Introducción a «Infancias soñadas y otros ensayos»
Gabriel Janer Manila
En el imaginario
de nuestro tiempo las imágenes de la infancia que permanecen
vivas y alimentan el recuerdo son, a menudo, imágenes
luminosas, soleadas y claras. Lo son aquellas con las que Antonio
Machado construye su «Retablo», publicado por primera
vez en abril de 1908 e incorporado más tarde al poemario
«Campos de Castilla»: «Mi
infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro
donde madura el limonero...».
Muchos años
después, en febrero de 1930, derrotado y enfermo, Machado
inicia sus últimos versos -ya no va a escribir más-
con aquella evocación: la seducción por un pasado
lejano y hermoso: «Estos días
azules y este sol de la infancia...»
.
La mirada del
adulto sobre el niño que fue, o sobre el niño que
quiso ser, se extiende a lo largo de un jardín secreto: el
paraíso verde de las curiosidades infantiles. El mito tiene
su historia. Se trata del mito de la inocencia infantil que toma
formas diferentes según las culturas y en cada momento
histórico, que resiste el paso del tiempo y continúa
en el imaginario adulto de nuestro final de siglo. Puede que sea
una herencia romántica, anterior a las guerras que han
marcado contundentemente nuestras vidas, anterior a la
proliferación de los barrios periféricos, a la
contaminación del paisaje, a la polución. El mito
revive y seduce nuestra memoria frente al descubrimiento de los
estragos de la realidad. Es probable que esta infancia
soñada, poblada de niños que no quieren crecer, como
Peter Pan, de niñas inquietas y curiosas, como Celia,
audaces, como Pippi Langstrumph, rebeldes como Matilda; de
niños temerarios, impetuosos y soñadores como
Guillermo Brown y Nils Holgersons, dotados de poderes
mágicos como Harry Potter, nos lleva a la
reivindicación de algunas cualidades de las que carecemos:
la fantasía, la imaginación..., la idea de que la
infancia consiste sobre todo en la capacidad de sueño,
porque no es exclusiva de unas personas con una determinada edad,
«Yo no estoy seguro -decía Antoine
de Saint Exupéry- de haber vivido de verdad después
de mi infancia»
.
Pero nuestra mirada sobre el niño está hecha de nostalgia y cinismo. Sabemos que hay niños de verdad que mueren de hambre, que otros son maltratados, violados, que nuestro tiempo comete monstruosidades con ellos: la explotación, la esclavitud, la prostitución. No se nos van a borrar de la memoria las imágenes transmitidas por televisión de una niña colombiana lentamente ahogada en un mar de barro. Charles Dickens hacía llorar a los lectores de su tiempo con escenas de niños que morían en sus novelas: el pequeño Paul Dombey, el pequeño Jo, la pequeña Nell... Nuestra mirada, de nostalgia y cinismo. Puede incluso que exista un cierto parentesco entre Alicia y Lolita. Pero la infancia que soñamos -resuena el eco de Rousseau- cumple una función: la de ahuyentar el riesgo de destruir aquella inocencia que me ayuda a soportar mi experiencia de adulto.