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Cfr. J. CAMPOS: «Claro es que van a pasar muchos años para que la mujer, ya en pleno desarrollo de la sociedad burguesa, libre batallas por una igualdad de derechos. De momento ha de limitarse a dejar constancia de su existencia, protestar de que no se la tenga en cuenta y aprovecharse de la exaltación de los sentimientos, que va a dominar tanto en la vida como en la literatura. Dentro de la familia tiene que conseguir sus primeros triunfos, y el derecho a elegir libremente y mediante el amor al compañero de toda su vida le va a ser otorgado tanto con la ayuda de la doña Paquita de "El sí de las niñas" como con la defensa de la libertad en todo que no tardarán a propugnar los románticos» (Teatro y sociedad en España (1780-1820), Madrid, Moneda y Crédito, 1969, p. 99). Contrariamente MONTERO PADILLA: «independencia de la mujer» «que hace recordar el nombre de Ibsen» (L. F. de Moratín, El sí..., op. cit., p. 31). La independencia de los años futuros es, a mi juicio, más bien el resultado inevitable, pero ciertamente no previsto y menos aún deseado, de las ideas puestas en marcha por los ilustrados. Una vez más, estas tuvieron una repercusión y carga explosiva muy superiores a las previstas por sus propios autores.



 

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LARRA fue el primero en subrayar «el carácter lacrimoso y sentimental» de esta pieza (op. cit., p. 114). Con ello concuerda también PAUL MERIMÉE, quien menciona la «ola de sentimentalismo que apareció temprano en la literatura dramática española del siglo XVII» (op. cit., p. 742). Del mismo parecer CASALDUERO (op. cit., p. 209) y LUIS FELIPE VIVANCO (op. cit., p. 170), que se opone en general a la tesis romántica sostenida por AZORÍN (V. nota 2 y 41), JOSÉ MONTERO PADILLA (L. F. de Moratín, El sí..., op. cit., p. 33 y L. F. de Moratín: la vida..., op. cit., p. 192), DÍAZ PLAJA, op. cit., p. 269.



 

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Lo que no impide que esta cursilería sea típicamente hispana (más arriba Moratín ha calificado a doña Francisca de «gitana») y se vista, como recuerda MENÉNDEZ Y PELAYO «de basquiña y mantilla» (op. cit., p. 423). A. VALBUENA PRAT: «nota local tan archicastellana» (Historia del teatro español, Barcelona, Noguer, 1956, p. 470).



 

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Que el rival de don Diego no sea, como en la pieza de Marivaux, el hijo sino el sobrino refuerza los vínculos familiares y la autoridad de los mayores.



 

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El «éxito extraordinario» que acogió el estreno de esta pieza, según el conocido relato de J. Pérez de Guzmán, el hecho de que el mismo M. anotara en su diario que mucho gustó la obra a amigos y hombres políticos en las varias lecturas efectuadas antes del estreno, como nos recuerda JOHN DOWLING (op. cit., p. 92), e incluso el hecho de que fuera «el mayor [éxito] alcanzado hasta ese momento por el escritor» (J. MONTERO PADILLA, L. F. de Moratín, El sí..., op. cit., p. 28), no debe hacernos olvidar el balance del propio DOWLING («The articles which appeared in the press did not descend to the abysmal level of Solavide's letter and since many writers for the journals were friends or admirers of Moratín, there were defenders as well as denigrators» (op. cit., p. 111), similar a la de BENITO PÉREZ GALDÓS («La Corte de Carlos IV, II, en Episodios nacionales, 1.ª serie, Madrid, Aguilar, 1945, pp. 78-84), la alusión de LARRA («hemos reverdecido con nuestras lágrimas los laureles de Moratín, que habían querido secar y marchitar la ignorancia y la opresión» (op. cit., p. 155. El subrayado es mío), la queja tantas veces citada del propio dramaturgo («El teatro español tendría por lo menos cinco o seis comedias más, si no me hubiesen hostigado tanto», Obras póstumas, op. cit., I, pp. 36-37), el revuelo que ocasionó la representación de la obra, recordado por FERNÁNDEZ NIETO («Apagada la polémica que suscitó en 1806 el estreno de El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín, comenzó a ser juzgada la intención que ocultaba el autor en su comedia», op. cit., p. 15) y el balance de algunos críticos: «A pesar de su éxito madrileño no es comedia demasiado apta para el público español. A la larga el se queda aislado en su breve paréntesis, sin vigencia ni descendencia nacional hasta más de un siglo después» (L. FELIPE VIVANCO, op. cit., p. 168); «Parve ai contemporanei troppo audace, ai romantici troppo timido. Fu ai suoi tempi un inattuale, un solitario» (CAMILLO BERRA, op. cit., p. 37); «triunfo efímero [el del teatro de M.] porque el prestigio popular en nuestra patria ha de mantenerse en constantes escaramuzas con el público» (Moratín en su teatro..., op. cit., p. 15).



 

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Sobre el peso irrelevante de la burguesía en la España de la época, V. ANTONIO DOMÍNGUEZ ORTIZ, op. cit., pp. 619 y ss.



 

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Cfr. GUIDO MANCINI: «constantemente entregado [M.] al incremento de una burguesía culta y dinámica en la acción» (op. cit., p. 221) y F. LÁZARO CARRETER: «Moratín fue, pues, culturalmente afrancesado, si por tal entendemos que fue un europeo de su tiempo, ansioso de que su patria diese el estirón que le acercase al nivel espiritual y material de Francia» (El afrancesamiento..., op. cit., p. 156) y «cuando ante sus ojos ilustrados se desplegaron la barbarie, el fanatismo, la ignorancia, la crueldad de aquellos días de la guerra y de la victoria, [M.] se entregó voluntariamente al silencio, matando en sí mismo al poeta» (Moratín en su teatro..., op. cit., p. 10).






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