Que la nobleza no se hereda, que todos deben ser valorados por lo que hacen, y que en algunos casos los que tienen títulos nobiliarios no los merecen, son puntos de vista que surgen de los textos de Cervantes: I, 295, 8-26; I, 296, 25-31; los comentarios de Teresa en el capítulo 5 de la Segunda Parte; III, 93, 31-96, 28; III, 153, 21-29; III, 401, 24-26; IV, 51, 27-52, 9; IV, 145, 15-27. Ésta es una de las lecciones que hay que sacar del gobierno de Sancho, discutido en el capítulo 5, y de las frecuentes referencias a «cada uno es hijo de sus obras», enumeradas en el próximo capítulo, nota 419.
En su Bibliografía crítica de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra (1895-1904; reimpr., New York: Burt Franklin, 1970), III, capítulo 11, Leopoldo Rius presenta una lista de obras del siglo XIX sobre temas como Pericia geográfica de Miguel de Cervantes, Cervantes, marino, Afición e inteligencia militar de Miguel de Cervantes y Jurispericia de Cervantes; Rodríguez Marín ofrece otra en su edición de Rinconete y Cortadillo, 2.ª edición (Madrid, 1920), pág. 334, nota 66 (pág. 345, nota 49 de la primera edición, Sevilla, 1905), y todavía otra, con algunas coincidencias, se encuentra en el artículo de Miguel Herrero, «Repertorio analítico de estudios cervantinos», Revista de Filología Española, 32 (1948), 39-106, en las págs. 92-93. Estas críticas encomiásticas están ahora anticuadas, pero sus equivalentes modernos, en lo que respecta a la documentación de los conocimientos de Cervantes, son los estudios que examinan un tema en Cervantes, que son muy numerosos. Para citar una selección: Margarita Levisi sobre pintura, citada supra, nota 255, «El telar de Cervantes» de Louis C. Pérez, en Filología y crítica hispánica. Homenaje al Prof. Federico Sánchez Escribano (Madrid: Alcalá, 1969), págs. 99-114, y dos artículos de Justino Pollos Herrera, veterinario, quien ha señalado la precisión de Cervantes (y la vaguedad de Avellaneda) en sus descripciones de caballos, mulos y asnos: «Algunos vocablos y locuciones albeiterescas o chalanescas en las obras de Miguel de Cervantes», Anales Cervantinos, 19 (1981), 185-196, y «Rocinante y el rucio en el Quijote de Avellaneda», en Cervantes. Su obra y su mundo, págs. 837-848. (No he podido ver Las cabalgaduras de don Quijote y Sancho [Zamora: Heraldo de Zamora, 1976] de este último, que cita en «Algunos vocablos», pág. 196, nota 1.)
Naturalmente eso no ha sido nunca comprobado, ni puede comprobarse en su totalidad, y los extremos a los que se ha llevado la búsqueda de los modelos reales del protagonista desgraciadamente han dado mala fama a este tipo de estudio. (Para la identificación de la casa de Don Quijote, a la que, según el autor, desafortunadamente incluso le falta una placa, véase Rubert Croft-Cooke, Through Spain with Don Quixote [New York: Knopf, 1960], págs. 72-74.)
Los eruditos, sin embargo, han ido descubriendo a personas reales escondidas tras los personajes de Cervantes y sus historias (nota 268, supra). Muchos de estos personajes son muy oscuros, y es poco probable que lleguemos a conocer algo más que sus nombres, pero uno que es conocido, Roque Guinart, es, según los comentaristas, muy fiel (aunque no he podido ver el libro indicado por Rodríguez Marín, Luis M.ª Soler y Terol, Perot Roca Guinarda. Història d'aquèst bandoler: Ilustració als capítols LX y LXI, segona part, del «Quixot» [Manresa, 1909]; este libro fue utilizado por Lorenzo Riber, «Al margen de un capítulo de Don Quijote (el LX de la segunda parte)», Boletín de la Real Academia Española, 27 [1947-1948], 79-90, y por Geoffrey Stagg, «Cervantes and Catalonia», Actes del Tercer Col.loqui d'Estudis Catalans a Nord-Amèrica. Toronto, 1982. Estudis en honor de Josep Roca-Pons, ed. Patricia Boehne, Josep Massot i Muntaner y Nathaniel B. Smith [Barcelona: Abadía de Montserrat, 1983], 187-199, citado en su «La Galatea and "Las dos doncellas" to the Rescue of Don Quixote, Part II», en Essays in Honour of Robert Brian Tate from his Colleagues and Pupils [Nottingham: University of Nottingham, 1984], págs. 125-130, en la pág. 130; véase también el artículo de Weber citado en la nota 272, supra); parece que Diego de Miranda fue retratado en respuesta a su realidad histórica (véase Chamberlin and Weiner, «Color Symbolism»). Un descubrimiento reciente sorprendente es que Zoraida estaba basada en una persona real, aunque no huyó a España como hace en la historia del capitán (Jaime Oliver Asín, «La hija de Agi Morato en la obra de Cervantes», Boletín de la Real Academia Española, 27 [1947-1948], 245-333, ahora ampliado por Jean Canavaggio, «Le "Vrai" visage d'Agi Morato», Les langues néo-latines, 239, Hommage à Louis Urrutia [1981], 22-38, resumido en Anales Cervantinos, 20 [1982], 242-243). Es lamentable el hecho de que no haya ninguna revisión moderna de la tesis que sostuvo Pellicer en el siglo XVIII, según la cual los duques, que, a excepción de Don Quijote y Sancho, son los personajes que están presentes en más capítulos, son los de Villahermosa, acerca de los cuales imagino que pueden averiguarse bastantes cosas.
