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Para F. LÁZARO CARRETER es ideal humano de la prudencia en el sentido barroco del término: «un mismo ideal humano, el de la cordura, el de la prudencia, en don Pedro, en don Diego, en don Luis, en Muñoz, que son curiosas encarnaciones del honnéte-homme a la castellana» (Moratín en su teatro, op. cit., p. 10).



 

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L. FELIPE VIVANCO coloca a M., igual que a Goya, Novalis y William Blake, en el período que da en llamar «Ilustración mágica. (op. cit., p. 203). NIGEL GLENDINNING: «Aunque más suaves en su crítica del mundo, sus dramas [de M.] se parecen en algo a los Caprichos de su amigo Goya» («Rito y verdad en el teatro de Moratín», en Ínsula, n. 161, XV, abril, 1960, p. 15). Cfr. EDITH F. HELMAN, «Moratín y Goya: actitudes ante el pueblo de la ilustración española», en Revista de la Universidad de Madrid, n. 35, IX, 1960, pp. 591-605 y «Moratín y Goya», en Ínsula, ibíd., pp. 1 y 10.



 

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No hablo, por supuesto, de las consecuencias que acarreó este acontecimiento histórico en la vida de M. Para ello, V. ANTONIO DOMÍNGUEZ ORTIZ, op. cit., pp. 607 y ss.



 

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Antonio Odriozola recuerda la persecución iniciada «contra los afrancesados por Decreto de 30 de mayo que, en el caso de M., produce la R. O. de 13 de octubre, desterrándole [a M.] de la Corte» («Una novela de Saint-Pierre prohibida en 1815 con 'El sí de las niñas' y otras obras», en Ínsula, n. 161, XV, abril, 1960, p. 13). A su vez F. LÁZARO CARRETER: «Sobre don Leandro Fernández de Moratín pesa un dictado oprobioso: el de afrancesado» (El afrancesamiento..., op. cit., p. 145). Cfr. también: JULIÁN MARÍAS, «España y Europa en Moratín», en Los Españoles, Madrid, Revista de Occidente, 1963, pp. 114 y ss., y GUIDO MANCINI, op. cit., pp. 239 y ss., 325 y ss. y 333.



 

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Llega a la misma conclusión, si bien por distintos caminos, RENÉ ANDIOC: «Actitud de reformista, no de revolucionario, aunque lo pudieran tener por tal los más conservadores» (L. F. de M., El sí..., op. cit., p. 157).



 

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E. MORENO BÁEZ nos recuerda que M. «había huido de París horrorizado por los excesos revolucionarios» (op. cit., p. 470). Sobre la actitud de M. ante la revolución, V. también MANUEL SILVELA, «Vida de Moratín», en Obras póstumas de Moratín, t. I, Madrid, Rivadeneira, 1867, p. 49. JULIÁN MARÍAS: «M. fue siempre un liberal desencantado por la Revolución, escarmentado, que no reniega, pero tampoco espera» (España y Europa..., op. cit., p. 7).



 

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No tomo en consideración en este caso y en general la identificación de este personaje con M. y los paralelos que la crítica establece con frecuencia entre ambos.



 

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Es de sobra conocida la preocupación que sintieron los ilustrados, y sobre todo los ilustrados españoles, por la superstición especialmente religiosa. Sobre este asunto, cfr. EDITH F. HELMAN, op. cit., pp. 597 y ss. y MANCINI, op. cit., pp. 243 y ss.



 

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JOAQUÍN CASALDUERO, op. cit., pp. 207. Tampoco el de E. MORENO BÁEZ, que ve en doña Francisca una «doble personalidad, la que quizás tuviera hasta su encuentro con don Carlos, fruto de la educación que critica el autor, y la que nace y se desarrolla con el amor» (op. cit., p. 471).



 

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Los censores de turno captaron la gravedad de las invectivas de M. cuando aconsejaban que no se permitiera la impresión de obras teatrales que «...intempestivamente se hallen exornados con asuntos eclesiásticos u otros equívocos o inconsiderados que por las circunstancias de los tiempos, del teatro, de los comediantes o de los espectadores, pudieran dar margen a profanaciones religiosas, a interpretaciones malignas o a sugestiones aversivas del orden público, de la armonía entre el Altar y el Trono o entre la educación cristiana y las diversiones autorizadas por el gobierno» (R. O. de 15 de junio 1807, cit. en MANUEL FERNÁNDEZ NIETO, «El sí de las niñas de Moratín y la Inquisición», en Revista de literatura, t. XXXVII, enero-junio, 1970, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes» de Filología Hispánica, p. 15).



 
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