Acto III
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El mismo decorado. A la mañana siguiente del acto
anterior. Detrás de la cristalera del ventanal, el paisaje
de la montaña aparece bañado por un sol de invierno
tibio y agradable. La gran mesa de Navidad ha sido retirada. Toda
la disposición de los muebles como en el primer
acto.
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(Cuando se levanta el telón, MOLINSKY, sentado en un sillón
junto a la mesita de la izquierda, está terminando de
desayunar. SILVIA, en pie,
a su lado, le sirve.)
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SILVIA.- ¿Un poco más de
café, señor?
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MOLINSKY.- ¡Gracias!
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SILVIA.- ¿El camarada del señor no
viene a desayunar?
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MOLINSKY.- ¡Quia! Estará por
ahí de vigilancia...
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SILVIA.- ¡Pobre!...
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MOLINSKY.- Los agentes secretos llevamos una
vida muy dura. Siempre hay que prevenir un acto de sabotaje que se
oponga a la línea del Partido. ¿Me entiendes?
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SILVIA.- No, señor...
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MOLINSKY.- ¿No sabes lo que es un
sabotaje?
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SILVIA.- No, señor...
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MOLINSKY.- ¿Tampoco sabes lo que es la
línea del Partido?
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SILVIA.- ¡Ay, no señor! Soy una
ignorante. No sé nada.
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MOLINSKY.- (Mirándola
fascinadísimo.) ¡No sabe nada! ¡Es
una ignorante!
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SILVIA.- Sí, señor...
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MOLINSKY.- Eres maravillosa, Silvia,
maravillosa... (Con todo entusiasmo.)
¿Me das un beso?
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SILVIA.- ¡Ay, no! Eso sí que
no...
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MOLINSKY.- (Más contento
todavía.) ¡No quiere! ¡No
quiere!
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SILVIA.- Pero, ¿es que se va a alegrar el
señor porque no le doy un beso?
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MOLINSKY.- ¡Sí!
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SILVIA.- Pues es la primera vez que me
pasa...
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MOLINSKY.- Oye. (Mirando en torno.
Casi emocionado.) Me han dicho que en este
país las mujeres no os casáis más que una vez.
¿Es verdad?
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SILVIA.- ¡Naturalmente! Pero,
¿qué se ha creído el señor?
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MOLINSKY.- (Ya
alegrísimo.) ¡Es verdad! ¡Es
verdad! Y yo que no me lo quería creer...
(Y casi aplaude de satisfacción. En este momento
surge KOPROFF por la
escalera de la derecha. MOLINSKY, súbitamente, se
transforma y adopta una actitud de profunda gravedad. Un
silencio.)
Buenos días, camarada
Koproff...
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(KOPROFF avanza
unos pasos mirando a uno y a otro severísimamente. A
SILVIA, sin
mirarla.)
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KOPROFF.- ¡Fuera!
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SILVIA.- ¡Ay, sí, señor! Con
permiso...
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(Sale SILVIA con
la bandeja del desayuno por la derecha. Un silencio.)
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KOPROFF.- ¡Camarada Molinsky! Debo decirte
que no apruebo estos contactos con el enemigo. Supongo que esta
muchacha habrá intentado besarte...
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MOLINSKY.- ¡Ca!
(Sonríe.) No ha querido.
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KOPROFF.- ¿Es que te encuentra
físicamente repulsivo?
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MOLINSKY.- Hombre..., no creo...
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KOPROFF.- Entonces, no me lo explico...
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MOLINSKY.- ¡Je! Verás.
(Sentimental.) Es que aquí las
mujeres solo quieren a un hombre para toda la vida...
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KOPROFF.-
(Filosófico.) ¡Qué
modernismos! (Un silencio. Sube las escaleras de la
izquierda. Desaparece. Y aparece inmediatamente después.
Baja y toma asiento junto a MOLINSKY. Muy
bajo.) Todo está en orden...
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MOLINSKY.- ¿Duermen?
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KOPROFF.- ¡Sí!
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MOLINSKY.- ¿Los tres?
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KOPROFF.- ¡Sí!
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MOLINSKY.-
(Tiernamente.) ¡Claro! Anoche era
Navidad, y se acostaron muy tarde...
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KOPROFF.- (Muy
paternal.) Me parecía oportuno dejarles que se
divirtieran un poquito. ¿Comprendes? Después de todo,
era su última noche de libertad. Desde mañana
vivirán bajo la disciplina del Partido...
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MOLINSKY.-
(Sinceramente.)
¡Pobrecillos!
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(KOPROFF se
acomoda en un butacón y sonríe
dichosamente.)
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KOPROFF.- Te confieso, camarada Molinsky, que en
este momento soy el hombre más feliz del mundo. Cuando
dentro de unos minutos Sus Majestades bajen por esa escalera y me
comuniquen que aceptan nuestra propuesta...
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MOLINSKY.- ¿Tú crees que
aceptarán?
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KOPROFF.- ¿Lo dudas? (Y
sonríe astutamente.) El Partido ha sabido
escoger, como siempre, el momento psicológico. Los tres,
cada uno por distinta causa, están impacientes por reinar.
Alí-Harom, el Magnífico, está sediento de
poder y de venganza. El Príncipe Federico tiene prisa por
hacer feliz a su pueblo con sus ideas de pequeño
burgués revolucionario. Y el Rey Alberto está en la
ruina... ¿No crees que son suficientes razones para que los
tres acepten la mano generosa que les tiende el Partido? ¡Ah!
Nos esperan días venturosos, Molinsky.
(Dichosísimo.) Dentro de poco,
todo el mundo estará gobernado por las derechas...
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MOLINSKY.-
(Encantado.) ¡Qué bien lo
vamos a pasar!
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KOPROFF.- En la gloria.
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MOLINSKY.-
(Transición.) Pero, ¿es
verdad, camarada Koproff?
