres muy linda?
MARINA. ¿Quién te lo ha dicho?
VIVALDO.                                    Mis ojos.
MARINA. ¿Y cuándo?
VIVALDO.                    Al punto que vieron
tener envidia a tu rostro
las rosas y los claveles
que esmaltan esos arroyos.
Eres muy linda.
MARINA.                          Habla quedo,
no escuche tales piropos
quien lo sienta.
VIVALDO.                         ¿Quién?
MARINA.                                      La bella
que turba así tu reposo.
VIVALDO. Es verdad; pudiera oírme:
no está lejos de nosotros.
MARINA. ¿Vive en el castillo?
VIVALDO. Aquí...
           En mi pecho.
MARINA.                                 ¿La conozco?
VIVALDO. La conoces.
MARINA.                    ¿Mucho?
VIVALDO.                                   Mucho.
MARINA. ¿Y es su nombre?...
VIVALDO.                                 No la nombro.
MARINA. ¿Te has declarado?
VIVALDO.                               Jamás.
MARINA. Pues ¿qué temes?
VIVALDO.                             Sus enojos.
MARINA. Haz por llamar a la puerta.
VIVALDO. ¿Y si es el portero sordo?
MARINA. Pruébalo a ver.
VIVALDO.                         No me atrevo.
Todos los medios agoto.
Y...
MARINA.       Cuando una mujer ama,
se lo conoce el más bobo.
VIVALDO. ¿En qué?
MARINA.               Se conoce...
VIVALDO.                                  ¿En qué?
MARINA. A la legua... Si es notorio.
¿Pues no se ha de adivinar?
VIVALDO ¿En qué se adivina?
MARINA.                                En todo.
Dime tú cómo se llama,
y verás si al punto logro
conocerlo.
VIVALDO.                  Será en vano.
Ella sabe que la adoro,
y finge ignorarlo.
MARINA.                            Que ella
hable primero no es propio.
VIVALDO. Dios querrá que me declare.
MARINA. Amén.
VIVALDO.            Amén.
MARINA.                      Ten arrojo.
VIVALDO. Pues bien: se llama... Alguien viene.
MARINA. Di...
VIVALDO.        Marina..., adiós.

(Estrechando su mano con entusiasmo aparente, y dando a sus palabras un sentido equívoco.)

MARINA.                                    (¡Oh gozo!)
VIVALDO. (¡Mi estrella así lo dispone!
Esto es indigno, alevoso.)
 

Escena VI

 

DICHOS, DOÑA JUANA y BELTRÁN, VIVALDO se dirige hacia el fondo, donde se encuentra con DOÑA JUANA, que le detiene.

 
MARINA. ¡Marina, Marina, ha dicho!
BELTRÁN. Tenemos dote, y no flojo.
MARINA. Vivaldo...
BELTRÁN.                 Te ama. ¿Quién duda?
MARINA. Se ha declarado.
BELTRÁN.                           ¡Ah, buen mozo!
Miel sobre hojuelas: en tanto
que piensa el cuerdo, obra el loco.
¡Picarilla! Oros son triunfos.
Te protege don Alfonso.
¿Hoy sin falta? ¿Lo entiendo? Hoy sin falta,
escritura y matrimonio.
Yo te domaré, Vivaldo.

(Viendo llegar a VIVALDO.)

¡Cualquier mujer ya es negocio!
Si rica, un áspid; si pobre,
aburrimiento y estorbo;
si hermosa, recelo y susto;
si fea, tedio y bochorno.

(DOÑA JUANA y VIVALDO bajan al proscenio.)

Vengan esos cinco, y vengan   (A VIVALDO.)
ambas manos. Lo sé todo.   (Con misterio.)
Hemos de hacer buenas migas;
hemos...
D.ª JUANA DE MENDOZA.              Beltrán, ¿qué alborozo?...
BELTRÁN. No pueden estar ocultos
la dicha, el amor, ni el oro.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Cuéntame.

(MARINA hace señas a su tío para que calle.)

