La obra crítica de Joaquín Casalduero1
Gonzalo Sobejano
University of Pittsburgh. Pittsburgh, Pennsylvania
La crítica literaria de investigación e interpretación cuenta en la España contemporánea, gracias sobre todo al magisterio de Menéndez Pidal y de Ortega y Gasset, con una pléyade insigne de ejecutantes: Américo Castro, José F. Montesinos, Pedro Salinas, Amado Alonso, Dámaso Alonso, Joaquín Casalduero, Rafael Lapesa; los cuales van citados aquí por orden de edad profesional y reducidos a siete no para que compongan la pléyade exacta, sino porque ellos son los críticos más distinguidos, aunque por fortuna haya otros de obra respetabilísima. Además de haber participado de algún modo en los beneficios de aquel doble magisterio, poseen tales críticos otras notas comunes: su formación universal, el alto nivel de sus trabajos, la docencia dentro y fuera de España, una fecundidad a prueba de tiempo y de ausencias, la calidad literaria de su prosa. Tan evidentes como estos rasgos comunes son los diferenciales: Américo Castro, inicialmente filólogo e historiador de las ideas, debe la mayor irradiación a sus labores últimas como intérprete del existir histórico de los españoles. Montesinos sobresale particularmente en la elucidación histórico-sociológica de la narrativa española del siglo XIX. Pedro Salinas alcanzó superiores aciertos estudiando los temas vitales de Jorge Manrique y de Rubén Darío. Coincidentes los tres en sabiduría lingüística, Amado Alonso se aplicó en especial a analizar la prosa y la lírica contemporánea; Dámaso Alonso consagra sus más felices desvelos a Góngora y a la poesía de los siglos XVI y XVII, y Rafael Lapesa los suyos a la de los siglos XV y XVI. Joaquín Casalduero, en fin, ni principalmente historiador como Castro y Montesinos, ni cultivador de la estilística del lenguaje como los tres que acabo de citar, a quien más se asemeja es a Salinas; pero su crítica, aunque muy atenta también a los temas, se singulariza por la consideración dedicada a las formas, no a las elocutivas, sino a las compositivas (ritmos, tonos, núcleos, partes menores y mayores de la totalidad estructural).
Si la obra literaria puede definirse como el resultado artístico que desde una actitud revela un contenido en una estructura a través del lenguaje, los elementos integrantes -y siempre integrados- de toda obra literaria serían, dada la suficiencia estética, esos cuatro: actitud, contenido, estructura y lenguaje. Pero, aunque inseparables, estos cuatro elementos pueden ser vistos por el sujeto -en este caso, por el crítico- con más o menos relieve, y del relieve mayor otorgado a uno de dichos elementos puede desprenderse una clasificación de los métodos de estudio de la literatura. Si se realza el valor de la actitud, el método podrá ser psicológico o sociológico (e histórico si la psicología o la sociología se investigan a lo largo de los tiempos: biografía, generaciones, épocas, pueblos, concepciones del mundo). Aquí puede inscribirse a Américo Castro y a Montesinos. Si es el valor del contenido lo que se acentúa, podrá ser el método ya arquetípico, ya temático (e histórico si los arquetipos y mitos, o bien las ideas, problemas, temas y motivos merecen examen diacrónico: topología, historia del pensamiento). A esta orientación responde Pedro Salinas. Puede darse importancia superior a la estructura, en cuyo caso cabe distinguir un método fenomenológico que describe la disposición constitutiva de toda obra, y otro morfológico que analiza la composición formal de las obras (más otro histórico, si a través de las épocas se indaga: morfología de la cultura, sistemas de vigencias relevándose en el transcurso de la historia). Joaquín Casalduero es el ejemplo más adelantado en esta línea. Finalmente, cuando el lenguaje es el elemento primariamente estudiado, o bien se emplea un método estilístico que procede del significado al significante o de éste a aquél, o bien un método estructuralista que reconoce y conexiona los niveles fónico, morfológico, sintáctico, semántico y poético (y se hará historia de la lengua literaria cuando se registre el desarrollo de los estilos y estructuras de esa lengua). Amado Alonso, Dámaso Alonso y Rafael Lapesa operan dentro de este sector. Como el lector comprenderá, las referencias nominales tocan solamente a la crítica española entre los límites que a la finalidad de estas páginas importan, y huelga notar que se trata de las tendencias principales de cada método, no de la reducción de éste a un procedimiento único. En cualquier caso, es muy satisfactorio comprobar que tan contados críticos, apenas apartados por cortos trechos de edad, hayan podido producir resultados tan varios como excelentes.
Actitud y contenido constituyen -si se admite, al menos provisionalmente, una distinción tan desprestigiada como inevitable- el fondo de la obra literaria, mientras la estructura y el lenguaje representan su forma. Fácilmente se reconocerá que Américo Castro con su crítica vital-existencial, Montesinos con la suya biográfica y psicosociológica, y Salinas con la suya temática, han trabajado más en la primera órbita, en tanto que la estilística estructural de Casalduero y la lingüística de los Alonso y de Lapesa concierne en primer plano a la forma.
En otra parte se propusieron como conceptos rectores que sucesivamente han inspirado la actividad espiritual de los españoles desde fines del siglo pasado hasta nuestros días, las siguientes parejas: Historia y Vida (en Unamuno, Azorín, Menéndez Pidal...), Vida y Razón (en Ortega, Castro...), Razón y Forma (Salinas, Amado Alonso, Casalduero...), Forma y Existencia (Dámaso Alonso, Castro, Laín Entralgo...), Existencia y Sociedad (crítica más joven de los años 50 a 60), y acaso los conceptos vigentes en la hora actual sean Sociedad y Estructura, entendiendo por estructura no ya la figura aprehendida y gozada, sino el complejo de relaciones donde el hombre, sintiendo amenazados sus privilegios, se busca a sí en el contexto general. Pues bien, dentro de este esquema de atracciones predominantes, la crítica literaria de Joaquín Casalduero, con todas las modulaciones requeridas por un espíritu siempre despierto a los signos de su tiempo, corresponde mayormente al momento de auge del binomio Razón y Forma: razón vital, forma artística.
