vv. 288-294: esta referencia a la célebre hambre saguntina y la macabra proposición antropofágica de Luso no es invención de Zavala. Además de lo dicho en el Estudio Introductorio en cuanto a marco dramático del horror trágico, Silio Itálico (Lib. II, vv. 463-473) pondera con patetismo épico esta terrible calamidad de los heroicos sitiados: Est furtim lento misere durantia tabo / uiscera et exurit siccatas sanguine uenas / per longum celata fames; iam ilumina retro / exesis fugere genis, iam lurida sola / tecta cute et uenis male iuncta trementibus ossa / exstant, consumptis uisu deformia membris. / Humentis rores noctis terramque mandentem / solamen fecere mali, cassoque labre / e sicco frustra presserunt robore sucos. / Nil temerare piget; rabidi ieunia uentris / insolitis adigunt uesci; resolutaque, nudos / linquentes clipeos, armorum tegmina mandunt. Pero si Silio Itálico se limita a contemplar el espectáculo de los saguntinos casi consumidos, con apariencia de esqueleto y, como leemos, bebiendo el escaso rocío y comiendo el cuero reblandecido de los escudos y las cortezas de los árboles, Petronio (Satiricón, 141, 9) afirma que los saguntinos llegaron a comer carne humana. Manuel Vida y Salvador en La destruyción de Sagunto hace referencia en su última jornada a los «cadáveres vivos» que son ya los saguntinos y menciona: «Y hubo mujer que en la hambre mal sufrida, / se comió mucha parte de su vida, / pues bárbara y voraz (aquí me aflijo) / cebada en el cadáver de su hijo / gustosa con la sangre de su aliento / se vengó del dolor del nacimiento» (Jornada II, vv. 2000-2005, ed. cit., pág. 225).
v. 337. Tago. Además de lo dicho en el Estudio Introductorio sobre las razones mixtificadoras de este nombre, conviene recordar que Silio Itálico menciona en De bello punico, Lib. I, vv. 151-159 al noble Tago a quien Asdrúbal en un gesto de crueldad, ordena crucificar y exponer el cadáver insepulto a los hispanos para que se sometan a su mando: Ore excellentem et spectatum fortibus ausis / antiqua stirpe Tagum, superumque hominumque / inmemor, erecto suffixum robore maestis / ostentabat ouans populis sine funere regem. Añade Silio Itálico que Tago llevaba el nombre de un río con oro en su cauce y que las ninfas de Iberia, desde sus grutas y desde las riberas de dicho río lloraron desconsoladas su muerte.
v. 398: Fabricio. Sintetiza aquí Zamora el episodio histórico de la llegada de embajadores de Roma a la sitiada Sagunto. El nombre empleado nos lleva a observar que probablemente a él han llegado, como es de rigor, fuentes mezcladas. Tito Livio en Ab urbe condita (Lib. XXI, VI, 8) narra cómo el Senado romano envió a los senadores Publio Valerio Flaco y Quinto Bebio Tánfilo primero a Sagunto y después a entrevistarse con Aníbal y al propio Cartago, si no se detenía la guerra, para reclamar la entrega del general como reparación de la ruptura del Tratado. Con tales nombres los cita Manuel Vidal y Salvador en El fuego de las riquezas y destruyción de Sagunto (Jornada III, vv. 1836-37). Pero recordemos que Florián de Ocampo en Los quatro libros primeros de la Crónica General de España (Zamora, 1543), origen, como ya estudiamos en otro lugar, de buen número de las mixtificaciones con las que la leyenda saguntina entra en la modernidad, en este episodio otorga a los embajadores romanos los nombres de Publio Valerio Flaco Publicola y Quinto Fabio Pánfilo. En Silio Itálico (De bello punico, Lib. I) ante el terrible asedio cartaginés, los dos senadores romanos que acuden en ayuda de Sagunto serán Léntulo y Fabio. Y será Fabio el embajador que, a principios del Libro II del poema de Silio acude a parlamentar, como también aquí sucede, con Aníbal.
