Compuse esta comedia, algunos años ha, por mero
desahogo en una temporada de baños, y sin ánimo
de que se representase, por hallarme a la sazón ausente
de mi patria; aun después de volver a ella, no varié
de propósito, ya porque las alteraciones, y controversias
políticas alejaron mi atención del teatro,
y ya también por el gusto que predominaba en él,
recientemente importado de naciones extrañas.
Era,
por tanto, de recelar que tal vez no encontrase favorable
acogida una composición muy sencilla, falta de pompa
y de boato, reducida a una acción meramente doméstica,
encerrada entre cuatro paredes, y que nace y fenece en el
término de pocas horas; circunstancias todas que si
hubieran sido títulos de excesiva recomendación
en otra época, se hubieran quizá convertido
no hace mucho en otros tantos motivos de reprobación
y desaire. Achaque común en los hombres: ser extremados
en sus opiniones, y más si el atractivo de la novedad
las ha puesto en moda.
Afortunadamente ha empezado ya a
pasar la que amenazaba inficionar nuestro teatro no sólo
en la parte literaria, sino en otra de más importancia
y trascendencia: fenómeno digno de notar, como otra
prueba más de la sensatez española; pudiendo
tal vez afirmarse que en esta tierra, aun antes que en otras,
la razón acaba siempre por tener razón.
En
tanto que permanecía esta comedia sepultada entre
mis borradores, se estableció en el Liceo de esta
capital la Sección dramática, dedicada al laudable
propósito de resucitar las glorias del antiguo Teatro
español y de fomentar el moderno, ya que no faltan
en la actualidad aventajados ingenios capaces de acrecentar
el renombre y lustre de su patria.
El deseo que siempre
me ha animado de contribuir, en cuanto de mí ha dependido,
al cultivo y fomento de nuestra literatura, me sugirió
el pensamiento de ofrecer alguna composición mía
para que se representase por primera vez en el Liceo; y aun
cuando vacilé por el pronto, al fin me decidí,
al ver el cumplido éxito que acababa de tener en aquel
teatro la comedia titulada El café, a pesar de haber
cambiado tan notablemente los tiempos y las ideas desde que
se estrenó en las tablas.
Concebí, pues, esperanzas
de que pudiese agradar una comedia de la escuela de Moratín,
si así puede llamarse, aun cuando no reúna
las singulares dotes que recomiendan las de aquel célebre
maestro; esperanzas que no han salido fallidas en la representación
de este drama; si bien es harto probable que una parte del
aplauso se deba a la urbanidad y cortesanía de tan
escogido auditorio, y otra aún mayor a la suma naturalidad
y exquisito gusto con que ha sido ejecutada por los socios,
del Liceo, que se han esmerado a porfía en el desempeño
de sus respectivos papeles.
Ahora que esta composición
se presenta al público sin ningún arrimo ni
apoyo, es cuando aquel juez imparcial habrá de calificarla
por lo que en sí valga; y como fuera inútil
alegar razones en su abono si es que no agrada, estando todas
de más, si es que gusta, me limitaré a decir
que no me he determinado a imprimirla hasta tener en su favor
un fallo, y dado por un tribunal que reputo muy competente.
El teatro representa una sala con muebles ricos, pero
viejos; una puerta en el foro, que conduce a la calle; otras
a los lados, que dan paso a las demás salas y aposentos;
y una, con cristales y cortinillas, que se supone de una
alcoba o gabinete.
Escena I
DOÑA LUISA, DOÑA
JUANA, ambas cosiendo un vestido de gala y otros adornos
de boda.
JUANA.
Vamos, ánimo, hija mía.
¿A
qué viene esa tristeza?
Si te ve así la señora,
¡no tendremos mala fiesta!
LUISA.
¿Pues qué he de
hacer?
JUANA.
¿Qué
has de hacer?
Estar alegre y risueña,
como quien
se va a casar,
yo me acuerdo..., hará cuarenta
años,
poco más o menos,
que en tal noche como ésta
al arreglarse el casorio
con mi Pedro..., bien que era
como un, sol... ¡Si vieras, hija,
qué muchacho!
Donde quiera
se llevaba la atención
por su donaire
y sus prendas...
No es decir que tu futuro
en nada le desmerezca;
eso no; si le quitaran
treinta años muy bien pudiera
dar dentera al más pintado.
¡Qué caballero!
¡Qué buena
conversación! Franco, noble,
enemigo
de etiquetas
y melindres, militar
de los que ya no se encuentran...
¿Qué decías?
LUISA.
¿Quién?...
¿Yo?... Nada.
JUANA.
Es lástima que naciera
tan temprano...
¿No es verdad?
LUISA.
Verdad.
JUANA.
¡Y
la diferencia
es tan grande!... Pero al cabo
la señora
ceba sus cuentas
y tiene razón; tu padre,
el marqués,
que gloria tenga,
hizo lo que hacen los más:
os
dejó pleitos y deudas;
tu hermanito, el mayorazgo,
cargó con toda la hacienda,
y una escasa viudedad
a su madre regatea...
Por otra parte, las cosas
tan caras...
Ya nadie presta
a un usía, aunque lo maten...
La
casa es toda goteras,
los criados sin pagar
y las mulas
medio muertas...
Yo mil veces se lo he dicho
a la señora;
aunque fuera
andar a pie... ¡Pero hay
en Burgos tan malas
lenguas!
Y lo que dice tu madre:
«Ya los hombres no se
prendan
del talle y los negros ojos,
de la virtud y nobleza,
sino que ajustan las bodas
como chalanes en feria...»
No hay muchos como don Juan:
ni una palabra siquiera
ha
hablado de dote... Sabe
el atraso en que se encuentra
la
casa ¡y como es tan rico!
Ya se ve, lo que él desea
es pasar como Dios manda
lo que de vida le queda,
cansado
ya y aburrido
de rodar por esas tierras.
Halla una mujer
bonita,
que le cuide en sus dolencias,
recogida y bien
criada,
no casquivana y resuelta,
como se ven hoy en día...
Sin ir muy lejos, pudiera
citar un ejemplo al canto...
LUISA.
¿Quién dice usted?
JUANA.
La
condesa,
tu vecinita y amiga...
Yo no he visto una veleta
mayor que la tal viuda:
ya se enoja, ya se alegra,
ya
llora, ya canta y ríe;
y según las malas lenguas,
antes de cumplirse el año
ya diz que le galantea
el sobrino de don Juan,
que es una linda pareja;
tal para
cual... ¡Virgen Santa!
¡Si levantara cabeza
el que pudre!
Hizo muy bien
en morirse tan apriesa;
y aunque esté
en el Purgatorio,
mejor está que estuviera.
LUISA.
Calle usted, que suena gente...
JUANA.
¿Quién será?
No sino ella.
Escena II
DOÑA LUISA, DOÑA
JUANA, LA CONDESA. Esta en traje de calle y de luto.
CONDESA.
¿Cómo estás, Luisita mía?
Tan aplicada
y tan bella
como siempre.
LUISA.
Es
favor tuyo.
¿Y tú?
CONDESA.
(Sentándose a
su lado.)
