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La ricahembra

Manuel Tamayo y Baus



DRAMA HISTÓRICO EN CUATRO ACTOS Y EN VERSO,

ESCRITO EN COLABORACIÓN

CON DON AURELIANO FERNÁNDEZ-GUERRA Y ORBE



AL SEÑOR DON MANUEL CAÑETE
                                                                     
Simbolicen, Manuel queridísimo, nuestros nombres unidos al frente de esta composición, el vínculo indisoluble de pura y tierna amistad que enlaza nuestras almas.

MANUEL.               AURELIANO.                    



REPARTO
en el estreno de la obra, representada el 20 de abril de 1854 en el teatro del Príncipe.
 
PERSONAJES
        ACTORES
       
                 DOÑA JUANA DE MENDOZA Doña Teodora Lamadrid.
MARINA    »    Mercedes Buzón.
DON ALFONSO ENRÍQUEZ Don José Calvo.
VIVALDO    »   Manuel Ossorio.
BELTRÁN    »   Joaquín Arjona.
UN VIEJO    »   Enrique Arjona.
MELENDO    »   Antonino Bermonet.
LABRIEGO 1.º    »   Pedro Maffei.
ÍDEM 2.º    »   Manuel Alvarez.
ÍDEM 3.º    »   José Bullón.
ÍDEM 4.º    »   Luis Cubas.
UN ESCUDERO    »   Esteban Montilla.
 

Labriegos, doncellas, pajes y soldados.

 

La acción pasa en un castillo de la Rioja, año de 1386.





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Acto primero



Salón bajo de la casa de los Mendozas en Villaharta-Quintana, de suntuosa arquitectura bizantina, con puerta al fondo.

 

Escena I

 

VIVALDO, DOÑA JUANA, MARINA y doncellas. El primero, sentado junto a un bufete, suelta al alzarse el telón un libro en que estaba leyendo. Las otras labran al lado opuesto de VIVALDO.

 
VIVALDO. Pobre Tristán!
MARINA.                        ¿No lo dije?
¡Mal haya, amén, el rey Marco!
Su mujer, la linda Iseo,
razón tuvo para odiarlo,
y convertir su ternura
al mozo apuesto y bizarro.
VIVALDO. El Rey a Tristán debiera
vencer en abierto campo;
pero matarle dormido...
Son, ¡ay!, los celos villanos.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Decid que de un loco amor
son los frutos siempre amargos.
MARINA. ¿Loco amor?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                     No más Tristán
y Lanzarote del Lago.
Es fiera peste del alma,
libro ponzoñoso y vano.
VIVALDO. Cuidad, que es verdad e historia.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Cuida tú, que yo lo mando.
Vuelve a leerme proezas
de nuestro Cid castellano,
o lo que hicieron relata
mis nobles antepasados.
Cómo el infante don Zuria
fue de la morisma espanto;
cómo...
VIVALDO.             Y ¿para qué tan lejos,
si vuestra casa han honrado,
viviendo vos, adalides
que son de Castilla pasmo?
En ésa de Aljubarrota,
¿no murieron hace un año
vuestro padre y vuestro esposo?
D.ª JUANA DE MENDOZA. Dices bien, murieron ambos.
VIVALDO. ¡Vuestro padre! El gran don Pedro,
rival de latinos lauros.
Aún sus palabras están
en mi pecho resonando:
«Si el caballo vos han muerto,
subid, Rey, en mi caballo;
si os roba el dolor las fuerzas,
llegad, subireos en brazos.
Poned un pie en el estribo,
y el otro sobre mis manos.
Mirad que el tumulto arrecia,
aunque muera, yo, libradvos.
Pierdan mis hijos un padre,
yo al padre de todos salvo;
amparo sed de los míos,
y adiós que va en vuestro amparo.»
Dijo el valiente alavés,
señor de Hita y Buitrago,
al rey don Juan el primero,
y entrose a morir lidiando.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Como bueno.
VIVALDO.                      ¡Era español!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Era Mendoza.
VIVALDO.                      ¡Preclaro
linaje, donde las hembras
son un portento..., un milagro!
Cuál en sangrientas batallas
vibra mortífero dardo,
y cuál triunfa de sí misma
con esfuerzo soberano.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Esa la mejor. Ansíe
triunfales palmas el bravo,
imperios el ambicioso,
renombre inmortal el sabio;
guardar cumple a la mujer
su honor y su fama intactos.
 

