La mano. Conversaciones femeninas
Concepción Gimeno de Flaquer
¿No os parece extraño, señoras mías, que los poetas, esos seres idealistas que se pasan la vida entonando trovas a nuestros ojos, negros como las alas de la noche, o azules como el cielo; a nuestros dientes de perlas, cabellos de oro, y labios de coral, no os parece extraño, repito, que se hayan olvidado de poetizar la mano?
La mano merece entusiasta apología por ser uno de los miembros más nobles del cuerpo humano. Cuando se quiere unir un hombre a una mujer con indisolubles lazos, no pide su corazón, pide su mano.
Si la mano representa tan gran papel en la escena más importante del drama o la comedia de la vida, ¿por qué desdeñarla?
La mano ha empuñado el cetro de Carlo Magno y la espada del Cid; ha guiado el cincel de Miguel Ángel, la pluma de Dante, el buril de Cellini y el pincel de Ticiano.
Conócense los instintos aristocráticos de una mujer por su mano, como conocía por esta el Dr. Falret el estado intelectual de las personas que le presentaban en la Salpetrière. La mano de la mujer distinguida tiene nívea epidermis, al través de la que se ve el fino tejido de las venas, dedos largos y finos, uñas sonrosadas.
Debemos cuidar mucho la mano, lectoras mías, porque la mano tiene expresión como el rostro; esto es tan cierto, que las terribles patas de gallo, esas crueles arruguillas que estropean los ojos declarando despiadadamente la perdida juventud de la mujer, también se ensañan en la mano. Conocí a una señora muy elegante casi sexagenaria, que habiendo echado anclas en los cuarenta años, trataba de defenderse heroicamente contra la vejez, ayudada por su bello rostro que conservaba todavía frescura juvenil, pero su derrota era la mano; batíase contra esta desesperadamente, poniendo por escudo el guante que jamás olvidaba: la castidad de Lucrecia no era comparable con la castidad de aquella mano, que por no presentarse nunca desnuda pudiera haber simbolizado el pudor. La dama en cuestión habíase acostumbrado a escribir, a tocar el piano y a comer con el guante puesto, de tal modo, que sus dedos ostentaban la mayor flexibilidad; el guante llegó a ser para ella una película natural que no le impedía el tacto. Gracias a esta perseverancia de la que solo es capaz el sexo femenino, murió aquella señora sin que sus admiradores descubriesen el secreto mejor guardado por la mujer, el secreto de su edad.
Con el nombre de quirognomonia existe la ciencia del diagnóstico moral de la mano: sabida es la importancia que adquirió en la antigüedad la quiromancia que tenía por instrumento principal la mano. En aquella época la quiromancia o adivinación por las líneas de la mano, fue una ciencia seriamente estudiada por los egipcios, ciencia que no había descendido cual hoy, hasta esa insulsa perisología que los gitanos denominan buenaventura. Filósofos y sabios como Platón, Tolomeo, Avicena, Averroes y Aristóteles, la ejercieron: habiendo encontrado este en el altar de Hermes un libro escrito en letras de oro, que se ocupaba de la misteriosa ciencia, envioselo al valiente fundador de Alejandría para que lo consultara.
La ciencia de leer lo porvenir en las líneas de la mano tuvo muchos adeptos; los cabalistas consideraban la mano como el microcosmo activo del ser humano; en tal concepto, encerraba para ellos signos misteriosos que revelaban la armonía entre la constitución física y moral de la criatura, presagiando claramente su futuro destino.
El quiromántico alcanzó más importancia que el astrólogo y el alquimista; viosele en las gradas del trono, en el castillo feudal y en el gabinete de la opulenta dama.
Mas no creáis que por haberse inhumado la quiromancia, deje de ser la mano el anunciador de la suerte o la desgracia, preguntádselo a un hombre enamorado; para este la mano de su adorada es la brújula que le hace navegar. Siendo la mano el miembro activo y expresivo por excelencia, sábese al estrechar la mano de una mujer los grados que marca el termómetro del amor en su corazón.
La mujer más célebre por la belleza de la mano fue Ana de Austria, la augusta madre de Luis XIV. ¿Deseáis saber quién era esta reina? Aprovecho la oportunidad para presentárosla.
Ana de Austria, hija de Felipe III de España fue una mujer poco feliz: casáronla cuando solo contaba trece años de edad con Luis XIII, denominado el rey de los castos amores por sus pasiones platónicas hacia Mile, de Hautefort y hacia Luisa de Lafayette.
Ni amó a Luis XIII ni este la amó, y la altiva hija del rey de España vio lastimado su amor propio en presencia de la Corte, más de una vez, por las galanterías de su regio consorte tributadas a varias damas palatinas.
Mientras vivió Richelieu, Ana de Austria tuvo un papel secundario en los negocios públicos, porque el poderoso Ministro, que era hábil político, le disputó la ingerencia en ellos. Al ser Regente del Reino empezó a saborear las dulzuras de la libertad; mas poco acostumbrada a la iniciativa, entregó a Mazarino tácitamente el poder, en lo que obró acertadamente, porque aquel cardenal tenía gran talla como hombre de Estado.
Cuando por su mayor edad tomó Luis XIV las riendas del Gobierno, encerrose Ana de Austria en su retiro de Val-de-Gràce, que embelleció, dotándolo de una iglesia y de varios edificios y jardines. Allí murió en el año de 1666, víctima de un cáncer en el pecho, aquella desgraciada mujer que cometió ligerezas perjudiciales a su reputación, sin haber llegado a sentir nunca las tiernas emociones del verdadero amor.
Esta Reina dotada de muy bella mano, no la tuvo buena en ninguno de los negocios en que puso mano, y sin duda por tal razón los poetas que lo cantan todo, escribiendo hasta
Un soneto al bostezo de Belisay al resbalón de Inés otro soneto,
no han elegido por numen la linda mano de la orgullosa reina de Francia, hija de Felipe III, esposado Luis XIII y madre de Luis XIV.
Creo que se me ha corrido la mano en la extensión de este artículo, que os he lanzado de manos a boca, sin tener buena mano para escoger el asunto, habiéndolo acometido a mano armada, porque no dijérais que permanecía en esta semana mano sobre mano, y por no querer dar de mano al gusto de conversar con vosotras.
Ya que estamos hablando mano a mano, os suplico no digáis que estas líneas son insoportables, para que no salga yo con las manos en la cabeza.
Viendo que no tengo mano certera para tratar de la mano, y que no he de saber dar la última mano a mi escrito, cortar este artículo será curar con mano de santo el hastío que estaréis sintiendo. De todos modos, conste que he obrado a manos limpias o lo que es lo mismo, con todo desinterés al querer distraeros un rato, y que si he cargado la mano en minuciosidades, es porque creía salir de mi empeño como por la mano, o sea, fácilmente; mas como dar en vuestras manos es dar en muy buenas manos, me consuela la esperanza de que no descargaréis vuestra linda mano, sobre
Concepción Gimeno de Flaquer
México, octubre 7 de 1889.