La defensa de la mujer por Gertrudis Gómez de Avellaneda en la revista «La América» (1862)
Antonella Gallo
Para Marta, mujer excepcional
Sabido es que toda la escritura feminista de Gertrudis Gómez de Avellaneda se alimentó de su propia y singular autobiografía, de su ejemplar vida romancesca, que la vieron protagonista, como las heroínas de sus novelas preferidas, de sonados triunfos y amargos desengaños, empeñada con tesón, coraje, y heroísmo en afirmar su individualidad, su talento y sus deseos al margen de cualquier programación social y familiar de su propia vida y pese a los duros golpes del destino. A parte de las circunstancias adversas y de la influencia negativa que determinadas personas tuvieron en su vida, su mismo carácter, contradictorio y complejo, su intensa vitalidad, su exaltada imaginación poética, su exquisita sensibilidad, su gran amor por la libertad y por la literatura, a la par con su inteligencia, «salvaje» franqueza, y exacerbado idealismo le hicieron concebir unos deseos incompatibles con el modelo vigente de mujer «virtuosa» de su época y que no podían ser satisfechos en una sociedad hostil, mezquina y materialista. Ser una mujer, y además una mujer excepcional, y su origen criolla, de colona, la pusieron en una situación de doble marginalidad que, aprovechada con discreción y creatividad, le permitió conseguir una perspectiva privilegiada, más honda y más aguda, a la hora de cuestionar, por una parte, tanto el rol social impuesto a las mujeres de su tiempo («el ángel del hogar»), como el ideal de la feminidad que está dictado por los gustos / disgustos de los hombres para con sus parejas y, por otra, denunciar las injusticias de las leyes humanas que esclavizan la mujer y asimismo reivindicar por ella el derecho a forjarse un destino diferente, desligado de las pretensiones y necesidades de los hombres en ambos continentes. Sin embargo, es importante dar por sentado desde el principio, según lo anteriormente señalado por la crítica (Picon Garfield 1993: passim), que el contradiscurso transgresor de Avellaneda no pudo librarse del todo de la poderosa influencia de la cultura hegemónica masculinizante, y por eso, como sujeto formado dentro de esa cultura, mantuvo un ambiguo hibridismo entre pensamiento femenino y feminista a lo largo de toda su vida, si bien fue capaz de aventajarse subrepticiamente de las contradicciones de la ideología oficial en pro de sus mismas víctimas, como veremos más adelante al analizar el texto que nos ocupa hoy. Por el momento me interesa insistir nuevamente en el hecho de que la poderosa personalidad de Avellaneda avasalló teorías y postulados feministas de todo tipo: si es cierto que las lecturas juveniles de las obras de George Sand y sobre todo de Madame de Staël dejaron una profunda huella en su incipiente subjetividad y en su forma mentis, también es cierto que ningún modelo literario hubiera podido hacerla renegar de sí misma; es decir que, si en su momento Avellaneda abrazó las tesis feministas, sea totalmente o parcialmente, fue sobre todo una cuestión de mantenerse siempre fiel a sí misma, es decir a una persona muy humana, digna, sincera, que siempre estuvo al lado de la honradez y de la verdad, tanto moral como intelectual. Si, por ejemplo, cuestionó la indisolubilidad del matrimonio en sus dos primeras novelas, no lo hizo por enfrentarse con una brillante, pero estéril, especulación teórica, o por el gusto de la provocación, sino más bien para defender a los seres más débiles de los abusos de la familia o de un marido egoísta o tiránico, o bien para aliviar su infelicidad sentimental proporcionando un remedio viable a las desgracias acarreadas por los caprichos del destino, que a veces une dos almas desiguales, o bien para acabar, de una vez por todas, con el pesado yugo de lo irreversible, puesto que nadie es culpable por la fin de un amor ni es propiamente adúltero: los sentimientos son involuntarios y siguen las leyes eternas y naturales de la mudanza. Aunque tuvo una visión pesimista del amor porque no pudo encontrar nunca un alma sincera y ardiente como la suya, de elevados pensamientos y digno de veneración por su parte, que pudiera comprehender y aceptar su vocación literaria y despertarle una pasión auténtica, no renunció nunca a la ilusión de amar y ser amada y a destinar los frutos de su talento literario para la sociedad en la que le tocó vivir. Anheló para sí misma y para las otras mujeres una realización completa de su persona, tanto en la vida privada y familiar como laboral, social y pública, o sea que deseó sobremanera vivir con intensidad y solo los caprichos del destino le impidieron conseguirlo. Su pensamiento feminista no nació, vale la pena repetirlo, de la fría especulación y del cálculo personal sino de sus inquietudes emocionales y espirituales, alternando, pues, posturas más pesimistas en la estela de Madame de Staël, y convicciones más optimistas similares a las defendidas por Concepción Arenal, muy amiga suya, según su alma estuviera embargada por el desaliento o por la esperanza y el entusiasmo.
