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En la imitación de Petrarca «Mi trabajoso día», fray Luis esboza la visión alegórica de un rico palacio: «Sonaba en lo interior dulce armonía; / tan dulce, que me puso en esperanza / de eterna bienandanza». La «dulce armonía» es siempre inequívoco mensaje celestial.

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Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos5, Madrid, Gredos, 1966, p. 191. En el mismo sentido se manifiesta R. Lapesa: «Su torrencial emotividad le hacía desear el rapto místico jamás cumplido, y su humanidad nobilísima, a tirones de la tierra y el cielo, quedaba casi en volandas, sin despegar del todo, dolorosamente distendida» (De la Edad Media a nuestros días, Madrid, Gredos, 1967, p. 189). Podrían aplicarse a fray Luis, mutatis mutandis, las palabras de Fray Juan de los Ángeles: «En busca de Dios, unos andan, otros corren, otros vuelan, otros son llevados, otros arrebatados; ¡y yo me estoy quedo...! [...] ¿Soy, por ventura, de peor condición que las piedras?» (Consideraciones sobre el «Cantar de los Cantares» cit., pp. 118 s.).

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Cfr. por ejemplo Macrí: ob. cit., p. 298, y Vega: p. 29.

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Recuérdese que para fray Luis el «bien hablar» es «negocio de particular juycio» que impone una rigurosa selección, ya que, «de las palabras que todos hablan, elige las que convienen y mira el sonido dellas, y aun cuenta a vezes las letras, y las pesa y las mide y las compone» (De los nombres de Cristo, ed. cit., p. 496). Los comentaristas han glosado ocasionalmente esta actitud férreamente selectiva. Así, para Aubrey F. G. Bell, los versos de fray Luis «son el resultado de "batallas interiores", de estudio paciente y de atenta observación» (ob. cit., p. 263). Un biógrafo más reciente escribe: «Nada más torturado y trabajoso, menos espontáneo, en nuestra literatura, que el estilo de fray Luis. Posee en alto grado la dignidad literaria: la sinceridad [...] de rehuir la expresión primera, los encadenamientos verbales pasajeros, la falsa facilidad» (Pedro de Lorenzo: Fray Luis de León [versión de 1970], en Obras completas, III, p. 462).

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