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OSUNA: ob. cit., p. 378 b.

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OSUNA: pp. 378-379. También Fray Luis de los Ángeles (Triunfos del amor de Dios, ed. cit. p. 242) señala: «Dejando, pues, por llano que este camino de amor es el más excelente y provechoso, es necesario saber que se anda de dos maneras: una escolástica y común, otra mística y secreta». Todos estos datos, y otros muchos análogos de fácil acarreo, me impiden aceptar la interpretación de L. J. Woodward en su breve y agudo trabajo, «La vida retirada of fray Luis de León», en Bulletin of Hispanic Studies, XXXI, 1954, pp. 17-26.

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OSUNA: p. 379 b. En otro lugar (p. 586 b) hablará de la «sabrosa sabiduría que se aprende en la escuela del recogimiento». Por su parte, Fray Juan de los Ángeles detalla los «cinco escalones» «por los que el varón justo «sube a la verdadera sabiduría»: el sentido, la imaginación, la razón, el entendimiento y la inteligencia. Tras ellos se accede a la sabiduría, «que incluye amor o sabor y gusto del bien de Dios» Consideraciones... cit., p. 122 b). Cfr. en el mismo sentido San Juan de la Cruz (Subida del Monte Carmelo, II, 8): «Y de aquí es que la contemplación por la cual el entendimiento tiene más alta noticia de Dios llaman Teología mística, que quiere decir sabiduría de Dios secreta, porque es secreta al mismo entendimiento que la recibe» (ed. cit., p. 410 b). Ya Juan de Padilla había expuesto en verso los seis grados de contemplación para subir «al trono divino», en Los doce triunfos de los doce apóstoles, VI, 2 (Cancionero castellano del siglo XV, ed. Foulché-Delbosc, I, pp. 371 ss.). Naturalmente, las ideas vienen de muy atrás. Cfr., por ejemplo, San Buenaventura: Collationes in Hexaemeron, 18: «Tertius fructus sapientiae est contemplari summum bonum, quod oritur ex consideratione e vicino per gratiarum dona. Tanta enim posset esse gratia, quod existens hic esset quasi in paradiso» (BAC, 19, p. 528). No se olviden tampoco los importantes antecedentes lulianos (cfr. M. Cruz Hernández: El pensamiento de Ramón Llull, Madrid, Fundación Juan March -Edit. Castalia, 1977, espec. pp. 269 ss.). Acerca del origen, filiación y desarrollo de estas teorías puede consultarse con provecho el excelente estudio de Melquíades Andrés Martín: Los recogidos. Nueva visión de la mística española (1500-1700), Madrid, Fundación Universitaria Española, 1976.

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Quizá más puntillosamente de lo que supone Coster (loc. cit.), a la zaga de Onís («La transmisión de la obra literaria de fray Luis de León», RFE, II, 1915, pp. 217-257).

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Apud Fray Juan de los Ángeles: Consideraciones... cit., p. 306 a. También San Juan de la Cruz indica que, merced a la contemplación, «sin ruido de palabras y sin ayuda de algún sentimiento corporal ni espiritual, como en silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, enseña Dios ocultísima y secretísimamente al alma sin ella saber cómo» (ed. cit., p. 736 a, b). Se trata casi de un lugar común, o, al menos, de una idea frecuentemente reiterada, que ya encontramos, por ejemplo, en San Agustín, aunque con otro propósito: «Qualis erit vita de Verbo sine verbo? Modo ista vivebat de Verbo, sed sonante verbo. Erit vita de Verbo, nullo sonante verbo» (BAC, 53, p. 156).

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Tercer abecedario espiritual, ed. cit., p. 587 a b. Tampoco este tópico ha sido objeto de estudio, a pesar de su extraordinaria irradiación. Mucho más trivializado, el «ruido» aparece, para designar las ataduras mundanas, en unos versos infames, pero curiosos, de Damián de Vegas (1590), a propósito de la mujer que se decide a entrar en religión: «Pero ¿cuánto está mejor / en los divinos regazos / que entre los mortales brazos / del temporal amador? / Libre de cien mil cojijos / y casi insufribles hartos, / bravos dolores de partos, / grave crianza de hijos; / sin otros quinientos modos / de embarazo y de ruido, / desgracias de su marido, / enfermedades de todos» (BAE, XXXV, p. 502 a).

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Cit. por FRAY JUAN DE LOS ÁNGELES: Consideraciones... cit., p. 132 b. El tema se halla desarrollado ya ampliamente en el tratado De fuga saeculi, de San Ambrosio.

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Apud Fray Juan de los Ángeles: Consideraciones..., cit., p. 200 a.

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Tercer abecedario espiritual, ed. cit., p. 570 a. Congruentemente, y puesto que el acercamiento a Dios implica dejación de lo temporal, un escritor ascético impregnado de meticuloso didattismo, como Fray Hernando de Talayera, recomienda que, para comulgar, «se deve algund día antes apartar de toda negociación y ocupación mundanal» (NBAE, 16, p. 37 b). El tópico se prolonga ad infinitum. Pablo Verdugo concurre a las fiestas de beatificación de Santa Teresa en 1615 con un soneto que comienza: «El camino del cielo van buscando/muchos que deste mundo andan huyendo» (BAE, XXXV, p. 45 a). Ya antes, en 1588, se lee en López de Ubeda: «Del suelo se apartando / en vida, se está al cielo avecindando» (id., p. 275 b).

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Cfr. por ejemplo, Proverbios, 15, 25 y 29, 23; Eclesiástico, 10, 6-16. Naturalmente, es lugar común en toda la literatura ascética y mística.

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