Sus profundas convicciones, el impulso vital, junto con la intuición de su superioridad, se tradujeron pronto en acción y ambiciosos proyectos. La percepción instintiva, no del todo consciente, como a veces ocurre en la vida, de un destino ineludible que había que cumplir, guio sus primeros pasos en el mundo de las letras de la capital Madrid: la publicación de sus novelas reivindicativas feministas, Sab (1841) y Dos mujeres (1842), junto con un volumen de Poesías (1841), acogidas favorablemente por los críticos e intelectuales, supuso una deliberada transgresión de los límites impuestos por la cultura oficial patriarcal a la actividad de la mujer, también en calidad de literata. Como bien ha subrayado Kirkpatrick (1991: 131-133; 142), en 1841 Avellaneda traspasó para siempre las fronteras que confinaban la mujer a una escritura exclusivamente privada y familiar, ensayada en la redacción de las famosas Cartas dirigidas a su amado Ignacio de Cepeda (1839-1850)1. La osadía y el coraje de Tula, que se salta los convencionalismos de manera altanera, sobresalen aún más, si medimos, recurriendo a la prensa contemporánea, el grado de aceptación / tolerancia por parte de la sociedad de las reivindicaciones feministas. Pedro Sabater, en su artículo «La mujer», publicado precisamente en 1842 en el Semanario pintoresco español, ensalza sin vacilaciones el modelo arquetípico femenino del «ángel del hogar» dentro de un discurso ideológico fundamentalmente conservador, aunque conceda que las mujeres padecen muchas injusticias a causa de la mezquindad moral de los hombres:
| (Sabater 1842:116) | ||
Veremos más adelante, de qué manera la futura mujer de Sabater, a través de su extraordinaria sensibilidad y emotividad romántica, sabrá reapropiarse de estos mismos postulados / enunciados del discurso hegemónico patriarcal, como la indiscutible supremacía afectiva de la mujer con respecto a los hombres, para darles una nueva e inesperada significación progresista. Lo cierto es que, desde muy temprano, la actividad como escritora de Tula corre pareja con una progresiva y lúcida toma de conciencia tanto de sus derechos como de sus obligaciones de mujer en cuanto ser pensante, dotado de talento artístico, y destinado por lo tanto a ser sujeto activo, y no pasivo y sumiso, en la sociedad de su tiempo, es decir una intelectual de primer rango. Tula, alentada por sus propios logros literarios y aventajándose de su posición social privilegiada, se propuso defender la emancipación de la mujer en la prensa periódica femenina / feminista de la época, hecho que marcó asimismo su definitiva afirmación en el mundo de la intelectualidad española y que la instó a fundar ella misma periódicos para un público femenino, primero en España y más tarde en Cuba, tal y como ocurría en todos los países donde se iba consolidando el feminismo. Lo que le dictaba su temperamento, su orgullo, su altivez, llegó a concretizarse en una formulación de un discurso teórico sobre la Nueva Eva, sobre su esencia y naturaleza, sobre su educación y en fin sobre sus obligaciones sociales y familiares, cuyos primeros brotes fueron unos cuantos artículos publicados en Madrid en la cuarta década del siglo XIX: «La dama de gran tono» (Gómez de Avellaneda 1843); «Capacidad de las mujeres para el gobierno» (Gómez de Avellaneda 1845), reeditado luego en el periódico El trono y la nobleza (Gómez de Avellaneda 1850)2.
