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La muchacha del sombrerito rosa


ArribaAbajoIntroducción1

Juan A. Ríos Carratalá


El «teatro de la esperanza» de Víctor Ruiz Iriarte necesitaba en la década de los sesenta nuevos temas y desafíos para extender su mirada tierna y comprensiva. El estreno de una comedia de amor, «un puro quejido amoroso limpio de todo color erótico» (Enrique Llovet), suponía un acontecimiento insólito en la España de la frivolidad recreada en anteriores obras (Informaciones, 19-IV-1967). En pleno éxito de Alfonso Paso, el autor de La muchacha del sombrerito rosa sigue fiel a sus raíces que le sitúan, junto con José López Rubio, en la estela de Jacinto Benavente. «El sentimentalismo mesurado, la buena proporción de los tipos de total hechura española, el lenguaje limpio, de auténtico escritor; la moderación ideológica, la absoluta conformidad con las formas de nuestra sociedad burguesa y el completo dominio del arte de escribir comedias completan la ficha técnica de Víctor Ruiz Iriarte», según Francisco García Pavón (Arriba, 19-IV-1967). Sin embargo, el comediógrafo percibía que esa concepción del hecho teatral debía incorporar una realidad cambiante y aprovechar los tímidos intentos de apertura del franquismo durante la etapa desarrollista. La dificultad era compaginar la tradición con la actualidad, pero el aliciente de poder seguir en la cartelera resultaba prometedor cuando los estrenos del autor se espaciaban y su actividad se diversificaba.

Las palabras debían medirse en tiempos de censura y los eufemismos invitaban a leer entre líneas. No obstante, la postura de Víctor Ruiz Iriarte resulta clara cuando apuesta por aprovechar una más generosa fiscalización del pensamiento y la imaginación gracias a la llamada Ley Fraga, de 1966:

Hasta hace muy poco tiempo, entre nosotros, por insobornables circunstancias históricas, había un teatro que se podía hacer y un teatro que no se podía hacer. Unos cuantos autores hemos hecho a lo largo de estos años el teatro que se podía hacer. Esto no quiere decir que si hubiéramos podido hacer el otro teatro, el que no se podía hacer, no hubiéramos hecho, además, el que hemos hecho. Hoy, por fortuna, la aduana que fiscaliza el pensamiento y la imaginación es más generosa. Ello significa que todos debemos intentar ahora ese teatro que no se ha podido hacer. Estamos a tiempo.



Un ejemplo de esta actitud, con sus contradicciones y limitaciones, es La muchacha del sombrerito rosa. La comedia aborda un tema hasta entonces inédito en los escenarios del franquismo: la vuelta de un exiliado de la guerra civil. Sólo Ninette y un señor de Murcia (1964) y Ninette. Modas de París (1966), ambas de Miguel Mihura, suponían un antecedente. El desafío podía resultar polémico y la precaución, sin necesidad de traicionar la propia concepción del teatro, indicaba la necesidad de limar las aristas ante la censura. La primera cautela era presentar la comedia única y exclusivamente como «una historia de amor con su pasado y su presente, su nostalgia y su esperanza». No cabe hablar de una falsedad o un cinismo. La relación entre Leonor y Esteban está marcada por el amor, incluso es un canto a un sentimiento que -como se explica en la obra- no necesita de razones. Tampoco de circunstancias, podríamos añadir. Sin embargo, la crítica pronto percibió que esa historia protagonizada por una mujer que representa lo más granado de la España oficial y un hombre proveniente del exilio tenía otras lecturas. La reseña de Lorenzo López Sancho en ABC percibió que el conflicto de la comedia «podría ser transportado: Cómo la España que ha quedado aquí recibirá con amor y comprensión a la España que se fue y que debe regresar con todas sus consecuencias» (20-IV-1967). Otros muchos espectadores trazarían el mismo paralelismo, que subyace a lo largo de una comedia a medio camino entre la seguridad de trazar historias de amor y el riesgo de hablar de una reconciliación con implicaciones nada sentimentales.

La segunda precaución de Víctor Ruiz Iriarte es vaciar de carga polémica la presencia del exiliado que ha decidido regresar a España. Esteban Lafuente es un supuesto «intelectual de izquierdas» cuya única concreción es su rechazo del comunismo. Nunca se menciona una militancia o una actividad política. Incluso parece haber un alejamiento de ese pasado, de unos tiempos republicanos y juveniles sólo evocados desde la nostalgia de la plenitud sentimental. Su trabajo, profesor universitario y escritor, le lleva a temas tan escasamente comprometidos como la literatura medieval, aunque su nombre goce de una insospechada popularidad. Esteban Lafuente aparece incluso en los telediarios, aparte de contar con una saneada cuenta corriente que le permite afrontar gastos poco frecuentes entre el profesorado y los poetas de la época. El hombre nostálgico, solitario, padre de tres hijas y enamorado de la esposa dejada en España se encuentra a su vuelta con las puertas abiertas, disfruta de absoluta libertad para desarrollar su tarea y hasta parece abrumado. El agradecimiento se impone y el comportamiento de Esteban Lafuente disipa cualquier posible duda o resquemor. Las críticas del exiliado se circunscriben a los correligionarios incapaces de comprender el paso adelante que ha dado con su regreso.

El optimismo de Víctor Ruiz Iriarte en este sentido apenas se corresponde con la realidad histórica reflejada, entre otros, por Max Aub en La gallina ciega (1969). Su diario de los dos meses pasados en España tras un exilio de treinta años parte de una premisa: «He venido, pero no he vuelto». La consecuencia es un desencuentro teñido de pesimismo y crítica. El regreso de los exiliados, incluso de aquellos con escasa relevancia política, estuvo marcado por situaciones conflictivas. Los éxitos y los reconocimientos se circunscribieron a casos excepcionales como el del dramaturgo Alejandro Casona o, más tarde, el novelista Ramón J. Sender. Otros muchos intelectuales o creadores volvieron en silencio y con el compromiso de mantenerlo al modo de Juan Gil-Albert.

El protagonista de la comedia de Víctor Ruiz Iriarte «viene sometido, aceptador, sin rebeldías de ninguna clase», afirma Lorenzo López Sancho (ABC, 20-IV-1967). Su identificación con la España del franquismo no se deduce de sus palabras, salvo apreciaciones genéricas y de común aceptación como su confianza en la juventud. El silencio es absoluto en un tema comprometido y polémico: la opinión de un exiliado ante lo observado en su país. Las motivaciones del regreso se reducen a la nostalgia y a su condición de «viudo» a la búsqueda de una madre para sus tres hijas. Los sentimientos se combinan con las obligaciones paternales sin pasar por la razón política. Sin embargo, una vez en Madrid, Esteban Lafuente triunfa hasta tal punto que apenas se comprende su marcha al exilio en marzo de 1939. Tal vez todo se redujera a un impulso juvenil y, como tal, digno del perdón.

Esta presentación del «intelectual de izquierdas», pues no cabe hablar de transformación ya que desconocemos su anterior trayectoria, facilita el reencuentro con su esposa, Leonor, que le ha permanecido fiel durante casi treinta años. Esteban Lafuente nunca aparece en la comedia como un extraño o un individuo distante a causa de un largo exilio. Desde la primera escena le vemos como el marido, lógico y real, de Leonor, aunque medie una separación de décadas y una supuesta confrontación ideológica. El amor que de nuevo les une no pasa por la reconciliación entre un hombre de izquierdas y una mujer de derechas, entre el exilio republicano y la España franquista de acuerdo con «el pensamiento político de segundo grado de la pieza» (ABC, 20-IV-1967). Este nominalismo apenas se corresponde con la realidad del personaje masculino y, claro está, la dictadura de Franco tampoco se caracterizaba por el amor, sin razones ni circunstancias al modo defendido por la singular Leonor. En consecuencia, la supuesta reconciliación no se plasma en el escenario porque la esposa no acepta la coexistencia con el contrario. Todo se reduce en realidad a la asimilación de quien, por ser tan próximo en el plano moral, sentimental y social -el político ni se menciona-, no debía permanecer en el exilio. Esteban Lafuente es aceptado en Madrid y en el emblemático domicilio de la plaza de París, porque Víctor Ruiz Iriarte le ha despojado de cualquier rasgo que le caracterice como exiliado y le ha convertido en un marido de los muchos que pueblan sus comedias: elegante, mesurado y atento. Un caballero español, en definitiva.

