La poesía de Enrique Azcoaga
Leopoldo de Luis
Poesía es norma de vida. Esta afirmación que podría hacerse, acaso, de toda poesía auténtica, se me ofrece clara y fácil ante la que escribe Enrique Azcoaga. Aseguro esto muy a conciencia y a pesar de cuantos excesos retóricos pueden apreciarse en sus libros. Y es que el arranque noble, la gravedad serena, el latido cordial que no faltan nunca en sus obras, le confieren una legitimidad irrevocable.
En Enrique Azcoaga la poesía es como un testimonio de su desarrollo vital, porque verdaderamente la poesía completa al hombre y le hace cumplirse, apurar fecundamente su destino. Hemos dado con expresiones que son singularmente gratas a este poeta. Fertilidad, granazón, cosecha, cumplimiento, son palabras que hallamos a lo largo de toda su extensa obra, empleadas con reiteración de concepto. Sintomática reiteración, porque Azcoaga cifra en esa manera de ser feraz, una norma de conducta en su vida de hombre. Declara sin dudas su voluntad de semilla e incluso -y no casualmente, claro- en la imagen poética acude mucho a lo vegetal: espiga, grano, árbol, fruto, como tema y ejemplo. Esta intención de ir granándose, dándose cumplidamente en su labor, esta busca de colmar su destino fértil, es una constante que aporta hondo valor humano de superación y de esperanzas a su poesía. Porque no fecunda, no grana más que lo puro, lo sano, lo limpio, y estas son virtudes salvadoras que llevan al poeta a esperar en lo auroral, a suponer posible un hombre y un mañana mejores.
«Me alegran algunos de mis versos, como en la vida los días colmados y los hijos»
, nos dice el autor en un breve prólogo a su libro completo1. Y esta identificación -versos, vida, hijos- vemos que es real cuando leemos los poemas. El canto cotidiano -título de uno de los primeros libros de Azcoaga, aparecido en Adonais en 1943- ampara hoy, con gran acierto, toda su obra. Cantar, cantar diariamente las pequeñas o grandes emociones de su vida, expresarlas con nobleza y verdad, buscando en ese canto cumplimiento, entrega y superación, es, quizá, en definitiva, su única poética.
Se inicia la obra en verso de Azcoaga con La piedra solitaria, largo poema en alejandrinos que nos dan, en cierto modo, la clave de sus otros dos poemas posteriores: El poema de los tres carros y Los lugares del mar. Se trata de hacer unas referencias al mundo circundante -piedra, carro campesino, mar- para obtener en consecuencia, su lección de vida ejemplar a los hombres. Poesía meditativa, donde si esa cierta tendencia a lo retóricamente abundante que insinúo al principio puede gravitar sobre alguna zona, dos cosas quedan siempre a salvo: su nobleza de pensamiento y los frecuentes hallazgos de una bella expresión
Lo mismo diríamos con su libro más vinculado a una fórmula en boga: los sonetos de 1943, en pleno garcilasismo. En primer lugar, la fórmula no era en Azcoaga nada postiza ni adquirida de ocasión. Y, más concretamente, hay que situarlo junto al gran Miguel Hernández, del que, sin duda, le quedó una fecunda huella: en lo formal, a veces, la percibimos; la temática la vemos hermanada sobre la exaltación del hijo y de ese mismo afán de fertilidad señalado. No en el arrebato, porque Azcoaga es poeta mucho más sereno y en él la armonía -la del verso, la del alma, la del mundo- es también un ideal perseguible. Pero en estos sonetos hay, por tanto, mucho más que un bello hacer. Hay una voz nacida en canto diario, con un deseo de salvación que eleva sobre la muerte del oficio. Aquel comienzo, humilde y noble, «apenas si soy más que los olivos»
, los magníficos sonetos a su madre («creo en la fortaleza de las rosas»
), aquel a la muerte de la hermana -en el que me gustaría detenerme, bien lo vale, si no me quedara aún bastante de qué hablar y no peligrasen los límites de espacio a que debo someterme- o el que, cerrando la colección, canta la muerte del poeta amigo: «Tu estirpe campesina quiso un día / salvar al hombre fértil del secano / monstruoso en que brotó tu voz lograda...»
.
En Versos se reúnen unas composiciones de transición entre los sonetos referidos y los libros en que cuaja ya maduramente la poesía de Azcoaga, con sus temas y calidades definidas. En Versos, como antes en un soneto ya se había dicho «que un verso es una espiga cuando llena / su cauce con el trigo o con el duelo / granado del espíritu...»
, se ratifica una vez más el deseo de que la poesía «convierta en grano pleno el desgranado / temblor de este morir que el alma aloja»
.
Pero repito que donde el mundo poético de Enrique Azcoaga cobra su pleno desarrollo y su expresión se asegura y afirma personal, es a partir de Marzo. Marzo es un libro apretado, humanísimo, entrañable, tierno, emocional, viril. Marzo es la primavera, la esperanza, la vida que se hace novia para el hombre que noblemente siente al hijo posible y siente que solo desde el amor, el mundo puede alzarse sin vileza. Marzo es el ansia de trascendencia del ser, colmada en el hijo que lo continúa, que lo completa, que lo hace de verdad. Marzo es el esfuerzo dolorosamente alegre para «trocar la quejumbre en oro suave»
, por «transformar el luto en primavera»
.
Libro bellísimo es La dicha compartida. La vida misma -dicha de vivir, con su pena también- que el hombre, el poeta, comparte con la esposa y los hijos. Es como un íntimo diario, trascendido muchas veces a lo que mueve y ordena la vida de los seres todos. No creo que, desde Hernández, haya cantado nadie con tan emocionada y auténtica voz los temas hogareños. Sin gazmoñerías ni ternezas tontas: con una nobleza ejemplar, con el decoro, la responsabilidad, la seriedad de ser hombre y de ir vida adelante: «A fuerza de marchar he pretendido / la dignidad que abona la fatiga: : «a fuerza de sufrir he conquistado lo que hay detrás del llanto: los caminos».
Para terminar voy a referirme brevemente a Los lugares del mar, que, como Marzo y La dicha compartida, son las partes inéditas de este volumen que edita ahora Losada. En cierto modo, Los lugares del mar, se asemeja al Poema de los tres carros, no incluido en el actual conjunto, y del que ya se ocupó Ínsula cuando se editó en 1947 (núm. 26, febrero, 1948). La construcción formal es parecida: endecasílabos libres ordenados en unas a manera de estancias. La intención moralizadora, diríamos incluso social, se desprende del poema. El hombre ha de tomar ejemplo del mar, como el mar, crear una espuma de gloria y alcanzar su fragancia, su pureza y su labor diaria, constante. «Sólo cuando en el pecho una fragancia / pregona que el proceso de la hombría / fiel, positivamente se ha logrado»
/ «... cuando la vida es sana desde el fruto»
. El poema tiene momentos hermosísimos. Otros, en algún punto de su discurrir y por exceso de lógica, cae el aliento abatido un poco por lo prosaico. Mas recobra nobilísima altura al final, para proclamar la esperanza y la fe en la vida, en lo auroral, en la gloria del fruto, contra el rencor, la ceniza, la desgana: «y quiero en los escombros de mi tiempo / cantar por la salud del hombre nuevo»
.
El canto cotidiano de Enrique Azcoaga, el verso en que diariamente salva su quehacer, cumple su fecunda jornada, quiere en este último y hermoso poema cantar sobre el fracaso y el asco, hacia una nueva aurora del hombre.