Por otra parte habrá que señalar que sus colaboraciones con la prensa periódica española fueron continuadas a lo largo de su vida: allí Avellaneda encontró un cauce privilegiado para dar a conocer sus ideas pero sobre todo sus sentimientos puramente románticos, con la publicación por sucesivas «entregas» de poemas sueltos, de temas variados. El exordio en un campo tradicionalmente masculino se dio con la publicación -recién llegada a Sevilla, tierra de sus antepasados españoles- de la poesía «La aurora» en la revista El Cisne (Avellaneda 1838)3.
La experiencia adquirida en España en este campo, le fue sumamente útil cuando decidió volver con su segundo marido, Diego Verdugo, a su isla natal, donde los novios residieron cinco años (1859-1864). Durante su triunfante estancia en Cuba, en la que reanudó sus antiguas amistades, conoció mejor a los escritores de la isla, y donde además fue coronada poetisa nacional, la Avellaneda retomó la actividad periodística con renovado ahínco y entusiasmo en pro de sus compatriotas sin perder la ocasión de mantener viva su relación con España y en particular con los literatos madrileños, tan aficionados a su «hija adoptiva» (Bravo Villasante 1986: 175-195; Escoto 1911). En 1860 fundó un periódico para mujeres en La Habana, el Álbum cubano de lo bueno y lo bello, que, a pesar de su corta vida (15 febrero-12 de agosto 1860), fue una singular excepción en la vida cultural de la isla. Como han destacado Picon Garfield (1993: 28-49) y Arambel-Guiñazú & Martin (2001: 49-51), el Álbum cubano de lo bueno y lo bello fue el único periódico en Cuba dirigido por una mujer para un público femenino, contó entre sus colaboradoras a otros talentos femeninos, tanto españolas como cubanas, hecho no tan frecuente en los otros periódicos de la isla, y combinó, con un hábil estrategia editorial, las tendencias feministas y femeninas del pensamiento decimonónico sobre la mujer, es decir que adoptó un tono moralizante y esencialmente religioso, más proprio de una postura masculina y paternalista, dedicando su atención sobre todo a la mujer casada, sin desperdiciar en todo caso la ocasión de denunciar las injusticias sociales que tienen que padecer las mujeres. Esta radical ambigüedad es algo muy típico de las primeras literatas feministas que, en el largo camino hacia la emancipación de la mujer, optaron por dar unas claras señales de pacífica armonización de las reivindicaciones del sexo «débil» con las exigencias de un cada vez más preocupado y atemorizado sexo «fuerte», defendiendo en la prensa femenina / feminista el estereotipo masculino del «ángel del hogar». No se pueden olvidar la humildad y la sumisión aprendidas durante siglos en un abrir y cerrar de ojos, alguien pudiera decir4, sin embargo esta «política» generalizada, en el caso de Avellaneda, se sustenta en sus propias convicciones personales. Tula se propuso contrarrestar la avalancha del materialismo decimonónico con el antídoto de la mujer virtuosa y de las obras artísticas e intelectuales, pergeñando un proyecto editorial que hermana filosofía neoplatónica y cristianismo, como nos explica Picon Garfield (1993: 31).
En el primer número del Álbum cubano..., Tula se explaya contándonos el vínculo entre lo bueno y lo bello, pues según ella, las obras del sentimiento moral y las obras del sentimiento artístico son dos manifestaciones de una sola verdad, «la aspiración del alma hacia Dios». El arte, unida a la religión, «tiende a Dios por origen y por término». Las dos -arte y religión- son facetas de la voluntad divina que Gómez de Avellaneda representa mediante un sistema filosófico neoplatónico, el que culmina en la armonía absoluta. Como Sor Juana Inés de la Cruz en su «Respuesta a Sor Filotea», la cubana mantiene que todo conocimiento es una emanación de Dios y un paso hacia el conocimiento perfecto. Para Gómez de Avellaneda, la jerarquía de ese sistema origina y termina en la ley suprema de Dios, revelación de los deberes y derechos del ser humano. Esa ley, que domina desde la cumbre y establece la armonía universal, no es inexorable ni subyugadora, sino que ilumina la razón del ser humano capaz de ejercer su libre albedrío.