La estrategia del comediógrafo no presupone un cálculo cínico o estéril. La renuncia a presentar un exiliado, con el inevitable choque de perspectivas, es una condición indispensable para evitar la censura. Otra opción habría sido inútil desde el punto de vista profesional, pero la elegida resulta compatible con un avance en relación con épocas anteriores. El tema del exilio aparece como novedad en los escenarios del teatro comercial, aunque sea en voz baja y envuelto en una idealista comedia de amor. El exiliado de La muchacha del sombrerito rosa tiene un rostro humano y hasta positivo. Y, lo más importante, su esposa Leonor encarna una España dispuesta a derrochar amor y comprensión, incluso perdón, después de celebrar «los veinticinco años de paz» con la consigna del olvido. Las tres hijas de Esteban Lafuente abandonan sus pretensiones de independencia en el extranjero. Ni siquiera insisten en llevar minifalda. El propio padre se asimila al papel que le correspondería en aquel Madrid. Leonor, en consecuencia, se limita a retomar el curso natural de lo que habría sido su vida de no haber mediado una guerra. La madre y esposa no modifica su pensamiento o su comportamiento, a pesar del cambio que se produce con el regreso del marido exiliado. Y, sin ese sacrificio o autocrítica que sería parte de la reconciliación nacional, Leonor queda ensalzada como ejemplo positivo gracias al amor, el concepto que tantos efectos balsámicos alcanza en la comedia de Víctor Ruiz Iriarte.

La crítica periodística tampoco se plantea el conflicto que supone la presencia del exiliado Esteban Lafuente. José Montero Alonso prefiere insistir en la inteligencia y la sensibilidad del comediógrafo a la hora de cultivar el teatro de la esperanza. El resultado es una «hermosa comedia», con «materiales nobles, palpitación humana, envoltura emotiva y sonriente» y una palabra «que tiene siempre una clara, sencilla y penetrante cadencia» (Madrid, 19-IV-1967). Enrique Llovet observa en La muchacha del sombrerito rosa «incitaciones, ternuras, deseos de entender, intuiciones, densidades y suspiros». Su confluencia permite comprender que la obra fuera «recibida con asombro y admiración» (Informaciones, 19-IV-1967). Nicolás González Ruiz comparte esta opinión positiva: «Comedia interesante, digna, limpia, excelentemente dialogada y construida, llena de ternura, canto al verdadero amor y a la verdadera vida, tal como la entendemos los que la estimamos como un don de Dios, fuente inagotable de toda esperanza» (Arriba, 19-IV-1967). Lorenzo López Sancho considera que Víctor Ruiz Iriarte realiza «un magistral retrato de un alma de mujer utilizando los tonos habituales de su paleta literaria: ternura, poesía, humor, voluntad de esencializar lo vital, y empleándolos con el buen toque de un diálogo literario fácil, elegante y gracioso» (ABC, 20-IV-1967).

Estos elogios se extienden a la labor realizada por Enrique Diosdado como director y actor, así como a Amelia de la Torre, que encontró en Leonor un papel escrito a su medida. Su interpretación en La muchacha del sombrerito rosa fue «tan justa, limpia y sobria con su equilibrio entre la contención y la expresión de los sentimientos, que resultó arrebatadora», según Enrique Llovet. Los demás críticos de la prensa madrileña compartieron los elogios, que se extendieron al resto del reparto. El resultado fue un estreno culminado con los habituales saludos del elenco para corresponder a los aplausos en el teatro Arlequín. El ritual se cumplió una vez más y el veterano autor podía respirar tras un intervalo de año y medio sin estar presente en los escenarios, una circunstancia que por entonces sorprendía y hasta se reseñaba en la prensa.

A finales de los años sesenta, Víctor Ruiz Iriarte pensaba en la necesidad de llevar a los escenarios el teatro que no se había podido realizar hasta entonces, «por insobornables circunstancias históricas». Su intento fue más nominal que real, pues la figura del exiliado en La muchacha del sombrerito rosa se desdibuja para evitar polémicas y la reconciliación se reduce a una asimilación. Sin embargo, en aquel contexto y con un público nada predispuesto a las sorpresas, la simple presencia de un personaje como Esteban Lafuente ya suponía un paso adelante, corroborado por la actitud de su esposa Leonor. Ambos carecían de referentes en una realidad poco acorde con las esperanzas y los buenos sentimientos del comediógrafo, pero el mismo confiaba en la juventud, en un futuro donde el amor marcara el rumbo. El presupuesto del que parte La muchacha del sombrerito rosa es idealismo en estado puro, pero resulta coherente con el teatro bienintencionado, correcto y elegante de Víctor Ruiz Iriarte.




ArribaAbajoAutocrítica2

Después de un año dedicado por entero a ese quehacer fascinante y arrollador de escribir para la televisión vuelve uno al teatro, al viejo, ilustre y señorial origen de todas las formas de expresión dramática, con la incitante sensación de volver a empezar. Pero, en resumen, ¿no es siempre así? ¿No es cierto que para cualquier autor cada estreno es como una fresca y renovada ilusión, un resuelto y -¡ay!- turbador comenzar otra vez?

En realidad, La muchacha del sombrerito rosa es una historia de amor con su pasado y su presente, su nostalgia y su esperanza. Una historia de amor que se inició en aquella lejana primavera, que se ofrecía gentil y prometedora, como todas las primaveras, entre los árboles de la plaza de París, y revive ahora, a la llegada del otoño, muchos años después, en el saloncito de un piso entresuelo, junto al mirador que da a tan bello paraje urbano. Pero esta historia, el amor de un hombre y una mujer, está prendida con inexorable rigor a la Historia grande y dramática que a todos nos conmovió en lo más profundo y en la que todos hemos tomado parte. Por eso creo que La muchacha del sombrerito rosa es una comedia muy actual. Y está escrita poniendo en juego -en este juego alegre, emocionado, entrañable, doloroso y excitante que es el acto de escribir una comedia- el corazón: incluso en sus contrastes, en ese contraluz difícil y luminoso que han de alcanzar, cuando el intento se logra, y ojalá que ello ocurra en este caso, el humor y lo patético...

Para el logro de mis pretensiones cuento con la maravillosa realidad de una admirable pareja de intérpretes, Amelia de la Torre y Enrique Diosdado, que con su arte exquisito, entusiasta, inteligente y apasionado, tan probado ya en tantas ocasiones, otorgan a los protagonistas de la historia la poética emoción, la verdad y el garbo que yo había soñado. Junto a tan ilustres comediantes, reunidos todos bajo la impecable dirección de Enrique Diosdado, completan el reparto de La muchacha del sombrerito rosa un grupo de espléndidas actrices jóvenes y bonitas -Teresa del Río, Lolita Losada, Teresa y Fernanda Hurtado- y un gran actor: José Vivó.

Para todos, mi gratitud.




ArribaAbajoLa muchacha del sombrerito rosa

Comedia en dos actos, el segundo dividido en dos cuadros

Esta comedia se estrenó en el Teatro Arlequín, de Madrid, la noche del 18 de abril de 1967 con el siguiente

PERSONAJES
 
ACTORES
 
LEONORAMELIA DE LA TORRE
LOLATERESA DEL RÍO
MARITALOLITA LOSADA
PALOMATERESA HURTADO
BELÉNFERNANDO HURTADO
ESTEBANENRIQUE DIOSDADO
DAMIÁNJOSÉ VIVÓ
  • Decorado: Tore de la Fuente
  • Dirección: Enrique Diosdado





ArribaAbajoActo primero

 

En el piso entresuelo de una vieja casa muy burguesa construida, quizá, en la época isabelina. Un saloncito. Todo es grato, íntimo y delicado en este interior mimado por los años y por muy perseverantes y delicados cuidados femeninos. Al fondo, una amplia entrada con puertas de cristales da a un ancho pasillo que continúa a un lado y a otro. En el lateral de la derecha -términos del público- un gran mirador. Dos puertas a la izquierda. En esa misma zona, un suntuosísimo sofá. Al otro extremo, cerca del mirador, una bonita mesa camilla con una magnífica pantalla y un par de sillones. En las paredes, cuadros al óleo: paisajes románticos y algún retrato. Una araña de cristal pendiente del techo. Unas flores. Un teléfono. En los primeros días de octubre. Una tarde, hacia las ocho. Ya se hizo de noche y las pantallas están encendidas.

 
 

Cuando se levanta el telón no hay nadie en escena. Durante unos segundos se oye una música suave que emite un tocadiscos instalado en algún rincón lejano del piso. Por el fondo llega un rumor de risas y conversaciones. Y por la primera puerta de la izquierda entra en escena ESTEBAN. Es un hombre de unos cincuenta años. Tiene el aspecto un poco desaliñado de un intelectual. Lleva una gabardina al brazo. Se queda un instante quieto mirándolo todo -los muebles, los cuadros, las pequeñas cosas- con una larga sonrisa. Luego, avanza. Deja la gabardina en cualquier parte. Llega hasta el mirador. Por unos instantes permanece allí vuelto hacia la calle. Y por la izquierda del fondo surge DAMIÁN. Un viejo -viejísimo- criado de la casa, que al ver a ESTEBAN sonríe amablemente, muy en funciones.

 

DAMIÁN.-  Buenas tardes, señor.

ESTEBAN.-  Buenas tardes...

DAMIÁN.-  ¿El señor está invitado al cóctel de la señora? Pase, pase, por favor. ¡Ah! Ya tenemos el salón lleno de gente. Estoy seguro de que mañana, en los ecos de sociedad, los periódicos no hablarán de otra cosa...