Escena II

 

DICHOS y MELENDO.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. Entra, Melendo.
MELENDO.                           Señora,
licencia dadme de hablaros.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Cómo dejas la atalaya,
que es tu puesto?
MELENDO.                            Nuevas traigo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Di sin tardanza.
MELENDO.                          Ya el sol
va las nieblas disipando,
y en remolinos de polvo
y en son de guerra, a lo largo
muchas lanzas se descubren,
yelmos y arneses tranzados,
mucha tendida bandera,
mucho ligero caballo.
Lo arrollan todo: a sus pies
son rastrojos los sembrados.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Y en los pendones, ¿qué viste?
MELENDO. Un acerado venablo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Oh! Los del conde don Tello.
¡Bravo alarde!
VIVALDO.                        ¡Estilo raro
de conquistar vuestras gracias!
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Aún no se juzga vengado,
quemándome anoche un monte
porque le negué mi mano?
MELENDO. Mas nuevo el Conde en la tierra,
con arrojo temerario,
sin tino, la vuelta emprende
del pedregoso barranco.
Le cerrará la salida
laberinto de peñascos,
y un puñado de los nuestros
allí puede exterminarlo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Bien un castigo merece.
VIVALDO. Con treinta lanzas contamos.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Con treinta no más!... ¿Y el Conde?
MELENDO. Traerá doscientos caballos.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Locura, a tal desventaja,
fuera disputarle el paso.
Mas si del barranco sale
y a estos muros llega osado,
bien valdrá un soldado mío
por muchos de los contrarios.
Y si han visto las lumbreras
nuestros pueblos comarcanos
en las altas atalayas,
aquí sus fuerzas llamando,
¡ay del que necio me ofende!,
¡ay de ese Conde insensato!
MELENDO. ¿Vuelvo a mi puesto?
D.ª JUANA                                   Y avisa
cuanto observes, y entre tanto

(Vase MELENDO por la puerta del foro.)

no turben nuestras faenas
las mocedades de un fatuo.
Ya es mediodía: ya es hora.
Vos preparad el despacho,
mi servidor y cronista,
el mi paje, el mi notario.
Cura tú, Aldonza, ese lino
al sol, que se muestra claro.
Tú, de bastarda semilla
limpia los candeales granos.
Tú cierne. Tú azota y labra
la tierna masa, formando
el rubio pan, que es partido,
cual nieve apretada, blanco.
Y tú, del florido huerto,
los frutos coge tempranos,
y haz que destilen su jugo
los panales escarchados.

(Vanse VIVALDO y las doncellas.)

 

Escena III

 

DOÑA JUANA y MARINA.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. Llega, Marina. ¿Cuál es
de tus pesares la causa?
Ya no encuentro en tus mejillas
el carmín de la alborada.
MARINA. Señora...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                 Oyendo a Vivaldo
bañose tu rostro en lágrimas
MARINA. Es que esa historia de amores...
D.ª JUANA DE MENDOZA. Tus sentimientos retrata.
MARINA. Yo amar...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                  Las ficciones odio.
¿Por qué de mí te recatas,
que con afecto de madre
te miré desde tu infancia?
MARINA. Es verdad, señora mía,
es verdad... ¡Oh, gracias, gracias!
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Piensas que ajenos dolores
mi noble pecho no amargan?
Mis vasallos te lo digan,
que son mis hijos, si aciaga
la fortuna los oprime.
MARINA. Y os bendicen con el alma
como yo...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                  Vamos: valor.
MARINA. Señora..., soy desgraciada.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Por qué?
MARINA.                No queráis saberlo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Debo no ignorarlo. ¿Amas?
MARINA. ¡Ay! Amo.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                  ¿A un servidor mío?
Lo confiesas, pues lo callas.
¿Y él paga tu afecto?
MARINA.                                  A veces
así lo sueñan mis ansias;
pero en otras.... ¡ay de mí!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Tu aflicción mitiga y calma,
y a ociosas meditaciones
el rápido vuelo ataja.
Mucho fío en tu recato:
fía en mí tus esperanzas.
Corre a mi cuenta tu dicha.
MARINA. Casi la miro lograda.
¡Qué bálsamo delicioso
contienen vuestras palabras!
 