La misión moral y civilizadora que se prometió cumplir con la publicación de su revista dista mucho, pues, de los propósitos meramente lucrativos de la mayoría de los directores y editores de su época, tanto en España como en América, que procuraban aumentar el número de sus subscritoras proporcionándoles simplemente diversión y entretenimiento, a través de figurines de moda, anécdotas curiosas y poesías, enigmas y acertijos, descripción de costumbres extranjeras. El tono sobrio y altamente moral del periódico de Tula se perfila netamente en sus contribuciones al mismo: diez breves semblanzas de mujeres célebres, tres artículos en defensa de la superioridad y del talento de la mujer, tres leyendas y unas cuantas reseñas (Picon Garfield 1993: 34).
Ahora bien, los tres artículos en defensa de la superioridad y del talento de la mujer, aparecidos en el Álbum Cubano... en 1860, fueron reeditados integralmente en la revista quincenal La América. Crónica hispano-americana el 8 de abril de 1862, con el título «La mujer» (Gómez de Avellaneda 1862)5. La revista La América. Crónica hispanoamericana fue fundada en Madrid, en 1857, por iniciativa de Eduardo Asquerino, quien la dirigió hasta 1870; siguiendo el patrón inaugurado por La Revista Española de Ambos Mundos (1853-1855) fundada por Francisco de Paula Mellado (Rubio Cremades 2013: 324), La América se publicó hasta 1886 y fue una de las más importantes y exitosas revistas doctrinales de todo el siglo XIX, expresión del liberalismo progresista-democrático español6.
Avellaneda, gracias a su doble nacionalidad e impulsada por un sincero sentimiento de gratitud por su patria de elección, se alistó naturalmente en la lista de colaboradores desde el primer número, junto con otros nombres esclarecidos de la época: José Amador de los Ríos, Víctor Balaguer, Ramón de Campoamor, Mariano Bretón de los Herreros, Antonio Cánovas del Castillo, Agustín Duran, Antonio Flores, Antonio García Gutiérrez y otra poetisa romántica tan famosa como ella, Carolina Coronado7. La oportunidad de tener un público más amplio al que dirigirse probablemente fue la causa que la instó a reeditar un ensayo, que se puede considerar tanto por su originalidad y amplitud como por el dominio de los artificios retóricos y recursos dialécticos la punta de diamante de su discurso teórico sobre la mujer8.
Desde el primer arranque de su argumentación, Avellaneda se pone de manera consciente dentro de la larga historia del pensamiento filosófico sobre la esencia de la mujer, nombrando explícitamente un libro español de gran fortuna editorial (Catalina 1861) pero, según un patrón retórico de indudable acierto, el de «la galería de mujeres célebres», decide contraponer a las especulaciones filosóficas unos cuantos casos concretos de mujeres ejemplares e ilustres de la tradición tanto cristiana como pagana, que atestiguan que la mujer es el verdadero sexo fuerte, debido a su indiscutible supremacía en los afectos, en la capacidad de amar, de compadecer, de luchar, de sacrificarse. El carácter abnegado es la misma esencia de la mujer para Avellaneda: es muy proprio de ella emprender y realizar grandes cosas y echarse sobre sí responsabilidades inmensas:
| (Gómez de Avellaneda 1862: 8) | ||
Desde el punto de vista cristiano, y por ende universal, la primacía en la lucha y sacrificio heroico le corresponde a la Virgen María, por la que se redime la entera humanidad condenada por el pecado original de Eva. Secundariamente la tierna y piadosa Magdalena fue otro personaje de gran relieve en el cristianismo, en cuanto fue la primera persona en recibir la noticia que Jesús había triunfado sobre la muerte, vencida por el amor, y la primera que lo vio resucitado entre los muertos. María y Magdalena simbolizan el magnífico papel que le ha tocado representar a la mujer en la historia de la humanidad:
| (Gómez de Avellaneda 1862: 9) | ||
Pero la indiscutible potencia afectiva y la delicadeza física del sexo débil no son obstáculo para que la mujer adquiera vigor intelectual y moral, y tenga inteligencia y carácter, antes bien los grandes hechos heroicos siempre han sido emprendidos por los más ricos y nobles corazones, afirma Avellaneda:
| (Gómez de Avellaneda 1862: 9) | ||
Siendo la potencia afectiva fuente y motora de otras facultades y potencias del alma, y este es el punto crucial y más brillante de la disertación de Avellaneda, las mujeres están dotadas de una fuerza asombrosa que se puede manifestar en cualquier situación y ámbito de la vida. Empieza, luego, Avellaneda por enumerar «acciones extraordinarias de valor arrojado y de constancia invencible» realizadas para defender la patria o el pueblo por heroínas tanto de la Antigüedad pagana y cristiana como de la historia reciente, sea en el mundo o en España (menciona a Judith, Boadicea, Artemisa, Juana de Arco, María Pita y Mariana Pineda entre otras). Hechos asombros si consideramos, dice Tula dirigiéndose a sus lectoras, que «en ningún país del mundo, somos educadas para sufrir fatigas, afrontar peligros, defender intereses públicos y conquistar laureles cívicos» (Ibídem).