El título Sentido y forma de... que Casalduero ha puesto a todos sus libros sobre Cervantes y a varios de sus artículos acerca de obras dramáticas cimeras, ¿no está confesando su preocupación capital por hallar el significado de una forma y, sobre todo, por identificar escrupulosamente esa forma a fin de penetrar en ella con la razón y el instinto, con el sentimiento y la sensibilidad, en plenaria abertura? Sentido: es decir, comprensión clara y distinta del significado profundo y del valor simbólico emitidos por el artista, en una época y espacio humano determinados, a través de la forma de su obra. Forma: es decir, intuición y descripción de la totalidad mediante la relación de las partes entre sí y en función del conjunto.
El estímulo de dos pensadores tan fecundos como Ortega (perspectivismo, fenomenología) y D'Ors (morfología de la cultura, «las ideas y las formas») parece rastreable en la constitución del método crítico de Casalduero, y en él han debido de influir otras corrientes teóricas que, muy vivas en sus años de aprendizaje y maduración, no quedaron en modas pasajeras, sino que se han incorporado al tesoro cultural de todo intérprete, experimentando, algunas, las más actuales revivencias: la tipología de Wölfflin a través de sus conceptos fundamentales de historia del arte, la estética idealista de Vossler, el sistema de aclaración recíproca de las artes propugnado entre otros por Oskar Walzel, la estilística de Leo Spitzer que arranca de los detalles más peculiares de la obra para avanzar hacia unidades cada vez mayores en busca del sentido simbólico total; y, además, el formalismo eslavo, el «new criticism» americano (que no puede ser ajeno a quien por tantos años enseña en Estados Unidos) y, sobre todo, el Cubismo con su prelacía de la forma sobre la materia y su ansia de totalidad e integración.
Pero aquí no se trata de descubrir las raíces de la metodología de un crítico ni de especular sobre las coordenadas históricas en las que aquélla pueda situarse. Para orientación baste lo aludido. En ocasión como la presente parece más indicado destacar qué debe la historiografía literaria a la labor de Joaquín Casalduero, qué lección nos proporciona su modo de entender la crítica y qué ejemplo nos brinda su estilo de pensar, de escribir y de ser.
Casalduero ha dedicado estudios de varias proporciones a obras de todas las épocas, desde el Cantar de Mio Cid hasta el Cántico de Jorge Guillén o tal película de Luis Buñuel. Sin embargo, las zonas en que ha concentrado con más frecuencia y hondura sus esfuerzos han sido el siglo XVII (Cervantes, la Comedia), el XIX (Espronceda, Rivas, Bécquer, Galdós, Ganivet) y el XX (Valle-Inclán, Miró, Guillén).
Ver en su
integridad «ya sea una obra única,
ya sea la obra total de un autor, ya sea el conjunto indivisible de
una época»
(Estudios de lit. esp., p. 93) fue su propósito casi desde el
comienzo mismo de su actividad; propósito que se dibuja ya
en tempranos ensayos sobre Ganivet (1931, 1934) y sobre las
Rimas de Bécquer (1935), que alumbra las
variaciones de época en torno a un mismo tema en el primer
libro (Contribución al estudio del tema de Don Juan en
el teatro español, 1938) y que es puesto en
práctica de la manera más consecuente e
inquebrantable en todos los trabajos publicados desde entonces.
Ese libro sobre Don Juan, que abre el compás desde el Barroco de Tirso de Molina hasta el Romanticismo sentimental de Zorrilla, anunciando así el interés primario del crítico en las áreas ya dichas, contiene en esbozo todos los caracteres de su ejercicio interpretativo: el análisis penetrantemente descriptivo de cada obra en sus formas parciales y en su total armonía, la definición del sentido de esas formas a la luz de la comparación con obras de distintas artes, la síntesis de los rasgos que en pensamiento y estilo marcan cada época, la sutil percepción de aquellos elementos variantes que modifican la estructura general, la sobriedad y casi eliminación del aparato bibliográfico, el rechazo de la crítica viciada por prejuicios (sean religiosos, nacionalistas, personalistas o tradicionalistas), la aversión al positivismo enceguecido en detalles extrínsecos a la obra; pero, además, esta monografía, de madurez ya pasmosa, representa, en efecto, una utilísima «contribución» no sólo por la muy certera definición de El burlador de Tirso como plasmación dramática del conflicto entre lo temporal y lo eterno, la realidad y el espíritu, sino por la precisión con que se demuestra su diferencia respecto al cariz más lógico y explicativo del Tan largo me lo fiáis, los desplazamientos y transformaciones del tema de Don Juan a través de autores franceses, el tratamiento racionalista de Zamora, y el sentimental y burgués de Zorrilla.
Merece la pena reparar en este primer libro de Casalduero porque es el menos accesible, editado sólo una vez y en colección norteamericana de monografías universitarias; pero también porque muestra, junto a su solidez, ese acento irruptivo del crítico que tiene mucho y nuevo que decir, y se atreve a decirlo. Es probable, con todo, que este estudio gustase menos a su autor que los ulteriores: nunca volvió a dedicar otro, de amplias medidas, al examen de las variaciones sobre un tema, relegando los comentarios sobre esto a secundario papel de acompañamiento dentro de sus nuevas monografías, las cuales versaron en adelante sobre la obra total de un autor o sobre una obra o grupo de obras, nunca sobre un tema en distintas épocas o sobre una época a través de distintos temas.
Como todo el mundo sabe, Vida y obra de Galdós (1943), segundo libro de Casalduero, publicado en el centenario del nacimiento del novelista, vino a ser, y no ha dejado de ser, el primer estudio que abarca la totalidad de la producción galdosiana desde el punto de vista de su unidad y despliegue, y aunque tanto se ha escrito después sobre Galdós, nadie ha logrado una visión tan abarcadura, una inspección tan sagaz del proceso formativo ni tan experto reconocimiento de las relaciones entre las obras, las etapas, los ritmos de creación y los géneros. La clasificación de las obras de Galdós, partiendo de la unidad de todas ellas, se basa en el interno desenvolvimiento y en las ideas rectoras, respeta la sucesión cronológica y desemboca en una agrupación orgánica: de la Historia y la Abstracción, a través del Naturalismo y del conflicto Materia-Espíritu, pasando por el Espiritualismo y la Libertad, hacia la Mitología y la Extratemporalidad. Los lectores de este libro, que tienen que haber sido muy numerosos a juzgar por las varias ediciones alcanzadas, han podido aprender en él a admirar nuevamente al escritor sobre quien dos y tres generaciones habían hecho recaer aristocráticos menosprecios. Para infundir esa admiración, Casalduero hubo primero de sentirla y razonarla, explicándola no sólo por datos estéticos, sino también por cualidades éticas intencionales, ya que este libro, quizá más que ninguno del autor, transparenta en su enjundioso texto (resultado de una deliberada compresión de centenares de páginas) la devoción de Casalduero a la conducta del escritor, a los valores morales y pedagógicos (de pedagogía patriótica) que sostienen la obra.