Escena IV

 

DOÑA JUANA y VIVALDO, con cartera de despacho, de la cual irá sacando los papeles a que se hace referencia en esta escena y en la sexta.

D.ª JUANA DE MENDOZA. Enamorado galán,
entrad, entrad en buen hora.
VIVALDO. ¿Enamorado yo?... (¡Cielos!
¿Tal vez?... ¡Esperanza loca!)
Si es amor...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                     Basta.
VIVALDO.                               (Me turbo.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. El despacho es lo que importa.
Relata, pues.
VIVALDO.                      Aquí el guarda
los daños calcula y nota
del incendio de esta noche,
que el monte mejor os roba.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Servidor es puntual!
¿Cuánta la pérdida?
VIVALDO.                                Monta,
en árboles y ganados,
seis mil castellanas doblas.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Seis mil! ¡Gran estrago!
VIVALDO.                                        Hazaña
que pide venganza pronta.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Si un vasallo me ofendiese,
viérasme a piedades sorda;
pero un enemigo ilustre,
que su rencor desahoga
poniendo fuego a mis tierras,
merece desprecio y mofa.
¿Qué más triunfo ambicionara
que darme pena y zozobra?
¡Por un azar angustiarse
quien inmensos bienes logra,
la noble, la ricahembra
doña Juana de Mendoza!
Sube, Conde, a esa atalaya
que las altas nubes doma;
cuanto ves es mío, cuanto
los horizontes coronan.
Y mío cuanto columbres
allá en las cimas remotas,
desde la margen del Ebro
hasta las aguas del Onza.
¿Qué huestes pusieron dique
a mi ambición poderosa,
si trocasen mis pastores
en azagayas sus hondas,
en espadas los cayados,
los sayos en férreas cotas?
De Villarta y de Fonseca,
de Erramélluri señora,
de Ochánduri y de Loranco,
de mis abuelos victorias,
más que yo sólo el Rey tiene.
VIVALDO. (¡Y yo ni una pobre choza
que pueda decir que es mía!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Tiempo y desengaño arrollan
las altiveces de un sandio.
Mi venganza al tiempo toca.
¿Qué sucede?

(A MARINA, que entra por el foro.)

 

Escena V

 

DICHOS y MARINA

 
MARINA.                       Albricias dadme.
Tenemos quien nos socorra.
De Anguta y de Belforado
se acercan amigas tropas.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Luego que estén en el Rollo,
venga Melendo. A otra cosa.   (Vase MARINA.)
 

Escena VI

 

VIVALDO y DOÑA JUANA.

 
VIVALDO. Diezmos de Ocón. Del palacio
de Treviño últimas rentas.
Cuentas...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                Basta ya de cuentas,
que piden calma y espacio.
¿No es mi mano pretendida
por uno y otro galán,
y en mil cartas?...
VIVALDO.                             Aquí están.
(Aquí están, y yo sin vida.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Responder me cumple, a ley
de cortesía.
VIVALDO.                   Comience
quien en gala a todos vence:
un primo hermano del Rey;
en las batallas estrago,
de la corte regocijo,
don Alfonso Enríquez, hijo
del Maestre de Santiago.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y con tan necia arrogancia
en ultrajarme se goza,
pretendiendo a una Mendoza
un hijo vil de ganancia?
VIVALDO. Almirante es de Castilla
y le ennoblece el dosel.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Rompe luego ese papel,
que así mi altivez humilla.
VIVALDO. Tanto rigor no se ajusta
con el dulce pecho vuestro,
en ciencia y verdad maestro.
Borrad la sentencia injusta,
que sume en fieras zozobras
y en mortal desesperanza,
que baldón eterno lanza
al que es hijo de sus obras.
¿Por qué la infamia, por qué?
¿Dónde hay razón que consienta
que sea jamás la afrenta
de quien la culpa no fue?
Vibre ufano el áurea palma,
suba al alto capitolio,
y aún resplandezca en el solio
el que noble tiene el alma;
el que virtudes acopia,
que ése su linaje empieza,
y es siempre mayor nobleza
que la prestada, la propia.
Con lauro propio y no ajeno
brillaron, y así me fundo,
bastardo Enrique segundo,
bastardo Guzmán el Bueno,
Y con arrojo gallardo
¿no rindió vuestro linaje
oro y vida en vasallaje
a don Enrique el Bastardo?
D.ª JUANA DE MENDOZA. Es cierto, mas cuidad vos,
que nunca fue por el hombre
con éste o el otro nombre,
fue por la imagen de Dios.
Rasga el papel.
VIVALDO.                         Vuestro intento
a esa imagen contradice:
ved que el Almirante dice
que el Rey quiere el casamiento.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Por mi natural señor,
que Dios prospere y defienda,
sacrificaré mi hacienda,
mi vida..., nunca mi honor.
Rasga el billete, y prevengo
que es de más celo tan grande.