¡Yo...!
No ando muy buena;
y además traigo un humor...
Desde
que puse en la puerta
el pie, todo ha sido azares:
un entierro,
una pendencia,
un abogado hablador,
los muchachos de la
escuela
y mi bendita cuñada
para coronar la fiesta.
LUISA.
Yo ha un siglo que no la veo...
CONDESA.
¡Ojalá
que yo pudiera
decir otro tanto, amén!
Pero a mí,
por penitencia,
tres visitas de a tres horas
por semana
me receta;
y hoy cabalmente la tengo
que sufrir, quiera
o no quiera,
toda la noche a mi lado.
LUISA.
¿Pues no sales?
CONDESA.
¡Buena
es ésa!
Si hoy es el cabo de año,
y ya está
la parentela
quitando el polvo a los lutos
y estudiando
las arengas.
LUISA.
No me acordaba que es hoy...
CONDESA.
Ni yo...
JUANA.
(Aparte.)
¡Miren
qué cabeza!
CONDESA.
Mas mi bendita cuñada
rabia por dar malas nuevas.
JUANA.
(Aparte.)
Por no oír
a este molino,
recogeré la tarea...
(Levantándose
y tomando el tabanque de la costura.)
LUISA.
¿Dónde
va usted?
JUANA.
A
mi cuarto.
(Aparte al irse.)
¡Dios ponga tiento en su lengua!
Escena III
DOÑA LUISA, LA CONDESA.
CONDESA.
¡Sobre que tiemblo al pensar
lo que esta noche me espera!
Póngase usted al testero
del salón, casi
en tinieblas;
cubierta como una chía
de lana y de
gasa negra;
entrambas manos cruzadas,
la cara de Magdalena,
los ojos como tomates
(gracias a que se refriegan
con
disimulo) y la voz
cual si de un pozo saliera...
Y aguante
usted en el potro
que vengan luego en hilera
deudos, parientes,
amigos
a apurarle la paciencia.
Ya uno da el pésame
y dice:
«Señora, Dios dé a usted fuerzas...»
(Para ti las necesito.)
Otro pausado se acerca
y exclama:
«¡Conformidad!
Son cosas que Dios ordena;
los buenos no
viven mucho.»
(Por eso tú los entierras.)
Esotro
dice: «El difunto
era un ángel en la tierra...»
(Se conoce, gran bribón,
que no le tuviste cerca.)
Y así siguen uno a uno
poniendo el ingenio en prensa,
para repetir lo mismo
que dijeron a mi abuela.
Reina luego
un gran silencio,
hasta que al cabo resuena
ruido de platos
y vasos
y todo el mundo se alegra.
Entran formados en torre
azucarillos de a tercia,
por no desdecir del duelo,
enlutados
con canela;
chocolate en jicarones
de El Escorial, de onza
y media,
y los panes y bizcochos
coronando las bandejas...
Sacan todos el pañuelo,
no para llorar de pena,
sino para que les sirva
en lugar de servilleta;
y engullendo
a dos carrillos,
se ahorran en casa la cena,
menos la pobre
viuda,
que, como ve que la observan,
apenas gusta un bocado,
cuando suspira y lo deja.
LUISA.
Siempre estás de
buen humor.
CONDESA.
Pues qué, ¿quieres que me muera?
Harto he sufrido en el mundo,
esclava como una negra;
y ya que libre me veo,
quiero respirar siquiera.
Tú
lo sabes: aún muy niña
perdí a mis
padres, y apenas
me vieron huérfana y rica,
decretó
mi parentela
encerrarme en un convento,
tal vez con la
santa idea
de que yo ganase el cielo
y gozar ellos mi hacienda.
Crecí en años y me hallé
entre canceles
y rejas,
viendo el sol por celosía
y vestida de
estameña;
mas cuando ya me juzgaba
por toda la vida
presa,
con muy poca vocación
de ser monja recoleta,
pasó por Burgos el conde
y le dio la ventolera
de visitar el convento
por conocer su parienta;
me vio,
le hube de gustar;
y con su cara muy seria,
su casacón
de faldones
y el peluquín con coleta,
me ofreció
su blanca mano,
que yo tomara aunque negra.
Me hallé,
pues, de veinte años
con marido de sesenta,
y además
los enemigos
del alma: cuñada y suegra.
Lo que luego
padecí
tú lo has visto; y si no fuera
por
mi genio en cuatro días
me hubieran muerto mis penas;
porque el bendito del conde
ya contaba a aquella fecha
dos mártires en el cielo
y creyó hallar la
tercera;
mas yo, por no darle gusto,
saqué fuerzas
de flaqueza;
y los meses que duró
llevé mi
cruz con paciencia.
Te he recordado mi historia
porque
conviene la tengas
presente... Pero ¿qué es eso?
¿Te afliges?... Afuera penas;
ten valor.
LUISA.
¡Ay
Leonor mía,
qué infeliz soy!... Ni aun siquiera
puedo llorar y quejarme...
¡Todos, todos en la tierra
disfrutan de ese consuelo
menos yo!
CONDESA.
Mas
¿qué aprovecha
el llorar y el afligirse
en vez de
ver si se encuentra
algún remedio?...
LUISA.
¡Remedio!
¡Uno, uno solo me queda,
y a Dios se lo pido!...
CONDESA.
¡Calle!
Pues es donosa la idea.
¡Nada menos que morirse!
Déjalos
que ellos se mueran
y por allá nos esperen,
que
a bien que no están de priesa.
Pero hablando ahora
formal:
tú te apuras y atormentas
antes de tiempo.
¿Quién sabe
cuántas cosas tan diversas
pueden
suceder, que impidan
la tal boda?... A la hora de ésta
no es más que un proyecto en ciernes...
LUISA.
¡Cómo,
si así que anochezca
nos van a tomar los dichos
y el contrato se celebra!
CONDESA.
¡Esta noche!... Lo repito:
tu madre, muy santa y buena,
pero en viendo unos bordados,
pierde al punto la chaveta.
¡Qué locura! ¡Una muchacha
sin mundo y como una perla
casada con un señor
que ser su abuelo pudiera!...
Pero ¿qué dice tu madre,
qué dice?
LUISA.
La
infeliz piensa
que así voy a ser dichosa...
CONDESA.
¡Bravo! ¿Y por qué no recuerda
lo que pensaba a tu
edad?...
¿Cómo imagina que puedas
ser feliz unida
a un hombre
que es imposible que tenga
costumbres, hábitos,
gustos
que con los tuyos convengan?...
De inclinación
no se hable.
¿A qué es eso? Que se quieran
o no
marido y mujer,
han de estar juntos por fuerza.
Y luego
tu linda madre,
en corro con otras viejas,
hablan de la
corrupción
que en los matrimonios reina,
sin mirar
que muchas veces
la culpa tuvieron ellas.
Perdona, Luisita
mía,
pero en tocando esta tecla
no puedo hablar
con frescura...
Y ahora menos, porque media
tu dicha en
ello, y también
porque trabajo me cuesta
renunciar
a una esperanza...
¿A qué bajas la cabeza?