BELTRÁN.                  ¿A qué misterios?
Caso hoy mismo este pimpollo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Marina, tanta reserva!...
¿Y dónde bueno está el novio?
BELTRÁN. Ambos cónyuges presentes.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Tú?   (A VIVALDO.)
VIVALDO.          (Merezco tal sonrojo.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Muy bien, señor desposado.
VIVALDO. Burlas de Beltrán.
MARINA.                             (¡Qué oigo!)
VIVALDO. Siempre decidor y alegre.
MARINA. (¡Ay de mí!)
BELTRÁN.                     Cuentos no forjo.
VIVALDO. Pero...
D.ª JUANA DE MENDOZA.           Tu elección aplaudo.   (A VIVALDO.)
BELTRÁN. Se ha declarado hace poco.

(Dirigiéndose resuelto a DOÑA JUANA.)

MARINA. Mas no con todas sus letras.   (Bajo a BELTRÁN.)
BELTRÁN. ¡Qué letras, ni qué demonio!   (A MARINA.)
El hombre, por la palabra...   (A VIVALDO.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Pensad en ser venturosos.
VIVALDO. ¡Yo feliz! ¡Ay, no me entiende
nunca la mujer que adoro!
Mísera hiedra caída,
busco en vano el verde tronco.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ella te quiere.
VIVALDO.                      (¿Qué dice?)
MARINA. (Por mi mal.)
BELTRÁN.                       Eres un topo.   (A VIVALDO.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿No es cierto? (A MARINA.)
BELTRÁN.                       Lleva gran dote.

(A VIVALDO, reservada y enfáticamente.)

D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Hoy le llamarás tu esposo!

(A MARINA, con noble satisfacción.)

VIVALDO. (¿Qué hacer?)
BELTRÁN.                        Piedra movediza

(A VIVALDO, impaciente.)

nunca se cubre de moho.
MARINA. (¡Crédula de mí!) Termine
ya, señora, este coloquio.
Burla que suena a verdad,
es fiera burla.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                      ¿Pues cómo?
MARINA. Ni me quiere, ni le quiero:   (Violentándose.)
dos buenos amigos somos,
¡Ah, señora! ¡Él a mi mano
aspirar! Ni por asomo.
¿Quién a rústica villana
se unirá en pobre consorcio,
cuando frenético ansíe
ceñir laureles heroicos?
¿Cómo ha de agitar el bieldo
pudiendo lanzar bohordos,
ni seguir con el arado
tras los bueyes perezosos?
Quien de acero el pecho viste,
desdeñará el sayo tosco;
no ha de preferir la aldea
a ser de la corte asombro.
¿Cómo en humilde cabaña
podrá cifrar su tesoro,
y en honesta labradora,
y en infantiles sollozos?
Siga otro rumbo Vivaldo:
yo su ventura ambiciono.
siempre en él veré un amigo.
BELTRÁN. (¡Qué buen amigo es el lobo!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Mis hijos, no me ocultéis
un afecto que no ignoro,
que yo no extraño, que apruebo,
y en el que ufana me gozo.
¡Oh, tú deliras! Vivaldo
rinde constantes elogios
a pastoriles albergues,
no a soberbios capitolios.
Más precia ver en tus manos
de blanco vellón los copos,
que esmeraldas y diamantes
cercados de perlas y oro.
Más precia que áulica pompa
la hermosura de tu rostro,
la inocencia de tu pecho,
la modestia de tus ojos.
El fuego de casto amor
en bálsamos deleitosos
baña el alma, y la engrandece,
y el cielo nos abre próvido.
La senda de la virtud
es de rosas, no de abrojos.
VIVALDO. ¿Quién no os ama con delirio?
BELTRÁN. Como un rapazuelo lloro.
VOCES DENTRO. La hemos de ver.
OTRAS.                            ¿Dónde está?
La hemos de ver.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                            ¿Qué alboroto?
BELTRÁN. Son mis labriegos del monte,
ciegos, mancos, tuertos, cojos.
El señor, por gente inútil,
los planta en la calle a todos.
 

Escena VII

 

DICHOS. Turba de LABRIEGOS, ancianos y lisiados, que vienen por el foro. Después, DON ALFONSO.