(VIVALDO rasga el papel.)

VIVALDO. (¡Ojalá romper me mande
cuantos en la mano tengo!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. No abogue mi buen notario
por osado pretendiente:
recuérdeme llanamente
sus nombres, sin comentario.
VIVALDO. De Niebla un gran capitán
merecíalo sin duelo:
todo un Guzmán.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                            Fue su abuelo
aquel bastardo Guzmán.
VIVALDO. El de Almazán...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                            Lindo mozo.
VIVALDO. ¿No es su estirpe?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                              Antigua y clara.
VIVALDO. Muere...
D.ª JUANA DE MENDOZA.              Por mí.
VIVALDO.                          (¡Suerte avara!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Pero no le apunta el bozo.
VIVALDO. La flor de los caballeros
suspira por vuestra mano,
el más valiente riojano.
D.ª JUANA DE MENDOZA. El señor de los Cameros.
VIVALDO. A la jineta, ¿quién pudo
aventajarle en pujanza?
D.ª JUANA DE MENDOZA. Así fuera, cual su lanza,
su entendimiento de agudo.
VIVALDO. ¿Qué otros nombres, en tal caso,
decir más grandes podré?
¿Quién triunfará?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                            No lo sé.
VIVALDO. ¿Acaso ninguno?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                            Acaso.
VIVALDO. ¿Luego no sentís amor,
esa llama celestial
que alienta a todo mortal
y es su deleite mayor?
Cuando todo a amar se inclina,
¿por qué endurecer el pecho?
Mirad cuál labra en el techo
su nido la golondrina.
Y arden en fuego tan puro
el ave, la flor, la piedra;
ved la trepadora hiedra
cómo abraza al fuerte muro.
Presta amor al cielo hermoso
luz, y perlas a la fuente;
él da triunfos al valiente,
él purifica al vicioso.
Y si es al hombre placer,
gloria, virtud, ardimiento,
el amor es el aliento,
la vida de la mujer.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Cual mozo lo habéis pintado,
mas con sombras de razón.
VIVALDO. ¡Oh!, sí; vuestro corazón
guarda ese fuego sagrado.
Quien de ternura es modelo,
de las almas soberana,
señora sin ser tirana,
de los míseros consuelo,
árbitra de la fortuna,
y entre cien mujeres bellas
perfección de todas ellas,
ha de amar como ninguna.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Eh! Paso.
VIVALDO.                 Mas si en el mundo
a obligaros no hallan norte
riqueza, alcurnia, ni porte,
pierdo el tino y me confundo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿No hay más que Niebla, Almazán,
o el señor de los Cameros?
VIVALDO. (¡Ay! ¿No dicen sus luceros
que ya conoce mi afán?)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Mirarse puede escondida,
tal vez, la más bella flor.
VIVALDO. (Le he de confesar mi amor,
aunque me cueste la vida.)
De una sé.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                  ¿Digna de mí?...
VIVALDO. Entre las selvas nació.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y anhela?...
VIVALDO.                      Vuestro oro no,
vuestras perfecciones, sí.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Pláceme.
VIVALDO.               Y firme batalla
por ocultar su martirio.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Bien.
VIVALDO.          Y os ama con delirio.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Dónde ese galán se halla?
VIVALDO. Sus padres, no cortesanos,
sencillos labriegos fueron,
que nunca se enriquecieron
con sangre de sus hermanos,
Debieron a las cabañas
el candor que allí se encierra,
y la piedad a la tierra
cultivando sus entrañas.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Raza humilde.
VIVALDO.                        Generosa.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Pechera.
VIVALDO.              Da su tesoro
por su rey y contra el moro.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Yo de un labrador esposa!
VIVALDO. ¿No hay lauros para el pechero?
D.ª JUANA DE MENDOZA. El mundo no quiso darlos.
VIVALDO. Mas puede el alma arrancarlos
y asombrar al mundo entero.
De ciega lealtad crisol,
puerto en borrascas seguro,
fue el Cid un soldado oscuro
y es hoy de Castilla sol.
¿Quién señaló la distancia
de plebeyos y magnates?
Necios y vanos quilates
del orgullo y la ignorancia.
Reparad que sus favores
negó el Redentor divino
al duro prócer mezquino,
y no a humildes pescadores.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Vivaldo, enfadoso andáis.
VIVALDO. Duéleme si os enojé:
del campo mi padre fue.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Pero aquel de quien habláis,
¿existe?
VIVALDO.              Existe, señora.
D.ª JUANA DE MENDOZA. (¡Pobre Marina!)
VIVALDO.                            (¡Valor!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y sueña ese labrador
con trocarme labradora?
VIVALDO. Os servirá tan rendido...
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Cómo se atrevió el insano,
responded, cómo un villano
miserable?...
VIVALDO.                     (¡Estoy perdido!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Oh, decid, decid quién es,
que aún le honrara mi rigor.

