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La historia como romance en el «Facundo»

Elizabeth Garrels





En 1955 en el periódico porteño La Nación, el historiador Tulio Halperín Donghi publicó un muy acertado ensayo sobre la merecida pertenencia del Facundo a la historiografía romántica. Allí decía que las dudas sobre el género del texto a menudo expresadas por sus comentaristas obedecen a criterios más bien propios del positivismo, o sea, a los esquemas genéricos «vigentes cincuenta años después de que el Facundo fue escrito».1 Nos recuerda que en el ambiente del romanticismo -en que aparecieron las obras de Tocqueville, Thierry y Michelet- las fronteras entre géneros literarios y también entre las disciplinas intelectuales hoy día llamadas -por algunos- ciencias humanas eran mucho más vagas y fluidas de lo que serian después. El mismo Sarmiento, apenas un año antes de la publicación del Facundo, había declarado que la historia era, ni más ni menos, la ciencia universal de su época:

El estudio de la historia forma, por decirlo así, el fondo de la ciencia europea de nuestra época. Filosofía, relijión, política, derecho, todo lo que dice relación con las instituciones, costumbres i creencias sociales, se ha convertido en historia,...2



El Halperín del 55 también nos advierte sobre la gran intimidad que durante el romanticismo existía entre la historia y la literatura de ficción. Menciona la boga de la novela histórica, pero insiste en que ésta no era la única manera en que tal intimidad se manifestaba. Para el caso señala la identidad de temas y enfoques que se encuentran en las historias y las novelas de la época y concretamente, la deuda de un historiador como Thierry para con el novelista Chateaubriand. Nosotros, a fin de subrayar el punto de Halperín, podemos agregar la gran admiración que muchos historiadores románticos o cuasi-románticos expresaron por la obra de Sir Walter Scott3. Uno de éstos el inglés Macaulay, en un famoso ensayo publicado en 1828 en el Edinburgh Review (o la Revista de Edimburgo, llamada «el decano de las revistas europeas» por su lector admirativo Sarmiento)4, reprende a los historiadores contemporáneos por descuidar el arte de la narración y los incita a imitar el ejemplo del novelista Scott, quien ha sabido animar sus páginas con los detalles pintorescos de la vida cotidiana5.

Coincidiendo con el filósofo Hegel, los historiadores románticos creían firmemente que la historia era un arte, es decir, que estaba dictada por la consciencia estética6. En el año 58, Sarmiento diría que «tiene su asiento entre las musas... No es...la sencilla narración de los humanos acontecimientos; es además una de las bellas artes, y como la estatuaria, no sólo copia las producciones de la naturaleza, sino que las idealiza y las agrupa armónicamente».7 Sin embargo, en este mismo texto, que se titula «Espíritu y condiciones de la historia en América,» Sarmiento asume una actitud «humilde» ante el reto de escribir historia, parecida a la que había asomado en la «Introducción» al Facundo, donde, lamentando la ausencia de un Tocqueville que viniera a explicar la América del Sur, decía que «nosotros no estamos aún en estado de hacer [este estudio] por nuestra falta de instrucción filosófica e histórica».8 En «Espíritu y condiciones,» refiriéndose al Facundo entre otros escritos, dice, «Yo he bosquejado algunos cuadros de hechos y hombres que entran en el dominio de la historia americana, sin pretender por eso alcanzar a la majestad de la historia».9 Según la definición que se cuela del texto, la diferencia entre el cuadro histórico y la historia propiamente dicha es una de proporciones. Para hacer el contraste, Sarmiento explota la metáfora encerrada en el término «cuadro» y llama a su cultivador un «dibujante,» mientras que el que arremete a la historia sería más bien un escultor10 o hasta un arquitecto quien agrupa las partes (en este caso, las monografías o los cuadros) «piramidalmente, que es el colmo y el escollo del arte plástico».11

Sea cuadro o historia -una muestra de arte menor o mayor-, el Facundo, en todo caso, no se concibió como obra de ficción. La tarea de hermanar la historia y la ficción, dando mayor peso a esta última, la asumiría en los años 40 el amigo y compañero de exilio Vicente Fidel López, quien en la «Carta-prólogo» escrita en 1854 para La novia del hereje, se refería a la publicación anterior de esta obra como folletín en un diario chileno12, y declaraba que su propósito en elaborarla había sido escribir una novela histórica al estilo de Scott y Cooper que echara «una mirada al pasado desde las fragosidades de la revolución para concebir la línea de generación que han llevado los sucesos» y que nos orientara «en cuanto al fin de nuestra marcha...»13