 
LABRIEGO 1.º ¡Piedad!
LABRIEGO 2.º              ¡Compasión!
LABRIEGO 3.º                                   ¡Piedad!
LABRIEGO 1.º Cortando del monte el fuego
quedé manco...
LABRIEGO 2.º                         Quedé ciego.
LABRIEGO 1.º Es mucha inhumanidad
así arrojarnos de casa.
LABRIEGO 2.º Yo serví mientras podía.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y os echa?...
VARIOS.                       El amo.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                    A fe mía,
que os iréis luego.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Qué pasa?   (Entrando.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Son los mozos que despides.   (Con recato.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Ninguno puede servir;
y si tardan en salir...
D.ª JUANA DE MENDOZA. Jamás quien eres olvides.
LABRIEGO 1.º Ved que es vuestro el señorío   (A DOÑA JUANA.)
y que gobernáis mejor.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Aquí no hay más que un señor,
y ese señor es el mío.
LABRIEGO 1.º Desque vino, a cada hora...
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ninguno se me desmande.
¿Quién hizo todo lo grande?
VARIOS. Vos.
LABRIEGO 2.º        Sola vos.
LABRIEGO 1.º                       Vos, señora.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Quién labra, zagal intonso,
la iglesia, el puente, los muros,
para que viváis seguros?
Don Alfonso, don Alfonso.

(Murmullos entre los labriegos.)

¿Qué murmuráis? Sin razón
venís, y he de castigallo.
VARIOS. No.   (Desconcertados.)
OTROS.       No.
D.ª JUANA DE MENDOZA.             Enmudezca el vasallo   (A la turba.)
y hable tu buen corazón.

(Aparte, a DON ALFONSO.)

Quédense todos aquí.
De tu amor lo solicito.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Para qué los necesito?
D.ª JUANA DE MENDOZA. Te necesitan a ti.   (Vuelve a los labriegos.)
¡Oh, cuán generoso, vedle!
Te da ganado. (Al 1.º) A ti, hacienda. (Al 2.º)
Los pomares os arrienda.   (A un grupo.)
Vuestro es el monte: rompedle.   (A los más.)

(Los labriegos se adelantan hacia DON ALFONSO, y se prosternan ante él.)

VARIOS. ¡Oh señor!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                  (¡Esta mujer!...)
BELTRÁN. Basta ya de cortesía.   (Separándolos.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Queréis más?
BELTRÁN.                         ¡Bueno estaría!
¿Qué más han de pretender?
LABRIEGO 1.º Señora, yo voy contento;
pero, en fin, es necesario
que me deis también salario.
BELTRÁN. Yo te daré... con un cuento.

(Agarrándole por un brazo.)

Jadeando, en el rigor
de julio, entre ardientes breñas,
envuelto en polvo y sudor,
iba un triste segador,
de mi pueblo, por más señas.
Por el camino venía
con su recua un trajinante,
y al que a lástima movía
le grita con buen talante:
«Monta esa caballería.»
Sube el otro, alienta, y cuando
sobre el aparejo blando
se contempla caballero,
volviéndose al arriero
le dice: «¿Y qué voy ganando?»
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ya miráis cómo se apiada
el señor de vuestra cuita:
del duro trabajo os quita,
y os da vejez descansada.
LABRIEGO 2.º Con mi sangre no le pago.
LABRIEGO 1.º Mil lauros coja en la lid.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sus banderas despedid
hasta las cumbres de Ayago.

(Vanse por la derecha.)

 

Escena VIII

 

DON ALFONSO y DOÑA JUANA.