(VIVALDO, lleno de confusión, hojea varios papeles, y al encontrar con uno, aparece como sorprendido por un feliz pensamiento.)

VIVALDO. Gutierre Sotomayor,
aldeano burgalés.

(Mostrando el papel que acaba de encontrar.)

D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Cuán divertido suceso!
El bueno del pretendiente,
o es como niño inocente,
o tiene perdido el seso.
Acabemos.
VIVALDO.                   Ya el afán
veis de tanto insigne amante...
¿Qué anunciaré al Almirante,
al de Niebla, al de Almazán?
D.ª JUANA DE MENDOZA. Que hoy se les responda quiero.
VIVALDO. (En crudos celos me abraso.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. A todos que no me caso;
ni una palabra al primero.
 

Escena VII

 

DICHOS y MELENDO.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. Vienes, Melendo, a sazón.
MELENDO. Llegó la hueste, y desea
vivamente la pelea.
Señalad el campeón
que la lleve a la victoria.
VIVALDO. (Aún espero, aún no desmayo.)
De ventura luzca un rayo
para mí. Dadme esa gloria.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Oh, no es el acero, en suma,
cual la pluma delicada.
VIVALDO. Señora, por vos mi espada
no ha de ceder a mi pluma.
Y no hay, por dicha lo sé,
para aspirar al trofeo,
ni escuela como el deseo,
ni valor como la fe.
Fuera que en la edad que goza
el aura de abril florido,
seguí de hierro vestido
las banderas de Mendoza.
Logre yo lo que os pedí;
no me lo podéis negar.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ve, pues.
VIVALDO.                ¡Oh dicha! ¡A triunfar!
D.ª JUANA DE MENDOZA. (¿Por qué no es igual a mí?)   (Viéndole partir.)
 

Escena VIII

 

DOÑA JUANA, BELTRÁN y MARINA.

 
BELTRÁN. Entremos juntos los dos.   (A MARINA.)
MARINA. Beltrán, el del monte, aguarda
vuestra venia.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                       Que entre el guarda.
BELTRÁN. Señora, la paz de Dios,
que si llega al fin, no tarda.
¡Malas nuevas; trance amargo!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ya lo supe.
BELTRÁN.                   Sin embargo,
dar cuenta un vasallo debe
de lo que tuvo a su cargo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Habla, pues, pero sé breve.
BELTRÁN. Mano de traidor no es lerda,
y es natural que la cuerda
por lo más delgado quiebre;
y allí donde no se acuerda
es donde salta la liebre.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Las digresiones eluda
el buen guarda, o no le escucho.
MARINA. Tío...
BELTRÁN.          Y vale más, sin duda,
aquel a quien Dios ayuda
que aquel que madruga mucho.
Dormía yo a pierna suelta,
cuando oigo confuso estruendo,
al campo salgo corriendo,
y hallo a mi gente revuelta,
porque el monte estaba ardiendo.
«Helos allí», todos gritan;
del incendio a los reflejos
armas distingo a lo lejos,
y a luchar se precipitan
pastores mozos y viejos.
Sin muro que los esconda,
principio dan a la fiesta,
y en el momento contesta
al zumbido de la honda
el silbar de la ballesta.
Mas ya el contrario encubierto
por los picos de un barranco,
vuelvo a los míos, y advierto
que cuál ha quedado tuerto,
cojo el uno, el otro manco.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Hoy darán mis campeones
castigo a esa turba odiosa.
BELTRÁN. ¿Las armas? ¡Buenas razones!
¿No os pretenden por esposa
multitud de señorones?
Pues dad a vuestros Estados
quien sombra y vigor les preste.
D.ª JUANA DE MENDOZA. (La ignorancia engendra osados.)
Descuida. Por brava hueste
seremos pronto vengados.   (Vase.)
 