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(Sonríe. KOPROFF mira a un lado y a otro antes
de hablar, y con mucho sigilo.)
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KOPROFF.- Escucha, hijo mío. Voy a
explicarte esta nueva actitud del Partido. (Un
suspiro.) Era inevitable. ¿Comprendes?
Nosotros, con nuestros viejos métodos revolucionarios, hemos
hecho muchísimas barbaridades. ¿Qué voy a
decirte que no sepas? Hemos ido demasiado lejos y la gente nos
tiene miedo. Y ya se sabe, en política, todo el que se
asusta se hace de derechas. ¿Y puede el Partido permanecer
indiferente ante este fenómeno? ¡No! La humanidad
entera está asustada, y, sin saber lo que quiere, quiere
volver hacia atrás. Pues bien: todos hacia atrás.
¡Pero conducidos por el Partido! (Con
entusiasmo.) ¿No es una maniobra
política genial?
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MOLINSKY.-
(Boquiabierto.) ¡Qué
barbaridad!
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KOPROFF.- Acabo de hablar con el aeropuerto. El
avión llegó de madrugada y está listo para
conducir a Sus Majestades hasta cierto lugar a orillas del
Danubio.
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MOLINSKY.-
(Escéptico.) Oye... ¿Ese
lugar es un campo de concentración?
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KOPROFF.- ¡Oh, no! Es una regia
residencia... (Transición.)
Pero, para mayor seguridad de Sus Majestades, el Palacio
estará rodeado de alambradas.
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MOLINSKY.- ¡Ah, vamos! Ya decía
yo...
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KOPROFF.-
(Mundano.) Una simple
precaución del Partido, que está en todo. Espero que
Sus Majestades no lo tomen a mal.
(Transición.) ¡Camarada
Molinsky! Vete preparando para recibir los honores que se nos
tributarán por el éxito de nuestra misión en
el Parador de San Mauricio. Ya veo sobre tu pecho la Estrella Roja
de los Jóvenes Héroes de la Revolución. A
mí, seguramente, me harán embajador. Después
de tantos años de espía, es lo natural...
(Un rumor de voces en el fondo. KOPROFF y MOLINSKY vuelven la
cabeza.)
¿Qué es eso?
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(Aparece en la meseta de la izquierda el Rey ALBERTO, que, casi sin detenerse,
cruza hacia la salida de la izquierda. Parece muy
contrariado.)
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ALBERTO.- Buenos días,
señores.
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KOPROFF.- ¡Majestad!
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ALBERTO.- Permítanme. No puedo detenerme.
Sucede algo muy extraño. Y estamos muy preocupados.
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(Sale por la izquierda precipitadamente. KOPROFF y MOLINSKY se miran.)
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KOPROFF.- ¡Camarada Molinsky!
¿Qué puede suceder sin que lo sepa el Servicio
Secreto? Esto no me gusta nada...
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(Aparece ALÍ-HAROM en la meseta de la
izquierda y llamando a grandes voces.)
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ALÍ-HAROM.- ¡Maître!
¡Camaradas!
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KOPROFF.- ¡Majestad!
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ALÍ-HAROM.- ¡Oh! ¡Koproff,
Molinsky! ¡Amigos míos! ¡Si ustedes supieran lo
que nos pasa! (Gritando.)
¡Maître! ¡Maître!
¿Dónde se ha metido ese hombre? ¿Y las
camareras? ¿Es que no hay nadie en este hotel? ¡Que
venga todo el mundo! ¡Yo, Alí-Harom, el
Magnífico, lo mando!
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(Irrumpen al mismo tiempo el MAÎTRE
y SILVIA por la puerta de
la derecha y LILÍ
por la escalera del mismo lado.)
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SILVIA.- ¡Ay!
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LILÍ.- ¿Quién llama?
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ALÍ-HAROM.-
(Furioso.) ¡¡Yo!!
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MAÎTRE.-
¡Majestad!
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(Vuelve el Rey ALBERTO por donde
salió.)
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ALBERTO.- ¡Calma! Un poco de calma.
¿Alguno de ustedes ha visto al príncipe Federico esta
mañana?
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MAÎTRE.- No,
Majestad. Su Alteza ni siquiera ha pedido el desayuno...
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ALBERTO.- ¿Cuándo vio usted al
príncipe por última vez?
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MAÎTRE.-
Anoche, de madrugada, señor. Cuando, después de la
cena, Sus Majestades se retiraron a descansar...
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ALBERTO.- ¡Oh!
(Abrumado.) Entonces, no hay
duda...
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(Se sienta en el sofá muy preocupado. Todos le miran
con muchísima curiosidad.)
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KOPROFF.- ¡Majestad! En nombre del
Servicio Secreto, ¿puedo saber lo que pasa?
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ALBERTO.- ¿Por qué no? El
príncipe Federico ha desaparecido.
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TODOS.- ¿Cómo?
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SILVIA.- ¿Qué?
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MAÎTRE.-
¿El príncipe?
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KOPROFF.- ¿Que ha desaparecido el
príncipe?
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ALBERTO.- Sí... Ha desaparecido y sin
dejar rastro. Hace un rato yo mismo llamé en su
habitación para bajar juntos los tres a desayunar. Pero la
habitación estaba vacía. Le hemos buscado por todas
partes... Ha sido inútil... No está. Acabo de
comprobar que tampoco está su coche en el garaje.
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TODOS.- ¡Oh!
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ALBERTO.- Naturalmente, no podemos cruzarnos de
brazos. Pero, ¿qué podemos hacer?
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(ALÍ-HAROM
se vuelve furioso hacia el MAÎTRE.)
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ALÍ-HAROM.- ¿Qué hace usted
ahí parado?
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MAÎTRE.-
(Asustadísimo.) ¡Majestad!