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Id con Dios.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                    Óyeme, Alfonso.
De tu consejo y prudencia
reclamo ayuda.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                         Habla al punto.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Que me inspirases quisiera
para salvar a Ramiro.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Aquel que las canas huella
del viejo Lorente?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                              Debo
juzgarle.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Y calla mi lengua:
que al hombre aconseja el hombre,
y al juez sólo su conciencia.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Cuerdo aviso, y yo le acato.
Ahora bien: dime si ordenas
que a nadie entrar se permita
de noche en la fortaleza.
Sabes que así lo previene
costumbre antigua y discreta.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Tú eres aquí la señora;
dispón lo que te parezca.
D.ª JUANA DE MENDOZA. En tu ausencia es necesario...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Desistí de ir a la guerra:
todo apresto militar
ya he mandado que suspendan.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Cómo?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.              Lo he pensado bien.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Bien lo has pensado y te quedas?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sí.
D.ª JUANA DE MENDOZA.     ¿Cuando oprime a Galicia
el leopardo de Inglaterra?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sí.
D.ª JUANA DE MENDOZA.     ¿Cuando pide Alencastre
del Rey Don Pedro la herencia?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sí.
D.ª JUANA DE MENDOZA.     ¿Cuando vacila el trono
de Don Juan? ¡Oh! Por tus venas
la sangre de Trastámara
no corre.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                 En civil contienda
no correrá. Contra alarbes
sólo fulmino mi diestra.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Quién te hace juez de esa causa?
Ni califica ni cuenta
un noble los enemigos.
Su estandarte el Rey despliega,
y quien hidalgo nació,
calla, lo sigue y pelea.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Me estoy por honrado aquí.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Y allí el Rey te aguarda! ¡Oh mengua!
¡En ocio tú, y en su ayuda
se arman los hijos del Sena!
Te desconozco.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (Con intención.) La peste
el campo enemigo diezma,
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y es acaso más temible
que sus tiros y ballestas?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Buscas mi muerte?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                Tu vida,
que es tu fama, y la atropellas.
¿Tienes miedo?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                          ¡Miedo yo;
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sí.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.      ¡Juana!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                  Sí.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                       ¿Y tú me afrentas?
Si mujer, y mujer mía
no fueses, aquí murieras.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Muy bien, muy bien! Esos bríos
en el palenque los muestra.
Vuelve los ojos y mira
de tu Rey las blancas tiendas,
los corceles que galopan,
las armas que centellean.
Los guerreros que del Betis
pisan las dulces riberas;
el fuerte cántabro, el ágil
murciano, el astur atleta;
los que el áureo Tajo ilustran,
ricos en valor y ciencia.
Oye, cual rumor de viento,
a tambores y trompetas
de cien famosos linajes
saludando las enseñas.
Partid, batallad, venced...
Mas, ¡ay!, que allí en la refriega
no se alzan de los Mendoza
las perínclitas banderas.
Tened, tened: ya la hueste
parte de la Ricahembra...
Si tú no, yo saldré al campo,
Y no seré la primera.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Tú! Nunca. Triunfar anhelo
o morir en la refriega.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Allí te aguarda la gloria;
aquí mis brazos te esperan.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (Tal mujer es imposible
que me engañe y que me mienta.)
¡Mi Juana!
D.ª JUANA DE MENDOZA. (Con voz solemne.)
                 Tu honor es mío.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Te adoro!
Dª JUANA.                  Mi afecto premias.
Corro a preparar la hueste.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Yo torno al instante.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                  Vuela.

(DOÑA JUANA sale por la derecha. DON ALFONSO se dirige al castillo, VIVALDO habrá aparecido momentos antes por el foro, permaneciendo oculto.)

 

Escena IX

 

VIVALDO, solo.

 
Alienta, corazón mío,
corazón hecho pedazos,
que ves en ajenos brazos
al dueño de tu albedrío.
Pronto mi dolor impío
cambiará en glorias la suerte.
Reta, Alfonso, al Duque fuerte,
lidia en dudosa pelea,
y asombro tu triunfo sea,
mas séllalo con tu muerte.
¿Es delirio? ¿Es realidad?
¿Va a lucir un solo día,
claro el sol de mi alegría?
Horas de encanto, llegad.
Señora, ya a tu beldad
puedo rendir sin enojos
vida y alma por despojos,
alcanzando en toda parte
verte, oírte, contemplarte,
morir de amor en tus ojos.
¡Fortuna, por fin darás
algún alivio a mi pena!
No desisto: el verla ajena
me hace desearla más.
¿Yo retroceder? ¡Jamás!
¿Un bastardo fue mejor
amante que un labrador?
Misterio en ello ha de haber,
porque tan grande mujer
nunca eligió lo peor.
¡Por ella qué no arriesgué!
¿Por ella no combatí?
¿En su nombre no vencí?
¿En su bondad no esperé?
¡Este el premio de mi fe!
Necio y torpe me lamento.
Y en tan bárbaro tormento,
si para rendirla no,
¿para qué el cielo me dio
la luz del entendimiento?
 

Escena X

 

VIVALDO y DON ALFONSO, éste con yelmo y manoplas.