Escena IX

 

BELTRÁN y MARINA.

 
BELTRÁN. ¡Vengados! Al asno muerto...
Y callo lo demás.
MARINA.                            Tío,
ese vuestro afán...
BELTRÁN.                              Sí; cierto:
es predicar en desierto,
machacar en hierro frío.
Familia en que no hay varón
que la escude con la ley
de la fuerza y la razón,
es como pueblo sin rey.
MARINA. Tiene el ama otra opinión.
BELTRÁN. No habrá así quien la defienda,
ni quien respete su hacienda;
y vendrán con fiero estrago,
ya el insulto, ya el amago,
ya la ruidosa contienda.
Verás que vuelven a ser
nuestras fiestas batallar,
nuestro amor aborrecer,
nuestro descanso velar,
maldecir nuestro placer.
¡Arma arma! -¿Quién los vio?
-Pocos vienen. -Muchos vi.
-Por aquí. -No, por allí.
-Que llegan. -Que sí. -Que no.
-Que embisten. -Que no. -Que sí.
En cuanto la vista abarca
el campo se encuentra rojo.
Por cama, seco rastrojo;
el agua de inmunda charca;
siempre el enemigo al ojo.
El grande zurra al pequeño;
tú corres, yo me despeño;
mueren mil y uno se salva;
tambores durante el sueño,
trompetas antes del alba.
Y sigue la atroz pelea,
de nuevo la sangre humea,
y cien más pierden la vida:
si esto es cosa divertida,
que baje Dios y lo vea.
MARINA. Ajeno al temor su pecho,
si ya ha dicho no me caso,
dicho está.
BELTRÁN.                  Del dicho al hecho
hay, sobrina, mucho trecho.
MARINA. Para el ama hay sólo un paso.
BELTRÁN. De esta agua no beberé
no diga nadie en el mundo:
oye, y te convenceré.
MARINA. ¿Es cuento?
BELTRÁN.                    Cuento es a fe.
MARINA. ¿Y él lo prueba?
BELTRÁN.                           En él me fundo.
Es historia bien sucinta.
Gil Baile, pobre primero,
y después rico heredero,
en la puerta de su quinta
fijó altivo este letrero:
«Desde un río al otro río
todo cuanto existe es mío;
mío el frontero encinar,
y lo que me ha de matar,
no es hambre, ni sed, ni frío.»
De caza una vez salió,
y un tropezón o un calambre
a una sima le arrojó;
y allí el infeliz murió
de sed, de frío y de hambre.
MARINA. A Dios castigarle plugo.
BELTRÁN. Yo al ama impondré mi yugo,
y la casaré, que el cobre
se bate a golpes, y pobre
pertinaz saca mendrugo.
Y también a ti, lucero,
buscarte marido quiero.
MARINA. Soy muy niña.
BELTRÁN.                        No a mi ver,
que juventud de mujer
es como sol de febrero.
Deja que a mis anchas obre.
Tú rechazaste a Matico.
MARINA. Por feo.
BELTRÁN.              A Blas.
MARINA.                          Por borrico.
BELTRÁN. A Sancho.
MARINA.                  Porque era pobre.
BELTRÁN. ¿Y a Fortún?
MARINA.                      Porque era rico.
BELTRÁN. Quiero arreglar sin demora
esta casa, y por alguno
fuerza es decidirse ahora.
MARINA. Ya me decidí por uno.
BELTRÁN. ¿Cuál?
MARINA.            Silencio: la señora.
 

Escena X

 

DICHOS y DOÑA JUANA.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. (Tiemblo por él.) ¿Aún aquí?

(Reparando en BELTRÁN.)