¿Es acaso
algún delito
el que cariño le tengas
a mi
hermano, cuando sabes
el amor que te profesa?...
¡Cuántas
veces os vi juntos
y noté con complacencia
que sin
saberlo vosotros
ya os amabais! Donde quiera
os buscabais
con los ojos:
una palabra, una seña,
una sonrisa
bastaba
a vuestra dicha completa...
¿Lo has olvidado?
LUISA.
¡Olvidarlo!
¿Puedes hacerme esa ofensa?
No, Leonor, dentro del alma
tengo ahora más impresa
esa memoria que nunca;
y aunque arrancarla quisiera,
sólo con mi corazón...
Pero al fin ya estoy resuelta
a obedecer a mi madre,
a
sacrificar por ella
mi libertad y mi vida,
sin que ni ella
misma sepa
el valor del sacrificio
que su cariño
me cuesta...
CONDESA.
¿Lloras?
LUISA.
¿Quieren
más de mí?
Mas que me dejen siquiera
estar
triste y no me hostiguen
a que me muestre contenta...
CONDESA.
Sosiégate un poco..., mira
que si alguien te escucha...
LUISA.
Deja
que respire un solo instante;
tú no sabes la violencia
que me cuesta el reprimirme...
¡Si tú, Leonor, lo
supieras
aún más compasión tendrías
de esta infeliz!
CONDESA.
Pero
es fuerza
disimular algún tanto...
LUISA.
Ya lo sé;
y hasta esa idea
de fingimiento y doblez
a mis ojos me
avergüenza...
Mañana quizá, mañana
tendrá que jurar mi lengua
amor a un hombre a quien
miro
con total indiferencia;
y un día, y un año,
y otro
en esta lucha perpetua,
sólo en la muerte
veré
el término de mis penas...
CONDESA.
Luisa
mía, que te pierdes...
LUISA.
Sólo esta ocasión
me queda
de abrirte mi corazón;
déjame que
al menos tenga
este consuelo...; mañana
no soy mía,
y a ti mesma
te he de mentir y engañarte...
Sólo
Dios en su clemencia
tendrá compasión de mí;
El sólo me dará fuerzas
y no me abandonará
en los riesgos que me esperan...
CONDESA.
(Enjugándose
los ojos.)
Mira, Luisa, lo que has hecho;
si alguien de
pronto ahora entra
nos halla a las dos llorando
y asiste
a un duelo de veras.
Vamos, juicio...
LUISA.
(Reprimiéndose.)
Sí,
Leonor,
¿no lo ves?... Ya estoy serena;
ya nada se me conoce...
CONDESA.
Como traigan una venda
en los ojos, de seguro.
¡Pues si estás como una muerta,
tan pálida
y ojerosa!...
LUISA.
Sólo pedirte quisiera
un favor.
¿Lo harás por mí?
CONDESA.
¿Lo dudas?... Cuanto
tú quieras.
LUISA.
Tú quizá vas a burlarte
cuando sepas mi flaqueza;
pero va en ello mi dicha...
CONDESA.
¿De cuándo acá manifiestas
esa timidez conmigo?...
Di qué quieres y no pierdas
esta ocasión.
LUISA.
Es
que ya
casi me cuesta vergüenza
nombrar a un hombre
a quien debo
olvidar...
CONDESA.
¿Y
qué deseas
que haga yo por ti?
LUISA.
Querría
que algún pretexto fingieras
para que estas vacaciones
tu hermano a Burgos no venga;
puede estarse en Salamanca;
y aun tú sabes que desea
ir a la corte, y allí
más divertido estuviera...
(Con viveza.)
Pero no;
mejor será...
(Reportándose.)
Dispón,
Leonor, lo que quieras;
sólo te pido por Dios
que
mis ojos no le vean.
CONDESA.
Bien está, lo haré
por ti;
aunque es dura penitencia
que después que
va a perderte...
LUISA.
¿Qué remedio?... ¡Más
me cuesta
el sacrificio que a él!...
¡Quién
sabe! Quizá le espera
ser más dichoso con
otra;
mientras yo... ¿Conque me empeñas
tu palabra?...
CONDESA.
Sí,
lo haré;
mas temo que en cuanto sepa...
LUISA.
Ya
lo sabe.
CONDESA.
¿Que
te casas?
LUISA.
Nada ignora a la hora ésta...
CONDESA.
¿Quién se lo ha escrito?... Ya leo
en tu cara la
respuesta.
Mas ¿por qué has querido darle
tan pronto
esa mala nueva?...
LUISA.
Porque debí hacerlo así;
y a mis propios ojos fuera
la más vil si un solo
instante
engañado le tuviera
al ir a dar a otro
hombre
de ser suya la promesa.
Es preciso que me olvide;
que no se acuerde siquiera
de que un tiempo le adoré...
CONDESA.
¿Volvemos a la tarea?
¡Pues la ocasión es
pintada!
Y aún me parece que suenan
pasos...
LUISA.
¿Si
será mi madre?...
CONDESA.
Cálmate, Luisa,
que llegan.
Escena IV
Dichas. LA MARQUESA.
MARQUESA.
(A su hija.)
¡Pudiera estarte esperando!...
¡Hola, aquí
la condesita!
¿Tanta dicha y de mañana?
CONDESA.
Salí a una cosa precisa,
y estando a la puerta quise
dar a usted los buenos días.
MARQUESA.
Muy bien hecho.
Yo estoy hoy
tan cansada y aburrida...
(Siéntase.)
Todo carga sobre mí...
Los vestidos para Luisa,
los documentos, las joyas,
los convites, las visitas...
Más de hora y media he tardado
por ver si arreglar
podía
las papeletas de boda
para hacer que las impriman;
y mientras más enmendaba,
más embrolladas
salían...
(Leyendo de prisa un papel.)
«Doña
Gertrudis Cabeza
de Vaca Porras Chinchilla,
etcétera...,
da a usted parte
del enlace de su hija,
doña Luisa
Pimentel
Quirós Castro y Bobadilla,
hija del marqués
del Roble,
señor de Peña Partida,
maestrante
que fue de Ronda
y regidor de la villa
de Arévalo...»
Nada, nada;
mejor será, que la siga
el ahogado de
casa,
que sabe esa retahíla.
Lo que hago yo como
nadie,
aunque esté mal que lo diga,
es arreglar
un ajuar:
ni un alfiler se me olvida.
En menos de un santiamén
le he puesto al novio una lista
que da gozo... Ya se ve,
como él no entiende ni pizca
de esas cosas, me ha
rogado
que le aconseje y dirija...
(Contando por los dedos.)
Seis mesas, cuatro sofaes,
ocho docenas de sillas,
manteles
adamascados,
espejos, cuadros, cortinas,
guarniciones y
libreas,
batería de cocina,
cristal y plata labrada...
¡Válgame Dios, y qué envidia
van a tener
más de cuatro
que de reojo me miran!
El mundo, amiga,
da vueltas;
y al sol y a la buena dicha
se deben meter
en casa...
Pero ¿qué tienes, Luisita,
que me parece...?
LUISA.
Yo,
nada...
MARQUESA.
Tienes cargada la vista,
como si hubieses
llorado.
