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Préaux, en p. 265 de «Présentation du Dyscolos de Ménandre», en Ac. Roy. Belg. Bull. Class. Lettr. Scienc. Mor. Pol. XLV, 1959, pp. 245-273.

 

22

Arnott, o. c., p. 10.

 

23

Arnott, o. c., p. 16.

 

24

Coppola, o. c., p. 35.

 

25

Concretamente, el 17-XII-1969.

 

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«La comedia más discutida de Plauto» podrían titularse los Captiui. La justicia de tal calificativo, además, no radicaría en aspectos de erudición filológica o meramente histórico-literaria, como en el caso de que lo discutido fuese la cronología, las fuentes, etc. Al contrario, en este sentido Captiui es una de las comedias sobre las que se tiene información más abundante y exacta. Las disputas en torno a ella alcanzan algo mucho más medular: su valor estético; su carácter de auténtica comedia. Se las puede centrar en torno al celebérrimo juicio encomiástico de Lessing, que la consideraba como una de las mejores piezas que jamás se hayan puesto en escena «und genau aus keinen anderen Ursache, als weil es der Absicht der Lustspiele am nächsten kommt». Como se ve, nada de una euforia episódica; por mucho que se le haya tachado de exagerado o de juvenil, el entusiasmo de Lessing es programático aquí: afirma y da las razones de su afirmación fundándolas en algo no circunstancial, sino esencial, el «objeto mismo» del teatro cómico. De aquí que resulte difícil asentir a la pretensión de que lo que haría excepcionalmente valiosa esta pieza sería su MORALIDAD: ello cuadraría bien con la idea del teatro como «escuela de las costumbres», pero no se ve por qué habría tenido que referirse explícitamente al teatro CÓMICO; la ejemplaridad, en tal caso, no sería objetivo característico de éste, sino del teatro en general. Aparte de que también resulta discutible que la moralidad sea una característica de valor absoluto en los Captiui, pues bien sea la de forma -resaltada por el propio Plauto: ausencia de intriga amorosa, ¡hasta sin papel femenino!-, bien la de contenido -ejemplaridad educadora del sacrificio a que se expone Tíndaro y de la lealtad con que se conduce a este respecto-, no quedan sin paliativos importantes: respecto a la primera, versos equívocos (867 y 966) de la peor obscenidad; con referencia a la segunda, todo lo que de simpático tenga ese sacrificio es a costa de indultarle de que se hace a base de un engaño, del cual resulta una apología tanto más intensa cuanto mayor sea la simpatía que despierte. Tampoco la DESPROPORCIÓN al modo «aristotélico» parece caracterizar especialmente a esta comedia como para acercarla lo más posible al objetivo mismo de este teatro: bien que se presente doble (todo un propietario como es Hegión dedicado al bajo menester de comprar esclavos, vigilarlos, estar al acecho de nuevas ventas, etc.; por otro lado, tanto trabajo y desvelos para rescatar a un hijo, que luego resultarán burlados o inútiles), lo cierto es que ni con ello resulta superior ni más graciosa que la de otras comedias plautinas (Aulularia, Miles gloriosus, etc.). Ni siquiera gana mucho con que se la considere potenciada a ojos de un neoclásico por la RAZONABILIDAD de la trama (recuérdese lo dicho antes en el texto a propósito del peso del racionalismo cartesiano en la comicidad neoclásica); aunque innegable (por ello la he clasificado como fundamentalmente de enredo en la n. 18: el engaño es confabulado a la vista de los espectadores), no ha estado a cubierto de impugnaciones y paliativos: la inutilidad del engaño mismo, si la intención del canje era leal, como resulta del desarrollo, al regresar puntualmente Filócrates en lugar de haberse quedado en su casa, burlando así de veras a Hegión; la rapidez del tal viaje de ida y regreso, la credulidad de Hegión, la sustitución misma de los papeles de amo y esclavo entre aquél y Tíndaro, lo «maravilloso» del regreso de Estalagmo, crucial para la anagnórisis