Si Casalduero fue el primero en proporcionar a los españoles el breviario que necesitaban para entender derechamente a Galdós, también ha sido el primero (esta condición de primero es más importante de lo que él mismo cree) en analizar la forma y sintetizar el sentido de cada una de las obras de Cervantes, el primero en explorar por completo el Cántico de Guillén, el primero en dedicar a Espronceda y su mayor poema libros al fin dignos de tan gran lírico y de tan malentendida obra, el primero en reconocer a Gabriel Miró su categoría de novelista (regateada asimismo por dos o tres generaciones) y el primero en caracterizar la estructura de la comedia del Siglo de Oro de modo que puedan reconocerse con nitidez sus hábitos constitutivos. Esto quiere decir que ha hecho verdadera labor de adelantado en muchos campos, sin imitar a nadie, talando lugares comunes y rompiendo criterios petrificados.
Lo notable del caso es que toda esta actividad, tan renovadora en la evaluación de obras y autores como en los procedimientos, haya ido desarrollándose tranquilamente, no inadvertida, pero más eludida o silenciada que expuesta a los vapores de la propaganda o al tronido de la polémica.
Los libros sobre Cervantes (Sentido y forma de las «Novelas Ejemplares», 1943; S. y f. de «Los trabajos de Persiles y Sigismundo», 1947; S. y f. del «Quijote», 1949; S. y f. del teatro de Cervantes, 1951, a los que pronto habrá que agregar S. y f. de «La Galatea») componen sin duda el monumento exegético más alto y de mayor capacidad de perduración que hasta ahora haya merecido la obra cervantina. ¿Quién había estudiado las Novelas Ejemplares, antes de Casalduero, como un todo y no como mera encuadernación de historias sueltas, y valorado el sentido y la forma del conjunto en cada parte componente y en su totalidad, descubriendo el idealismo general de las Novelas frente a las distinciones rutinarias (novelas idealistas, novelas realistas) derivadas del costumbrismo siglo XIX? ¿Quién había comprendido, antes que él, el entrelace simbólico de los cuatro libros del Persiles, viendo en esta obra, como en las Novelas Ejemplares, el empeño de Cervantes en crear el ideal de virtud de su propia época dentro de la vida social? ¿Quién había distinguido con exactitud y amplitud el sentido, los temas y la composición del Quijote de 1605, del sentido, temas y composición del Quijote de 1615, tan otros que no forman dos partes de una obra, sino dos obras diferentes, la primera centrada en el conflicto personal de Cervantes entre pasado y presente, la segunda en la experiencia dolorosa y engañadora de la vida social del presente? ¿Quién, como Casalduero, había intentado puntualizar la calidad auténtica del teatro cervantino, su pertenencia a la dramaturgia pre-lopiana, las afinidades y diversidades entre las piezas no meramente juntadas, sino reunidas en volumen? Estos estudios sobre Cervantes, todos originales (no caprichosos) y decisivos (no sensacionalistas) se reeditan y se leen, y hoy parece como si la orgánica unidad de las Novelas y del Persiles, o la distinción entre los dos Quijotes fuesen verdades trilladas, cuando en rigor son averiguaciones obtenidas por Casalduero a fuerza de penetración intelectual y de paciente pulsación de tonos y ritmos, formas e interrelaciones, instancias tan difíciles de captar por el lector no avezado. Cuando el estudio sobre La Galatea salga a luz, bien haría el editor que compilase todas estas monografías de Casalduero en un solo tomo, el cual vendría a ser el más rico devocionario, la más luminosa guía para la lectura de las obras completas de Cervantes.
Jorge
Guillén: Cántico (1946); la segunda
edición (abarca los cuatro estados), Cántico de
Jorge Guillén (1953), representa el más completo
y acabado análisis de aquella obra, tan comentada
después por otros, y posee a mi juicio singular importancia,
no sólo por la explanación de la hechura de
Cántico («La
composición de Cántico es la de la
rosa»
dice la línea final del opulento estudio),
sino porque aquí Casalduero, siempre admirador de su objeto
pero nunca tanto como de éste, se declara en pleno acuerdo
con su época y con ese estilo, el Cubismo, desde el cual
puede entenderse mejor su proceder interpretativo: tiempo y espacio
integrados, totalidad, forma, composición, ademán
afirmativo, creatividad, digno contentamiento con el mundo.
Dada la extraordinaria sensibilidad para la forma que condujo a Casalduero a tan afortunados hallazgos como el «orden desordenado» del Barroco y la «correspondencia integral» del Cubismo -estilos dotados de muy marcada voluntad de forma- podría esperarse que se hubiese sentido menos propenso a indagar en la época romántica y sus derivaciones. Pero ahí están sus dos libros Forma y visión de «El diablo mundo» (1951) y Espronceda (1961) para desmentir tal presunción, así como sus artículos sobre el Don Álvaro y sobre Bécquer (a quien al principio consideraba como perteneciente a un «segundo Romanticismo» y más tarde al «Realismo idealista»). No creo que ningún poema romántico haya sido identificado tan claramente en su composición (visión del poeta -visión del hombre, la vida del poeta- la vida del hombre) y en sus rasgos formales (fragmento, digresión, antítesis) como el aparentemente caótico Diablo mundo, a cuyo autor estudió después Casalduero en sus otras obras y en su personalidad, en un libro cálidamente dirigido a la nueva estimación de Espronceda, y semejante por ello al dedicado antes a Galdós.