LUISA.
Estaré un poco encendida
de coser...
CONDESA.
A
mí me dijo
no ha mucho, que le dolía
la cabeza...
MARQUESA.
Yo
no sé;
pero he notado estos días...
Parece
que lo hace adrede,
porque sabe que me irrita
verla tan
triste y callada...
LUISA.
¿Y qué quiere usted que
diga?
MARQUESA.
¡Sobre que ya en estos tiempos
no hay quien
entienda a las niñas!
Si se les manda que callen,
charlan que se despepitan;
y cuando deben hablar,
aunque
las maten, no chistan...
Las unas, por no hallar novio,
se consumen de ictericia;
y otras van a desposarse
como
al cementerio irían...
Mujer hay que diera un dedo
por trocarse con mi hija
y tener dentro de poco
marido,
coche y usía...
Pero ella..., mírela usted,
que parece una novicia,
con los ojos en el suelo
y la
boca refruncida...
CONDESA.
No hay que enfadarse, marquesa;
mientras usted más le diga
es peor... ¿No es natural
que se halle la pobre niña
algo inquieta y cavilosa
al irse a unir de por vida
con un hombre a quien apenas
conoce hace cuatro días?
MARQUESA.
Pero ¿puede ella
pensar
que su madre se descuida?...
Ya estoy yo bien informada
de su casa y su familia,
de su caudal y sus rentas.
Que
hasta una reina podría...
CONDESA.
Si no es eso...
MARQUESA.
Emparentado
con lo mejor de Castilla...
CONDESA.
Sí no es eso...
MARQUESA.
Brigadier
y el decano de la Guía...
CONDESA.
Tanto peor.
MARQUESA.
Pues
de haciendas,
de casas y joyas ricas
no hay que hablar...
¡Como que ha sido
gobernador en las Indias!...
CONDESA.
¿Me deja usted...?
MARQUESA.
Si
usted viera
las sartas de perlas finas,
los topacios del
Brasil,
las pulseras y sortijas...
Por traer de todo, hasta
trajo
un loro y una negrita.
CONDESA.
Pero, marquesa, aunque
tenga
más negros que hay en Mandinga...
¿Quiere
usted que le haga sólo
una pregunta sencilla?
MARQUESA.
¿Y por qué no la hace usted?
CONDESA.
Porque no encuentro
cabida
para meter yo mi triunfo...
MARQUESA.
Hable usted...
¡Hay tal porfía!
CONDESA.
(Después de una corta
pausa.)
¿Es usted la que se casa?
MARQUESA.
(Suspensa.)
¿Y a qué viene...?
CONDESA.
Pero
diga
usted sí o no y nada más.
MARQUESA.
¡Pues
bueno el mundo andaría
si una madre!...
CONDESA.
Pero,
al cabo,
¿se casa usted o su hija?...
MARQUESA.
¿Y qué
sabe ella de mundo
si ayer salió de la amiga?
CONDESA.
Bien está; pero ¿no es ella
la que ha de vivir unida
con su esposo hasta la muerte?
¿La que ha de verle de día,
por la noche, a todas horas,
en la desgracia, en la dicha,
con buen humor y con malo?...
MARQUESA.
Según eso,
usted querría
que las hijas por sí solas...
CONDESA.
No tal; sé que necesitan
del consejo de
las madres,
que les preste luz y guía.
Pero ¿quién
ha de aprobar
que las madres se revistan
de autoridad y
dispongan
a su antojo de sus hijas?
¿Y si les pesa después?
¿Y si se ven reducidas
a sufrir al lado a un hombre
que
ni amistad les inspira?...
Con mucho amor hay trabajos...
La verdad, marquesa mía,
la carga del matrimonio
es de suyo harto cumplida.
¿Qué será si desde
luego
la llevamos cuesta arriba?
MARQUESA.
Pero ¿piensa
usted acaso
que yo violento a mi hija?
CONDESA.
Yo no.
MARQUESA.
Que
lo diga ella.
LUISA.
¿Y qué quiere usted que diga?
MARQUESA.
Lo que sientas.
LUISA.
¿Pues
no he dicho
que estoy pronta y decidida
a hacer cuanto
usted me mande?
MARQUESA.
¿Lo ve usted?... Ven acá,
Luisa,
da un abrazo a tu mamá...
Si sabes que en
esta vida
yo no tengo más anhelo
ni más afán
que tu dicha...
LUISA.
En todo daré a usted gusto...
¿Quiere usted más?...
MARQUESA.
No,
hija mía;
dame un beso y se acabó...
Pero
vuélvete a tu silla,
que oigo gente en la antesala
y será tal vez visita.
Escena V
MARQUESA,
CONDESA, DOÑA LUISA, DON JUAN.
JUAN.
Felices días,
señoras.
MARQUESA.
Téngalos usted muy buenos,
señor don Juan. Me parece
que no viene usted contento...
JUAN.
Lo estaba al salir de casa;
pero tan molido vengo
de escribanos y notarios,
de papeles y embelecos,
que
me parece mentira
que libre de ellos me veo.
¡Jesús!
¡Jesús! Ya no extraño
que muchos mueran solteros
por no caer en las garras
de tanto avechucho hambriento.
MARQUESA.
Hoy está usted muy jovial...
JUAN.
(Sentándose.)
Sí, señora, como perro
con maza... Al llegar
aquí
aún creía estar oyendo
los gritos
descomunales:
«¡Veinte firmas!... ¡Mis derechos!...
¡Los
gajes del escribiente!...
¡La copia del instrumento!...»
¿No hay un ladrillo que tape
esas bocas del infierno?
CONDESA.
Poca paciencia tenéis;
y es preciso ir aprendiendo
a tenerla.
JUAN.
Ya
lo sé;
mas si antes de ser profeso
se pasa este
noviciado,
seguro se gana el cielo.
CONDESA.
No es tu novio
muy galán,
Luisita.
LUISA.
Yo
le agradezco
por lo menos la franqueza.
JUAN.
Como castellano
vicio,
yo digo las cosas claras,
sin melindres ni rodeos.
Así puede usted creer
cuando digo que la quiero,
y que nada omitiré
para ir ganando su afecto
poco
a poco...
MARQUESA.
¡Poco
a poco!
Señor, si ya está eso, hecho...
JUAN.
Yo no tengo veinte años,
y a fe mía, harto
lo siento;
pero, a Dios gracias, no soy
tullido, cojo ni
tuerto...
MARQUESA.
¡Qué tuerto! Si tiene usted
dos
ojos como luceros...
JUAN.
En cuanto a genialidad,
no estoy
libre de defectos
como cada cual; soy vivo,
parece que
se hunde el cielo
de una tronada, y después
pasa
el nublado al momento...
MARQUESA.
¡No era así mi
buen esposo,
que Dios haya! Un mes entero
se pasaba sin
entrar
en mi alcoba...
CONDESA.
¡Qué
mal genio!
JUAN.
De bienes, sin ser muy rico...
LUISA.
¿Quiere
usted no hablarme de eso,
señor don Juan?
JUAN.
Bien
está;
mas no tuve pensamiento...
MARQUESA.