Con hábil estrategia retórica, Avellaneda pasa luego a debatir una posible objeción a su razonamiento, o sea que el entusiasmo pueda prestar a las mujeres un valor momentáneo y una asombrosa energía, pero que en realidad no son aptas para llevar a cabo, como el hombre, empresas arduas y dilatadas. La prueba contundente de que la mujer no solo es igual sino superior a los hombres en el desempeño de encargos que requieren inteligencia, carácter, grandeza de espíritu, es la fama y el prestigio alcanzados por grandes reinas en el gobierno de los pueblos, uno de los pesos más grandes que puede sobrellevar un ser humano:
| (Gómez de Avellaneda 1862: 9) | ||
Es deplorable, añade Avellaneda, que el mundo cristiano tardase mucho en reconocer a la mujer el raciocinio, traicionando el verdadero y primigenio espíritu del Evangelio, y de hecho la sabiduría de las mujeres fue más apreciada por los pueblos paganos, como los francos, los celtas y los germanos, que en circunstancias difíciles depositaban en las mujeres toda la autoridad civil y política. Y también en el Oriente pagano las mujeres pudieron empuñar el cetro del poder con gloria antes que las cristianas, como en el caso de Tomiris, reina de los scitas, Dido, reina de los cartaginenses, Semíramis, reina de los caldeos, Zenobia reina del Imperio de Palmira, pero, en fin, también en tierras cristianas y en tiempos más cercanos, hubo esclarecidos ejemplos de reinas ilustres (Isabel la Católica, Isabel de Inglaterra, María Teresa de Austria, las ilustres princesas de Rusia Catalina I y II, por poner algún ejemplo).
¿Necesita acaso el sexo fuerte otra prueba que sin razón ha sido aplicado el adjetivo de «débil» al género femenino? Otra demonstración que la fuerza moral e intelectual se iguala, cuando menos, con la del hombre, hay que buscarla en el campo de la literatura y del arte, donde sobresalen los ingenios femeninos aunque todavía la mujer está considerada como una intrusa y usurpadora, opinión que se echa de ver en el alejamiento en que se la mantiene de las Academias barbudas o de los santuarios donde se aprenden las ciencias matemáticas y físicas. Tener barbas, dice con ironía Gómez de Avellaneda, se ha convertido en la risible conditio sine qua non impuesta por los hombres, cada vez más acosados por la audacia y talento femenino, para formar parte de las Academias, pero mujeres arrojadas y astutas como George Sand se burlaron de tan ridículo veto disfrazándose de hombres, y cuando se descubrió el engaño, se habían entrado tan adentro en el templo de la fama que no hubo «medio hábil de negarles que poseían justos títulos para figurar eternamente entre las capacidades europeas», comenta Tula. Pero, aun es mayor el número de las mujeres que entraron en el campo de las letras y de las artes a cara descubierta, tanto en la antigüedad (Safo, Corinna, Tesalida) como en los tiempos modernos, bien en Europa o en América, donde hay miles de distinguidas hembras «que sostienen en ella el movimiento intelectual, amenazado de sofocación en unas partes por la preponderancia de los intereses materiales, y en otras por las disensiones civiles»:
| (Gómez de Avellaneda 1862: 10) | ||
Avellaneda termina su disertación citando dos libros recientemente aparecidos en Francia y reseñados favorablemente por la prensa parisiense, escritos por dos mujeres comprometidas con la noble causa de la emancipación femenina: Marchel Girard y Dora D'Istria. Aunque, con falsa modestia, Tula se niegue a presentarse a sus lectoras como un digno campeón de sus derechos, su «curiosa investigación» sobre la mujer termina con una consideración que suena a máxima filosófica:
| (Gómez de Avellaneda 1862: 10) | ||