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ALÍ-HAROM.- ¡Largo! Y vosotras
también. Es preciso que el Príncipe aparezca.
¡A prisa! ¡Yo lo mando!
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LILÍ.- Sí, señor.
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MAÎTRE.-
¡Vamos, vamos! ¡Dios nos asista!
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(Salen el MAÎTRE,
SILVIA y LILÍ por la izquierda. El Rey
ALBERTO va de un lado para
otro. ALÍ-HAROM,
sentado en el sofá, se limpia el sudor. KOPROFF y MOLINSKY, muy juntos, a la
izquierda.)
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ALBERTO.- ¿Qué significa esta
fuga? ¿Dónde habrá ido ese muchacho? Me temo
cualquier locura. Es tan tímido, tan apocado. No
estaré tranquilo hasta que aparezca. Mía fue la idea
de pasar la Navidad juntos los tres en este Parador. Y, claro soy
el responsable moral de todo lo que ocurra. ¡Ah! El
príncipe es tan extraño.
(Indignándose a medida que
habla.) Está obsesionado con las grandes
ideas. Quiere hacer la felicidad de su pueblo y salvar a la
humanidad entera. Vamos, hombre. Como si los pueblos quisieran ser
felices; como si la humanidad tuviera algún interés
en que nadie la salve. Claro que todo eso le pasa porque
todavía no se ha enamorado. Me atrevería a jurarlo.
Porque cuando aparece junto a uno la primera mujer ya no le queda a
uno tiempo para pensar en tonterías. Eso de salvar a la
humanidad es una manía de solteros... (De
pronto.) Si no tenemos noticias del príncipe
habrá que denunciar su desaparición a las autoridades
de este país. Eso, desde luego, significa el
escándalo. Ya lo sé. Ahí es nada. ¡Un
rey en el exilio que desaparece! ¡Qué buen suceso para
los periódicos! ¡Oh!
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ALÍ-HAROM.- (Con cierta
esperanza.) ¿Cree usted que vendrán los
periodistas y los fotógrafos?
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ALBERTO.- ¡Me lo temo!
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ALÍ-HAROM.- ¡Ah! Entonces, no hay
que perder tiempo...
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ALBERTO.- ¿A dónde va usted?
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ALÍ-HAROM.- Voy a arreglarme un poco.
Porque si vienen los periodistas no tendré más
remedio que hacer declaraciones...
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ALBERTO.- Pero, hombre. ¡Alí-Harom!
Espere...
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(Salen los dos por la escalera de la izquierda. Quedan
solos en escena KOPROFF y
MOLINSKY. Un corto
silencio.)
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KOPROFF.- ¡Atención, camarada
Molinsky! Estoy seguro de que el príncipe no ha salido del
Parador por su propia voluntad...
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MOLINSKY.- ¡Koproff!
(Aterrado.) ¿Crees que se trata
de un secuestro?
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KOPROFF.- ¡Sí!
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MOLINSKY.- ¡Oh!
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KOPROFF.- Lo veo. Está clarísimo.
La desaparición del príncipe es una maniobra contra
el Partido. ¡Estamos ante una provocación de los
occidentales!
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MOLINSKY.- ¡Qué infamia!
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KOPROFF.- Se trata de hacer fracasar nuestras
negociaciones con los tres reyes. ¡Ah! Debí figurarme
que algo así sucedería. Nos han descubierto,
Molinsky. En esta casa hay un espía enemigo...
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(MOLINSKY, muy
asustado, mira en torno con recelo.)
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MOLINSKY.- ¿Será peligroso?
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KOPROFF.- ¡Quién sabe!
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MOLINSKY.- Pues estamos perdidos.
(Bajísimo.) ¿Sospechas de
alguien?
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KOPROFF.- Sí... Tengo una sospecha. Y ya
sabes que yo no me equivoco nunca.
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MOLINSKY.- ¡Oh!
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KOPROFF.- ¡Silencio!
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(Acaba de aparecer la DUQUESA en la entrada de la izquierda.
Viene hablando consigo misma, en su mundo, muy
satisfecha.)
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DUQUESA.- ¡Ea! Ya sé, ya sé
por qué están todos tan alterados y por qué
van de un lado para otro como si se hubieran vuelto locos.
Seguramente es que han venido los anarquistas. ¡Ah! Ya
sabía yo que vendrían los anarquistas. Esos
pobrecitos siempre, siempre van detrás de los reyes. Es una
manía. Y estoy segurísima de que, de un momento a
otro, va a estallar una bomba.
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KOPROFF.- ¡Duquesa! Dígame la
verdad. ¿Es usted un agente americano?
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DUQUESA.- ¡Jesús!
¿Qué dice este espía?
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KOPROFF.- ¡Conteste!
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DUQUESA.- ¡Camarada Koproff!
(Con mucha dignidad.) Si yo fuera un
agente americano, usted lo hubiera sabido antes que nadie. Porque
yo jamás, jamás tuve secretos con los espías
enemigos. ¡Ea! Para que se entere...
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(Sale por la derecha muy ofendida. Un
pequeñísimo silencio.)
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MOLINSKY.- ¡Koproff! Yo creo que esta
señora está muy chiflada...
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KOPROFF.-
(Furioso.) ¡Síguela!
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MOLINSKY.- Pero, Koproff...
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KOPROFF.- ¡Síguela! ¿O es
que vas a dudar de mi experiencia?
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(Salen los dos tras las huellas de la DUQUESA. Por unos segundos queda la
escena sola. En seguida, en la escalera de la derecha aparece
PALOMA. Baja corriendo, se
dirige a la mesita y marca un número en el teléfono.
Muy risueña.)
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PALOMA.- ¡René!
¿Estás bien? ¿De verdad? Pobrecito, pobrecito
mío... Te llamo para que sepas que, aunque no te lo mereces,
me preocupo muchísimo por ti. Eso es. ¿Cómo
has pasado la Navidad tú solito? ¡Ay, cuenta, cuenta!