¿Y qué
quiere usted, señor,
si es lo mismo que su abuelo?
¡En tocándose a intereses!...
El honor es lo primero,
hija mía, y aunque pobres...
JUAN.
Pero ¿a qué
viene ahora eso,
marquesa?
MARQUESA.
Es
que yo creí...
JUAN.
Si nadie habla aquí de
abuelos,
de honor, de pobres ni ricos...
Sólo le
estaba diciendo
a Luisita...
MARQUESA.
Y
sí ella está
enterada...
JUAN.
Siempre
es bueno
que oiga de mi propia boca
cuanto hace al caso;
no quiero
que luego pueda llamarse
engañada, y mucho
menos
que se sienta arrepentida.
LUISA.
(Con abatimiento.)
No, señor...
JUAN.
Yo
así lo espero,
y sólo esa confianza
pudiera
haberme resuelto
a este enlace... Mas con todo,
si usted
siente en sus adentros
la más leve repugnancia
dígalo
usted, que aún es tiempo;
yo nada quiero por fuerza,
nada, Luisita... Deseo
ser feliz los pocos años
que me quedan; mas si advierto
que ha de ser a costa ajena,
a mi asistente me vuelvo.
MARQUESA.
¿Ha acabado usted, don
Juan?
JUAN.
¿Por qué?
MARQUESA.
¿Pues
no está usted viendo
que a ese angelito de Dios
le está usted dando tormento?
JUAN.
¿Y yo acaso he
dicho nada
que pueda ofenderla?... Lejos
de ser ésa
mi intención...
MARQUESA.
Es que ella tiene talento,
y por más que las disfracen,
coge las cosas al vuelo...
LUISA.
¡Madre!
MARQUESA.
No
hay que hacerme señas...
LUISA.
Señor don Juan,
yo no tengo
de usted ni la menor queja;
al contrario, le
agradezco
tanta bondad...
MARQUESA.
¿Lo
ve usted?
Si es lo mismo que un cordero...
LUISA.
¡Por Dios,
madre!...
MARQUESA.
Tan
humilde...
JUAN.
Ya lo sé.
MARQUESA.
Ni
más ni menos
que su tía, que esté en
gloria,
doña Polonia Barrientos...
JUAN.
¿Quiere
usted, marquesa mía,
que este rato aprovechemos
para acabar de arreglar...
MARQUESA.
No corre prisa.
JUAN.
Es
que luego
tengo que hacer; y si empiezan
visitas y cumplimientos...
MARQUESA.
No vendrán... (Suena la campanilla.) Pero
¿quién llama?
Es de noche; la sala estará iluminada con arañas
y cornucopias.
Escena I
DON JUAN. Entra con varias cartas
en la mano.
Parezco un primer ministro,
pero sin
sueldo y sin bolsa...
¡Tres cartas en veinte pasos!
Y muy
importantes todas.
(Leyendo despacio una de ellas.)
«La
que con viejo se casa,
derecha al cielo se va;
porque antes
de ir por allá,
el Purgatorio aquí pasa:
El niño no la despierta
con su llanto o su gracejo;
y a no ser la tos del viejo,
durmiera como una muerta.
Aprende a hacer muchas cosas,
y todas a cual mejor:
a
preparar lamedor,
dar friegas y echar ventosas.
Sin celos
que la den pena,
descansa en su fiel esposo;
porque nada
hay tan juicioso
como una gota serena.
Y si el cielo le
depara
hijitos de bendición,
le dice algún
socarrón:
¡Se os parecen en la cara!»
(Rompiendo
el papel.)
Pues no es mala desvergüenza:
¡a mí
venirme con coplas!...
Algún tunante que quiso
divertirse
hoy a mi costa...
(Abriendo otra carta.)
Si estotro papel
también...
Mas no son versos, es prosa...
Carlos...
¡Ah! Será el hermano
de la condesa... Esta es otra...
(Leyendo.)
JUAN. «Señor brigadier: No es tiempo de disimulo
ni de miramientos: usted va a robarme mi bien, y yo estoy
resuelto a traspasarle antes el corazón...»
¿Está
loco este muchacho?
«Bien sea que muera usted a mis manos,
o bien que yo muera a las suyas, Luisa no será su
esposa...»
Luisa no será su esposa...
¿Pues de quién?...
Juicio, Juan, juicio,
que la sangre se alborota.
¡Y a tu
edad! Hasta en la cara
temo que me lo conozcan...
«Nos
amamos desde la niñez; no puede amar más que
a mí, a mí solo en el mundo; y si otra cosa
dice, miente. Yo tengo sus palabras, sus promesas, y no las
suelto sino con la vida...»
¡Con la vida!... Juicio, juicio,
que nunca estará de sobra.
«Yo a usted no le culpo;
sé que es un hombre de bien, un caballero; y por eso
le pido la satisfacción que en tales casos se acostumbra.
Sólo culpo a su madre, que así abusa de su
autoridad; la culpo a ella, que va a faltar indignamente
a su fe y a sus juramentos; culpo a mi mala suerte, que me
ha hecho tan infeliz... Espero esta misma noche la respuesta
o yo iré por ella; la hora, el sitio, las armas; antes
que sufrir este tormento prefiero mil vecesla muerte. Carlos
de Guevara.»
(Después de una pausa, paseándose
con agitación.)
¿Estoy despierto o soñando?...
¿Es cierto lo que en mis propias
manos tengo, lo que veo?...
Esta carta..., escrita toda
con tal desorden...; las señas...,
la amistad entre una y otra....
vecinos y de una edad...,
tratándose a todas horas...,
él muy triste
al despedirse...,
ella siempre cavilosa..., que
la madre...,
mil circunstancias
que ahora traigo a la memoria...
Pero
¿y si no fuese cierto?
¿Si alguna mano alevosa
ha fingido...?¿Y
con qué fin?...
¡Quién sabe! Suceden cosas
en el mundo!... Pero no;
sea lo que fuere, importa
averiguarlo
ahora mismo,
pues que va en ello mi honra.
Escena
II
DON JUAN, EL DEMANDADERO.
Al dirigirse DON JUAN hacia
una de las puertas erales sale el otro por la del foro, con
un canastillo y dos palomas adornadas con cinta y talco.
DEMANDADERO.
La madre Natividad
os envía estas palomas
como símbolo inocente
de tan suspiradas bodas...
JUAN.
Gracias...
DEMANDADERO.
Y
las dos son blancas,
pluma rizada y moñonas...
JUAN.
Gracias...
DEMANDADERO.
Y
nunca han criado;
que la santa religiosa no
consiente que
en su celda...
JUAN.
(Con impaciencia, dándole una
moneda.)
¡Gracias!...
DEMANDADERO.
(Poniéndolas en
una mesa.)
Aquí,
que no estorban.
JUAN.
En cualquier parte...
DEMANDADERO.
(Al irse.)
¡Qué
genio!
Lástima tengo a la novia...
(Al irse, tropieza
con los músicos y echa a rodar un violín.)
¡Haya brutos!...
MÚSICO 1.º
¿Y
no ve?...
Escena III
DON JUAN, MÚSICOS.