Que yo sepa, Sarmiento nunca utilizó el término «novela» para describir su Facundo. Fueron sus comentaristas los que introdujeron esta palabra en el cocido genérico que se suponía era el libro14. Cuando Sarmiento quería buscar analogías entre las obras de imaginación y su Facundo, echaba mano más bien a una serie de conceptos que apuntaban en otra dirección: «poema,» «romance» y «literatura fantástica, homérica».15 Para Sarmiento, así como para Hegel y los románticos, que en esto seguían a Vico, estos tres conceptos se prestaban a asociaciones con lo primitivo y lo bárbaro. Este último, a su vez, incluía lo medieval. Los tres conceptos podían abarcar varios géneros al mismo tiempo. Pensemos, por ejemplo, en el ensayo que Sir Walter Scott escribió para la Enciclopedia Británica sobre el romance, donde comenzó hablando de los primeros romances, en verso (las baladas), pasó después a discutir los antiguos romances en prosa (en particular, las novelas de caballería), y terminó disculpándose por no poder hablar del romance moderno, tan bien representado, según él, por Defoe y por Swift. La definición con que Scott inició su ensayo sobre el romance nos ayuda a entender cómo Sarmiento pudo decir, por ejemplo, que una monografía escrita sobre el Paraguay de los jesuitas y del Dr. Francia «será un romance extraño, que nadie querrá creer que es historia de un ensayo de tradiciones atrasadas».16 En su ensayo, Scott, discrepando con una definición propuesta por el Dr. Johnson, escribe:

We would rather be inclined to describe a Romance as a «fictitious narrative in prose or verse; the interest of which turns upon marvellous and uncommon incidents;» being thus opposed to the kindred term Novel, which Johnson has described as «a smooth tale, generally of love;» but which we would rather define as «a fictitious narrative, differing from the romance, because the events are accommodated to the ordinary train of human events, and the modern state of society».17



Como todos sabemos de sobra, Sarmiento consideraba que el gobierno del Dr. Francia así como la Argentina pastora del gaucho y los caudillos eran, sin duda, «poco comunes,» sobre todo para Europa, desde cuya óptica la América del Sur constituía un «nuevo modo de ser, que no tiene antecedentes bien marcados y conocidos».18 Estas realidades americanas eran también «maravillosas»-«fantásticas,» diría en los Viajes -y muy poco tenían que ver con «el estado moderno de la sociedad,» ya que repetidamente las comparaba con los tiempos de Abraham y la Edad Media. Es decir, para Sarmiento lo que él llamaba la barbarie americana resultaba eminentemente romántico y digno «de la pluma del romancista.» Y sigo con la famosa cita del segundo capítulo del Facundo:

Si un destello de literatura nacional puede brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y, sobre todo, de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y la materia: lucha imponente en América, y que da lugar a escenas tan peculiares, tan características y tan fuera del círculo de ideas en que se ha educado el espíritu europeo, porque los resortes dramáticos se vuelven desconocidos fuera del país donde se toman, los usos sorprendentes, y originales los caracteres.19



Lo más promisorio para la pluma del romancista nacional era el tema de la lucha entre la civilización y la barbarie. En seguida, Sarmiento nos dice que Cooper se ha hecho un nombre en Europa precisamente porque describe «la guerra en que las razas indígenas y la raza sajona están combatiendo por la posesión del terreno.» Regresemos un momento al ensayo ya citado de Halperín, donde como ilustración de la identidad de temas desarrollados por la historiografía y la novela románticas, se señala «la lucha de nacionalidades nacientes o moribundas» que aparece en los estudios de Thierry, Fauriel, y Sismondi, y también en el Ivanhoe de Scott o en el Adelchi de Manzoni. En un ensayo posterior, también publicado en La Nación, Halperín tocará desde otro ángulo esa fascinación, que, según él, resulta característica de la época, por la lucha, la guerra, el choque violento entre dos fuerzas opuestas: «¿Qué leía Sarmiento en Thierry, en Sismondi, en Fauriel?» pregunta. Y contesta, «Que la historia de Francia es la de la lucha de razas: desde las invasiones germánicas se enfrentan los francos invasores y los sojuzgados galorromanos».20

En lo que queda, quisiera hablar de cómo esta visión romántica de la historia como una serie progresiva de conquistas, guerras y revoluciones -visión plenamente adoptada por Sarmiento- puede ayudar a explicar, entre otras cosas, el abrupto salto mortal de la lógica que representan los dos últimos capítulos del Facundo, «Gobierno unitario» y «Presente y porvenir,» respecto a los argumentos desarrollados en el resto del libro. Salto mortal en el sentido -también señalado ya por Halperín- de que el «programa de reconstrucción nacional» basado en la reconciliación de los viejos adversarios, que Sarmiento introduce en la tercera parte, «contradice los supuestos de las dos primeras de la obra».21 En un texto del año 58, Halperín simplemente concluía que Sarmiento abandonó su perspectiva romántica al escribir la conclusión de su libro22. En otros dos estudios de 1972 y 1980, buscó las motivaciones por su cambio de enfoque en las transformaciones políticas y económicas habidas no sólo en la Argentina sino también en el sistema mundial durante el último período del rosismo23. Abandono o no de un esquema interpretativo netamente romántico, la conclusión del Facundo sí participa en un dilema por lo visto común a los historiadores liberal-románticos de la Restauración, y es un dilema que se rastrea también en la novela histórica de Walter Scott.

