Es el caso de Maritornes (I, 209, 14; I, 212, 1-21). Las prostitutas que Don Quijote encuentra en su primera salida sólo le parecen hermosas y graciosas a él (I, 61, 3-6).
Véase también «El licenciado Vidriera», II, 89, 6-10; II, 90, 15-18; y II, 96, 8-12; recordando que por lo que dijo, «ninguno pudiera creer sino que era uno de los más cuerdos del mundo» (II, 111, 13-22).
Para el Persiles, véase Alberto Sánchez, «El Persiles como repertorio de moralidades», Anales Cervantinos, 4 (1954), 199-223, y Alberto Navarro González, «El elemento didáctico en El Persiles». La ejemplaridad de las Novelas ejemplares es discutible, aunque muchos especialistas modernos aceptarían que Cervantes quería que fueran ejemplares.
Los libros de caballerías, como otros libros, con frecuencia afirmaban que beneficiarían al lector (Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 45). Para Cervantes este provecho habría sido trivial, comparado con su gran potencial para causar daño, «mezclando con una verdad mil mentiras», en palabras de Don Quijote (III, 113, 15). En el «Coloquio de los perros» (III, 214, 23-25), nos dicen que eso es lo que hace el diablo.
Aquí difiero de Marín Pina, pág. 270.
En el capítulo 1 se señalaba que Dorotea «avía leído muchos libros de caballerías» (II, 34, 29-30). Como Luscinda toma prestado un libro de caballerías de Cardenio para leer, «de quien era ella muy aficionada» (I, 342, 31), podemos llegar a la conclusión que ambos leían libros de caballerías. Acerca de la naturaleza caballeresca de la penitencia de Cardenio, véase «Arcadio's Inferno», de Herrero, pág. 297; sobre la pérdida de la virginidad de Luscinda, Herrero, «Sierra Morena as Labyrinth», pág. 63.
II, 81, 19-23. Aunque la mujer de Juan Palomeque esté contenta de la paz que tiene cuando su marido está escuchando la lectura de un libro, ésta no es una buena manera de abordar sus problemas maritales.
Las barberías eran, al parecer, lugares de lectura (véase I, 365, 28-366, 3; IV, 377, 31-378, 2; y véase «Rinconete y Cortadillo», I, 288, 5). El barbero, que está escasamente dibujado, ex-soldado (II, 305, 22-27) también ha leído libros de caballerías, aparentemente sin consecuencias nocivas.
II, 353, 20-23. También aparece esta observación en la aprobación de Valdivielso (III, 17, 7-20), y en las Novelas ejemplares (I, 22, 16-26; II, 104, 20-23).
Juergen Hahn, en «El capitán cautivo: The Soldier's Truth and Literary Precept in Don Quijote, Part I», Journal of Hispanic Philology, 3 (1979 [1980]), 269-303, ha estudiado la historia del cautivo, un «discurso verdadero, a quien podría ser que no llegassen los mentirosos que con curioso y pensado artificio suelen componerse» (II, 202, 4-6), como respuesta a las mentiras de los libros de caballerías. La narración del cautivo (II, 265, 10-11) produce, igual que los libros, «gusto y maravilla». Sin embargo, la historia de «un soldado español llamado tal de Saavedra», cuyas hazañas «quedarán en la memoria de aquellas gentes [los moros] por muchos años», proporcionarían mucho más entretenimiento y admiración (II, 220, 17-28). Véase mi «Cervantes, Lope y Avellaneda» para un estudio más amplio de este tema.