BELTRÁN. Al monte, ¿a qué he de tornar?
D.ª JUANA DE MENDOZA. Aquí te puedes quedar
cuidando del parque.
BELTRÁN.                                  Así
siempre os dé el cielo que dar.

(Vanse BELTRÁN y MARINA.)

 

Escena XI

 

DOÑA JUANA. Después, un ESCUDERO.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. Bien le sienta la armadura,
bien rige el tordo bridón,
lleno de marcial bravura.
¡Ser de condición oscura,
con tan noble corazón!
¡Y si en la contienda airada
le vence más diestra espada!
Arrostra la muerte allí.
Mas, en verdad, que me agrada
que vaya a luchar por mí.
ESCUDERO. Un paje del Rey, licencia
pide en su nombre.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                Que espere
un instante... El Rey lo quiere:
condúcele a mi presencia.
 

Escena XII

 

DOÑA JUANA y un PAJE.

 
PAJE. Dadme a besar vuestros pies.
(¡Qué sin igual bizarría!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Hanme dicho que te envía...
PAJE. El Rey, mi amo.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                          Habla, pues.
PAJE. (Esperanzas, alentad.)
Es el querer soberano
que esta carta en propia mano
os entregue.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                    A ver.
PAJE.                              Tomad.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y respuesta aguarda el paje?
PAJE. No he de volverme sin ella.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Dice así.
PAJE.               (¡Por Dios, que es bella!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. (¡Por Dios, que es lindo mensaje!)   (Lee.)
«Si en valle desierto sus galas humilla
a todos oculta la rosa fragante,
quien es en virtudes blasón de Castilla
mi corte ennoblezca, sus glorias levante.
Y a más, recordando que al sumo imperante
los fuertes Mendoza sirvieron a ley,
esposa os fago del noble Almirante,
del gran don Alfonso, mi primo.-Yo el Rey.»
Más vale tomarlo a fiesta.
¡Oiga! ¡El Rey casamentero!
PAJE. Vuestras órdenes espero.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Vete.
PAJE.         No sin la respuesta
que está aguardando anhelante.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Yo haré que a sus manos llegue.
PAJE. Dejad que en su nombre os ruegue
no diferirla un instante.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ya me enojas.
PAJE.                        Con razón
atrevido os parecí,
mas sirvo a mi dueño así
y sirvo a mi corazón:
Que en el Almirante fío
la amistad más verdadera,
tal, que su contento fuera
también el contento mío.
D.ª JUANA DE MENDOZA. (¡Y debo al solio real
tan inmerecida ofensa!)
PAJE. (Mucho, vive Dios, lo piensa.)
¿Me dais respuesta?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                 Sí tal.
PAJE. ¿Les diré?...
D.ª JUANA DE MENDOZA.                     Que yo te he dicho
que ha de hacerse un casamiento
por propio convencimiento,
no por ajeno capricho;
y que es fuerza que frustradas
queden hoy sus pretensiones,
por éstas... y otras razones
que estimo para calladas.
PAJE. Olvidáis que a ese galán
hizo próspero destino
del Rey difunto sobrino,
y primo del Rey Don Juan.
Y si esto sólo pregona
los timbres de su hidalguía,
no son de menos valía
las prendas de su persona.
De su esfuerzo al combatir
puede Aljubarrota hablar,
do cien lanzas fue a quebrar.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Donde no supo morir.
Sin rendir el fuerte acero
allí mi esposo cayó,
y mi padre allí murió,
salvando a Don Juan primero.
PAJE. Acabemos de una vez.
¿Qué respondo?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                          ¿Aún perseveras?
Que han de ser más duraderas
las tocas de la viudez.
PAJE. Así al Rey no satisfago.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ya la plática es prolija:
dile entonces que soy hija
del señor de Hita y Buitrago.
PAJE. Bien sabéis que no lo ignora.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Pues si ya a olvidarlo empieza,
añade que mi nobleza
es más limpia que la aurora.
Que el blasón que ileso guardo
no manchará humana ley.
PAJE. Un primo suyo os da el Rey.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Que es el hijo de un bastardo.
PAJE. ¡Oh!...
D.ª JUANA DE MENDOZA.           Jamás sobre mi escudo
caerá tan negro borrón.
Esta es mi contestación
al que imaginarlo pudo.
PAJE. ¡Tal oigo!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                 ¡El nombre manchar
que heredé de mis abuelos!
¡Oh, nunca!
PAJE.                    ¡Viven los cielos!
¡Y no me puedo vengar!
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Me amenazas? ¡Qué ¡insolencia!
Porque el monarca te envía
tienes lengua todavía
para hablar en mi presencia.
Vuela a cumplir tu mensaje,
a mi decoro ofensivo;
huye, que mi pecho altivo
enciéndese de coraje.
Y el hombre a quien sirves fiel,
y con su empeño me ultraja,
sepa que no se rebaja
la Ricahembra hasta él.
¡Unir su sangre a la mía
y un bastardo le engendró!...
¡Y él mismo también nació
con sello de bastardía!
PAJE. ¡Basta ya!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                Con torpe mengua
los votos rompió malvado;
su padre a Dios consagrado,
y ¿por quién?...
PAJE.                         ¡Tened la lengua!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Y de aquella unión impía
brotando el retoño odioso,
el padre fue un religioso,
fue la madre una judía.
PAJE. Mentira.   (Dale un bofetón1. Pausa.)
D.ª JUANA DE MENDOZA.              ¡Oh! ¿Será verdad?
¿Tu mano en mi rostro?... Sí,
que aún la siento impresa aquí.
Hola, mis guardias, llegad.

