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Dos ejemplos de ello lo constituyen «La profecía del Plata» (recordemos «La profecía del Tajo» de Fray Luis) y «El túmulo de un joven». Ambos fueron publicados en el periódico oficial El Diario de la Tarde, no obstante constituir un feroz ataque a los tiranos, lo cual nos da idea del clima de tolerancia en que se vivía durante la primera parte del gobierno de Rosas, y nos obliga a tomar ciertas prevenciones con los testimonios posteriores que nos han dejado Echeverría y sus allegados.

 

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Me parece excesiva -por prematura- la afirmación de Cháneton sobre un cambio de actitud en la poesía de Echeverría, desde un tono melancólico y sentimental hacia una preocupación cívico-política, basándose en los versos de «El túmulo de un joven»:


Ni el ¡ay! estéril tus oídos hiere
De la miseria y la virtud que gimen,
Ni ves que oprime a la afligida Patria
Destino infausto.



Ni el tono dominante del poema, ni las composiciones siguientes de Echeverría permiten asegurar: «Eso es lo que Echeverría ha traído de su viaje a Río Negro. La renovada preocupación por los destinos de su país [...]. Ya en adelante, y cada vez más exclusivamente, Echeverría vivirá entregado a una sola preocupación: salvar "el pensamiento de Mayo" que él ve naufragar en la reacción...» (p. 73).

 

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En dicha dedicatoria dice Echeverría: «No debe usted extrañar la debilidad de esta obra, porque ha sido concebida en una época aciaga para mí. El pesar y la dolencia han cortado las alas a mi imaginación» (t. V, p. 151). Y en términos similares se había expresado casi un año antes (septiembre de 1831):


Mas quiere en vano la enlutada
Lira modular del amor los sones tiernos,
cuando marchito el corazón y helado
palpita apenas en el frío pecho.



 

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Gutiérrez halló el manuscrito y no lo tuvo en cuenta, por considerarlo un simple borrador abandonado. Fue publicado más de un siglo después de su composición por Ricardo Piccirilli en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, t. XXVI, n.º 89-92, Buenos Aires, 1942.

 

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Recordemos lo que dice Gutiérrez sobre esto: «El año 1832 comenzó para Buenos Aires con la celebración oficial de los triunfos del general Quiroga, con la represión de las libertades de la prensa, y terminó con las famosas renuncias del Gobernador Rosas, que no fueron más que una tregua hipócrita...» (t. V, p. XLI). La realidad fue que Rosas estaba fuera del gobierno (gobernaba Balcarce), pero su presencia era innegable y, si en 1833 se inicia la famosa expedición rosista al desierto, antes de su renuncia al gobierno de Buenos Aires, la política oficial contra la cultura, y más exactamente contra figuras representativas de la Universidad (Agüero, Alcorta, Alsina) se había endurecido, hasta el punto de provocar una pequeña ola emigratoria. Para el lector interesado en este aspecto aconsejamos la introducción del Félix Weinberg a El Salón Literario, Buenos Aires, Hachette, 1958.

 

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Gutiérrez con prudencia afirma que «reapareció en la sociedad trayendo en su mano, como resto precioso de una tormenta y de un naufragio, el libro inmortal de los consuelos» (t. V, p. XLVI); Cháneton, que «un inusitado afán de trabajo se apodera de él [...], y no obstante el fracaso de Elvira, se decide a publicar un volumen de versos»; Noé Jitrik habla de «seis meses, poéticamente muy fecundos». Por los datos de que disponemos, sólo podemos inferir que debió depurar muchas de sus composiciones anteriores para publicarlas en Los Consuelos, pero no que compusiera febrilmente. Por el contrario, de octubre de 1832 hasta abril de 1833 sólo tenemos constancia de tres nuevos poemas escritos: «A María», «El pensamiento» y «La melodía». Parco bagaje para una época que se supone pletórica de creaciones.

 

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Desde que Juan M.ª Gutiérrez afirmara esto todos los críticos han repetido la misma idea. Sin embargo me extraña no haber encontrado ningún ejemplar de la edición española de las Rimas, y, desde luego es curioso que el ejemplar de la Biblioteca Nacional de Madrid y el de la Biblioteca de la Real Academia Española correspondan a la edición argentina de 1837 y no, como parecería más lógico, a la hipotética edición de Cádiz (¿1839?). Ratifica mis dudas el que Palau no dé ninguna referencia a la edición gaditana, en su Manual del librero hispanoamericano, y lo que es más importante, que tampoco lo registre Dionisio Hidalgo en su Boletín bibliográfico español y estranjero, Madrid, 1840-1850. La única referencia bibliográfica posible la recoge D. Hidalgo en su Diccionario General de bibliografía española, Madrid, Imprenta de J. Limia y G. Vrosa, 1872, t. V, p. 497: «Rimas de Echevarría. Cádiz, 1839./ En 8.º 12/.», y como vemos, con el apellido cambiado. Me ha sido imposible utilizar el artículo de Félix Weinberg, «Las rimas de Echeverría en España», en La Biblioteca, Buenos Aires, t. IX, n.º 3 (2.ª época), 1957, pp. 22-29, que a lo mejor aporta alguna luz al respecto. Con todo, reitero mi extrañeza ante la imposibilidad de encontrar ejemplares de la edición española y la relativa facilidad de manejar ejemplares de la edición princeps, que sabemos fue limitada y de la que sólo llegó una parte a nuestro país.

 

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Este artículo fue descubierto por Antonio Pagés Larraya (La iniciación intelectual de Mitre. Trabajos literarios de 1837, Buenos Aires, Instituto de Literatura Argentina, Sección de crítica, t. III, n.º 1, 1943).

 

39

TomoV, pp. LII-LIII.

 

40

Interesa sobre todo el estudio de Félix Weinberg a El Salón Literario, op. cit. Algunas noticias anteriores importantes se pueden encontrar en Palcos (1940; «apéndice documental»), y Cháneton, cit., pp. 85-87.