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La meta-crítica chicana1

Justo S. Alarcón

El título de este ensayo puede causar confusiones. Esta es precisamente mi intención. Pero no se preocupen, porque, en cierto modo, vivimos en una época de confusión. Para comenzar, diré que la palabra «meta» aquí no tiene nada que ver necesariamente con el origen griego de dicho término, con el significado de más allá, ulterior, excelsior, non plus ultra, etc. Tampoco tiene que ver con el sentido que se le da en los deportes, como la «meta» del portero de fútbol (soccer) o de hockey (goalie), ni de la meta de los corredores de carreras (the finish line), ni con la meta de los francotiradores (el blanco/the target). Mejor dicho, sí tiene que ver con todos estos significados. Poniéndolo en otros términos, el título de mi ensayo podría muy bien substituirse por otros, como el de Los críticos a la violeta o La derrota de los pedantes. Estos títulos de los siglos pasados tenían en común entre ellos, y con los nuestros de hoy día, dos cosas: el humor y/o seriedad de los críticos y el escepticismo y/o dogmatismo de los mismos. En vista de esto, y desde hace unos diez años, he venido sufriendo de un síntoma de seriedad humorística y/o de humor histérico-agónico, como crítico y ante la crítica, y parece amenazar mi integridad y balance psicológicos. No kidding!

Un ejemplo. El día 19 de marzo de este año de 1982, llegó a mis manos el libro titulado A Decade of Chicano Literatura (1970-1979), editado por don Luis Leal, Francisco Lomelí, Fernando de Necochea y Robert Trujillo, y publicado por la editorial La Causa. Como los dos primeros son muy buenos amigos míos, le eché una ojeada al libro, ¡qué remedio! Aunque no lo leí todo (porque tenía que sentarme, por fin, a escribir este ensayo), sí leí el único artículo de crítica, por Carmen Salazar Parr, titulado Literary Criticism. Quizás por curiosidad, quizás por educarme más en lo de la crítica, quizás para encontrar más material para este ensayo, o quizás porque no tenía otra cosa que hacer en ese momento, lo leí. Pero aquí viene lo interesante. Carmen presenta y analiza tres artículos de tres críticos que yo ya había leído anteriormente: From the Critical Premise to the Product, de Joseph Sommers; The Space of Chicano Literature, de Juan Bruce-Novoa; y A Dialectic of Difference: Towards a Theory of the Chicano Novel, de Ramón Saldívar.

Tengo que confesar que inmediatamente me vinieron dos ideas contradictorias a la mente: una de seriedad y otra de comicidad. Terminé de leer el artículo de Carmen Salazar y dije: «Good/Bien». Después me asaltó la picardía, el guiño picaresco. Me asaltaron los cartúns (y eso que apenas veo televisión). ¡Qué cosa! Imagínense ustedes ver a mi amigo Juan Bruce-Novoa con su Chicano Literary Space, como a un Incredible Hulk levantando un cadillac lowrider y, después de tenerlo encima de la cabeza, se le cae y lo aplasta. O a mi amigo Juan tratando de abrir Chicano space, como a Tarzán abriendo space y swinging entre dos árboles y después que se le caiga un coco en la cabeza, haciéndole un chichón o chipote. O a mi amigo Juan tratando de abrir Chicano space, como Sansón, cuando, de repente, se le cae el templo encima. Bueno, no offense. A Joseph Sommers no pude representarlo, porque ya está descansando en el reino de los justos. A Ramón Saldívar no pude caracterizarlo, porque no lo había conocido antes. La verdad sea dicha: ganitas me dieron, pero me di cuenta de que podía confundirlo con su hermano José, y eso sería un poco unfair, aunque muy bien podría aplicarse aquello de que «de tal palo tal astilla». Pero bueno, lo dejé. Lo dejé por un breve momento. To the point: no hay que tomar muy en serio las cosas, especialmente lo de la crítica literaria. No, miento. La crítica literaria la tomamos (la debemos tomar) muy en serio, sobre todo cuando buscamos la tenure mentada (o ternura, como dice mi amigo Juan, no Bruce, sino el bigotudo Rodríguez, el de la Carta abierta).

Pero volviendo al artículo de Carmen Salazar Parr, allí nos presenta a Ramón, no a su hermano José, Saldívar. Aunque no puedo caricaturizar a Ramón, como dije (por no conocerlo todavía), sin embargo me asaltó la imagen de Santo Tomás de Aquino, con su Summa Theologica, proponiendo sus tesis, sus distingos, sus sub-distingos y sus contra-distingos. Su escolasticismo ontológico y su malabarismo de sutilezas intelectuales. Un prestidigitador de hilos invisibles. En fin, así me lo figuré yo a Ramón, que no a José. No offense. Al contrario, mi admiración.