ESTEBAN.-  ¡Je! Pero el caso es que yo no estoy invitado al cóctel...

DAMIÁN.-  ¡Ah! ¿No? Entonces, por favor: ¿a quién debo anunciar?

ESTEBAN.-   (Sonriendo.)  Dígale a la señora, que ha vuelto su marido...

DAMIÁN.-   (Estupefacto.)  ¿Cómo? ¿Qué ha dicho?

 

(ESTEBAN, que no ha dejado de mirar a DAMIÁN, muy divertido, ahora se echa a reír.)

 

ESTEBAN.-  Pero, Damián, ¿tanto, tanto he cambiado? ¿Tan viejo estoy?

 

(Y de pronto, DAMIÁN, sobresaltadísimo, entre asustado y conmovido, pierde la compostura, da unos pasos y casi grita..)

 

DAMIÁN.-  ¡Santo Dios! ¡El señor aquí!

ESTEBAN.-  Pues, claro...

DAMIÁN.-  ¡Oh! Pero si parece imposible...

Esteban.-  ¡Un abrazo, Damián! ¡Un abrazo fuerte, fuerte! ¡Aprisa!

DAMIÁN.-  ¡Oh, sí, sí! Sí, señor...

 

(Y se abrazan. Los dos están emocionadísimos. Luego se separan y se miran un segundo en silencio. ESTEBAN con una gran ternura.)

 

ESTEBAN.-  ¡Damián! ¡El gran Damián! ¡Estás espléndido!

DAMIÁN.-  ¡Ay, no señor! Estoy hecho una calamidad. Tengo dolores cuando hace frío y tengo dolores cuando hace calor. Pero resulta que cuando peor lo paso es cuando no hace ni frío ni calor. Y, ya ve, dicen que es cosa del tiempo...

ESTEBAN.-   (Se ríe.)  ¡No!

DAMIÁN.-  Sí, sí señor...

ESTEBAN.-  ¡Pobre Damián!

DAMIÁN.-  ¡Dios mío! ¡El señor! ¡El señor aquí otra vez! ¡Y pensar que no le he reconocido!

ESTEBAN.-  ¿Qué quieres, mi pobre Damián? El tiempo no perdona. Han pasado muchos años desde aquella mañana en que salí de esta casa para no volver...

DAMIÁN.-  Sí, señor. ¡Han pasado muchos años!  (Un silencio.)  ¿Cuándo ha llegado el señor?

ESTEBAN.-  Esta mañana a las ocho. Pero si tú supieras, Damián, en estas horas, en estas pocas horas, cuántos paseos por aquí y por allá, cuántas idas y venidas. Ya he recorrido medio Madrid. ¡Ay! Este Madrid que cuando lo soñaba desde París me parecía muchísimo más bonito que París; este Madrid que cuando lo recordaba desde Londres me parecía muchísimo más grande que Londres; este Madrid que cuando lo imaginaba desde Nueva York me parecía muchísimo más fantástico que Nueva York. Este Madrid de mi juventud. Este Madrid de mis nostalgias y de mi desesperación. Este Madrid, mío, mío y de nadie más...  (Se calla. Mira en torno. Una sonrisa.)  ¡Je! Es curioso. Para los que volvemos, después de años y años de ausencia, todo es distinto, todo ha cambiado. Rascacielos, avenidas maravillosas, coches, muchos coches. Y un gentío que lo invade todo. Hasta el aire de la calle parece nuevo. ¡Ah! Pero aquí, en este entresuelo de la plaza de París, en la vieja casa de los Valdés y Montiel, en casa de mi mujer, todo está igual. Ahí, en el recibimiento está todavía aquel cuadro de Fortuny3 que era el orgullo de la familia. Y el reloj francés encima de la cómoda isabelina. Y los jarrones chinos. Y tú mismo, Damián, estás ahí, como entonces...

DAMIÁN.-  ¡Je!  (DAMIÁN, en silencio, va de puntillas hacia el fondo, se asoma, mira a un lado y a otro y vuelve preocupadísimo.)  ¡Señor!

ESTEBAN.-  ¿Qué?

DAMIÁN.-  ¿Y ahora qué va a pasar?

ESTEBAN.-  ¿Ahora? ¡Je! Me figuro que para mi mujer mi llegada será una terrible sorpresa...

DAMIÁN.-  Sí, señor. De eso estoy segurísimo...

ESTEBAN.-  Dime, Damián. ¿Durante tantos y tantos años llegaron a esta casa noticias mías?

DAMIÁN.-  Una vez. Fue a los pocos meses de la marcha del señor. En la Navidad de mil novecientos treinta y nueve, la señora recibió una carta de la Argentina. Y en esa carta alguien decía a la señora que el señor vivía con otra mujer en Buenos Aires...

ESTEBAN.-  ¡Ah!

DAMIÁN.-  ¡Je!

ESTEBAN.-   (Muy interesado.)  ¿Y después? ¿Nada más?

DAMIÁN.-   (Estupefacto.)  ¿Cómo? Pero ¿es que hubo más?

ESTEBAN.-   (Vagamente.)  Hombre...

 

(Y en este instante por la primera puerta de la izquierda irrumpe BELÉN, muy jubilosa. Es una chiquilla de unos quince años, viva, despierta, bonita.)

 

BELÉN.-  ¡Papá! ¿Hay que esperar mucho rato?

 

(DAMIÁN se vuelve atónito hacia la pequeña y se queda empavorecido con los ojos abiertos de par en par.)

 

DAMIÁN.-  ¿Cómo?

ESTEBAN.-  ¡Je!

DAMIÁN.-  ¿Ha dicho papá?

ESTEBAN.-  A ver...

DAMIÁN.-  ¡¡Porras!! Pero, entonces, ¿esta señorita es hija del señor?

ESTEBAN.-  ¡Naturalmente!

BELÉN.-   (Sorprendidísima.)  ¡Anda! ¡Qué pregunta! Pues, sí...

 

(DAMIÁN, que está aterrado, se lleva las manos a la cabeza.)

 

DAMIÁN.-  ¡¡Santo Dios!! ¡Una hija! ¡El señor tiene una hija!

ESTEBAN.-  ¡Je!

 

(Por la primera puerta de la izquierda surge ahora PALOMA. Es un poco mayor que BELÉN. Pero tan decidida y tan graciosa como ella.)

 

PALOMA.-  ¡Papá!

DAMIÁN.-   (Un respingo.)  ¿Cómo? ¿Otra?

 

(Y, por fin, por el mismo sitio, aparece MARITA. Es la mayor de las tres. Tiene, quizás, unos dieciocho años.)

 

MARITA.-  ¡Papá!

DAMIÁN.-   (Casi gritando.)  ¡¡Tres!! ¡Van tres!

ESTEBAN.-  Hombre...

DAMIÁN.-   (Todo angustia.)  Por favor, señor: ¿quedan más?

ESTEBAN.-  ¡No! Ya están aquí todas. ¡Ea! ¡Damián! Te presento a mis hijas. Marita, Paloma y Belén. ¿Qué? ¿Te gustan? ¡Niñas! Saludad a Damián...

 

(Las tres muchachas, muy sonrientes.)

 

MARITA.-  Hola.

PALOMA.-  ¿Qué tal?

BELÉN.-  ¿Cómo está usted?

 

(DAMIÁN está mirando a las muchachas, aterrado.)

 

DAMIÁN.-  ¡¡Santo Dios!! ¡Pero esto es espantoso! De manera que el señor se fue en mil novecientos treinta y nueve y vuelve ahora con tres hijas...

ESTEBAN.-  ¡Hombre! Es natural. Después de tanto tiempo...

DAMIÁN.-  ¡¡Oh!!

 

(DAMIÁN, que ya no puede más, se derrumba en el sofá. Las tres chicas, que se asustan mucho, corren hacia él y le rodean. Le dan cachetitos en la espalda, en las mejillas....)

 

LAS TRES.-  ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

ESTEBAN.-  ¡Damián!

MARITA.-  ¡Jesús! ¡Que se marea!

PALOMA.-  ¡Oiga! ¡Oiga!

BELÉN.-  ¡Espabile!

MARITA.-  ¡Hala! ¡Hala! ¡Buen hombre!

BELÉN.-  ¡Ay, papá! Este pobre señor no está para nada...

 

(DAMIÁN resurge.)

 

DAMIÁN.-  ¡Hum!

 

(Las tres muchachas se tranquilizan.)

 

MARITA.-  ¡Vaya!

PALOMA.-  ¡Ya!, ¡ya!, ¡ya!

BELÉN.-  ¡Ya vuelve!

MARITA.-  ¡Je! Está gracioso el viejecito, ¿verdad?

PALOMA.-  ¡Ay, sí! Es muy majo...

BELÉN.-  ¡Qué tío!

 

(DAMIÁN, súbitamente, se pone en pie dispuesto a tomar una resolución.)

 

DAMIÁN.-  ¡Aprisa! ¡No hay tiempo que perder!