Ahora bien, antes de terminar, me parece oportuno hacer un balance provisional del texto de Avellaneda. En primer lugar, habrá que subrayar la importancia concedida al sentimiento, a la pasión, a la sensibilidad, al corazón, al amor, prerrogativas exclusivas de la mujer según la visión tradicional cristiana pero también romántica atea, podemos decir. En la novela Sab, como se sabe, la exaltación del sentimiento, como fuente de perfección y de singularidad excepcional, es el motivo central de la obra; el ser humano sin pasiones es despreciable y desgraciado no solo en la ficción narrativa sino también en la vida real, según Avellaneda, y sabemos cuánto amargo desencanto le procuraron sus amores no correspondidos, por Cepeda y Tassara. La exaltación del amor y corazón femenino no es nada nuevo en la literatura femenina y feminista de la época, tal y como mantenía Pedro Sabater en el artículo citado anteriormente, pero sí que es, en cambio, original y genial la idea de considerar el corazón noble, rico y apasionado, poseído privilegiadamente por la mujer, como la cuna de los más nobles pensamientos, y concebir la potencia afectiva como la fuente de las otras facultades y potencias del alma. De este modo, Avellaneda consigue destruir desde los cimientos algunos perniciosos prejuicios masculinos: 1) que el pensamiento racional, profundo y sublime es prerrogativa propia del género masculino, 2) que la sumisión social de la mujer al hombre es un hecho natural y biológico, porque a la mujer le falta carácter y vigor físico y moral, debido a su particular complexión física y psicológica, 3) que el ámbito doméstico y familiar es el único ámbito en que puedan desarrollarse los talentos de una mujer, al contrario la esfera de acción de un sujeto, dotado de la fuerza asombrosa del sentimiento, es muy difícil de determinar, dice Avellaneda. A pesar de su liberación, la «Nueva Eva» vislumbrada por Avellaneda no pierde su consustancial atributo: el de la abnegación, del sacrificio tanto por la patria, como por un reino, por un pueblo, por un ideal, o por la humanidad entera en el caso de la Virgen María. Vale la pena recordar que, en el siglo XIX, cualquiera que sea el punto de vista ideológico asumido, las mujeres tienen siempre una misión social que desempeñar; no obstante las atrevidas teorías de los socialistas utópicos franceses, la realización de una mujer se consigue siempre por el otro y a través del otro. Si bien las consideraciones finales de Tula podrían encajar de alguna manera con el discurso patriarcal forjado por el centro hegemónico, en su sutil razonamiento la consabida oposición bipolar genérica del discurso sobre la sexualidad decimonónica queda superada; se da cabida a una interpretación subversiva de un tópico manido, mientras que el lector advertido empieza a percatarse del semblante mistificador de la cultura oficial y de sus trampas lingüísticas:
| (Picon Garfield 1993: 38) | ||
Avellaneda, a golpes de razonamientos y exempla sacados de la historia, consigue derribar tanto los perniciosos prejuicios masculinos como la profunda y dolorida convicción femenina de que ella no tiene derecho a existir por sí misma, porque ni es un hombre y ni siquiera tiene un hombre a su lado. Si todo en ella es autobiografía, se puede pensar que la madurez la ayudó a mitigar la sensación de vacío, soledad y desamparo, que acompañó su peregrinaje terrenal cuando no sentía o despertaba amor, y a encontrar su sublimación / compensación en otras nobles impresas y compromisos porque, cuando termina el amor, también a la mujer se le ofrecen otras posibilidades de realización, contrariamente a cuanto lamentaba, desesperada, Catalina, alter ego de Tula en la novela Dos mujeres (1842)9. De hecho, en los últimos años de su existencia, no obstante sufra una temible condición de soledad (Bravo Villasante 1986: 197-210), la vemos preparándose para la posteridad, sumida en la edición de sus obras completas y conjurando el espectro de la nada, que acecha la vida de cualquier ser humano, y sobre todo la de una mujer del siglo XIX.
