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El presente artículo tiene un antecedente en Macciuci, 1999.

 

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La actualidad de dicho problema queda manifiesta en las actividades programadas en la Biblioteca Nacional de Madrid: «El martes 25 de enero arrancará el segundo ciclo, Cine escrito, con un encuentro entre Agustín Díaz Yanes y Manuel Pérez Estremera. En él se abordarán el guión como género literario y las adaptaciones de la literatura al cine. Estos encuentros, de periodicidad mensual, acercarán a escritores y guionistas como Antonio Hernández y Ángeles González Sinde; Juan Marsé y Joaquín Jordá, y Montxo Armendáriz y Bernardo Atxaga. 'La intención es dar importancia a la parte escrita de las películas', dijo Regàs» [Aguilar, 19-1-2005]. (Destacado mío)

 

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Los narradores tratados son Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Benet, Juan García Hortelano, Medardo Fraile, Juan Manuel Caballero Bonald, Ana María Matute e Ignacio Aldecoa.

 

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Cuando concluía este escrito tuve noticia de la edición del libro Rafael Azcona: hablar el guión, de Bernardo Sánchez. El mundo del cine le ha otorgado numerosos galardones desde el inicio de su carrera, pero en los últimos años el reconocimiento desde otras zonas de la cultura ha crecido notablemente. Sólo en el transcurso de 2006 el Festival de Cine de Málaga le concedió el Premio Ricardo Franco y la Fundación Cristóbal Gabarrón le concedió el premio dedicado a las Artes Escénicas.

 

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Belle Époque, película dirigida por Fernando Trueba sobre guión de Rafael Azcona, partió de una idea del director, del guionista y de José Luis García Sánchez. Mi análisis no aspira a leer el texto cinematográfico en toda su complejidad sino que parte del presupuesto de que existe en el cine -en unas películas más que en otras- un componente literario que autoriza un análisis con las herramientas críticas de esta especialidad. No obstante, como se desprenderá de las páginas siguientes, atiendo también a la profunda imbricación de los diferentes lenguajes intervinientes en un film que lleva a los expertos a decir: «un guión tan perfecto que no necesite convertirse en imagen es un guión fallido; o más bien no es un guión, es una obra literaria escrita a la manera del guión». [Gamerro, 1993: 8]

 

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Acompañado siempre de una madre sobreprotectora y grotesca, que encierra en su hiperbólica caracterización una sátira de las madres casamenteras, negociantes de dotes y bienes (aunque en Belle Époque sólo se especule con un antiguo traje nupcial). Se trata de un prototipo más visible en Bodas de Sangre que en La casa de Bernarda Alba.

 

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La aclaración no figura en la edición del guión; sin duda consideraron que el lienzo en blanco firmado por Manolo no sería comprendido por todos los receptores.

 

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Posteriormente el discurso y las prácticas oficiales de la larga dictadura franquista afianzaron la representación; no se trata de que García Lorca haya entrevisto el futuro, fue el futuro el que ratificó y eligió agrandar la sombra de la intolerancia.

 

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Sería interesante analizar este último aspecto con detenimiento, particularmente la filiación con el grotesco y con Valle Inclán en particular: el rorro que muestra los genitales tiene ecos evidentes de Divinas palabras.

 

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En otras ocasiones, como en El verdugo, ha hilvanado magistralmente las consecuencias fatales de no saber negarse a tiempo. También en El pisito el protagonista queda enredado en sus titubeos, no obstante, nunca falta la mirada benévola que inscribe la caída en una concatenación de circunstancias adversas (analizo el tema en un trabajo de 2001).

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