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Sintomática de una voluntad de afirmación contra la omnipresencia de personajes «extranjeros» puede ser la siguiente precisión a propósito de Guerra a muerte, la maquinista continuación de El crimen de Talabarte de Pedro J. Solas: «narración dramática cuyos personajes son españoles...».
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No obstante, el presentar aparte las Obras de Paul de Kock (87 títulos en 1876 en el catálogo de la Librería Perdiguero) o de Chateaubriand o J. Verne, puede ser un indicio de que existe cierta demanda más experta de obras de autores extranjeros con fama.
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Observa Clarín que la mayor parte de los españoles «dicen Zola como suena en castellano, con z española, no francesa, y sin hacer la voz aguda». También se puede encontrar Victorienne (por Victorien) Sardou o Pablo Febal (por Feval).
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«no hemos traducido ni los apellidos ni los nombres de calles y edificios consagrados ya por el uso y que nada significan en castellano; porque esta pretensión de españolizarlo todo nos parece singularmente extravagante. Llamar en castellano al pintor Mr. Gros el Sr. Gordo, a Mr. Le Sage el Sr. Sabio, al mariscal Mortier el mariscal Almirez, equivaldría a llamar en francés a nuestro divino Calderón Mr. Grand-Chaudron o cosa por el estilo»
, precisa Eugenio de Ochoa, traductor de Notre Dame de Paris (Lafarga, 2008: 29) pero los personajes se llaman Gringorio, Flor de Lis, Claudio Frollo, capitán Febo, Juan Valjean, Javert.
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En los prólogos a las traducciones de obras de Hugo, aunque no siempre se destaca el que se trata de un autor «extranjero» casi siempre se marca la diferencia entre el original y la traducción (Lafarga, 2008: 62, 102) y la dificultad de traducirlo, pero, como dice un prologuista, «no hay lengua a que no se traduzcan cuantas obras salen de su pluma. España no ha de ser menos»
(Lafarga, 2008: 61.)
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Como en la primera traducción de Oprimo Basilio, cuando Eca de Queiroz dice que Saavedra "a todas prefería a mulher española", el traductor escribe "a todas las mujeres prefería las españolas", poniendo la siguiente nota: "Saavedra daba pruebas de buen gusto" (p. 194).
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«Me obligo desde hoy a hablar un lenguaje Galo-Hispano que es el que conviene a nuestra patria, a fin de librarla de su bárbara lengua»
, escribía el autor de Mis ratos perdidos o bosquejo de Madrid en 1820 y 1821. Obra escrita en español y traducida al castellano por el autor (Madrid, 1822).
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La traducción, como ejercicio de imitación e impregnación, es parte integrante de la formación del escritor y lo acompaña durante toda su vida creadora (véase las traducciones de Racine por el joven Alas, las «versiones» de Gerardo Diego, las «imitaciones» de Jorge Guillén, las traducciones de Eminescu por Alberti, etc. (Díez de Revenga, 2007), por ejemplo.
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Véase, por ejemplo, la presentación editorial de la versión castellana de Los miserables en la «Biblioteca de novelas populares» publicada en Valencia: «La novela... está completa»
; «la parte novelesca, la parte de acción, interesante, romántica, generosa, es la que publicamos íntegra, entiéndase bien, ÍNTEGRA en este Biblioteca. Lo suprimido son las reflexiones que sugieren al poeta personajes, lugares y sucesos»
. En esta edición no solo se ha incluido «todo lo esencial, sino una buena parte de reflexiones y disquisiciones accesorias, pero pertinentes». Conclusión: «el que, aparte lirismo y reflexiones pseudo-filosóficas, humanitarias, entusiastas y generosas, quiera leer la novela, la parte de acción, la dramática historia de Juan Valjean, compre esta edición, en la seguridad de salir bien servido»
(Lafarga, 2008: 140-141), siendo la «única traducción completa que conocemos»
la de Fernández Cuesta.
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Véase, por ejemplo, el primer inventario de escritoras-traductoras españolas en Ramírez (2007).