Tengo una curiosidad... (Transición,
enfurruñadísima.) ¿Cómo?
No te oigo. ¿Tú solo? Pero, René, querido,
qué ordinario eres. Sabes muy bien que no quiero que te
emborraches a solas porque en seguida empiezas a decir que tienes
mucha vida interior y todas esas tonterías...
(Indignada.) ¡Ah! ¿Conque
tu vida interior es sagrada? Pero qué fresco eres,
René. Entonces, ¿qué soy yo para ti, vamos a
ver? (Furiosa.) ¡René!
¡No me repliques! ¡No seas estúpido!
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(Surgen muy alborotadas SILVIA y LILÍ por la
izquierda.)
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SILVIA.- ¡Señorita!
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LILÍ.- ¡Señorita Paloma!
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PALOMA.- ¡Ay! ¿Qué?
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SILVIA.- ¡Mire!
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LILÍ.- Mire, mire.
¡Allí!
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(Las dos señalan algo lejano, a la izquierda.
PALOMA suelta el
teléfono, abre los ojos de par en par y grita.)
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PALOMA.- ¡Ayyy...! (Casi sin
voz.) ¿Es una aparición?
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SILVIA.- Eso mismo creía yo...
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(De pronto las tres gritan a un tiempo y escapan
refugiándose junto a la chimenea sin dejar de mirar hacia la
izquierda con los ojos muy abiertos.)
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LAS
TRES.- ¡Ayyy!
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(Y en el umbral de la izquierda aparece el Príncipe
FEDERICO. Pero es otro
hombre. Viste un precioso y vistosísimo uniforme blanco con
charreteras doradas que recuerda, ágilmente estilizada, la
fantasía y la suntuosidad de los trajes reales de 1900. De
los hombros le cuelga una espléndida capa roja. No lleva
gafas. Cabeza descubierta. Entra muy erguido, muy risueño.
Su entrada tiene algo de sobrenatural: cae de lleno sobre él
un gran rayo de luz que se filtra por los cristales del ventanal.
Sonriendo, sin dejar de mirar a PALOMA, muy seguro de sí mismo,
casi con una risueña insolencia, avanza despacio hasta el
centro y espera.)
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PALOMA.- (Muy bajo.
Nerviosísima.) ¿Estáis seguras
de que es él?
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SILVIA.- Sí, señorita...
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PALOMA.-
(Emocionadísima.) Pero si es
igual, igual que yo me lo imaginaba. Con su uniforme blanco. Y esas
cositas doradas. ¡Y la capa!
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LILÍ.- ¡Es fantástico!
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PALOMA.- ¿Estaré
soñando?
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SILVIA.- No, señorita. Es
guapísimo...
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PALOMA.- ¡Marchaos!
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LILÍ.- Sí, señorita.
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(Las dos camareras, sin dejar de mirar al Príncipe,
fascinadas, suben por la escalera de la derecha. Un silencio. El
Príncipe hace una suave reverencia.)
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FEDERICO.- A tus pies, Paloma Monetti. El
Príncipe heredero de cinco generaciones de reyes, te
saluda...
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PALOMA.-
(Azaradísima.) ¡Alteza!
Esto es un milagro. ¿Cómo se le ha ocurrido?
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FEDERICO.-
(Sonríe.) Por ti...
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PALOMA.- (Muy
bajo.) Por mí.
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FEDERICO.- Para salir a tu encuentro.
Tenía que matar al pobre muchacho que tú veías
en mí. Y tenía que hacer vivir a ese príncipe
que tanto soñabas. En medio de toda una noche sin dormir,
tuve esta idea que a ti te parece un milagro. Escapé esta
mañana sin que nadie me viera y aquí estoy. ¡Y
si vieras qué emocionante es el milagro! Es la primera vez
que llevo un traje como este. Los reyes en el exilio vivimos sin
corte y sin ceremonia: no tenemos un pueblo a quien deslumbrar.
Pero, ¡qué bella es la sugestión de un traje de
príncipe hasta para un príncipe verdadero! Ahora
podría ser, al mismo tiempo, loco, generoso, heroico, cruel
y santo, como cada uno de mis gloriosos antepasados. Oigo mi voz y
no me parece la mía. Es algo tan curioso y tan
extraño que casi ni yo mismo puedo creerlo. Pero ahora
sé que soy fuerte y eso es lo que importa. Ya no tengo
miedo. Ya puedo decirte que te quiero...
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PALOMA.- (Muy
bajito.) ¡Ay, Alteza!
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FEDERICO.-
(Sonríe.) Anoche, el pobre
profesor se enamoró de ti...
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PALOMA.-
(Conmovidísima.) ¡Claro!
Si no podía ser de otro modo. Si de esos pobrecitos no me
falla uno...
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FEDERICO.- No sabría decirte por
qué te quiero. Pero no hace falta. Solo los tontos se
empeñan en explicar el amor. Creo que ya te quería
cuando pasaste por mi lado y me dijiste: ¿Le gusto,
profesor?
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PALOMA.- ¿Eso dije?
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FEDERICO.- ¡Sí!
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PALOMA.- ¡Qué frescura! Decirle eso
a todo un príncipe...
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FEDERICO.- Te quiero sin conocerte, desde hace
años y años. Eres como el resumen de todas las
mujeres que no he tenido, de todas las aventuras imaginadas que no
he vivido, prisionero entre los muros de un castillo solitario
rodeado de niebla...
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PALOMA.- ¡Dios mío! ¿Nunca
ha tenido Vuestra Alteza un gran amor?
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FEDERICO.- Nunca.
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PALOMA.- ¿Ni un amor
pequeñito?
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FEDERICO.- Tampoco...