MÚSICO
1.º
Ya que se nos proporciona
el felicitar a usía,
y en obsequio de la esposa...
(Empiezan a tocar una música
alegre y ruidosa.)
JUAN.
Adentro...
MÚSICO 1.º
Es
obligación...,
Sólo falta la viola,
porque
está el pobre de parto...
JUAN.
Adentro...
MÚSICO
1.º
Si
se incomoda
usía...
JUAN.
No
me incomodo...
MÚSICO 1.º
(A los otros.)
Pues da
capo...
JUAN.
¡Dale,
bola!
¿No he dicho ya que se vayan?...
MÚSICO 1.º
(Al irse.)
No entiende un punto de solfa.
(Se van por una
puerta lateral y al mismo tiempo salen los criados.)
Escena IV
DON JUAN, LACAYOS.
LACAYO 1.º
Señuritu,
aquí venimus...
JUAN.
(Dándoles unas monedas.)
Bien; os lo agradezco; toma...
LACAYO 2.º
Yo soy primeru...
TODOS.
¡Yo!...
¡Yo!
JUAN.
Sólo falta esta camorra...
¡Id a reñir
a la cuadra!...
LACAYO 1.º
Yo no lo sueltu..., y me ahoga...
JUAN.
Pronto... ¿No os vais?
LACAYO 2.º
Ya
nos vamus...
LACAYO 1.º
Dios le dé a usía la
gloria.
(Al entrar.)
Me has deshechu las narices;
pero
he ganadu... y no importa.
Escena V
DON JUAN y DOÑA
JUANA.
Sale DOÑA
JUANA muy compuesta.
JUANA.
¿Qué
infierno es éste?...
JUAN.
Que
el diablo
anda suelto. ¿Y la señora?
JUANA.
En la
otra sala...; la niña
es la que está tan hermosa...
JUAN.
Pues dígale usted que salga...
JUANA.
¿A la
niña?
JUAN.
No;
a la otra...
JUANA.
No es pasión, señor don
Juan;
pero parece una rosa...
JUAN.
Bien está...
JUANA.
Tan
inocente...
¡Se lleva usted una joya!...
JUAN.
Bien...
JUANA.
Como
una manzanita
está de sana y sabrosa...
JUAN.
¿Quiere
usted ir con mil santos?...
JUANA.
Ya voy...; mas quisiera
ahora...
JUAN.
¿Qué?
JUANA.
Echarle
a usted una arenga
que he aprendido de memoria.
JUAN.
Después...
JUANA.
¿Y
si se me olvida?
JUAN.
No tal.
JUANA.
Señor,
si es muy corta...
JUAN.
He dicho ya que después...
JUANA.
Durará un cuarto de hora...
JUAN.
¡No hay paciencia
para tanto!
JUANA.
Y si voy..., ¿por qué se enoja?
(Aparte, al entrar.)
Ya soltó la piel de novio,
y uñas de marido asoma.
Escena VI
DON JUAN.
JUAN.
Juan, ¿quién te ha metido a ti
en toda esta
batahola?...
Una muchacha sin seso,
una madre tontiloca,
este estafermo de vieja...
¡Y por remate y corona,
un
amante de novela
que te disputa la novia!...
Escena
VII
DON JUAN, LA MARQUESA.
MARQUESA.
Yo esperaba a usted
adentro...
JUAN.
Quisiera hablaros a solas...
MARQUESA.
Después
tendremos lugar...
JUAN.
Es que no sufre demora.
MARQUESA.
(Suena la música.)
¿Pues no oye usted?
JUAN.
Sí;
ya oigo...
MARQUESA.
La sala está muy vistosa...
JUAN.
Lo creo...
MARQUESA.
Lindas
muchachas
puestas a la última moda...
JUAN.
Ya...
MARQUESA.
Bailan
nueve parejas...
JUAN.
Sí; pero ante todas cosas...
MARQUESA.
¿Y no ha de bailar usted?
JUAN.
¡Estoy para cabriolas!
MARQUESA.
¿Se siente usted malo?
JUAN.
Un
poco...
MARQUESA.
Pues no es aprensión: Se os nota
algo amarillo el semblante...
Tendréis bilis...
JUAN.
Y
de sobra.
MARQUESA.
Un poco de ipecacuana...,
bastarán
un par de tomas...
JUAN.
(Entre dientes.)
De rejalgar...
MARQUESA.
¿Palma
Christi?
Irrita y no desahoga...
JUAN.
¡Si no me da un tabardillo!...
MARQUESA.
Pues refresco de chicorias...
JUAN.
¡Qué
chicorias ni qué diablos!...
¿Quiere usted venir,
señora,
y que hablemos un instante?
MARQUESA.
¿Y
quién aquí nos lo estorba?
JUAN.
Tiene que
ser en secreto;
y es fácil que aquí nos oigan...
MARQUESA.
¡En secreto! ¿Es cosa mala?...
Ya tiemblo como
una hoja...
JUAN.
Pues no tiemble usted, y vamos...
MARQUESA.
Es que siento una congoja...
JUAN.
Vamos de prisa, que vienen...
MARQUESA.
¿Qué será, Virgen de Atocha?
Se
me ha erizado el cabello
y se levanta la cofia.
Escena
VIII
DOÑA TERESA, DON JOAQUÍN.
Ella delante
y él detrás, saldrán por el lado donde
suena el baile.
TERESA.
Déjeme usted; si no quiero...
JOAQUÍN.
Van a notarlo en la sala...
TERESA.
Si he
dicho que no, que no...
¡Haya tema más pesada!
JOAQUÍN.
¿Y qué dirán?
TERESA.
Lo
que quieran.
¿No puedo ponerme mala?
JOAQUÍN.
Pero
¿no bailar?...
TERESA.
¿Y
acaso
he hecho yo alguna contrata?
JOAQUÍN.
Esa es
una niñería;
y estando ya apalabrada...
TERESA.
¡Miren quién da los consejos!
¿Y usted?...
JOAQUÍN.
Si
sabéis la causa...
TERESA.
Disculpas...
JOAQUÍN.
No
tal...
TERESA.
Excusas...
JOAQUÍN.
Si tengo la pierna hinchada
con esta maldita
bota...
TERESA.
Mentira...
JOAQUÍN.
Si
no se aparta
el zapatero, le mato...
TERESA.
Todo ficción
y maraña...
JOAQUÍN.
El talón en carne
viva...
TERESA.
¡Así tuvierais el alma!
JOAQUÍN.
Pero ¿a qué viene esa furia?
TERESA.
¿A qué?...
Pregunta excusada.
JOAQUÍN.
Pero hable usted...
TERESA.
Su
maldad
le estoy leyendo en la cara...
JOAQUÍN.
¿Y
qué veis?
TERESA.
Más
que quisiera...
JOAQUÍN.
Si tenéis queja, aclaradla.
TERESA.
¿Quiere usted que le regalen
el oído?
JOAQUÍN.
¡Qué
bobada!
TERESA.
¿Le han prohibido a usted bailar?
JOAQUÍN.
¿Quién?
TERESA.
Por
sabido se calla...
JOAQUÍN.
Si no os explicáis,
no caigo.
TERESA.
¡Si fuera de una muralla!
JOAQUÍN.
Os juro que ni sospecho...
TERESA.
¿La habéis visto
esta mañana?
JOAQUÍN.
¿A quién?
TERESA.
¿Estaba
muy linda?
Con la boca remilgada,
echándola de chistosa
y sin maldita la gracia.
JOAQUÍN.
Si no sé
de quién habláis...
TERESA.
Le sienta bien
lo enlutada;
ayer la vi y me espantó;
se me figuró
una graja...
Escena IX
Los mismos. LA CONDESA.
Sale
ésta por la puerta de cristales.
CONDESA.
(A DOÑA
TERESA.)
¡Insolente!
TERESA.
¡Ay
Dios!
CONDESA.
(A DON JOAQUÍN.)
¡Infame!
JOAQUÍN.
Se vino a cuestas la casa.
CONDESA.
¿Quiere
usted negarlo ahora?...
Y usted, niña mal criada...
TERESA.
Vuelva usted por mí...
CONDESA.
¿Quién?
¿Él?...
Tenéis la lengua muy larga...
TERESA.
¡Ay, que me da..., que me da!...
Por Dios, un vaso de agua...
(Cae desmayada.)
CONDESA.
¡Ya le dio la pataleta!...
Qué
pronto yo la curara...
JOAQUÍN.
Repórtese usted,
por Dios...
CONDESA.
Vaya usted en hora mala...
JOAQUÍN.
Pero óigame usted...
CONDESA.
Jamás.
JOAQUÍN.
Las apariencias engañan...
CONDESA.
Más engaña un hombre vil.
JOAQUÍN.
No
grite usted...
CONDESA.
¿Quién
lo manda?
JOAQUÍN.
Yo os lo suplico...
CONDESA.
No
quiero.
JOAQUÍN.
Si lo oyen desde la sala...
CONDESA.
¡Villano, indigno, traidor!...
Quiero que sepan su infamia.
Escena X
LA CONDESA, DON JOAQUÍN, DOÑA
TERESA, LACAYO 1.º
LACAYO 1.º
¿Quién llama?... ¡Jesús
mil veces!
¡Una muerta!...
JOAQUÍN.
¡Bruto,
calla!
LACAYO 1.º
¿Y si lo ve el escribanu?
CONDESA.
Vete
adentro; si no es nada...
LACAYO 1.º
(Gritando.)
¡Se ha
muertu una señurita!...
¡Y la condesa se escapa!
(El lacayo detiene por la falda a LA CONDESA en el acto
de querer volverse al paraje de donde salió.)
JOAQUÍN.
¡Maldita sea tu lengua!...
Este escondite me valga...
(Va
a esconderse debajo de la mesa, en que están las palomas,
y al verificarlo atropelladamente las derriba y se cae el
tapete, quedando él descubierto y como en ademán
de buscar una cosa.)
Escena XI
DON JOAQUÍN,
DOÑA TERESA, LA CONDESA, LA MARQUESA, DON JUAN, DOÑA LUISA.
LA MARQUESA y DON JUAN salen por una puerta lateral,
y DOÑA LUISA por la otra de enfrente con dos o tres
amigas.
MARQUESA.
¿Qué ha sucedido?
LUISA.
¿Qué
es esto?
JUAN.
¿También andas tú en la danza?
JOAQUÍN.
Estoy buscando un pomito...
MARQUESA.
Pero
¿qué ha pasado?
JOAQUÍN.
Nada...
LUISA.
Tú, Leonor...
CONDESA.
Ese
animal,
que ha alborotado la casa...
LUISA.
Teresa así...
(Ya estarán a su amado y abanicándola las
que han salido últimamente.)
JOAQUÍN.
Fue
un vahído
del calor y la algazara...
Yo acudí...
CONDESA.
¡Como
el señor
tiene tan buenas entrañas!...
MARQUESA.
Ya va volviendo...
TERESA.
¡Ay
de mí!
MARQUESA.
Asomadla a una ventana...
(La llevan
sosteniéndola las señoritas que antes habían
salido.)
CONDESA.
(A DON JOAQUÍN.)
¿No ayuda usted?...
MARQUESA.
(Al lacayo.)
¿Qué
traes tú?
LACAYO 1.º
Traigu una pluma quemada
para que huela...
MARQUESA.
Anda,
bruto...
LACAYO 1.º
(Al irse.)
¡Qué bien hablada
es el ama!
Escena XII
DOÑA LUISA, LA MARQUESA,
LA CONDESA, DON JUAN, DON JOAQUÍN.
JUAN.
Pero sepamos
al cabo
qué ha sucedido...
JOAQUÍN.
En
sustancia
lo diré (muy de prisa.): que Teresita
se sintió en el baile mala,
que la vi descolorida,
que me ofrecí a acompañarla,
que la condesa
acudió,
que ella cayó desmayada,
que lo vio
el lacayo, y luego...
CONDESA.
No hay una sola palabra
de
verdad en cuanto ha dicho...
Yo diré las cosas claras;
(Imitándole.)
que el señor es un bribón
que me ha tenido engañada;
que también engañó
a esotra,
que quiso jugar con ambas,
que él la enamoraba
aquí,
que ella un sayo me cortaba,
que yo perdí
la paciencia
y a los dos cogí en la trampa.
He dicho.
MARQUESA.
¡Jesús!
¡Jesús!...
JOAQUÍN.
¡Condesa!...
CONDESA.
Pues
no faltaba
mas; servir yo de juguete
al señor teniente.
Basta.
MARQUESA.
¡Y nosotros en el limbo!
JUAN.
¡Qué
limbo ni calabaza!
MARQUESA.
Pues tú también
lo sabrías,
bribona...
LUISA.
¿Yo?
MARQUESA.
¡Mojigata!
Para que a ti te encubrieran...
LUISA.
¿A mí, qué?...
MARQUESA.
No
ignoro nada.
LUISA.
(Aparte.)
Muerta estoy...
JUAN.
¡Por
Dios, señora!...
MARQUESA.
¡Ya nos veremos las caras!
JUAN.
Pero ¿es esto lo ofrecido?
MARQUESA.
¿Pues qué
quiere usted que haga?
JUAN.
Callar y dejarme a mí...
MARQUESA.
Callaré como una estatua.
JUAN.
En esa silla.
MARQUESA.
(Sentándose.)
¿También?
JUAN.
Esto pronto se despacha.
Condesita, por mi parte,
debo darle a usted las gracias...
CONDESA.
¿Y de qué?
JUAN.
Voy
a decirlo:
usted estuvo casada
con un señor ya de
edad...
CONDESA.
Cierto...
MARQUESA.
(Queriendo levantarse.)
Es
que aquél le llevaba...
JUAN.
¿Quiere usted callar?
MARQUESA.
Ya
callo.
JUAN.
En aquella temporada,
¿fueron ustedes felices?
¿No responde usted?... Me basta.
Murió hace un año...
CONDESA.
Así
es.
MARQUESA.
Hoy mismo se celebraban...
JUAN.
Lo sé,
y por esa razón,
al ver aquí lo que pasa,
digo para mi capote:
Juan, cuando vieres pelada
la barba
de tu vecino...
MARQUESA.
¿Qué dice usted?
JUAN.
Chito
y calma.
MARQUESA.
Pero ¿qué va usted a hacer?...
JUAN.
Una cosa lisa y llana:
impedir que tres seamos
infelices
por mi causa.
MARQUESA.
Explíquese usted...
JUAN.
Ya
voy.
MARQUESA.
Mire usted que estoy en ascuas...
JUAN.
Luisita,
usted no me quiere...
MARQUESA.
¿Quién os mete esas
patrañas?...
Habla tú...
LUISA.
(Acercándose
a LA CONDESA.)
¡Leonor!...
CONDESA.
No
temas.
JUAN.
Déjela usted...
MARQUESA.
Pero
habla...
JUAN.
No la hostiguéis a que mienta:
está
de otro enamorada;
él la quiere y yo lo sé.
¿Queréis que infeliz me haga
por mi gusto, y que
la vea
siempre triste y desgraciada?...
¡Dios me libre!...
Mejor quiero
un asistente con barbas.
(Saca el contrato
del bolsillo, le prende fuego en una bujía y lo arroja
ardiendo.)
MARQUESA.
¿Qué hacéis?
JUAN.
Un
auto de fe...
Y enciendo las luminarias.
(A DOÑA LUISA, acercándose a ella.)
Esta es ya mano de amigo
y no de esposo: tomadla.
Escena XIII
Dichos. DON CARLOS.
Este entra precipitadamente por la puerta del foro.
CARLOS.
¡Eso no, mientras yo viva!
JUAN.
Pues esto no más
faltaba...
CONDESA.
¡Carlos!...
LUISA.
¡Ay
de mí!...
MARQUESA.
¿Qué
es esto?
¿Quién atropella mi casa?...
CARLOS.
Señora...,
yo adoro a Luisa...
Ella me ha dado palabra...,
y vengo
a que me la cumpla.
MARQUESA.
¿Qué es esto que por
mí pasa?
CARLOS.
Luisa o la muerte.
MARQUESA.
Habla
tú...
LUISA.
(Yendo a arrodillarse a sus pies.)
¡Perdón,
madre de mi alma!
MARQUESA.
¡Quita, pícara, o si no!...
CARLOS.
(En ademán de querer sacarla de allí.)
Ven, Luisa...
JOAQUÍN.
(Conteniéndole.)
¡Carlos!
CONDESA.
(Conteniéndole.)
Aparta...
MARQUESA.
¿No mando yo ya en mi hija?...
(A DON JUAN.)
¿Y
usted tolera esta infamia?..
JUAN.
Por Dios, juicio...
MARQUESA.
¡Bribonzuela!...
JUAN.
Si en esta ocasión nos falta,
puede ser que
hagamos una
que a todos nos cueste cara.
La verdad, Luisa:
¿queréis
a don Carlos?
CONDESA.
Sí,
le ama...
JUAN.
Que lo diga con su boca...
LUISA.
(Con rubor
y timidez.)
Sí, señor...
JUAN.
¿Y
por qué causa
no me lo dijisteis antes?...
Así
todo se evitaba.
LUISA.
¡Me daba tanta vergüenza!...
Y luego se disgustaba
mi madre...
MARQUESA.
Y
tú, picarona...
JUAN.
¿Volvemos a las andadas?
(A
DON CARLOS.)
Usted aspira a su mano...
El ganarla con la
espada
no fuera cosa tan fácil
como usted imaginaba,
seor bachiller; pero yo,
a sus fieros y amenazas
contesto,
cual debe un hombre
que peina hace tiempo canas...
CARLOS.
Yo... Si...
JUAN.
No
intento sacaros
los colores a la cara;
sólo sí
daros ejemplo
de cómo toman venganza.
los que caballeros
nacen.
Marquesa mía, una gracia
voy a pediros.
MARQUESA.
¿Cuál
es?
JUAN.
Vuestra licencia; y se casan.
MARQUESA.
¿Quién?
JUAN.
¿Quién
ha de ser? Los dos:
un joven y una muchacha.
LUISA.
(Queriendo
echarse a sus pies.)
¡Señor don Juan!...
JUAN.
(Impidiéndolo.)
¿Qué
hace usted?...
LUISA.
¡Estoy tan avergonzada!...
JUAN.
¿De
qué, hija mía?
LUISA.
Ven,
Carlos;
ven tú también...
JUAN.
¡Qué
niñada!
Id, que la mamá os espera:
una lágrima,
y se ablanda.
(Los dos se acercan con timidez.)
LUISA.
¡Madre!...
CARLOS.
¡Señora!...
MARQUESA.
Dejadme...
Me tenéis muy irritada...
JUAN.
¿Y ya qué
remedio tiene?
Bendición y santas pascuas.
CONDESA.
Si vale un empeño...
MARQUESA.
¡Y
buen
empeño se atravesaba!...
CONDESA.
Si es por
intereses, Carlos
tiene una hacienda mediana,
y yo le doy
un cortijo,
el mejor...
LUISA.
¡Leonor!...
CARLOS.
¡Hermana!...
¿Cómo podré yo pagarte?...
CONDESA.
A mí
nada me hace falta;
y a ti sí... No tengo hijos,
ni vocación de casada...
JOAQUÍN.
(Haciéndole
señas.)
Condesita...
CONDESA.
Mande
usted,
caballero...
JOAQUÍN.
¿Así
se falta
a lo ofrecido?...
CONDESA.
He
hecho voto
de morir como una santa:
Santa Mónica
bendita...
JOAQUÍN.
¿De veras?
CONDESA.
No,
sino en chanza:
¡Yo mi señora tinienta!...
Pues
fuera una mentecata:
¿Joven y rica y viuda?...
Capitana
Generala.
JUAN.
Ya lo oyes, sobrino: tienes
que tocar a
retirada...
CONDESA.
Con los honores de guerra:
bandera,
equipaje y armas.
Escena XIV
Dichos, DOÑA
JUANA, que sale por la puerta del baile.
JUANA.
Ya está
corriente el refresco...
JUAN.
¡Pues no es mala la embajada!
JUANA.
Don Juan y su esposa juntos,
al testero de la sala...
MARQUESA.
Vete adentro, que ya vamos...
JUANA.
Es que el
escribano aguarda...
MARQUESA.
Si vamos...
JUANA.
Y
los testigos...
JUAN.
(Aparte.)
¡Haya vieja más pesada!...
Ya vamos.
JUANA.
(Acercándose en secreto.)
Si
usted quisiera
cumplirme aquella palabra...
JUAN.
(Con impaciencia.)
¿Qué palabra?
JUANA.
La
arenguita...
Al momento despachaba.
JUAN.
¡Ya esto es por
demás! Marquesa,
por cuantos santos se hallan
en
la corte celestial...
MARQUESA.
Aún no estoy determinada...
JUAN.
Pues acabe usted.
CARLOS.
¡Señora!...
LUISA.
¡Madre mía!...
(Van a echarse a sus pies;
ella los levanta y se abrazan.)