No pretendo poner de relieve todas las aportaciones de Casalduero a la historia literaria, pero aún debe mencionarse la serie de Estudios sobre el teatro español (1962), con magistrales análisis de Fuenteovejuna y Las mocedades del Cid, La vida es sueño o El sí de las niñas y conclusiones sumamente perspicaces sobre la composición pentamembre de la Comedia del XVII, las funciones del tiempo y del espacio en su acción, los dos desenlaces, o la pertenencia del «gracioso» a la realidad religiosa del hombre. Y en los Estudios de literatura española (1962) se hallarán, junto a algunos trabajos ya aludidos, o complementarios de las monografías mayores, otras contribuciones tan clarificadoras como «El Cid echado de tierra», «Elementos funcionales en las Sonatas de Valle-Inclán», o el revolucionario y reivindicador ensayo acerca de «Gabriel Miró y el Cubismo». También se contiene aquí, en las «Notas sobre La ilustre fregona», la única respuesta directa -según creo- que Casalduero ha formulado a quienes se mostraron en desacuerdo no razonado con su método (sobre el cual discurriré en seguida).
En conexión
con la historia literaria, a la que Casalduero ha venido aportando
los «descubrimientos» reseñados, dos hechos
merecen recordarse: uno, que tales descubrimientos, por
paradójico que parezca, se refieren siempre, no a obras
raras, sino invariablemente a obras de primera categoría y
que son o deben ser muy conocidas. Empeñado en exponer la
razón y la forma de la belleza trascendental, o sea, del
buen arte henchido de significación, para él
sólo parecen dignas de atención aquellas obras cuya
perfección y grandeza revelen el trabajo de sobresalientes
personalidades. No niega a otras el derecho a pervivir, pero
entiende que su pervivencia sólo puede importar al
historiador, no al crítico de arte: «Una obra de arte es también un documento
histórico, que puede ser utilizado para la historia
económica o política, la historia del pensamiento, o
de las costumbres, o de la lengua, etc.; pero, es claro, esto es algo
secundario. Lo esencial en una obra de arte es la forma que
adquieren todos los elementos extraños (extraños en
tanto que obra de arte), y el lector o el espectador, por una
vía o por otra, lo que tiene que hacer es llegar a captar
esa forma y su sentido»
(Quijote, página
269). Y también: «Una obra de arte
para mí no tiene tacha, si la tiene ya no es obra de arte y
entonces no me interesa ni concibo que tenga interés.
Podrá ser valiosa para la historia de la literatura o de las
ideas o de los sentimientos, etc.»
(Estudios lit. esp., p. 7). De ahí que Casalduero
sólo haya comentado obras excelsas, como las de Cervantes y
Galdós (los mejores novelistas de su tiempo), Espronceda o
Guillén (los mejores poetas del suyo), o bien obras
especialmente afortunadas de otros escritores. Pienso que esta
condición no se debe tanto a una postura de estética
aristocracia como al anhelo de definir un estilo de época en
la obra de sus representantes más perfectos, y el estilo de
un artista representativo en la obra u obras donde ese estilo haya
logrado testimonio culminante. Perfección,
culminación no significan forzosamente hermosura
olímpica, sino concentración, integración,
totalidad en la unidad, nociones que alientan, en concordancia con
su época, las labores del crítico.
El otro hecho que debe tenerse presente, desde el punto de vista de la historia literaria, es la reiterativa iluminación que Casalduero hace, en casi todos sus trabajos, del espíritu de las épocas: iluminación continua y caudalosa de sus épocas preferidas (la barroca, la romántica y la moderna), e intermitente y algo menos perfilada en el caso de otros estilos, los cuales le sirven a menudo para deslindes muy didácticos: Románico, Gótico, Renacimiento, Rococó, Neoclasicismo, Romanticismo sentimental, Realismo idealista, Naturalismo, Espiritualismo, Impresionismo. Valdría la pena reunir todos los rasgos por Casalduero indicados acá y allá a propósito de estos estilos; de tal recomposición se deduciría seguramente una teoría de las concepciones y estilos de época en alto grado provechosa.
De tener que definir el método de Casalduero en una fórmula breve, la menos imprecisa podría ser estilística estructural. La crítica de Casalduero es estilística porque trata de aprehender los caracteres peculiares de un artista, de una obra en particular, de la obra entera de un autor, o bien de toda una época. Y es estructural porque el punto de partida, el objeto de examen primero y principal no es la actitud del autor, ni su temática (con tener ésta muy destacada importancia), pero tampoco su lenguaje, sino la estructura de la obra, su forma de estar dispuesta y configurada.
La
biografía del artista ocupa a Casalduero sólo en la
medida en que pueda reforzar o debilitar deducciones directamente
sacadas de su obra. Aunque ha escrito excelentes páginas
biográficas sobre Galdós y Espronceda, y
observaciones muy justas acerca de la experiencia vital de
Cervantes, en ellas se ha mostrado más sensible a la calidad
moral y al valor representativo de las ideas, sentimientos y
conductas que a las circunstancias privadas y sociales. Pero lo
acostumbrado es que Casalduero haga un uso muy parco, casi
invisible, de la documentación histórica, no a causa
de desdén o ignorancia (puesto que numerosos detalles
apreciados con extrema delicadeza atestiguan, por el contrario, su
curiosidad y sus abundantes pesquisas previas), sino porque
prefiere ir de la obra al autor, pensando que la obra está
ahí como un resultado permanente, mientras la personalidad
del autor fuera de lo que su obra revele queda sujeta siempre a
incompletas noticias y, lo que aún es más azaroso, a
meras conjeturas. Así, hablando de las Novelas
Ejemplares, ha dicho: «El orden de
la colección crea un ritmo que es parte esencial del
conjunto. ¿Cómo surgió este orden en la mente
de Cervantes? Nadie lo sabe. Para mí, de una manera
voluntaria y consciente; sin embargo, al interpretar ese orden
[...] no podemos estar seguros de haber dado con el pensamiento del
autor, y no sólo por los errores que hayamos cometido, sino
porque vemos la obra- desde otro punto de vista. Por ejemplo,
perdemos todo el elemento anecdótico, que ignoramos.
Además, el que el esquema de un lector respetuoso no
coincida con el plan del autor, no quiere por eso decir que se deba
leer sin esquema para poder acercarnos a ese plan»
(Estudios lit. esp., pp. 92-93). O sea: la interpretación
de la obra, aunque procedente como es natural de la perspectiva del
intérprete, cuenta con un objeto terminado y reconocible en
su entereza, la obra misma; del autor, en cambio, por mucho que se
averigüe, ignoraremos siempre la mayor parte de lo por
él vivido en el complejo de sus circunstancias personales y
sociales, región sepulta de la que emergen como más
firmes índices sus escritos.