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PALOMA.- ¡Qué caso!
(Le mira con ternura y
suspira.) Pobrecito mío, qué mal te han
educado... (De pronto, en una brusca
transición, PALOMA
escapa.) ¡No! No quiero.
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FEDERICO.- ¡Paloma!
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PALOMA.- ¡He dicho que no y no! ¡No
quiero! ¡No puedo! Dentro de esa arrogante ropa de
príncipe hay un chiquillo desamparado. Un chiquillo bueno. Y
tengo miedo por él... No quiero hacerle desgraciado. No me
lo perdonaría. ¡Alteza! Yo no soy tan inocente como
Vuestra Alteza. Yo he amado a otros hombres.
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FEDERICO.-
(Sonríe.) Ya lo sé...
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PALOMA.- He jugado con ellos: les he hecho
daño. Porque se lo merecían, naturalmente.
(Baja los ojos.) Y a casi todos los he
engañado.
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FEDERICO.- ¿A René también?
(Rencoroso.) Me alegro.
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PALOMA.- ¡Oh! A ese ni siquiera le
engaño: se lo cuento todo...
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FEDERICO.- Todo eso no importa nada...
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PALOMA.- Pero, ¿es que no comprende
Vuestra Alteza que soy una coqueta, una frívola, una
insensata?
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FEDERICO.- ¡Claro! Te quiero por
frívola, por coqueta, por insensata...
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PALOMA.- ¡No, no y no! Tienes que creerme,
pobrecito mío. Abre bien los ojos y mírame. Yo soy
mala, muy mala. ¡Si yo te contara mi vida! ¡Ah! Hay
muchas maneras de contar el folletín de la pobre muchacha
inocente que tiene ambiciones y quiere subir y subir, rodeada de
gentes egoístas y perversas. Pero si se cuenta la verdad,
resulta que ella, la pobre muchacha inocente y desamparada es la
peor de todos. He sido muy mala, Príncipe. ¿Y sabes
por qué? Por que tengo mucho miedo. Miedo de todo: del amor,
de la soledad, de la vida, de la muerte... Todas las mujeres somos
malas cuando tenemos miedo. ¡Porque tenemos que defendernos!
Y siempre, siempre, estamos asustadas aunque aparezcamos ante
vosotros con una sonrisa de triunfo en los labios. Tú no
conoces a las mujeres, Príncipe. ¿Quieres saber
más? ¿Sabes por qué anoche me propuse
conquistar a un príncipe a quien ni siquiera conocía?
Porque era muy hermoso salir al paso del Príncipe Azul que
soñaba en mis días de niña. Sí... Pero
también porque era magnífico tener una aventura
amorosa con un príncipe auténtico, en un parador de
la montaña, una noche de Navidad. El amor de un
príncipe es una propaganda sensacional para una actriz. Ya
se han dado casos... ¿Comprendes? Ya ves cómo ni
siquiera en los sueños bonitos es todo noble y limpio. Es
tan fácil envolver con poesía las malas intenciones.
Luego, ni una misma sabe dónde está la verdad: si en
el fondo de la mala intención o en esa poesía
estúpida y falsa que sirve para todo.
(Transición.) Vete,
Príncipe. Vete. Déjame con René.
(Le mira conmovidísima, sorbiéndose las
lágrimas.) Te dije que René y
tú os parecíais un poquito. Pero no es verdad.
¡Qué más quisiera ese idiota!
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FEDERICO.-
(Sonríe.) ¡Paloma!
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PALOMA.- Déjame. Vuelve a tu viejo
castillo y cierra bien las puertas para que nadie te robe tu
inocencia. Es tan bonita...
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FEDERICO.- No volveré al castillo. Nos
iremos los dos juntos...
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PALOMA.- Pero, ¿a dónde?
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FEDERICO.- ¡Oh! A un lago de Italia, a una
montaña de Suiza, a un rinconcito de París. Un gran
amor cabe en cualquier parte...
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PALOMA.- Pero, ¿no comprendes que te
engañaré?
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FEDERICO.-
(Sonríe.) ¡Oh, no! A
mí no me engañarás...
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PALOMA.- ¿Por qué estás tan
seguro?
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FEDERICO.- Porque te mataría...
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(Lo ha dicho suavemente, sonriendo. PALOMA se vuelve
deslumbrada.)
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PALOMA.- ¿Serías capaz?
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FEDERICO.- ¡Claro!
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PALOMA.-
(Atónita.) ¿Es un
costumbre de príncipes?
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FEDERICO.- Es una tradición de mi
familia. La implantó el fundador de la
dinastía...
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PALOMA.- ¿El primer rey?
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FEDERICO.- No.
(Sencillamente.) El último
pirata...
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PALOMA.- ¡Ay! Entonces, por lo visto, eres
de esos hombres dominantes que no tienen inconveniente en pegar a
las mujeres...
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FEDERICO.- ¡Naturalmente! Si es
necesario...
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(PALOMA le
está mirando con el rostro radiante, como
iluminado.)
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PALOMA.- ¡Ay, vida mía! Pero si
esto es lo que yo he estado esperando tanto tiempo...
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FEDERICO.- (Un
paso.) ¡Paloma!
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PALOMA.- ¡Déjame!
(Echa a correr conmovidísima, sube los
peldaños de la escalera y se vuelve un momento desde la
meseta.) Bueno. Después de todo, la verdad es
que no soy tan mala como te he dicho...
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FEDERICO.- ¡Paloma!
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(Está solo, inmensamente feliz. Aparecen en la
escalera de la izquierda ALBERTO y ALÍ-HAROM, que se quedan
estupefactos ante el Príncipe.)
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ALBERTO.- ¡Oh!
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ALÍ-HAROM.- ¡Demonio!
¿Quién está ahí?
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(Ante los dos, el Príncipe se vuelve y se inclina en
una risueña y airosa reverencia.)