vv. 420-424: en estas palabras de Sigeo se traduce el despecho de los saguntinos, quienes, como seguramente Zavala ha consultado en las fuentes históricas a su alcance, ya habían enviado a Roma embajadores solicitando ayuda, como leemos en Tito Livio, Ab urbe condita, XXI, 6, 2: Quibus cum adesset idem, qui litis erat sator, nec certamen iuris, sed vim quaeri appareret, legati a Saguntinis Romam missi auxilium ad bellum iam haud dubie immines orantes. Las dudas de Roma siembran la tradicional interpretación del pasaje como la clave de una de las causas de la heroicidad de Sagunto, tal como aludirá enseguida Luso: su fidelidad frente a la vacilante razón de estado romanas.
v. 427: haces. Préstamo culturalista a la romana que Zavala extrae de su propio bagaje cultural. Como es sabido los jefes máximos de la milicia romana ostentaban como símbolo visible de su mando una capa de grana, llamada paludamentum y el ir escoltados de los lictores o portadores de los hacecillos de varitas que simbolizaban las legiones o tropas a su mando. Zavala pudo pertrecharse de muchas cartillas de la época al respecto, por ejemplo el Breve compendio de las costumbres y ceremonias de los antiguos Romanos publicado por un tal D. F. M. I. S. en Madrid, Imprenta Real, 1787.
v. 489: solicitar partidos o darse a partido (v. 562): se entiende por partido el trato, convenio o condiciones con los que se propone algún ajuste para alguna cosa. De ahí los diferentes derivados. (Dicc. Aut.)
v. 500. Sagunto, como ya hemos apuntado en otros trabajos, tenía pocos rasgos en común con el sistema político de las otras ciudades edetanas. El suyo era similar al de las colonias griegas, fundamentándose en una asamblea de notables o patricios que las fuentes romanas denominarán precisamente Senado y Magistraturas. Parece por otro lado verosímil que, ante una situación extrema, eligieran, en efecto, un Gobernador, en este caso Sigeo, como, en el caso de Silio Itálico (directamente imitado por Philip Frowde en The fall of Saguntum) el noble Sícoris. En La destruyción de Sagunto de Manuel Vidal y Salvador este papel será desempeñado por Plaucio, al que se le califica de Pretor. Lo que parece claro es que no aparece en la Sagunto ibera rastro alguno de un régimen monárquico y sí, por el contrario, una suerte de aristocracia de nobles y hombres libres de la comunidad cuya intervención en el gobierno se manifestaba en asambleas deliberantes en las que eventualmente podría elegirse el supremo magistrado. Vid. García Valdeallano, L. «Las rivalidades de las tribus del NE. Español y la conquista romana», Estudios presentados a D. Ramón Menéndez Pidal, Madrid, 1950, t. I, pág. 582.
vv. 536-53: Alude Aníbal en este su primer parlamento las campañas llevadas a cabo por él en Hispania como preparación inmediata a su asalto a Sagunto. Se describen pormenorizadamente su estrategia y razones en Tito Livio (Ad urbe condita, XXI, V, 2-17). Atacó primero al pueblo de los olcades, situados todavía en la jurisdicción cartaginesa, más allá del Ebro, para que pareciera que su posterior ataque a los saguntinos no era más que una anexión incidental sobrevenida a esta guerra. Posteriormente atacaría Cartala, para retirarse en el invierno a Cartagena. A comienzos de la primavera promoverá la guerra contra los vacceos, sometiendo, tras rigurosa lucha, las ciudades de éstos Hermándica y Arbolaca. Unidos los fugitivos de estas plazas y los ya derrotados olcades sublevaron a los carpetanos quienes lograron incluso desarbolar el ejército de Aníbal no lejos del río Tajo. Pero Aníbal logró recomponerse y neutralizarlos con ayuda de su poderoso ejército de elefantes. Concluye Tito Livio: Et iam omnia trans Hiberum praeter Saguntinos Carthaginiensium erant (XXI, 5, 17). Hasta el racionalista e ilustrado Padre Feijoo tuvo presente esta primera gesta de resistencia ibera a Aníbal, que precederá a la heroicidad saguntina. Dice en su Teatro Crítico Universal (1726-1740) (Tomo IV, Discurso XIII, § 5, Glorias de España: «En aquella infeliz batalla en que Aníbal, destrozando a los olcaldes, vacceos y carpetanos, sujetó al africano dominio la mayor parte de nuestra península, hubiera empezado a brillar la virtud española, si no la eclipsara su demasiado ardimiento. Livio confiesa que el ejército español era invencible y triunfaría en el combate a no estorbarlo la desigualdad del sitio. Invicta acies, si aequo dimicaretur campo. Arrojándose temerarios nuestros soldados, sin orden ni consulta de sus caudillos, rompiendo las aguas del Tajo, por atacar a los cartagineses, que dominaban la orilla contrapuesta con su caballería, y avanzándose ésta a recibirlos en medio de la corriente, le fue fácil vencer...») (ed. de A. R. Fernández y González, Madrid, Cátedra, 1980, pág. 158). Sobre los pueblos indígenas prerromanos puede verse P. Bosch, Etnología de la península ibérica, Barcelona, 1932.