LAS TRES.-  ¡Ay!

DAMIÁN.-  ¡Señoritas! ¡Por favor! ¡Vengan ustedes conmigo!

 

(Y ni corto ni perezoso toma a PALOMA y a BELÉN de la mano y se las lleva con toda energía hacia la segunda puerta de la izquierda.)

 

PALOMA.-  ¡Oiga, abuelo!

BELÉN.-  Pero, hombre...

MARITA.-  ¿Yo también?

DAMIÁN.-  ¡Sí! ¡Las tres! ¡Vamos! ¡Síganme! Por aquí...  (Sale DAMIÁN con MARITA, BELÉN y PALOMA por la segunda puerta de la izquierda. ESTEBAN queda solo en escena. Y por donde se fue vuelve DAMIÁN con muchísimas precauciones y cierra la puerta tras de sí.)  ¡Señor! ¿Se hace cargo el señor? Hay que evitar que la señora se encuentre con las señoritas así, de pronto...

ESTEBAN.-   (Sinceramente.)  ¿Tú crees?

DAMIÁN.-   (Furioso.)  Pero, hombre, naturalmente...

ESTEBAN.-  Bien, bien. A tu gusto. Pero ¿qué quieres que te diga, Damián? No comprendo por qué te asustas tanto. A mí todo esto me parece muy natural...

DAMIÁN.-   (Aterrado.)  ¿Cómo? ¿Qué dice?

ESTEBAN.-  ¡Je!

DAMIÁN.-  Pero ¿es que el señor se ha vuelto loco?

ESTEBAN.-  Hombre...

DAMIÁN.-  ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Dios nos coja confesados!

 

(Y se va, asustadísimo, por la izquierda del fondo. ESTEBAN, viendo marchar al criado, sonríe. Luego, solo, piensa algo, mueve benévolamente la cabeza y vuelve a sonreír. Muy despacio llega hasta el mirador. Mira hacia la calle. Al cabo de unos instantes entra en el mirador. Y desaparece. La escena ha quedado sola. Y, de pronto, por la derecha del fondo irrumpe LOLA. Es joven y bonita. Viste muy bien. Viene apuradísima, como huyendo. Tras ella, muy enfadada, surge LEONOR. Una gran señora, evidentemente, que luce un magnífico modelo de cóctel.)

 

LOLA.-  ¡Ay, Leonor! Por favor, no empecemos...

LEONOR.-  ¡Silencio!

Lola.-  ¡Leonor! ¡Que te equivocas! ¡Te aseguro que te equivocas!

LEONOR.-  ¡Coqueta! ¡Descarada! ¡Fresca!

LOLA.-   (Nerviosísima.)  ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

LEONOR.-  Pero, vamos a ver, nena, ¿tú crees que yo reúno en mi salón a lo mejor de Madrid solamente para que tú te dediques a coquetear con mis invitados? ¡Ah, no!

LOLA.-  Leonor, cariño, baja de la Luna. Estamos en sociedad, ¿no? Pues entonces... Lo único es que los hombres con una copa en la mano se ponen simpatiquísimos y como yo soy tan, tan...

LEONOR.-  No lo digas, rica, no lo digas, que demasiado sabemos lo que tú eres...

LOLA.-  ¡Leonor!

LEONOR.-   (Una transición.)  En fin, después de todo, reconozco que la culpa es mía. La verdad es que siempre que proyecto una reunión de amigos, en mi casa, por íntima que sea, me hago a mí misma esta pregunta: ¿invito o no invito a Lola Beltrán? Y siempre, no sé por qué, acabo llamándote. A lo mejor es porque me acuerdo de que tu madre, la pobre, fue mi mejor amiga, o porque tus antepasados y los míos fueron juntos a las guerras carlistas...

LOLA.-   (Divertidísima.)  ¡Qué viejecitos tan graciosos! ¿Verdad?

LEONOR.-   (Casi gritando.)  ¡¡Lola!!

LOLA.-   (Asustada.)  ¡Ay! ¿Qué?

LEONOR.-  Eres una grandísima insensata...

LOLA.-  Bueno. Tanto, tanto...

LEONOR.-  ¡Sí! Una insensata. Con tus ligerezas, y conste que empleo este subterfugio, tan desacreditado, porque soy de las que creen, todavía, que llamar a las cosas por su nombre es una ordinariez; con tus ligerezas, ¿me oyes?, estás arrastrando por los suelos tu apellido, que es un apellido ilustre y honorable. Este verano, en San Sebastián, anduviste toda la temporada del brazo de Alfredo Segura. Ibais juntos a todas partes: al Tenis, al Náutico, a las carreras, a la playa, a los toros, a los restaurantes del barrio viejo, a los bares de Ondarreta... Después, en Marbella, te han visto mucho con un francés que se llama René y es amigo de Françoise Sagan4. Y vamos, nena, a mí no puedes engañarme. Cuando una mujer se pasea por Marbella con un francés es que no lleva buenas intenciones. Pero, por si todo eso fuera poco, me acabo de enterar de que anoche estuviste cenando en la carretera de La Coruña con un sujeto absolutamente desconocido. Y la semana pasada, por tu culpa, se pegaron dos socios en el Club de Campo...  (De pronto, como cayendo en la cuenta.)  Por cierto: ¿cómo está tu marido?

LOLA.-  Muy bien. Gracias. Creo que uno de estos días le van a dar un premio...

LEONOR.-  ¡Vaya! Se lo merece, pobrecito...

LOLA.-  Pero no por lo que tú crees, ¿sabes?, sino porque dicen que ha escrito un libro precioso, precioso sobre algo electrónico o así...

LEONOR.-  Mira qué listo es ese chico...

LOLA.-  ¡¡Leonor!!

LEONOR.-  ¿Por qué no ha venido contigo esta tarde ese talento?

LOLA.-  Porque se ha quedado en casa, ocupadísimo, preparando sus maletas y sus papeles. Mañana, muy temprano, sale para Londres. Va a dar una conferencia. ¡Como el pobre es tan sabio, tan sabio...!

LEONOR.-  Naturalmente, te llevará con él a Londres...

LOLA.-   (Sonríe.)  ¡Oh, no! ¿Para qué?

LEONOR.-  ¿Cómo que para qué? ¿Es que no te necesita?

LOLA.-  ¡No! ¡Qué va!

LEONOR.-   (Muy bajo. Interesadísima.)  ¿Para nada?

LOLA.-   (Un suspiro.)  Para nada...

LEONOR.-  ¡Ah!

 

(Se queda muy sorprendida. Las dos están sentadas en el sofá. Se miran un instante. LOLA sonríe y baja suavemente la cabeza.)

 

LOLA.-  ¿Comprendes ahora?

LEONOR.-  Me parece que sí. Pero, en fin, ya me contarás con más detalles...

LOLA.-   (Ingenua.)  Bueno. Por mí... Yo se lo cuento a todo el mundo.

LEONOR.-  ¡Ah! ¿Sí?

LOLA.-  ¡A ver! De algo tengo que hablar...

LEONOR.-  ¡Jesús! ¡Qué barbaridad!  (Otro silencio.)  En fin, creo que algunos hombres son así...

LOLA.-   (Escéptica.)  Pocos...

LEONOR.-  ¿Tú crees?

LOLA.-  ¡Huy! Si lo sabré yo...

LEONOR.-   (Un respingo.)  ¡Descarada!

LOLA.-  Mujer...

 

(LEONOR se levanta. Marcha al fondo. Va de aquí para allá. Luego se detiene, se queda mirando largamente a LOLA. Y por fin, en otro tono.)

 

LEONOR.-  Mira, hijita, de todos modos, aun en el supuesto de que sea cierto eso que has insinuado sobre tu marido, ¿comprendes? Y me parece que sí lo es, porque tu marido, la verdad, pobrecito, es un poco pánfilo. Aun así, ¿me oyes, nena?, eso no justifica nada, pero nada, nada, tu conducta y tu frivolidad y tu... En fin, ya sabes.

LOLA.-  Pero, Leonor, es que yo no lo puedo remediar...

LEONOR.-  ¡Ah! ¿No?

LOLA.-   (Sencillamente.)  A mí me gustan los hombres.

LEONOR.-  ¡Ah! ¿Sí?

LOLA.-  ¡Sí! Me gustan, me gustan muchísimo. ¡Una barbaridad!

LEONOR.-   (Indignada.)  ¡Nena! ¡Y a mí también!

LOLA.-   (Extrañadísima.)  ¡Ah! ¿Sí?

LEONOR.-  ¡Claro! Pero me aguanto...

LOLA.-  ¡Oh!

LEONOR.-  ¡Ea! Por mi propia estimación, ¿sabes? Porque me llamo Leonor de Valdés y Montiel. Porque tengo sentido moral. ¡Porque soy una mujer decente!5

LOLA.-  Bueno. Pero reconocerás que tú eres un caso único...

LEONOR.-  ¡Ah! ¿Tú crees?