(Asomándose a la puerta del foro y gritando. Aparecen en ella guardias y pajes.)

PAJE. Sobrado tiempo me humilla
este disfraz en que estoy:
don Alfonso Enríquez soy,
almirante de Castilla.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Temed todos mi furor
si del muro alguien saliere.   (A los guardias.)
Que en mi cámara me espere
decid a mi confesor.   (A los pajes.)
Ved que nunca fuerza ha sido
tan exacto cumplimiento.

(A los guardias y pajes, que se retiran.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Qué es lo que intentáis?

(Después de batallar con mil dudas, en la mayor agitación.)

D.ª JUANA DE MENDOZA.                                         ¿Qué intento?
Que vais a ser mi marido.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Cielos!
D.ª JUANA DE MENDOZA.              Sin ningún retardo,
antes de que a nadie habléis.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Señora, ved lo que hacéis;
recordad que soy bastardo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Tu maldad que mi honra empana,
¿límites no reconoce?
¡Justo es que así te alboroce
tan digna, tan noble hazaña!
Pero si a mis pies te postro
y hago que tu sangre corra,
con tu sangre no se borra
esta mancha de mi rostro.
A ser tu esposa me allano;
mas nadie dirá atrevido,
que quien no fue mi marido
puso en mi rostro la mano.
 

Escena XIII

 

DICHOS. VIVALDO, MELENDO, BELTRÁN y MARINA. (Soldados que permanecen en el fondo.)

 
VIVALDO. ¡Por nosotros la jornada!
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Qué buscas, dime; qué es ello?
VIVALDO. Se entrega el conde don Tello.
D.ª JUANA DE MENDOZA. No estoy en mí.
VIVALDO.                          Ved su espada.

(Presentando una.)

D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Herido tú!
VIVALDO.                  Allá en la linde
de los pomares le acoso,
y con ánimo hazañoso
mi gente a la suya rinde.
¡Del cielo ha sido milagro!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Vivaldo, ¿es grave tu herida?
MELENDO. Debo a su valor mi vida;
por siempre se la consagro.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Qué más venturas anhelo?

(Con amarga expresión.)

¡Hoy triunfo de mí enemigo,
y a nuevo enlace me obligo!

(Extrañeza en todos.)

Con el Almirante.   (Mostrándolo a todos.)
VIVALDO.                             (¡Cielo!)

(Después de una gran pausa, dirigiéndose respetuosamente a DOÑA JUANA.)

¡A la coyunda de amor
cede al fin la mujer fuerte!

(Reprimiendo apenas su despecho.)

D.ª JUANA DE MENDOZA. Es más fuerte que la muerte
el imperio del honor.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Si os ultrajé, perdonad;
ya os cumple mi arrojo insano.
Dadme a besar vuestra mano.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Os la daré... en el altar.
BELTRÁN. ¡Ah de Gil Baile!
VIVALDO.                             (¡Ay de mí!)
BELTRÁN. Aplica el adagio ahora.   (A MARINA.)
Hoy se casa la señora;
mañana te caso a ti.
FIN DEL ACTO PRIMERO

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