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Esta creencia cristiana tradicional se encuentra en las obras de Cervantes: «el bien y el mal distan tan poco el uno del otro, que son como dos líneas concurrentes, que, aunque parten de apartados y diferentes principios, acaban en un punto» (Persiles, II, 277, 4-7). En Dios se incluyen el pasado y el futuro: «para El no ay pasado ni porvenir, que todo es presente» (III, 323, 8-9). De igual modo Dios causa los sucesivos estados contrarios que se encuentran en la naturaleza: «la noche al día, y el calor al frío,/ la flor al fruto van en seguimiento,/ formando de contrarios igual tela» (La Galatea, II, 110, 22-24).



 

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«Con quánta facilidad discurre el ingenio de un poeta y se arroja a romper por mil imposibles» (Persiles, II, 18, 17-20). Esto es también lo que el caballero andante debería hacer, según Don Quijote: «éntrase en los más intricados laberintos, acometa a cada paso lo imposible» (III, 223, 4-5).



 

662

Riley, Teoría, pág. 158.



 

663

John J. Allen, Hero or Fool? [Part I], pág. 3.



 

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Como Unamuno explica en su ensayo «A lo que salga» (Almas de jóvenes, Colección Austral, 499, 4.ª edición [Madrid: Espasa-Calpe, 1968], págs. 81-97, en las págs. 83-84), el escritor ovíparo «hace un esquema, plano o minuta de su obra, y trabaja luego sobre él; es decir, pone un huevo y lo empolla», mientras que un escritor vivíparo gesta la idea de su obra en su mente, y después «empieza por la primera línea, y, sin volver atrás, ni rehacer ya lo hecho, lo escribe todo en definitiva hasta la línea última». La inspiración cervantina de la formulación de Unamuno es evidente.



 

665

Capítulo 1, nota 118; capítulo 4, nota 448.



 

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La cuestión religiosa en la caballería andante de Don Quijote aparece por primera vez con la vela de las armas; es una parodia, como lo son sus exageradas pretensiones de selección divina (I, 109, 15-21; I, 261, 17-32; I, 264, 20-23; III, 39, 20-24), y la temprana referencia a su santa «vida y milagros» (I, 128, 28). Sin embargo, la evolución de los caballeros andantes empieza con la conversación con Vivaldo, en la que se les llama «ministros de Dios en la tierra» (I, 168, 19-170, 23). Además de este episodio y del discurso sobre las armas y las letras, véase I, 245, 2-4; III, 211, 25-27; III, 222, 7-223, 13; IV, 204, 18-205, 9; y la reconstrucción del parecer de Cervantes sobre la caballería cristiana en el capítulo 2 de este libro.



 

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Las investigaciones de Cervantes sobre la caballería, tratadas en el capítulo 1, deben de haber coincidido con la redacción de la Primera Parte. También es probable que conociera, mientras estaba escribiendo la Primera Parte, la Philosophía antigua poética de López Pinciano, cuya influencia puede verse hacia la conclusión. Otra obra que Cervantes probablemente no conocía al empezar la Primera Parte, pero que bien pudo haber leído antes de concluir la Segunda Parte, es la del erasmista Jerónimo de Mondragón, Censura de la locura humana y excelencias della (Lérida, 1598; estudiada por Ronald Surtz, Nueva Revista de Filología Hispánica, 25 [1976], 352-363). Su visión favorable de la locura es incompatible con el principio de Don Quijote, pero su frase bíblica con que acaba, «stultorum infinitus est numerus», es citada intencionadamente en III, 70, 28. Sin embargo, es discutible si Cervantes conocía este libro (véase Marcel Bataillon, «Un problema de influencia de Erasmo en España: el Elogio de la locura», en su Erasmo y el erasmismo [Barcelona: Crítica, 1977], págs. 327-346).

La evolución de los puntos de vista de Cervantes en su carrera de escritor merece un estudio más detallado.



 

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Véase II, 382, 2-4. Como ha señalado Clemencín al hacer anotaciones al capítulo (nota 11 de I, 51) hay deficiencias evidentes en la historia de Leandra acerca de sus tres días con Vicente de la Rosa, como ya sospechaban los que la oían (II, 385, 10-11). Probablemente lo que rompería la aparente tranquilidad del estado de estas cuestiones, y confirmaría la opinión de Eugenio acerca del «poco discurso» de las mujeres (II, 387, 24), es su gravidez.



 

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La «Canción desesperada», la «Novela del curioso impertinente» y probablemente la «Historia del cautivo».

El episodio de Sancho, gobernador, que no fue incluido tal como se había escrito originalmente («no le traduxo su intérprete como él [Cide Hamete] le avía escrito» [IV, 64, 7-8]), también puede ser un ejemplo. La conclusión del capítulo 51 de la Segunda Parte parece un final, con una rápida acumulación de detalles, que son el resultado de la acción que le ha precedido, y un enlace entre el tiempo de la historia y el presente («hasta hoy»). Es similar a los finales del Persiles y de todas las Novelas ejemplares que Ruth El Saffar data como posteriores a 1606 y sólo de ellas: «La gitanilla» («mientras los siglos duraren»), «El amante liberal» («aún hasta hoy»), «La española inglesa» («aún hoy»), «La fuerza de la sangre» («ahora viven»), «La ilustre fregona» («aún vive... hoy»), «Las dos doncellas» («hasta hoy»), y «La señora Cornelia» («siempre»). Cuando recordamos que el gobierno de Sancho se introduce con la queja de que no podían incluirse «novelas sueltas ni pegadizas», todo eso nos lleva a sugerir que el episodio existía independientemente de Don Quijote, y que fue incorporado de una forma distinta a la de los cuentos de la Primera Parte.



 
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