Cfr. el mismo M.: «En cuanto a estos [los caracteres] conviene que algunos sean ridículos, pero todos no, porque sin esta contraposición no aparecería la deformidad en toda su luz» (Discurso preliminar, en Obras de don Nicolás y don Leandro Fernández de Moratín, Madrid, BAE, Rivadeneira, p. 322. El subrayado es mío).
De distinto parecer J. D. M. FORD, quien no parece darse cuenta de la caricatura: «Irene seems unnaturally selfish and gross» (L. F. de M., El sí de las niñas, Introduction, notes and vocabulary by..., Ginn and Company, Boston, 1916, p. XIII). Cfr. también E. MORENO BÁEZ: «el equilibrio es restablecido por doña Irene, personaje a quien salva de lo caricaturesco una cualidad...» (op. cit., p. 473).
Sobre la censura social de la figura de Irene, V. GIUSEPPE CARLO ROSSI, Leandro Fernández de Moratín. Introducción a su vida y obra, Madrid, Cátedra, 1974, pp. 113-114, ANTONIO DE OBREGÓN, «El sí de Moratín», en Revista de Occidente, t. XLIV, abril-junio, 1934, p. 206, y JOAQUÍN CASALDUERO: «la sátira social a través de Doña Irene tiene una suavidad y una dulzura que está a punto de no hacernos gracia» (op. cit., p. 213).
Concuerdo, pues, con JOHN DOWLING: «he [M.] does not give us a reformed Irene at the end. Doña Irene really learns nothing» (op. cit., p. 102).
Cfr. CHARLES V. AUBRUN, quien comenta peyorativamente los «silencios, suspiros y otros recursos gestuales de los actores» (op. cit., p. 32). Cfr. también ANTONIO OLIVER, op. cit., p. 666.
Mancini observa tan sólo cierto cambio de registros (op. cit., p. 310).
El subrayado aquí y en adelante es mío.
Por una vez me refiero, a título de curiosidad, a un dato que anota MANCINI con respecto del modo cómo M. estudia en París algunos aspectos del teatro: «Moratín examina las cosas con una metocidad casi constante, que se podría denominar empírica: se detiene, primeramente, ante el aspecto exterior para luego, gradualmente, ahondar cada vez más» (op. cit., p. 245). Don Diego procede aquí de modo parecido.
JUDICINE observa, en efecto, el «declamatory tone, filled with rage towards the hypocritical standards of his day» (op. cit., p. 214. El subrayado es mío).
Que yo sepa, la función estructural del estilo moratiniano no ha sido estudiado. La crítica ha insistido en algunos aspectos estético-estilísticos de su prosa y en lo que se da en llamar «perfección de su estilo». Así desde LEOPOLDO AUGUSTO DE CUETO: «M., todo mesura y atildamiento [...] admirable por la pureza, por la propiedad, por el esmero» (en Bosquejo histórico crítico de la poesía castellana en el siglo XVIII, BAE, t. LXI, p. CLXXV) y FEDERICO RUIZ MARCUENDE, que nos recuerda «la inverosímil paciente labor de limar, corregir, castigar, atildar, pulir y aquilatar cuanto salió de su pluma, convirtiendo, literario orfebre, la prosa y los versos en claros espejos de dicción» (Vocabulario de don Leandro Fernández de Moratín, Madrid, Real Academia Española, 1945, p. VII), hasta «la moderación lingüística condicionada también por la verosimilitud» y «el diálogo sin excesivo embellecimiento ni caídas en lo trivial», de LÁZARO CARRETER (Moratín en su teatro..., op. cit., p. 16), pasando por los elogios del tipo del de Jerónimo Toledano sobre la prosa de nuestro dramaturgo: «limpia, clara, tersa, flexible, justa siempre», op. cit. Más amplio ANTONIO OLIVER, op. cit., pp. 660 y ss. En cuanto a la lengua particular de cada personaje, los comentarios suelen ser genéricos («Diego, don Carlos y doña Francisca hablan pulquérrimamente; doña Irene ensarta en su desatada verborrea abundantísimos refranes, locuciones y frases familiares; Rita, Calamocha y Simón se expresan con exquisito tino en su figurada vulgaridad» (RUIZ MARCUENDE, op. cit., p. VIII), o esquemáticos («La abundancia de puntos suspensivos refleja la espontaneidad del diálogo, en que tantas cosas son sólo apuntadas en frases que no llegan a redondearse. El estilo discursivo de don Diego es muy propio de un hombre del siglo de las luces», ENRIQUE MORENO BÁEZ, op. cit., p. 481). De modo parecido ALDA TESÁN: «El espíritu razonador de don Leandro le obliga a prescindir de ciertas formas poéticas que darían a su comedia una brillantez mayor y salpicarían el pausado y monótono fluir del diálogo» (op. cit., p. 17). No va más lejos JOHN DOWLING cuando escribe a propósito de la rima de El viejo y la niña: «He [M.] is on the verge of the rhythmic prose, and but a step from the brilliant prose dialogue of La comedia nueva or El sí de las niñas» (op. cit., p. 63).