LOLA.-  ¡Naturalmente!

LEONOR.-  ¡Hola! ¿Y puedo saber por qué soy yo un caso único?

LOLA.-  Está clarísimo. Porque ninguna mujer se hubiera portado como tú. Porque ninguna, ninguna, ninguna se hubiera mantenido estúpidamente fiel a un marido que la abandonó a los pocos meses de casados...

 

(LEONOR, como herida en lo más profundo, se revuelve airada, con una insólita brusquedad.)

 

LEONOR.-  ¡Cállate!

Lola.-   (Sobrecogida.)  ¡Oh!

LEONOR.-  ¡Cállate! ¡No lo nombres! ¡No quiero que lo nombres! ¿Me oyes?

LOLA.-  Leonor...

LEONOR.-  Mi marido murió para mí hace muchos años. Entonces, precisamente, aquella mañana cuando salió de esta y se fue muy lejos, muy lejos...

 

(Y en ese instante, en el umbral de la entrada del mirador aparece ESTEBAN. Se queda allí quieto, casi inmóvil. Sonríe.)

 

ESTEBAN.-  Buenas tardes, Leonor6.

 

(LEONOR se vuelve vivamente.)

 

LEONOR.-  ¿Cómo?  (Le mira fijamente. Un silencio largo, tenso. A LEONOR los ojos, abiertos de par en par, le brillan con un inmenso estupor. Casi sin voz.)  ¡¡No!! ¡No puede ser! ¡No es posible! Mentira, mentira...

 

(Avanza. Llega hasta ESTEBAN. Él murmura suavemente.)

 

ESTEBAN.-  Leonor...

LEONOR.-   (Horrorizada.)  ¡¡Jesús!!

ESTEBAN.-  ¡Je!

LEONOR.-  ¡Tú!

ESTEBAN.-  ¡Sí!

LEONOR.-  ¡¡Tú aquí...!!  (Un gran silencio. De pronto, LEONOR, se vuelve como perseguida, huyendo, y escapa. Se refugia en el sofá.)  ¡Oh!

 

(LOLA, mirando al uno y a la otra está intrigadísima.)

 

LOLA.-  ¡Leonor!

LEONOR.-  ¡Cállate!

LOLA.-  ¡Ay! Pero ¿quién es este hombre?

LEONOR.-  ¡¡Mi marido!!

LOLA.-   (Estupefacta.)  ¿Cómo? ¿Tu marido?

LEONOR.-  ¡Sí!

LOLA.-  ¿Aquel?

LEONOR.-  ¡Sí!

LOLA.-  ¿El que se fue...?

LEONOR.-  ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

 

(LOLA se vuelve hacia ESTEBAN, impresionadísima.)

 

LOLA.-  Buenas tardes.

ESTEBAN.-  Buenas tardes.

 

(LOLA escapa hacia el fondo. Pero todavía desde allí se vuelve.)

 

LOLA.-  ¡Oiga! ¿Ha caído usted del cielo?

ESTEBAN.-   (Sonríe.)  ¡Quién sabe!

 

(LOLA sale. Quedan solos LEONOR y ESTEBAN. Hay un silencio. Y por fin, LEONOR, habla muy bajo, casi con susto.)

 

LEONOR.-  ¿Vienes de Rusia?

ESTEBAN.-   (Se ríe.)  ¡No! ¡Qué ocurrencia! Jamás estuve en Rusia7. Tranquilízate. Vengo de Nueva York. Pero últimamente vivía en California. Daba un curso sobre literatura española en una universidad. ¡Oh! Durante tantos y tantos años ya puedes figurarte, he sido un trotamundos: siempre de aquí para allá. Al principio me quedé en Buenos Aires. Fue la época más difícil. Después estuve en Méjico y Chile. Por fin, los Estados Unidos: Nueva Orleans, Stanford, Princeton. Cursos, conferencias, libros, artículos, qué sé yo. Una lucha incesante. Un esfuerzo desesperado. ¡Ah! También pasé un par de inviernos en París...

LEONOR.-  ¡Qué vida!

ESTEBAN.-  Una vida atroz. Te lo aseguro.

 

(LEONOR se vuelve despacio y le mira.)

 

LEONOR.-  Estás muy viejo...

ESTEBAN.-  ¡Je!

LEONOR.-  Pero viejo, viejo. ¡Viejísimo!

ESTEBAN.-  ¡Claro!

LEONOR.-  Un asco.

ESTEBAN.-  ¡Je! Es natural.  (De pronto, muy amable.)  En cambio, tú estás muy bien. Casi no has cambiado.

LEONOR.-   (Un respingo.)  ¡Embustero! Precisamente en este momento, debo estar hecha una facha...

ESTEBAN.-   (Se ríe.)  Bueno, bueno...

LEONOR.-  ¡No me mires!

ESTEBAN.-  Bien. A tu gusto. ¡Je!

 

(LEONOR escapa vivamente hacia el mirador. Un silencio.)

 

LEONOR.-  ¡Escucha! ¿Por qué has vuelto a esta casa?

ESTEBAN.-   (Sonriendo.)  ¡Qué pregunta! Tenía que volver. Durante tantos años, en medio de mis nostalgias y mis sueños y mi desesperación, me prometí a mí mismo muchas veces, que al regresar a España, mi primera visita sería para esta casa donde he vivido las horas más felices de mi vida. ¿Qué quieres? Demasiado sabes que soy un romántico incorregible...

LEONOR.-  Ha pasado mucho tiempo, ¿sabes? Años y años. Pero todavía no he podido olvidar aquella horrible mañana de marzo de mil novecientos treinta y nueve8. Estabas ahí, ahí mismo, como ahora. Y te despedías de mí porque te ibas de España para correr la suerte de los tuyos. ¿Te acuerdas?

ESTEBAN.-  Mi marcha era inevitable, Leonor. Tú lo sabes. Todos mis amigos se iban. Y por lealtad hacia ellos y hacia mis ideas yo tenía que acompañarles.

LEONOR.-  ¡Jesús! ¡Qué gesto tan abnegado! ¿Y por qué no fuiste leal conmigo que era tu mujer y estaba enamorada de ti como una loca?

ESTEBAN.-  ¡Leonor! Me parece recordar que aquella mañana te supliqué con toda mi alma que me acompañaras...

LEONOR.-  ¡Ay, hijito! Pero eso era pedir demasiado. Algo imposible, sencillamente. Pues hubiera resultado bonito que yo, una Valdés y Montiel, la hija de un ex ministro de la Corona, se hubiera incorporado a los españoles del exilio. ¡Qué locura! Ni siquiera sé cómo se te ocurrió pensarlo. No, hijo mío. No se puede así, de pronto, traicionar un apellido, una familia, una raza. ¡Ah, no! Eso, nunca, nunca...

ESTEBAN.-   (Sonriendo.)  Sí. Es cierto. Tú también tenías que ser fiel a tus ideas, a los tuyos, a tu mundo. Era lo más digno. Pero, ya ves, seguramente por eso, por tu lealtad y por la mía, los dos fuimos desleales con nuestro amor. Difícil, ¿verdad? ¡Je! Es curioso. Desde hace miles de años los poetas dicen que el amor es un sentimiento heroico que todo lo arrolla. Y eso es una tremenda mentira. En la vida, el amor es arrollado, sin piedad, muchas veces. ¡Pobres poetas! En el fondo son unos pajaritos embusteros...

LEONOR.-  ¡Pobre de mí...!

ESTEBAN.-  ¡Oh, Leonor!

LEONOR.-  ¡Sí! ¡Pobre de mí! ¿Por qué me casé yo, yo, Leonor Valdés y Montiel, con un intelectual de izquierdas, presuntuoso y fanfarrón?

ESTEBAN.-  Muy sencillo. Por la misma razón por la que yo, Esteban Lafuente, nada más, me casé con una señorita de derechas insoportable y encantadora...

LEONOR.-  ¡Oh!

ESTEBAN.-  Porque estábamos enamorados. Y soñábamos. Y creíamos que en la vida todo era fácil y maravilloso...  (Muy despacio avanza y llega a su lado. Quedan los dos en pie, ante el mirador, mirando a la calle.)  ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas, Leonor, de aquellos novios que paseaban horas y horas, todas las tardes, entre los árboles de esta plaza de París9?

LEONOR.-  Sí.

 

(Él vuelve despacio.)

 

ESTEBAN.-  Nos conocimos en el Real Cinema. Un jueves de moda10. Tú estabas muy guapa aquella tarde con tu sombrerito color de rosa...

LEONOR.-  ¡Oh! ¿Todavía te acuerdas de aquel sombrerito?

ESTEBAN.-  ¡Sí!

LEONOR.-  ¡Qué tontería! Yo ya lo había olvidado...