v. 569: Alarco: el nombre de este personaje, de origen español, padre de Himilce, la amada de Aníbal, está evidentemente inspirado en el Alorco de las fuentes históricas. Según Tito Livio (XXI, 12, 3) fue el hispano que, además del saguntino Alcón, intentaron mediar para evitar la catástrofe final de la ciudad (Alconem saguntinum et Alorcum hispanum). Fracasado Alcón en su intento, dice Tito Livio que pasó de embajador a quedarse entre las fuerzas enemigas. Aparece entonces Alorco, soldado de Aníbal pero públicamente amigo y huésped de los saguntinos (miles Hannibalis, ceterum oublice Saguntinis amicus atque hospes, dice Tito Livio, XXI, 12, 6). Ante la asamblea saguntina lanza un vibrante y emocionado discurso ofreciendo la paz, bien que con costosas condiciones (XXI, 13, 1-9). Los saguntinos rechazan tal oferta. Alorco no vuelve a ser mencionado en el relato.
v. 569: Himilce. Cae preso aquí Zavala, de nuevo, del tópico de una cierta tradición. Se hace a Himilce hija de Alorco, y, por tanto, española de origen (lo que redundará en el mensaje integrista de la obra). Las fuentes históricas más fidedignas sólo apuntan que Himilce fue hija de Amílcar, casada con Asdrúbal. Que Aníbal casase con la hija de un reyezuelo hispano o ibérico es del todo verosímil, si recordamos que tanto las fuentes históricas como la tradición mencionan el hecho de que su padre Amílcar «llegó a Andalucía, casó con una señora española de gran linaje y tuvo un hijo que fue llamado Aníbal» (Pedro de Medina, Libro de las grandezas y cosas memorables de España, Sevilla, 1549, cap. X). Y tanto Gaspar Oriolano en su Murgetana como Gaspar Escolano en sus Décadas (Libro VII, cap. X) y Esteban Garibay y Zamalloa (Los Cuarenta libros del compendio historial de las Chronicas y universal historia de todos los reynos de España, Amberes, 1561) otorgan el mismo origen al general cartaginés. La historiografía moderna da asimismo credibilidad al hecho de que Asdrúbal también tomase como mujer a la hija de unos de los reyes peninsulares, dentro de su política de atracción y amistad que le llevó a ser reconocido como jefe de los pueblos indígenas, según narra Diodoro Sículo (XXV, 12) (Véase Roldán Hervás, J. M. Historia de Roma I. La República Romana, Madrid, Cátedra, 1981, pág. 224). La relación directa de Aníbal, mediante matrimonio, con una hispana aparece en Silio Itálico y en Florián de Ocampo (Op. cit., cap. XXXII), que será indudable fuente de su aparición en el extenso poema de Lorenzo de Zamora La Saguntina de 1589 (véase ed. de José Martín y Evangelina Rodríguez, Sagunto, Caixa Sagunt, 1988, pág. 21, nota al v. 251). En la historiografía de los siglos XVI y XVII encontramos, además, que Himilce dio a luz durante el sitio de Sagunto un hijo que se llamó Haspar (Ocampo, cap. cit.) y que éste, junto a su propia madre, murieron en Cazlona a causa de una peste en el año 212 a. C. (Garibay, Op. cit., Lib. V, cap. XVIII). El viajero Cock, basándose en Livio y Macrobio hace a Himilce madre de Aníbal (véase García Mercadal, J., Viajes de extranjeros por España y Portugal. Desde los tiempos más remotos hasta fines del siglo XVI, Madrid, Aguilar, 1952, pág. 1392). En cualquier caso las mixtificadoras relaciones de Aníbal con mujeres de suelo hispano e, incluso, saguntinas (no hay más que recordar los lances amorosos de éste con Rosaura en La destruyción de Sagunto de Vidal y Salvador) son fecunda fuente de inspiración literaria y teatral.