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Emilio Castelar, «desleal y artificioso» según el diarista, sale siempre mal parado en las referencias (II, 115; I, 73, 78). Los juicios sobre Betances y Basora no son muy lisonjeros, pero no alcanzan el tono zahiriente que se reserva para el español (I, 231, 234; II, 111, 143). El dibujo más negro lo recibe la junta de los patriotas en exilio, no sólo en alusiones específicas, sino como resultado de los episodios que se relatan a lo largo de la obra. Ilustrativas son las páginas 184, 189 y 190 del primer volumen.

 

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Dugas, La timidité..., pp. 89. Dugas tiene otras consideraciones al respecto en Les timides dans la littérature et l'art (París: Librairie Felix Alcan, 1925).

 

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La obscuridad de su cuarto cansa su vista y le produce dolores de cabeza (I, 282). En 1874 anota satisfecho que el aislamiento de su vivienda, va a ayudar a mejorar el constreñimiento que sufrió antes, en otras menos adecuadas. En 1875, comenta la dispepsia que combate (II, 175), causada tal vez por su pobre e irregular alimentación.

 

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Leleu se fija en este fenómeno llamándolo: «Inactividad» (Les journaux, p. 47).

 

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Conocidas son las críticas de Hostos a los métodos de enseñanza de su época. Sobre esto léase «Hostos como educador» de Adolfo de Hostos (Peregrino del ideal, pp. 98-144) y Camila Henríquez Ureña «Ideas pedagógicas de Hostos» (América y Hostos (Habana, Cultural, 1939), pp. 231-303.

 

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Las otras dos están relacionadas con la voluntad (inactividad) y la memoria (rememoración) que ya hemos estudiado.

 

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Pedro de Alba dice en el prólogo de Hostos: «Hostos, reconcentrado, quizás demasiado reflexivo, [...] fue pensador contenido y mesurado; [...] siempre se defendió de las reacciones instintivas, pues era un temperamento lógico» (XVI, XVII). Andrés Iduarte sostiene juicios parecidos en «Rebeldía y disciplina en Hostos» (Hostos hispanoamericanista (Madrid: Imp. Juan Bravo, 1952), p. 124.

 

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Véase, por ejemplo, la viva impresión que la música produce en el Hostos niño (I, 23; I 224) y en el hombre (I, 236). Su exaltación amorosa se discutirá más adelante.

 

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Se refiere a su amigo Francisco Giner de los Ríos. Otro amigo, Sanz del Río, quien no se explicaba la combinación de la madurez del diarista y su «espontánea fantasía», decía que Hostos necesitaba que le echaran agua fría (I, 204).

 

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Existe una descripción de la madre del autor en los fragmentos de unas Memorias que había empezado a componer y que anteceden al Diario en la edición que usamos (I, 14, 16). Sobre el ideal de belleza femenino que busca el autor, es curioso notar que, a pesar de éste, las mujeres más amadas tuvieron ojos y cabellos obscuros. Véase las descripciones de Cara (I, 363) en Inda (II, 265).