ESTEBAN.-   (Sonríe.)  Luego, aquella fantástica boda en la iglesia de las Salesas. La música de Bach y tantas flores y tantos sombreros de copa. Allí estaban mis amigos, los de la Institución Libre de Enseñanza, los del viejo Ateneo de la calle del Prado y los del Gran Café de Oriente. Aquel café blanco y maravilloso lleno de espejos y de divanes rojos, donde un grupo de muchachos, aprendices de escritores, pasábamos las madrugadas soñando un imposible mundo, alegre y perfecto, y discutiendo sobre Keisserling y Ortega y Unamuno y los pintores de París. Y allí, en la iglesia de las Salesas, estaban también tus amigos, la gente de la buena sociedad, aquellos jóvenes elegantes que tomaban el aperitivo en el bar Bakanik11...  (Un silencio.)  Pero, poco después, tus amigos y los míos, tú y yo, todos nos convertimos en personajes de un drama...

LEONOR.-  ¡Esteban! Ahora, quiero que sepas que yo te lo hubiera perdonado todo. Tu huida, tu abandono, tus ideas, todo, todo. Pero cuando supe que, apenas llegado a Buenos Aires, ya había otra mujer en tu vida, entonces, ¿sabes?, decidí darte por muerto. Pero, muerto, muerto, irremediablemente muerto. Aquel mismo día pedí a todos, a papá, que todavía vivía, a los amigos, a los criados, incluso, que jamás, jamás, pronunciaran tu nombre en mi presencia. Y así ha sido. Todos han respetado mi deseo. Durante estos años no he sabido nada de ti. No he querido. Tú poco a poco te has ido convirtiendo en un recuerdo cada día más confuso y más lejano. Una sombra apenas. Un fantasma. Nada, nada.  (Y de pronto se vuelve bruscamente para ocultar un incontenible sollozo.)  ¡Granuja! ¡Sinvergüenza! ¡Mal hombre! ¡Dios mío! ¡En tan poco tiempo pudo olvidarlo todo! ¡El Real Cinema aquella tarde que daban Ros-Marie12! ¡Mi sombrerito rosa que era una preciosidad! ¡La boda en las Salesas! ¡El viaje de novios a Venecia, tan bonito! Mis besos, mi cariño, nuestro amor. Todo, todo, todo.

ESTEBAN.-  ¡Leonor!

LEONOR.-  ¡Cállate!

ESTEBAN.-  ¡Oh!

LEONOR.-  ¡No te acerques! ¡No me mires!

ESTEBAN.-  Está bien, Leonor. Está bien.

 

(Ella se marcha hacia el fondo. Una vez allí se vuelve y le mira.)

 

LEONOR.-  ¿Puedo hacerte una pregunta?

ESTEBAN.-  ¿Por qué no?

LEONOR.-  ¿Dónde la conociste?

ESTEBAN.-  En el barco de los exiliados, rumbo a Buenos Aires. Era la hija de un profesor de la Universidad.

LEONOR.-  Naturalmente, tenía tus mismas ideas...

ESTEBAN.-  ¡No! En realidad, casi, casi tenía las tuyas...

LEONOR.-  ¿De veras?

ESTEBAN.-  Sí. Ella y su padre, en contra de su voluntad, se habían visto envueltos en el torbellino, en los acontecimientos...

LEONOR.-  ¡Vaya! Pues sí que tienes un destino, hijito. Siempre te enamoras de mujeres de derechas...

ESTEBAN.-  ¡Je!

LEONOR.-  ¿Era muy joven?

ESTEBAN.-  Tenía veinte años.

LEONOR.-  ¿Bonita? Bueno. No sé por qué te pregunto eso. Si no hubiera sido bonita maldito el caso que tú la hubieras hecho. Los hombres sois así.

ESTEBAN.-  ¡Je!

LEONOR.-  ¿Cómo se llamaba?

ESTEBAN.-  Belén...

LEONOR.-  ¡Belén!

ESTEBAN.-  ¡Sí!

LEONOR.-  Un nombre precioso.  (Un silencio. En la voz de LEONOR vibra un temblor.)  ¿Te quería?

ESTEBAN.-  Mucho.

LEONOR.-  ¡Ah!

ESTEBAN.-  Con toda su alma. Yo fui su primer amor.

LEONOR.-  ¡Qué suerte!  (Un leve silencio.)  ¿Y tú? ¿Te enamoraste?

ESTEBAN.-  Esa pregunta me la he hecho a mí mismo muchas veces. Pero nunca he sabido con certeza si, en realidad, en aquellos momentos me enamoré de Belén o es que, sencillamente, la necesitaba. Me sentía tan solo, Leonor, tan solo. Aquella noche, aquella primera noche en el barco del exilio fue la noche más amarga de mi vida...  (Un silencio. Y de pronto, en una transición, Esteban se vuelve muy sonriente hacia Leonor.)  Bueno. Y ahora, cuéntame. ¿Qué fue de ti en estos años?

LEONOR.-   (Estupefacta.)  ¿De mí?

ESTEBAN.-  Sí, sí. De ti. A ver. Dime...

 

(LEONOR le mira. Piensa un poco y luego se lanza con una insólita y falsísima presunción.)

 

LEONOR.-  ¡Oh! Bueno. Durante este tiempo yo también he tenido mi vida privada, ¿sabes?

ESTEBAN.-  ¡Ah! ¿Sí?

LEONOR.-  ¡Naturalmente! ¿Qué querías que hiciera, hijito, una mujer en mi situación? Figúrate tú, que de pronto un día, de la noche a la mañana, me encontré joven, bonita, porque yo también era bonita, con el alma llena de ilusiones, con un infinito anhelo de vivir ¡y abandonada por mi marido! Pues dicho y hecho: ¡zas! Me decidí. Y ¡hala! Tuve un amante.

ESTEBAN.-  ¿De veras?

LEONOR.-  ¡Ah! Un hombre maravilloso. Por ahí anda. Ya te lo presentaré. Después tuve otro amante y otro y otro...

ESTEBAN.-   (Extrañadísimo.)  ¿Tantos amantes?

LEONOR.-   (Con mucha razón.)  ¡Ay, hijito! Es que ha pasado mucho tiempo...

ESTEBAN.-  ¡Je!

LEONOR.-  Reconozco, eso sí, que he cometido bastantes locuras. Particularmente esta última temporada ha sido terrible y he dado muchísimo que hablar. ¡Figúrate! Me pasé todo el verano en San Sebastián, colgada del brazo de Alfredo Segura, que es un hombre sencillamente estupendo. Íbamos juntos a todas partes, ¿sabes? A la playa, a los toros, a los restaurantes, al Náutico, al Tenis y a las carreras. ¡Un jaleo! Después me fui a Marbella con René. ¡Ah, René! Un francés amigo de Françoise Sagan, calcula. Y la semana pasada -bueno, esto no sé por qué te lo digo- por mi culpa se pegaron dos socios en el Club de Campo13. Por nada, ¿sabes? Porque sí. Porque en España los hombres sois muy bestias, ya se sabe...  (Se calla. ESTEBAN la mira y sonríe. Ella, muy ufana.)  ¡Ea! ¿Qué te parece?

ESTEBAN.-  ¡Qué embustera eres!

LEONOR.-   (Vivamente.)  ¿Quién? ¿Yo?

ESTEBAN.-  ¡Sí!

LEONOR.-  ¡Oh!

ESTEBAN.-  Tú no has tenido nunca un amante.

LEONOR.-   (Ruborizada.)  ¡Ah! ¿No?

ESTEBAN.-  ¡Oh, no! Te conozco muy bien...

LEONOR.-   (Transición. Casi desolada.)  Es verdad. Nunca tuve un amante. Ni una aventura, ni un «flirt»... Nada. Durante años y años te he sido fiel, estúpidamente fiel. ¡Qué vergüenza! ¿Verdad? Una vez, hace ya muchos años, unos amigos me llevaron a pasar la noche de Reyes en un hotel de El Escorial. Fue una fiesta muy bonita. Bailamos, nos reímos. ¡Qué sé yo! Y de madrugada, un hombre, con un pretexto gracioso y divertido, entró en mi habitación. ¡Ah! Era un hombre encantador, te lo aseguro: alto, guapo, bien plantado, estupendo. Y como una pobre mujer cualquiera estuve a punto de cometer una locura. ¿Y sabes lo que hice para salvarme de mí misma? Empecé a llamarte a gritos, como si tú pudieras oírme, como si tú estuvieras en la habitación de al lado: ¡Esteban! ¡Esteban! Amor mío, mi vida, ven, date prisa, te necesito. ¡Sálvame! Te quiero, Esteban, te quiero. A ti, a ti nada más. Ven, Esteban. ¿No ves que estoy sola? ¿No ves que no puedo más?  (Un sollozo.)  Pero, claro, tú no podías oírme. Estabas lejos, muy lejos. Y quizá en ese momento estabas besando a una mujer encantadora que se llamaba Belén, a la que tú dabas todo el cariño, todo el calor y toda la compañía que yo te suplicaba con la angustia de una pobre mujer abandonada...

ESTEBAN.-  ¡Leonor!

LEONOR.-   (Muy bajo. Un rubor. Pero irremediablemente.)  Oye...

