Acerca de los poemas épicos de Lope, con algunos comentarios útiles sobre los elementos históricos y los caballerescos no históricos en la épica del Siglo de Oro, véase la tesis Charles Philip Johnson, ya citada (capítulo 1, nota 86).
Acerca del complejo uso del tiempo en Persiles, véase Kenneth P. Allen, «Aspects of Time in Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Revista Hispánica Moderna, 36 (1970-1971 [1973]), 77-107.
Si lo hubiera concluido su viuda seguramente lo habría vendido a un editor. Las seis ediciones de Persiles de 1617 demuestran la demanda que había por las obras de Cervantes.
Quizás también es anterior al capítulo 32 de la Primera Parte, en el que el sacerdote afirma con tanta seguridad que sabe «lo que han de tener los libros de cavallerías para ser buenos» (II, 86, 31-87, 1), al examen de la biblioteca de Don Quijote en el capítulo 6 de la Primera Parte o incluso a la idea de escribir una burla del género.
Un pliego era una hoja doblada.
Así Persiles, «según la opinión de mis amigos ha de llegar al estremo de bondad posible» (Don Quijote, III, 34, 17-18).
¿Quiénes eran esos «hombres doctos y discretos» que leían los libros de caballerías, y a quienes les mostró Bernardo? Sólo se me ocurren dos nombres, puesto que no había muchos de esos lectores a finales del siglo XVI. Uno es Luis Zapata, que por su Miscelánea muestra un considerable conocimiento de dichos libros, y cuyas obras Cervantes evidentemente conocía (véase el artículo de Márquez Villanueva, citado en la primera nota de este capítulo); Zapata, sin embargo, murió en 1595. El otro candidato, más probable desde el punto de vista cronológico, es el mismo López Pinciano, a quien Cervantes podía abordar fácilmente en Valladolid; López Pinciano alabó algunos libros de caballerías y da pruebas de un contacto directo con ellos (Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 11-12). A Cervantes le interesaba la teoría literaria; el estudio del Pinciano era la única teoría literaria completa de la España del Siglo de Oro. La lectura del libro del Pinciano fue «el acontecimiento decisivo» (Riley, Teoría, pág. 32) en la formación de las ideas literarias de Cervantes, y es probable que se dirigiera a él para que le asesorara.
La palabra «famoso» utilizada para describir Bernardo, en la dedicatoria de Persiles, también podría indicar esto. Es verdad que «famoso» podía significar no más que «cosa buena, perfecta y que merece fama» (Real Academia Española, Diccionario de autoridades [1726-1739; reimpr. Madrid: Gredos, 1963]), y es usada de esta forma en III, 420, 15-17 («dieron traça y orden de hazer una burla... famosa»), en la referencia a estos posiblemente «famosos poetas», «el preste Juan de las Indias» y «el Emperador de Trapisonda» (I, 33, 27-30), en las referencias a una «olla de famosas azeitunas» («Rinconete y Cortadillo», I, 278, 19) y a un «pedaço de jamón famoso» («Coloquio de los perros», III, 191, 20), y en los encabezamientos de sus comedias publicadas. Sin embargo, Cervantes usa «famoso» con el significado no sólo de merecer fama sino de tenerla. Mauricio había «alcançado famoso nombre» como astrólogo (Persiles, I, 85, 4), la cueva de Montesinos era «famosa» (III, 278, 9), porque «maravillas... de ella se dezían por todos aquellos contornos» (III, 277, 22-23), y Don Quijote utiliza la palabra en este sentido cuando expresa su deseo de ser «eterno y famoso» (IV, 339, 6-7).
Expone más o menos el mismo motivo en el prólogo de Don Quijote, I, por su poca disposición a publicar la obra: miedo del «antiguo legislador que llaman vulgo» (I, 31, 6-7), con quien tienen «autoridad y cabida... los libros de cavallerías» (I, 37, 19-21). El desprecio de Cervantes por el vulgo es reiterado en varias ocasiones: «el vulgo mal limado y bronco», lo llama en el Parnaso (16, 14); «la mala bestia del vulgo, por la mayor parte... mala, maldita y maldiziente», en «La ilustre fregona» (II, 325, 18-20). Acerca de la definición de Cervantes, y para referencias a las discusiones de este concepto en la cultura del Siglo de Oro, véase mi artículo «Who Read the Romances of Chivalry?», en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 89-118, en la pág. 107.
Hay dos explicaciones posibles para la tardía vuelta de Cervantes a su Bernardo. La primera es la controvertida y finalmente fallida propuesta de 1614, por la que el santo guerrero Santiago, cuya posible relación con Bernardo se discute más adelante, iba a ser depuesto como patrón de España y sustituido por la monja Santa Teresa (T. D. Kendrick, Saint James in Spain [London: Methuen, 1960], pág. 20). Una segunda posibilidad es el interés del Conde de Lemos por Bernardo del Carpio; apareció como descendiente de Bernardo del Carpio en el Bernardo de Balbuena, dedicado al Conde de Lemos en 1609 (Chevalier, L'Arioste en Espagne, pág. 371). Pudo haber sido entonces una reacción de Lemos a la presentación de Bernardo en La casa de los celos, publicado en 1615 y también dedicado a él, lo que llevó a Cervantes a volver a su Bernardo, mencionado en una dedicatoria de 1616. En la misma dedicatoria Cervantes menciona el interés de Lemos por La Galatea, lo que fue seguramente un factor, aunque no el único, que le empujó a continuarlo.