Este dilema surge de la postulación de una dramática divergencia entre el pasado y el presente, que Sarmiento rearticulará en su libro como presente y porvenir. Cuando Thierry escribe que la Monarquía de Julio es la terminación providencial de seis siglos de historia francesa24, esto quiere decir que el pasado, con sus continuas y necesarias luchas violentas que culminaron en la sangrienta pero también necesaria Revolución del 89, ha sido superado por una nueva era en que el progreso humano podrá realizarse ininterrumpidamente en paz y armonía. Con el triunfo del tercer estado -es decir, la burguesía y sus supuestos aliados- el antagonismo secular entre razas y clases ha sido reemplazado por una unidad universal de intereses. Para el novelista Scott, cuyo país ha quedado al margen de las recientes vicisitudes continentales, la historia nacional posterior a la Revolución Gloriosa del siglo XVII funciona, según el juicio de Lukács, como un «consuelo»25 porque le confirma que Inglaterra ha dejado definitivamente atrás su pasado de inevitable violencia y que está gozando ya de un largo y apacible presente de progreso evolutivo. En 1858, después de Caseros pero también después de la Revolución europea del '48, que resquebrajó la confianza liberal en este presente más bien utópico, Sarmiento todavía pudo postular la guerra como característica fundamental de la historia antigua26 y la ciencia del gobierno como definitoria de la moderna27, aunque no dejaba de enfatizar que hasta ahora la época moderna sólo se había revelado plenamente en los Estados Unidos:

Los tiempos heroicos de las sociedades han pasado. La conquista que hizo de Alejandro, Aníbal, César, Cortés, Napoleón entidades históricas más visibles que las naciones que les servían de peana y centros a cuyo rededor se agruparon los acontecimientos, ha dejado de ser el comienzo y el fin de los imperios. Otras son las fuentes del desarrollo y lustre de las naciones.28



Trece años antes, Sarmiento había concluido su Facundo con estas palabras significativas: «Creo haber demostrado que la revolución de la República Argentina está ya terminada, y que sólo la existencia del execrable tirano que ella engendró, estorba que, hoy mismo, entre en una carrera no interrumpida de progresos...».29 Aparte de la concreta coyuntura política que pudiera haberle recomendado esta conclusión a despecho de buena parte de su libro, es también posible ver aquí una terca fidelidad al modelo explicativo de los historiadores de la Restauración. ¿Qué era el programa del Nuevo Gobierno si no el ingreso a ese deseado «estado moderno de la sociedad,» al tiempo de la novela, que ya no sería el del romance, el de la antigüedad, de la barbarie y de la violencia?

En el pasaje antes citado del segundo capítulo del Facundo, Sarmiento habla del «destello de literatura nacional» que «puede brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas.» El adverbio «momentáneamente» se presta a varias interpretaciones, pero una de ellas apunta al internacionalismo (léase «universalismo») de Sarmiento, que es consistente con su visión liberal del telos de la historia como la cancelación de las peculiaridades que dividen y que crean antagonismos. Entre las peculiaridades americanas, que son precisamente las que resultan dignas de la pluma del romancista, figuran en primer plano las luchas violentas entre civilización y barbarie que en la Argentina serán dejadas atrás una vez que el Nuevo Gobierno logre implementar su programa.

El futuro sacrificio de lo que la realidad tiene de romántico se relaciona igualmente con la crítica implícita que se hace en el Facundo del heroísmo, la cual asume la forma de una reiterada incomodidad con el genio. El general Paz, por ejemplo, «no es un genio, como el artillero de Tolón [como Napoleón], y me alegro,» dice Sarmiento, «de que no lo sea; la libertad pocas veces tiene mucho que agradecer a los genios».30 El héroe -el gran genio militar- se hace en la guerra, y como insistirá Sarmiento una y otra vez, las repúblicas modernas necesitan otros talentos. Es por eso que a lo largo de su producción anterior a Caseros, Sarmiento desarrolla una antítesis entre Benjamin Franklin y Napoleón, el primero admirado por ejemplar ciudadano y estadista, el segundo repudiado por héroe genial convertido en déspota.

Hay aquí un paralelo que se puede trazar entre lo que dice Lukács sobre los héroes de la feliz medianía que crea Scott31 y el cuestionamiento del heroismo que lleva a cabo Sarmiento. Si Brian de Bois-Guilbert, el héroe romántico por excelencia de Ivanhoe, muere ni más ni menos porque su exceso de pasión le resulta fatal32, Facundo y Rosas tienen que desaparecer porque la civilización, o el estado moderno de la sociedad, no tolera estos monstruos de la naturaleza. Los que sí sobreviven porque tienen un papel que cumplir en el mundo civilizado son los Franklin y los franklincitos. No es otro el poco romántico Wilfred of Ivanhoe, quien desobedece a su padre en nombre del progreso, y después de no haber salvado heroicamente a nadie, contrae un matrimonio más burgués que romántico con una mujer que será esposa ejemplar pero que no es su amante ideal. Franklincito también es Sarmiento, tan anti-heroico que su individualidad como protagonista del drama que nos presenta se esconde tras la figura de la nueva generación, la juventud estudiosa que en el último capítulo sólo espera la caída de Rosas para poner todo su talento «al servicio de la patria»33 a fin de transformar el porvenir racional en presente y el presente bárbaro en pasado.





 
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