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FEDERICO.- ¡Señores! El
Príncipe Federico saluda a Sus Majestades...
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ALBERTO.- Pero, muchacho...
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FEDERICO.- ¿Cómo me
encuentran?
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ALBERTO.- Asombroso...
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ALÍ-HAROM.-
(Boquiabierto.) A ver, a ver...
Déjame verlo bien. ¡Qué preciosidad!
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ALBERTO.- De manera que este es el secreto de su
fuga. ¡Hijo mío! ¿Dónde ha encontrado
usted este traje?
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FEDERICO.- En una sastrería de
teatros...
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ALBERTO.- ¡Hola!
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FEDERICO.- (Con
entusiasmo.) Es una tienda maravillosa. Con un poco
de imaginación, cualquiera puede salir de allí
convertido en húsar, en cosaco o en bandido. Esta
mañana entró un pobre estudiante de
sociología: casi, casi un socialdemócrata. A la
salida era un príncipe. Porque eso sí, para reyes y
príncipes y grandes duques tienen muchísimos
modelos...
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ALBERTO.- ¡Claro! Como ya no se llevan...
(Le mira muy despacio y
sonríe.) ¡Príncipe!
¿Qué ha pasado? Porque supongo que todo esto
tendrá una explicación...
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FEDERICO.-
(Sonriendo.) Ella dice que es un
milagro...
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ALBERTO.- ¿Ella?
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FEDERICO.- Sí...
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ALBERTO.- ¡Ah!
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FEDERICO.- ¿Cree usted en los milagros,
señor?
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ALBERTO.- Naturalmente, hijo... He nacido
rey.
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(Surge la DUQUESA,
enfadadísima, por donde se fue.)
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DUQUESA.- ¡Ea! Se acabó. No aguanto
más. Esto es un atropello... ¡Tomás! Ven
aquí, Tomás...
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(Aparece presuroso el MAÎTRE.)
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MAÎTRE.-
¿Qué ocurre, señora Duquesa?
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DUQUESA.- ¡Que los espías me
están persiguiendo por toda la casa!
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TODOS.- ¡Oh!
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DUQUESA.- ¡Míralos!
(Indignada.) Ya están
ahí...
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(Y en efecto, con muchísimo sigilo, aparecen
KOPROFF y MOLINSKY.)
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TODOS.- ¡Oh!
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(KOPROFF y
MOLINSKY se quedan
extáticos ante el Príncipe.)
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LOS
DOS.- ¡Oh!
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MOLINSKY.- ¡Oh! El Príncipe...
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KOPROFF.-
(Soñador.) ¡Soberbio!
¡Qué porte! ¡Qué majestad! Ya veo a Su
Alteza en el balcón de Palacio presidiendo la
manifestación de Primero de Mayo...
(Transición.) Pero ¿no
cree Su Alteza que ese traje le resultará incómodo
para el avión?
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(Los tres reyes -el Príncipe en el centro-
están juntos a la izquierda. La DUQUESA con el MAÎTRE,
al fondo. Y KOPROFF y
MOLINSKY, junto a la
puerta de la derecha, todavía.)
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FEDERICO.- Lamento decirle, señor
Delegado del Servicio Secreto, que no subiré a su
avión...
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KOPROFF.- (Con un
escalofrío.) ¿Cómo?
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MOLINSKY.- ¿Qué dice?
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KOPROFF.-
(Asombradísimo.) ¿Debo
entender que Su Alteza rechaza la propuesta del Partido?
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FEDERICO.- Sí, señor
Delegado...
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KOPROFF.- ¿Es que Vuestra Alteza tiene
otra oferta de los americanos?
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FEDERICO.- ¡Oh, no! Los americanos solo
necesitan reyes para Hollywood, y los inventan porque resultan
mejor...
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KOPROFF.- Entonces, Alteza, ¿por
qué razón?
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(En ese momento surge PALOMA en la escalera de la derecha,
seguida de SILVIA, que
lleva su maletita. PALOMA
cruza la escena y se refugia en el Príncipe.)
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PALOMA.- Ya estoy lista. Llévame donde
quieras.
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(Todos miran hacia la pareja con un murmullo de curiosidad
contenida. El Príncipe, con suavidad, atrae a la muchacha
hacia sí.)
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TODOS.- ¡Oh!
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FEDERICO.- ¿Por qué razón,
señor Delegado? ¿No se lo figura? (Con
PALOMA entre los
brazos.) Por una loca razón... Por una
pequeña, insensata y frívola razón...
(Transición.) Anoche,
señor Delegado, cuando usted me ofreció un trono,
estuve a punto de aceptar. ¿Sabe usted por qué?
Porque he nacido para ser rey. Y debe de ser tan hermoso decirse
uno a sí mismo: ya soy rey. Ya cumplo mi destino. Tan fuerte
es todo eso, señor Delegado, que oyéndole a usted
hablar de nuestros viejos palacios, de las músicas y de las
lluvias de rosas que acogen a los reyes que regresan, yo me
olvidé de las glorias de mis antepasados que eran libres
como las águilas y estuve a punto de convertirme en un rey
prisionero solo para engañarme a mí mismo. Para poder
decirme en voz baja: ya soy rey. Ya soy rey...
(Sonríe.) Pero fue solo un
instante. Muy cerca de mí estaba algo que vuelve locos a los
hombres para salvarlos. Es algo dulce y picante como el aire fresco
de una mañana. Es el amor. Por el amor renuncio a ser un rey
prisionero y voy a ser un príncipe libre... Los
príncipes y los pájaros solo somos príncipes y
pájaros cuando estamos en libertad.
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ALBERTO.- ¡Bravo, muchacho!
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ALÍ-HAROM.-
(Admiradísimo.) ¡Cómo
habla...!
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MOLINSKY.-
(Embobadísimo.) ¡Qué
pico de oro!
