1
Correas, p. 218.
2
La ironía de Calderón sobre la presuntuosa ignorancia de las damas funciona de manera semejante en El médico de su honra, J. III (ed. A. Valbuena Briones, Madrid. Espasa-Calpe, 1970, p. 101, vv. 373-380), en la anécdota del gracioso Coquín:
3
Colgado de los cabellos: estar en congoja esperando la resolución de algo (Correas, p. 708). Junto con esta fórmula proverbial Calderón recoge la inspiración bíblica en una de sus más bellas tragedias, Los cabellos de Absalón (Libro de Samuel, 11, 18). Recuérdese la profecía de Teuca: «que te ha de ver tu ambición / en alto por los cabellos» (ed. Francisco Ruiz Ramón, Madrid, Alianza, 1969, p. 308).
4
Vv. 35-36 Cita Calderón, con precisión no exenta de un intento de ridiculizar a Blasa, diversos tipos de paños o telas (rasilla, escarlatines, lamparilla) de fina textura y lujosa apariencia.
5
Vv. 46-53 Se parodia aquí, además del característico engolamiento del lenguaje amoroso, lo forzado de algunas consonancias de inhábiles poetas. Vid. las sarcásticas alusiones de Quevedo al respecto (SDQ, pp. 140-141).
6
Botillería: establecimiento donde se expedían bebidas frías, aromáticas y compuestas (DA). Allí se ofrecían en «garrafillas» de vidrio (vid. v. 101), barro, madera, plata u oro, nunca de cobre, plomo o estaño, ya que las primeras conservaban mejor el frío. Cf. M. Herrero García, La vida española en el siglo XVII. I. Las bebidas, Madrid, 1933, pp.165-166.
7
Garapiña: bebida helada de manera natural o por el artificio de la nieve o hielo. Según Herrero García (op. cit., p. 176), los helados se dividían en dos clases por el grado de solidificación que alcanzaban. El «sorbete» era el helado sin cuajar, líquido aún. La «garapiña» o «garrapiña» era el helado ya sólido, si bien por los rudimentarios medios de elaboración quedaba en estado que hoy llamaríamos «granizado». Vid. también Deleito y Piñuela, M., La mujer, la casa y la moda, pp. 126-127, y Sólo Madrid es Corte, Madrid, Espasa, 1953, pp. 155 y ss.
8
La deformación paródica del habla alude al chocolate aromático de Guajaca, muy apreciado en la época. Cf. V. 200 de La rabia y vv. 54-74 de El pésame de la viuda.
9
Sobre éstos y todo tipo de refrescos o bebidas frías (vid. también vv. 160-161, 176-179 y 192-193), cf. M. Herrero García, op. cit., pp. 108-115 y 146-176, así como Deleito y Piñuela, Sólo Madrid es Corte, citada, pp. 165-166.
10
«Acá no se han empezado a usar las redomas de vidrio que en España, metidas en sus corchos breados, cubiertas de nieve. Así dura más y se enfría más, y se conserva la bebida fría», Breves advertencias para beber frío con nieve, por el doctor Matías de Porres, Lima, 1621, p. 30. El tema de la conveniencia del uso de la nieve llegó a constituir una verdadera controversia en la literatura médica de la época, como recoge en numerosa bibliografía Luis S. Granjel, La medicina española del siglo XVII, Salamanca, 1978, pp. 225-226.