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Sin embargo, madre e hija terminan identificadas al aceptar Caperucita la carga social que convirtió a su progenitora en agente represor, y que también la afectará a ella: «Ahora madre y yo vamos como tomadas de la mano, del brazo, del hombro. Consustanciadas [...] Total, la madre soy yo y desde mí mandé a mí-niña al bosque» (Valenzuela: 67).

 

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El lenguaje desacatado empleado por Caperucita es consecuente con el defendido por la autora argentina en «La mala palabra», tal y como comenta con acierto Juana M.ª Cordones: La narrativa feminista, consciente del impacto potenciado por la palabra tabú, desafía los esquemas del discurso patriarcal incorporando catárticamente la palabrota en su discurso. Sabiendo que haya tanto que explorar, tanta barrera por romper, Luisa Valenzuela afirma en «La mala palabra» que por la palabrota se ha de descargar todo el horror contenido que está a punto de explotar (Cordones: 6).

 

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Para Ann Kaplan, «if we have to have sexual pleasure, it can only be constructed around her objectification, it cannot be a pleasure that comes from desire for the other (a subject position) -that is, her desire to be desired». He incidido en estos aspectos de la nueva escritura de mujeres en Noguerol (1999) y Noguerol (2000a).

 

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La autora reconoce que su versión del cuento parte de una pregunta sin respuesta sobre el camino como representación de la vida:

«Otros cuentos nacen de preguntas que me formulo [...]. Por ejemplo, cierto día me pregunté cómo podría ser que la madre de Caperucita Roja, aparentemente una buena madre, mandara a su hija al bosque donde sabía que acechaba el lobo feroz. La respuesta más o menos obvia es que la travesía es necesaria, porque el camino del bosque es el camino de la vida. De ahí en más fui elaborando la teoría de lo que realmente significaba el cuento de Caperucita. Creí entender lo que nos había ocultado durante siglos, forcluido, para usar el término lacaniano. Porque pensé, y creo tener razón, que esos cuentos fueron en el principio de los tiempos contados por las mujeres a las niñas, como cuentos iniciáticos, como historias ejemplares. Después vino el hombre, el moralista -Charles Perrault, en este caso- que al escribirlos por vez primera los revistió de culpas y moralejas conducentes a paralizar a la mujer: las niñitas deben ser obedientes, no curiosas, dormir por cien años y esperar el beso del príncipe. Me encantó meterme con esas historias de mensajes falseados para tratar de rescatar el mensaje original. Fue así como nacieron mis cuentos de Hades».


(Díaz: 49)                


 

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Según el pensamiento arcaico, el lobo representa el lado salvaje y no domesticado del ser humano. De ahí la diferencia de estos textos con los relatos feministas que acaban con la victoria final de la niña sobre su tradicional enemigo, criticados con dureza por Ritz debido a su simpleza de lectura:

«Am Anfang waren die Frauen mutig, frei und intelligent, dann kam der bose Wolf in Gestalt des Patriarchats und unterdrückte sie. Wie jeder andere Ismus modelt, frisiert, verdreht, falscht und manipuliert auch der Feminismus die Fakten in seinem Sinne und Unsinne. Als reprasentativ und vorbildlich werden von Peseudoforschern, die sich mit trivialfeministichen Phrasen und Tatsachenverdrehungen beim weiblichen Publikum anzubiedern versuchen, jene frühen Versionen hingestellt, in denen Rotkappchen sich erfolgreich gegen den Wolf wehrt und sich ohne mannliche Hilfe selbst befreit, wahrend Perrault und die Grimms als die chavinistischen Manner gelten».


(Ritz: 121)                


 

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El camino (la vida) desgarra la capa y acaba con la imagen idílica de la juventud. Así lo vemos también en Valenzuela: «Alguna hilacha de mi roja capa se engancha en una rama y al tener que partir lloro y llora mi capa roja, desgarrada» (Valenzuela: 65); «me detengo a remendar mi capa ya bastante raída. A estas alturas el bosque tiene más espinas que hojas. Algunas me son útiles: si antes me desgarraron la capa, ahora las uso a modo de alfileres que mantengan unidos los jirones» (Valenzuela: 68).