Cervantes distingue sus personajes por su lenguaje, pero tienden a usar «su propio» lenguaje sólo al principio de un largo discurso, y el habla de todos los personajes de Don Quijote es más similar que distinta. Así, tenemos a Juan Palomeque, descrito como ignorante, diciendo «¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dizen sea disparates y mentiras, estando impresso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que avían de dexar imprimir tanta mentira junta...!» (II, 86, 12-17), mientras que Don Quijote, para el cual el lenguaje anterior hubiera sido apropiado, dice «¿Católicas? ¡Mi padre!» (II, 331, 5), como dice Juan Palomeque «¡Tomaos con mi padre!» (II, 84, 19) y otro ventero «¿Polla? ¡Mi padre!» (IV, 245, 31). Sancho, aunque simple, dice «me parece que sería mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced, que nos fuéssemos a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande que tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de su persona, sus grandes fuerças y mayor entendimiento; que visto esto del señor a quien sirviéremos...» (I, 289, 16-24); «¡O liberal sobre todos los Alexandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea!» (II, 396, 27-30); «si con alguna destas cosas puedo servir a vuestra grandeza, menos tardaré yo en sufrir que vuestra señoría en mandar» (III, 408, 23-25); y «de mi ruin ingenio no se puede ni deve presumir que fabricasse en un instante tan agudo embuste, ni creo yo que mi amo es tan loco que con tan flaca y magra persuasión como la mía creyesse una cosa tan fuera de todo término» (III, 416, 22-27). Para que no se crea que este elocuente lenguaje deriva de la atención que presta Palomeque a los libros de caballerías y de las pocas semanas que Sancho lleva con Don Quijote y del mes en la Corte (I, 297, 31-32), el cabrero del capítulo 23 de la Primera Parte, quien se describe como «rústico» (I, 328, 32), dice «pedímosle también que quando huviesse menester el sustento, sin el qual no podía passar, nos dixesse donde le hallaríamos» (I, 328, 10-13). Varios personajes, no sólo Sancho, utilizan refranes, e intentan usar palabras poco corrientes. La mayoría hablan, en resumen, de forma pintoresca, preguntando, exclamando, contando historias, haciendo chistes, escuchando y respondiendo cuidadosamente a lo que se ha dicho. El lenguaje que usa Cervantes en sus prólogos y dedicatorias y el que usan los personajes y narradores en sus demás obras confirma que este núcleo común en el habla de los personajes es del propio autor.
La parodia puede explicar el uso de personajes ignorantes, estúpidos o de clase social baja. Pero Don Quijote incluye a gente de todas las clases sociales a excepción de la realeza, con distintos niveles de conocimientos e inteligencia, y con una impresionante variedad de ocupaciones.
Incluso La Galatea, según Noël Salomon (Lo villano en el teatro del Siglo de Oro, trad. de Beatriz Chenot [Madrid: Castalia, 1985], pág. 435), está «más impregnada de realismo rústico» que las otras novelas pastoriles; el ejemplo analizado es el tratamiento de instrumentos musicales.
La caída de Sancho en la sima, en el capítulo 55 de la Segunda Parte, también contrasta la realidad con las aventuras literarias subterráneas, como por ejemplo la esbozada por Don Quijote al principio del capítulo 50 de la Primera Parte.
La afirmación que hace el amigo en el prólogo de la Primera Parte (I, 37, 30-38, 3) lo da a entender. Sin embargo, no debería interpretarse como un apoyo a la autonomía del lector. De los capítulos 2 y 3 de la Segunda Parte, en que se discute la reacción hacia Don Quijote, se deduce que, aunque los lectores pueden decidir qué episodio del libro prefieren (III, 63, 11-23), y si quieren tratar al autor con censura o misericordia (III, 70, 10-20), la reacción en su conjunto es de grupo: «vulgo, hidalgos y caballeros» (III, 55, 13-15; III, 56, 14-25); «moços, hombres y viejos» (III, 68, 8-9). En los capítulos 4 y 6 de este libro se discuten con más detalle las distintas repuestas de los lectores a Don Quijote.
I, 38, 1-2; véase también II, 353, 19-20. Tuvo esta aprobación numerosos comentarios de contemporáneos, recogidos por Adolfo Bonilla y San Martín («¿Qué pensaron de Cervantes sus contemporáneos?», en su Cervantes y su obra [Madrid: Francisco Beltrán, 1916], págs. 165-184) y por Quilter, confirman la información dada en la aprobación de Márquez Torres («general aplauso», III, 20-26) y por Sansón («tan leída, y tan sabida de todo género de gentes», III, 68, 10-11; «infinitos son los que han gustado de tal historia», III, 70, 29-30), la duquesa («general aplauso», III, 400, 19), y la gente de Barcelona («quantos le miravan le nombravan y conocían», IV, 284, 3).
I, 37, 32-38, 3; así que era especialmente satisfactorio que Don Quijote alcanzara el amplio público que dan a entender los pasajes citados en la nota anterior. Es el mismo amplio público que Don Quijote decía que tenían los libros de caballerías (II, 370, 7-12).
Como dice el mismo Don Quijote, el vulgo no se limita solamente a «la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y deve entrar en número de vulgo» (III, 205, 14-17).