Vistos, pues, los artistas a través de sus obras, Casalduero les concede una atención, sobre todo, representativa, tendiendo a considerarlos en función de la época. Contra lo que una lectura somera de sus libros pudiera hacer sospechar, Casalduero no simplifica la visión de los artistas reduciendo, por ejemplo, a Cervantes, Espronceda o Guillén a portavoces del Barroco, el Romanticismo y el Cubismo, respectivamente. Tiene un concepto formado (o más bien, en perpetua conformación) de esos estilos de época, pero tal concepto le sirve de contraste o ensaye, no de etiqueta. Acaso hubiese podido Casalduero desenvolver un poco más la noción de «actitud», pero es lo cierto que esa noción le ayuda, por ejemplo, a distinguir la posición de Lope de Vega, que vive inmerso en el conflicto barroco, de la de Cervantes, que vive en conflicto con el Barroco, o a señalar la diferencia entre la proyección metafísica que Cervantes da al conflicto imaginación-realidad y la proyección sociológica que da Galdós al mismo (Galdós, p. 71). Por otra parte, como ha de recordar todo leyente avisado, las actitudes de Cervantes en función de la época quedan tan finamente matizadas que, lejos de simplificar, Casalduero complica, o sea, enriquece la visión de la obra cervantina: el teatro entre las directrices del primer momento barroco y las innovaciones de Lope de Vega; el primer Quijote, dentro de la plenitud del Barroco, enraizado en la experiencia personal del choque entre el heroísmo pasado de las hazañas y el naciente mundo moderno; las Novelas, el segundo Quijote y el Persiles, como esfuerzos creativos por encauzar el heroísmo interior de la virtud en ese mundo contrarreformista y burgués -matrimonio, sociedad- dentro del cual muy pronto habrían de hacerse sentir las rigideces y casuismos de la razón, generando el desengaño del último Barroco (Calderón, Quevedo, Gracián). Etcétera. La unidad aclaratoria, en Casalduero, nunca está reñida, sino siempre armoniosamente conciliada, con la variedad especificativa; lo general aparece lleno de particularidades; la esencia no congela la existencia.
Debe reconocerse,
con todo, que en oposición a esa crítica de linaje
romántico que veía al artista como genio inadaptado
vuelto hacia el pretérito o disparado hacia un remoto
mañana, Casalduero cree en el poder del gran artista para
forjar su época: «Se solía
decir que el poeta, el artista vivían en el futuro, no. El
poeta vive en el presente. Es más, el presente es su obra.
El artista, el pensador, el hombre de ciencia crean la
época, la masa vive en el pasado»
(Guillén, página 219). La insistencia de
Casalduero en ver a Cervantes barroco, a Espronceda
romántico, a Guillén o a Miró cubistas, no
descansa, por lo tanto, en el cómodo deseo de comprobar
cómo obedecen a unas corrientes ya generalizadas, sino que
estriba en el afán de sorprenderlos acuñando la
expresión eminente de direcciones que, por la excelencia de
tal creación, se generalizan y acaban por trivializarse
luego entre los imitadores y epígonos.
El objeto primordial de la crítica de Casalduero es, desde luego, la obra. Lo que hoy parece normal a todo crítico literario, enfocar la atención principalmente hacia la obra, no lo era hace treinta o cuarenta años, cuando todavía eruditos, por otra parte (pero sólo por otra parte) tan beneméritos como Cotarelo, Rodríguez Marín, Amezúa, Artigas o González Palencia publicaban estudios biográficos y documentales carentes de la más módica sensibilidad para los valores propiamente poéticos. Con Menéndez Pidal, Castro y Montesinos, y más aún con Amado y Dámaso Alonso, Salinas, Lapesa, Casalduero, Valbuena Prat y otros, el modo de entender la crítica literaria toma un giro muy diferente: la obra importa en primera instancia, el texto de la obra debe ser fijado con el cuidado máximo pero no para empantanarse en minucias de procedencia y transmisión, sino para pasar más allá, en busca del significado sustancial y de la forma artística.
Muy a menudo, en
los mismos trabajos en que tan atenido al texto analiza la forma y
el sentido de éste, Casalduero ha hecho declaración
inequívoca de sus objetivos y métodos. No es el caso
de reproducir aquí ni el total ni siquiera una
antología suficiente de tales asertos teóricos, sino
sólo de recoger algunos a manera de orientación. En
el prefacio a la monografía sobre Persiles, define
así su método: «Hoy creemos
poder enfrentarnos con todas las épocas y con todas las
obras de arte; estando seguros, por lo menos, de que toda
época y toda obra de arte tienen su propio ser. Nuestro
empeño es llegar a descubrir esa esencia. Queremos describir
la estructura de la obra de arte fundándonos en la
intuición de las esencias de dicha estructura»
(Persiles, p. 21). Es,
pues, el suyo un método descriptivo, analítico,
guiado por la intuición y encaminado a conseguir una
síntesis aclaradora. Sobre la forma recae el
análisis; la síntesis busca la razón de ser
estética, e histórica, de la obra.
Hay que descubrir
las líneas generales de composición de una obra
-piensa Casalduero-; si miramos con ojos y oídos bien
abiertos, cuidadosa, inteligentemente, la obra entregará su
secreto, pero entonces es menester «poner
un gran empeño en no solidificar en un esquema, y apagarlo,
lo que se ofrece a nosotros fluido, vibrante y luminoso. Hemos de
fijar el misterio de la obra de arte, pero hemos de hacerlo, no
para que la obra de arte deje de ser misteriosa, sino para que deje
de parecer confusa»
(Novelas, p. 28). Lo primero es explicarse el por
qué de lo que se siente, comprendiendo la relación y
función de los elementos formales, pero «esto no es nada más que el primer paso,
pues inmediatamente hemos de remontarnos a la esencia de la obra de
arte y ver todos los elementos formales como símbolo.
Analizar una obra consiste precisamente en descubrir el simbolismo
funcional de todos los elementos que la constituyen, penetrar en
ella vitalmente»
(ibid., p. 67).