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¿Por qué al verle se renueva

(Deteniéndose al reparar en VIVALDO.)

la lucha en el alma mía?
De él sospecho todavía.
Hagamos la última prueba.)
Vivaldo, tu corazón

(Acercándose a él y en tono afectuoso.)

hoy a conocer me has dado.
Ven a la guerra: a mi lado
podrás saciar tu ambición.
VIVALDO. ¡Partir!   (Sin poderse dominar.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.            Sí; conmigo ven.   (Observándole.)
¿No eres valiente?
VIVALDO.                              Lo soy.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Entonces...   (Pausa.)
VIVALDO.                   Señor..., estoy

(Luchando consigo mismo.)

enamorado.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                    ¿De quién?
Habla, di. ¿Quién es la bella?...
VIVALDO. De Marina soy galán.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Lo sabía, y a Beltrán
casarte ofrecí con ella.
No insisto.
VIVALDO.                  ¡Cuán indulgente!...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Tanto servirte me place,
que se ha de hacer este enlace
antes de que yo me ausente.
VIVALDO. ¡Señor!...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                Está decidido,
y al punto... (Alejándose.)
VIVALDO.                    Advertid primero...

(Procurando detenerle.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Cumplir mi promesa quiero.

(Manifestando su enojo.)

VIVALDO. Mas yo nada he prometido.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. No es mucho que yo reclame
que mano de esposo des
a quien amas.
VIVALDO.                      Bien... Después...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¡Oh! Sí, me engaña el infame.)
No me obligues a que ejerza
mi autoridad contra ti.
Lo mando.
VIVALDO.                 Yo mando en mí.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Por fuerza.
VIVALDO.                  Nunca por fuerza.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Pues ha de ser.
VIVALDO.                         ¡Raro afán!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Será, cueste lo que cueste.
 

Escena XI

 

DICHOS, DOÑA JUANA, BELTRÁN, MARINA, pajes y escuderos.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. Todo está a punto: la hueste
espera a su capitán.
BELTRÁN. Y con aire guerreador
aun al más cobarde inflama.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Alfonso, el honor te llama.

(Viendo que permanece inmóvil.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sé que me llama el honor.
D.ª JUANA DE MENDOZA. A partir.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.               (¡Fiero destino!)
Tardaré algunos instantes.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Qué aguardas?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                          Cúmpleme antes
ser de una boda padrino.
Caso a Vivaldo.
BELTRÁN.                          ¡Oh placer!
MARINA. ¿Hoy?...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.              Circunstancia precisa.
BELTRÁN. Tiene el señor mucha prisa.
VIVALDO. Tan pronto... no puede ser.
Aun cuando en ello se aferra
don Alfonso, es vano empeño.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Cómo? Lo manda tu dueño.
VIVALDO. En volviendo de la guerra.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Tu palabra acepto.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                              No;
hoy será.
D.ª JUANA DE MENDOZA.               Necio capricho.

(Llevando aparte a su marido.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Pues, Juana, lo tengo dicho.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Y el viento se lo llevó.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Ante un loco he de cejar?
¿Conmigo ha de competir?
Fortaleza es resistir.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Y prudencia no quebrar.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Dices bien. La orden revoco.   (Alto.)
(El sí la quiere... Mas, ¡cielos!
¿Ella?... ¡Imposible!... Los celos,
Los celos me vuelven loco.)
Óyeme.

(Habla al oído a BELTRÁN a un lado del teatro.)

D.ª JUANA DE MENDOZA.             Vuelve a la calma.

(A MARINA, procurando consolarla.)

MARINA. ¿Quién endulzará mi pena?
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Quién, hija? ¡Dios, que serena
las tempestades del alma!
VIVALDO. (Cielos, amparad mi amor.)

(En el centro de la escena, en segundo término.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Que me obedezcas es ley.

(A BELTRÁN, en voz baja.)

BELTRÁN. Ni quito ni pongo rey,
pero ayudo a mi señor.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Vamos a la lid campal.
(¡Oh, yo sabré!)
D.ª JUANA DE MENDOZA.                          Vamos.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                      Vamos.
VIVALDO. (¡Se va!)
BELTRÁN.               Serviré a dos amos:
pienso que no me ha de ir mal.

(DON ALFONSO, DOÑA JUANA y los pajes y escuderos se dirigen hacia la derecha. MARINA, sumamente afligida, permanece junto al castillo; VIVALDO, en el mismo punto en que se hallaba.)

 

FIN DEL ACTO SEGUNDO



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