31
Ed. cit., p. 980 b.
32
Cito por el texto de la BAE, XXXVII, p. 31 b.
33
BAE, XXXVII, p. 61 a. Existe una larga tradición en la referencia al techo dorado como signo de riqueza. Cfr. SAN JUAN CRISÓSTOMO: Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 83, 4: «A una casa así [pobre], como sus moradores sean virtuosos, Él no se avergüenza de entrar. En la otra, empero, aun cuando tenga sus artesonados de oro, no entrará jamás. De suerte que la casa del pobre virtuoso, como acoge al Señor de todo el universo, es más brillante que los regios palacios; la del rico, empero, con su techo de oro y sus columnas, es semejante a cloacas y sentinas inmundas»
(trad. de D. Ruiz Bueno, BAC, 146, p. 641).
34
Edic. cit., p. 505 b.
35
ONÍS, pp. 228 s.; COSTER, p. 198.
36
COSTER, p. 199. Una familia de códices ofrece la lección fuente (por monte), sin duda perteneciente a una versión primitiva como la estudiada por Onís (cfr. VEGA, p. 439, cuya lección debe aceptarse, aunque no por las endebles razones que aduce el editor).
37
Ed. cit., p. 149.
38
A pesar de la sugerencia del P. Vega (cfr. supra, n. 13), no cabe otra interpretación. Cfr. José María de Cossío: Poesía española (notas de asedio), Buenos Aires, Espasa-Calpe, Argentina, 1952, p. 46: «Por mi mano, es decir, interviniendo el poeta de un modo directo, como un elemento más de la naturaleza, en la floración maravillosa de la primavera»
.
39
OSUNA, ed. cit., p. 488 b.
40
SAN JUAN CRISÓSTOMO: Tratados ascéticos, trad. de D. Ruiz Bueno, BAC, 169, p. 580.