ESTEBAN.-  ¿Qué?

LEONOR.-  Te he escrito muchísimas cartas, ¿sabes?

ESTEBAN.-  ¿Es posible?

LEONOR.-  ¡Huy! Ya lo creo...

ESTEBAN.-  ¡Pero si yo no he recibido ninguna...!

LEONOR.-  ¡Claro! Como que yo siempre dejaba el sobre en blanco...

ESTEBAN.-  ¡Ah! ¿Sí?

LEONOR.-  ¡Naturalmente!

ESTEBAN.-  Pero, mujer...

LEONOR.-  ¡Ay, hijito! Escribirte, a ti, directamente, hubiera sido como rebajar mi dignidad. Y eso sí que no. Yo soy una mujer muy, muy española. Además, cuando escribía aquellas cartas, en realidad, yo no me dirigía a ti, al hombre que vivía con otra mujer en Buenos Aires. ¡No! Yo me dirigía al otro, a mi Esteban. Aquel muchacho que conocí en el Real Cinema un jueves de moda. El novio de la muchachita del sombrerito rosa. Mi marido, después, una mañana en la iglesia de las Salesas, con su chistera y su chaqué y su clavelito blanco en la solapa. Un sueño. Un sueño nada más. A veces, cuando echaba una carta al buzón, porque la echaba, eso sí...

ESTEBAN.-   (Conmovido.)  ¿Eras capaz?

LEONOR.-  ¡Ah! Sí, sí. Yo la echaba. Entonces deseaba con toda mi alma que, por un milagro maravilloso, una paloma blanca te la llevara prendida en el pico. Pero eso no sucedió jamás. Las palomas, pobrecitas, son tan bobas que nunca están en el secreto. ¡Oh! ¿No sabes? Eran unas cartas fantásticas. De veras. Íntimas, muy íntimas, llenas de amor, apasionadísimas. Yo te lo contaba todo. Todo. Mi vida. Los pequeños sucesos de cada día. Recuerdo que cuando murió papá, en mil novecientos cuarenta y cinco, te escribí una carta larguísima contándote el entierro que fue estupendo con el Gobierno en pleno y los diplomáticos y los académicos y los generales, y los almirantes. Y un gentío. Bueno. Ya te digo que te contaba todo. Y hasta de vez en cuando te pedía consejo sobre el color de un vestido, como en otros tiempos...  (Se calla. Con un irremediable rubor.)  ¡Qué loca! ¿Verdad? Bueno. Eso es lo que dicen algunos por ahí: que estoy un poco chiflada. Y es natural. Me paso la vida organizando fiestas benéficas, dando cócteles y reuniendo a los amigos para almorzar. Pero todo lo hago porque estoy muy sola. Por eso nada más. ¡Pobre de mí! ¡Pobre muchachita del sombrerito rosa! ¡Pobre tonta!  (Se calla. Y de pronto, con sofoco y coraje.)  Pero, Dios mío. ¿Por qué te cuento todo esto? ¿Por qué? ¿A ti qué te importa? Es absurdo, ridículo y estúpido. Ahora me estoy muriendo de vergüenza y si pudiera me daría de bofetadas...  (Escapa. Llega hasta el mirador.)  Por cierto. ¿Dónde está ella? ¿Dónde has dejado a Belén? ¿En el hotel?  (Poco a poco, otra vez la garganta se le va inundando de lágrimas.)  ¡Vaya! Entonces, ¿qué esperas, hombre? No te quedes ahí parado como un tonto aguardando no se sabe qué. Vete. Belén debe estar impaciente. ¡Anda! Ya sabes que a las mujeres no nos gusta esperar. Vamos, por mí no gastes cumplidos. Me hago cargo. Corre a su lado. Esta noche es vuestra primera noche en Madrid. Puedes llevarla a cenar por ahí. Madrid, ahora, está lleno de restaurantes encantadores, ¿sabes? Y después os metéis en cualquier teatro. Ahora hay muchísimos teatros, ya verás. Por cierto, todas las comedias que se estrenan son de izquierdas14. Te gustarán. Se dicen unas frescuras, unas desvergüenzas, se falta al respeto a las cosas más serias de una manera... Una pena. Yo no sé qué hace la censura. De veras. ¡Ay, hijito! España está muy, muy cambiada. Ya verás, ya verás. No me extrañaría nada que ahora tú, a la vuelta, te sintieras de derechas. Pero, hijo mío, así están las cosas. No hay nada que hacer.  (Transición.)  Bueno. Luego, a la salida del teatro podéis ir a tomar una copa y a bailar un ratito. Hay por ahí unas «boites» muy agradables. Pequeñitas, sin luz, preciosas, igual que en París. ¡Ah! Y mañana, temprano, como Madrid es tan bonito, tan bonito, en otoño, lo pasaréis muy bien, paseando y paseando por aquí y por allá, por esas calles llenas de sol. ¡Oh! Y si tú quieres, yo te recomendaré unas cuantas tiendas donde Belén encontrará cosas preciosas, chucherías estupendas, verdaderas maravillas, como en Nueva York y en Londres y en todos esos sitios que habéis recorrido juntos...  (Otra transición, casi con violencia.)  ¡Vamos! ¿Qué haces ahí? ¿Qué aguardas todavía? Vete de una vez. Ella te espera. ¿Lo has olvidado? ¡¡Vete!!

 

(Se deja caer, agotada en un sillón.)

 

ESTEBAN.-  Leonor...

LEONOR.-  ¿Qué?

ESTEBAN.-  Belén murió hace cinco años...

 

(Un silencio. LEONOR se yergue con los ojos abiertos de par en par. Muy bajo.)

 

LEONOR.-  ¿Cómo? ¿Que ha muerto?

ESTEBAN.-  Sí.

LEONOR.-  ¡Jesús! Pero yo no lo sabía...

ESTEBAN.-  ¡Claro! ¿Por qué ibas a saberlo?

LEONOR.-   (Como para sí misma.)  Ha muerto.

ESTEBAN.-  ¡Sí!

LEONOR.-   (Sincerísima.)  ¡Dios mío! ¡Pobre Belén! ¡Pobrecita! Tan joven, tan enamorada...  (Marcha hacia el fondo, aprisa. Desde allí, se vuelve y le mira. Una transición, casi con sobresalto.)  Pero, entonces, tú también has sufrido. ¡Tú también sabes lo que es la soledad! ¡Ay! ¡Qué terrible y qué difícil es la vida! Hace un momento yo pretendía descubrirte toda esta angustia de la soledad y tú, tú ya lo sabías. Porque estoy segura, segurísima, de que esos cinco años han debido de ser para ti espantosos, terribles, sencillamente terribles. ¡Pobre Esteban!  (Se calla. Le mira. Casi involuntariamente, da unos pasos hacia él.)  Bueno. Pero, hombre, ¿qué haces ahí, quieto, quieto y tan callado? Ven aquí, siéntate. Después de todo, esta es tu casa. ¿Ya lo has olvidado? Naturalmente han pasado muchas cosas. Pero sigue siendo tu casa. ¡Esteban! Di algo. Cuéntame. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué proyectos tienes? ¡Ah! Ya me figuro. Estudiar, escribir libros y libros, como siempre. Es lo tuyo y nadie puede negarte que tengas muchísimo talento. Además, ya puedes estar tranquilo: aquí la gente te recibirá muy bien. ¡Ay! En Madrid, somos siempre muy, muy del último que llega. Digo, no, no he querido decir eso. Tú ya me entiendes. Lo que pasa, no sé por qué, es que cuando estoy un poquito nerviosa digo lo que no quiero decir y a veces se me quedan dentro las cosas estupendas que quiero decir y que, vaya usted a saber por qué, no sé cómo decir. Tonterías. Me figuro que eso le pasa a todo el mundo. ¿Verdad? Dime. ¿En qué hotel estás? Bueno. Da igual. No sé por qué te lo pregunto. Un hotel es un hotel y me figuro que rodeado de turistas estarás incomodísimo y harto de semejante barullo. Esteban, ¿por qué no traer aquí tus cosas? Esta es tu casa, ya te lo he dicho y, aunque haya pasado todo lo que ha pasado, yo soy tu mujer. Bueno, tanto como eso, ya se sabe que no... Te advierto que para mí no serías ningún estorbo. ¡No! ¡Qué va! El piso es grandísimo. Y hasta es posible que pasen y pasen los días sin vernos. Tú puedes trabajar en el despacho del pobre papá que es muy grande y cómodo y está lleno de todos esos librotes que a ti te chiflan, y puedes dormir en la habitación de los huéspedes, al final del pasillo, ¿te acuerdas? El balcón da a mediodía y entra el sol por la mañana...  (Se interrumpe de pronto. Está enormemente sonrojada. Él la mira fijamente, estupefacto.)  Pero ¿qué te pasa? ¿Por qué no dices algo? ¿Por qué estás tan callado?

 

(Un silencio levísimo.)