Basado en tales
principios Casalduero ha elaborado todos sus estudios, los cuales
podrán ser discutibles en tal o cual extremo, en esta o
aquella consecuencia, pero atestiguan la más profunda
reflexión y la sensibilidad estética más
acendrada. Se trata siempre de hallar la forma (la
composición de un todo en sus partes diferenciables,
conforme a ritmos o diseños), hecho lo cual, y dado el
conocimiento previo de la concepción del mundo de la
época, comprobable a la luz de ejemplos de otras artes y en
general de todas las actividades del espíritu, el sentido de
la estructura y de lo estructurado ha de aparecer con claridad,
sobre todo cuando a las realidades expresadas y a los modos de
expresión se les extrae su última esencia
simbólica. «Toda obra de arte
-afirma Casalduero en otras páginas- es un hecho singular,
además único»
, pero también «es parte inseparable de un todo, de la
época. Precisamente es inteligible porque constituye parte
del todo. Gracias a que conocemos la época podemos penetrar
en la obra de arte, en esa forma única, y gracias a la obra
de arte podemos penetrar en la época. Esta es exactamente la
relación entre la obra de arte y la época. Los
sentimientos, las ideas, los ideales, los pensamientos, la
orientación de la sensibilidad, los anhelos y deseos, las
necesidades espirituales, morales, sociales, económicas son
las que forman la época. El creador los encuentra porque
existen ya, pero su existencia no se revela sino por el ser que les
otorga el creador y entonces es cuando cobran humana
existencia»
(Guillén, p. 23).
En cuanto a la
iluminación recíproca de las artes, es claro que
ningún crítico consciente, y Casalduero menos que
nadie, puede pretender explicar la poesía por la pintura, o
ésta por la música, pero es igualmente obvio que las
artes diversas «nos ofrecen juntas
más apretado el sistema de conexiones de nuestro
mundo»
(Guillén, p. 26), y Casalduero llega a
esclarecimientos muy instructivos cuando, con una experiencia de
esas otras artes que jamás estorbaría a ningún
«especialista en literatura», compara, por ejemplo, al
amante liberal delante de las ruinas de Nicosia con un Poussin, o
la entrada de la goleta al puerto de Trápana, en la misma
novela, con un Claude Lorrain (Novelas, pp. 94-96), cuando
relaciona a Jorge Guillén con Picasso, Ravel o Kandinsky, a
Garcilaso con Rafael (Guillén, passim y p. 168) o a Gabriel Miró con Juan
Gris (Estudios lit.
esp., p. 223); y, por supuesto, cuando pone en
conexión a un personaje literario con su referente
mítico (Persiles: Perseo, Maritornes: Venus barroca del
desengaño, Gitanilla o Costanza: la piedra preciosa), o a un
escritor con otros escritores para apreciar sus semejanzas y
diferencias (Azorín y Baroja, por ejemplo, hacen de
España el centro de sus meditaciones morales; Miró,
en cambio, se siente impulsado por el anhelo de dar forma al ser en
su totalidad).
No habrá
lector ni enjuiciador de la crítica que no haya reconocido,
expresa o tácitamente, a la de Casalduero excelencias tales
como la lectura totalizadora y en detalle, la capacidad de
relación iluminante, una excepcional sensibilidad para
captar ritmos y pautas, agrupaciones, polaridades, similitudes y
contrastes, o el poder de síntesis y la impecable traza de
su prosa ensayística, pues ensayos son los libros de
Casalduero, no tratados farragosos, sino exposiciones inspiradas,
nuevas, valientes, con ese algo de herético o heterodoxo que
Adorno considera consustancial a todo «ensayo» de buena
ley. Menos convincente quizás parezca lo relativo a las
épocas, cuyas denominaciones (Gótico, Impresionismo,
etc.) derivan en su
mayoría de la Historia del Arte más bien que de la
historia literaria. Ver clasificado a Cervantes como barroco, o a
Miró y Guillén como cubistas, es algo que, por exacto
que sea con arreglo a la amplia concepción que Casalduero
tiene de esos términos (y yo ahora estoy seguro de la
licitud de ellos), debe de haber sorprendido a no pocos lectores,
que habrán podido acaso ver ahí una
violentación de la individualidad de aquellos artistas en
aras de una estilística de la cultura un tanto
rígida. Cuando esto haya sucedido o pueda suceder,
habrá que deducir una lectura superficial, pues en primer
lugar esos estilos de época, lleven el nombre que lleven,
son sistemas sincrónicos de humana proyección que se
van modificando y sustituyendo diacrónicamente (¿se
admitirá, con esta terminología a lo Foucault y a lo
Barthes, la realidad del hecho?); en segundo lugar, las
descripciones que hace Casalduero de las obras en sí mismas
resultan tan cuajadas de copiosa variedad, tan coloreadas, tan
potenciadoras del goce estético y revelan con tal sutileza
los valores simbólicos entrañados en ellas, que
sería mentir por gusto tacharlas de simplificativas: todo lo
contrario; finalmente, como el propio Casalduero ha notado de
pasada, esas o parecidas nomenclaturas (a base de movimientos y
corrientes, o de siglos y períodos, o de razas y pueblos, o
de generaciones y grupos) las empleamos todos, y no sin
razón, pues responden al verdadero desarrollo del
espíritu en la historia, ya se vea ese desarrollo desde una
perspectiva artística, mediante distinciones culturales,
raciales o nacionales, o bien desde el ángulo
biológico de las edades, o atendiendo a meras cifras
cronológicas: «Hay personas -ha
escrito Casalduero- a las cuales les irrita el empleo de estos
términos -Renacimiento, Barroco, Romanticismo, Realismo,
etc.-, pero, claro es, ellas los usan también»
.
«En toda clase de estudios es necesario
clasificar la materia que se examina, ya para manejarla
cómodamente, ya para valorarla, o bien para ordenarla. Si al
decir renacentista pensamos en Garcilaso o en el Palacio de
Cogolludo, es evidente que no podemos calificar a Cervantes de la
misma manera; Bécquer no pertenece al mundo de Espronceda y
del Duque de Rivas»
(Estudios lit. esp., p. 7). Otro hecho que hay que tener en
cuenta, antes de apresurarse a invalidar semejantes denominaciones,
es que Casalduero se sirve de ellas como designaciones de
épocas históricas: el espíritu barroco domina,
con sus diversas alteraciones, en una zona de fechas que va de
1542-1563 a 1645-1660 (Persiles, p. 20), y no hay más Barroco que
éste. Lo advierto porque, como es sabido, algunos
críticos contemporáneos han visto en el Barroco un
estilo supratemporal que puede adquirir concreción en
distintas épocas, pero si se acepta esa tipología
a-histórica, entonces sí que empieza el embrollo y se
abren las puertas a la arbitrariedad.