definitiva, etc.; en conjunto, una serie de relativas incongruencias que, si bien es perfectamente admisible que no estorbaran a un espectador llevado de la sugestión escénica, también es cierto que no han escapado a la reflexión de la crítica, hasta el punto de que no parece que la pieza pueda presentarse como excepcionalmente valiosa justo por ese motivo. Si, a continuación, se observa que tampoco la comicidad verbal es extraordinaria en ella, y que el «gracioso» -el parásito Ergásilo- no rebasa a su vez los límites que a sus congéneres se les ponen en muchas otras comedias plautinas, se comprenderá que no hayan faltado objetores de Lessing que impugnen no ya sólo la calidad, sino incluso la índole cómica de los Captiui, calificándoles de auténtico drama burgués, cuyo «gracioso» no llega a imponerse por encima del argumento «serio» de la pieza ni de las actitudes de héroe trágico que ofrece a veces Tíndaro en su sacrificada propuesta y aceptación. Y, sin embargo, Captiui es una comedia, una gran comedia si se la enfoca desde el punto de vista del presente trabajo; y no sólo por su desenlace feliz, sino a lo largo de su acción, toda ella una exposición simpática y compasiva de los despropósitos cometidos por Hegión en su ignorancia, mediante actos que él considera tan lógicos -y lo son desde su punto de vista- y tan estupendamente calculados, mientras que en la realidad resultan tan inútiles o ineficaces, cuando no tan contraproducentes, a la vista de un público enterado -por el prólogo o por la misma trama-, que las contempla con diáfana claridad gracias a lo sencillo de aquélla. Inútil la vigilancia de Hegión si Tíndaro es su hijo; terribles los dobles sentidos que la mutua ignorancia de su condición confiere a lo que padre e hijo dicen (cf. especialmente vs. 300-324, 402-419 y 432-445; pero sobre todo en el altercado de vs. 703-721 sobre la verdad y la utilidad: ¡Tíndaro creyendo útil haber engañado a su padre y defendiéndolo!). En grados distintos, según estén más próximos o menos al centro de la intriga, la misma comicidad -en cuanto a su índole- en episodios protagonizados por otros personajes. Así, la «ceguera» de Aristofontes en su célebre escena con Hegión y Tíndaro -escena, dicho sea de paso, no excesivamente larga dentro de la economía de la pieza desde el punto de vista de la razonabilidad: tanto le cuesta al hombre reconocer su error, especialmente si éste no es puramente cerebral, sino que, en su ignorancia, le ha llevado ya a actuar según él y, sobre todo, a interesarse pecuniariamente- y, sobre todo, su «arrepentimiento» de los vs. 697-702. En realidad, y tal como puede inducirse de los vs. 993-995, los Captiui son una de las comedias cumbre de la ignorancia humana, por lo mucho que ella juega en el argumento y por lo poquísimo que juegan otros elementos con que también se la puede combinar.

 

27

«Grandemente significativo el hecho de que el prólogo de la Perikeirope/nh corra a cargo precisamente de '/Agnoia» (observación de M. Fernández-Galiano).

 

28

Hasta tal punto, que un final no feliz (La Celestina) ya da lugar a una mixtificación del género: «tragicomedia». No necesita ponderarse aquí cómo, en el caso de una obra citada, la moralidad imperante hacía una especie de viceversa con respecto a la situación de los personajes: el público, enterado de que el propósito declarado por el autor era de ejemplarizar los estragos del loco amor, bien podía esperarse un final trágico, en modo alguno previsible, en cambio, por los personajes que en tal loco amor creían, muy al contrario, haber encontrado y estar degustando su felicidad.

 

29

Cf. Rodríguez Adrados: «Ideas metodológicas para el estudio de la evolución y sentido del teatro griego», en SSimposio sobre la Antigüedad clásica, Madrid, 1969, pp. 7-33; también, con adaptaciones, en Homenaje a Menéndez Pidal I = Rev. Univ. Madr. XVIII, 1969, pp. 299-319.

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