Después de analizar a los tres críticos, Carmen Salazar me cita a mí, en una nota (la n.º 6, para ser exacto y preciso), y dice: «Justo [S.] Alarcón summarizes existing critical approaches and their relationship to Chicano Literature, but does not advocate any one method nor does he focus on a specific text. Nevertheless, his classification is clear and very useful». Gracias, Carmen. ¿Y saben qué? She is right. She is right en lo de «he does not advocate any one method», y no como decía una vez otra crítica (marxista, sin duda) que yo abogaba por una aproximación «culturalista». En parte tenía razón, porque a mí un «menudo» los domingos por la mañana me cae muy requetebién, como una musiquita de mariachi, de vez en cuando, me saca de muchas tristezas, que son la mala salsa de la vida. Como decía mi amigo (well, that of amigo no estoy tan cierto de ello) Unamuno: «A mí no me encasilla nadie».

Y, hablando de encasillamientos, no hace mucho andaba yo en mi carro medio destartalado por las calles de San Diego, Califas, buscando a un amigo (que, por cierto, y dicho sea de paso, dejó hace algún tiempo la profesión de crítico) y que vivía aledaño de La Jolla (con ll -otros le llaman «La joda», no sé por qué, quizás porque fue y todavía es un lugar de desmadres). Tenía yo puesta la radio en una de esas tantas estaciones con que se divierte y mata el hambre la Raza. Y, ¡qué cosa!, estaban tocando el sangriento corrido de Rosita Alvídrez. La casualidad (¿coincidencia?, ¿determinismo?, ¿fatalidad?) me puso allí y me condujo por las calles altamente burguesas, adornadas de jardines y rosas color rojo (¡qué ironía!) de la aristocracia académica. Rosita «La Joya» Alvídrez. Difícil de parear. Mi mente giraba en un torbellino de contradicciones. Comencé a autoexaminarme (¡honradamente!) y me asaltó la ofuscación. Allí, ante las sacrosantas paredes del recinto de la inteligencia tercermundista, mirando al mítico («místico», como quieren algunos críticos y críticas marxistas) mar y engolfado por la más alta burguesía capitalista... «¿Qué clase de aire respira esta gente?», me pregunté. Y entonces vi, en visiones caleidoscópicas, al venerable Joseph Sommers soplando el polvo centenario que cubría media docena de libros ultramarinos y apergaminados, y que, a pesar de los pesares, inhalaban y exhalaban rítmica y ritualísticamente sus aprendices (dia)crónicos y (dia)crónicas, (ana)crónicos y (ana)crónicas, en fin, crónicos(cas). En suma, una visión de machacasesos y de apachurracerebros (o sea, un champurrado). «Pobre Rosita 'La Joya' Alvídrez, ametrallada por las balas intelectuales de una pistola culturalista hecha en Munich o en Jamestown...», pensaba yo meditabundo.

Mi amigo ex-crítico dio unos golpecitos en la ventana de mi carro proletario y, sobresaltado, le prorrumpí: -«¡No me mates, no me encasilles!» -«¿De qué estas hablando», me preguntó. «¡Cómo te ha puesto la (c)academia!», añadió. Me llevó a un bar (de esos burgueses y jollanos -con ll, pliiisss) en donde pidió cerveza Michelob y cacahuates marca Cashews. Otra vez se me quería escapar la mente a los días de hambre proletaria(da). Pero, no acepté. No acepté por miedo a caer en la dialéctica día-anacrónica de mi corta historia. Porque yo sé (de eso estoy muy cierto) que estos brutos (c)académicos me llevarían a un shrink de los suyos, cuando mi cura no radicaría (de esto también estoy muy seguro) en lo de la (p)sique, sino en lo de lo (sin-día)crónico.