Sentido y
forma de... Este título que tan objetiva y
modestamente, sin ingeniosidades llamativas, define el
método de Casalduero, nos hace entender ese método
como una búsqueda de la unidad: «la unidad, la forma que brota de la realidad,
cuando se es capaz de abarcarla en su totalidad, esto es, en su
sentido»
(Guillén, p. 85). «Mi
lectura [de Cántico] da un sentido porque es capaz
de ver una forma, eso basta. Otros lectores encontrarán
otros sentidos, es seguro y además deben encontrarlos: todo
lo que vive renueva constantemente su sentido, siempre el mismo,
siempre vario, siempre misterioso»
(ibid., p.
207). «Describiendo la novela [el
Persiles], mientras la vivimos, nos adentramos en su
profusión, y conseguimos destacar las líneas de su
arquitectura, que se articulan con tanta precisión. Hay dos
objeciones que no se pueden hacer a una obra de arte barroco: la
falta de forma y la ausencia de sentido general. Este estudio se
propone mostrar la posibilidad de establecer una relación
entre cada uno de los diferentes episodios de la novela, y una vez
establecida esta orgánica relación aparece la
plenitud de su sentido, y la abarcamos en su totalidad»
(Persiles, p. 17).
«La crítica del siglo XIX no ha
podido superar el desorden de la superficie de la novela [del
primer Quijote], y no ha tenido más remedio que ver
en ella un conjunto de aventuras y episodios inconexos. Nosotros
podemos y debemos ver la coherencia de la obra y llamar la
atención acerca de la relación formal y de sentido
que se puede establecer, sin dejar de ser discretos, entre los
distintos elementos; podemos hacer entrar todo el desorden,
según lo exige Cervantes, en el cauce del orden»
(Quijote, p. 68).
La virtud mayor de este método es, simple y sencillamente, leer bien: y leer es recoger lo aparentemente disperso y confuso, para encontrar en ello una forma con su sentido total y claro. Ejemplos inconmovibles de la totalidad y la claridad alcanzadas a través de esa lectura que distingue y relaciona, asocia y contrapone, espacializa el sentido y temporaliza en melodía la forma, son todos los estudios de Casalduero, entre los cuales me parecen óptimos (aunque todos sean inmejorables) los dedicados a las Novelas Ejemplares, al Persiles y al Quijote.
El riesgo mayor de
este método sería, al parecer, el de todo
método interpretativo, o sea no meramente de
investigación erudita, sino de mediación ideal: la
interposición notoria del intérprete entre la obra y
el lector. El mismo Casalduero se percata de ello: «al describir la novela [el Quijote de
1605] y destacar ciertas partes se corre el riesgo de darles una
importancia excesiva; el mismo peligro corre el actor o el
músico. La interpretación se ve siempre expuesta a
estas contingencias. Sin embargo, me parece que la desventaja de
subrayar demasiado está compensada si aprehendemos en toda
su fuerza las dos actitudes diferentes de los dos momentos del
relato [la actitud de Cardenio al empezar a contar su historia y al
reanudarla]»
(Quijote, p. 132). Otro cariz que puede tomar, y ha
tomado, aquella objeción es pensar que este método
superpone un esquema concebido «a
posteriori» por el crítico a una obra
engendrada con otro plan o sin ninguno; ya he citado antes la
réplica: que la posibilidad de que ambos planes no coincidan
enteramente no significa que el crítico deba abstenerse de
todo esquema al aproximarse a la obra. En relación con
Cervantes, Casalduero ha demostrado rotundamente la
preocupación de aquél por el ejercicio literario y
por los aspectos compositivos, en el cuidado con que elaboró
su segundo Quijote (eliminando, por ejemplo, las novelas
cortas) y en la conciencia que tuvo de su gran valía como
narrador, de su menor valía como autor de comedias y de sus
escasas dotes para el verso lírico. La tendencia a creer que
los escritores del pasado lejano escribían sin plan
estudiado, un poco al azar, para pasar el tiempo o ganarse la vida,
encierra seguramente mayores peligros que la de suponer, y tratar
de comprobar, cómo Juan Ruiz o Miguel de Cervantes
sabían muy bien lo que hacían. Y, en todo caso, la
obra de arte es un resultado, sobre el cual toda persona dotada de
inteligencia, sensibilidad y conocimiento de la historia puede y
debe practicar estas dotes a fin de que aquel resultado viva en
perpetuo proceso.
La buena lectura no es tarea fácil; exige mucho al que acaso gusta de leer sólo para su recreo. Sin perjuicio de la ingenua satisfacción del primer encuentro, las grandes obras demandan aquella lectura repetida, multilateral, de compenetración seguida de distanciamiento, y distancia seguida de aproximación. Lectura integral de la que Joaquín Casalduero ha dado el más fecundo ejemplo.
Además de crítico literario que ha sabido leer y enseñado a leer como pocos, Joaquín Casalduero es un pensador genuino y responsable, un escritor de alto vuelo, un excelente maestro, un amigo siempre abierto y liberal.
Su método
es original, o sea, originado en su personalidad propia como
respuesta auténtica a su intelección de la historia y
del arte y a sus necesidades de intérprete; pero él
no pone el acento en la originalidad, sino en la verdad: «Si el punto de vista desde el cual fueron
concebidos [estos estudios] parece original, yo ruego al lector que
olvide esta originalidad y que no le conceda ningún valor.
Desearía también que esta originalidad no sea un
obstáculo para leer atentamente mi trabajo. Lo único
importante es ver si logramos acercarnos vital y gozosamente a la
obra, sin caer en la arbitrariedad. He procurado ser sumamente
respetuoso con el autor y su texto»
(Estudios
lit. esp., p. 7). Y respetuoso es, efectivamente, en
sumo grado, el modo de acceder Casalduero a las obras que examina.
Tan respetuoso es el crítico que a algunos habrá
podido parecer católico-apostólico-romano, y amigo de
los Jesuitas, por haber demostrado, con muchísimo respeto,
que Cervantes lo fue, y a otros habrá podido parecer
anticlerical con Espronceda, o progresista y anti-épico con
Galdós, etc. El respeto
al autor y al texto no excluye, sin embargo, la emisión del
pensamiento propio.