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FEDERICO.- Hoy muere el Pretendiente cautivo del
castillo de Irlanda. Desde ahora seré el Príncipe
audaz y aventurero que quieren mis partidarios. ¿Me
ayudarás, Paloma?
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PALOMA.- Sí, amor mío. Daremos
muchísimos escándalos...
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(FEDERICO se
vuelve hacia ALBERTO.)
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FEDERICO.- ¡Majestad! ¿Era esto lo
que usted quería anoche, cuando pidió a Paloma que se
quedara con nosotros?
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ALBERTO.- Sí, hijo mío. Dame un
abrazo. Y tú también, Paloma... Estoy tan emocionado.
Marchaos. Aprisa.
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ALÍ-HAROM.- Yo también estoy muy
conmovido, Príncipe Federico. Se lleva usted una encantadora
muchacha...
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(En este momento, juntos en el centro, están el rey
ALBERTO y la DUQUESA.)
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DUQUESA.- Como entonces, Berty...
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ALBERTO.- Como entonces, Marie Lulú.
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SILVIA.- ¡Ay, señorita! Y se van.
Con el cariño que yo les tomo a los huéspedes...
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MAÎTRE.-
¡Señorita Paloma!
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(PALOMA escapa
hacia la DUQUESA.)
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PALOMA.- ¡Adiós, Duquesa!
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DUQUESA.- ¿No tiene usted un poco de
miedo, hijita? ¿No piensa usted que quizá dentro de
muchos años se encuentren los dos en un Parador y él
no la reconozca?
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PALOMA.-
(Radiante.) ¡Quién sabe!
(Besa a la DUQUESA y escapa. Toma al
Príncipe de la mano.) Vamos,
Príncipe.
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FEDERICO.- ¡Vamos!
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(Escapan los dos por la embocadura de la izquierda,
seguidos de SILVIA. El Rey
ALBERTO, ALÍ-HAROM, el MAÎTRE
y MOLINSKY los despiden
con gran alborozo junto a la embocadura. La DUQUESA cruza la escena lentamente y
se sienta en el sofá junto al fuego. KOPROFF, atónito, sin dar
crédito todavía a todo lo que pasa, con los ojos
fijos en el infinito, se sienta en un butacón de la
izquierda.)
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TODOS.- ¡Adiós!
¡Adiós!
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MAÎTRE.-
¡Qué hermosa aventura! ¡No la olvidaré
nunca!
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ALBERTO.- ¡Suerte!
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ALÍ-HAROM.- ¡Adiós!
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MOLINSKY.-
(Entusiasmado.) ¡Buen viaje!
¡Escríbanme una postal!
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(KOPROFF se yergue
y grita furioso, como si despertara.)
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KOPROFF.- ¡¡Molinsky!! Ven
aquí...
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MOLINSKY.-
(Alegremente.) ¡No quiero!
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KOPROFF.- ¿Qué dices,
insensato?
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MOLINSKY.- ¡He dicho que no quiero!
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KOPROFF.- Pero ¿es que olvidas la
disciplina del Partido?
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MOLINSKY.- ¡A la porra el Partido!
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KOPROFF.- ¡Desdichado!
(Aterrado.) ¿Es que te has
vuelto loco?
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MOLINSKY.- ¡Quia! Lo que pasa es que yo
también me voy...
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KOPROFF.-
(Estupefacto.) ¿Qué
dices?
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MOLINSKY.- Lo que oyes. No vuelvo contigo. Me
quedo para siempre en este país. ¿Y sabes por
qué? Porque me gusta todo esto. Porque aquí no hay
disciplinas, ni sabotajes, ni Partido. Porque me encanta esta
gente, que son alegres porque hacen lo que quieren. Porque me
gustan las muchachas que solo quieren a un hombre para toda la
vida. Porque me vuelven loco las mujeres que no me quieren dar un
beso. ¡Ea! Por todo eso. ¡Ah! Y porque el Servicio
Secreto me parece una tontería. Y, para que te enteres, voy
a escribir un libro que se titula: «Yo he sido
espía». Conque, buenos días, camarada Koproff.
¡Y hasta nunca!
(Contentísimo.) ¡Ea! Ya
está. No podía más. ¡Silvia!
¡Silvia! ¿Dónde estás? ¡Silvia!
Espera...
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(Sale aprisa, nerviosísimo y enormemente feliz por
la izquierda. KOPROFF se
derrumba otra vez en el sillón.)
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KOPROFF.- Es horrible. No puedo creerlo.
¿Qué ha pasado aquí?
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(El Rey ALBERTO y
ALÍ-HAROM se
acercan, francamente compadecidos, y le prodigan amables palmaditas
en la espalda.)
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ALÍ-HAROM.- ¡Koproff! ¡Amigo
mío! Un poco de valor...
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ALBERTO.- ¡Ánimo! Hay que ser
fuerte...
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ALÍ-HAROM.- Ea, ea, ea...
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KOPROFF.- ¿Qué va a ser de
mí? No puedo volver allí fracasado. El Partido no
tolera fracasos. Ustedes no tienen ni idea de lo que es
aquello...
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ALBERTO.- ¿Tanto como dicen?
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KOPROFF.- ¡Uf! Muchísimo
más...
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ALÍ-HAROM.- Caramba, caramba...
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(KOPROFF se vuelve
a uno y otro en actitud francamente suplicante.)
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KOPROFF.- ¡Caballeros! Somos amigos.
Ustedes no pueden abandonarme. ¿Vendrán ustedes
conmigo?
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ALBERTO.- (Muy
dolido.) ¡Koproff! Siento mucho verle a usted
en este apuro. (Un suspiro.) Pero la
verdad es que no puedo ayudarle. Yo ya no valgo para ser rey. He
perdido la fe. No creo en nada: soy un egoísta, como todos
los solitarios. Sería un mal rey, se lo aseguro.
