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Antes había dicho que «el cavallero andante sin amores era... cuerpo sin alma» (I, 55, 26-28). Éstas son exactamente las palabras usadas por López Pinciano para describir a los lectores de los libros de caballerías: «los lectores y autores dellas [fábulas milesias o libros de caballerías], cuerpo sin alma» (III, 177-178).



 

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I, 85, 24-25; II, 58, 10 y 21; III, 143, 2-4.



 

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«Si no fuesse por el valor que ella infunde en mi braço... no le tendría yo para matar una pulga.... ¿Quién pensáis que ha ganado este reino... si no es el valor de Dulzinea, tomando a mi braço por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser» (II, 58, 24-59, 2). Este tipo de habla tiene evidentes connotaciones religiosas, y se parece mucho a la declaración de Calixto en el Acto I de Celestina, que es «melibeo», de la religión de Melibea.



 

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I, 375, 8-12. Sin embargo, quiere que le confiese «otro ermitaño», con quien podría «consolarse».



 

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III, 201, 32. El Gran Capitán: Hernán Pérez del Pulgar, Breve parte de las hazañas del excelente nombrado Gran Capitán, en Crónicas del Gran Capitán, ed. Antonio Rodríguez Villa, Nueva Biblioteca de Autores Españoles, 10 (Madrid: Bailly-Baillière, 1908), págs. 555-589, en la pág. 586a. Los Caballeros de la Banda tenían que oír misa todos los días (Doctrinal de los cavalleros, fol. Q8r); los del Paso honroso, que Don Quijote menciona (II, 367, 10-11), también la oían; era su «ordinaria costumbre» (capítulo 23; también págs. 21a, 23a, 35b, 41b, 51a, etc.).



 

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«Dezían que la [Marcela] dexava de querer, y la adorava» (I, 161, 25-26). La esquiva Marcela, que discutiremos en breve, es naturalmente la contrapartida del adorador Grisóstomo.



 

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II, 107, 3-20. El matrimonio es llamado «santo yugo» por Preciosa («La gitanilla», I, 57, 8) y Tirsi (La Galatea, II, 64, 20-21); el adversario de Tirsi, Lenio, se refiere a «los sanctos y conjugales lechos» (II, 49, 31). El barbero habla del «blando yugo matrimoñesco», por el cual las «altas cervices» son «humilladas» (II, 327, 20-21).



 

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El estudio más reciente de este tema en Don Quijote es el de Herrero, «Sierra Morena as Labyrinth», que da referencias de otras publicaciones anteriores en su nota 9.



 

578

I, 185, 27-29; III, 275, 15-16; IV, 325, 1-4; La Galatea, II, 44, 32-45, 4.



 

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Marcela quiere ser libre, pero la otra única persona de las obras de Cervantes que alaba la libertad femenina es Gelasia (La Galatea, II, 267, 6), una mujer que se parece mucho a Marcela. Ambas presentan un gran contraste con Preciosa, quien valora su libertad, pero la retendrá sólo hasta que escoja libremente el hombre con quien quiera casarse («La gitanilla», I, 56, 19-57, 11; y I, 81, 16-82, 5). Marcela quiere compartir su belleza con los árboles, los arroyos y la tierra (I, 187, 12-14 y 28-29), que no pueden apreciarla. Aunque el matrimonio pueda ser una «carga», como ella lo llama (I, 161, 6), es, sin embargo, una institución «justa y santa» (I, 162, 9); Marcela se equivoca, como Don Quijote, al rechazar el matrimonio y usar la honestidad como una excusa para quedarse soltera. Aunque no se la debería culpar de la muerte de Grisóstomo, Marcela es un trastorno para la sociedad (I, 161, 19-163, 16), similar al principio de una novela ejemplar o de una comedia.

En el mundo caballeresco se censura a las mujeres que hablan de su propia belleza (véase Daniels, Function of Humor, págs. 12-16). Hay un notable contraste entre Marcela y la modesta Dorotea (II, 21, 2-3), Ana Félix (IV, 306, 8-10) o Auristela (Persiles, I, 164, 23-26). El orgullo de Marcela, señalado por Pedro y Anselmo, es otro defecto que comparte con Don Quijote. Don Quijote no presta mucha atención a los consejos que otros le dan, pero Marcela ni siquiera los escucha («sin querer oír respuesta alguna», I, 189, 13-14). Su comparación de sí misma con una serpiente venenosa (I, 186, 24-28) pasa por alto la evidente diferencia entre ella y una serpiente, que ella tiene uso de razón; su argumento que en su soledad es «fuego... apartado y espada puesto lexos» (I, 186, 29-187, 15) es falaz, pues ambos objetos son utilizados por los hombres y no son peligrosos si se usan adecuadamente. Es discreta (I, 189, 16), y también lo es Don Quijote; como él, causa admiración, descrita en términos muy similares (compárese I, 184, 23-25 con I, 169, 2-4; y I, 189, 16-18 con I, 121, 20-22). El que no se haya enamorado de uno de los muchos candidatos ideales para el matrimonio que se le han presentado (I, 185, 22-187, 8), y que no son «feos» (está hablando hipotéticamente), es un defecto, no una virtud. Su condición es terrible (I, 163, 14-15), y es, como el renegado Azán Agá (II, 220, 15-16), «enemiga mortal del linaje humano» (I, 176, 27-28). Es una locura perseguirla. (Thomas R. Hart y Steven Rendall dicen algo muy parecido en su análisis del episodio, «Rhetoric and Persuasion in Marcela's Address to the Shepherds», Hispanic Review, 46 [1978], 287-298. Para una defensa de Marcela y un repaso de la crítica del episodio, que se divide según el género del crítico, como acertadamente señala, véase Ruth Anthony El Saffar, «In Marcela's Case», en Quixotic Desire. Psychoanalytic Perspectives on Cervantes, ed. Ruth Anthony El Saffar y Diana de Armas Wilson [Ithaca: Cornell University Press, 1993], págs. 157-178.)



 
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