Por ejemplo, «autores ay que dizen que la primera aventura que le avino fue la del puerto Lápice» (I, 59, 30-32); «el bachiller fue luego a buscar el cura, a comunicar con él lo que se dirá a su tiempo» (III, 101, 3-5); «esperava entretener el tiempo hasta que llegase el día de las justas de Zaragoza, que fue el de su derecha derrota» (III, 236, 2-4). El gobierno de Sancho es anticipado en su afirmación «yo he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para regir reinos y governar ínsulas» (III, 78, 4-6), y «más fueron los sospiros y rebuznos del ruzio que los relinchos del rozín, de donde colegió Sancho que su ventura avía de sobrepujar y ponerse encima de la de su señor» (III, 110, 26-29); el infeliz desenlace puede preverse en «tan bien, y aun quizá mejor, me sabrá el pan desgovernado que siendo governador. Y ¿sé yo, por ventura, si en esos goviernos me tiene aparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las muelas?» (III, 77, 15-20), y «sólo le oyeron dezir que cuando tropezava o caía, se holgara no haver salido de casa» (III, 111, 2-4).
El presagio incluso se olvida: «al tiempo de su fin y muerte dizen que se retrató della [su descripción de lo que ocurrió en la cueva de Montesinos]» (III, 303, 2-3); naturalmente Alonso Quijano no hace tal cosa.
Cuando puede predecirse, la acción es menos interesante. Cuando Sancho cae en una sima sabemos que será rescatado; sabemos que Don Quijote no vencerá a los molinos de viento; sabemos que Dorotea se reconciliará con Fernando. Estos episodios y otros similares contrastan con las sorpresas que contienen episodios favoritos como el encuentro con los batanes y la bajada a la cueva de Montesinos.
Para referencias, véase el capítulo 4, nota 406.
II, 350, 13-20; IV, 166, 17-21; El rufián dichoso, II, 66, 2; II, 69, 23-24; II, 70, 15-16; II, 89, 8-9; y II, 95, 10. Tales milagros y visiones eran pruebas de la existencia y naturaleza de Dios.
Estas famosas citas (todas de Persiles, I, lv-lix) lo indican todo menos confianza en la vida eterna y aceptación serena de una muerte que se aproxima: «el tiempo es breve... el deseo que tengo de vivir... me volviese a dar la vida.... Si a dicha, por ventura mía, me diese el cielo vida.... Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos ganas de dezilla, y yo mayor gana de escuchalla.... Tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo.... Yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida». Debe observarse que Cervantes señala «la voluntad de los cielos» y «el cielo» como los que rigen su destino; únicamente se menciona a Dios con relación a lo que se deja atrás («guarde Dios a vuesa excelencia»; «a Dios, gracias; a Dios, donaires; a Dios, regozijados amigos»).
Unos cuantos ejemplos: «se encaminó hazia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote dezía» (I, 90, 2-4); «pensativo a demás quedó don Quijote, esperando al bachiller Carrasco» (III, 60, 5-6); «[Basilio] siempre anda pensativo y triste» (III, 243, 1-2); «seis días estuvo don Quijote en el lecho [después de su derrota], marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento» (IV, 322, 28-31). Significativamente, según un conocido refrán la ociosidad es la madre de todos los vicios («Coloquio de los perros», III, 167, 31), y del pensamiento («Coloquio de los perros», III, 181, 9-10).
«"Me avéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto: aora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo...." Las palabras... dezía como si con dolor inmenso las sacara de las entrañas» (III, 284, 25-285, 7).
En mi opinión, tenemos aquí la fundamental distinción entre novela y romance, sobre la que recientemente se ha vertido tanta tinta. El romance es teísta; el triunfo final de la bondad está asegurado; el mundo tiene sentido; todos pueden alcanzar la vida eterna en el cielo. La novela es atea; su mundo puede tener sentido, pero también puede ser espantosamente carente de sentido; el mal, al igual que el bien, puede triunfar; no hay inmortalidad.
«Todo muchacho sano se deleita con las aventuras de Don Quijote con el franco regocijo de la juventud, pero así no se descubre a Cervantes» (W. J. Entwistle, citado por Russell, «Risa a carcajadas», pág. 412).
Mientras que algunos, como los Schlegel, se aplicaban a sí mismos el calificativo «romántico» con orgullo, cuando se aplica a los demás es más a menudo un término despectivo. Uno de los primeros ejemplos: «como siempre se entiende el calificativo romántico en el sentido de negar razón lógica a todo aquello a lo que se aplica, su defensor será alistado con los héroes de los cuales Don Quijote es comandante en jefe desde tiempo inmemorial» (John Foster, «On the Application of the Epithet Romantic» [1805], citado por George Whalley, «England/Romantic-Romanticism», en Romantic and its Cognates, págs. 157-262, en la pág. 187). Para más comentarios acerca de los románticos, véase el Apéndice.