Ya el
método de Casalduero es una sólida prueba de
independencia y de firmeza mental, pero uno de los atractivos
mayores de su obra lo constituye esa siembra de ideas y puntos de
vista personales que a cada paso encontramos oportunamente
esparcida, y de la cual señalaré unos pocos ejemplos
entre los innumerables que podrían alegarse: ventajas e
inconvenientes de la cultura oral de las tertulias
(Galdós, p. 16);
errónea creencia de la generación del 68 al pensar
que la educación del pueblo debía preceder a la
revolución cuando es lo cierto que «había que hacer la revolución para
educar al pueblo»
(ibid., p. 23), crítica del falso realismo y
costumbrismo que a los españoles induce a preferir la
picaresca y bajos ambientes a otras proyecciones espiritualmente
más elevadas del mismo arte español
(Galdós, p. 50;
Novelas, pp. 43-47 y
103-105; Teatro Cervantes, pp. 203-204; lit. esp.,
pp. 97-102); sobre la actitud
de España y de Europa ante el problema de la unidad nacional
y de la tolerancia (Galdós, p. 58); acerca de la temporalidad no
cronométrica, sino simbólica, en el arte barroco
(Novelas, p. 98; Persiles, pp. 195 y 207); sobre los componentes del
carácter típicamente español forjados en la
época barroca: hipérbole, verbalismo, ingenio,
agresividad, desilusión, etc. (Novelas, pp. 226-228); el verdadero arte nunca
vuelve «hacia» ni reacciona «contra»
(Guillén, p.
84); valor relativo y humano de la verdad en la España del
siglo XVII (Persiles, p. 141); primitiva destinación de la
novela al público femenino (ibid.,
p. 150); superioridad de la vida
sobre el arte en el Romanticismo (Diablo mundo,
p. 87); acerca de la
nacionalidad del escritor (Estudios teatro esp., p. 156), etcétera. No son meras
opiniones ocasionales, sino ideas recapacitadas a fondo, y la nunca
defraudada esperanza de encontrar esta diseminación de
ideas, así como las frecuentes perfilaciones de los estilos
de época, enfocados desde ángulos variables,
vivifican y amenizan las descripciones puntuales que Casalduero
hace de las obras, siempre respetando la sucesión
cronológica o el orden formal.
Otro factor de
seducción es el estilo. Hay páginas de
antología en los estudios de Casalduero: por ejemplo,
aquellas sobre la Europa ordenada y abastecida pero sin alma a
propósito de Moreno Isla, o sobre la cesantía
metafísica con motivo de «Miau»
(Galdós, pp. 92 y 94), la evocación del
«hermoso escuadrón»
de
peregrinos avanzando hacia Roma (Persiles, p. 231), el comentario a las cinco aventuras
de la vida moderna en el primer Quijote: polvo, luces,
ruidos, reflejos, palabras (Quijote, pp. 100-121), la transparente
vivificación del cuadro de Esquivel (Espronceda,
p. 82), y otras muchas. Pero el
buen estilo nunca reside por modo exclusivo en la calidad
singularmente intensa de unas páginas, sino en la unitaria
excelencia del lenguaje a lo largo de toda una obra. Y el lenguaje
crítico de Casalduero posee desde el principio pulcritud y
densidad, esplendor frecuente y propiedad constante. Alejado por
igual de la exclamación inane y del yerto formulismo, se
distingue ante todo por su elegante sobriedad: no es
elíptico sino denso, ni hermético sino meridianamente
claro; reticente e irónico a menudo, más por
enseñar invitando a la inducción creativa que por
desdeñar una opinión diferente o burlarse de ella;
estilo que persigue la frase breve, las yuxtaposiciones y
coordinaciones fluidas, de carta o de poema, en vez de las
prolongadas cláusulas implicativas y pedantes. No hay
trabajo de Casalduero que pueda juzgarse improvisado ni
precipitado; pero la minuciosa lentitud del esfuerzo puesto en cada
tarea queda equilibrada, en la impresión conjunta del
lector, por ese lenguaje dominado y diáfano. Muchas veces,
un «claro es»
o «es claro»
incidental, en medio de
alguna afirmación que derriba un lugar común o
desaloja alguna idea inservible, exige, en la más sucinta
fórmula de provocación, el despertar de los lectores
a una verdad incontrovertible, enterrada bajo el montón de
la inercia y salvada al fin por el intérprete. Cuando
Casalduero ha de referirse a algún error ajeno (de los que
se deben a pereza, falta de respeto o torcida intención) su
habitual serenidad parece aproximarse a cierta irritación,
pero aun entonces no suele nombrar a quien rebate, o bien la
refutación se eleva a una generalidad que a nadie en
particular trata de herir: así, por ejemplo, si los
clericales franceses censuraron la Electra de
Galdós en sus defectos artísticos, la consecuencia
será que «cuando los clericales y
reaccionarios se transforman en estetas, es signo de que se ha
acertado»
(Galdós, p. 33). Alusiones semejantes surgen
acá y allá. Quien tenga oídos para entender,
entienda.
La prosa de Casalduero, dirigida a la luz de la verdad, no a la simulación del fulgor, emana de su inteligencia, imaginación y sensibilidad de poeta, por lo que a nadie que conozca su producción crítica habrá podido extrañar la reciente aparición de sus obras poéticas en verso: Poema que se llama (1967), Por fin, sin esperanza (1971) y otras. Sobre las cuales pueden leerse comentarios de plumas muy autorizadas dentro de este mismo Homenaje.
Homenaje nacido de la voluntad de varios discípulos de Casalduero, que en él colaboran, y al que el firmante de estas líneas se adhiere cálidamente, no por haber sido alumno de Casalduero en las aulas, aunque sí continuo lector de sus libros, sino por haber merecido el regalo de su amistad: como toda amistad verdadera, fundada en algo más que en atenciones o favores: en un trato largo, comprobado y querido.
Desvivirse es vivir (Árbol de Fuego, N.° 36, Caracas, 1971) es una de las últimas publicaciones de Casalduero en verso (y digo en verso porque poéticas lo han sido todas desde el principio). Figura allí una semblanza del autor, que, para terminar, me decido a reproducir por tres motivos: primero, tiene la precisión de un buen autorretrato; segundo, quizá alcance mayor difusión desde aquí que desde su lugar de impresión original; tercero, o sobre todo, porque a mí me sería muy difícil, casi imposible, manifestar en palabras, ni habladas ni escritas, toda mi admiración, todo mi respeto, todo mi afecto a don Joaquín: