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1

Citaré a sor Juana por las Obras completas, ed. A. Méndez Plancarte y G. Salcedo, Obras completas de sor Juana Inés de la Cruz. Para datos sobre el romance epistolar que sor Juana escribió a don fray Payo, véase la nota de Méndez Plancarte en 1: 373.

 

2

Un ejemplo de su poesía lírica: al cerrar un romance epistolar a la condesa en la ocasión de la Resurrección de Pascuas, dice sor Juana: «Y a Dios, Señora, hasta que / con la vista de tu Cielo / resucite, pues es Pascua / de resucitar los muertos» (núm. 53 v. 6). Un piropo bien bonito, por un lado, alabanza exagerada muy a lo cortesano de su tiempo. Pero por otro lado, roza la herejía al igualar la belleza de la condesa con la Pasión del propio Cristo. Méndez Plancarte comenta que con este trocito de verso, sor Juana le dio a la Inquisición un motivo bien justificado para «buscarle ruido», si hubiera querido hacerlo (notas 385, 401).

 

3

A propósito de otro retrato femenino veremos más claramente cómo sor Juana quiso desconstruir, sistemáticamente, la imagen idealizada del ser femenino, para ilustrar que el pedestal en que los hombres colocaban a la mujer, lejos de elevarla y reconocer sus méritos, la rebajaban al estado de objeto, bastante bobo y carente de importancia en la sociedad.

 

4

La Respuesta, ostensiblemente dirigida sólo al obispo de Puebla, quien la había espantado al publicar su crítica del sermón, está empapada de miedo, un miedo que tiene sus raíces en la fama casi inconcebible que ella había alcanzado. Cuento en esta carta 55 usos de las palabras temor y miedo y otras parecidas, como censor, herética, perseguida, lágrimas, confusión, avergonzar, castigar, juzgar, sentencia, salvo-conducto, horror, amenaza, prohibición, «pecadores como yo», «no quiero ruido con el Santo Oficio», «tiemblo de decir», persecución, tormento, inquisición, etc. También cuento 22 usos de las palabras silencio y callar y «no decir», empleadas con respecto a las mujeres (y más especialmente a ella misma), a mujeres que estudian, enseñan y escriben. Queda bien claro que su fama fue una de las fuentes más concretas, no sólo de su actitud esquiva ante la alabanza ajena, sino del silencio absoluto que por fin los hombres de la iglesia lograron imponerle dos años después de la Respuesta.

 

5

Aunque, por cierto, las iglesias novohispanas se prestaron más al alboroto espiritual que las de hoy, «un tanto deodorizadas y desinfectadas como ámbitos protestantes», como dice J. J. Blanco. En aquellas iglesias, «relucía el oro y proliferaban las pulgas; el olor de la muchedumbre reacia al baño era bastante concentrado, y la cantidad de cirios debía producir mareos; la aristocracia tenía, como en la ópera, sus palcos; o como en los toros, sus delanteras bancas preferentes; la música solía ser magnífica, lo mismo que los cánticos del coro parroquial o catedralicio; la gente no guardaba la "compostura" burguesa ni las "buenas costumbres" que la modernidad ha impuesto, y lo mismo se latigaban y clavaban espinas los fieles en épocas de calamidad, o por propias angustias, que brincaban, gritaban y bailaban en jolgorios; pululaban perros, gatos y ratones; la multitud de flores acaso volvía el aire irrespirable. No existían los valores burgueses de la compostura, el respeto, el silencio y la distancia individual» (2: 138).

 

6

Sobre el trasfondo serio de los villancicos de sor Juana, véanse los dos artículos de Arenal; Blanco 134-135; Paz, especialmente 423-427, y Bénassy-Berling, quien nota que los villancicos de sor Juana «en ocasiones se convierten francamente en teología» (196).

 

7

Sor Juana no carecía totalmente de cariño humano dentro del convento.

Ya que «debo a Dios un natural tan blando y tan afable», confiesa en la Respuesta (4: 451), «las religiosas me aman mucho por él (sin reparar, como buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía». Por su parte, «movida del grande amor que las tengo, con mayor motivo que ellas a mí, gusto más de la suya». Así sigue pintándonos una vida en que gran parte de su tiempo la pasaba entre visitas de y con sus hermanas del convento. Pero no serían charlas sobre sus inquietudes neoplatónicas ni sobre la métrica de sus escritos. Para el solaz intelectual -y de allí, personal- dependía sor Juana de las visitas de personas de la sociedad culta de fuera del convento, visitas no bien vistas por los eclesiásticos, por cierto, y las cartas que intercambiaba con los del mundo. No hay estudioso serio de sor Juana que no haya comentado la soledad grande que debía sentir.

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