Y, ahora sí, ya me voy a «poner serio», que es el consejo que me dio el otro día mi amigo Miguel Méndez en la entrevista que le hice, y que aparece en el último número de La Palabra que acaba de salir del horno (esto me suena a commercial, ¿no creen?). Y, hablando de amigos, ¿han notado ustedes cuántos amigos tengo? Pues, pongámonos serios. Que conste para los records: yo tomo muy en serio todo lo que hacen los críticos cuando trabajan en serio y tratan de abrir «espacio/space», es decir, el espacio que le corresponde a la intelectualidad chicana, sea cual fuere ésta. Tenemos que respetar al crítico(a) honrado(a), porque es un deber y un quehacer sagrado. Tanto el crítico como el autor de ficción, tanto el método de análisis como el texto analizado, son actividades serias que debemos respetar. Pero toda esta actividad seria puede decaer en fanfarronería. Entonces corre un peligro, que ya se ha visto con demasiada frecuencia: el de «los eruditos (o críticos) a la violeta» o el de «la derrota de los críticos pedantes».

¿De qué estoy hablando? De caer (o no caer) en la propia trampa. Alguien ha sellado humorísticamente algunos términos (y vaya esto en paréntesis, por no tratarse de términos muy santos), relacionados a nuestra profesión «(c)académica», como el de «literatontos», los dedicados a la literatura y «antropolocos», los dedicados a la antropología (déjenselo Juan «Bigotes» Rodríguez y a su Carta abierta -o Carta cerrada, porque ya no sale. Le echó la llave). ¡Chihuahua!, la Raza no se aguanta. Bueno, siguiendo con la vena humorística, también podríamos bautizar (o rebautizar) a otros críticos de la literatura como «fumalistas» o «famalistos», como «estrujoralistas» o «estultoralistas», como «maximalistas» o «maximoralistas», como «arquitipistas» o «archivotipistas», etc., es decir «los demás» (a quienes bien se les pudiera clasificar de «etceteralistas»).

Volviendo a «la derrota de los pedantes», y ejercitando un poco la fantasía, ¿pueden ustedes imaginarse a los críticos marxistas con sus melenas alborotadas y con su bíblica Das Kapital en un simposio o congreso literario, dándole en la cabeza a la audiencia, renegando contra los críticos arquetípicos culturalistas y proclamando su infalible approach? O, ¿se imaginan ustedes a un crítico estructuralista vestido de cirujano, como los que aparecen en MASH, tratando de desinfectar, cortar y esqueletizar estructuralmente a un paciente, pero con guantes epidérmicos y mascarilla blanca para no infectar al paciente ni ser infectado por éste, debido a su contacto con el contexto socio-histórico? No kidding!

Y bien. ¿De qué se trata aquí? Simplemente del acto de la lectura -del leer. O sea, de aproximarnos al texto literario. Parafraseando al compañero Lauro Flores, quizás se trate de un asunto simple y sencillo y que nosotros, en el afán de críticos y eruditos inflados, lo compliquemos demasiado. Quizás el proceso crítico sea complicado en sí y, en nuestro afán de captarlo en su totalidad, sintamos frustración al no lograrlo. Quizás, y esto no es de Lauro, en nuestro afán de superar esta frustración de limitación intelectual, nos volvamos un tanto fanáticos y nos aferremos a «nuestro método», a «nuestra aproximación», a «nuestro acercamiento»; en una palabra, a «nuestra infalibilidad». No nos olvidemos de que las obras clásicas, pongamos por ejemplo a Don Quijote, han sobrevivido a tantos críticos y a tantas escuelas. No nos olvidemos tampoco de que, al contrario, estas escuelas y acercamientos han cambiado de moda, de que algunos críticos «infalibles» en un momento dado fueron fieles a su aproximación dada y, cinco años después, cuando apareció otra moda, cambiaron de acercamiento crítico, como se cambia uno de saco, de camisa o de blusa. Conozco yo a algún crítico (no chicano precisamente) que ha cambiado de moda crítica cuatro veces en doce años. Un «record», ¿verdad? ¿Se imaginan ustedes cuántos críticos, basados en una docena o veintena de acercamientos, se han aproximado críticamente a El Quijote, han escrito centenares de libros y miles de artículos sobre esta novela y todos, -¡válgame Dios!-, están llenos de polvo y nadie los lee? Entre tanto, Don Quijote se sigue leyendo después de cuatrocientos años y Cervantes, en la tumba, se esté riendo muy probablemente de los críticos. Y quien dice de Cervantes y de Don Quijote, se puede decir de Shakespeare y sus obras, o de algunos autores modernos chicanos, como Miguel Méndez o Rudolfo Anaya, vilipendiados a veces por algunos críticos.