Además, siento decirle que no coincido políticamente
con el Partido. (Un suspiro.) Son
ustedes muy de derechas...
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KOPROFF.- (Un
gemido.) ¡Oh!
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ALBERTO.- Yo, no, hijo; yo, no.
¿Qué quiere usted que le diga? Están ustedes
muy equivocados con la nueva línea del Partido. No eran
aquellos tiempos tan buenos como ustedes creen... ¡Quia! Ni
muchísimo menos. Mire usted: a mí, con franqueza, me
son muy simpáticos los americanos...
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(Un levísimo silencio. KOPROFF alza los ojos hasta
ALÍ-HAROM.)
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KOPROFF.- ¡Majestad!
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ALÍ-HAROM.- (Con gran
pesar.) No puedo, Koproff. Créame... Anoche,
mientras reíamos y cantábamos como niños, me
di cuenta de algo que no había descubierto todavía.
¡Je! ¡Koproff! Resulta que yo soy verdaderamente feliz
desde el día en que me destronaron. Figúrese. Ese
mismo día me separé de mi mujer... Desde entonces,
vivo en Europa, París, Roma, Suiza, la Costa Azul. Conozco
todos los días gentes interesantes. Me invitan a las mejores
fiestas. Créame usted: cuando me acuerdo de mi país,
todo aquello me parece de una ordinariez... Nada, que no puedo
renunciar al exilio. Pero eso sí, usted me ha sido muy
simpático. Esta primavera organizaré en mi yate un
crucero por el Mediterráneo hasta Grecia. Vendrán
unos amigos encantadores y tendré mucho gusto en que usted
nos acompañe. ¿Adónde puedo enviarle la
invitación?
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KOPROFF.-
(Lúgubre.) A la
cárcel.
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ALBERTO.- ¡Hombre!
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ALÍ-HAROM.- ¡Koproff!
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KOPROFF.- ¡Sí! Es el porvenir de
los que vuelven fracasados. Primero me destituirán de todos
mis cargos. Después me incluirán en la próxima
purga. Luego, la cárcel. Más tarde, la vida en un
campo todo cubierto de nieve. Trabajos forzados. Y al fin, un
día cualquiera, la muerte...
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ALBERTO.- ¡Koproff!
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ALÍ-HAROM.-
(Emocionadísimo.) Se me parte
el corazón...
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KOPROFF.- Pero no importa.
(Heroico.) Yo sabré cumplir con
mi deber. Buenos días,
señores... (Gravemente, saluda con mucha
cortesía, sube las escaleras de la derecha y
desaparece.)
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ALÍ-HAROM.-
(Compungido.) ¡Era un
héroe!
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MAÎTRE.- Era
un gran espía...
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ALBERTO.- Vamos. Nuestro equipaje...
(Sale el MAÎTRE
por la escalera de la izquierda. El Rey ALBERTO se detiene ante la
DUQUESA, que está
inmóvil y con los ojos cerrados desde hace
rato.)
¡Pobre Marie Lulú!
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ALÍ-HAROM.- ¿Se ha dormido?
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ALBERTO.- Sí. Adiós, Marie
Lulú. ¿Por qué nos hemos vuelto a encontrar?
Me gustaba tanto recordarte como eras... Pero tú no tienes
la culpa, pobre viejecita. Adiós, Marie Lulú.
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(Baja el MAÎTRE
con los abrigos y los maletines de ALBERTO y ALÍ-HAROM.)
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MAÎTRE.- Ha
sido una noche de Navidad inolvidable, señor.
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ALBERTO.- Gracias, amigo. ¡Felicidad!
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ALÍ-HAROM.- ¿Va usted a
París, Alberto?
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ALBERTO.- ¡Siempre a París!
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ALÍ-HAROM.- Entonces, pronto nos
volveremos a encontrar...
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(Salen el Rey ALBERTO, ALÍ-HAROM y el MAÎTRE.
Queda sola la DUQUESA,
inmóvil. Entra inmediatamente el MAÎTRE.)
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DUQUESA.- ¿Se han ido?
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MAÎTRE.-
¿Cómo? Pero ¿no dormía la señora
Duquesa?
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DUQUESA.- Calla, tonto. Fingí que estaba
dormida para evitar una despedida. El pobre Berty no hubiera sabido
despedirme. ¿Comprendes?
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MAÎTRE.-
Sí, señora Duquesa...
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DUQUESA.- Ya se han ido todos. Ya estoy sola
otra vez. Como ayer. Como siempre. Pero no importa. Pronto
vendrá el buen tiempo y se llenará todo esto de
muchachos y muchachas que vendrán a esos campeonatos de
esquí... (Muy bajito.) Los
esperaré.
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(Baja por la escalera de la izquierda KOPROFF, con su sombrero encasquetado,
con su gran cartera de negocios. Muy decidido, va hasta la
izquierda, donde toma asiento en un butacón. Y desde
allí se dirige perentoriamente al MAÎTRE.)
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KOPROFF.- Oiga, amigo... Telefonee a la
Policía.
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MAÎTRE.-
(Estupefacto.) ¿Cómo?
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KOPROFF.- ¡Telefonee a la Policía!
Diga que Basilio Koproff, el famoso espía internacional del
Servicio Secreto, solicita protección de este Gobierno como
refugiado político. ¡Ah! Y dígales
también que tengo que hacer importantísimas
revelaciones...
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MAÎTRE.-
Ahora mismo, señor...
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DUQUESA.- Oiga. ¿Está usted
ahí, camarada Koproff?
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KOPROFF.- ¡Señora!
(Muy cargado.) ¿Le daría
a usted lo mismo llamarme don Basilio? (A sus
anchas.) Es un capricho que tengo hace tanto
tiempo...
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TELÓN
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