En 1862, sin embargo, la tonalidad emotiva del ensayo es complacida y nos comunica optimismo y confianza. La galería de las mujeres célebres redactada por Tula es la prueba contundente de que todas las mujeres, que luchan solas por desarrollar sus talentos, su más íntima esencia y por realizar lo que le dictan su conciencia y vitalidad más profunda, siempre triunfan, a pesar de todo. Tal vez por no «aguar la fiesta», Avellaneda evita deliberadamente tratar de las injusticias o de las insidias intrínsecas a las leyes sociales, sobre todo a la del matrimonio, que ni asegura el porvenir ni mucho menos satisface los legítimos deseos de felicidad duradera de las mujeres, como decía al comienzo de mi trabajo. Ni siquiera menciona las amarguras y las desilusiones reservadas a las mujeres excepcionales, sobre todo a las que se dedican a la literatura, como la poetisa Corina, heroína creada por Madame de Staël y alter ego de Avellaneda, que no pudo conseguir la felicidad sentimental-amorosa por no conformarse con el modelo de mujer sumisa y débil, ansiado por los hombres del siglo XIX. Dando prueba de finura psicológica y honda humanidad, Tula parece adoptar una postura piadosa y trata de ocultar a sus «hermanas» parte de la verdad por no hundirlas en el desaliento: era muy difícil que en su época a las mujeres se les reconocieran sus propios méritos tanto en el ambiente doméstico como social, debido no solo a unos prejuicios sociales muy arraigados en la cultura oficial sino también a la envidia y al odio, que son connaturales al género humano. Es muy romántica y «mujeril» esta postura, a la luz de lo dicho y leído, porque a fin de cuentas, les esconde su propia amarga desilusión, la de un alma superior constreñida a vivir en un ambiente mezquino y ruin, condición que le valió el apodo de «incomprendida» (Gullón 1951).
En fin, ¿por qué ocultó Avellaneda a sus lectoras las dificultades de ser mujer en la época que les tocó vivir? Se pueden arriesgar varias hipótesis al respecto. ¿Se debió quizá a un avasallador afán didáctico y moralizador que peca de pueril entusiasmo, a una piadosa omisión, quizá, de los pesares para no abrumar a sus lectoras-amigas? ¿Se trató más bien de una hábil estrategia editorial para ganar suscritoras, la mayoría de ellas casadas, y por ende temerosas de sus maridos? ¿Podemos incluso pensar en una parcial revisión crítica de las tesis feministas más extremadas, defendidas en su indócil y orgullosa juventud, que la llevó a suprimir la novela Dos mujeres de sus Obras completas? ¿O se trata más bien de sincero fervor religioso y fe católica que siguen luchando en sus adentros con los modelos literarios fraguados en la Francia de la Revolución causándole un íntimo remordimiento? Puede ser que Avellaneda sintiera también un cauteloso respeto hacia el público colonial, del que querría despertar y avivar el ingenio sin imponer el pensamiento del Continente europeo. Y por último, pero igualmente importante, creo que la reticencia de Avellaneda en proponer su propia trayectoria vital y literaria como modélica se explica con su convicción profunda de que cada mujer debe buscar su propio camino hacia la felicidad y la realización, en plena libertad, la «diosa» de los románticos. Ella, la «Peregrina», como gustaba que la llamasen, prefiere regalar a sus «hermanas», a través de su galería de mujeres célebres, unas cuantas estrellas que guíen su camino en el mar proceloso de la vida, en vez de dictar normas y modelos de comportamiento ex catedra.
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