 

ESTEBAN.-  ¡Leonor!

LEONOR.-  ¿Qué?

ESTEBAN.-   (Conmovido.)  Pero ¿es que todavía me quieres?

LEONOR.-   (Sorprendida.)  ¿Quién? ¿Yo?

ESTEBAN.-  ¡Sí!

LEONOR.-   (Mientras piensa.)  ¿Y por qué no voy a quererte? ¿Es un delito o una vergüenza querer una vez nada más y para siempre, para siempre...?

ESTEBAN.-   (Abrumado.)  ¡Leonor! ¿Pero cómo es posible?

 

(LEONOR está ruborizadísima, conteniendo las lágrimas que pugnan por escapar.)

 

LEONOR.-  ¡Cállate! ¡Por Dios, no nos pongamos ahora sentimentales! Sería ridículo a estas alturas, ¿no crees? Y por favor, hijito, no te quedes mirándome de ese modo. ¡Me estás poniendo muy nerviosa!

ESTEBAN.-   (Muy turbado.)  ¡Leonor!

LEONOR.-  ¡Calla! ¿Quieres? Calla, por favor...

 

(Y presurosa, sonrojada, entra en el mirador. ESTEBAN solo, abrumado, se hunde en un sillón. Una pausa. Por la izquierda del fondo, asoma, sigiloso, casi de puntillas, DAMIÁN.)

 

DAMIÁN.-   (Muy bajo.)  ¡Señor! ¿Qué ha sucedido?

 

(ESTEBAN alza la frente y se queda mirando a DAMIÁN como despertando de un sueño.)

 

ESTEBAN.-  Me he equivocado, Damián. Resulta que ella me quiere todavía...

DAMIÁN.-  ¡Je! Yo ya lo sabía, señor.

ESTEBAN.-  Es sorprendente, increíble. Es maravilloso y terrible, a la vez. Es casi como un milagro. Después de tantos años, después de tantas cosas...

DAMIÁN.-  ¡Je! Sí, señor...

ESTEBAN.-  He cometido un tremendo error, Damián. No debí volver a esta casa. Ahora lo sé. Hace unos minutos, cuando entré, por esa puerta, pensé que todo sería muy distinto. Pensé que entre Leonor y yo el amor ya no tenía sentido. Un bello recuerdo y nada más. Pensé que ahora ella y yo nos encontraríamos como dos amigos, sinceros y leales, sin secretos, cada uno ante el otro, con su propia vida abierta y sin mentiras. Por eso, ya ves, hasta le traía a mis hijas. Y hasta pensaba decirle: ¡Leonor! Estas chiquillas son terribles. Hacen de mí lo que quieren. Y a veces no sé qué hacer con ellas. Por favor, Leonor, ayúdame un poco. ¿Quieres?

DAMIÁN.-  ¡Je!

 

(Alguien golpea con los nudillos en la segunda puerta de la izquierda. Y se oye la voz de BELÉN.)

 

BELÉN.-   (Dentro.)  ¡Papá!  (Se abre de pronto la puerta y surgen bulliciosamente BELÉN, PALOMA y MARITA, que van decididamente hacia ESTEBAN.)  ¡Papá! ¡Papá!

PALOMA.-  ¡Papá!

MARITA.-  ¡Papito! ¡Cielo!

 

(Las tres chicas rodean a ESTEBAN arrolladoramente.)

 

BELÉN.-  ¡Papá! ¿Tenemos que esperar mucho todavía?

 

(En este momento surge LEONOR en el umbral del mirador. Y se queda atónita, inmóvil.)

 

PALOMA.-  Pero, papá, ¿qué te pasa?

BELÉN.-  ¡Papá!

MARITA.-  ¡Papá!

LEONOR.-  ¡Damián! ¿He oído bien? ¿Dicen papá?

DAMIÁN.-  Sí, señora.

LEONOR.-  Pero, entonces, ¿es que estas chicas son hijas tuyas?

ESTEBAN.-  Sí, Leonor...

LEONOR.-  ¿Las tres?

ESTEBAN.-  Las tres, las tres...

LEONOR.-   (Con espanto.)  ¡¡No!!

 

(Las tres chicas se miran muy sorprendidas y un poco fastidiadas.)

 

BELÉN.-  ¡Vaya! Aquí a todo el mundo le choca...

PALOMA.-  Pues sí...

LEONOR.-  ¡Dios mío! ¡¡Tres hijas!! ¡Tiene tres hijas!

ESTEBAN.-  ¡Je!

MARITA.-  ¡Papá! ¿Es ella?

ESTEBAN.-  Sí.

 

(Las tres chicas se quedan mirando a LEONOR, muy risueñas.)

 

MARITA.-  ¡Oh!

PALOMA.-  Pues está muy bien...

BELÉN.-   (Perspicaz.)  Tiene estilo, ¿verdad?

PALOMA.-   (Casi entusiasta.)  ¡Ah! ¡La vieja España...!

 

(Y de pronto, las tres muchachas, van hacia LEONOR, amabilísimas, sonrientes, con mucho mundo.)

 

MARITA.-  ¿Qué tal, señora?

PALOMA.-  ¿Cómo está usted?

BELÉN.-  Encantada de conocerla...

 

(LEONOR, que en este momento está rodeada por las tres chicas, las mira en silencio de una en una con los ojos muy abiertos. Es una mirada infinita, angustiosa... Y de pronto, un sollozo le brota de la garganta.)

 

LEONOR.-  ¡Oh!

 

(Y escapa. Llega hasta el fondo. Se apoya allí, en la pared, vuelta de espaldas y llora. Un silencio. MARITA, PALOMA y BELÉN se miran chasqueadísimas. Muy bajito.)

 

MARITA.-  ¡Oh!

PALOMA.-   (Pesimista.)  Me parece que no le hemos gustado a esta señora...

BELÉN.-   (Muy extrañada.)  ¡Anda! Pues, ¿qué querrá?

 

(Otro silencio.)

 

ESTEBAN.-  Leonor...

 

(LEONOR bruscamente se vuelve como resurgiendo con un tremendo ímpetu.)

 

LEONOR.-  ¡¡Vete!!

ESTEBAN.-   (Abrumado.)  ¡Leonor!

LEONOR.-  ¡Vete! Esto es demasiado. No puedo perdonarte tanto y tanto, ¿sabes? No puedo, no puedo, no puedo. ¡Vete! ¡Llévatelas! ¡Por Dios!

ESTEBAN.-  Está bien. Vamos, pequeñas.

 

(BELÉN se vuelve muy sorprendida hacia sus hermanas.)

 

BELÉN.-  ¡Hala! ¿Es que nos echan?

ESTEBAN.-  ¡Vamos!

MARITA.-  ¡Sí, papá!

 

(Y las tres muchachas, muy juntas, de una en una se van por la primera puerta de la izquierda. ESTEBAN, en medio de un gran silencio, las sigue. Pero ya ante la puerta, se detiene y se vuelve.)

 

ESTEBAN.-  Perdóname, Leonor. Me he equivocado. Y lo siento.

LEONOR.-  ¡¡Vete!!

ESTEBAN.-  Sí, ya me voy. Buenas noches.

 

(Sale. LEONOR prorrumpe en sollozos, corre y se refugia entre los brazos de DAMIÁN.)

 

LEONOR.-  ¡Oh, Damián, Damián! ¡¡Damián!!

DAMIÁN.-  ¡Je! Llore, llore la señora. No importa.

LEONOR.-  Damián, Damián...

 

(Un silencio. Y por la primera puerta de la izquierda, irrumpe, tímida y sonriente, BELÉN.)

 

BELÉN.-  ¡Señora! ¿Me permite?

 

(LEONOR vuelve el rostro y mira fijamente a la pequeña.)

 

LEONOR.-  ¿Qué?

 

(La chiquilla mira en torno como buscando algo. De pronto, con la mirada encuentra la gabardina que traía ESTEBAN al llegar. Va hasta allí corriendo y toma la gabardina. Luego, se vuelve hacia LEONOR, sonriente.)

 

BELÉN.-  ¡Je! Es que el pobre papá lo pierde todo. ¡Como es tan despistado...!

 

(Y echa a correr hacia la puerta. LEONOR, que está mirando a la chica con una enorme angustia, da un paso hacia ella.)

 

LEONOR.-  ¡Espera!  (BELÉN se detiene. LEONOR se acerca. La mira despacio, muy despacio....)  Eres muy bonita.

BELÉN.-   (Sonríe.)  Gracias.

LEONOR.-  ¿Cómo te llamas?

 

(La pequeña se queda mirando a LEONOR, con un sutil desafío, casi imperceptible, en la mirada.)

 

BELÉN.-  ¡Belén! Como mi madre...

 

(Y escapa corriendo. Desaparece. LEONOR se vuelve, da unos pasos, se deja caer en un sillón. Y de bruces, sobre la mesa camilla, con la cara escondida entre los brazos solloza con toda su alma.)

 

LEONOR.-  ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!


 
 
TELÓN
 
 

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