Las preguntas afloran: ¿por qué cambiamos de modas, pues? Si nos aferramos fanáticamente a una moda dada en un momento dado, ¿cómo es que nos atrevemos a cambiar cinco años después? ¿Qué le pasó a la certidumbre doctrinaria de hace cinco años? ¿Cómo podemos estar seguros de que ahora sí, ahora poseemos la verdadera aproximación, la moda infalible? Imagínense ustedes a un amigo crítico marxista, recientemente converso al estructuralismo, dándole en la cabeza con sus estructuras esqueléticas a un viejo marxista y diciéndole: «Fanático, fanático, fanático doctrinario. Yo sé que estás en un grave error. ¿No ves que la obra de arte literaria es una macro-estructura en sí, que se integra sincrónicamente de un sinnúmero de micro-sub-estructuras concatenadas entre sí para formar una formidable forma estructurada, estructuradora y estructurizante, que se mantiene independientemente de todo contexto socio-histórico, puesto que ese contexto está encarnado y encadenado dialécticamente en esa concatenación de mini-sub-estructuras?» El ex-estructuralista, y recién converso al marxismo crítico, azotando su Biblia crítica en el aire, le devuelve a su contrincante: «Burgués, burgués, burgués esquelético. ¿No ves que tus estructuras nadan en el aire y que no tienen sostén ni forma si las desprendes del contenido que las informa?» Y ahí continúan los dos críticos dándose en toda la torre durante horas y horas. Entre tanto, pasan dos andrajosos y deshilachados autores y se les quedan mirando. Uno observa: «Camarada, es el cuento de la gallina y del huevo. ¡Qué pena! A estos dos los ha vuelto locos la mentada (c)academia». Pero, por allí andaba también un despistado filósofo chicano y romántico culturalista que, con el pelo alborotado a la Toscanini, se atrevió a hacer de árbitro y a decirles a ambos bandos: «Pero, ¿qué se traen ustedes? ¿No ven ustedes dos que son unos doctrinarios occidentalistas perdidos? Los alemanes, los checos, los rusos, los de las escuelas de Chicano y de Kentucky, es decir, los nórdicos (¡que no los «norteños»!) les han estrujado y apepenado sus cerebros y sesos y no pueden pensar sino a lo gringo? Ustedes están bien tapados, constipados y..., como dice la canción, 'por eso estamos como estamos'».

Y bien. Dejando de lado la ficción, reflexionemos un poco a modo de conclusión. Un crítico toma en sus mansos un texto dado. Este texto fue escrito por un autor X. El autor, si ha de ser genuino, expresó una visión parcial de su mundo en ese texto. No nos olvidemos que se trata de una obra, de un texto entre varios que ha escrito o que pudo haber escrito ese autor. Por tanto, es un gajo, es una parte o porción limitada de su ya limitada visión del mundo, de su mundo. No nos olvidemos tampoco que el crítico, por su parte, se aproxima al texto con una experiencia limitada y una actitud ya preconcebida. Este crítico X ha pasado por el filtro de múltiples experiencias, ya sean personales, ya sean académicas. En otros términos, se aproxima al texto con su propio bagaje, en la mayor parte de los casos, preconcebido y predeterminado y, por tanto, limitado. Si el texto en sí, como queda dicho, es una visión limitada de un autor que, por muy experimentado que esté, posee una experiencia limitada y si, por otra parte, el crítico se acerca a este texto limitado con una aproximación limitada, la suya, basado en unas experiencias que, por muy vastas que sea, son también limitadas, ¿qué se puede esperar? Dos cosas, por lo menos: o que el crítico, además de su acercamiento, acepte el acercamiento de otro crítico como válido, o que lo contradiga o niegue como inválido, por estar errado. En el primer caso, tenemos una situación no sólo de tolerancia intelectual, sino también de progreso hacia un enriquecimiento, aunque limitado, de significados textuales. En el segundo caso, tenemos una situación de adoctrinamiento en un evangelio que, en lugar de abrir posibilidades de significados, cierra las puertas a esas posibilidades y a todo diálogo intelectual e inteligente.

Tengo el presentimiento, basado en lo que he leído y oído (y creo que algunos de ustedes estarán de acuerdo conmigo) que, desgraciadamente, se da con demasiada frecuencia el segundo caso: es decir, el de la aproximación limitada, unilateral y tendenciosa, por no decir fanática. ¿Estamos quizás ante un caso de psicología desviada y ante un caso de complejo de inseguridad por parte del crítico o se trata más bien de un caso de honradez intelectual que busca un avance en el desarrollo de los significados múltiples de la experiencia hispano-chicana a través del texto literario? Pensemos en aquello de «la derrota de los pedantes».